EL CURA MERINO

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El cura Merino

 

1. Estuvo dispuesto a morir, antes que a quebrantar las leyes de Dios y de la Patria.

 Aquella noche de San Juan de 1962 una silenciosa comitiva llega a la villa de Lerma, dirigiéndose  hasta la parroquia de San Juan, curiosa coincidencia del destino, tan curiosa como la vida del personaje cuyos restos han viajado desde la localidad francesa de Aleçon, otra curiosidad del mismo personaje que sacrificó buena parte de su vida en luchar contra un país que, sin embargo, hasta entonces había albergado sus restos mortales tras su huida a Francia y su posterior muerte el 13 de noviembre de 1844.

Ahora, con la luna llena iluminando las calles de la ciudad, sus habitantes en silencio dan la bienvenida a su antiguo héroe que siglo y medio antes se convirtió en el símbolo de la lucha contra los abusos del ejército francés de Napoleón, el gran casi invencible emperador, que siempre se arrepintió de su intento de conquista de un país lleno de guerrilleros y de personas que, como el que se dirigía a su definitiva morada, estaban dispuestos a dar su vida por su tierra. Aquellos a los que definió un día como “esos españoles, una banda de campesinos armados …”, de los cuales aquel a quien pertenecían los restos mortales era uno de los más heroicos ejemplos.

La comitiva deposita los restos mortales de su héroe en una cripta de la iglesia. Allí permanecerá durante seis años, hasta el 2 de mayo de 1968, donde se levantará un mausoleo en la plaza de los Arcos, en los jardines situados junto al convento de las Clarisas. En su tumba queda gravado su epitafio que resume su vida: “Paratus fuit mori/magis quam/patrias dei leges/Praevaricare/ivia I. MERINO. Hispaniae exercitu/imperator/obiit in exilio/Alesçon/Le 12 de noviembre anée de/1.844”. Aquel personaje que regresaba a su tierra tenía un nombre: Jerónimo Merino Cob, más conocido como “el cura Merino”, o simplemente, “el Cura”.

Jerónimo Merino había nacido en la localidad burgalesa de Villoviado, una localidad de apenas 30 vecinos cercana a Lerma el 30 de septiembre de 1769. Era el segundo de los hijos del matrimonio formado por Nicolás Merino y Antonia Cob, una modesta  familia de labradores, en la que el cabeza de familia se dedicaba a sus tareas de labrador y arriero y la esposa a las duras tareas domésticas. Jerónimo era en aquel momento el segundo de los cinco hijos que tendría el matrimonio. Desde niño, Jerónimo se mostró como un muchacho poco hablador y de aspecto muy serio, pero muy laborioso y estudioso, razón por la cual se le destinó a la carrera eclesiástica, siendo enviado a estudiar a Lerma y Burgos. A los 18 años fue llamado a filas en el Regimiento Provincial de Burgos donde adquiere muchos de los conocimientos militares que utilizará después.

Apenas cumplido 21 años, vio morir a su maestro y amigo, el cura de Villoviado, razón por la cual volvió a sus estudios, y con ayuda del párroco de Covarruvias, consiguió ordenarse sacerdote en pocos meses, con 23 años de edad, oficiando su primera misa en su pueblo, Villoviado, donde comenzó a ejercer su labor religiosa. Jerónimo Merino era, en aquel momento, el cura tradicional de un pueblo castellano de aquella España de principios del siglo XIX. Su nueva vida sacerdotal la iniciaba a punto de cumplir los 40 años de edad. Sus principios, Dios, Patria y Rey estaban presentes en su vida y enseñanzas.

Pero aquel orden estaba a punto de derrumbarse. En aquel año de 1808, las tropas francesas de Napoleón han cruzado los Pirineos, aquellas montañas que nos aislaba, geográfica y políticamente del continente, y que nunca se hubieran atrevido a hacerlo de no ser por la situación política existente en España, su desgobierno y una monarquía, en aquel momento en manos de Carlos IV, debilitada que favorecía  las intenciones del emperador francés.

En realidad, la invasión se producía al permitir Carlos IV que los ejércitos napoleónicos entraran en la Península Ibérica con la excusa de penetrar hasta la vecina Portugal, en aquel momento en guerra contra los franceses. Pero pronto se pudo apreciar que Napoleón aprovechaba la presencia de sus tropas para ir poco a poco invadiendo la Península, empezando por la propia España.

Carlos IV y su hijo Fernando VII eran destronados, o más bien abdicaban de si mismos ante Napoleón, y este nombraba nuevo rey de España a su hermano, José Bonaparte. Esta situación convertía a España en un campo de operaciones para el ejército francés. Operaciones militares, ante el desgobierno y la inexistencia de tropas españolas con capacidad suficiente para defender su territorio; y de saqueo, ante la indefensa población civil, que quedaba a merced de unas tropas invasoras sedientas de codicia y de sangre. Los franceses avanzaban inexorablemente por la Península Ibérica arrasando todo lo que encontraban en su camino: asaltaban las iglesias y las saqueaban en busca del oro y la plata de los cálices entre escenas de verdadera brutalidad y vejación hacia los curas de los pueblos; mataban a los hombres y violaban a las mujeres y expoliaba todo cuanto podían, dejando tras de sí un rastro de sangre y pólvora. No había rey, no se respetaba a la Iglesia y el orden tradicional del Antiguo Régimen se había roto.

El 16 de Enero de 1808 las tropas francesas llegan a Villoviado. Aquel día, Jerónimo Merino, contaba ya 38 años,  vio como por el Camino Real de Madrid, el ejército francés llegaba a su pueblo y como, de inmediato, comenzaban los abusos contra la población. Lo primero que hicieron los franceses fue confiscar el ganado, lo que dejaba a los pobres lugareños sin medios para subsistir. Desde el principio, los franceses humillan a los hombres y mujeres de la ciudad y a él mismo. Esto hizo que Jerónimo se dirigiera a los soldados pidiendo que no hicieran tal cosa pero, lejos de escucharle, los soldados se sintieron ofendidos y obligaron al párroco a transportar los tambores y trompetas de la banda mientras era conducido junto con otros vecinos a Lerma, donde será encarcelado.

Jerónimo siempre había dicho en sus sermones que Dios había creado a igual y semejanza a él  y que el hombre jamás debía humillarse ante otro hombre, razón por la cual juró vengarse de aquellos soldados que aprovechaban su número y sus armas para humillar a unos pobres campesinos que no hacían mal a nadie. Era consciente que los rezos y ruegos no eran suficientes para enfrentarse el ejército expoliador. Cuando tuvo la oportunidad, escapó de Lerma.

Nacía el guerrillero Merino.

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Mausoleo del cura Merino en Lerma. Foto: J.A. Padilla

2. “Prefiero la cabeza de ese cura a la conquista de cinco ciudades españolas

De regreso a su pueblo, Jerónimo decide salir a combatir a los franceses, primero ayudado tan sólo por dos hombres, interceptando correos para luego volver a casa. Un año después dirigía ocho hombres, con los que se lanzaba al campo a enfrentarse a los franceses. Poco a poco  comienza a reclutar hombres en la comarca para su guerrilla y a finales de 1809 ya cuenta con una partida de 2000 hombres que comenzarán a enfrentarse al ejército francés. Pronto el cura Merino demostrará el conocimiento de tácticas guerrilleras, atacando por sorpresa a sus enemigos y aprovechando el descuido de estos, para desaparecer después sin que los franceses pudieran reaccionar. Aquel grupo de campesinos se convirtió muy pronto en una auténtica milicia con sus respectivos cuadros de mandos. Con ayuda de otros curas y feligreses creó  una importante red de correos y espionaje que le hacían adelantarse a los movimientos del contrario, aprovechando así el factor sorpresa.

La noche de Reyes de 6 de 1809, la milicia del cura Merino ataca a un correo francés y su escolta en la localidad de Fontioso, lo que era su primera acción guerrillera. El 9 de junio de ese mismo año es informado de la llegada de un destacamento francés a Lerma que, tras asaltar el Palacio Ducal, lo había convertido en un cuartel. Merino se dirige allí y, con ayuda de sus milicianos, expulsa a los franceses y recupera la plaza. Se inicia así una exitosa campaña militar de una milicia que irá incrementando sus hombres hasta convertirse en un pequeño ejército. El  22 de enero de 1810 sorprende a una división francesa  compuesta por unos 1500 soldados en las inmediaciones de la villa de Dueñas, cayendo en la emboscada de la que lograron evadirse solamente unos 200.

Se presenta a la Junta Central en Sevilla, buscando el reconocimiento como comandante de una milicia y, una vez conseguido, convierte a los voluntarios de su partida en verdaderos soldados. Al finalizar la contienda, mandaba dos regimientos, que sin lugar a dudas podían considerarse entre los mejor instruidos y disciplinados del ejército. Eran el Regimiento de Caballería de Húsares Voluntarios de Arlanza y el Regimiento de Infantería de Voluntarios de Burgos. El primero vestía pelliza azul bordada en blanco, mientras que el segundo, uniformado de gris con adornos rojos, siendo ambos un ejemplo de disciplina. Había disputado a los franceses más de 50 acciones de guerra, en las que nunca fue derrotado, consiguiendo importantes victorias como la de  Hontoria de Valdearados o  el de Quintana del Puente donde se hizo con un gran convoy de armamento que iría destinado a las tropas del Empecinado o la del Padre Juan Marín “El Monje de Arlanza”. Wellington, que le admiraba, le regaló un catalejo y Napoleón llegó a decirde él que: “prefiero la cabeza de ese cura a la conquista de cinco ciudades españolas”. Perdió en la guerra dos hermanos y cuatro sobrinos.

El 10 de julio de este mismo año, las tropas francesas al mando de Duvernet incendian la villa de  Almazán, []en la que resiste el guerrillero con su ejército de 1.600 hombres.  Las crónicas cuentan al respecto: “Las guerrillas, fuerza única que los españoles tenían en estas provincias interiores, se reunieron en el Duero, en Almazán, pueblo de la provincia de Soria. El gobernador francés de la capital de este nombre, Baste, coronel comandante de la marina de la Guardia Imperial, se puso en marcha desde dicha ciudad el 10 de julio por la mañana con una columna de 1.100 hombres, y atacó a las fuerzas españolas reunidas; mas habiendo sido rechazado después de siete horas de fuego, pidió por medio de un parlamento una suspensión de armas; pero faltando a su palabra, y durando aún el armisticio, atacó, resuelto a ocupar a todo trance la villa, con la mayor intensidad el puente, y consiguió entrar en ella después de haber sufrido una mortandad horrorosa. El cura Merino fue uno de los partidarios que se hallaron en esta acción con 200 caballos”.

Era generoso en sus acciones y actitudes y nunca pidió dinero a nadie en los lugares a los que liberaba; al contrario,  siempre repartió entre sus paisanos el dinero y bienes que obtenía en sus victorias. Nunca uso uniforme ni condecoraciones y nunca se arriesgó en acciones que pudieran poner en grave peligro a sus hombres,  calculando siempre el lugar y el momento más adecuado para el ataque.  Apenas comía y dormía y nunca bebía otra cosa que no fuese leche o agua y era el mejor jinete, el mejor tirador y el que mejor aguantaba la dureza de la vida militar.

Su momento álgido fue cuando atacó a una guarnición francesa en Roa junto a otro líder guerrillero, Juan Martín, conocido como “el Empecinado”.  Con casi cuarenta años y ayudado por este, ambos lograron expulsar a las tropas francesas, en uno de los enfrentamientos más brillantes del Cura Merino y sus guerrilleros. Poco después reuniría en Covarrubias a los otros jefes de las guerrillas para acordar el plan a seguir luchando contra la invasión francesa.  Las Juntas de Roa, Aranda y Lerma le enviaron multitud de jóvenes para ayudarle en la lucha y gracias a ello derrotó en reiteradas ocasiones al ejército francés. En otras de sus exitosas campañas, sorprendió a  un destacamento  francés que se dirigía a Ciudad Rodrigo, obteniendo como botín pólvora, cañones, bombas, así como  caballos y armamento, que distribuyó entre los campesinos. Jerónimo Merino, se ocultaba, junto con sus combatientes, entre los pueblos de la comarca. Dormían con los caballos ensillados y listos para la lucha, lo que le daba rapidez de reacción. Se dice que él se ocultaba en una cueva de la zona, a la que se denominaba Gruta del Cura Merino.

Las campañas de acoso y escaramuzas contra el ejército francés causaban numerosas víctimas entre estos y evitaban además que las tropas francesas pudieran llegar a Madrid, lugar de destino del  ejército napoleónico contra las tropas españolas y las inglesas del general Wellintong, lo que facilitó en gran medida su derrota y el fin de la guerra de la Independencia. Estas acciones y sus consecuencias llevaron a que su milicia fuera reconocida como soldados de Ejército Español y Jerónimo Merino fuera laureado y nombrado Brigadier, cuando en 1814, regresa Fernando VII como nuevo rey de España y  termina la guerra, siendo nombrado Gobernador Militar de Burgos, y después Teniente General, logrando los mayores reconocimientos militares.

Pero Jerónimo Merino comprendía que el fin de la guerra era también el fin de su misión militar, por lo que poco después  volvió a su parroquia de Villoviado. Su sentido de la justicia y sus desavenencias con el clero le hicieron volver a su pueblo natal. España volvía a tener rey, la Iglesia volvía a ser un pilar fundamental y el antiguo orden volvía a gobernar el país. Merino no luchaba por nacionalismo, sino por el viejo concepto de Dios, Patria y Rey, a lo único que era fiel. Cualquier otra motivación lo consideraba una herejía. Volvía a ser el cura tradicional de un pueblo castellano de aquella España de principios del siglo XIX. Su nueva vida sacerdotal  la iniciaba a punto de cumplir los 40 años de edad. Sus principios, Dios, Patria y Rey volvían a estar presentes en su vida y enseñanzas.

 

3. ¿Es que no hay balas en España para fusilar a un general?

Sin embargo, aquella nueva vida a apartada del mundo y dedicada a su labor pastoral pronto se vería truncada. Durante la guerra había surgido una corriente liberal que concebía el poder como resultado de la voluntad de la Nación, es decir, no como voluntad de Dios, en la que aquella  era la única soberana, estando el rey subyugado a ella, por lo que este no tenía el poder absoluto.  Esta corriente liberal promulgó en 1812 la Constitución de Cádiz, el documento en el que se plasmaba la soberanía nacional y los límites al poder del rey.

Fernando VII regresaba dos años más tarde a una España que había expulsado al rey José I y, con él, al Régimen monárquico, con un gobierno de corte liberal instaurado en Cádiz. En 1820, el general Riego proclama la Constitución de Cádiz en la localidad sevillana de Cabezas de San Juan, la cual había sido aprobada  el 19 de marzo de 1812, razón por la cual a esta Constitución se la llamará como “La Pepa”.

El rey Fernando VII se vio obligado a aceptar esta Constitución como medio para regresar a España, por lo que el 7 de marzo de 1820 jura su acatamiento, dando así comienzo al llamado “Trienio Liberal”. Pero tras el regreso de su exilio lo primero que hizo fue derogarla y perseguir a los liberales. Este enfrentamiento entre el rey absolutista y el gobierno liberal  hizo que Fernando VII solicitara ayuda a la Cuádruple Alianza. El único país que se prestó a colaborar para restaurar el absolutismo en España fue Francia, quien ofreció oficialmente su apoyo a la monarquía española.

El 23 de abril de 1823, un amplio ejército francés conocido como “Los Cien mil hijos de San Luis” penetraron en España al mando del duque de Angulema. Cuando entraron en territorio español apenas encontraron resistencia armada. Los franceses no querían repetir su experiencia vivida en su primera invasión y, lejos de ejercer violencia alguna a su paso, se comportaban con respeto y hasta repartían alimentos entre la población.  Al final de la primavera, el gobierno y las fuerzas liberales evacuaron Madrid y se dirigieron  a Sevilla y de ahí a Cádiz, llevándose como rehén a Fernando VII. En Cádiz se viviría el último episodio del Trienio Liberal: la batalla de Trocadero. Los liberales se encerraron en el fuerte de Trocadero y durante varios días fueron asediados por las tropas francesas hasta que el día 31 de agosto el ejército galo atacó por sorpresa el fortín y lo tomó. Durante las tres semanas siguientes Cádiz fue constantemente bombardeada, hasta que el día 23 de septiembre de 1823 lograron que las fuerzas liberales se rindieran, quedando Fernando VII liberado y recuperando la monarquía. Finalizaba así la experiencia liberal en España, aunque también sería el principio del fin del Antiguo Régimen y del absolutismo en España.

Mientras, y como consecuencia de ello, el antiguo aliado de Jerónimo Merino, “el Empecinado” será ejecutado en Roa en 1825 por orden del rey por ser liberal. La vieja plaza liberada por este se convertía ahora en su tumba. Era el inicio de una lucha que provocaría infinidad de guerras civiles y enfrentamientos en España a lo largo del siglo XIX,  y principios  del XX.

Merino tenía claras sus lealtades y sus principios, lo que le llevaba a apoyar al rey absolutista y enfrentarse a los liberales. Así, cuando entre 1820 y 1823, en el llamado Trienio Liberal, los liberales consiguen hacerse con el poder y reinstaurar la Constitución de Cádiz, Merino no dudó en volver hacer lo que había hecho en 1808: volver a la lucha. Contrariamente a entonces, la entrada en España de los llamados “Cien Mil hijos de San Luís”, formados por tropas francesas en defensa del rey carlista, le llevaron ahora a apoyar esta segunda invasión francesa, una invasión poco cruenta y con el único objetivo de derrotar a los liberales y devolver el poder al rey de España.  Merino no miró la nacionalidad de aquellos que apoyaban al rey, sino su objetivo, la defensa de su rey y su lucha contra el liberalismo.

Como Jerónimo Merino, muchos de los antiguos jefes guerrilleros apoyaron al bando absolutista. No así El Empecinado, que se mantuvo fiel a la Constitución, a pesar de que rey trató de sobornarle prometiéndole el condado de Burgos y un millón de reales. Pero el antiguo guerrillero contestó al rey que se guardara sus dádivas, porque no faltaría a su juramento de lealtad a la Constitución, como el rey había hecho.  Fue desterrado a Valladolid. Fue liberado tras el triunfo del general Riego y enviado a Zamora como gobernador militar. Allí, Juan Martín rescató la memoria de los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado.

Pero, con la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, el absolutismo derrotó a los liberales y el rey derogó de nuevo la Constitución. El Empecinado jamás se rindió. En Arauzo de la Miel, Merino se enfrenta con El Empecinado. “Hazte preso, ríndete Juanillo”, le dijo el cura al guerrillero.  Tras su detención, fue enviado a Roa, donde comenzó un largo suplicio que duró dos años. Encarcelado en pésimas condiciones, exhibido en una jaula  para que los habitantes de la ciudad le tiraran boñigas y hortalizas podridas, hasta que el  19 de agosto de 1825 fue llevado al patíbulo condenado a muerte por alta traición. Cuando el debilitado prisionero vio la horca que se elevaba en el centro de la plaza de Roa, dijo: “¿Es que no hay balas en España para fusilar a un general?”, mientras rompía los grilletes que sujetaban sus muñecas. Arrebató el sable a un capitán y se abrió paso luchando contra todos hasta que consiguieron reducirlo a garrotazos. Al final, el que fuera héroe admirado y luego víctima de la ferocidad fernandina, fue subido a la horca, colgando su cadáver.

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4. ¡Viva Carlos V! ¡Viva el Rey absoluto de España!

El 20 de agosto de 1.833 muere Fernando VII. Tenía entonces Jerónimo Merino 64 años de edad.  El rey nombra sucesora al trono a su hija, Isabel II, lo que provocará el enfrentamiento con su hermano, el infante Carlos María Isidro.  En marzo de 1830, seis meses antes del  nacimiento de la futura reina, el rey publica la Pragmática Sanción de Carlos IV aprobada por las Cortes de 1789, que dejaba sin efecto la Ley Sálica de 10 de mayo de 1713 que excluía la sucesión femenina al trono hasta agotar la descendencia masculina de Felipe V, por lo podía acceder al trono la hija del rey difunto al no tener hijos varones.

Pero Carlos María Isidro no reconoció a Isabel como princesa de Asturias y tras ser proclamada Isabel reina bajo la regencia de su madre, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias,  Carlos, en el Manifiesto de Abrantes mantuvo sus derechos dinásticos. Se iniciaba así la Primera Guerra Carlista. Tras esta guerra se escondía además los intentos del difunto rey de atraer a los sectores liberales, lo que irritaba a los conservadores, que se agruparon en torno a la figura de Carlos.

El 18 de octubre de 1.833 el alcalde de Roa, Gregorio González Arranz, se proclama partidario del infante Carlos como rey de España, y se reúne con Jerónimo Merino con el Batallón de Voluntarios Realistas de Roa para dirigirse hacia Aranda de Duero. En el camino hacia Burgos se les irá uniendo más voluntarios, y todos marchaban gritando: “¡Viva Carlos V! ¡Viva el Rey absoluto de España!”. Y así llegaron hasta Arauzo de la Miel, donde se enfrentarán con El Empecinado.

En poco tiempo el ejército del cura Merino recorrió casi toda Castilla, llegando a El Escorial y El Pardo en dirección a Madrid, donde hubiera llegado de no ser por la orden de dirigirse hacia la Rioja. Desde allí, con sólo 200 hombres, cruzó la frontera portuguesa para reunirse con Carlos, para regresar a España en marzo de 1834 al frente de un escuadrón. El 4 de noviembre de 1834 obtuvo el ascenso a teniente general y fue nombrado Capitán general de Castilla la Vieja. Hasta 1836 luchó por estas tierras y acompañará a Carlos hacia Madrid.  En 1838 regresó a Castilla, al frente de dos escuadrones, derrotando a los generales Borso di Carmanati y Pardiñas. Su estado de salud le obligó a abandonar la lucha armada, permaneciendo hasta el final de la guerra al lado de Carlos María.

Las milicias de Merino no pudieron evitar la derrota Carlista, los cuales se rindieron en 1839 tras el llamado “Abrazo de Vergara”, que dio fin a la primera guerra carlista. El Cura Merino, no quiso adherirse al convenio de Vergara y emigró a Francia. La vieja gloria y honor se convertían ahora en el exilio. Y sus antiguos enemigos, en sus nuevos vecinos, como si de una broma e ironía de la historia se tratara, Francia, la tierra de sus enemigos, el país de los centenares de soldados que degolló e hirió años antes, se convertía ahora su nuevo hogar en el que vivirá hasta su muerte, el 13 de noviembre de  1844 en la localidad de Aleçon, donde fue confinado en el Depósito de Prisioneros de Alençon.

 Allí será enterrado hasta que años más tarde, una noche de San Juan de 1962 una silenciosa comitiva llegaba a la villa de Lerma, dirigiéndose  hasta la parroquia de San Juan, donde la comitiva deposita los restos mortales de su héroe en una cripta de la iglesia. Allí permanecerá durante seis años, hasta el 2 de mayo de 1968, donde se levantará un mausoleo en la plaza de los Arcos, en los jardines situados junto al convento de las Clarisas, en pleno centro de Lerma, donde todavía hoy es celebrado como un gran patriota. Hoy en su lápida figura su epitafio que resumen su vida:

Estuvo dispuesto a morir, antes que a quebrantar las leyes de Dios y de la Patria.

Merino, General del Ejército de España, murió en el exilio; en Aleçon, en 12 de noviembre del año 1844

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