EL NOVENO DÍA DE LA CREACIÓN

Era el enésimo viaje entre Madrid y la Comunidad Valenciana. Habíamos decidido desviarnos de la autovía para acercarnos a un pueblo del que habíamos oído hablar muchas veces: Alarcón. De él solo le conocíamos por la fama que le da su Parador, situado en un primitivo castillo árabe. Precisamente, la villa debe su nombre a esta fortaleza, Alarcón, como le decían los árabes.  Esta fortaleza medieval de origen musulmán fue construida en el siglo VIII, siendo conquistada por el rey Alfonso IX en el año 1184. Pocos saben que entre sus muros, el Infante Don Juan Manuel escribió su inmortal obra Libro de los enxiemplos del Conde Lucanor et de Patronio, más conocido como Libro del Conde Lucanor. El Infante había recibido el señorío de Alarcón del rey Fernando IV a principios del siglo XIV, razón por la cual se trasladó  a vivir aquí, en un pequeño palacio situado hoy en la plaza que lleva su nombre y aprovechó su estancia en esta villa para escribir algunas de sus obras.

Cuando tomamos la pequeña carretera comarcal, desde la N-III, vemos en el horizonte la silueta del castillo que nos avisa del impresionante descubrimiento que en minutos llenará nuestros sentidos.  Pronto llegaremos a un mirador desde donde podremos observar, en toda su plenitud, el maravilloso paisaje que se muestra ante nuestros ojos. Aparcamos el coche y con nuestra cámara fotográfica capturamos toda la belleza del entorno.   El castillo se asienta sobre un promontorio asomado a un meandro que forma el río Júcar, en una profunda hoz que convierte el enclave en un lugar inexpugnable. Nos hacemos a la idea de la seguridad que, en aquellos turbulentos tiempos, presentaba la fortaleza. Una torre albarrana, situada extramuros y al otro lado de la hoz cuyo fin era la vigilancia de la comarca, nos permite ver el conjunto urbano de Alarcón, pero también las tierras de La Mancha, al oeste, y las de Valencia, al este.

Nuestra mirada, y el objetivo de nuestra cámara, se detiene en la impresionante Torre del Homenaje símbolo de la majestuosidad del edificio, obra de don Juan Pacheco en el año 1460.  Después, el castillo, y todo el pueblo, cayeron en un estado de lamentable abandono, hasta que, en 1963 fue expropiado por el Estado español  para convertirlo en Parador Nacional. En torno a él comenzó el desarrollo turístico del pueblo. 

Desde nuestra torre vigía contemplamos el puñado de casa que arranciman en la mole pétrea como un barco cuya proa es el castillo. Abajo, en el abismo, un puente medieval sirve para atravesar el río Júcar, y se observa la pequeña presa del pantano de Alarcón, que mantiene comprimidas las azules aguas del río y le proporciona el suficiente caudal de agua que aparece en las fotos.

Tras las fotos y la admiración del entorno, regresamos a nuestro coche para entrar en la villa. Los haremos por una estrecha y serpenteante carretera que atraviesa los dos arcos de entrada a la ciudad. Cada arco es como un túnel del tiempo y nuestro coche como la máquina del tiempo. Pero si nuestros sentidos han quedado admirados por la belleza de aquel paisaje que desafía las leyes de la gravedad, no imaginamos aún la sorpresa que nos aguarda. Nada nos presagia lo que una de sus iglesias esconde y que nos hará viajar en el tiempo hasta periodos aún más lejanos que el medievo en el que nos encontramos.

Aparcamos nuestro coche y nos dirigimos al centro del pueblo siguiendo la abundante información que encontramos en cada esquina del mismo. Pronto llegamos a la plaza de Don Juan Manuel, centro neurálgico de Alarcón, con el edificio del Ayuntamiento, la casa-palacio donde vivió Don Juan Manuel, una fuente en el centro de la misma y…. la iglesia de San Juan Bautista.

Entramos para ver su interior. Según cuentan, la iglesia de San Juan Bautista es la primera iglesia que se construyó en Alarcón. En principio era de estilo románico, pero en el siglo XVI fue ampliada. Fue abandonada a finales del siglo XIX y desde entonces el edificio sufrió derrumbes y a punto de perderse para siempre. Su recuperación, tras la construcción del Parador,  se realizó entre 1968 y 1970 recuperando así su cubierta y limpiando su interior, que quedó totalmente diáfano, perdiéndose su uso religioso y siendo usado como almacén y sala de exposiciones. Es a partir de 1994 cuando se inicia el proyecto de un joven pintor de Cuenca, Jesús Mateo, que empieza a desarrollar por propia iniciativa los primeros bocetos que darían forma a los Murales de Alarcón. Las enormes proporciones, las dificultades técnicas y la complejidad formal y cromá­tica de la obra determinaron en el pintor la necesidad de intervenir, durante ocho años, en el espacio interior. Tras su abandono durante siglos,  la iglesia era rehabilitada y desacralizada, si desacralizada, en el año 1994, para convertirlo en lo hoy es. Y en 1996, Jesús Mateo, pide permiso a las autoridades eclesiásticas de Alarcón para realizar su gran, o grandiosa, obra.  Pierde su carácter religioso, aunque muchos símbolos que encontramos en su interior poseen ese carácter.

 

La antigua iglesia reu­nía las características idóneas para alber­gar una propuesta contemporánea y radi­cal: la instalación permanente de una obra de arte no religiosa aprovechando la extraordinaria ordenación interior de los espacios y de los paramentos.

La Naturaleza y el Hombre como pretextos para configurar un universo personal y comprometido. Los mundos anteriores a la presencia del hombre en la tierra, los orígenes de la vida, las formas primitivas que nos for­maron y que volveremos a formar, los sueños, los fantasmas de nuestro propio pasado, la caverna iluminada, la bóveda celeste, la angustia, la ansiedad, la fini­tud, la propia vida vivida. Son los elementos y los conceptos que encontramos en ella.

Nos dirigimos a visitarla.

¿Se puede visitar la iglesia?- pregunto.

–          Si, aunque ya no es una iglesia, sino una colección de pinturas.

–          ¿Pero se puede ver la iglesia?- Pregunto con total ignorancia.

–          Si, claro.

Por una puerta de madera nueva entramos a la iglesia.

¿Iglesia?

 La que íbamos a encontrar….

 

De repente, sin darte cuenta, sin saber lo que te espera al otro lado, abres una puerta y descubres el futuro en el pasado. O el pasado en el futuro. O…… Entras en las cuevas de Altamira, o formas parte de un cuadro de El Bosco, o de Picasso, o de Dalí o tal vez formas parte de uno de los cuentos de Edgar Allan Poe, o…….   Un inmenso cuadro tridimensional de más de 1500 metros cuadrados, donde el hombre aparece desde los mismos orígenes de él mismo. La nave de la antigua iglesia está absolutamente desnuda, diáfana, de cualquier elemento arquitectónico, solo alguna pequeña ventana que da la luz precisa a aquel  universo multicolor. En aquel mundo,  solo aparecen inmaculadamente blancas las recias y fuertes columnas que lo sustentan. En aquel silencio, donde las palabras sobran y donde todos nuestros sentidos necesitan sumergirse en aquel cosmos, nos encontramos como si apenas fuéramos un átomo en aquel universo.

 

Imposible definir el eclepticismo que invade aquella inmensa obra donde el caos parece reinar y donde el hombre aparece como el protagonista de todo aquello, en medio de mundo de símbolos. Alguien ha llamado a todo aquello El noveno día de la Creación, un título apropiado a todo lo que encontramos allí.

 

Hemos pasado del mundo real, el que vimos desde el mirador, a este mundo irreal y onírico, tan solo atravesando una puerta. No podemos definir lo que vemos. Las formas no son formas o no son lo que parecen. De lo real a lo irreal. En cada uno de los muros vemos reflejados nuestros sueños, o nuestras pesadillas, quien sabe. Vemos extraños seres mitológicos, extraños animales pero, sobre todo, nos sentimos observados por cientos de ojos que nos acechan desde todos los rincones de aquel mundo tridimensional. Leones, camellos, pájaros, y más animales en torno al hombre. Cada uno con un significado que debemos buscar o interpretar.

Los cuatro elementos: la tierra, el aire, el agua y el fuego. Lo animal  y vegetal, lo sagrado y lo profano. Lo real e irreal. Dicen que el artista tardó ocho años en realizar todo este universo multicolor. Apenas un parpadeo en toda la eternidad que encierra.

Sin saber cuanto tiempo hemos permanecido aquí, apenas comprendemos algo de lo que hemos visto, apenas hemos descifrado algunos de los símbolos que aparecen. Solo tenemos la impresión de haber formado parte de la propia historia que encierra el inmenso cuadro. Pero tal vez el fin de la obra no sea que comprendamos algo. Es más bien un recordatorio de lo que somos, del lugar de donde venimos y hacia donde nos dirigimos. Algo tampoco hemos conseguido descubrir.

 

Salimos de allí, al mundo real de nuevo. Pero…..

 ¿Cuál es lo real?

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