El misterio de El Escorial y El Bosco

 

 

Miró por la ventana, con la mirada perdida. Luego, la tabla que acababa de pintar. Parecía que hubiera pintado del natural, pero no era así. El cuadro era dantesco. En la calle lucía el sol y la gente caminaba de un lado a otro. La tabla parecía describir el mismísimo infierno, con las llamas al fondo del mismo, dando una tenebrosa luz a la oscura escena. Personas vestidas de negro conducían en carretas cuerpos calcinados, tal vez por las llamas del fondo. Notó que no estaba solo. Hasta le llegaba el olor a quemado. Tras él estaba su abuelo. Volvió la cabeza y lo miró con sus tristes ojos.

El Bosco
El Bosco

Su abuelo miró por la ventana y luego la tabla. Le preguntó qué era aquello. Él contestó que eran sus pesadillas. No podía borrar de chamuscada.

Y él seguía viendo a aquellas personas corriendo de un lado a otro huyendo inútilmente de las llamas. Él seguía escuchando aquellos gritos. Él seguía oliendo el olor de la muerte y de la destrucción. Desde ese la noche siguiente del incendio observó que el muchacho desde su habitación observaba y a la vez pintaba aquella tabla. Él mismo le había enseñado a pintar, a amar el arte. Lo había hecho con su padre y ahora lo hacía con él. A ver el mundo como era. A ver la luz. Pero aquella noche le había transformado y solo veía tinieblas.

Ahora, cuando el abuelo miraba aquel cuadro y veía una parte del infierno. Sintió un escalofrío su apartó la mirada con una mueca de horror. El joven le preguntó que si no le gustaba ya no pintaría ninguno más. El abuelo le contestó que debía seguir haciéndolo porque tenía un don para la pintura. Con el tiempo se dio cuenta que no solo tenía el don para pintar, sino también para ver mucho más allá que cualquier otro ser humano.

El joven fue creciendo y siguiendo pintando cuadros que siempre incluían esas escenas. También pintaba el dolor, el sufrimiento, pero paisajes imaginarios y llenos de elementos fantásticos y monstruosos, tales como demonios o figuras su mente las horribles escenas que sus ojos contemplaron en aquel incendio sucedido unos pocos días antes. Desde su casa pudo ver aquel incendio iniciado en un pajar sin que nadie pudiera hacer por evitar como las llamas hicieron pasto en las casas cercanas, como abrasaban todo y como los cuerpos de sus vecinos y todas las personas que estaban en el lugar fueron calcinados por las llamas que iluminaban aquella oscura noche, mientras horribles los horribles gritos de las víctimas llenaron las interminables horas.

Él había permanecido aquellas largas horas viendo todo. Había observado cómo ardían aquellas gentes morían sin que nadie pudieran hacer nada por sofocar aquellas llamas que ardieron hasta que al otro día se apagaron solas. Entonces su abuelo se lo llevó a su casa, cerca de aquella escena, pero no lo suficientemente lejos del olor de la carne medio humanas y medio animales en medio de paisajes tranquilos y encantadores. Plasmaba en sus cuadros su profundo conocimiento de las fuentes literarias, como los libros de sueños y visiones y textos alquímicos y astrológicos, describiendo todo con gran detalle., creando en cada una de sus obras un universo complejo y trastornado, una visión onírica del ser humano, cuyos vicios y pecados le transformaba en híbridos monstruosos y metamorfosis bestiales. El jardín de Las delicias, el Carro de heno, Los siete pecados capitales, Las tentaciones de San Antonio, entre otros muchos serán el mejor ejemplo de ello.

Aquel joven, llamado Jeroen Anthoniszoon van Aeken, más conocido como Hieronymus Bosch, El Bosco, sonreía mientras contemplaba aquel cuadro cuyo verdadero significado solo estaba al alcance de unos pocos iniciados.

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