Castro Urdiales: 1813, los desastres de la guerra

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

Las mujeres del pueblo venían a diario a agotarnos de tonterías y levantando sus sayas nos enseñaban su trasero. Después de toda una noche de disparos que  iluminaban la ciudad, escalamos con escaleras la muralla por los huecos de los cañones sin nadie que la defendiera y  fui testigo de los horrores que se cometen en una ciudad asaltada. Nuestros soldados habían encontrado cantidad de vino y todos o casi todos estaban borrachos e hicieron abusos abominables que los oficiales no pudieron impedir. Todas las mujeres sufrieron violaciones, sin que la infancia ni la vejez fuese respetada por el soldado. Unas mujeres jóvenes prefiriendo la muerte a la vergüenza, fingieron acceder a los deseos brutales de los soldados, decían buscar un sitio apartado, condujeron a esos hombres a la orilla de la mar y allí se precipitaron intentando llevarse con ellas a los hombres. En las calles no se veían nada más que cadáveres, mujeres desnudas huyendo delante de los soldados, sobre todo los italianos que se mostraban aun más animados que los franceses. Queriendo salvar a una mujer de las manos de esos caníbales, casi recibo un disparo, me salvó un hombre del 6ª ligero y conseguí que dejaran esta presa que probablemente pasó a ser luego la de otros furiosos….”.  Esta crónica del capitán Claucel relata muy literalmente los acontecimientos que se produjeron durante la noche del día 11 de mayo de 1813 en la villa de Castro Urdiales, cuando las tropas francesas de Napoleón tomaron la ciudad después de varios días de asedio, conocidos como “La Francesada”.

Cuadro de Angel Quintana. Foto. J.A. Padilla
Cuadro de Angel Quintana. Foto. J.A. Padilla

Doscientos años hace de aquellos luctuosos acontecimientos. No cabe duda que las guerras napoleónicas produjeron en España hechos de gran violencia, en los que la sangre tiñó de rojo muchas ciudades y pueblos de nuestra geografía. Las tropas francesas castigaron duramente todos los signos de resistencia que se producían. Los sucesos de los días 1 y 2 de mayo de 1812 tal vez sean los más conocidos, tal vez por su transcendencia y porque fueron inmortalizados por el pintor Francisco de Goya. Pero fueron muchos los fusilamientos, ejecuciones y hechos violentos los que se produjeron durante aquellos años.

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

Las palabras del capital Claucel resumen los espantosos acontecimientos que se iniciaron  aquella noche del 11 de mayo y que continuaron durante los días sucesivos, días terribles, en los que olor de las calles de Castro Urdiales se llenaron de pólvora y sangre y se cubrió de cientos de cadáveres decapitados, los edificios reducidos a ruinas y los gritos de dolor de las víctimas se confundían con los de júbilo de sus verdugos.

Plaza Mayor. Foto: J.A. Padilla
Plaza Mayor. Foto: J.A. Padilla

Luego, tras el abandono de los soldados de la ciudad, un silencio de muerte y desolación se adueñó de todo.  Era el último episodio de una larga guerra. En Castro Urdiales, era el final de cuatro años. Cuatro años iniciados con la invasión francesa de la villa y que habían acabado con su conquista por parte de las tropas españolas comandadas por el teniente coronel Pedro Pablo Álvarez Alonso y Pérez de Guzman. Los castreños vivieron con júbilo la llegada de sus libertadores, que en un número cercano a los 1300 llegaron con buena cantidad de víveres y munición. Y entre todos fortificaron la ciudad para evitar una nueva invasión por parte de las tropas francesas, preparándola para que pudiera resistir cualquier ataque. Un ataque que solo podía venir por tierra, pues la ciudad estaba protegida por el mar, gracias a la estimable ayuda de la marina inglesa. Durante diez meses continuaron los trabajos para proteger la villa en cuyas obras participaron todos aquellos hombres que estaban aptos para trabajar. Incluso se derribaron aquellos edificios que perjudicaban la defensa de la ciudad. Mientras, los franceses observaban la fortificación de Castro Urdiales esperando su oportunidad, al considerarla una plaza vital para sus intereses.

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

El día 11 de mayo de 1813 la villa de Castro Urdiales fue reducida a cenizas, y casi todos sus habitantes que se hallaron en ellas a la entrada de la División Francesa que la sitió, fueron pasados a cuchillo por los enemigos sin perdonar al anciano respetable, a la inocente doncella, al enfermo postrado en cama, a la mujer preñada, a las madres que lactaban a sus hijos, ni a la inocencia de los tiernos párvulos, pues todos fueron víctimas del furor y de la atrocidad, de forma que según los estados comprendidos en el manifiesto impreso que se acompaña, resulta que constando la villa antes del fatal acontecimiento de 253 casas, se abrasaron y destruyeron enteramente 120, quedando solo 133 casas, únicas existentes….. su vecindario estaba compuesto de 563 personas, de las que perecieron, sin contar con los forasteros, 309 personas, entre ellas 82 niños y niñas”.  Quién así se expresaba era Santiago Fernández, miembro de la Corporación Municipal castreña, en una carta enviada en el año 1819  al rey Fernando VII.

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

Fernando VII, restituido ya en el trono español por el propio Napoleón,  era consciente que los sucesos de aquella noche en Castro Urdiales precisaban una investigación de los hechos. La sangre vertida obligaba a esclarecer los hechos acaecidos durante el asedio y posteriores asesinatos en la ciudad ocupada. Las versiones eran contradictorias. El Ayuntamiento de Castro Urdiales había redactado en el año 1816 un escrito relatando los hechos acusando a la guarnición de haber abandonado la villa y dejando a sus habitantes a merced de la ira del enemigo. El gobernador Pedro Pablo Alvarez contestaba a este con la publicación de un Manifiesto en el que negaba todas las acusaciones y se eximía de toda responsabilidad. Sin embargo, los múltiples testimonios de los supervivientes de aquella masacre y las investigaciones llevadas al respecto demostraron que la actitud de la guarnición encargada de defender  Castro Urdiales no tuvieron una actitud que pudiéramos llamar heroica y que hicieron gala del viejo refrán castellano de “sálvese quien pueda” dejando a la población civil que no pudo o no tuvo medios para escapar a merced de las tropas francesas e italianas, que por otra parte castigaron a los que allí se quedaron con una violencia y ensañamiento que poco tienen que ver con la condición humana.

Ayuntamiento. Foto: J.A. Padilla
Ayuntamiento. Foto: J.A. Padilla

Estamos en el año 1812. Castro es el eslabón central de los puertos cantábricos, junto con Santander, San Vicente de la Barquera, Santoña, Bilbao y San Sebastian, utilizados como centros logísticos y de comunicación con la cercana Francia de Napoleón. Castro era una antigua villa marinera medieval que estaba protegida por una muralla de entre 5 y 7 metros de altura y 2 metros de espesor, lo que le protegía de los ataques de los enemigos. El 8 de julio de 1812, la División Iberia del general Longa puso fin a diez años de ocupación francesa de esta plaza. Lo hizo con la ayuda del ejército inglés. Se hicieron prisioneros a los 149 hombres de la guarnición francesa y se apoderaron de la artillería, convirtiéndose en base de la flota inglesa, además de cortarse la retirada por tierra de las tropas francesas, impidiendo cualquier ataque a Bilbao. La importancia estratégica de Castro era vital para el futuro de la guerra Es por ello que los franceses, una vez repuestos de la derrota, a finales de ese mismo año convierten a Castro en un objetivo a recuperar. Así, desde Santoña parten catorce lanchas y dos corbetas. Las lanchas descargan toda su artillería y desde el vecino pueblo de Sámano bombardean la villa, mientras desde las dos corbetas cañonean las fortificaciones.

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

En marzo de 1813, el General Clauzel, comandante del Ejército francés del Norte se lanza contra Castro con un batallón, pero fracasa en su intento. En la noche del 22 al 23 de marzo vuelve a intentarlo, esta vez con la ayuda de la división italiana del general Palombini, llegado desde el frente de Guadalajara. Intentan escalar la muralla, pero la guarnición de Castro rechaza el ataque y Clauzel y los suyos tienen que regresar a Santoña.

Castillo. Foto: J.A. Padilla
Castillo. Foto: J.A. Padilla

En mayo, los franceses regresan a Castro procedentes de Santoña. Esta vez vienen bien preparados para un largo asedio: un tren con 17 cañones junto con un destacamento de artilleros, acompañados de 11 mil soldados franceses e italianos. Frente a ellos, una guarnición de 1300 hombres y los vecinos de la villa, junto con siete navíos ingleses (bricks) al mando del general Bloye y tres chalupas cañoneras españoles apoyando desde el mar. Durante los días anteriores al 11 de mayo, el asedio se intensifica. las baterías francesas escupen fuego sin cesar, y los cañonazos de podían huir desde Santander. Los franceses intentan la capitulación de Castro, pero el gobernador Álvarez, burlándose de los franceses, enarbola una bandera pirata negando la entrega de al guarnición. La suerte está echada. Hasta 17 cañones concentran todo el fuego en uno de los puntos de la muralla y pronto las baterías abren una brecha en la muralla. Son las nueve de la noche del 11 de mayo, una columna francesa y dos italianas, que habían llegado dos días antes, se dirigen hacia ese punto para penetrar en la ciudad con la bayoneta calada. Escalan el muro defensivo de la ciudad roto por el fuego de artillería y penetran en ella. Rota la primera línea de defensa, la guarnición se había retirado hacia la segunda línea, dentro de la villa, hasta protegerse en el castillo, en la parte alta. mientras una lluvia de disparos de fusil recibe a los eufóricos invasores pero que no consigue detenerlos. Son las dos y media de la mañana y los franceses siguen penetrando en la ciudad. Entonces se pide ayuda a los ingleses para evacuar la plaza. Es entonces cuando el capitán Taylor ordena al Sparrow, uno de los navíos que protege desde el mar la villa, a dirigirse hasta ese punto para embarcar a los defensores. Los soldados españoles abandonan sus puestos y bajan al punto de embarque a través de unas escaleras talladas en la roca. Algunos de ellos no lo consiguen. Alrededor de unos sesenta son abatidos por los franceses y se precipitan al mar.

Cuadro de Ángel Quintana. A la derecha, se observan dos navíos ingleses. Foto: J.A. Padilla
Cuadro de Ángel Quintana. A la derecha, se observan dos navíos ingleses. Foto: J.A. Padilla

El pánico se ha adueñado se los castreños, al verse invadidos y sin que nadie les defienda. Aquellos que tienen alguna embarcación consiguen escapar mar adentro, mientras otros lo hacen en los propios barcos ingleses que, hasta siete de ellos, se han acercado hasta la playa para auxiliarlos. El abismo de la noche esconde a todos aquellos que han tenido medios y fortuna para escapar. Castro Urdiales queda a merced de las tropas francesas.  Hombres, mujeres y niños que no han podido escapar y que muchos de ellos corren a protegerse en el Convento de las monjas de Santa Clara. Fue entonces cuando se desató la venganza y la furia de los invasores contra la desprotegida y vulnerable población de la villa, que tan literalmente narra el propio general Claucel, quien reconoce que tuvo que proteger a unas mujeres del sadismo de sus soldados, bajo la amenaza de fusilar a aquel “que las faltara al respeto”. Eufóricos por su triunfo tras meses de duro asedio, y dueños absolutos del pueblo que tanto se les había resistido, declararon a sus habitantes rebeldes, traidores y asesinos y produjeron entre ellos una gran matanza, pasando a cuchillo a 309 personas, de entre ellas a 82 niños, y la destrucción de gran parte de la villa. Curiosamente, los franceses solo respetaron a aquellos que se refugiaron en el convento, convertidos en testigos de todos los acontecimientos que se vivieron durante esos fatídicos días. Un triunfo inútil de un ejército ya derrotado y que se retiraba hacia Francia, derrotado un mes después en Vitoria y en Irún por el ejército español e inglés, este al mando del general Wellintong. La guerra finalizaría en Toulouse, donde se produjo otra matanza de 8000 personas. Aunque en este caso, todas ellas eran militares, ya que el general francés Soult ordenó evacuar a toda la población civil, algo que no se hizo en Castro.

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

Aquí, aquellos que no pudieron escapar por mar, sufrieron el castigo de un ejército sediento de sangre y que dudó en emplear con los indefensos lugareños todo el sadismo conocido. El saqueo, el pillaje, las ejecuciones y las violaciones fueron los métodos empleados por aquellos soldados. Los testigos de aquella masacre dejaron gran cantidad de testimonios, a cual más horroroso:  un niño recién nacido fue arrojado  al mar vivo, otro tirado a la calle desde una ventana, otro paseado por un soldado, ensartado en la bayoneta del fusil. Una vecina abrasada viva en su casa; otra, obligada a arrojar al agua los cadáveres de dos sobrinos y un cuñado suyo, de su padre, su madre, su marido y un hijo de tierna edad, después de haber sido obligada a presenciar la muerte de todos ellos.  En apenas ocho días que los franceses estuvieron en la villa todo tipo de vejaciones y violencia sufrieron los que allí se quedaron. Tras evacuar la ciudad, el silencio de muerte y horror se apoderó de la villa, y aquellos que habían sobrevivido a aquel holocausto se aprestaron a dar sepultura a los muertos que llenaban sus calles.  Después, todos ellos  dejaron por escrito todos sus testimonios. Aquel 11 de mayo, el día en que el aire se cubrió de humo, el mar de lágrimas y las calles de horror; día en que la humanidad volvió a avergonzase de su condición.  También el inexplicable hecho de que aquellos que deberían defender la plaza optaron por huir ante la amenaza del enemigo.

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Fueron muchos los testimonios recogidos sobre los sucesos del 11 de mayo y las acusaciones sobre la actuación del gobernador Pedro Pablo Álvarez. Los castreños le acusaron de haber abandonado la villa dejándolos desamparados, mientras el gobernador tacha las acusaciones de injurias e injustificadas. Álvarez no fue condenado por su decisión al no haberse encontraron pruebas suficientes. Aunque el tiempo y la historia si lo ha hecho. 

 Ocurren de siglo en siglo algunos sucesos trágicos tan horrorosos que en vez de publicarlos debería ponerse el mayor esmero en que se oscureciesen y olvidarse hasta borrarlos dela memoria de los hombres, porque su recuerdo aflige y atormenta demasiado el corazón de las almas sensibles.

Las fotografías de los cuadros y documentos incluidos en este reportaje pertenecen a la exposición “Castro Urdiales, una ciudad tomada al asalto”, expuesta en el castillo de Castro Urdiales. Más información: “11 de mayo de 1813. La villa de Castro Urdiales en la costa cantábrica saqueada, destruida e incendiada por los franceses”. Bilbao. 1896. Biblioteca del Congreso de los Diputados; “Textos y Documentos para la historia de la Francesada. 11 de mayo de 1813”. Ayuntamiento de Castro Urdiales 2012; “Importancia Estratégica en Cantabria durante la Guerra de la Independencia”. Rafael Palacio Ramos.

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