CANDELARIO, DONDE SE ATAN A LOS PERROS CON LONGANIZA

Plaza Pedro Canónigo y Stimo. Cristo del Refugio
Plaza Pedro Canónigo y Stimo. Cristo del Refugio

Sin, duda alguna, se trata de uno de los pueblos más bonitos de España, como advierte un cartel situado en el punto neurálgico del pueblo, junto a las dos cabinas telefónicas de madera, testigos de otro tiempo. En efecto, desde este punto, situado en la parte baja de la villa, llamado Plaza Pedro Canónigo, donde se encuentra el Humilladero, o ermita del Santísimo Cristo del Refugio, una obra del siglo XVIII, con su magnífico porche en la entrada sostenido por cuatro columnas, iniciamos nuestra visita.

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Candelario es un pueblo cuyas calles y casas trepan por la montaña, formando calles y plazas laberínticas hasta llegar hasta el punto más alto de la villa: la iglesia de Nuestra Sra. de la Asunción. Según subimos la calle Mayor comprobamos que el agua es un bien bastante abundante. Así, el agua corre encauzada en las llamadas regaderas, una especie de canales por la que el agua cristalina baja desde las montañas como auténticos arroyos hasta encontrarse con el río que las recoge que, fíjense ustedes que ocurrencia, se llama Cuerpo de Hombre. El río se llama así, vaya usted a saber por qué.

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Estas regaderas tienen la función de controlar la impetuosa caída del agua por las empedradas calles, si bien en la Edad Media era también utilizada para la industria chacinera. En todas las casas se mataba cerdos y se preparaba la matanza. Y el agua que corría en la misma puerta era recogida para lavar las tripas con la que se preparaban los embutidos y los útiles de la matanza. Y es que esta villa fue muy rica, en el más amplio sentido de la palabra, gracias a la producción y fabricación de todo tipo de embutidos. Su fama fue tal que llegaron a ser suministradores de la Casa Real, en época de Carlos IV, y de la nobleza y hasta aquí vino la regente Mª Cristina a otorgarle el título de villa. Existe una anécdota en torno a la cual se encontraba el rey Carlos practicando la caza en Ríofrío cuando se encontró a un comerciante que llevaba sus embutidos en un carro. Del mismo salía un atrayente olor que despertó inmediatamente el hambre en el rey. Preguntó al vendedor y este le dijo que se llamaba Constantino Rico y que llevaba a Segovia los chorizos que él mismo fabricaba en su pueblo de Candelario, en la vecina Salamanca. Carlos IV deseó probarlos allí mismo. El choricero preparó unas ramas y encendió un fuego donde se puso a asar los chorizos. Cuando estos estaban listos, cogió un trozo de pan y se lo ofreció al rey, que no dudó en comerlos. Tal vez el hambre, el olor de aquellas chacinas o que era verdad, el rey le contestó al comerciante que aquellos chorizos era los mejores que había comido jamás y le pidió que llevara toda su carga al cercano palacio de San Ildefonso, donde se encontraba la Familia Real. A partir de entonces, los chorizos del Tío Pedro fueron una de las comidas favoritas de la Corte.

"El Choricero", de Bayeu
“El Choricero”, de Bayeu

Pero sigamos con nuestra visita de Candelario. Los pequeños arroyos de agua que caen por las calles de la villa frenan su caída gracias a las múltiples fuentes que existen. Como si fueran minúsculos embalses remansan el torrente y permiten que degustemos la extraordinaria calidad del agua. Hasta once fuentes podemos encontrarnos en nuestro paseo.

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Mientras subimos la empinada calle vamos contemplando la estructura típica de las casas de Candelario. Lo que más nos sorprende es la existencia de pequeñas antepuertas, una especie de media puerta que precede a la puerta principal. Son las llamadas batipuertas. Su función era muy variada. Por un lado, protegían la vivienda de las frecuentes nevadas que se producen en esta zona. Por otro, servían para airear la vivienda y evitar la entrada de algún animal atraído por el olor a las chacinas que se preparaban en el interior de la casa. Porque, como decimos, en cada una de estas casas se trabajaba en la matanza de los animales para luego preparar los deliciosos jamones, chorizos, morcillas que luego se preparaban en las fábricas situadas en la parte alta de la villa.

Casa Consistorial
Casa Consistorial

En nuestro camino hacia lo más alto de Candelario, nos encontramos con el imponente edificio de la Casa Consistorial, una bella muestra de la arquitectura civil del siglo XIX. Su extraordinaria fachada y sus dimensiones demuestran la importancia de la villa. Pero, pese a su magnificencia, no es el edifico más sobresaliente. Desafiando la pendiente y salvando el barranco, nos encontramos un conjunto urbanístico escalonado que nos lleva hasta la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, un templo de grandes proporciones, en el que  se mezclan  diferentes estilos arquitectónicos, como el mudéjar, el barroco, el románico y el gótico. Destaca su gran torre de 28 metros de altura.

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Como decimos antes, la principal industria de la villa fue la fabricación de chacinas. Se hicieron grandes fortunas gracias a ello. En Candelario llegaron a existir hasta cien fábricas dedicadas a la fabricación de embutidos. De entre todas ellas destacaba la fábrica de la ya mencionada familia Rico, cuyo fundador, Raimundo Rico, el de la anécdora, fue inmortalizado en el cuadro de Francisco Bayeu, llamado “El choricero”, que hoy podemos contemplar en el Museo del Prado, llamado Tío Rico. Su fábrica daba trabajo a decenas de mujeres del pueblo y la comarca. En efecto, el esplendor económico, que llegó hasta la década de los años 20 del siglo XX, fue tal que aquí se acuñó la famosa frase de “atar los perros con longaniza”. Y en es que en Candelario, en efecto, se “ataban los perros con longaniza”.

En la fábrica de los Rico, a principios del siglo XIX, se trabajaba a pleno rendimiento. Una de sus trabajadoras llevaba soportando las molestias de un perro pequeño y nervioso, que servía para cazar ratones que roían y arruinaban los embutidos; pero ese día el perrito en ciernes estaba molestando más de la cuenta. Al no encontrar cuerda alguna para atarlo, utilizó una ristra de longanizas para ello. Fue entonces cuando un joven recadero, llegado desde otro pueblo a recoger un pedido, se quedó impresionado al ver cómo en aquellos tiempos de hambre en España, en aquel pueblo sobraba tanta comida que hasta los perros eran atados con longaniza. Y así, como lo vio, lo contó.

Así nació esta castiza y popular expresión, que significa que cuando alguien está tan sobrado de algo que se permite el lujo de derroches y estipendios poco entendibles, es decir “ata los perros con longanizas”.

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