EL PRIMER VIERNES DE MAYO EN JACA

 

En el horizonte, la claridad empezaba a asomar por encima del manto de la noche y los primeros rayos de sol no presagiaban nada bueno. La noche había sido tormentosa y las nubes y los primeros rayos de sol le daban al cielo un color rojizo que parecía ser el anuncio de lo que iba a ocurrir apenas se hicieran visibles los campos. El silencio era un silencio de muerte. Solo había que esperar la señal que anunciara la batalla. Era viernes, el primer viernes de aquel año 758, 760 dicen otros. También se ignora que día. Que más daba. Era viernes. Un día que sería señalado durante años, siglos y milenios.

Cerca de 90 mil soldados musulmanes, dirigidos por cuatro generales, se encontraban preparados para la señal. Frente a ellos, un puñado de aguerridos defensores cristianos procedentes de las montañas vecinas de la Jacetania se disponían, con escasas armas, pero con todo el valor que fuera posible, defender sus tierras y sus hogares, comandados por el conde Don Aznar Galíndez. El mismo que un año antes había conquistado estas mismas tierras a los moros.

 

Conde Aznar Galíndez
Conde Aznar Galíndez

 

Pero aquel enclave estratégico era vital para la expansión musulmana en la Península Ibérica y, tras reunir a miles de hombres procedentes de las tierras cercanas de Aragón y Navarra, avanzaron por el llamado Canal de Berdún hasta acampar bajo la Peña Oroel, barrera natural que les protegía de cualquier contingencia o ataque.

 

Don Aznar no estaba dispuesto a esperar el ataque encerrado en las murallas de la ciudad, así que ordenó a sus hombres a marchar al encuentro del enemigo para encontrarse con él a campo abierto. No quería parecer que esperaba la batalla arropado por las defensas de la ciudad y junto a la población jacetana. En todo caso, no esperaría la muerte protegido, sino que iría al encuentro de ella.

 

Ciudadela de Jaca. Al fondo, Peña Oroel. Foto: J.A. Padilla
Ciudadela de Jaca. Al fondo, Peña Oroel. Foto: J.A. Padilla

 

Como buen visigodo, Aznar Galíndez era un hombre con gran valor y sabía que la batalla dentro de la ciudad produciría muchas muertes de niños y mujeres. Antes de su marcha, el conde y sus capitanes se reunieron a orar ante la imagen de la Virgen que salvaguardaban en la capilla del castillo, encomendando a ella su suerte y destino.

Y, aún ocultos por la oscuridad, salieron de la población, con el propio don Aznar a la cabeza, impulsados por el orgullo y la valentía de defender lo que era suyo, sin importar que el precio fuera la muerte. Apenas a media legua de Jaca, donde los ríos Aragón y Gas se encuentran, los defensores jacetanos  se lanzaron contra el ejército ataque musulmán. Estos, entre incrédulos y ufanos, viendo su absoluta superioridad numérica pensaron que la victoria era cosa de poco tiempo.

Pero, el lugar elegido por el conde don Aznar no era un lugar  no había sido por azar. Allí, las tropas musulmanas no podían extender su primera línea de batalla debido a lo angosto y estrecho del valle que forma ambos ríos, y permitía a su escaso ejército a presentar batalla con mayor facilidad. Esta estrategia sorprendió a las tropas musulmanas, ya sorprendidas de por si al ver que acudían a la batalla en campo abierto.  La estrechez del valle favorecía le estrategia cristiana y la confusión de los moros se tornó inmediatamente en caos y desorden. Desde el primer momento, la lucha es tenaz y sangrienta, a la vez que desigual, y los muertos y heridos van llenado el campo de batalla. El sol va elevándose en el cielo y su luz hace más dramático si cabe, el color rojo intenso de la sangre que tiñe el agua de los ríos. En un instante, en pleno fragor de la batalla aparece entre los combatientes  una mujer vestida de blanco que lleva un niños en brazos, lo que los cristianos  que esa mujer es la Virgen, que está junto a ellos.

 

Catedral de Jaca. Foto: J.A. Padilla
Catedral de Jaca. Foto: J.A. Padilla

 

Mientras, en Jaca, la inquietud va recorriendo cada rincón de una ciudad en la que esperan los ancianos, las mujeres y los niños, conscientes de que  la inferioridad de sus defensores terminará con el asedio de la ciudad, y quedar a merced de unos invasores sedientos de sangre. A pesar de que su imagen ha desaparecido, tal vez porque se encuentra en el campo de batalla, acuden a rezar a la Virgen por la suerte de sus defensores pero saben que es inútil estar allí esperando la entrada triunfal de los moros en la ciudad. Si había que morir, era mejor hacerlo luchando.  No. No esperarían allí, quietos y encerrados, oteando el horizonte en el que se podía ver el polvo y se podía oler la sangre. Si había que sacrificarse por lo que era suyo, se sacrificarían todos. La muerte o el honor y la gloria para todos. Pero sobre todo, había que luchar a los que estaban combatiendo por ellos. Resueltamente, las mujeres, junto con los ancianos que se encontraban allí,  decidieron acudir al campo de batalla y sumarse en la lucha contra el enemigo, Buscaron cualquier objeto que pudiera ser utilizado como arma. Palos, cayados, pero sobre todo cuchillos y utensilios de cocina se convirtieron en improvisadas armas para aquel improvisado ejército. Sin capitán alguno que encabezara aquel grupo,  se dirigieron a aquel punto donde la tragedia estaba llegando a su climax.

 

En efecto, el sol se encontraba ya en su punto más alto, cuando ya la superioridad de los musulmanes estaba haciendo estragos e imponiéndose a los hombres de don Aznar. Este era consciente que la resistencia de su ejército no podía dar mucho más de si. Elevó su mirada al cielo y se encomendó a Dios. De repente, su mirada chocó con el extraño brillo que bajaba de la montaña y se dirigía hacia donde se encontraba la batalla. Se preguntó que sería aquello o si le estaban engañando sus ojos. Se fijó bien. Aquel brillo era el brillo de armas. ¿Quiénes las portaba? ¿Cuál era aquellos salvadores que bajaban la montaña con tanta determinación desafiando la muerte y la lógica?

 

Alzó su espada y señaló a  sus hombres la llegada de aquellos refuerzos. También los moros vieron aquello y pensaron que, en efecto, un numeroso ejército cristiano se aproximaba al campo de batalla. Debía ser algún ejército procedente de Francia que venía a auxiliar a los cristianos. Tras dar la voz de alarma, los musulmanes, empujados por el pánico,  iniciaron una rápita y precipitada retirada para evitar una nueva derrota.  No dudaban en arrojarse a las aguas de los ríos para escapar y muchos perecieron ahogados. Los soldados jacetanos, incrédulos, identificaron aquel ejército y reconocieron a sus padres, mujeres y hermanas, y viendo que los musulmanes se batían en retirada, no dudaron en lanzarse contra sus enemigos con todas sus fuerzas.

 

Escudo de Jaca
Escudo de Jaca

 

La victoria fue total y las cabezas de los cuatro caudillos musulmanes fueron cortadas como símbolo de victoria, un símbolo que quedará grabado, no solo en el escudo de la ciudad, sino también de todo Aragón. Luego se dirigirán todos hasta la ciudad en un desfile que perdurará a lo largo de los siglos. Dirigidos por el Conde Aznar Galíndez, con las lanzas en las que están clavadas las cabezas decapitadas, irán a darles las gracias a la Virgen y festejarán la victoria.

 

Escudo de Aragón
Escudo de Aragón

 

Una épica de la que dará cuenta Alfonso X, el Sabio, en su IV Libro de su “Grande y General Historia” para el conocimiento de las generaciones venideras:

Vivieron muchos tiempos y la aspereza natural de los mismos Montes i aseguraban assi para salvar las vidas, como tambien para conservar la religion Christiana. Y como desde aquellas partes los Christianos se defendian de la fuerza i multitud de los Moros en partes asperas i fragosas, en espetuncas, cuevas, i otros lugares, i montes que estan acia aquellas partes, recobrando animo i esfuerzo con el favor de Dios tomaban armas, i ofendian á los Moros peleando valerosamente contra ellos. A cuya causa los Moros irritados intentaron ganar la Ciudad de Jacca. Vinieron dos mui grandes egercitos de parte de Navarra por la canal de Jaca arriba, i pusieron su sitio entre los Rios de Aragon, i el Gas. Lo qual sabido por el Conde D. Aznar, con los Christianos que tenia, sin algun temor passó el Rio de Aragon, tomando la delantera con mucha priesa para ayudar á los Christianos de Jacca, que ya se ponian en defensa, i entre ellos havia algunos Obispos, Abades, Prelados, Nobles, i Cavalleros, i assi ajuntados el dicho Conde, i los suyos con los de Jacca salieron todos al encuentro á los Moros, i comenzaron con ellos la batalla, i estando peleando los Christianos contra los Moros, como los Moros fuesen muchos mas en numero, pues havia como doscientos de ellos para un Christiano, determinaron las Mugeres de Jacca con animos christianos, i varoniles salir á socorrer á sus Maridos, Padres, Hijos, i Parientes que estaban ya peleando con los Moros: los cuales salieron con las armas que pudieron en forma de guerra por la cantera de Aragon i fueron á mezclarse por aquella parte, mostrandose en ladera á modo de un gran Egercito, i estando los Moros peleando con los Christianos, le pareció que baxaba mui gran socorro á los Christianos, i como blanqueaban, i se divisaban las Tocas, Corpiños, i algunas blancas que las Mugeres usaban entonces, á causa de dar el sol en ellas como iban en orden de guerra les parecio á los Moros, que eran gente de armas, i creyendo venia algun gran Egercito de Francia en socorro de los Christianos, comenzaron los Moros á desmayar en la batalla, i queriendo retirarse, i ponerse en huida precipitadamente por los dichos Rios de Aragon y el Gas que vienen á juntarse en aquella, crecieron de tal manera, estando el Cielo sereno, que se anegaron mas de la mitad del Egercito Mahometano, peleando los Christianos con mucho mas animo, valor i esfuerzo con la ayuda de Dios, i de su Santissima i bendita Madre. Los Moros que quedaron fueron por los Christianos muertos i vencidos, i de tanta multitud de Moros que murieron el Rio Gas fué vuelto en sangre. Al retirarse los Christianos hallaron entre los muertos en el campo llano donde fue la batalla las cabezas de los cuatro Reyes Moros que intentaron ocupar la Ciudad de Jacca; y de alli en adelante las pintaron por ARMAS á las cuatro partes de la CRUZ Jaquesa y colorada. Assi fue librada esta Ciudad del furor, i gran poder de los Moros. Lo qual fue en tiempo del Rey D. Garcia Iñiguez cerca de los años del Señor de setecientos sesenta”

Y Hoy, cada Primer Viernes de Mayo, la ciudad de Jaca, y toda la Jacetania, conmemora la gran victoria contra los musulmanes. Una fiesta que recuerda como todo un pueblo luchó por todo lo que era suyo, especialmente sus valores. Para ejemplo de todos.

 

Ayuntamiento de Jaca. Foto: J.A. Padilla
Ayuntamiento de Jaca. Foto: J.A. Padilla

 

La fiesta comienza la noche previa al primer viernes de mayo, donde los jacetanos ya empiezan a festejar el acontecimiento.  Luego, por la mañana, tras un buen y calórico desayuno, los jacetanos acuden a primeras horas de la mañana al Llano de la Victoria, lugar  donde tuvo lugar la batalla, donde preparan las hogueras y los almuerzos. Tras el almuerzo, todos se dirigen desfilando, vestidos con los trajes de época, y simbolizan la  entrada triunfal en la ciudad de la comitiva del Conde Aznar y sus huestes victoriosas, donde no faltarán el homenaje a los pendones y banderas, bajo el retumbe  de los tambores y los disparos de las salvas de los arcabuceros, y con las lanzas con las cabezas de los 4 reyes moros, hasta la puerta del Ayuntamiento donde todos entonan como una sola voz el himno del Primer Viernes de Mayo, en el momento cumbre de toda la fiesta y el más emotivo.

 

 

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