EL SUEÑO DE MEDINA AZAHARA

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

Aquel  soleado día de 1069, el rey musulmán de Sevilla, al-Mutamid, acompañado por sus cortesanos, se dirigió hasta un lugar situado a seis kilómetros al oeste de Córdoba. Buscaba aquella ciudad de la que había oído hablar y que había sido una de las más hermosas  que se habían conocido en el reino musulmán.  Aquella ciudad mítica construida en el momento de máximo esplendor de Al-Andalus. Tras cruzar el río Guadalquivir, su vista se elevó hacia la montaña que se elevaba ante su vista. En medio de aquella campiña se podía observar  restos pétreos de aquella ciudad esparcidos por la ladera.  Todo un campo de piedras por el que crecían las hierbas y matorrales y corrían las lagartijas.  Al-Mutamid llegó y trepó por entre aquel laberinto de piedras y llegó hasta lo que parecía los restos de un palacio. Entró entre sus ruinas  y contempló los arcos que aún resistían el paso del tiempo. Decidió ocultarse del ardiente sol y se sentó a descansar. Aquel inmenso salón aún conservaba la suntuosidad que mostrara apenas setenta años antes, cuando recibía a reyes y embajadores bajo la presidencia del sultán.   “Dios es bello y ama las cosas bellas”, pensó entonces al-Mutamid , mientras intentaba imaginarse como sería la vida en aquella ciudad  que un día rebosara  vida y  esplendor  y que acabó siendo víctima de las luchas que acabaron con la dinastía de los Omeyas en al-Andalus y con su orgullosa capital, y que ahora la vegetación y el tiempo estaban llevando a mayor de los olvidos….

Abderramán III

Dios es bello y ama las cosas bellas”. Abderraman III recordaba estos versos del profeta mientras contemplaba aquella verde campiña que se levantaba ante sus ojos, situada junto al Guadalquivir, a escasa distancia de la capital de Al-Andalus, el califato de Córdoba, que el propio rey había declarado independiente de Bagdag. Allí construiría su sueño, una gran ciudad al gusto y altura de su rango. Una ciudad que demostrara su poder y que se convirtiera en el centro administrativo y político del califato. Quería huir de Córdoba y encontrar en aquel lugar la tranquilidad que le permitiera encontrarse con el profeta. La elección de aquel lugar no era un capricho. Estaba situado en un lugar estratégico, el lugar exacto en el que la montaña penetra en el valle del Guadalquivir, lo que permitiría construir una ciudad aprovechando la orografía del terreno, en forma de terrazas, situando en el lugar más alto la residencia del califa y el palacio, mientras que la ciudad se extendería en las zonas más bajas de la montaña. Sabía que allí había existido un antiguo emplazamiento romano, con sus correspondientes canalizaciones, que aprovecharía en la nueva ciudad. Estaba lo suficientemente cerca de Córdoba y bien comunicada, pero lo suficientemente lejos para disfrutar de la tranquilidad e intimidad que deseaba. Pensó en su nombre. No dudó mucho. Era un nombre muy enamorado de su favorita al-Zarha (Azahara) y quería dedicársela a ella. Aquel sueño se llamaría Madinat al-Zarha (Medina Azahara o Ciudad de Azahar). Solo faltaba poner en marcha aquel sueño….

 

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

Abderraman quería poner en marcha aquel sueño de forma inmediata. La complejidad de aquella nueva ciudad palaciega exigiría mucho tiempo y mucho trabajo y el tiempo era algo que no abundaba en aquella turbulenta época.  Según los cronistas de la época la ciudad se construyó durante cuarenta años, en los que no se escatimaron medios. Otros aseguran que su construcción duró veinticinco años. Sea como fuere, todas las construcciones se llevaron a cabo con piedra arenisca similar a la empleada en la mezquita de Córdoba, y que procedía de canteras del norte de la propia Córdoba. El mármol de las columnas y capiteles fue traído de Portugal. En otras zonas se empleó un tipo de caliza violácea, también de procedencia local, que ofrecía un exquisito contraste con los muros estucados en blanco y con decoraciones en color rojo rojizo. Si a todo ello se unen las zonas ajardinadas, las fuentes, los estanques y la profusa decoración de atauriques (arabescos) con interminables motivos vegetales podremos entender por qué algunos autores árabes llegaron a afirmar que se trataba de una de las ciudades más espléndidas jamás construidas por el hombre. Durante su construcción se emplearon diariamente 6.000 sillares de piedra, grandes y pequeños y el número de animales empleados para el acarreo de estos materiales ascendía a 1.500 entre mulas y bueyes, junto a 400 camellos pertenecientes al sultán. Nadie podía imaginar durante aquellos años que aquella maravilla ciudad de cuento árabe apenas cumpliría setenta y cinco años de vida….

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

Pero el principio del fin del sueño de Abderraman coincidía con la muerte de este. En efecto, como un presagio, el final de aquellas obras coincidió con la muerte de aquel sultán que, de sus 70 años de vida, reinó durante 50. Aquel califa que convirtió el emirato de Córdoba en un auténtico faro de la civilización y de la cultura, envidia del mundo civilizado. Un rey al que no le tembló la mano cuando lo consideró necesario, mostrándose cruel y despótico y al que importó muy poco el derramamiento de la sangre de sus enemigos y  entregándose a los placeres. Ahora, a su muerte dejaba por legado un poderoso Califato forjado por la fuerza de las armas, uno de los Estados más poderosos del Occidente europeo, que, sin embargo, se derrumbó en poco más de medio siglo.

El califato quedaba en manos de su hijo Alhakem II, o al-Hakam, que los a los 47 años, quiso continuar la política de su padre  manteniendo la paz y la prosperidad en Al-Andalus. En la misma medida, continuó los trabajos de Medina Azahara, hasta concluir totalmente las obras. Adoptó el título de al-Mustansir Bi-llah (El que busca la ayuda victoriosa de Alá). Casado con la princesa Radhia, no tuvo hijos y su descendencia fue posible con una esclava concubina de origen vasco llamada Subh, o Aurora, un hijo a que dio el nombre de Chafar. Fue en este periodo cuando inicia su carrera política el moro Almanzor quien, tras realizar sus estudios en la capital califal, inició su carrera política como auxiliar del cadí de Córdoba y como administrador del patrimonio de Subh, la cual tenía gran influencia política en la corte y que le hizo ascender rápidamente hasta alcanzar en 973 el cargo de intendente del ejército. Mientras tanto, Alhakén mostraba sus dotes como un califa inteligente, ilustrado, sensible y extremadamente piadoso. Eso no era obstáculo para que celebrara grandes fiestas y recepciones en Medina Azahara, caracterizadas por un protocolo muy estricto y con discursos interminables, donde no faltaban los actos de adulacion al sultán por parte de los presentes. Entre ellos se encontraba Almanzor, cuyo ascenso en la corte omeya fue favorecido por Subh. Alhakén  nunca gozó de buena salud, con 59 años sufrió un ataque de hemiplejía del que nunca se recuperó, dos años antes de fallecer en Córdoba víctima de un derrame cerebral, dejando como sucesor a su segundo hijo Hixem II, tras morir su primogénito Abderramán.

Hixem II, o Hisham, era apenas un niño y la ley musulmana prohibía el nombramiento de un menor como califa, lo que supuso que Almanzor asumiera el poder del reino. Medina Azahara dejó de ser la ciudad palatina, pues Almanzor decidió construir una propia, llamada Medina Alzahira, cuyos restos aún no han sido localizados, y que se convirtió en el nuevo centro del poder omeya. Medina Azahara quedaba convertida en una cárcel dorada de Hixem, ajeno a lo que ocurría en el reino y entregado a todo tipo de placeres, dejando el reino en manos de Almanzor. Era el año mil. Todo: el califato de Córdoba, el reino omeya, Hixem y Almanzor y Medina Azahara tenían los días contados…

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

Y allí, ha permanecido en el último milenio, agonizando a los pies de la verde y gris Sierra Morena, tornada de blanco cuando los almendros florecen, como si fuera la nieve que un día soñó Zarha, el sueño de Abderramán, el príncipe de los Creyentes: El palacio de Medina Azahara. Una historia nacida entre la historia y la leyenda. La leyenda del amor por Zahra, la bella muchacha con nombre de flor, que soñó una hermosa ciudad, una ciudad donde se hacía realidad el placer, la belleza y la majestuosidad, y se lo contó a Abderramán III, quién quiso hacer realidad ese sueño y darle el nombre de esa muchacha a quién amaría, La Ciudad de la Flor de Azahar. Pero el sultán también hacía realidad su propio sueño de construir un palacio ambicioso donde ubicar el centro político y religioso del sultanato de Córdoba, y demostrar así el poder de la dinastía Omeya.

Pero la vida de esta ciudad muy efímera, desde el año 940 en qué fue inaugurada hasta 1013 cuando se producen los primeros saqueos, apenas llegan a los 75 años, coincidiendo su final con la desintegración de los reinos taifas. A partir de aquí la ciudad sufre un continuo expolio que llega hasta el siglo XIX. El palacio representaba  el poder de su soberano y su corte y en ella se trasladaron todos los órganos administrativos del gobierno califal. Las obras comenzaron en 936, a cargo del maestro alarife Maslama ben Abdallah. Nueve años después se produce el traslado de la corte a esta ciudad, que en esos momentos cuenta con la mezquita Aljama, aunque la Casa de la moneda no se traslada hasta el 948. La muerte de Abderramán llevará a su hijo Al-hakén II a terminar las obras y ampliar la Mezquita Aljama.

Gran Pórtico. Foto: J.A. Padilla
Gran Pórtico. Foto: J.A. Padilla

La pendiente de la montaña Yebel al-Arus (“Monte de la Desposada”) explica su disposición en terrazas o niveles, el primero de los cuales corresponde a la residencia califal seguido por la zona oficial (casa de los visires, cuerpo de guardia, salón rico, dependencias administrativas, jardines…) para finalmente albergar a la ciudad propiamente dicha (viviendas, artesanos, etc.) y la mezquita Aljama, separadas de las dos terrazas anteriores por otra muralla específica para aislar el conjunto palatino. puente de un solo arco, también en sillería, sobre el Arroyo Cantarranas. Para aprovechar el agua se utilizó un acueducto romano (Acueducto de Valdepuentes), que se inicia desde el arroyo del Bejarano y la cantera donde se extraía la piedra para realizar esta obra es la cantera de Santa Ana de la Albaida. Medina Azahara presenta una planta rectangular de aproximadamente 1500 metros por 750 con un trazado de red de alcantarillas y abastecimiento de agua perfectamente planificadas. Está considerada la mayor superficie urbana construida de una sola vez en el Mediterráneo.

Casa del Ejército. Foto: J.A. Padilla
Casa del Ejército. Foto: J.A. Padilla

El punto de llegada del Camino de los Nogales es la Puerta Norte. Esta puerta estaba defendida por una torre y un pequeño cuerpo de guardia controlaba el acceso interior. Desde aquí se puede tomar dos caminos: al este, que conduce al sector oficial del palacio; y al oeste, que permitía el acceso al sector privado. La medina estuvo rodeada por una robusta muralla, que servía más como límite de la ciudad que como defensa de la misma, construida con sillares de piedra caliza, como toda la ciudad. Este acceso norte al Alcázar presenta una disposición acodada, que responde al tipo de “puertas en recodo” utilizadas frecuentemente en la arquitectura militar islámica.

Viviendas del servicio. Foto: J.A. Padilla
Viviendas del servicio. Foto: J.A. Padilla

Las viviendas Superiores  integran una gran sala central con alcobas laterales y una letrina asociada. Se entremezclan las habitaciones propias de dormitorio con otros espacios destinados a la cocina, una sala para el despiece o manipulación de carnes, como lo demuestra los utensilios de cocina y vasijas encontradas.

Subida a las Viviendas superiores. Foto: J.A. Padilla
Subida a las Viviendas superiores. Foto: J.A. Padilla

El llamado Cuerpo de Guardia, Casa del Ejército, dentro del Alcázar del Palacio, es el lugar donde se controla el acceso hacia las dependencias, y se aprecia  una calzada con pórticos, que dan paso al Espacio Trapezoidal y a las Viviendas de Servicio, a través de una rampa, estructuradas en torno a un patio central, donde destaca la presencia de un horno de cocina y una escalera que la conectaba con las viviendas superiores. De las Viviendas de Servicio, la oriental era donde desarrollaba su trabajo el personal doméstico que atendía a los importantes personajes que habitaban en las grandes residencias del sur. El control de esta actividad la realizaba un alto funcionario de palacio que vivía en estas dependencias. En el resto de viviendas predominan los elementos nos residenciales, relacionados con actividades culinarias, como el horno de cocinas y las letrinas.

Rampa bajada al Espacio Trapezoidal. Foto: J.A. Padilla
Rampa bajada al Espacio Trapezoidal. Foto: J.A. Padilla

La parte occidental también conformaba una parte residencial. La vivienda situada al este de las Viviendas de Servicio, se identifica con la residencia de hayib (primer ministro) y se le conoce la casa de Yafar.  Debió construirse en el año 961, año en que fue nombrado con el cargo de hayib. Estas zonas tienen arquerías abiertas a un patio, con ornamentación geométrica y vegetal. Por la distribución no sería residencia familiar sino de un alto rango que vive sólo. También destaca una pila de mármol.

El escalón del edificio basilical superior comunica con el Gran Pórtico por medio de una rampa adosada de bancos y dividida de tramos por varias puertas. Su pavimento originario facilitaba el paso de las caballerías y está formado por piedra caliza de la Sierra Morena. La calle debió estar cubierta con bóveda de cañón y formaba parte del recorrido protocolario que se realizaban para las recepciones de las embajadas y la celebración de las fiestas religiosas anuales, la de los sacrificios y la ruptura del ayuno. Toda la guardia y los funcionarios de palacio y califato se colocaban a ambos lados de los bancos adosados para homenajear a los séquitos extranjeros. La gran arquería del Pórtico constituía la entrada ceremonial al Alcázar. Su estructura primitiva constaba de catorce arcos cerrando al lado occidental por una plaza de armas, flanqueadas por habitaciones en su lado norte y sur. La galería estuvo cubierta por una terraza. Encima del arco central se levantaba un mirador desde donde el Califa, pasaba o se dirigía a su formación militar.

Casa de Jafar. Foto: J.A. Padilla
Casa de Jafar. Foto: J.A. Padilla

De la superficie excavada, aproximadamente un 10% del total de conjunto urbano, destaca el Salón Rico o Salón de Abderramán III, utilizado para la recepción de embajadas importantes, así como para celebrar las fiestas anuales de ruptura del ayuno y de los sacrificios, que tuvieron lugar en Medina Azahara entre los años 971-976. El Salón Rico fue mandado a construir entre los años 953 y 957 por Abderramán III, como así atestiguan las inscripciones aparecidas en basas y pilastras en su interior; tiene planta basilical de tres naves longitudinales separadas con arcos ciegos con otra transversal en su entrada que actúa de pórtico. Este salón está decorado con relieves de ataurique en mármol en sus zócalos, seguido por relieves de distintos motivos hasta la típica cubierta de artesonado de madera. Sus columnas alternan los fustes de mármol rosa y azul, desde los que arrancan los característicos arcos de herradura. Destaca de todo el conjunto una serie de tableros, cuyo tema único es el árbol de la vida. Frente al Salón se encuentra un alberca, de la que existe una leyenda muy conocida en Córdoba: “La Alberca de Mercurio”. Sobre esta alberca o estanque existen varios testimonios. Uno de los más importantes  es el de al-Zuhri, que acerca del Salón Rico escribía: “Su techumbre era de oro y grueso y puro cristal, lo mismo que sus muros; sus tejas eran de oro y plata. En el centro tenía un estanque lleno de mercurio y a cada lado del salón se abrían ocho puertas, formadas por arcos de marfil y ébano que reposaban en columnas de cristal coloreado, de forma que los rayos del sol, al entrar por esas puertas, se reflejaban en su techumbre y en sus paredes, produciéndose entonces una luz resplandeciente y cegadora. Cuando al-Nâsir quería asustar a los presentes o recibía la visita de algún embajador, hacía un gesto a sus esclavos y éstos removían ese mercurio, con lo que el salón se llenaba de sobrecogedores fulgores semejantes al resplandor del rayo, creando a los que allí se hallaban la impresión de que el salón giraba en el aire mientras el mercurio seguía en movimiento. Algunos dicen que el salón giraba para estar enfrentado al sol, siguiendo su curso, mientras que otros afirman que estaba fijo, sin moverse alrededor del estanque. Ningún otro soberano, ni entre los infieles ni en el Islam, había construido antes nada parecido, pero a él le fue posible hacerlo por la abundancia de mercurio que allí tenían”. Sin embargo, la existencia de tal estanque parece ser más una leyenda que una realidad.

Vivienda de la Alberca. Foto: J.A. Padilla
Vivienda de la Alberca. Foto: J.A. Padilla

El conjunto arquitectónico incluye el Jardín Alto y ambos, salón y jardín, tienen un fuerte simbolismo religioso y político, y demuestra el poder del califa. Su pabellón central está rodeado de albercas, su uso tal vez ceremonial. A este del Salón, y conectadas con el mismo, se construyeron un conjunto de habitaciones pavimentadas en mármol blanco, así como el llamado “Patio de la Pila”, de uso califal donde el soberano debía de pasar la mayor parte de su actividad del día. El edificio lo integran salas, letrinas y patios culminados en un baño de reducidas dimensiones, estancias destinadas a vestuario, y un horno que incluso permitía calentar el agua de los baños.

Palacio del Salón Rico. Foto: J.A. Padilla
Palacio del Salón Rico. Foto: J.A. Padilla

 En la terraza inferior se sitúa la Mezquita Aljama. Fue uno de los primeros edificios construidos en la ciudad, en el 941, y su ubicación permitía su uso tanto a los residentes de la población del Alcázar como de la Medina. De plata rectangular, aparece orientada hacia el sureste, a  La Meca, y sus elementos básicos, patio porticado, sala de oración y alminar se organizan según el esquema característico del occidente islámico. Al noroeste se levanta el alminar, de planta cuadrada al exterior pero octogonal al interior. En el lateral oriental del Jardín Alto, un pasadizo cubierto permitía al califa desplazarse hasta su interior, salvando el desnivel de la calle con un puente del que solo quedan restos. A pesar de la riqueza y solidez de los materiales empleados, Medina Azahara no llegó a sobrevivir ni siquiera un siglo tras su construcción, pues fue destruida y saqueada en el 1010, como consecuencia de la guerra civil que puso fin al Califato de Córdoba. Su saqueo y desmantelamiento prosiguió en siglos sucesivos, pues fue utilizada como cantera artificial para la construcción de otras edificaciones posteriores.

Mezquita. Foto: J.A. Padilla
Mezquita. Foto: J.A. Padilla

Ahora, al-Mutamid  contemplaba todo esto sin poder retener las lágrimas de sus ojos. Aquella hermosa ciudad había quedado  reducida a un campo de ruinas, que el tiempo empezaba a ocultar y que no sería descubierta hasta  mil años más tarde. Medina Azahara  había sido  destruida y saqueada en el año 1010, como consecuencia de las guerras civiles  que pusieron fin al Califato de Córdoba. Los saqueos, los enfrentamientos y los incendios destrozaron la ciudad más bella de occidente.

 

 

Un comentario sobre “EL SUEÑO DE MEDINA AZAHARA

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  1. .
    Neste momento de crise, restaurar a cidade de Medina Azahara – Córdoba , não está ao alcance de um País que atravessa uma grave crise económica e muito menos de uma região autónoma como o é a Andaluzia. É tarefa de uma comunidade internacional, quando esta se convencer que o que é belo, numa determina região, independentemente do país a que pertence, é propriedade de toda a Humanidade que vive no Planeta Terra.
    Os países têm que colocar o egoísmo de lado e o amor das pessoas deve ultrapassar a sua família, a sua região, o seu país e prolongar-se por todo o mundo socorrendo quem sofre física e moralmente e ajudar a restaurar as maravilhosas belezas que existem, sejam elas Naturais ou Edificadas..
    Com a ajuda da comunidade Internacional acredito que as ruinas desta cidade voltarão a erguer-se, dando vida a Medina Azahara uma das cidades mais lindas construídas pelos muçulmanos e que eles próprios destruíram.
    Lamento a maldade humana, assim como o seu egoísmo e falsidade.
    Se queremos construir um mundo novo, todos têm que contribuir na sua construção. Um santo Natal para todos os que lerem esta pequena reflexão.
    O amigo: Fernando da Silva Roque

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