LAS FUENTES DE MADRID

I. LA LLEGADA DEL AGUA

1. Mírala, mírala, la Puerta de Alcalá

En sus orígenes, la incipiente capital de Madrid estaba surcada por numerosos arroyos. Por los actuales ríos de asfalto por la que circulan miles de coches hoy en día, en otro tiempo corrían riachuelo y arroyos. Uno de los más importantes era que bajaba por el denominado Prado Viejo, hoy Paseo del Prado y Recoletos. Durante siglos este lugar era un barranco por la que bajaba el denominado arroyo Abroñigal, el cual a su vez recogía las aguas procedentes de los arroyos que bajaba por sus laderas. Esta situación provocaba que, en caso de lluvias torrenciales, el arroyo era incapaz de retener las aguas y se desbordaba, inundando y llevándose todo lo que se encontraba en sus inmediaciones y haciendo imposible cruzar de un lado a otro del barranco.

Calle Alcalá y Paseo del Prado. Cuadro de Antonio Joli
Para salvar estos obstáculos, nacieron los primeros puentes. Uno de los  primeros, y el más importante, fue aquel que, tras trasladar Felipe II la Corte a Madrid en el siglo XVI, permitía cruzar el arroyo en la calle Alcalá, en la actual plaza de La Cibeles, y permitir a la Familia Real acceder al Palacio del Buen Retiro, situado entonces en las afueras de Madrid. Este, y otros puentes se empezaron a construir en madera, pero la humedad y su inconsistencia frente al clima provocaba su derrumbe, siendo sustituido por otro puente construido ya en piedra.  Un grabado del pintor italiano, Antonio Joli, nos permite hacernos una idea del aspecto que en 1750 tenía la calle de Alcalá, en la que se aprecia el puente que permitía cruzar el arroyo. En la segunda mitad del siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III, el Paseo fue reformado, adornado y convertido en el Salón del Prado; y el arroyo encauzado. Fue por entonces cuando llegó la diosa Cibeles, por supuesto para quedarse. El arroyo no se tapó hasta el siglo XIX, en tiempos de Fernando VII.
Antigua Puerta de Alcalá

En 1768, Carlos III, que por entonces vivía en el Palacio del Buen Retiro, encargó a Sabatini la construcción de una puerta que sustituyera a la que había entonces, una pequeña puerta, construida en 1599 y situada junto a la calle Alfonso XI. Poco podía sospechar Carlos III la importancia que tendría para los madrileños este nuevo monumento que, por aquel entonces marcaba el límite de la ciudad por el camino de Alcalá de Henares, de ahí su nombre. Tras nueve años de construcción, la nueva puerta fue inaugurada en conmemoración de la entrada de Carlos III en la ciudad.  Como curiosidad cabe destacar que está situada en una Cañada Real y, por lo tanto, además de personas, era frecuente paso de ganado. También, como curiosidad hay que destacar que la nueva puerta estaba situada justo al lado de la antigua Plaza de Toros de Madrid, lo que realzaba este punto de la ciudad. Está realizada en granito de la sierra madrileña y de piedra blanca, de tipo neoclásico y  formada por tres arcos y dos puertas cuadradas. Como curiosidad cabe destacar que esta puerta es la primera construida tras la caída del Imperio Romano, toda vez que el Arco del Triunfo de País y la Puerta de Brandenburgo de Berlín se construyeron más tarde.

La Puerta poseía grandes rejas de hierro que cerraban a las diez de la noche en invierno y a las once en verano, y estaba unida a los jardines del Retiro hasta que, en 1869, fueron derribados los últimos restos de la tapia que bordeaba Madrid. La puerta fue restaurada y limpiada, aunque se ha mantenido hasta nuestros días las huellas dejadas por las tropas de Napoleón, los denominados Cien Mil Hijos de San Luis,  cuando la Puerta de Alcalá recibió varios impactos de bala que hoy permanecen como testimonio de aquellos acontecimientos.

Era el año 1823, el rey Fernando VII de España, después de la Guerra de Independencia contra Francia, pidió ayuda a este país para luchar contra los liberales y así restablecer el absolutismo en virtud de los acuerdos de la Santa Alianza. El ejército francés intervino de la mano del duque de Angulema, que se puso al mando de los llamados  “Cien Mil Hijos de San Luis”. Esta denominación había sido acuñada por el rey francés Luis XVIII al anunciar que cien mil franceses vendrían a auxiliar a su tío Borbón invocando a San Luis. Los franceses tomaron Madrid, como lo habían hecho apenas unos años antes, poniendo el trono en manos del rey Fernando. Esto acabó con el pacto en el que Fernando VII se comprometía a defender la libertad de los españoles de acuerdo a la constitución de 1812, llamada  La Pepa, y con ello el Trienio Liberal. En los siguientes años 30.000 personas murieron ejecutadas. El rey abolió la Constitución de 1812 y dio paso a una década absolutista llamada Década Ominosa por sus opositores y que es el título con la que hoy día se refieren la gran mayoría de los historiadores. Todo el heroísmo mostrado por los madrileños en el levantamiento del 2 de mayo y en la Guerra de Independencia lo perdió ante la penetración de los Cien Mil Hijos de San Luis.

Foto: Juan A. Padilla

La estratégica situación de la Puerta de Alcalá la han convertido en un lugar donde han sucedido muchos sucesos y escenas que han marcado la historia de Madrid, y de España. Tal vez el más importante sea el que se produjo aquel día 8 de febrero de 1921, a las 19:14 horas exactamente, cuando un coche de color negro  accedía a la plaza de la Independencia y se detuvo. Un itinerario que aquel coche repetía día tras día con exacta rutina cuando regresaba desde el Congreso a una casa situada en la cercana calle Lagasca. Aquel coche en enfiló la calle Alcalá desde la cercana Plaza de Cibeles. Tras ella, una vieja moto de color gris con sidecar en la que viajaban tres hombres vigilaba sus movimientos. El vehículo se detuvo al llegar a la plaza. La moto se detuvo junto a él. Tras comprobar a través del cristal del coche la identidad del viajero, abrieron fuego despiadadamente. Dieciocho disparos herían mortalmente al ocupante del vehículo mientras sus asesinos huían velozmente en dirección de salida. Atrás dejaban la ensangrentada y exánime figura del Presidente del  Gobierno, el conservador D. Eduardo Dato. Los asesinos, Mateo, Font y Casanellas, tres anarquistas catalanes pasaron a la historia criminal de España con aquel asesinato de político que curiosamente fue el impulsor de la Ley de Fugas.

2. Del ¡Agua va! al Motín

Mayrit significa en árabe “abundancia de ríos de agua”. El lema del primer escudo de la ciudad reza: “Fui sobre agua edificada / Mis muros de fuego son / Esta es mi insignia y mi blasón“.Con esta declaración de principios es fácil comprender la importancia que el agua ha tenido desde que en el año 865 el emir Muhammed I mandó construir una alcazaba en la aldea de Mayrit, a orillas del río Manzanares.

Conociendo la actual ciudad de Madrid, es difícil hacerse una idea de aquella villa que se conoció hasta finales del siglo XVIII, cuando se decide acometer una serie de reformas que le dieron a la capital de la Corte una fisonomía sin la cual no nos imaginamos la ciudad actual. Hasta apenas hace 200 años, Madrid era considerada la ciudad más sucia de Europa, oscura y probablemente la más peligrosa. La ausencia total de alcantarillado y de la más mínima luz en sus calles cuando se ponía el sol, la convertían en una ciudad poco o nada merecedora del título de capital de un imperio donde jamás se ponía el sol, pero que cuando se ponía en ella, la convertía en un lugar donde los merodeadores, asaltantes y, en general, gente de mal vivir constituía su propio imperio en la sombra.

Grabado del antiguo Alcázar de Madrid

Madrid era hasta entonces una ciudad de calles estrechas, tortuosas, empinadas e incómodas hasta que en 1861 Carlos III lleva a cabo el proyecto del ingeniero Sabatini para dotar de empedrado a sus calles. Hacía diez años que se habían numerado las calles, numerando las manzanas, tal y como aún podemos observar en muchas de las calles céntricas de la actual metrópoli.

Las primeras transformaciones urbanas en la ciudad se iniciaron por el corregidor (funcionario real que gestionaba los ayuntamientos) Marqués de Vadillo (1715-1730), con el establecimiento de  un corredor de comunicación entre la ciudad y el río Manzanares, inexistente hasta entonces debido al enorme desnivel entre ambos, acometiéndose en el noroeste de la ciudad el nuevo camino de Areneros y la Puerta de San Vicente, inaugurada en 1728, con lo que se facilitaba el acceso a la ciudad, así como el acceso por el sur  a través del nuevo puente de Toledo en 1732 con los paseos de Atocha,  Delicias y Santa María de la Cabeza. El accidental incendio del antiguo Alcázar en la navidad de 1734,  obligó a trasladar la Corte al palacio del Buen Retiro y, con ello, a llevar a cabo reformas en el denominado Prado Viejo, que corresponde al actual Paseo del Prado, y aledaños. Será durante el reinado de Carlos III cuando se produzcan las reformas urbanas más importantes del siglo XVIII, siguiendo las directrices políticas del Conde de Aranda, primero, y del Conde de Floridablanca, después. Así, en 1767 se pone en marcha el proyecto del Prado de San Jerónimo por José de Hermosilla, el cual contemplaba la reforma el eje correspondiente al arroyo de la Fuente Castellana, integrándolo con el palacio del Buen Retiro y creando un espacio embellecido por fuentes (Cibeles, Neptuno y las Cuatro Estaciones o de Apolo), y vías arboladas, completándolo con la construcción de  nueva Puerta de Alcalá en 1778. En 1775 se hizo cargo de las obras Ventura Rodríguez, encargándose del diseño final de las fuentes y añadiendo al proyecto original las cuatro fuentecillas del cruce de la calle de Huertas y la fuente de la Alcachofa junto a la desaparecida Puerta de Atocha.

Fuente de la Alcachofa y Puerta de Atocha

En estas reformas se le daba una especial atención al agua. Sin mar ni puerto alguno y con un río que hasta hace apenas unos años, señalaba los límites de la ciudad, el abastecimiento de agua para beber y para la higiene de los madrileños constituía un grave problemas de salubridad. No existía alcantarillado ni sumidero alguno para la limpieza de sus calles y la vieja costumbre medieval del ¡agua va! en la que los madrileños lanzaban sus inmundicias por las ventanas de sus casas hacia la calle o las basuras que se amontonaban en sus calles y plazas nos presenta un cuadro bastante desagradable de la ciudad. Las cercanas localidades reales de la Granja de San Ildefonso y Aranjuez con sus palacios, jardines y juegos de agua inspiraron el modelo a seguir en una ciudad que empezaba a convertirse en metrópoli.

Grabado del Palacio del buen Retiro

Si a esto le unimos la total ausencia total de alumbrado, salvo los farolillos y velas que llegaban a la calle desde las posadas y casas, el resultado de todo ello era la triste imagen de unaa ciudad insalubre y peligrosa. Todo aquel que por necesidad tenía que caminar por la noche tenía que hacerlo armado y provisto de algún farolillo para iluminar su camino y protegerse de la gente de mal vivir. Contrastaba esta triste imagen de Madrid con otras capitales europeas, como París y Londres, ciudades “donde jamás oscurece, al suplir con luz artificial la falta de luz del sol”, tal y como los cronistas de la época manifestaban. Y no solo Madrid salía malparada de las comparaciones con otras capitales europeas. Sevilla, Valencia, Toledo y otras ciudades españolas poseían algún tipo de alcantarillado e iluminación en sus calles.

Calle Alcalá con la antigua plaza de toros, a la izquierda
Será la llegada a Madrid de Carlos III el 9 de noviembre de 1759, para suceder a su hermano Fernando VI, lo que transformará aquel sucio arrabal en una moderna urbe para el orgullo de los madrileños y el esplendor de la Corte española. Bajo su reinado se construyeron numerosos edificios, colegios y centros de educación y beneficiencia. El grandioso Museo del Prado y las suntuosas fábricas de la Aduana, las puertas de Alcalá y San Vicente, la casa de Correos, la Imprenta Nacional, el Hospital general, el templo y convento de San Francisco el Grande, el Observatorio Astronómico, las Reales Caballerizas, la Fábrica platería, la de Tapices, la de la China, etc, transformaron en uno de los paseos más deliciosos de Europa el Prado de San Jerónimo (Junto al museo del Prado), con sus bellas fuentes; abrió el paseo de la Florida y el de las Delicias; embelleció el Real Sitio del Buen Retiro con suntuosas obras, abrió el canal de Manzanares y casi todos los caminos que conducían a la capital. El grabado que aparece en esta página nos muestra la calle de Alcalá a finales del siglo XVIII.
estanqueretiro
Antiguo estanque del Retiro
Y todo ello con la ayuda de sus ministros: el condes de Aranda y  de Floridablanca, y el buen gusto de los arquitectos Ventura Rodríguez, Villanueva y Sabatini, verdaderos restauradores del arte en la moderna España. Y sin olvidar a Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, un personaje que pasó a la historia por su famoso “motín”. El marqués de Esquilache fue encargado por Carlos III de poner en marcha las reformas Ilustradas procedentes de Europa y cuyo objetivo era producir los cambios necesarios para modernizar España, algo que consiguió con la colaboración del marqués de la Ensenada, aunque no sin dificultades.  A Esquilache  se le debe aquella medida que prohibía la capa larga y el sombrero de ala ancha, sustituyéndolas por la capa corta y el sombrero de tres picos, más estéticos y europeos y que produjo el famoso motín de aquel domingo de Ramos de 1766. Pero lo que menos se conoce del marqués es que su administración y las reformas aplicadas en la villa de Madrid fueron bien acogidas por los madrieños. La aparición de los serenos y del alumbrado, la limpieza y empedrado de las calles  la reforma del insalubre sistema de abastos, consiguiendo además que Madrid estuviese abundantemente surtido de víveres; así como por otras acertadas medidas, dirigidas a la buena administración de la Corte, elevó su nivel hasta convertir a Madrid en una auténtica capital, digna de tal nombre, y que a Calos III se le llame desde entonces “el mejor Alcalde de Madrid”.  Y es a partir de este final del siglo XVIII, cuando el agua de Madrid empieza a merecer la fama que ha perdurado hasta nuestros días.

3. Del aguador a la llegada de los dioses

En el capítulo anterior hemos visto la triste estampa del Madrid del siglo XVIII. Hasta el siglo XVI, la villa era un pueblo más bien pequeño, con pocos habitantes y sin mayores problemas en cuanto a infraestructuras, en especial en cuanto al suministro de agua para la población. Sin embargo, cuando Felipe II decidió establecer la corte en la ciudad convirtiéndola en la capital del país, inmediatamente el número de habitantes creció y, por tanto, también sus necesidades.

Aquí no hay playa” es el título de una canción relativa a Madrid.  Una ciudad sin mar ni río caudaloso alguno que facilitara saciar la sed de los madrileños ni la higiene de sus calles. El río Manzanares que atraviesa la ciudad es denominado por los propios madrileños “aprendiz de río”, lo que demuestra la dificultad hídrica de Madrid. Sin embargo, Madrid ha contado siempre con muchos arroyos y riachuelos y abundante agua subterránea que han saciado su sed. Un afluente del Manzanares es el Abroñigal, un río subterráneo que fluía bajo el actual Paseo de la Castellana. Actualmente su curso pasa por debajo de la M-30. Para que este agua fuera accesible, se hicieron fuentes y caños donde la gente podía ir a coger el agua. Para ello se utilizaban los llamados “viajes del agua”, los cuales eran conducciones subterráneas que canalizaban el agua de los arroyos y manantiales. Estas construcciones acuíferas databan de los siglos VIII a XI y eran de origen árabe y su red era ampliada según aumentaba la población. Estas construcciones, de aproximadamente 1,80 m. de altura eran túneles revestidos de piedra y ladrillo que depositaban el agua en unos depósitos, donde se alimentaba a una o varias fuentes públicas.

Es en aquellos tiempos cuando surge la  famosa  la figura del “aguador“, persona que coge agua de las fuentes y la vende a los transeúntes para calmar su sed. Había dos tipos de aguadores: aquellos que vendía el agua por las calles, los aguadores de cuba, y aquellos que subían barriles de agua a las casas, los aguadores de barril. Estos últimos no tenían muy buena fama entre los maridos madrileños, aparte de ser muchachotes fuertes y aguerridos, parece ser que más de uno se entretenía en la casa con la mujer más tiempo del necesario para saciar otro tipo de necesidades. Tenían su lugar de reunión en la Plaza del Alamillo, situada en el llamado Madrid de los Austrias. El precio del agua que vendían los aguadores dependía de la fuente de la que provenía; no todas tenían el mismo sabor y la misma calidad y eso marcaba el precio del preciado elemento.

Así las cosas, la mayoría de las fuentes construidas en el siglo XVII  y XVIII tenían un doble uso: ornamental ypráctico. Fueron diseñadas por los más famosos arquitectos del momento, casi siempre en estilo barroco. Y cada una de ellas se alimentaba del arroyo correspondiente hasta que la creación del Canal de Isabel II en 1851 fue unificando el abastecimiento del agua a la capital. Cuando la dinastía de los Borbonesllegó  a España, el estilo artístico de las fuentes públicas  cambió. Las fuentes se construyeron con más decoración y las viejas existentes sufrieron cambios para adaptarse al nuevo estilo. Con el reinado de Carlos III se construyen las nuevas y emblemáticas fuentes. No fue hasta el reinado de Isabel II cuando se proyecta la construcción de un canal que trajese el agua del río Lozoya a Madrid, el mencionado Canal de Isabel II y hoy suministra el agua, no solo a la capital, sino a toda la Comunidad de Madrid.

Calle Alcalá, con la Cibeles a la izquierda y la Puerta de Alcalá, al fondo

Sobre los lechos de estos arroyos subterráneos se van construyendo las fuentes de donde los madrileños recogen el agua necesaria para subsistir, acudiendo cada día a tal fin ellos mismos, o bien utilizando los servicios de los mencionados aguadores que transportan el agua hasta las casas alejadas de las fuentes. Las nuevas fuentes empiezan a surgir en las calles y plazas de la ciudad. Hoy podemos contemplarlas ignorando el uso y utilidad que tuvieron en aquellos días y fijándonos únicamente en su monumentalidad.

Hemos hablado de la importancia que cobra el líquido elemento durante el reinado de Carlos III para dotar a Madrid de infraestructuras que mejoraran la limpieza y el aseo de los madrileños, y a la par, formaran parte del patrimonio monumental de la ciudad.
Carlos III proyecta la creación de denominado Salón del Prado, y en él manda construir cuatro fuentes, dedicadas a los cuatro Elementos: tierra, aire, agua y fuego. Ventura Rodríguez recibió del rey-alcalde el encargo de levantar en  el Prado  una serie de fuentes mitológicas consagradas a los Elementos. Así, Rodríguez diseñó una fuente en honor a la Tierra identificada con la diosa Cibeles; otra más discreta, elegante y clásica, dedicada la  Apolo o de las Cuatro Estaciones, que evoca el elemento Aire, y una tercera que sumerge a quien la contempla en el mundo de las Aguas, personificadas por el dios que las gobierna, Neptuno. Sin embargo, nadie sabe por qué no se construyó la fuente dedicada al Fuego. Algunos estudiosos consideran que en la época del reinado de Carlos III  la masonería alcanzó a varios de sus ministros, tales como el conde de Aranda y el marqués de Esquilache, tal y como señala   el estudioso Juan Antonio Ferrer Benimeli, en su libro La masonería española en el siglo XVIII, pese a que el monarca tuvo una actitud claramente antimasónica. Fruto del carácter esotérico de los colaboradores del rey, algunos investigadores sostienen la simbología que encierra las fuentes mitológicas del Salón del Prado. Simbología aparte, vale la pena conocer la historia y la importancia unos elementos ornamentales que un día ayudaron al desarrollo de la ciudad de Madrid y que han sido mudos testigos de una ciudad.

 4. Del Olimpo a la ciudad

En el año 1777, Carlos III impulsa el  proyecto denominado  Salón del Prado en el límite de la ciudad de Madrid. El primer diseño corrió a cargo de José de Hermosilla  quien planteó una estructura en forma de hipódromo rematado en semicírculos, aunque fue Ventura Rodríguez entre 1776 y 1783 quien definió el proyecto definitivo del Paseo.

El esquema decorativo del Salón estaba compuesto de fuentes inspiradas en la mitología clásica. En los extremos Cibeles (la Tierra), obra de Francisco Gutiérrez y Roberto Michel, y Neptuno (el Mar) de Juan Pascual de Mena, elevados sobre sendos carros. Equidistante de ambas, la fuente de Apolo (el Fuego) de Alonso Giraldo Bregas  rodeado de Las Cuatro Estaciones, talla de Manuel Álvarez.

 

Más tarde se levantaron cuatro fuentes más sencillas frente al Jardín Botánico y la fuente de La Alcachofa en Atocha, adornada con un Tritón y una Nereida obra también de Giraldo Bergaz. Junto a estas fuentes, se construyeron en este eje varios edificios y zonas ajardinadas, entre los que destacan el Museo del Prado, el Observatorio Astronómico y el Jardín Botánico. Tal reforma convirtió una zona muy deteriorada  y sucia, anegada por las aguas del arroyo Valnegral que transcurría por aquel prado, en uno de los entornos más admirados de Europa.

Fuente de Apolo

El primer tramo, denominado Prado de Apolo, estaba cerrado por las fuentes de Cibeles y Neptuno, con la de Apolo en el centro del paseo y se puede considerar, independientemente de su significado mitológico, una alegoría de la monarquía española; Cibeles (la Madre) representa a España; Neptuno (el Mar), su poder marítimo; y Apolo (el Sol), a los Borbones descendientes del rey Sol francés (Luís XIV). Se daba así vida a este paseo mitológico situado en lo que hoy es el centro de Madrid.

El segundo tramo llegaba desde la fuente de Neptuno al Jardín Botánico, y se incluía una glorieta con cuatro fuentes. Finalmente, el tercer tramo llegaba hasta la Fuente de La Alcachofa, en la puerta de Atocha. El Salón del Prado se completó con una serie de palacios destinados inicialmente a residencias particulares, como el Palacio de Buenavista, el Palacio de Villahermosa y, como no, el Museo del Prado, construido como Gabinete de Historia Natural.

Otro edificio de particular singularidad y poco conocido es el llamado Teatro Felipe. Este edifico estaba construido en el año 1885 sobre el solar que hoy ocupa el nuevo Ayuntamiento de Madrid, antiguo Palacio de Comunicaciones, frente a la calle de Montalbán. Su nombre lo debía al empresario que ordenó levantarlo, Felipe Ducazcal, y se trataba de un teatro de verano, construido en madera. Durante los años en los que abrió sus puertas, se convirtió en el local de moda en las noches de verano madrileño. En este teatro se estrenaron varias representaciones importantes, siendo el más destacado el estreno de la zarzuela La Gran Vía el 2 de julio de 1886. Este efímero teatro desapareció en el año 1891, a los pocos meses de morir su propietario, y parte de su solar, años después lo ocupó el Palacio de Correos y Telecomunicaciones.

Palacio de Cibeles. Foto Juan. A. Padilla

 

II. LOS DIOSES ESTÁN LOCOS

1. La Cibeles. En dinero a buen recaudo

Permítanme que me presente ante ustedes, no como una diosa, sino como una madrileña de pro. Mi origen madrileño no puede ponerse en duda por nadie y hoy en día, más que una diosa de origen griego soy una ilustre vecina madrileña que lleva viviendo algo más de 200 años en uno de los puntos más emblemáticos de la ciudad de Madrid. Si ustedes pregunta por la diosa Cibeles, todo el mundo piensa en Madrid

Foto: Juan A. Padilla

Cuando llegué aquí, allá en 1782, Madrid estaba empezando a transformarse en esa gran ciudad que hoy conocemos. Carlos III, conocido como “el mejor alcalde de Madrid” estaba llevando a cabo la construcción de muchas construcciones que, como yo, constituyen hoy en día los símbolos de Madrid: la Casa de Correos de la Puerta del Sol, el Palacio Real o el Museo del Prado, entre otros muchos.

Pocos saben que, en un principio, fui construida para ser colocada en el conjunto de fuentes de la Granja de San Ildefonso de Segovia. Fui diseñada para ello por el arquitecto Ventura Rodríguez y construida con piedra dura de Redueña (Madrid) y mármol de Montesclaros (Toledo). Hoy tengo un uso ornamental y como inmóvil modelo fotográfico, pero en aquel entonces tenía un uso práctico. Situada originariamente en el Paseo de Recoletos, estaba construida a ras de suelo, para que los aguadores pudieran abastecerse de agua y los animales y caballerías bebieran de mi agua.  En 1865 fui trasladada a la ubicación actual y elevada sobre cuatro peldaños para que los madrileños y visitantes puedan contemplarme en todo mi esplendor.

Estoy montada en un imponente  carro, como símbolo de la superioridad de la madre Naturaleza, el cual está dispuesto sobre una roca que se eleva en medio del pilón. En mis manos llevo un cetro y una llave, y en el pedestal existe un mascaron del que fluye agua por encima de los leones hasta llegar al pilón, más una rana y una culebra que siempre pasan desapercibidas. Dos leones tiran del carro y representan a los personajes mitológicos Hipómenes y Atalanta. La historia cuenta que Hipómenes se enamoró de Atalanta y consiguió sus favores con la ayuda de la diosa Afrodita  con del truco de las manzanas de oro. Y es que Atalanta había jurado que cuando un hombre se enamorara de ella, lo retaría a una carrera. Con una condición: que si él ganaba, ella se casaría con él; y si perdía, ella lo mataba. Atalanta, que era muy rápida, jamás había perdido carrera alguna, pero Hipómenes aceptó el reto con la ayuda de Afrodita. Cada vez que Atalanta  le adelantaba, él tiraba una manzana de oro para distraerla.

Foto: Juan A. Padilla

Y así, hasta tres manzanas de oro utilizó Hipómenes para vender a Atalanta. Atalanta le aceptó hasta el punto de cometer  ambos amantes sacrilegio cuando se unieron en un templo dedicado a mi divinidad.  Enfurecida,  les convertí en leones, en realidad león y leona, condenándoles a tirar eternamente de mi carro.

Cuando llegué aquí, ya pude contemplar la magnífica silueta de la Puerta de Alcalá y era vecina del Palacio de Buenavista. Pero además en Madrid se estaban acometiendo obras que empezaban a equipararla con otras grandes ciudades europeas. Eran tiempos convulsos. Apenas unos años después de aquellos tristes días en los que el pueblo de Madrid derramó mucha sangre y dolor defendiendo lo suyo, su ciudad y su Patria contra las tropas francesas. Hoy soy uno de los símbolos más emblemáticos de Madrid  y muestro con orgullo pétreo mi majestuosidad.

Foto: Juan A. Padilla

Nadie puede poner en duda mi utilidad y mi espíritu de servicio a la sociedad. Desde mi primitiva ubicación en el Paseo de Recoletos, sacié la sed de miles de madrileños. Y ahora desde mi ubicación actual en el centro de la plaza, tengo una doble función: servir como elemento decorativo y monumental y otro, algo más secreto: cuidar el tesoro de los españoles. Pues han de saber ustedes que las autoridades me confiaron el cuidado del oro del Banco de España, edificio que se encuentra a mi espalda. Y sepan ustedes que en caso de intento de robo, el agua de mi fuente, que procede de un canal subterráneo  llamado de las Pascualas o de Oropesa, inundaría la cámara acorazada donde se encuentra protegido el oro.

2. Neptuno. Madrid se limpia

Para una ciudad que no tiene mar y que al río que atraviesa la ciudad se le denomina “aprendiz”, mi presencia altiva sorprende a más de uno. Porque yo soy el gran Neptuno, dios de los mares y de las aguas. Hasta llegar a Madrid, yo era el dios que sostenía el planeta en el que vivimos, porque el océano rodeaba la Tierra y desde los mares, soportaba el peso de la tierra firme. Además di forma a las costas, arranqué trozos de montañas para formar los acantilados y acariciado el litoral para dejar suaves playas y abrigadas bahías en las que los barcos encontraban refugio. Yo era señor de las ninfas, ondinas, náyades, tritones y más seres mitológicos  de los lagos, de los ríos, de las fuentes, todas ellas eran parte de mi corte y me debían pleitesía y obediencia por ser parte del mundo acuático, del que era su dios supremo. Mi fama de mal genio se debía a que, como gran dios, había de hacerme respetar por todos.

Foto: Juan A. Padilla

Hoy, como todo buen hijo, permanezco a apenas unos metros de mi madre, la gran diosa Cibeles, a la que veo cada día conservando su esplendor y su elegante figura. Y permanezco en este lugar poco después que ella, pues fui contraída en mármol blanco de Toledo, entre los años 1780 y a 1784 por Juan Pascual de Mena bajo el diseño de Ventura Rodríguez. Me encuentro en el centro de un gran pilón circular, con una culebra enroscada en mi mano derecha y el tridente en la izquierda, sobre un carro formado por una concha tirada por dos caballos marinos con cola de pez. Alrededor del carro se ven focas y delfines que arrojan agua a gran altura. Los delfines representan la salvación, amigos del hombre y el animal más rápido sobre el mar. Mi tridente me servía para hacer brotar el agua de las rocas. En un principio estuve situado en el extremo del Prado de Apolo, mirando a Cibeles, a ras del suelo para permitir el uso de mi agua por los madrileños, siendo trasladado al centro de la plaza en 1898, lugar en donde me encuentro actualmente. Aquel año pasará a la historia porque España pierde dos importantes colonias: Cuba y Filipinas. Mientras tanto Madrid está siendo transformada por Carlos III y modificada en sus usos y costumbres. Las fuentes ayudarán a la limpieza de la ciudad, además de aumentar el patrimonio monumental. La obsesión por la limpieza llega a que el 14 de febrero de 1788 se publique una Real Orden obligando a los forasteros que vengan a Madrid a practicar la mendicidad a regresar a sus lugares de origen, o de lo contrario serán enviados a la guerra.

Foto: Juan A. Padilla

Desde mi privilegiado lugar contemplé como día a día se fue levantando frente a mi un soberbio edificio que se convertiría después en la primera pinacoteca del mundo: el Museo del Prado. No podía imaginarme que ese edificio atraería miles de personas venidas de todos los rincones del mundo y que cuento y contemplo cada día.

Y que se preguntan que hace aquí el gran dios de los mares en una ciudad sin mar.

3. Apolo. El 2 de mayo

Llegué aquí al mismo tiempo que mis divinos compañeros Cibeles y Neptuno. Y aquí sigo, impertérrito y testigo de tantos y tantos acontecimientos sucedido a lo  largo de estos años, desde 1780, cuando el escultor Manuel Álvarez, el Griego, apodado así no por ser compatriota mío sino por su técnica clásica, construyó el motivo de Las cuatro estaciones levantadas junto a mi, y Alfonso Vergaz, ya en 1802, me dio la vida pétrea que conservo en la actualidad.

He de decirles la ubicación en la que me encuentro no se corresponde con mi lugar en el panteón divino. Como hijo del gran Zeus soy uno de los dioses más importantes del Olimpo y en Grecia fui el dios más venerado, tras mi padre. Creo, por lo tanto, razonable que mi presencia debería ser más importante. Cuando me colocaron en un principio que yo representaba el espíritu ilustrado de los Borbones y, como dios de las artes, estaría en el centro de un lugar privilegiado como el Salón del Prado, destinado a fomentar el desarrollo de la cultura y las ciencias. Sin embargo, con el tiempo he visto, con cierta envidia, como Cibeles y Neptuno fueron colocados a la vista de todo el mundo, mientras yo me quedaba escondido entre los árboles y en medio del camino entre Cibeles y Neptuno. El tiempo les ha convertido a ellos en símbolos de Madrid. Una fama que me correspondería a mí de acuerdo a mi importancia mitológica. Son muchos los paseantes que ni siquiera reparan en mi presencia o, lo que es peor, me consideran de menor importancia ante la majestuosidad de ellos. ¿Cómo les explico a los que pasan junto a mi de que estoy considerado una de las mejores obras clásicas erigidas en España por la elegancia de mis proporciones, y la captación del gesto divino y el equilibrio? Hasta el punto que incluso soy conocido como las Cuatro Estaciones, ya que estoy acompañado por las figuras alegóricas de las estaciones del año, ya que como dios del Sol, de mi depende el nacimiento y tránsito de ellas.  Siempre me he preguntado si esto se debe al castigo de Zeus al que intenté traicionar dos veces, siendo expulsado del Olimpo y traído a esta gran ciudad y formar parte de este gran Paseo mitológico, pero semioculto. También puede ser como castigo por  mis romances, como el de la ninfa Castalia, la que se suicidó para no rendirse a mi y romper su voto de castidad, arrojándose a un manantial con forma de espejo transformándose ella también en fuente.

Foto: Juan A. Padilla

Como mis dioses vecinos, fui diseñado por Ventura Rodríguez. Mi fuente se compone de un cuerpo central con escalinata, con dos mascarones que arrojan agua sobre tres conchas superpuestas de diferentes dimensiones. Las esculturas del pedestal representan las cuatro estaciones mediante figuras alegóricas, de ahí el otro nombre de la fuente. En lo alto, me encuentro semidesnudo, portando una lira, simbolizando la luz y las artes sobre un pedestal circular adornado con las armas de Madrid, con los rasgos del rey Carlos III. A mis pies se encuentra una serpiente pitón. La misma que Hera envió para que matara a mi madre Leto y a la que mate para proteger a mi madre. Bajo mi figura se pueden apreciar cuatro imágenes que representan a las cuatro estaciones del año: la Primavera, una mujer joven con flores que simboliza el nacimiento del año. El Verano, también una mujer con una espiga de trigo en representación de los campos cultivados; el Otoño, un hombre joven que lleva una corona de uvas en la cabeza y algunas en su mano; y el Invierno, representado por un anciano simbolizando el final del año y de la vida.

Foto: Juan A. Padilla

Aunque mi fuente se empezó a construir en 1780 y se concluyó en 1802, no se inauguró hasta un año más tarde, con motivo de la boda del hijo del rey Carlos IV, el príncipe Fernando. Recuerdo aquellos días  de 1803 en mi inauguración, coincidiendo con la boda del futuro rey Fernando. La ciudad engalanada, todos los madrileños en la calle para contemplar el paso del cortejo nupcial, el más grande que se recuerda en esta villa. Clarines y timbales, alguaciles y meceros, seis coches cubiertos de oro, berlinas, coches, hasta seis mil hombres de comitiva. Auel príncipe que seis años más tarde se convirtió en el rey Fernando VII por aclamación popular por la abdicación de su padre Carlos IV tras el Motín de Aranjuez. Un reinado sacudido por la invasión francesa y de los trágicos y sangrientos hechos que sucedieron en Madrid en los que se demostró el patriotismo y heroicidad de los madrileños, de los que también fui testigo,  y que se iniciaron con la abdicación impuesta por Napoleón de Fernando a favor de José I, ya saben Pepe Botella, hasta que la derrota de los franceses en 1813 llevó nuevamente a Fernando instaurar de nuevo la monarquía española..

Hoy, mantengo mi erguida y excelsa figura intentando pasar lo menos desapercibido posible. Les pido que cuando pasen junto a mi deténganse y admiren mi porte y figura, que no necesita de carro alguno y al que pueden acercarse sin problema e, incluso, tocar mis sagradas aguas. Un privilegio reservado a los dioses.

4. Orfeo. La primera cárcel de Madrid

Permítanme que me presente: Soy Orfeo, hijo de Apolo del que heredé mis dotes para la música y la poesía, por lo que soy el dios de las artes. Con la música de mi lira hago descansar el alma de los hombres. Mi llegada a la Corte  en 1629 coincidió con el periodo de mayor esplendor cultural, conociendo a  genios de la talla de Cervantes, Quevedo, Góngora, Velásquez, Lope de Vega y Calderón de la Barca. A Lope lo conocí mejor, al estar una temporada encarcelado en la antigua Cárcel de Corte, hoy Palacio de Santa Cruz.

Foto: Juan A. Padilla

Mi historia comienza cuando el rey Felipe III trae la Corte a Madrid en el año 1606, cinco años después de llevársela a Valladolid. Es entonces cuando ordena la construcción de la Plaza Mayor en 1616, y adquiere y amplía los Jardines el Retiro.

A su muerte, en 1625, le sucede su hijo Felipe IV, el cual mandó construir la cuarta muralla de Madrid, la Plaza de Oriente, la mencionada Cárcel de Corte, y varias iglesias y monasterios importantes, como el de la Encarnación y los Jerónimos. Además se construye todas las dependencias del Ayuntamiento, desde la Plaza Mayor, a mi espalda, hasta la Plaza de la Villa. Los usos que se le han dado a la plaza más emblemática de la ciudad han sido muy variados. Ha sido admirada por sus dimensiones, su regularidad y por sus balcones, que lo mismo se engalanaban con colgaduras bordadas en hilo de oro para los festejos, como lucían crespones negros por los sucesos trágicos que allí ocurrían. Y es que en esta Plaza Mayor se representaban obras teatrales, se hacían bailes, verbenas y mascaradas, se corrieron toros, se lucieron fuegos y luminarias pero también fue la antesala de la hoguera de las víctimas de la Inquisición, que partían desde allí hasta su triste destino.

Foto: Juan A. Padilla

No fue el Palacio de Santa Cruz la primera cárcel que se construyó en Madrid. Ya en 1514, bajo el reinado de doña Juana se inauguró una en la calle Platerías, hot calle Mayor, esquina a la Plaza de San Miguel.  Esta cárcel se mantuvo hasta el año 1575, siendo el primer centro penitenciario conocido en Madrid, hasta que que se construyó la Cárcel de Villa en la Plaza del Salvador, junto al Nuevo Ayuntamiento. En 1644 se terminó la obra de la Cárcel de Corte, en la Plaza de Provincia o Santa Cruz, que se destinó en un principio a prisión de nobles y personas acomodadas, y se comenzó con la cárcel de Villa, contigua a las Cosas Consistoriales, frente a la torre de los Lujanes, para criminales del pueblo o gente de menos recursos. En esta última, en el año 1781, no cabían los presos y la higiene era lamentable; sarnosos y dementes convivían con los demás reclusos. En 1803 hubo una terrible epidemia de tifus teniendo que ser trasladados los que aun no estaban enfermos a Coslada y Ambroz. En 1831, ante el problema provocado por la cercanía entre la Cárcel de la Villa y las Casas Consistoriales se trasladan a los presos a la casa denominada “El Saladero”, un antiguo matadero, junto al Convento de Santa Bárbara. En cuanto a la Cárcel de la Corte situada frente a mi, la figura del ángel en lo alto del edificio dio origen a la frase “he dormido bajo el ángel”, lo que significaba haber dormido en la cárcel. Aquí estuvo preso, como antes dije, Lope de Vega y otro “ilustre” madrileño, Luís Candelas.

En cuanto a mi, estoy sobre un pilón de base octogonal, sobre el que se eleva una pilastra cuadrangular, flanqueada en sus lados por cuatro hornacinas, bajo las cuales se sitúan cuatro surtidores. En la parte central se pueden ver varios escudos de Madrid. Coronando el conjunto, me encuentro con mi inseparable lira y un perro sentado a mi lado, entonando en las noches de luna llena tristes canciones recordando a mi amada Eurídice…..

5. Diana Cazadora. La Cruz Verde

El traslado de la Corte a Madrid contribuyó a que la Inquisición dejara su huella en muchos lugares de la ciudad. Uno de ellos fue la misma Plaza Mayor, cercana de donde me encuentro. Aunque en ella no se encendieron nunca las hogueras de la Inquisición sí fue escenario de Autos de Fe y era desde allí desde donde partían los condenados a muerte.

La Plaza Mayor tuvo su origen en un lugar conocido como “casas y laguna de Luján” situado a extramuros de la ciudad en la Baja Edad Media. Durante el reinado de Juan II fue conocida como Plaza del Arrabal y en la época de los Reyes Católicos se intentó reglar la actividad comercial que allí había. Juan Gómez de Mora fue su artífice y se terminó de construir en 1619, durante el reinado de Felipe III. Años después, en 1673 fue reconstruida por el arquitecto Jiménez Donoso tras haber sido arrasada por un incendio. En la Plaza se celebraron cinco autos de fe con 162 acusados, de los que 29 fueron condenados a la hoguera. El primero se celebró el 27 de junio de 1621. Se juzgó a una mujer beata que resultó hereje y fue condenada a prisión perpetua, coraza y mordaza. Desde 1642 a 1809 tuvieron lugar en la Plaza Mayor un total de 359 ejecuciones, a garrote vil o en la horca.

Foto: Juan A. Padilla

¿Y por qué les cuento esto? Porque aquí mismo, donde me encuentro yo ahora, se encontraba una Cruz Verde, el lugar donde eran ajusticiados los condenados por la Inquisición, razón por la cual esta plaza se llama así, de la Cruz Verde. Posteriormente, se construyó en este lugar la Fuente de los Caños Viejos, o de La Puente, una de las mas antiguas de la Villa. Se reconstruye en 1588 al abrirse la Calle Nueva de la Puente Segoviana, hasta que a mitad del siglo XIX, en el año 1850, me trajeron a mi, a Diana Cazadora desde la vieja fuente de Puerta Cerrada, canalizándose las aguas del manantial que venía del Arroyo del Abroñigal, de la que era punto de inicio de uno de los viajes del agua de la ciudad, hoy señalada por una cruz de piedra. Aquella fuente se construyó en 1618 y de ella solo conservo los delfines y yo misma. El desmantelamiento de la vieja fuente se debió a las protestas de los vecinos a causa del bullicio y molestias que producían los aguadores, por lo que fui trasladada a este lugar, considerado entonces la salida de la ciudad. Aprovecharon el desnivel del terreno y junto a mi desemboca la calle del Rollo, lugar donde estaba el antiguo rollo o cilindro de piedra, símbolo de la autoridad.

Otro día les cuento algo sobre mi misma, de mi afición a la caza y de cómo ayudé a mi madre durante el parto de mi hermano gemelo Apolo. De cómo supe mantenerme soltera y lo que hice con algún pretendiente mío. O mejor aún, pásense por aquí y se lo cuento bajo el murmullo de mi agua.

6. El Ángel caído. La China

Hasta la llegada de los Borbones a España la artesanía y fabricación de los objetos de decoración dependían completamente de los maestros europeos, franceses, ingleses e italianos, lo que encarecía especialmente el precio de tales objetos. Será el rey Felipe V el que impulse la creación de la Real Fábrica de Cristales de la Granja, en San Ildefonso (Segovia) y de la Real Fábrica de Tapices Santa Bárbara. Posteriormente, Carlos III, en 1760 construye la Real Fábrica a la que los madrileños apodaron  La China. Durante algunos años, la fabrica cumplió su objetivo de surtir al mercado español toda clase de porcelanas, cuya calidad competía con la fábrica francesa se Sévres.  Sin embargo, esta fábrica fue una de las víctimas de la Guerra de Independencia. En 1808, las tropas francesas, al mando del general Murat, toman la fábrica y la convierten en su cuartel general. Tras la caída de José Bonaparte en el mes de julio de este mismo año, Madrid es recuperada por los españoles y el ejército aliado inglés dirigido por el general Hill. En agosto de 1813, ante una contraofensiva francesa, las tropas inglesas  bombardean la fábrica y la destruyen para evitar que la tomaran de nuevo los franceses,  una excusa para destruir una fábrica que suponía una fuerte competencia para la industria inglesa.  Esa Real Fábrica estaba en lo que hoy se denomina “Huerto del Francés”, justo delante de donde yo me encuentro ahora. De aquella fábrica hoy solo queda el antiguo molino que recogía el agua de un arroyo subterráneo que pasa por aquí y se utilizaba en la fabricación de la porcelana.

Foto: Juan A. Padilla
Foto: Juan A. Padilla

Antes de referirles a ustedes mi historia, voy a comenzar por desmentir algunos rumores o supersticiones en torno a mi. Primero: no soy la única estatua dedicada al diablo existente en el mundo. Que yo sepa, hay al menos cuatro más. Segundo: no soy un diablo; soy un ángel caído. No es lo mismo. Soy un hermoso ángel, el más bello, tal y como me describe La Biblia. Tercero: Mi construcción y posterior ubicación no produjo rechazo alguno. Al contrario; la propia Iglesia dijo en su día que mi figura no exalta al demonio, sino que soy una representación fiel de la Biblia. Cuarto: estoy exactamente a 666 metros de altura sobre el nivel del mar debido a mi carácter herético. Una casualidad. Estar a esta altura en una ciudad que tiene una media de 650 metros convertiría en diabólico a más de medio Madrid.

Foto: Juan A. Padilla

Estas y otras leyendas sobre mi me han dado una fama que no se la deseo a nadie, aunque reconozco que ello también me ha aportado fama y atención, y mi figura no pasa desapercibida para nadie.  Lo cierto es que en 1877, el escultor madrileño Ricardo Bellver me  realizó originalmente en yeso, ganando al año siguiente la Medalla de Primera Clase en la Exposición Nacional de Bellas Artes, celebrada en Madrid. Fui adquirido por el Estado al precio de 4.500 pesetas y decidieron enviarme a la Exposición Universal de 1878 de París. Como solo se admitían esculturas de mármol o bronces, me fundieron en este metal. Ante el enorme éxito que tuve  decidieron exponerme en un lugar público. Y aquí me tienen ustedes aquí, desde 1885, que fui inaugurado oficialmente, mostrando mis 10 metros de largo, 10 de ancho y 7 de alto, con una altura de 2,65 metros.

Estoy rodeado por un parterre circular de boj. En el centro, se alza el pedestal, con forma de pirámide truncada, de planta octogonal, y en cada uno de los lados figura unas carátulas que representan a diablos que sujetan con sus manos lagartos, sierpes y delfines, y en cada una de ellas hay tres surtidores de los que emana el agua. Sobre dicha base se sitúan otros dos cuerpos también troncopiramidales, pero con menor inclinación. Y a continuación un tercer cuerpo, de mucha menor altura y compuesto por tres escalones de planta circular, donde me levanto yo, El Ángel Caído (que no demonio), con las alas desplegadas y contorsionado, apoyado sobre unas rocas, mientras una gran serpiente se enrosca alrededor de mi cuerpo, con mi mano intentando librarse del rayo que me derriba.  Mis visitantes admiran mi expresividad y dramatismo. Aunque algunos me confunden con el dios del amor, Cupido.

Pero no, soy un ángel caído. No un diablo.

III. LA PIEDRA SE HACE AGUA

1. Las Cuatro Fuentes. El incendio de El Prado

¿Qué ocurriría si, de repente, una mañana desayunáramos con la noticia de que un incendio ha destruido totalmente el Museo del Prado? Sin duda alguna, nos estremeceríamos por la desgraciada noticia. Algo que afortunadamente no es posible que ocurra.

Sin embargo, la noticia de la completa destrucción del Museo del Prado si fue noticia de portada en la prensa española. El 25 de noviembre de 1891, el diario “El Liberal” publicaba el siguiente titular:  “La catástrofe de anoche. España está de luto. Incendio del Museo de Pinturas”, firmado por el gran periodista Mariano de Cavia. La noticia describía el incendio del museo y denunciaba sus lamentables condiciones de seguridad del mismo. El impacto de la noticia fue enorme, hasta el punto que cientos de  personas acudieron al lugar horrorizadas por la noticia. La sorpresa era mayúscula. El Museo seguía allí, impertérrito. Nada, ninguna prueba de incendio alguno, ninguna novedad. Todo había sido fruto de la imaginación de Cavia El impacto social fue tremendo. Al otro día, el gran periodista publicaba un artículo explicando la “exclusiva del día anterior” bajo el titulo “Por qué he incendiado el Museo de Pinturas”. En él, lamentaba que las denuncias que sobre las condiciones del museo en materia de seguridad estuvieran poniendo en grave peligro la integridad de las obras de arte allí alojadas y que tales denuncias hubieran sido vanas. Cavia finalizaba diciendo  “Ayer hubo gentes que lloraron… por lo que tiene facilísimo remedio. ¿No es esto mejor, y más sano para la patria, que llorar por lo irremediable? Hemos inventado una catástrofe… para evitarla”. El resultado fue la adopción de medidas de seguridad por parte de los responsables del museo.

Un siglo antes, concretamente en el año 1757 surgió por parte del rey Fernando VII la ideo de un museo que albergase las obras de arte pertenecientes a la colección real. Pero la muerte de su esposa, Bárbara de Braganza, le hizo caer en una depresión y abandonar el proyecto. Al sucederle su hermano, Carlos III, este encargó al Juan de Villanueva la construcción de un edificio dedicado a museo de ciencias naturales en el nuevo Salón del Prado. Su hijo Carlos IV retomó la idea de su tío Fernando VII para dedicar el edificio a pinacoteca. Pero el proyecto quedó paralizado por la crisis económica resultante de la Revolución Francesa. Curiosamente, el hermano de Napoleón, José Bonaparte, durante el periodo de su regencia firmó el 21 de diciembre de 1809 un decreto por escrito la creación de un museo de arte con el fin de frenar el expolio de arte español que estaba realizando su propio hermano. El museo se llamaría Museo Josefino, aunque no pudo llevarse a cabo finalmente por la inestabilidad de este periodo de regencia.

Tras el regreso de Fernando VII en 1814 se retomó la idea de crear un museo. Se pensó en el Palacio de Buenavista, frente a la fuente de la Cibeles. Pero fue su esposa, Isabel de Braganza quien impulsó la creación de la fundación del Museo Real de Pintura y Escultura en el edificio diseñado por Villanueva, que había resultado muy dañado durante la invasión francesa. Fernando VII aportó dinero de su «bolsa personal» para techar y acondicionar unas pocas salas. En 1819 el museo fue inaugurado, sin que su benefactora lo viera concluido al fallecer un año antes.

En 1865, siendo director del museo Federico de Madrazo, el museo pasó a denominarse Museo del Prado.

Foto: Juan A. Padilla

Y allí, frente a este majestuoso edificio considerado la primera pinacoteca del mundo se encuentran estas cuatro fuentecillas, llamadas “Las Cuatro Fuentes” o  “Las Fuentecillas” Dos de las fuentes se hallan en la acera del Museo del Prado y las otras dos se sitúan enfrentadas en la mediana peatonal del Paseo del Prado, formando las cuatro un cuadrado imaginario,  separado por la calzada reservada al tráfico rodado. Las cuatro, prácticamente idénticas, fueron diseñadas por Ventura Rodríguez en 1781, dentro del proyecto del Salón del Prado. Están construidas en piedra caliza de Colmenar de Oreja y constan de un pilón circular, sobre el que se asienta una columna labrada, en la que aparecen esculpidos diferentes motivos alusivos al escudo heráldico de Madrid, rematadas por una taza, en la que descansa la escultura de un pequeño tritón. Los surtidores de agua están instalados en la boca de un delfín, al que se abraza cada tritón. Durante mucho tiempo, los madrileños han celebrado junto a estas fuentes fiestas tan populares como los carnavales y la noche de San Juan.

Foto: Juan A. Padilla

2. La Alcachofa. Nace el ferrocarril

Cerrando por el sur el Salón del Prado, esta fuente, cuyo diseño también se debe a Ventura Rodríguez, estuvo colocada junto a la desaparecida Puerta de Atocha desde el año 1782 hasta 1880, cuando fue trasladada a los Jardines del Retiro, donde se encuentra actualmente. El motivo del traslado fue la reordenación de la glorieta de Atocha, punto de Madrid que ha sufrido importantes modificaciones en el último siglo y que supuso desde la desaparición de la Puerta de Atocha hasta la construcción, y posterior desaparición, del denominado “escalextric”, un entramado nudo de vías elevadas que se construyeron para facilitar el tráfico por una zona de elevado tráfico, pero que constituía una fuerte agresión estética y ambiental.

Lo cierto es que esta glorieta, de Atocha como se conoce popularmente, y del Emperador Carlos V como reza en el callejero, se puede considerar como uno de los ejes urbanos más importantes que a tenido la ciudad a lo largo de su historia. A este punto se entraba, en línea recta, desde el sur y quedaba cerrado por la Puerta de Atocha. Desde esta Puerta nos podíamos dirigir a cualquier punto neurálgico de la ciudad. A mediados del siglo XIX todo este paisaje empezó a cambiar. Con el derribo de la Puerta de Atocha en 1851 se inició la expansión urbana que se ha ido desarrollando hasta el momento actual. Pero es en este año cuando se construye la segunda línea férrea en España y se levanta la primera estación de Madrid, emplazada a unos pocos metros de distancia de donde estuvo la antigua puerta. El crecimiento de la red ferroviaria hizo que la Compañía de Ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y Alicante (MZA) reemplazara este apeadero por una gran estación, conocida como Embarcadero de Atocha, la cual fue construida entre 1890 y 1892 con una impresionante armadura de hierro que hoy sirve cobijo invernadero de un jardín tropical y que fue inaugurada el 9 de febrero de 1851 con motivo de inauguración de la línea férrea Madrid-Aranjuez, tras que reconstruida en 1888 debido a que un incendió destruyó gran parte de la estructura. La reconstrucción corrió a cargo de Alberto de Palacio, un discípulo de Eiffel. Su inauguración fue todo un acontecimiento, con la reina Isabel II y su séquito haciendo el recorrido Madrid-Aranjuez. Era la segunda línea férrea inaugurada en España, tras la de la línea Barcelona-Mataró el 28 de octubre de 1848. Fue una auténtica fiesta: coros y bandas populares amenizaban la espera a las multitudes, que se entretenían mientras tanto observando a la Familia Real, con la reina. Ministros, periodistas, autoridades eclesiásticas, dirigentes militares y literatos se mezclaban con el curioso pueblo llano, deseoso de no perderse ni un detalle de cuanto estaba teniendo lugar. Todo estaba planeado al detalle: no faltó ni la pertinente bendición de los raíles y las locomotoras. Siete fueron las locomotoras elegidas para emprender este histórico viaje. En ellas, varios cientos de personas (nobles y algún que otro plebeyo), elegidas para vivir in situ la emoción del viaje. A las 12 horas y 20 minutos sonó el silbato de la máquina de vapor, anunciando que la original comitiva comenzaba su marcha. Cincuenta y cuatro minutos tardaron las locomotoras en recorrer los 50 kilómetros que separan Madrid de Aranjuez, todo un logro para una época en la que el ferrocarril era el medio de locomoción más eficaz que se conocía hasta la fecha. El objetivo de este primer ferrocarril madrileño era llegar al mar. Además de las estaciones de Madrid y Aranjuez, de iguales características, había otras en Getafe, Pinto, Valdemoro y Ciempozuelos. La de Madrid, llamada Embarcadero de Atocha, se componía de dos cuerpos laterales unidos por otro transversal formando una “U” con 3 vías siendo las de los extremos para subida y bajada de viajeros. A la salida estaban la cochera con 6 vías y capacidad para 54 carruajes y el depósito de máquinas con dos vías que acogían solo a 4 máquinas por encontrarse situada la base de tracción en Aranjuez y un taller de reparación para el material móvil. La estación de Aranjuez contaba con las mismas dependencias que Atocha aunque la cochera podía albergar 8 máquinas y contaba con un taller de reparación de locomotoras. Las estaciones intermedias contaban con vías de apartadero y de sobrepaso existiendo en la de Pinto, a medio camino, una vía con cochera cubierta y cerrada con foso de limpieza para alojar una máquina. Las estaciones de Madrid, Pinto y Aranjuez disponían de depósitos de agua para abastecer a las máquinas.

Foto: Juan A. Padilla

La construcción de la nueva  estación produjo el derribo de la Puerta de Atocha y, pocos años más tarde,  el traslado de la Fuente de la Alcachofa. Una fuente formada por un pilón circular, en cuyo centro se eleva una columna formada por dos cuerpos, profusamente adornados. El primero de ellos aparece flanqueado por un Tritón, hijo de Neptuno medio humano y medio pez, y una Nereida, hija de Nereo  que dominaba el mar Egeo, que vivía en el fondo del mar y a la que pedía ayuda los marineros que estaban en peligro; ambos sujetan un escudo de armas de Madrid. Bajo la segunda copa hay dos figuras sujetando un escudo de armas. Detrás de Tritón y la Nereida hay un relieve representando el otoño. El segundo cuerpo de la fuente  descansa sobre una taza, encima de la cual se sitúa un grupo de cuatro angelitos. Este conjunto escultórico se encuentra arropado por un parapeto, que presenta relieves en forma de cascada, desde la que se levanta una alcachofa  por la que mana agua, siendo el elemento que da nombre a la fuente.  La fuente representa los elementos indispensables para la vida, como son los elementos vegetales y la importancia del agua.

3. Felipe IV. El incendio del Alcazar

Aquel 24 de diciembre de 1734 no fue una noche feliz en Madrid. Uno de sus edificios más emblemáticos, el llamado Alcázar, fue destruido totalmente por un voraz incendio que duró cuatro días. Desaparecía, pasto de las llamas, aquella vieja fortaleza musulmana construida en el siglo IX y que, hasta su destrucción, fue sucesivamente ampliándose y acomodándose a las necesidades de la Corte española, hasta convertirse en el Palacio Real, aunque nunca perdió su nombre original. La primera gran ampliación se realizó en 1537 por orden del emperador Carlos I, y las últimas, en 1636, en tiempos de Felipe IV. Las mencionadas ampliaciones y modificaciones del edificio provocaban que las obras eran eternas e interminables. Esa era la razón por lo que aquella noche, solo unos pocos sirvientes se encontraban en él.  La Corte del actual rey, Felipe V, se encontraba en el Palacio de El Pardo debido a esas mismas obras. El incendio pudo ser fortuito, aunque algunas fuentes dicen lo contrario, debido a que este palacio no era del gusto de Felipe V. El fuego se originó en los aposentos del pintor de la Corte, Jan Ranc, lugar donde se encontraban los mozod del palacio celebrando la noche. Bajo su embriaguez no se dieron cuenta que las llamas prendieron de la chimenea hasta las cortinas y de ahí al mobiliario y muebles de madera. El edificio quedó reducido a escombros. Los muros que quedaron en pie tuvieron que ser demolidos, dado su estado de deterioro. No hubo víctima alguna, pero más de mil obras de arte ardieron en el incendio, aunque pudieron salvarse algo más de mil. Cuatro años después de su desaparición, en 1738, Felipe V ordenó la construcción del actual Palacio Real de Madrid, cuyas obras se extendieron a lo largo de tres decenios. El nuevo edificio fue habitado por primera vez por Carlos III en el año 1764.

En el momento del incendio, la estatua de Felipe IV se encontraba situada frente a la explanada del Palacio, en el mismo lugar donde hoy se encuentra.

Foto: Juan A. Padilla

En esta fuente podemos admirar dos prodigios. El artístico, que se debe al escultor Pietro Tacca sobre un cuadro de Velásquez; y el técnico, por el reto a las leyes de la física a las que se enfrenta esta estatua ecuestres, la única en el mundo apoyada sobre las dos patas traseras del caballo, aunque discretamente también se apoya sobre la cola del equino. Su estabilidad contó con el asesoramiento de el propio Galileo Galilei y consigue su difícil equilibrio gracias a un calculado estudio de los puntos de apoyo y la distribución de los pesos, dejando huevas las patas delanteras y cargando las traseras y la cola del caballo.

Foto: Juan A. Padilla

En 1642, una vez concluida la estatura, fue colocada en el Palacio del Buen Retiro, siendo posteriormente trasladada hasta la explanada situada frente al antiguo Alcázar. Tras el incendio de este, volvió al Retiro hasta que la reina Isabel II, en 1843 la ubica sobre una fuente ornamental en el lugar donde hoy se encuentra. Con tanto traslado, los madrileños cantaban jocosamente: ¿A qué vino el Sr. D. Juan? /A bajar el caballo y subir el Pan./Pan y carne a quince y once,/Como fue el año pasado;/Con que nada se ha bajado/ Sino el caballo de bronce.”

La estatua descansa sobre un podio  sobre el que  descansan, señalando los cuatro puntos cardinales, cuatro leones que simbolizan la fortaleza, la sabiduría, y el vigor de la Monarquía Española. El pedestal rectangular fue decorado con bajorrelieves; y representa el acto en el que el Rey concede a Velazquez el hábito de Santiago, mientras que el otro es una alegoría de la protección de Felipe IV a las ciencias y las letras. Se puede ver al rey siendo coronado por la Fama. La Astronomía con la bola del mundo, la Pintura, la Escultura, la Literatura y la Arquitectura con un compás. El rey está de rodillas y a su lado, Velazquez. En el lado este de la base, frente al Teatro Real, se emplaza la escultura de un anciano que simboliza al río Jarama. Bajo la misma hay colocada una fuente, conformada por dos pilas en forma de concha, cuyas aguas se depositan en un pilón semicircular, mientras que en la cara oeste del monumento, enfrentada al Palacio Real, existe otro anciano que representa al río Manzanares, apoyado sobre una vasija, de la que brota un surtidor, que arroja agua a las conchas y éstas al pilón. En los frentes encontramos relieves que representan a las cuatro estaciones del año.

4. La Fama. El motín de Esquilache

El levantamiento de la Fuente de La Fama fue un encargo del rey Felipe V, el cual la encargó a Pedro de Ribera para el embellecimiento y mejora del suministro de agua. Cuatro años duró la construcción de esta fuente, de 1738 a 1742, quedando ubicada en la plaza de Antón Martín. Para su construcción el rey no dudó en promulgar una subida de impuestos, lo que supuso un decisión muy contestada por los madrileños, hasta el punto que, en el día de su inauguración, se instaló un letrero que decía: Deo volente, rege survente et populo contribuiente, se hizo esta fuente (Dios lo quiso, el rey lo mandó y el pueblo lo pagó). Pero si problemática fue esta inauguración, no lo fueron menos los sucesos y acontecimientos que se sucedieron posteriormente, de los que esta fuente fue testigo impertérrita. Nos referimos al llamado Motín de Esquilache.

Madrid en el año 1766 era ciudad descontenta a causa de la subida de los precios de los alimentos básicos, como el pan, el aceite, el azúcar y el carbón, entre otros, cuya causa había que buscarla en la liberalización del comercio. En este contexto económico y social, un ministro de Carlos III, Leopoldo de Gregorio, más conocido como Marqués de Esquilache, promulgó unas nuevas normas de vestir que consistían en sustituir las capas largas y los sombreros de ala ancha por capas cortas y sombrero de tres picos. Con esta medida, se europeizaba la forma de vestir de los madrileños y se evitaba una forma de vestir que ocultaba la identidad de los delincuentes, al ocultar su rostro, y facilitaba  el ocultamiento de armas entre la ropa. Estas medidas promovidas por el Marqués de Esquilache iban encaminadas a mejorar la seguridad de la capital de España, y se unían a otras suyas, como la iluminación de las calles y la construcción de alcantarillado en la ciudad. Estas medidas, encaminadas a mejorar la seguridad, no produjeron mucho impacto entre los madrileños, más preocupados por la crisis económica que por estas medidas, que además, en un principio, solo se aplicaron entre los funcionarios de la Corte. Sin embargo, poco tiempo más tarde,  Esquilache la hizo extensiva a la población general pese a ser advertido por el Consejo de Castilla de que la prohibición de las capas y los sombreros causaría el descontento general entre la población. El 10 de marzo de 1766 aparecieron en Madrid carteles prohibiendo el uso de la capa larga y el sombrero ancho. La reacción popular fue inmediata: los carteles fueron arrancados de las paredes y las autoridades locales sufrieron agresiones por parte de la población.

Foto: Juan A. Padilla

El domingo de Ramos, sobre las 4 de la tarde, dos ciudadanos vestidos con las prendas prohibidas cruzaban la plaza de Antón Martín, lugar donde se encontraba en aquella fecha la Fuente de La fama. Varios soldados les dieron el alto y trataron de detenerlos. Uno de los hombres sacó una espada y un grupo numeroso de gente armada obligó a huir a los soldados. Aquellos amotinados asaltaron un cuartelillo que había en la misma plaza y se apoderaron de fusiles y sables, tras lo cual, cerca de 2.000 personas marcharon hasta la Plaza Mayor gritando insultos contra Esquilache y destruyendo todo lo que se encontraban a su paso, entre ello las 5.000 farolas que habían sido instaladas por toda la ciudad, otra de las medidas del ministro del rey. Un servidor de Esquilache fue apuñalado cuando los amotinados se dirigieron a la mansión del ministro y esa misma noche un retrato de Esquilache fue quemado en la Plaza Mayor, sin que el rey Carlos III tomara decisión alguna para evitar el caos. El 24 de marzo la situación empeoró. Los amotinados, que aumentaron notablemente su número, marcharon hasta el Palacio Real, obligando a las soldados a disparar contra la multitud, muriendo una mujer a consecuencia de los disparos, lo que enfureció aún más a los amotinados. Finalmente, un cura que encabezaba a los manifestantes, fue recibido por Carlos III. Las pretensiones de los amotinados eran claras:  o se anulaba la norma y se cesaba a Esquilache, o el palacio del rey sería atacado inmediatamente. Contra la opinión de sus ministros, el rey aceptó las peticiones. Los amotinados se calmaron, pero el rey, asustado por la situación y temiendo una nueva revuelta,  huyó a Aranjuez, acompañado de toda su familia y de sus ministros. Sintiéndose engañados por el rey, los ciudadanos volvieron a amotinarse hasta que el rey, por escrito, prometió aceptar todas sus demandas. Esquilache fue destituido y enviado a Italia. Antes de partir dejó escrito: “yo he limpiado Madrid, le he empedrado, he hecho paseos y otras obras… que merecería que me hiciesen una estatua, y en lugar de esto me ha tratado tan indignamente”. La tranquilidad volvió a las calles de Madrid y las reformas finalmente se aplicaron. El conde de Aranda, que quedó a cargo del gobierno mientras el rey estaba en Aranjuez, convenció a los madrileños del beneficio de cambiar las capas y los sombreros de la discordia por capas cortas y tricornios, tal y como pretendía el marqués de Esquilache.

Foto: Juan A. Padilla

Y aquella fuente que fue testigo mudo de la primera revuelta, estuvo en la plaza de Antón Martín, hasta su traslado actual en la calle Fuencarral, junto al antiguo Hospicio de San Fernando, donde tiene su sede el Museo Municipal de Madrid, obra también de Pedro Ribera.

La fuente se asienta sobre un pilón en forma de trébol de cuatro hojas, sobre el que descansa la base, custodiada por cuatro delfines mitológicos, que arrojan agua. Estas esculturas sujetan una pilastra profusamente adornada, siguiendo las pautas churriguerescas imperantes en la época. Entre los motivos ornamentales destacan diversas hornacinas con floreros y las estatuas de cuatro niños, cada uno de ellos sosteniendo una concha invertida, que actúa de parapeto sobre sus cabezas. La pilastra se estrecha en su parte superior, donde se sitúa, a modo de remate, una victoria alada, que blande una trompeta. Esta figura muestra un insinuante movimiento, simbolizando que, a pesar del triunfo (ejemplificado por la trompeta), la fama no perdura. Se trata de una alegoría del célebre precepto clásico: “Carpe diem, carpe horam (aprovecha los días, aprovecha las horas)”.

5. La Fuentecilla. El sueño del Manzanares

Llegados a este punto es preciso que hablemos del río Manzanares, el “río de Madrid, mal que les pese a algunos. El Manzanares era conocido antiguamente como río Guadarrama, nombre reservado hoy en día para el río que va desde el Valle de la Fuenfría hasta el Tajo hasta que en el siglo XVII, el Ducado del Infantado determinó cambiarle el nombre, llamándolo igual que su principal señorío, el Real de Manzanares, hoy  Manzanares el Real. Su escaso caudal ha sido objeto de constantes sátiras por parte de novelistas y poetas. Así,  Francisco de Quevedo decía así en uno de sus poemas: «Manzanares, Manzanares, arroyo aprendiz de río», denominación por la que se le conoce hoy en día. Tirso de Molina también escribió contra el río madrileño de esta forma: «Como Alcalá y Salamanca tenéis, y no sois colegio, vacaciones en verano y curso sólo en invierno». Y Luis de Góngora se refierió a al río tras una crecida:  «¿Cómo ayer te vi en pena, y hoy en gloria? Bebióme un asno ayer, y hoy me ha meado».

Madrid ha servido para saciar poco la sed de los madrileños, debido a su escaso caudal. Desde el establecimiento de la capitalidad en Madrid en el siglo XVI hasta el segundo tercio del siglo XIX, sus márgenes han sido utilizadas utilizadas como lavaderos de ropa, a su paso por la ciudad.

Claro que también han existidos quienes han querido en un río navegable. Esta es la historia.  España tenía posesiones en ultramar y ello precisaba que  Madrid, como capital de aquel imperio, tuviera un puerto marítimo. Será Felipe II uno de los primeros interesados en que el Manzanares sea un río navegable. Para ello contrató a un destacado ingeniero italiano de nombre Juan Bautista Antonelli. El plan consistía en ensanchar el río Tajo, cuyos afluentes son el Manzanares y el Jarama, para propiciar la navegación desde Madrid hasta Lisboa. Para tal fin era necesario construir una serie de diques, compuertas y ampliar los puentes existentes. El monarca aceptó el proyecto del arquitecto quien comenzó a desarrollar el proyecto. Pero para ese proyecto se precisaba mucho, mucho dinero para unas arcas que habían recibido un duro castigo económico con la derrota de la famosa Armada Invencible.

Posteriormente, Carlos III ordenó construir el Canal del Manzanares desde el Puente de Toledo hasta el río Jarama para conectarlo con el río Tajo, en un canal de diez kilómetros de longitud. Fernando VII ampliará dicho canal cuatro kilómetros más hasta Vaciamadrid, construyendo seis esclusas, cuatro molinos de agua y botes de transporte, quedando la obras inconclusas.  El objetivo era llegar a través del río Tajo hasta el océano Atlántico, en un canal navegables de 800 kilómetros. Pero todo lo más que se consiguió es que en un tramo del manzanares, concretamente el del Puente de Segovia, el caudal permitiera la navegación de barcas pequeñas.

Cruzando el río Manzanares, subimos por el antiguo camino de Toledo, hoy calle de Toledo. Tras cruzar la Puerta homónima, llegamos a una fuente famosa en su día por la calidad de su agua: la llamada Fuentecilla. Junto a esta coqueta fuente se encuentran dos calles, cuyos nombres nos llama la atención: “Mira al Río Alta” y “Mira el Río Baja”  relacionadas muy estrechamente con el río Manzanares.

Foto: Juan A. Padilla

Hemos visto que el escaso caudal del río Manzanares ha hecho fracasar el sueño de convertirlo en un río navegable. Sin embargo, la furia de sus aguas ha provocado algún que otro desastre. Mencionamos antes las palabras del poeta Góngora a propósito de una riada. Han sido varias las que las lluvias han convertido al  Manzanares en un río furioso y asolador. La calle Mira el Río Alta debe su nombre a una riada que se produjo en 1439, cuando los vecinos contemplaban desde ese lugar la crecida del río al tiempo que gritaban “Mira el río”.

No ha sido la única riada importante. En el año 1671, el río arrastró el antiguo puente denominado  Puente Toledano, y que obligó a construir uno nuevo en  en 1680, el cual recién estrenado, también derribó, hasta que en 1720 el entonces regidor de la villa, el Marqués de Vadillo, levantó uno nuevo en 1732 que actualmente podemos contemplar, jutoa la glorieta que lleva el nombre del regidor. Este nuevo puente ha resistido varias riadas más. Otro puente ha sido víctima del tranquilo río. El 4 de enero de 1906 se llevó por delante el Puente Verdeen la Florida, lo que obligó a construir el actual Puente de la Reina, estrenado en 1909.

Todo hoy es fruto de la anécdota y del recuerdo. Como el de esta fuente, La Fuentecilla, que durante mucho tiempo llegó a tener hasta once aguadores y congregar junto a ella a muchos madrileños que acudían a beber de su agua e incluso a reunirse junto a ella mientras saciaban su sed. Su construcción data de 1816 y la realizó el arquitecto D. Alfonso Rodríguez por encargo del corregidor de entonces, el conde de Moztezuma, quien erigió la fuente en honor del rey Fernando VII tras su segunda llegada al trono de España. En la fachada que da a la calle Toledo, se observa un dragón y un oso sobre un zócalo hacen alusión a los blasones heráldicos de la capital del reino. Por encima se asienta un cuerpo cuadrangular decorado con escudos de armas a cada lado y una placa que dedica el monumento a Fernando VII por homenaje del Ayuntamiento de Madrid. Corona la fuente una escultura de un león de Castilla, realizada con los materiales de construcción y elementos de la desaparecida Fuente de la Abundancia (siglo XVII), obra atribuida a Alonso Cano, que estaba ubicada en la Plaza de la Cebada. El león abarca con sus garras los dos hemisferios terrestres y se asienta sobre un cubo de piedra. Las siete estrellas del escudo de Madrid recorren los lados. Fue inaugurada en el año 1815.

6. Las Conchas. El asedio almorávide de Madrid

Esta hermosa fuente, construida en mármol blanco de Máchale, fue levantada en el siglo XVIII por el Infante don Luis de Borbón, hijo de Felipe V y hermano de Carlos III, en su palacio de Bobadilla del Monte, encargando para ello a Ventura Rodríguez su diseño. Posteriormente, a mediados del siglo XIX, los herederos del Infante donaron esta fuente al rey Fernando VII, siendo instalada en el Campo del Moro en 1844, permaneciendo desde entonces en este lugar, denominado Campo del Moro.  Esta fuente tiene un pilón circular en cuyo interior hay tres tritones niños, cada uno bebiendo agua de la concha que tienen en sus manos, siendo este elemento el que da nombre al conjunto. En el cuerpo central tiene una segunda taza soportada por tres tritones ancianos, de entre cuyas colas surgen surtidores con forma de delfín que vierten sus aguas a otras conchas. El cuerpo superior está formado por tres ninfas unidas que soportan una tercera taza que recoge las aguas del remate final de la fuente que representa un niño abrazado a un delfín de cuya boca brota un susurrante surtidor.

Originalmente fue idea de crear el Campo del Moro fue de Felipe II que  quería construir un lugar de recreo en esta zona de la ciudad y equilibrar el desnivel entre el antiguo Alcázar y el río Manzanares, aunque el nombre de “Campo del Moro” no fue llamado así hasta el siglo XIX, cuando en el año 1734 el Alcázar quedó destruido por el incendio y se levantó el majestuoso edificio del Palacio Real. Felipe IV, mandó acondicionar el lugar, construyendo fuentes y plantando numerosos olmos. Hasta el siglo XVII su destino hacia las veces de lugar de caza menor. La creación del Jardín del Campo del Moro no se inicia hasta el reinado de Isabel II, en estos años se diseña un gran parque y se instalan las fuentes de los Tritones y la de las Conchas. Durante la Regencia de María Cristina se inicia una serie de reformas dando al parque el carácter actual. Las reformas siguieron el concepto romántico de la naturaleza, masas arbóreas y recoletos senderos, siguiendo el estilo paisajista inglés de carácter romántico Los jardines albergan unas 70 especies arbóreas, algunos de sus ejemplares tienen una antigüedad cercana a los 170 años. Las famosas fuentes de los Tritones y las Conchas establecen el eje central de los jardines. El  nombre de “Campo del Moro” Finalizaba tienen su origen en tiempos de la conquista de Madrid, al ser utilizado este lugar los musulmanes para acampar durante su intento de reconquistar la ciudad. Era el año 1109, doña Urraca sucede en el trono a su padre Alfonso VI que acaba de morir. El fallecimiento de quien había arrebatado la ciudad a los musulmanes, anima al rey almorávide Alí ben Yusuf a recuperarla. Llegan a tomar la muralla exterior y entrar en Madrid saqueándola, llegando hasta las puertas del Alcázar, donde se resisten heroicamente  la población junto a las máximas autoridades de la ciudad. Tras meses de asedio, los asediados aguantan al poseer agua suficiente gracias a los pozos existentes, construidos por los propios árabes en su día, y al racionamiento de la comida.  La situación es difícil y todo augura la toma del Alcázar, pero algo inesperado hará cambiar la suerte de todo. Ente los almorávides se produce una epidemia de peste que comienza a diezmar a los invasores hasta el punto de tener que abandonar el asedio, teniendo que enterrar a sus muertos en lo que hDD.oy es un hermoso jardín integrado en el centro de Madrid.

7. Cervantes. La Gran Vía

La Plaza de España es a día de hoy uno de los puntos neurálgicos de Madrid. Aquí termina la popular Gran Vía y desde aquí se inician varias rutas turísticas. Es, por lo tanto, un lugar especialmente concurrido por turistas y madrileños. Pero no siempre ha sido así.

La Plaza de España que hoy está salpicada de grandes edificios, estuvo salpicada de huertas que eran regadas por las agua de arroyo de Leganitos, del que queda de recuerdo el nombre de una calle que desemboca en la propia plaza, calle por la que discurría el propio arroyo que nacía de la Fuente de los Caños, que en el siglo XVII pasó a denominarse “Leganitos”, que deriva del árabe y que significa “huerta”, según expresa el cronista madrileño Mesonero Romanos.

Foto: Juan A. Padilla

En el centro de esta Plaza se yergue hoy aquí la Fuente de Cervantes, en homenaje al insigne escritor madrileño, nacido en Alcalá de Henares, rodeado por algunos de los personajes más importantes de sus obras, entre los que destaca el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, a lomos de su caballo Rocinante y acompañado por su fiel escudero Sancho Panza.

Foto: Juan A. Padilla

La presencia de Cervantes en este lugar está doblemente justificada. Por un lado, porque su fama e importancia, conseguida a través de sus obras, le hacen merecedor de ocupar un lugar preferente en esta ciudad; y por otro, porque Miguel de Cervantes, en “Don Quijote de la Mancha” habla de la fuente de Leganitos en una de sus aventuras: “Otro libro tengo también, a quien he de llamar “Metamorfoseos” u “Ovidio español” de invención nueva y rara; porque en él, imitando a Ovidio, a lo burlesco, Pinto quién fue la giralda de Sevilla (..), los toros de Guisando, la sierra Morena, las fuentes de Leganitos y Lavapiés en Madrid…”.

Foto: Juan A. Padilla

Porque lo que hoy es la Plaza de España ha sido hasta hace bien poco parte de la calle de Leganitos y llegaba hasta la actual calle Princesa, ya en los límites de la villa. Y aquí se encontraba el puente y la fuente de Leganitos  que traía el agua más apreciada de Madrid, hasta el punto de que Cervantes hable de ello, lo que justifica doblemente la presencia suya y de sus personajes más importantes en esta plaza.  Fue precisamente durante los trabajos de construcción de esta fuente cuando se encontraron restos de arqueológicos que demuestran que ente lugar se asentaron los romanos y, más tarde, los árabes, que aprovecharon estas huertas. La Fuente de los Caños desapareció en 1769  y ello marcó el futuro de esta plaza.

El aspecto actual de la plaza arranca en el año 1898 con la construcción de la Royal Compagnie Asturienne de Minnes, esquina calle Bailén, de nacionalidad belga, considerada una de las obras más logradas de la arquitectura burguesa de finales del siglo XIX. El gusto francés destaca en la disposición de los templetes, que rematan el edificio, intentado darle aires de palacete cuando en realidad se trata de una casa de pisos.

En 1928 se levantó en el centro el Monumento a Cervantes que incluye una fuente, por encargo del rey Alfonso XIII en 1915, con motivo del tercer centenario de la publicación de la segunda parte de El Quijote. El inicio de la obra coincidió con las obras de urbanización de la plaza.  En los años veinte se alzó el cuerpo principal del monumento, pero hasta los años sesenta no se darán por concluidas las obras con la colocación de las esculturas laterales de Aldonza y Dulcinea. Este espectacular monumento se eleva tras un estanque rectangular, y se estructura en dos cuerpos principales que culminan en un ático. Las figuras de Don Quijote y su escudero Sancho Panza se sitúan sobre el pedestal central e invitan a pararse y contemplarlas en medio del trasiego de la vía madrileña. La dualidad imaginación-realidad se refleja en la construcción en bronce de ambas figuras, frente al resto de esculturas realizadas en piedra. Tras ellos, y presidiendo toda la composición, se encuentra la figura de Cervantes que sostiene un ejemplar de El Quijote. En los laterales, se reproducen escenas de La Gitanilla, a la derecha, y de Rinconete y Cortadillo, a la izquierda. La parte trasera está presidida por la Literatura Española, simbolizada por una mujer; el surtidor se dispone a sus pies con los escudos de todos los países latinoamericanos y, en el ático, las figuras simbólicas de los cinco continentes sostienen la bola del mundo con una alegoría de la Fama o la Victoria como símbolo de la universalidad de la obra de Cervantes. En la parte posterior del monumento, en la zona de la fuente, encontramos sentada sobre un sillón a la Literatura Española, vestida a la usanza del siglo XVI, sujetando un libro con la mano derecha

Poco podían imaginar Cervantes y sus personajes que junto a ellos se levantarían poco tiempo después los dos gigantes que imaginaron siglos antes en el Quijote. En 1953 se levanto el Edificio España y en 1957 la Torre de Madrid, los dos primeros rascacielos de Madrid. El primero de ellos, el Edificio España, con una silueta escalonada en cuatro alturas, fue construido en 1953, y sus 25 plantas y 117 metros de altura, fue el edificio más alto de España.  Su compañera,  la denominada Torre de Madrid, mide 142 metros y fue construido entre los años 1954 y 1957, por los hermanos Otamendi Machimbarrena, después de haber construido el Edificio España. La torre, se concibió como el edificio de hormigón más alto del mundo. Las obras se acabaron el 15 de octubre de 1957.

8. Los Galápagos. La reina niña

Fernando VII celebró el primer año  de su hija Isabel mandando construir una fuente compuesta por un surtidor superior en forma de caracola situado sobre una taza que a su vez se apoya en una columna en forma de palmera recubierta de hojas. A los  pies de la misma hay cuatro niños montados sobre otros tantos delfines de cuyas bocas surge el agua que, tras salvar dos gradas, recubiertas de vegetación, cae en el vaso inferior. Otros cuatro surtidores  vierten su agua sobre unas conchas y posteriormente al vaso inferior. Estos cuatro surtidores representan dos ranas y dos galápagos, que le han dado su nombre popular, aunque también la fuente es conocida por el nombre de su reina, Isabel II.

Fernando VII no imaginaba entonces que más que un regalo de cumpleaños aquella fuente, que se instalaría en la Red de San Luís en 1832, era más bien el regalo para una niña a punto de ser reina. En aquel monumento, tres hadas conceden sus dones a la princesa y los elementos escultóricos instalados representan los buenos deseos hacia la futura reina. Los delfines cabalgados por cuatro niños se asocian con la inteligencia, la sabiduría, y la prudencia; los elementos marinos se relacionan con la fecundidad, ya que del agua surge la vida, y los galápagos y la tortuga son símbolos de longevidad. Aquella fuente no era premonitoria. Porque aquellos deseos y aquellas virtudes no serían las características del reinado de Isabel. Un año más tarde, Fernando VII le regaló a su hija un trono: el de España.

Fue Isabel II una reina precoz. Aunque para ello el rey Fernando VII tuvo que abolir la Ley Sálica y promulgar la Pragmática Sanción para que el 29 de septiembre de 1833, cuando aún Isabel no había cumplido los tres años de edad aquella niña pudiera ser proclamada reina al morir su padre, eso sí, con la regencia de su madre, doña María Cristina, debido a la minoría de edad de Isabel.

Isabel II reinó durante un período de transición en España en el que la monarquía cedió más poder político al parlamento, pero las instituciones quedaron muy en entredicho debido a la corrupción electoral. Un ejemplo de esto es que ningún partido, ni liberales ni moderados, que organizó unas elecciones las perdió en ese periodo y los cambios de tendencia de los gobiernos se provocaban basándose en pronunciamientos o golpes de estado de uno u otro signo. Hasta 32 fueron los jefes de gabinete nombrados, algunos de ellos permaneciendo en el poder sólo 24 horas como el conde de Cleonard en 1849.  Fue fácilmente manipulada por sus ministros y por la autoridad religiosa. Se produjeron varias revueltas, como la Vicalvarada de 1854, la noche de San Daniel de 1865 o la Gloriosa de 1868, que supuso el final de su reinado y su posterior exilio en Francia. También se produjo la denominada Desamortización de Mendizábal por parte de los liberales, en la que nacionalizaron muchos bienes pertenecientes a la Iglesia católica con el objetivo de que tales bienes pudieran ser adquiridos por la burguesía y que el Estado pudiera obtener ingresos extraordinarios, aunque en la práctica, la oligarquía fue la gran beneficiada de ello.

Si bien en su época se modernizó notablemente España con el nacimiento de la red ferroviaria, también es cierto que ello  sirvió a muchos personajes de la clase dominante para enriquecerse, como la propia madre de la reina, María Cristina, o el banquero Salamanca, por ejemplo, que vendió al gobierno la línea Madrid–Aranjuez por más de 60 millones  y la volvió a recibir de éste en arrendamiento, sin licitación previa, por un millón y medio al año, que nunca llegó a pagar. Se llevaron a cabo también importantes obras hidráulicas como el Canal de Isabel II, impulsado por los ministros Juan Bravo Murillo y Manuel Alonso Martínez.

Foto: Juan A. Padilla

Aquella fuente  asociada con la inteligencia, la sabiduría, y la prudencia no representó  a  La “Reina de los tristes destinos”, como también ha sido llamada Isabel II. La fuente creada para conmemorar  y recordar a la reina sirvió  para el abastecimiento de agua, para lo cual en 1839 estaban autorizados diecisiete aguadores. Tras la inauguración en 1858 del canal de Isabel II la fuente dejó poco a poco de tener función utilitaria y, dado su tamaño, se decidió trasladarla diez años después a la plaza de Santa Ana. En 1879, fue trasladada al Parque del retiro, frente al estanque grande, donde permanece conservando el nombre de “Los Galápagos”.

9. El Nacimiento del agua. La matanza de 1834

Junto al Monumento a Cervantes, en la Plaza de España, nos encontramos con esta hermosa fuente que simboliza el nacimiento del agua, en una alegoría en homenaje a la importancia que tiene el agua en Madrid. En esta fuente construida en 1969, de trazado elíptico, aparecen arrodilladas dos ninfas o náyades desnudas, portando sendos cántaros con los que derraman agua al pilón central, a través de dos enormes conchas de vieira, todo ello construido en bronce. Siendo las ninfas deidades menores relacionadas con la naturaleza y que vivían en las montañas y en los ríos y arroyos, no debemos obviar la figura un castizo personaje relacionado con el agua durante varios siglos: el aguador.

Foto: Juan A. Padilla

El oficio de aguador fue durante más de cuatro siglos uno de los más importantes de Madrid y su presencia era habitual en las principales fuentes, incluidas las monumentales, como las de Cibeles o la de la Puerta del Sol, para abastecer a los hogares del agua necesaria. Existieron en Madrid decenas de clases de aguadores, como las de anís, azahar, canela, guindas, limón, nieve, cebada o botijo. Hombres y mujeres provistos de una carretilla de madera, tirada por ellos mismos o con ayuda de un botijo, con dos huecos donde colocaban las cantaras y una goma para conectarlas al grifo y llenar los recipientes sin tener que sacarlos de donde estaban alojados. También era habitual la imagen de algunas mujeres que con rara habilidad llevaban un cántaro a la cabeza y otro en el costado, andando como si tal cosa. La importancia del aguador fue tanta que incluso en el año 1874 se publicó un Reglamento de los Aguadores de las fuentes públicas de  Villa de Madrid, el cual constaba de 32 páginas con 38 artículos y que regulaba todo lo relativo e esta profesión, tanto en las condiciones de transporte, como de higiene y calidad del agua. Incluso llegaron a ser los primeros bomberos, ya que, en caso de incendio, habían de ayudar a su extinción sin excusa alguna.

El trabajo de los aguadores era esencial en unos tiempos en los que había que garantizar, no solo el suministro de agua, sino también la salubridad de la misma. En torno a todo esto, podemos recordar los tristes acontecimientos del día 17 de julio de 1834 a causa de un rumor sobre el envenenamiento del  agua de las fuentes de Madrid y que produjo decenas de muertos asesinados por grupos de personas sedientas de venganza.

En aquellos días se detecta en Madrid una epidemia de cólera. Julio es un mes especialmente caluroso y son muchas las personas que comienzan a enfermar. Las sospechas recaen inmediatamente en el agua, bien el que corre en las fuentes o la que transportan los aguadores. Fuentes y aguadores son señalados posibles culpables de la epidemia. Las fuertes tormentas caídas sobre Madrid desbordan algunos arroyos y se crean lagunas de agua estancada que, con el calor, constituyen un excelente caldo de cultivo de la enfermedad.

Además, son unos tiempos difíciles para España. Contamos en un episodio anterior la inestabilidad del reinado de Isabel II y las frecuentes crisis de gobierno, con constantes enfrentamientos entre liberales y conservadores. Ello, unido a la existencia de una importante corriente anticlerical liberal que culpa de todos los males de España a la Iglesia, constituyen otro excelente caldo de cultivo para los acontecimientos que se producirían. La Desamortización de Mendizábal, bajo el pretexto de conseguir mayores ingresos para el estado, escondía la incautación de muchos bienes de la Iglesia, especialmente de los jesuitas. En este estado de cosas, alguien aprovecha la epidemia para levantar el falso rumor de que tras la contaminación del agua se esconde la mano de la Iglesia y se llega a asegurar que  un criado de un convento  ha sido enviado por los frailes para echar unos extraños polvos en la Fuente de la Mariblanca, en la Puerta del Sol, envenenando el agua. Los aguadores se lo habían impedido y un grupo de personas le habían perseguido hasta acorralarle,  asesinándolo a continuación. Aquello es el inicio de una auténtica caza de todo aquel que esté relacionado con el clero. Un numeroso grupo de personas asalta el colegio de los Jesuitas de San Isidro, bajo la acusación de que en el mismo se guardaban los sacos del veneno y asesinan a todo aquel que encuentran a su paso. Son muy pocos los que logran escapar del edificio y los que lo logran, son alcanzados en la Plaza de la Cebada y asesinados allí mismo.  Aquellos sacos en realidad solo contenían arena, pero eso poco importaba a aquella multitud sedienta de sangre. Igual triste suerte corren otros conventos e iglesias, como San Francisco el Grande, donde los sacerdotes pidieron misericordia inútilmente. Eran asesinados y luego paseados sus cadáveres por las calles ante una muchedumbre enloquecida, al tiempo que se saqueaba todo aquello de valor que se encontraban a su paso. Un fraile del convento yacía en la calle de Toledo lleno de cuchilladas porque le habían sorprendido con el veneno. En realidad, en su mano lo único que había era un paquete con polvos de mostaza. Más de cien religiosos mueren aquel 17 de julio. Los Aguadores llenos de miedo no permitían a nadie acercarse a las fuente, mientras los grupos anticlericales se hacían dueños de la calle. Ni siquiera la noche puso tregua a la matanza. Al contrario, la noche se convirtió en su mejor aliada.  Los gritos de los asesinos se mezclaban con las campanas de las iglesias pidiendo auxilio. Finalmente, la policía puso fin a esta locura. Nada se encontró que justificara los delitos que se imputaban a los religiosos, ni se encontraron polvos algunos ni prueba alguna del supuesto envenenamiento del agua. Todo aquello fue además víctima del olvido y el silencio, amparado por una sociedad indolente.

Foto: Juan A. Padilla

Hoy, las ninfas de la Fuente del Nacimiento del Agua nos dan una hermosa imagen de esa agua que brota de sus cántaros y cae impetuosa y transparente sobre la alberca y que surge de nuevo, como un geiser de vida que representa el líquido elemento. Nos recuerda la necesidad de preservar lo limpio y puro.

X. La Mariblanca. La Puerta del Sol

La Mariblanca es uno de los símbolos de Madrid. A lo largo de su historia ha ido cambiando de sitio hasta encontrar el sitio actual, en la Puerta de Sol, muy cerca de su primera ubicación, allá por el año 1625, cuando el escultor italiano Florentino Turquí la adquirió para situarla en la fuente situada frente a la iglesia del Buen Consejo, entonces en la Puerta del Sol. La estatua no se sabe si representa a una diosa y cual de ellas, por lo que en el siglo XVII los madrileños, tan sabios,  la empezaron a llamar  La Mariblanca, siendo este su nombre a partir de entonces. En 1838, con motivo de la reforma de la Puerta del Sol y el derribo de varios edificios religiosos a causa de la Desamortización de Mendizábal, la fuente fue trasladada.

El origen de su nombre parece que fue la existencia de una puerta, construida en el año 1478,  en la muralla árabe, orientada al este y que tenía dibujado un sol sobre el arco, por lo  que la llamaban Puerta del Sol, situada al comienza de la actual calle Preciados. Hasta entonces, toda esta zona estaba formada por un barranco por el que transcurría el arroyo de San Ginés, el cuál transcurría por la calle Arenal,  cuyas arenas arrastradas llenaban el barranco al secarse en verano. Esta puerta marcaba el límite de la ciudad y a partir de aquí comenzaba el arrabal medieval. Es a partir del siglo XVI, en el año 1438, cuando se construye un hospital para atender a los enfermos de una epidemia de peste, siendo posteriormente, en el año 1545, transformado por el rey Carlos I, creando el Real Hospital de la Corte, para los soldados heridos,  y la Iglesia del Buen Suceso, ya en el año 1607, situados en lo que hoy es la Carrera de San Jerónimo y la calle Alcalá. En el año 1547 se construye la Iglesia de San Felipe el Real, con sus famosas gradas, lugar de reunión y de tertulias, el auténtico mentidero de la villa, al comienzo de la actual calle Mayor, entonces calle Platerías. Más tarde, en el año 1561, en lo que hoy son las calles Carretas y Victoria, se construye el Convento de Nuestra Sra. de la Victoria, en la cual se recogían a los niños recién nacidos abandonados en las calles de la ciudad. Todas estas construcciones convierten a este lugar el sitio más concurrido de la Corte. A comienzos del siglo XVII, ya es el centro de la villa, por encima de la Plaza Mayor. Hubo que esperar hasta el año 1766 para que el último de los edificios sea levantado: la Real Casa de Correos, curiosamente, el edificio más antiguo de la actualidad en ese lugar. Fue Carlos III el impulsor del edificio, que además de Casa Real de Correos, albergaba el Gobierno Militar, la Capitanía General y la Guardia de Prevención. Al ser derribada la Iglesia del Buen Suceso, el reloj de la iglesia fue trasladado a este edificio.

Como curiosidad, hay que destacar que a este reloj se le llamaba “ el impuntual” porque nunca marcaba las horas correctamente. En 1866, el relojero José Rodríguez de Losada obsequió el reloj actual y lo instaló, construyéndose la llamada “casa del reloj”, dándole el aspecto actual, siendo desde entonces conocido por su exactitud y funcionamiento.

Entre 1857 y 1862 se lleva a cabo una reforma de todo el conjunto con la creación de la gran plaza que conocemos hoy. Al aplicarse la Desamortización de Mendizábal en el año 1838, son declarados de utilidad pública y  derribados la iglesia de San Felipe, el convento de Nuestra Sra. de la Victoria y la Iglesia del Buen Suceso, junto con el Hospital de la Corte, siendo sustituidos por los edificios que conocemos hoy.

En 1860, se construye una fuente, en sustitución de La Mariblanca, en el centro de la plaza, con un surtidor que elevaba el agua 18 metros. En el año 1950, se coloca la placa de “kilómetro cero”, punto del que parten todas las carreteras radiales de España. Posteriormente, en la década de los noventa, se le da a la plaza el aspecto que tiene hoy. La Puerta del Sol ha sido el escenario de los acontecimientos principales de la vida de la ciudad, desde la lucha y resistencia contra los invasores franceses en 1808, hasta la proclamación de la República en 1931, conservando además su lugar como protagonista de la costumbre de servirse las doce uvas en Año Nuevo, al son de las campanadas tocadas por el reloj de Correos. En la actualidad es un nudo de comunicaciones, punto de reunión, de citas, lugar de celebraciones de todo tipo.

Foto: Juan A. Padilla

Y, unida estrechamente a este lugar ha estado siempre la Mariblanca, la cual luce hoy todo su blanco esplendor y castizo orgullo, ya sin agua ni fuente alguna a sus pies, sin que ello le reste un ápice de admiradores.

BIBLIOGRAFÍA:

–          Historia de los heterodoxos españoles,, de Marcelino Menéndez Pelayo

–          Episodios Nacionales: “Un faccioso más y algunos frailes menos”, de Benito Pérez Galdós.

–          Historia de Madrid e historia social de la ciudad, de Luis Enrique Otero Carvajal

–          Manual de Madrid, de Ramón de Mesonero Romanos

–          El Antiguo Madrid, de Ramón de Mesonero Romanos

–          Escenas Matritenses, de Ramón de Mesonero Romanos

–          Madrid, pasen y vean, de Ramón Masats y Ricardo Cantalapiedra

–          Madrid, de Azorín

–          Madrid, de Juan Antonio Cabezas

–          Ronda Romántica por el Viejo Madrid, de Juan Boquera Serra

–          Curiosidades y anécdotas de Madrid, de María Isabel Gea

–          Madrid: cuentos, leyendas y anécdotas, de Javier Leralta

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