El Agua de Valencia

Aquel sábado 12 de octubre de 1957 Valencia empezaba a celebrar la Fiesta de la Hispanidad bajo una intensa lluvia. Era un día que no presagiaba nada bueno e invitaba a permanecer en casa y eso que en los cines se proyectaban dos grandes éxitos de entonces: “El último cuplé”, tras 22 semanas de proyección en el cine Lys; y “Sissi Emperatriz”, en el cine Goya, mientras en el viejo estadio Mestalla se disputaba el partido de Liga entre el Valencia y la Real Sociedad.

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Pero lo valencianos miraban al cielo con preocupación y escuchaban en el transistor desde el día anterior las noticias que llegaban desde los pueblos del interior asolados por las lluvias torrenciales y por la riada que ahora se dirigían hacia la capital. La intensidad de estas lluvias preocupaba a los valencianos. El día siguiente, sin embargo, pese a ser un día muy desapacible, llovió poco, lo que aminoró el efecto de la alarma. Pero las noticias del interior seguían sin traer nada bueno.  En algunos pueblos del interior de la provincia estaba lloviendo desde hacía treinta horas. Lliria, Segorbe, Chelva, Requena y Buñol habían recibido precipitaciones de 500 litros en los últimos dos días. Los ríos Palancia y Mijares, Magro y Turia estaban creciendo de manera alarmante y ya habían inundado localidades como Lliria, Segorbe, Requena y Buñol. Además, al día siguiente, lunes, sería día laborable y la preocupación aumentaba.

A las 11 de la noche de ese domingo día 13 no llovía en Valencia, pero todos esperaban la llegada de la riada a Valencia capital. En efecto, poco después de la medianoche el río Turia ya arrastraba gran cantidad de barro y escombros que  comenzaba a taponar los puentes de la ciudad. Poco a poco, los puentes se convierten en improvisadas presas y el agua comienza a desbordarse. Además, la lluvia empezaba a caer, primero débilmente y después de manera torrencial. A la una de la madrugada el caudal del río era de más de dos metros y aumentó su furia. Desde Manises se informaba que el nivel del agua en la presa era siete metros superior al normal. Valencia quedó a oscuras: no había electricidad, los teléfonos estaban colapsados y las rapas de alcantarillado se convirtieron en improvisados torrentes. La ciudad comenzaba a ser un caos.

Durante la madrugada, el agua se iba adueñando de la ciudad. A las cuatro de la mañana el cauce del río Turia llegaba a su nivel máximo. La lluvia cesaba y el nivel del agua comenzaba a bajar. A la mañana del día siguiente se vieron los efectos de la riada en la ciudad. No había agua ni electricidad. Valencia era una ciudad sitiada por el agua, ya que las carreteras estaban inundadas y el ferrocarril interrumpido. Algunos puentes habían desaparecido, junto con parte del pretil del río y gran parte de la ciudad había sido dañada.

El río se había desbordado de su cauce e  invadido la ciudad, entrando en los bajos de viviendas y comercios e inundando barrios enteros como Campanar, el Carmen, Ruzafa, el Grao y sobre todo la Punta y Nazaret, los cuales quedaron totalmente arrasados. Mientras, el centro de Valencia se convertía en una improvisada Venecia. En la Plaza del Ayuntamiento, llamada entonces del Caudillo, el agua alcanzaba un nivel de casi dos metros de altura y los valencianos empezaban a recorrer las calles en barcas.

Pero aquella no era la peor noticia. Lo peor aún estaba por llegar.

Hacia la una de la tarde las autoridades informaban de la inminente llegada de otra riada, aun mayor que la sufrida el día anterior. Los ríos arrastraban gran cantidad de agua que se precipitaba hacia el Turia con gran velocidad y violencia, tanto que apenas tardó dos horas en recorrer los últimos treinta kilómetros.

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A las dos y media de la tarde la segunda riada llegaba a Valencia, acompañada por una fuerte tormenta que dejaba caer una lluvia de más de cien litros por metro cuadrado en apenas media hora. A las tres y media de la tarde el río alcanzaba su máxima amplitud, inundando de nuevo barrios enteros. No cabía duda de que los efectos devastadores de esta segunda riada iban a superar a los de la primera. El agua se llevaba consigo los puentes y solo resistían los más antiguos. Ya estaba entrando la noche cuando la tormenta cesó y el caudal del río comenzó a descender.

A la mañana siguiente se hicieron visibles los efectos de las riadas. La desorganización y mala coordinación de las autoridades no daban las respuestas necesarias ni las medidas adecuadas. Tardaron muchas horas en conocerse el número exacto de víctimas: cincuenta y dos fallecidos en la ciudad de Valencia y de ochenta y uno en el resto de la provincia.

La capital quedó asolada, enterrada bajo toneladas de barro y escombros, con centenares de edificios afectados, sin agua corriente ni electricidad. Del efecto del agua solo se había librado la Valencia católica, es decir, la plaza de la Virgen, la de la Reina, la calle del Macalet y el Palacio Arzobispal; así como la Valencia romana, la Almoina.

Aquella tragedia supuso un antes y un después para la ciudad de Valencia. Será en el año 1965 cuando se inicien las obras el denominado Plan Sur, que consistirá en desviar el cauce del río Turia y evitar su paso por el casco urbano de Valencia, y llevar su desembocadura a sur de la ciudad. Unas obras que finalizarán en enero de 1972.

Solo quedaba planificar el uso y destino del antiguo cauce del río Turia a su paso por Valencia. Tras muchas negociaciones, se consideró que la mejor medida era crear  de un gran espacio verde a lo largo del antiguo cauce del rio Turia. Un inmenso espacio de ocio para los valencianos. Desde entonces, ocho kilómetros de zonas verdes vertebran la ciudad de Valencia desde el noroeste hacia el sureste. Desde entonces, el cauce del río Turia es un espacio abierto donde la naturaleza, el deporte y el ocio están al servicio de los ciudadanos.

El Hemisferic  y, tras él, el Auditorio Reina Sofía. Foto: J.A. Padilla
El Hemisferic y, tras él, el Auditorio Reina Sofía. Foto: J.A. Padilla

Y, sin duda alguna, el epicentro de este gran espacio verde lo constituye la espectacular Ciudad de las Artes y las Letras con sus múltiples equipamientos dedicados a la cultura y la naturaleza, desde el Palacio de las Artes Reina Sofia, un gran auditorio, pasado por el Hemisferic, una sala IMAX, el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe, el Ágora y el Oceanografic, el inmenso acuario. Un complejo que atrae a millones de turistas y que se ha convertido en el principal foco de atracción de Valencia.

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

Aunque Valencia es mucho más. Sus calles y plazas, que aún recuerdan el paso de aquellas riadas que cambiaron la ciudad esconden muchas sorpresas al visitante. Pero también el recuerdo a la importancia del agua en esta región.

La Plaza de la Virgen es un ejemplo de ello. Esta plaza es un enorme foro turístico en el que se encuentran los dos poderes de la ciudad: el político, con el Palacio de la Generalidad Valenciana, sede del gobierno regional; y el religioso, con la Basílica de la Virgen de los Desamparados, con el Miguelete presidiendo en segundo plano la plaza; y el legislativo, con el Tribunal de las Aguas. Este siendo la más antigua institución de justicia de toda Europa, cuyo origen se remonta a la época romana, si bien fue durante el Califato de Córdoba cuando este tribunal funcionó de manera regular con el fin de resolver los conflictos del uso del agua en la región. Este tribunal ha resistido el paso de los siglos e incluso, en la actualidad, su funcionamiento viene reconocido en la Constitución Española.

Plaza de la Virgen. Foto: J.A. Padilla
Plaza de la Virgen. Foto: J.A. Padilla

La endémica escasez de agua para el riego en la fértil vega de Valencia y la necesidad de una sabia, equitativa y justa distribución del agua a través de un complejo sistema de acequias tomaban el agua del río Turia fue el origen del tribunal. Hoy aún es posible verlo funcionar. Todos los jueves se reúne sus miembros, ante la Puerta de los Apóstoles de la Catedral, para resolver los conflictos entre los regantes de la Vega de Valencia por el uso del agua de las acequias. En el centro de la plaza observamos una enorme fuente que tiene mucho que ver también con la importancia del agua de Valencia. Una fuente dedicada al río valenciano por excelencia: el río Turia.

Fuente de las Ocho Acequias de Valencia. Foto: J. A. Padilla
Plaza de la Virgen, con la Fuente en el centro. Foto: J. A. Padilla

La fuente, llamada Fuente de las Ocho Acequias del Turia, presenta la forma clásica de Neptuno representando al río Turia, el cual está rodeado de ocho figuras femeninas, las ocho acequias de la Vega de Valencia, que son Quart, Benáger y Faitanar, Tormos, Mislata, Mestalla, Favara, Rascaña y Rovell. Esta fuente es obra del escultor Manuel Silvestre Montesinos y se inauguró en el año 1976 un año antes de la  riada. Está situada frente a la Basílica de la Virgen de los Desamparados y la puerta de los Apóstoles, las otras dos grandes obras de la arquitectura valenciana. Gracias a su excelente ubicación, es también un lugar de encuentro muy común entre los habitantes de la ciudad. Esta gran obra fue realizada en bronce por el escultor Manuel Silvestre Montesinos, también conocido como Silvestre de Edeta y se inauguró en el año 1976, un año antes de la riada de 1957. 

Detalle de la fuente. Foto: J. A. Padilla
Detalle de la fuente. Foto: J. A. Padilla

La fuente tiene forma ovalada y está formada por un cuerpo central y ocho figuras femeninas. En el centro encontramos un hombre con una barba lustrosa, acostado sobre un manto de agua con las piernas flexionadas y la mano derecha alzada. En sus manos sostiene el cuerno de Amaltea, conocido como el cuerno de la abundancia, en cuyo interior hay frutos de la huerta valenciana, demostrando una gran riqueza agrícola gracias al sistema de riego.

Detalle de la fuente. Foto: J.A. Padilla
Detalle de la fuente. Foto: J.A. Padilla

A su alrededor hay ocho pedestales sobre los que se sitúan ocho mujeres jóvenes que vierten cántaros del agua en la fuente. Todas ellas están desnudas y llevan peineta y peinado de labradora valenciana. Estas ocho figuras femeninas representan las acequias más importantes del río, cuyos nombres aparecen en las bases de cada una de ellas: Benager, Faitanar, Rovella, Favara, Quart, Tormos, Rascanya, Mislata y Mestalla. Todos ellos son términos de origen árabe. Podemos observar que la posición de los cántaros de agua es distinta en cada muchacha. Esta fuente recuerda las ocho acequias que vertían sus aguas en el río Turia. Curiosamente, esta fuente se inauguró un año antes de las dos riadas que asolaron la ciudad, con lo que su simbolismo y recuerdo es doble.

 

 

 

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