Tesoro de Guarrazar

El último siglo y medio de historia visigoda, siglos VI, VII y VIII, tuvo su campo de acción en el reino de Toledo, y estuvo formado por dos épocas. La primera, bajo los reinados de Leovigildo y su hijo Recadero, en la primera mitad del siglo VII (año 601); y la segunda, en la segunda mistad del mismo siglo (año 642), con Chisdasvinto y su hijo Recesvinto. Ambas épocas de clara influencia romana y bizantina.

El último periodo visigodo  tuvo lugar en los reinados sucesivos de Wamba, Ervigio, Egica y Rodrigo hasta que la invasión islámica, dirigida por Muza y su lugarteniente Tarik, originada por la crisis sucesoria tras la muerte de Witiza, supuso el final del reinado visigodo. Una caída propiciada por la alianza de los hijos de Witiza con los árabes con el fin de conquistar el trono del que se consideraban legítimos pretendientes.

Esta lucha por el poder visigodo debilitó el reino hasta el punto de favorecer la invasión musulmana. Los árabes no estaban dispuestos a abandonar una Hispania debilitada y sin rey y se aprovecharon de la situación política de entonces. La derrota de Rodrigo  en la batalla de Guadalete supuso en fin del reinado visigodo y el comienzo de la dominación musulmana en la Península Ibérica desde principios del siglo VIII  hasta finales del siglo XV.  La causa principal de la desaparición del reino visigodo fue el carácter electivo de su rey. Era la visigoda una monarquía no hereditaria, lo cual provocaba rivalidades y disputas bélicas en el momento de la elección del nuevo monarca. La llegada de los musulmanes tras la muerte de Witiza para ayudar a los partidarios de este contra el rey Rodrigo es un ejemplo de ello.
Era el año 711.

Fragmento cruz procesional (original). Museo Arqueológico (Madrid)

Sin profundizar demasiado en las consecuencias de la invasión musulmana en Hispania ni en como se fue produciendo esta, para centrarnos en la historia de Guarrazar, hemos de considerar que las joyas bizantinas que poseían los reyes visigodos eran muy ricas y abundantes. Estas joyas se encontraban en las iglesias y templos visigodos de Toledo, hasta el punto que, al entrar los musulmanes en la ciudad de Toledo, encontraron en su catedral una rica colección de coronas votivas, fabricadas en oro, pertenecientes a los reyes visigodos. A causa de la conquista, una buena parte de ellas fueron fundidas en oro, pero otras muchas fueron enterradas por los clérigos visigodos, en el cementerio del pequeño monasterio de Santa María de Sorbaces, en la llamada Huerta de Guarrazar, junto a la actual localidad toledana de Guadamur, a apenas trece kilómetros de la capital toledana con el fin de protegerlas de las manos árabes y esperar mejores tiempos para recuperarlas.

Y allí estuvieron escondidas, bajo una lápida, durante algo más de mil años, hasta que fueron finalmente descubiertas.

Era el año 1858.

La historia del descubrimiento del tesoro de Guarrazar constituye un episodio en el que no faltan los ingredientes propios de una novela de intriga detectivesca.

Cuentan las viejas crónicas medievales como en el año 711, tras derrotar en la batalla de Guadalete al rey visigodo don Pelayo, con ayuda de los partidarios del hijo de rey Witiza, los musulmanes aprovechan el vacío de poder para dirigirse hacia Toledo, capital del reino visigodo, sabedores de que la ciudad está desprotegida. Conocen que allí se encuentran extraordinarios tesoros, entre los que se encuentran, según la tradición árabe, la Mesa del Rey Salomón e incluso el Santo Grial. Además conocen la leyenda, también de origen árabe, según la cual cuando los árabes lleguen a Toledo significará que Hispania pertenece al Islam. Una leyenda, y una maldición, que liberará el propio rey Rodrigo cuando profane la llamada Cueva de Hércules y encuentre un pergamino en el interior de un cofre señalando el cumplimiento de la profecía.

Así, el ejército vencedor de Guadalete, al mando de Tarik, llega a Toledo donde, tal y como esperaba, encuentra escasa resistencia. Está desobedeciendo al general Muza, quien le había ordenado que esperase su llegada y no entrara en Toledo. Pero la capital visigoda atrae la codicia y las ansias de conquista de Tarik e, imprudentemente, desobedecerá a su general. Está convencido de que el enfado de Muza por desobedecerle se aplacará cuando le ponga a sus pies las riquezas y reliquias que espera encontrar.

En efecto, en la catedral de Toledo encontrará magníficos y extraordinarios tesoros, las joyas y las coronas de los reyes visigodos y, según cuentan, la mencionada Mesa de Salomón. Pero de todos aquellos tesoros, ni por supuesto la Mesa, ni existe evidencia objetiva y su existencia solo aparece en las tradiciones y leyendas árabes. Porque lo que sí está demostrado es que tales tesoros fueron puesto a salvo antes de la llegada de los musulmanes a la capital visigoda.

De ahí la importancia del llamado Tesoro de Guarrazar, en la localidad toledana de Guadamur. Este lugar cobra una enorme importancia porque demuestra que tales tesoros fueron enterrados muy hábilmente para evitar su expolio. Tan hábilmente que, en el caso de Guarrazar, se tardaron más de mil años en encontrarse, concretamente en el año 1857, cuando unos lugareños descubren, de forma casual, en una tumba junto a la llamada Fuente Guarrazar, en el camino de Toledo. Este lugar, desde entonces, se ha considerado como el yacimiento arqueológico más importante de toda la Europa medieval.

Huerta de Guarrazar. Foto: J.A. Padilla
Huerta de Guarrazar. Foto: J.A. Padilla

Estamos en agosto de 1858, en una zona en la que el intenso calor favorecer la aparición de fuertes tormentas. Y aquellos días se habían sufrido en Toledo fuertes aguaceros al atardecer. Por eso Paco Morales y María Pérez, que aquel día habían tenido que marchar hasta la capital, apresuraron su regreso a Guadamur para evitar la tormenta que el plomizo cielo amenazaba. Las tormentas caídas en los días anteriores habían dejado el camino bastante embarrado y el borrico que les trasladaba avanzaba con mucha dificultad. No. No conseguirían llegar a su casa antes de la lluvia. Unos kilómetros antes de llegar a Guadamur, el agua empezó a caer. Paco azuzó al borrico intentando que este avanzase lo más rápido posible.

Corona votiva (original). Museo Arqueológico de Madrid

Las primeras gotas pronto se convirtieron en una lluvia que iba ganando en intensidad a medida que se acercaban a casa. En medio del aguacero, Paco y María divisaron las ruinas de la antigua iglesia de Santa María de Sorbaces, de las que apenas quedaba un trozo de pórtico. Estaban a penas a dos kilómetros de Guadamur, en la llamada Huerta de Guarrazar. Allí se cobijarían y esperarían a que la tormenta amainase.

En ese lugar, el agua de lluvia se había unido a las del antiguo arroyo, que incluso en estos días aún manaba agua, lo suficiente para saciar la sed de los caminantes. Pero ahora se había formado una inmensa laguna que anegaba el pequeño cementerio existente junto a la iglesia. De hecho, algunas tumbas habían quedado al descubierto por la acción del agua.

   Bajaron del borrico y se guarecieron bajo el pequeño pórtico hasta que la tormenta amainó, dando lugar a un intenso sol del atardecer. María se fijó entonces en un pequeño nicho que el agua había dejado al descubierto. Incluso había movido la pequeña losa que lo cubría. Paco la llamó para seguir el camino. Estaban empapados y había que llegar a casa. Pero vio que su esposa mantenía su mirada fina en aquel nicho. Ella le dijo entonces que algo brillaba en su interior.

En aquella época, era frecuente que a un noble o un miembro notable de la iglesia fuera enterrado con alguna joya u objeto de valor. Pero aquella tumba llevaba grabado el nombre de “Crispinus” y pertenecía a un monje. Sea como fuere, Paco fue junto a su esposa y comprobó como la luz del sol hacía brillar algo en el interior del nicho. Con no poco esfuerzo, retiró la pesada losa y abrió el nicho. Estaba completamente lleno de barro, pero la luz se hizo más intensa. A falta de herramienta alguna, con sus manos empezó a escarbar. Paco se sobresaltó asustado cuando lo primero que encontró fue un trozo de hueso, sin duda perteneciente al monje allí enterrado. Pero la luz se hizo más intensa. Intentó tirar de aquel objeto, pero el barro se lo impedía. Excavó con más rapidez y de repente……

Allí estaba. Paco y su esposa María miraban sorprendidos aquella cruz que, pese al barro, brillaba como si fuera de oro. Tal vez lo fuera.

Ambos miraron al su alrededor en busca de alguien que estuviera observándoles. Aquel era un lugar donde los lugareños lo utilizaban como huerta, además de que aquel camino era bastante transitado. Pero todos debían estar bajo cobijo. Pero ahora que la lluvia había cesado había que ser cauto y evitar cualquier mirada indiscreta. Paco volvió a tapar el nicho y, con la corona a cuestas, se dirigieron a su casa. Cuando el sol se ocultase volverían cubiertos por la oscuridad de la noche.

Corona votiva (réplica). Museo de Guadamur

Quería comprobar donde se dirigían sus vecinos Paco y María aquellas noches. Le había llamado la atención como, cuando estaba todo en el más absoluto silencio, ambos caminaban a la luz de un farol y con herramientas para regresar más tarde cargados con sacos. Algún misterio debían ocultar aquellas salidas y aquellos sacos y “el Macario” quería conocerlo.

Fue por eso que, cuando los vio pasar ante su casa les siguió con el mismo sigilo con el que caminaban ellos. Paco y María llegaron hasta el nicho y comenzaron a excavar, ajenos a que estaban siendo observados. Luego, cuando terminaron, regresaron a casa. “El Macario”, viendo que el amanecer estaba próximo decidió esperar. Cuando el sol empezó a cubrir el campo, se dirigió al lugar donde habían estado sus vecinos. Vio que había un nicho con la losa movida y mucha tierra alrededor. Con mucho esfuerzo consiguió mover la losa. Estaba rellena de tierra, también removida y algún hueso. El labrador no entendía nada. Vio que el nicho de al lado estaba intacto. Era imposible moverlo. Se dirigió a su casa en busca de herramientas.

Al cabo de un buen rato estuvo de regreso. Consiguió mover la pesada losa. También estaba llena de tierra, pero parecía intacta. Removió sin saber el qué buscaba. Empezaron a salir trozos de huesos. Sintió un pequeño escalofrío al ser consciente que estaba profanando una tumba, algo que despertaba su superstición y sus creencias religiosas. Decidió tapar el nicho y dejarlo como estaba cuando, de repente, observó que algo brillaba entre la tierra. Lo extrajo y vio que era una corona. Siguió removiendo el nicho y aparecieron cruces, algunas piedras preciosas e, incluso, una paloma que parecía ser de oro. Recogió todo y abandonó apresuradamente el lugar. Ya en casa, inspeccionó aquel tesoro. Como sus vecinos, no sabía qué hacer con todo aquello. Tampoco sabe el origen de tales joyas ni la causa de que estén enterradas en aquel lugar. Enterradas junto a restos humanos en un cementerio visigodo por el temor del clero y la nobleza toledana a que fuesen robadas por los árabes de los templos en donde estaban, para protegerlas de las huestes de Tarik y que ahora, algo más de mil años, aparecían ante los ojos sorprendidos de aquellos lugareños. Como sus vecinos, optó por intentar venderlos en Toledo.

Cada uno, por su lado, iba troceando el tesoro para poder así venderlo con mayor facilidad a los joyeros, salvo aquellas que no se podían partir. Aquellos frecuentes viajes y el abandono de sus labores en el pueblo despertaron la extrañeza de los vecinos de Guadamur. En la misma medida, algunos joyeros en Toledo empezaron a conocer esas extrañas compras de alhajas a algunos compañeros. Uno de ellos confesó haber comprado trozos de plata que debían pertenecer a algún cáliz, una cruz con piedras preciosas, varios trozos de cadenas de oro, todo lo cual lo fundió en su horno. Otro, trozos de cadena, zafiros y otras piedras preciosas. Lo curioso que alguno de ellos recibió la visita de ambos labriegos, cada uno por su parte.

Paco y María, ajenos al descubrimiento de su vecino deciden buscar a alguien que pueda decirles el valor exacto de las piezas que han encontrado, al sospechar que están siendo engañados por los joyeros toledanos. Al no poder consultar con nadie del pueblo, por razones obvias, deciden acudir a un profesor de francés de la Escuela de Infantería de Toledo, sita por entonces en el Hospital de Santa Cruz, un francés llamado Adolfo Herouart, al que conocían. Cuando el francés ve aquellas piezas, comprende inmediatamente el valor de las mismas, aunque no se lo dice a ellos. Les pide que les deje algunas de las piezas para enseñárselas a un amigo que tiene en Madrid para que le confirme el valor de aquellas piedras preciosas y coronas de oro. 

Aquel amigo es José Navarro, un hombre experto en orfebrería antigua y en obras de arte. Navarro había sido joyero de la Corte y había sido el restaurador del denominado “Disco de Teodosio”, una gran bandeja ceremonial de plata procedente de Constantinopla, hecha para conmemorar el reinado de Teodosio I el Grande y encontrada en Almendralejo en 1847. Además, en 1850 confeccionó la corona de la reina Isabel II, joya, que, por otra parte, aún le debía la reina. Más de cinco años le costaría cobrar aquel trabajo.

Lugar exacto donde se encontró el tesoro. Foto: J. A. Padilla
Lugar exacto donde se encontró el tesoro. Foto: J. A. Padilla

Navarro recibió a su amigo  Herouart y a Paco Morales.  Al preguntarle el motivo de su visita, el francés sonrió y sin articular palabra alguna, abrió el paquete que llevaba, dejando a la vista aquella colección de piedras preciosas de distintos tamaños  y un montón de piezas fragmentadas. Don José no pudo resistir la tentación de coger una esmeralda y admirarla con contenida sorpresa por lo que se le ofrecía. Lamentó los trozos y recomendó que lo que aún tenían en su poder lo mantuvieran intacto porque el valor de las piezas era incalculable. Al preguntar el origen de aquello, el francés le contestó que aquello era solo una parte de un gran tesoro, tal vez de un gran tesoro difícil de calcular. Pero el francés le contestó que todo estaba troceado y la historia de los hallazgos de Pedro y María y  de cómo los orfebres toledanos se estaban aprovechando de la ignorancia de estos.  Días después volvieron a casa del orfebre y le mostraron una corona votiva del rey Recesvinto divida en dos, a la que aún le quedaban alguna piedra preciosa. El profesor vio que la corona era posible reconstruirla. Él y Herouart decidieron controlar la situación y acordaron recuperar las piezas que los plateros toledanos aún no habían fundido.

El profesor Navarro se traslada a Toledo con el fin de buscar  las coronas y cruces que Paco había desmontado para poder venderlas más fácilmente. Encuentra varias piezas y consigue recuperar y restaurar nueve coronas votivas y seis cruces, especialmente la corona del rey Recesvinto, con sus piezas de zafiro azul. Al mismo tiempo, Herouart, compra, por el triple de su valor, el terreno donde José y María encontraron el nicho, propiedad de Marcos Hernandez, vecino de Toledo, para evitar reclamaciones de terceros y hacer las excavaciones en busca de nuevos hallazgos. No saben, sin embargo que Macario ha estado expoliando el tesoro, vendiéndolo en pequeños lotes también a los joyeros toledanos. Remueven las tumbas expoliadas y el resto de las sepulturas abandonadas en busca de más tesoros. La excusa de las excavaciones era utilizar las losas para construirse una casa en esas tierras que ya eran suyas. Intentó comprar entonces las tierras de alrededor, propiedad del Ayuntamiento de Guadamur, pero este se negó a hacerlo. Mientras, el profesor Navarro va recomponiendo las coronas. En diciembre, Herouart da por finalizadas las excavaciones. Solo algunos trozos de piezas de oro y algunas joyas y piedras preciosas aparecerán. Mientras, el profesor Navarro se llevará en enero 1859 las ocho coronas y seis cruces restauradas a París para negociar su venta al gobierno francés. Tras examinar los franceses aquel tesoro, lo dejaron en depósito en el Museo del Lovre mientras se negociaba su compra. Tras legar a un acuerdo verbal, todo pasó a formar parte del Museo de Cluny, también en París, donde existía una importante colección de arte medieval.

De la compra de aquellas coronas y cruces se hizo eco la prensa francesa. La noticia, una vez conocida en España, causó sorpresa e indignación. La prensa española atacó al gobierno por haber permitido la venta de nuestro patrimonio. Fue entonces cuando las autoridades españolas, una vez comprobado la propiedad de las tierras donde se habían encontrado aquellas piezas y llamaron a su dueño: Adolfo Herouart.

En el interrogatorio, el francés declaró haber comprado una cruz de oro con piedras preciosas a un labrador de Guadamur y que en una tierra que había comprado después había encontrado algunas piezas de oro, plata y alhajas, las cuales se las había vendido a un caballero de Madrid. Las autoridades se desplazaron a Guadamur para buscar más testimonios sobre aquellos hallazgos. Tanto los responsables municipales como los vecinos del pueblo, tras examinar el lugar de las excavaciones, declararon que aquellas tierras no pertenecían a Herouart, sino a otros terratenientes, debido a que las lindes se habían modificado. Cuando averiguaron la fecha de la compra del terreno, octubre de 1585, comprobaron que las excavaciones eran anteriores a la compra. De todo ello se dio cuenta al Ministerio de Fomento para que actuara. Se iniciaron nuevas excavaciones y se encontraron más restos de alhajas, además de los restos de una antigua iglesia y de un cementerio. Al tiempo el gobierno español reclamaba el tesoro al gobierno francés argumentando que había salido de España de forma ilícita. Su enterramiento se había producido para protegerlo del expolio árabe y recuperarlo posteriormente. Ni siquiera se podía alegar que Herouart era súbdito francés y dueño de las tierras. Para empezar, ni se había dado cuenta de la adquisición de las compras, ni se había pagado los impuestos correspondientes. Además, no tan siquiera se podía acreditar que aquellos terrenos eran de su propiedad y, en realidad, pertenecían a Guadamur.

La respuesta del gobierno francés fue que España debía acreditar jurídicamente que las joyas habían sido robadas o violando la ley. El gobierno español respondió en abril de 1859 argumentando que las coronas pertenecían a la Corona española y, en su momento, al dueño de la finca. Herouart había adquirido la finca dos meses después de encontrarse el tesoro y Navarro había sacado las coronas y las cruces secretamente y sin ser el legítimo propietario de las mismas. El enterramiento podía ser considerado un depósito, en lugar sagrado, con el fin de protegerla del expolio.

Durante este tiempo, José y María devolvieron un brazo de cruz procesional de oros, perlas y zafiros, único objeto que poseían de todo lo vendido. El otro arqueólogo furtivo, Macario, en  mayo de 1860, aconsejado por su familia decidió entregar las coronas que aún no había vendido y que mantenía ocultas, a la reina Isabel II, por temor a que se descubriera todo. Hasta el Palacio Real de Aranjuez se dirigió el bueno de Macario con un tío suyo desde Guadamur para ofrecer a la reina una cruz y la corona del abad Teodosio, ambas intactas, que había encontrado en Guarrazar. Después contó a Isabel II todos los detalles de sus excavaciones y ofreció devolver el resto de las coronas a cambio de una recompensa. Al día siguiente, acompañado por el Secretario de la Intendencia de la Casa Real, regresaron a Guadamur para la entrega del resto de las coronas. Fue recompensado con una pensión vitalicia de 4.000 reales y el pago del valor tasado de las piezas entregadas, aproximadamente 40.000 reales. Las coronas fueron llevadas a Madrid. Los académicos estudiaron todo aquel tesoro, intentando dar sentido a las distintas letras que colgaban de la corona mayor, colocadas anárquicamente por su descubridor, llegando a la conclusión que la leyenda original sería SUINTHILANUS REX OFERET, basándose en la pocas letras aún conservaban su lugar al tener intacta la anilla de sujeción. Se acordó el Palacio Real de Madrid como el lugar idóneo donde depositar todas las piezas, aunque no lo debía ser tanto, pues fue sustraída la corona de Suintila con su cruz colgante. Aunque se detuvieron a los ladrones, la corona jamás apareció. Luego, durante la guerra civil desaparecieron otras piezas.

Finalmente, en 1940, se llevaron a cabo gestiones entre el gobierno español y francés para la recuperación de varios bienes históricos, entre ellos la Dama de Elche, la Inmaculada de Murillo y las coronas de Guarrazar, entre ellas, la de Recesvinto. El 8 de febrero de 1941 llegaban las coronas a España a la estación de Atocha. A cambio, España accedió a entregar a Francia otras obras. El material entregado quedó, en un principio, depositado en el Museo del Prado hasta que en 1943 se llevaron al Museo Arqueológico Nacional, donde actualmente se pueden contemplar. Actualmente, las piezas están repartidas entre el Museo de Cluny de Paris el Museo Arqueológico Nacional de Madrid y la Armería Real también en Madrid.

En la actualidad, existen unas excavaciones a las afueras de la localidad de Guadamur, en la llamada Huerta de Guarrazar, en las que se están recuperando las ruinas de la iglesia de Santa María de Sobarces, junto al lugar donde se encontraron las joyas visigodas, así como del monasterio existente en su día. Las excavaciones se han convertido en un extraordinario museo al aire libre gracias a la iniciativa del Ayuntamiento de Guadamur. Se pueden visitar según el horario marcado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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