SANTIAGO, LA LEYENDA

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Preambulo

Y en seguida vio en el cielo un camino de estrellas que empezaba en el mar de Frisia y, extendiéndose entre Alemania e Italia, entre Galia y Aquitania, pasaba directamente por Gascuña, Vasconia, Navarra y España hasta Galicia, en donde entonces se ocultaba, desconocido, el cuerpo de Santiago“. (Códice Calixtino)

A lo lejos se divisan las torres de la catedral de Santiago en medio de la niebla que envuelve la ciudad. El aire lleva el aroma de la lluvia anunciando que esta no tardará en llegar, lo que ayudará a la purificación de los peregrinos, tal y como dispone el Codex Calixtino:

A 2 miglia da Santiago de Compostela i pellegrini si sarebbero lavati e purificati nelle acque del torrente Lavamentula: quindi si recavano sulla cima del monte Gozo o Monte della Gioia donde avrebbero potuto intravedere il Santuario verso cui, dopo il lungo cammino, avrebbero preso a correre, raggiungendo il vasto sagrato sin a trovarsi, estasiati, davanti al Portico della Gloria donde si accedeva al Santuario sin a poter vedere l’agognata statua di S. Giacomo Maggiore coronando così il sogno della propria vita e sentendosi ancor più vicini al Dio dei cristiani”.

Entro como un peregrino más en la ciudad, aunque estoy lejos de serlo y mi presencia responde al interés en encontrar aquí, en Santiago de Compostela, las experiencias necesarias para entender la figura del Apóstol y su incidencia en la historia de España.

No es la primera vez que vengo a esta ciudad pétrea, milenaria y monumental, pero siempre tengo la sensación de recorrerla por primera vez, de descubrir nuevos rincones. Una ciudad que guarda la tumba de un santo, para convertirse en uno de los santuarios más importantes de la Cristiandad, junto con Jerusalén y Roma. Aquí dice la leyenda que fue trasladado el Apóstol a ser enterrado, o más bien la providencia, que guio la barca hasta aquí hasta su descubrimiento en el siglo IX, ochocientos años después de su muerte y travesía, naciendo el Camino que lleva su nombre, y del que el mismo Dante Alighieri describe y destaca su importancia,  cuyos trabajos se incluyen en el Liber Sancti Jacobi, en el que está incluido el Códice Calixtino.

Será en este Códice, en el capítulo I del Libro V donde se narra la visión del emperador Carlomagno: “Y en seguida vio en el cielo un camino de estrellas que empezaba en el mar de Frisia y, extendiéndose entre Alemania e Italia, entre Galia y Aquitania, pasaba directamente por Gascuña, Vasconia, Navarra y España hasta Galicia, en donde entonces se ocultaba, desconocido, el cuerpo de Santiago“.

No es buen día hoy para ver el camino de estrellas. En realidad solo es visible en verano, antes del amanecer, con el cielo oscuro, sin nubes, sin luna y sin luces de la ciudad. Solo entonces podemos ver la llamada Vía Láctea formando un arco luminoso que recorre el firmamento de Este a Oeste, como un río celeste que ha cautivado e inspirado a muchos escritores, filósofos y científicos. Como Dante. O como  Galileo Galilei, cuando hace ahora cuatrocientos años descubrió que aquel camino no era tal y justificó científicamente su existencia y composición. Atrás quedaba la teoría filosófica griega, para la cual aquel camino celeste era en realidad un río de leche, el cual procedía de la esposa de Zeus, Hera, cuando al amamantar Hércules de uno de sus pechos, lo hizo con tal ansia que parte de la leche se derramó por el cielo.

Pero, como digo, hoy es difícil ver la Vía Láctea. Recuerdo en mis años de niñez acudía al campo a ver las estrellas por la noche. Entonces se podía. Hoy, la contaminación lumínica de los pueblos y ciudades solo permite ver alguna de ellas. Pero no estoy en Santiago para ver la Vía Láctea, sino la ciudad, la catedral, el Santo.  Sumergirme de lleno en la ciudad, en la leyenda….. en la historia.

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Capítulo I

El camino de estrellas que viste en el cielo significa que desde estas tierras hasta Galicia has de ir con un gran ejército a combatir a las pérfidas gentes paganas, y a liberar mi camino y mi tierra, y a visitar mi basílica y sarcófago. Y después de ti irán allí peregrinando todos los pueblos, de mar a mar, pidiendo el perdón de sus pecados y pregonando las alabanzas del Señor, sus virtudes y las maravillas que obró” (Apóstol Santiago a Carlomagno. Codex Calixtinus, folio 162).

Llueve a cántaros en Santiago. De camino a la catedral me ha sorprendido la tormenta y he tenido que guarecerme bajo los soportales de la plaza de la Azabachería. Alguien pensará que como puede sorprenderme la lluvia en esta parte de España y en otoño. Pero lo que me ha sorprendido es su intensidad, su fuerza. No soy el único. Desde aquí observo como la gente corre en busca de cobijo, aunque otros caminan bajo ella con naturalidad, tal vez porque están acostumbrados. Me fijo en los peregrinos, su aspecto inconfundible. Sus ropas y sus mochilas, todas empapadas, son un plus más de entrega y abnegación ante el largo camino que han tenido que recorrer hasta llegar aquí, a la ciudad que ahora les recibe con esta fuerte lluvia. Imagino que la lluvia les ha acompañado en muchos tramos del camino y ahora apenas les preocupa. Las calles se han convertido en improvisados riachuelos a causa de la fuerte lluvia y baja por las cuestas buscando la parte baja de la ciudad. Miro al cielo cuyas negras nubes han acelerado el final del atardecer. Son casi las siete de la tarde y la noche amenaza con terminar prematuramente con el día. Decido esperar un poco más y dar oportunidad a la lluvia para que cese o al menos amaine. No quiero llegar tarde a la misa del peregrino que cada viernes a las siete y media de la tarde da la bienvenida a los peregrinos. En esta misa se hace funcionar el famoso botafumeiro, todo un acontecimiento que no quiero perderme. Estoy cerca, muy cerca de la catedral, pero con esta fuerte lluvia no me apetece empaparme. Hasta un agnóstico como yo implora la ayuda del Apóstol para que la lluvia cese y nos permita salir de nuestro cobijo e ir a la misa.

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Miro el reloj y me planteo la necesidad de arriesgarme a mojarme a pesar de la persistencia de la lluvia porque veo que su persistencia me va a retrasar y me gustaría tener un buen puesto de observación en la catedral. Decididamente, a paso rápido, pero sin correr, salgo de allí y me dirijo hacia la puerta de Platerías. Sorteo la corriente de agua que baja hacia la plaza de Quintana. El agua ha convertido a esta plaza en una improvisada cascada que baja hacia la plaza de las Platerías. En Quintana, bajo aquella intensa lluvia está una muchacha arrodillada en el suelo, con los brazos en cruz y con un platillo en el suelo, junto a ella. Está pidiendo. Tal vez así las almas de los transeúntes se apiadan de ella y depositen unas monedas en el plato, pero las almas se apresuran a escapar de la lluvia y pasan junto a ella. Impresiona verla allí. Debe ser la desesperación. O tal vez las mafias, que la han colocado en ese lugar. Con la imagen de la joven aún en mi mente atravieso puerta de la catedral, en la que por cierto hay dos ¿compañeras? más mendigando, aunque estas protegiéndose bajo el pórtico de la catedral.

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Entro en la catedral. Abarrotada catedral. El suelo empapado por todos los que entramos en ella. Escucho a una monja cantando en el altar. Me sorprende su extraordinaria voz.  Faltan siete minutos para que empiece la misa y busco un lugar desde donde pueda observar todo sin perder detalle alguno. Sobre todo del botafumeiro. No hay un solo asiento libre. Incluso los bancos dispuestos sobre el transepto de la catedral, que se encuentran bajo la trayectoria del vuelo del botafumeiro, que suele dejarse vació para evitar el peligro que supondría en caso de que este se descolgase en pleno viaje hacia lo más alto de la catedral. Algo que solo ha pasado en tres ocasiones a lo largo de su historia. Gran estadística para un artilugio que comenzó a utilizarse en el siglo XI como un gigantesco incensario que mitigaba el hedor existente en la catedral a causa de los peregrinos que acudían a descansar del largo camino. Quinientos años llevaba sin el menor percance cuando el  25 de julio de 1499 se rompió una de las cuatro cadenas que lo sostenían y el botafumeiro salió disparado como un proyectil recorriendo el transepto, estampándose contra la puerta de Platerías. Nadie resultó herido, aunque el aparato pagó cara su osadía al quedar totalmente aplastado.

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Un amigo gallego me contó la leyenda de que el incensario realmente salió disparado por el rosetón, atravesándolo violentamente y cayendo sobre la Fuente de los caballos, situada en la parte baja de la plaza de Platerías. Algo difícil si tenemos en cuenta que la fuente fue construida en el año 1825.  Ya se sabe que las leyendas tienen a cambiar a veces la realidad e incluso hasta las leyes de la física si es necesario. La segunda, y última, vez que el botafumeiro abandonó su trayectoria prevista fue el 23 de mayo de 1622 a consecuencia de la rotura de la maroma cayendo a plomo sobre los tiraboleiros, sin que milagrosamente, claro, ninguno fuese herido. Este botafumeiro era de plata maciza, un regalo del rey de Francia, Luís XI,  en 1554. Por cierto, el mismo fue expoliado por los franceses en 1809 durante la Guerra de la Independencia. Pese a ello, y pese a recomendación de que nadie se siente en el transepto, no hay un solo lugar libre. El Apóstol guardará que todo vaya bien.

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El Apóstol. El Apóstol Santiago. Presente en cada parte del monumento. En su exterior y en su interior. Fuera, en la fachada de la plaza del Obradoiro, el santo corona la parte superior de la catedral, su figura pétrea se impone en una composición que recrea su historia. Y mientras busco un lugar desde donde tener un buen ángulo de visión, me topo, al otro lado del transepto, con la hornacina que cobija a Santiago Matamoros, subido en su caballo blanco, con su brazo derecho levantado en actitud de ataque con su espada. Recuerdo en otras visitas que bajo las patas de sus caballos unos soldados  moros estaban a punto de sufrir el ataque mortal del Apóstol. Una escultura que recordaba el importante papel del santo en la batalla de Clavijo, aquella en la que el rey Ramiro I se enfrentó a  Abderramán II en Clavijo el 23 de mayo del año 844.  Ramiro I de Asturias se había negado a pagar a Abderramán  el tributo de las Cien Doncellas, y acudió a Nájera a enfrentarse al ejército musulmán, y al ver que este era muy superior al suyo en número, decidió cobijarse en el castillo de Clavijo, donde aquella noche tuvo un sueño en se le apareció el Apóstol Santiago, que le anunció la victoria segura cristiana gracias a la ayuda de Dios y de él mismo que acudiría al campo de batalla en ayuda del rey cristiano.  Acudió al día siguiente el rey Ramiro al encuentro de las tropas árabes y, en medio de la batalla apareció Santiago cabalgando sobre su caballo blanco, blandiendo su espada de plata contra los moros y matando a más de 70 mil, consiguiendo una gran victoria y acuñar el apodo de “Santiago Matamoros”.  Una gran victoria…. y una gran leyenda. Como la del vuelo del botafumeiro hasta la fuente. La batalla de Clavijo nunca existió y fue creada para atizar la lucha contra los musulmanes tras siglo y medio después de que estos invadieran la Península Ibérica, imponiendo su cultura y religión. Bueno, en realidad la mítica batalla sirvió para algo. Para que los campesinos del norte de Castilla pagaran a partir de entonces un diezmo a la Catedral de Santiago, un impuesto que se conoció con el nombre de “Voto de Santiago”.  Hoy parece que no políticamente correcto reivindicar esa faceta del Apóstol y unos ramos de flores ocultan a los soldados.

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Me sumerjo en estos pensamientos mientras oigo de fondo al sacerdote oficiar la misa dedicada a los peregrinos aunque, a la vista está, pocos hay y la mayoría de los que nos encontramos allí acudimos por curiosidad o por fe. Una misa celebrada a la misma hora en todos las iglesias que se encuentran en el Camino de Santiago, desde Roncesvalles hasta Santiago, un Camino que se inicia con el nacimiento de la leyenda de Santiago misma, que convierte, a partir del siglo X, el lugar donde una estrella fugaz descubrió el sepulcro del Apóstol y que, a partir de ese momento, fue conocido como “Campus Stellae” y convertido en un lugar de peregrinación. Un Camino orientado por la Vía Láctea y que el propio Santiago emplazó a Carlomagno a seguirlo, tal y como dice el Códice Calixtino: “El camino de estrellas que viste en el cielo significa que desde estas tierras hasta Galicia has de ir con un gran ejército a combatir a las pérfidas gentes paganas, y a liberar mi camino y mi tierra, y a visitar mi basílica y sarcófago. Y después de ti irán allí peregrinando todos los pueblos, de mar a mar, pidiendo el perdón de sus pecados y pregonando las alabanzas del Señor, sus virtudes y las maravillas que obró“.

El Códice hace referencia a la leyenda europea, según la cual, Carlomagno fue el primer peregrino del Camino de Santiago y el descubridor del sepulcro. La leyenda española, sin embargo, señala a un eremita llamado Pelayo como el descubridor de la tumba, señalada por la caída de una estrella fugar sobre ella. En el mismo lugar donde el rey Alfonso II el Casto ordenaba la construcción de una iglesia, transformada después en la catedral donde me encuentro. Sea como fuere,  el descubrimiento del sepulcro del apóstol Santiago tiene lugar en un momento en el que los musulmanes controlaban prácticamente todo el territorio peninsular. El apóstol Santiago se convertirá en el guerrero, en el  símbolo de la lucha de los cristianos contra los moros.  En la figura necesaria para la Reconquista.

Ha terminado la misa. Veo a cinco tiraboleiros que se dirigen al botafumeiro. El sacerdote introduce el incienso en él. El silencio se adueña por completo del templo. Contemplo la emoción de todos los presentes y de mí mismo, expectante ante lo que va a ocurrir. Los tiraboleiros tiran de la maroma y el incensario se eleva con determinación. Luego inicia su movimiento pendular a lo largo del transepto. Poco a poco va ganando altura y velocidad, mientras el incienso va creando una nube mientras llena los pulmones de los que nos encontramos allí. El botafumeiro alcanza su máximo recorrido, según dicen, a una velocidad cercana a los setenta kilómetros. Luego inicia un lento descenso. En un viaje de algo menos de cinco minutos el incienso llena toda la atmósfera hasta hacer invisible el botafumeiro. Finalmente, los tiraboleiros le paran y el sacerdote inicia la despedida de los fieles y el final de la misa. Poco a poco, los emocionados fieles van abandonando el templo. Yo aprovecho para sentarme y esperar a que todo el mundo se vaya para regresar a mis pensamientos. Creo que estoy en el mejor lugar para ello. Meditar sobre Santiago en la catedral de Santiago, junto a su figura, junto a sus restos, que según algunos, tampoco son suyos. Junto a su leyenda, convertida en historia. En la historia de España.

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Fuera, tal vez llueva. O tal vez no. Pero, ¿qué más da?

Llover sí que ha llovido desde que en el siglo X se inicia la leyenda del Santiago Apóstol. Una leyenda iniciada siglo y medio después de que los musulmanes invadan la Península Ibérica y vayan imponiendo su cultura y religión, desplazando a la iglesia católica.

Unos cuantos peregrinos son los únicos que han quedado en la catedral tras la misa. Aún queda en el ambiente el olor del incienso que ha esparcido el botafumeiro. Es tarde y decido continuar con la visita mañana. Fuera, el aguacero ha dado paso a una fina lluvia, orballo como dicen aquí, que saluda la llegada de la noche. Antes de ir al hotel me dirijo a la Plaza del Obradoiro, iluminada únicamente por algunos focos del Palacio de Raxoy. La negra silueta de la fachada de la Catedral sobre lo rojizo del cielo aparece como un pétreo fantasma que impresiona, aún más si cabe. Luego, me dirijo al hotel. Las calles de Santiago son un improvisado río. Llego empapado. Mañana será otro día.

Capitulo II

Pues en nuestros días nos ha sido revelado el preciado tesoro del bienaventurado Apóstol, es decir su santísimo cuerpo. Al tener noticia de lo cual, con gran devoción y espíritu de súplica, me apresuré a ir a adorar y veneré tan precioso tesoro, acompañado de mi corte, y le rendimos culto en medio de lágrimas y oraciones como Patrón y Señor de España, y por nuestra propia voluntad, le otorgamos el pequeño obsequio antes referido, y mandamos construir una iglesia en su honor”. (Alfonso II el Casto, año 834)

Me levanto temprano. Miro por la ventana de mi habitación y veo como la fina lluvia no ha dejado caer durante la noche y como en el horizonte empieza a asomar el día. El color del cielo y su contraste con las nubes anuncian una típica mañana de otoño. Quiero aprovechar el día y aprovechar que a primera hora la catedral se encuentra aún ausente de visitantes, escuchar su silencio, que a veces dice más que mil palabras. Sentir la catedral y sumergirme en su universo pétreo.

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Salgo a la calle. La ciudad está aún iluminada por las mortecinas luces de sus calles y soportales. La lluvia nocturna ha convertido las ha convertido en espejos, lo que le da un aspecto muy especial. Camino lentamente por la Ruda do Franco en dirección a la Plaza del Obradoiro. Apenas hay gente en las calles, tan solo los comerciantes que empiezan a preparar sus tiendas. Es sábado y, por lo tanto, se espera que Santiago se llene de visitantes. Aunque llueva. ¿Qué sería de Santiago sin la lluvia? Dos comerciantes están comentando la tremenda tormenta de ayer. Que me lo digan a mí. Esperan que hoy no se repita. Amén.

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Llego a la Plaza del Obradoiro. No me cabe duda que es una de las plazas más bonitas del mundo. El antiguo Hospital de los Reyes Católicos y hoy Parador, el Palacio de Raxoy, el Colegio de San Jerónimo…. y la Catedral de Santiago. Ayer noche, su negra silueta me impresionó. Hoy, con las primeras luces del día iluminando la fachada en su plenitud, maravilla. Recuerdo las palabras de William Shakespeare sobre el hombre, criatura sin parangón alguna por su capacidad e inteligencia y coincidido con él plenamente. El hombre llegó a su plenitud artística de aquella época al construir esta maravilla. Una obra construida también gracias a la leyenda, nacida ochocientos años después de la muerte del Apóstol. Tras el descubrimiento, será el rey Alfonso II el Casto el que, en septiembre del año 834, se convierta en el primer peregrino de la historia y, tras donar esta tierra al obispo, mande construir una capilla encima del sepulcro, al tiempo que nombraba a Santiago Señor y Patrón de España. Tras la capilla se construyó una iglesia y, a finales del siglo XI, en el año 1075, se comenzó a construir la actual catedral, un impresionante templo construido en granito cuyas obras finalizaron en 1122. Desde entonces esta plaza se ha convertido en un lugar de peregrinación, cuyo punto final es la catedral. Es a partir del siglo X cuando la pequeña villa de Compostela comienza a consolidarse como un emergente centro demográfico, administrativo y de intercambio. En los siglos posteriores, XI y XII, se produce el importante desarrollo urbanístico y se consolida  su expansión y su dominio cultural, social, político y, por supuesto, religioso, convirtiéndose en lugar de residencia de la nobleza y de algunas órdenes militares. Será la iglesia la que en el siglo XVI cree la importante Universidad de Santiago, si bien el auge del arrianismo en Europa y la plaga de peste inician el declive de la ciudad.

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Acercándome a la reja de hierro que protege la entrada, miro hacia arriba y la fachada me parece aún más impresionante. Hasta hace poco tiempo, desde aquí los peregrinos subía la escalera de piedra en entraba en la catedral a través del Pórtico de la Gloria, la entrada principal al templo, un pórtico dividido en tres arcos que simboliza el Limbo, el Reino de Dios y el Purgatorio. Es una bellísima obra de arte que emociona a los peregrinos y a todos aquellos que visitan la catedral.

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Está presidido por Cristo Rey  sentado en su Trono de Gloria esperando y dando la bienvenida al peregrino. Este, en su largo periplo hasta llegar aquí, se encuentra con Dios y consigo mismo. Un mensaje en piedra de difícil comprensión para el hombre moderno, más sofisticado y tecnológico, que para el hombre medieval, que no sabía leer pero sí interpretar estos mensajes. Junto a Cristo, el Apóstol recibe a los peregrinos en su nombre y los evangelistas toman nota de sus peticiones y ruego. Hoy, sin embargo, la puerta que da al Pórtico se encuentra cerrada y solo se abre en ocasiones solemnes. La razón, en estos días se cobra entrada para visitar y admirar el Pórtico.

Me dijo a la entrada de la catedral en la Plaza de las Platerías. Cuando voy a subir la escalinata suena el impresionante y sonoro sonido de la campana de la Torre del Reloj, la cual se levanta ante mí. El sonido procede de su campana llamada  “la Berenguela, ya que su construcción, en el siglo XVII, se hizo siendo arzobispo Berenguer Landoira. La impresionante torre se levanta 70 metros de altura y posee un reloj construido en 1831 con la particularidad de que solo posee una aguja, la de las horas, las cuales se escuchan en toda la ciudad.

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Las campanadas me recuerdan la curiosa historia sobre las campanas de esta torre. A finales del siglo X, Compostela fue invadida por el caudillo árabe Almanzor. La ciudad fue arrasada y la antigua basílica prerrománica fue expoliada y quemada, aunque eso sí, el sepulcro del Apóstol fue respetado. Por aquel entonces, la basílica era un pequeño templo con una espadaña lateral y un carillón compuesto de 11 pequeñas campanas. La historia cuenta que Almanzor se llevaba consigo todas las campanas, todas ellas de bronce, que se encontraba en su camino de Córdoba a Compostela. Para su traslado Almanzor utilizó a los prisioneros cristianos. Las crónicas nos cuentan que las campanas grandes se utilizaron después como lámparas de aceite para iluminar la mezquita, utilizándolas boca abajo como es lógico. El resto de las campanas fueron fundidas para construir las puertas de la mezquita. Tras la conquista de la ciudad por el rey Fernando III el Santo, doscientos años después,  fundió el bronce de las puertas de las que habían servido como lámparas y fabricó unas nuevas campanas para la catedral de Santiago, siendo trasladadas por los prisioneros musulmanes en esta ocasión.  Durante la trasformación que se hizo en la catedral en el siglo XVI se levantó una nueva torre, llamada del Reloj, en la cual se instaló una gran campana. Para su construcción se fundieron las once campanas traídas de Córdoba para hacer la nueva, a la que se llamó también “la Berenguela”. La que hoy me ha despertado de mis pensamientos no es la original, la cual se agrietó y fue sustituida por otra nueva fabricada en Holanda. La antigua se puede contemplar en una esquina del claustro de la catedral.

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Finalmente, por la puerta de Platerías entro en la catedral. Apenas unos pocos visitantes a esta hora de la mañana. La entrada al sepulcro está libre y aprovecho para visitarlo. Bajo las escaleras y me encuentro con la urna de plata que supuestamente contiene los restos del Apóstol Santiago. Digo supuestamente, porque la leyenda alcanza incluso a este aspecto tan esencial. Miguel de Unamuno asegura que los restos que contienen este ataúd pertenecen a un sacerdote gallego llamado Prisciliano. Un asunto importante porque, de ser cierta esta teoría, la historia de España habría que reescribirla por completo y todo lo que nos han contado sobre la invasión musulmana de la Península Ibérica sería una falacia, como algunos investigadores, por otro lado, aseguran. Y todo ello porque el tal Prisciliano era el principal defensor del arrianismo, una corriente herética promulgada por Arrio en el siglo IV que defendía la existencia de un solo Dios, negando cualquier otra figura divina, incluida la de su hijo. Tal teoría se conoció como unitarismo. Frente a ella estaba la teoría oficial de la Iglesia Católica, llamada trinitarismo, por sostener la existencia de un Dios verdadero compuesto por tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tras el Concilio de Nicea se impuso la tesis oficial que predicaba el trinitarismo, pero las ideas de Arrio perduraron en el tiempo, y Prisciliano las divulgó en España, hasta que finalmente fue acusado por hechicería y decapitado, algo coincidente con el propio Santiago, mientras sus obras eran quemadas en la hoguera. Pero el arrianismo, o unitarismo, fue la religión seguida por los reyes godos durante mucho tiempo. La creencia de que esta sea la tumba del Apóstol ha sido la razón de que se creara una leyenda y fuera la causa principal de que Santiago de Compostela sea el destino de muchos peregrinos, de todos los rincones del mundo y de todas las religiones. Que sea el símbolo de España, e incluso de Europa.

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España, o Hispania como se la conocía entonces, vivía su propia historia trágica y solitaria, un país aislado del resto de Europa, no ya a causa de sus fronteras naturales, el mar Mediterráneo por el sur y los Pirineos por el norte, tanto por el aislamiento político del régimen visigodo como de la Iglesia hispana, basados en el más puro tradicionalista. La invasión árabe incidía en esa falta de vertebración hispana. Por eso fue tan importante el Camino de Santiago y la implicación en su leyenda del mismísimo Carlomagno. Era la oportunidad de que las corrientes filosóficas, culturales y religiosas europeas acudieran atraídas por la leyenda del Apóstol Santiago a través de los peregrinos que acudían de todos los países y de todas las clases sociales. Reyes, príncipes, duques, nobles, obispos, abades, clérigos, juglares, filósofos, ricos, pobres, mendigos, etc. convirtieron Santiago de Compostela en un destino de peregrinación que rivalizaba con el Santo Sepulcro en Jerusalem y las tumbas de San Pedro y San Pablo en Roma. Fueron muchos los documentos que ensalzaron el sepulcro de Santiago como lugar de peregrinación. El Martirologio de Adón, del año 860 incluía el milagroso hallazgo del Apóstol y el Chronicon Sampiri, en el siglo X, relataba como el papa Juan IX habría pedido a Alfonso III para que fuese consagrada una basílica sobre la tumba de Santiago. Desde Europa se pedía al rey ayuda y donaciones para el nuevo sepulcro y Alfonso III concedió a la nueva basílica de Santiago varias iglesias, monasterios y, dando así comienzo a las numerosas dotaciones y privilegios que los sucesivos reyes cristianos irán haciendo, dando lugar a una basílica de gran riqueza ornamental y artística. El caudillo árabe Almanzor destruyó en 997 la basílica y se llevó las campanas, pero respetó el sepulcro del apóstol. Inmediatamente fue reconstruida, y en 1075 el obispo Diego Peláez puso la primera piedra de la nueva y espléndida catedral románica, que será concluida por Diego Gelmírez. A principios del siglo XII la tradición compostelana en torno al sepulcro de Santiago es venerada por todos los pueblos cristianos. En el siglo XII, en plena Edad Media, fue el de mayor afluencia de peregrinos extranjeros a Santiago. Los cantares de gesta, nacidos muchas veces a lo largo del camino que conduce a Santiago, inmortalizaron el santuario gallego y propagaron la devoción al Apóstol, y los monjes cluniacenses colaboraron en la misma empresa con más eficacia que nadie levantando conventos, hospederías y hospitales en la ruta que seguirán los peregrinos.  Y mientras admiro la extraordinaria urna de plata que  contienen los restos, repaso los acontecimientos que provocaron el descubrimiento del sepulcro, el cual según la Historia Compostelana, escrita a primeros del siglo XII por el arzobispo Gelmírez, tuvo lugar con el obispado Teodomiro, a quien, según esta crónica “unos personajes, varones de gran autoridad le refirieron como habían visto muchas veces de noche unas ardientes luminarias en el bosque y también que un ángel se había aparecido allí frecuentes veces fue él mismo al lugar y vio por sus propios ojos las luminarias. Movido por la divina gracia, entrose aceleradamente en el mencionado bosquecillo y halló en medio de malezas ya arbustos una casita que contenía en su interior una tumba marmórea  pasó sin dilación a verse con el rey Alfonso el Casto y le notifico exactamente el suceso. El rey vino y restaurando la iglesia en honor de tan gran Apóstol, cambió el lugar de la residencia del obispo de Iría por este que llama Compostela. Sucedió todo esto en tiempos de Carlomagno“.

Las dudas sobre la pertenencia de los restos que se guardan en esta urna  surgen desde el momento mismo de su descubrimiento en el siglo IX. Durante la época visigoda existían en Mérida unas reliquias de santos, entre las que se encontraban algunas de Santiago, las cuales coincidían con otras que se encontraron posteriormente en Compostela, las cuales habían sido trasladadas para protegerlas de la invasión árabe y evitar su expolio. A finales del siglo VIII, El Beato de Liébana en sus Comentarios del Apocalipsis la hipótesis expuesta en el Breviarium apostolorum, sobre la misión evangelizadora de Santiago en España: “Regens Iohannes dextra solus Asiam, eiusque frater potitus Hispaniam” y presentaba al santo como patrón y protector de los españoles, al tiempo en el que señalaba el un mapa el lugar donde se encontraba la cabeza del Apóstol, en la región de Gallaecia: “Caput refulgens aureum Hispaniae tutorque nobis vernulus et patronus”. Aquellas palabras del Beato llevaron a los compostelanos a reivindicar la pertenencia a Santiago de los restos encontrados. El  Breviarium Apostoloum  hablaba de “Iacobus filiuos Zebedaei Spaniae Occidentalia loca praedicat, et sub Herodis gladio caesus occubuit, sepultusque est in Achaia marmorica”, lo que viene a decir que el hijo de Zebedeo predicó el evangelio en Occidente y en España y fue sepultado en Achaia Marmórica. Pero, según Los Hechos de los Apóstoles, Santiago fue decapitado y murió en Jerusalén, de lo que se intuye que sus restos fueron trasladados hasta este lugar denominado Arca Marmárica. El obispo de Jerusalén, llamado León, publica en el año 500 una epístola en la que relataban que el cuerpo sin vida de Santiago había viajado en una barca sin rumbo y guiada únicamente por la mano de Dios hasta la desembocadura del río Ulla tras siete días de navegación, Allí, los discípulos sacaron el cuerpo de la barca y lo colocaron sobre una gran losa, que se transformó en un sepulcro, siendo transportado por una carreta tirada por bueyes hasta un lugar llamado Pico Sacro, donde depositaron el cuerpo en un arca de mármol, o “Arca Marmárica”, construyendo sobre él una pequeña iglesia.  La epístola concluye pidiendo a los fieles que acudan a aquel lugar a venerar al santo. En el siglo XVI, el pirata inglés Francis Drake desembarca en La Coruña con intenciones propias de su espíritu, es decir el saqueo. Para proteger las reliquias del santo, el obispo de Santiago ordena que con urgencia se construya un lugar donde esconder el sepulcro, en el lugar donde se encuentra ahora. Escondite que permaneció oculto a todos hasta que en el siglo XIX se realizaron unas excavaciones y bajo el altar mayor se encontraron los restos óseos de tres personas distintas, que se atribuyeron a Santiago y a los dos discípulos que trasladaron su cuerpo desde Jerusalén, Atanasio y Teodoro. En las mismas se descubrieron los cimientos del sepulcro primitivo, la mencionada “Arca marmárica”, con restos de un altar que constaba de una losa lisa sobre un fuste de piedra también liso.

Una señora mayor interrumpe mis pensamientos y, sentándose frente al altar, reza ante la tumba del Apóstol. Otras personas bajan al sepulcro. Salgo de allí preguntándome si ellos conocerán todo esto.

O mejor aún. Si les preocupará.

Capitulo III

 “¡Oh, gentes! ¿Hacia dónde vais a ir si el mar está detrás de vosotros y el enemigo frente a vosotros? No os queda luego más que, por Allah, la sinceridad [de vuestra intención] y la resignación. Cuidaos, cuidaos de no conformaros con los bienes terrenales, no os resignéis a la ignominia y no os rindáis y anhelad lo que os proporcione de inmediato el honor y os libre del desprecio y la humillación además de aquello que os garantice la [futura] recompensa del martirio”.  (Tariq b. Ziyad)

El Apóstol Santiago está presente en todos los lugares de la catedral, en todos los lugares de la ciudad, en toda España. Su logotipo, la estrella amarilla sobre fondo azul, los mismos colores que la bandera de Europa, señala el camino de Santiago. Un camino que recorrió él mismo cuando, siempre según la leyenda, vino hasta la tierra denominada por los romanos “Finis Terrae”, o Finisterre, en los primeros años de la cristiandad para predicar el Evangelio, misión que no tuvo demasiados discípulos y volvió a su lugar de origen, Jerusalén. Lo más destacado de su viaje fue la aparición de la Virgen del Pilar al Apóstol en Cesaraugusta en el año 40, para bendecirle en su labor pastoral en Hispania. El resultado fue que Santiago y sus discípulos comenzaron a construir en ese lugar una iglesia que luego se convertiría en la Basílica del Pilar.

Ejecución de Santiago.
Ejecución de Santiago.

Cuando regresó a Palestina, en el año 44, el emperador Herodes Agripa ordenó su detención como consecuencia de la persecución contra los cristianos. Santiago fue torturado y posteriormente decapitado, prohibiendo que su cuerpo fuera enterrado y quedara a merced de las alimañas. Sin embargo, una noche, dos discípulos suyos,  Atanasio y Teodoro, trasladaron en secreto el cuerpo y la cabeza y lo metieron en una sepulcro de mármol para luego subirlo a una barca que viajó desde Jerusalén atravesando todo el mar Mediterráneo y el Océano Atlántico hasta llegar a la desembocadura del río Tambre, donde remontó la corriente hasta llegar a Iria Flavia (Padrón), navegando a merced de los elementos al no tener la barca timón alguno. Dos discípulos que habían viajado con él enterraron en un cementerio cercano su cuerpo, Y allí permaneció hasta que el eremita Pelayo lo descubrió.  Desde este momento, nacerá la leyenda que servirá para iniciar un largo periodo de Reconquista y expulsión de los árabes en España varios siglos después.

Traslado de su cadaver
Traslado de su cadáver

El museo de la catedral de Santiago recuerda escenas de la leyenda de Santiago. Situado en el palacio de Gelmírez, consta de varias esculturas, cuadro y grabados que escenifican los hechos más destacados del santo. Desde su misión evangelizadora, hasta su embarco póstumo, pasando por la decapitación. También un cuadro recuerda la aparición de la Virgen del Pilar. Por supuesto, el recuerdo a la batalla de Clavijo también tiene un lugar en el museo. Y varias esculturas muestran que las expresiones artísticas del Apóstol han servido para demostrar su importancia y simbolismo. No en vano su figura es clave en la historia de España.

La conquista islámica de la Península Ibérica es uno de los hechos más importantes de la historia de España. Y sin embargo, la característica principal de este episodio es la ausencia de crónicas y documentos. Tan solo existen cronistas medievales, tanto cristianos como árabes, que nos describe el hecho en si de la conquista, cada uno con su argumento, pero sin adentrarse en las causas de la misma. Las crónicas árabes pertenecen al siglo IX, algo más de un siglo después de producirse la conquista, mientras que las crónicas cristianas son anteriores, como por ejemplo la anónima Crónica Mozárabe del año 754, única crónica del mismo siglo que la conquista, aunque narra unos hechos producidos algo más de cuarenta años antes.

Tanto las crónicas cristianas como las árabes se caracterizan por introducir elementos sobrenaturales y milagrosos en sus respectivos relatos, aunque de manera distinta en cada caso. Así, las cristianas inciden en un carácter marcadamente religioso, que incluye la participación directa en los hechos de santos y vírgenes como mensajeros de Dios. Un ejemplo de ello es la batalla de Clavijo.  La invasión es fruto del castigo divino contra los reyes visigodos a causa de sus pecados y modo de vida corrupto. Para los árabes vinculan la conquista a la providencia, pero en forma de profecía, como aquella en la que al último rey godo, Rodrigo, le fue revelada la conquista musulmana, como cuenta la Leyenda de la casa de los  candados de Toledo. Según la cual, Hércules construyó un palacio en Toledo, ocultando en él las desgracias que amenazaban a España. Tras cerrarlo con un candado, ordenó a cada rey que no abriera la puerta y que cada uno añadiera un candado nuevo, hasta que Rodrigo, víctima de su curiosidad y ambición, abrió los candados y entró en el palacio. Allí, en una cueva, descubrió un arca de madera que, al abrirlo, contenía un papiro con imágenes de soldados árabes tocados con turbantes, portando arcos y ciñendo espadas y cimitarras junto con una leyenda escrita que decía: “Cuando se abra esta casa y se penetre en ella entrarán en este país aquéllos cuyos atributos y descripción es ésta y la poseerán y se harán con ella”. Aquella profecía no tardó en cumplirse. Estas profecías son las características principales de las crónicas árabes.

La visión cristiana de la invasión musulmana de la Península Ibérica incide principalmente en que la misma se produce como castigo divino que Dios envía contra los reyes visigodos por sus pecados y sus luchas a causa de la cuestión sucesoria, especialmente en las crónicas del siglo IX, ya que la mencionada Crónica Mozárabe de 754 solo describe la llegada de los musulmanes, registrando los hechos pero sin mencionar causa alguna de ello., lamentando, eso sí las consecuencias de la invasión.

También existe alguna crónica cristiana más allá de nuestras fronteras, como la de San Bonifacio, escrita en el año 818 en el monasterio aquitano de Moissac, que responsabiliza de la invasión árabe al penúltimo rey visigodo, Witiza. La crónica analiza los siete años de su reinado y lo califica de desastroso y lujurioso, contaminando a los nobles y sacerdotes de la época, lo que provocó la ira de Dios contra los godos. Una especie de Sodoma. En la Crónica Mozárabe, sin embargo, la imagen de Witiza es radicalmente distinta y describe una época de esplendor y prosperidad. Coincidiendo con la Crónica de Moissac, las Crónicas, Albeldense, la Profética y la de Alfonso III también acusan a los reyes godos de la invasión, debido a sus pecados, siendo la de Alfonso III la que describe con mayor profundidad la depravación moral del rey godo Witiza. Por un lado; su lujuria, lo que le llevó a poseer varias esposas y concubinas; por otro, su enfrentamiento y disputas con la Iglesia y su permisibilidad con los judíos, lo que produjo la perdición, tanto moral, como política. Es interesante tener en cuenta que estas crónicas se desarrollan en el siglo IX, cuando la iglesia católica unitaria ha comenzado la cruzada contra los musulmanes y culpabiliza de la invasión a los reyes godos partidarios del unitarismo, como Witiza, muy enfrentado a la iglesia oficial.

Crónicas cristianas posteriores, como la Silense, del siglo XII, inciden en la responsabilidad de Witiza y en su inmoralidad e inquinidad, llegando a acusarle de asesinar al padre de Rodrigo, razón que moverá a este a luchar contra sus hijos, quienes, a su vez, pidieron ayuda a los musulmanes. Todo ello serán las causas de la decadencia de la monarquía goda y el castigo divino: la pérdida del reino. Todas estas crónicas aparecidas en esta época subrayan, por un lado, la culpabilidad de los partidarios de Witiza; y por otro, la legitimidad de Rodrigo como rey dispuesto a luchar contra esta corrupción y contra los moros. En contraste con la visión cristiana, las crónicas árabes destacan que el acceso al trono por parte de Rodrigo se hace por la fuerza y no lo consideran un rey legítimo al no ser de estirpe real ni noble. La Crónica de Alfonso III subraya que Rodrigo fue nombrado rey siguiendo la costumbre electiva de la monarquía goda, en contraste con Witiza, quien rompió esta regla al nombrar a su hijo por la vía hereditaria. La Crónica Silense señala que Rodrigo sí era de estirpe real, al ser hijo de Gaudefredo, de mayor linaje que Witiza.

Nada de esto aparece en el Códice Calixtino que tengo ante mis ojos, aunque su contenido está todo relacionado con el Apóstol. Este códice narra en su capítulo IV el descubrimiento de la tumba de Santiago, aunque apartándose de la leyenda hispana, ya que atribuye tal descubrimiento a Carlomagno, a quien el propio Apóstol le reveló el lugar exacto de su tumba y el camino a seguir, siguiendo la ruta de la Vía Láctea. El quinto libro describe el Camino en si, como si de un libro de ruta se tratara, describiendo detalladamente los lugares que el peregrino debe visitar y los peligros que encontrará a su paso. También contiene una descripción de Compostela. No está nada mal para un manuscrito del siglo XII. Este códice fue determinante para impulsar el Camino de Santiago. Los monjes benedictinos de Cluny, cuya abadía era el centro religioso cristiano más importante de entonces, lo redactaron y los reyes españoles que mantenían los reinos del norte de España a salvo de los musulmanes construyeron puentes, caminos, hospitales y lugares donde pudieran descansar, además de hacer donaciones de tierras y en especie para favorecer la construcción de iglesias y monasterios. El objetivo principal del Camino era, por un lado, la peregrinación religiosa a la tumba del santo desde todos los lugares de Europa y favorecer el crecimiento y desarrollo religioso y cultural que evitara la expansión del Islam; y por el otro, expandir el cristianismo a lo largo de toda la ruta para preservarlo de la ese mismo Islam.  En la misma medida, el Camino fue protegido por los Templarios, cuya misión era garantizar la seguridad de los peregrinos y la protección de los lugares de los sarracenos, tal y como venían haciendo en las peregrinaciones a  Jerusalén. Esta Orden, de doble carácter religioso y militar, recibió importantes donaciones y el Camino está lleno de monasterios, iglesias y castillos, así como de multitud de símbolos templarios, esculpidos en la piedra y situados estratégicamente, como si señales de tráfico se trataran. Cada uno de ellos contenía un aviso o mensaje que los peregrinos interpretaban perfectamente. Los templarios ayudaron a los reyes cristianos en muchas batallas contra los árabes hasta su final en el siglo XIV, cuando el papa Clemente V emite la bula Papal  y disuelve la Orden. No fueron los templarios los únicos monjes que participaron en batallas y ayudaron a los peregrinos. La Orden de Santiago también participó en las campañas contra los moros, protegiendo las fronteras cristianas.

Regreso a la catedral y me siento en un banco. Es la hora de mayor afluencia y los peregrinos se mezclan con los grupos de turistas, aunque es fácil distinguir unos de otros: las mochilas delatan a los caminantes. Los guías turísticos hablan y hablan y señalan y señalan, mientras el grupo escucha y escucha con cara de sorpresa. Los hay de todos los idiomas. Me pregunto si habrá algún guía que se atreva a contar algo más que la historia oficial.

Imagino que no.

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Me sumerjo de nuevo en el universo de la catedral. Allá arriba, en lo más alto del altar está Santiago con su espada en ristre. La distancia parece haber ha salvaguardado su figura y adivino que no ha sido censurada su leyenda de matamoros. Más abajo, su sagrado busto va recibiendo cada día cientos de peregrinos y visitantes que lo abrazan y, me imagino, le harán alguna promesa o algún ruego. El dulce rostro de Santiago  no tiene el aspecto de alguien que mató en un día miles de sarracenos, como dice la leyenda de Clavijo. Mientras le miro, me acuerdo de la frase de Enrique Jardiel Poncela: “La Historia es, desde luego, exactamente lo que se escribió, pero ignoramos si es exactamente lo que sucedió.”

En efecto, la historia se construye muchas veces con las dosis justas de leyenda para magnificarla, y a veces para cambiarla, ya que la realidad es a menudo más cruda, o simplemente distinta.  El tiempo se encargará de borrar toda huella de la verdad. Tras las grandes conquistas, tras las grandes batallas muchas veces se esconde realidades cruentas que luego la leyenda convierte en épica.  Muchos héroes, cuyas grandes gestas han sido cantadas por juglares y trovadores y se han mantenido vivas durante siglos, han sido poco más que mercenarios al servicio de aquellos que pagaron su tiempo y su espada. Y ¿qué decir de las grandes batallas de la historia ganadas gracias a la intervención divina de algún santo o santa? Nuestra historia, la de España, está llena de ellas.

La Historia es, desde luego, exactamente lo que se escribió, pero ignoramos si es exactamente lo que sucedió”. La frase de Enrique Jardiel Poncela suena en mi cabeza cuando las campanas de la basílica me devuelven a la realidad.

La historia….

Capítulo IV

“Algunos caballeros, amigos y enviados de Dios, renunciaron al mundo, se consagraron a Él y se comprometieron por su fe ante el patriarca de Jerusalén a proteger los caminos y desfiladeros más peligrosos y a defender a los peregrinos contra los bandidos y, sin renunciar a sus hábitos profanos, a observar estrictamente la regla de los canónigos regulares del Santo Sepulcro”. (Jacques de Vitry, obispo de Acre, 1118)

Paseo por las calles de Santiago. La lluvia ha dado paso a una tarde agradable, estupenda para pasear, para visitar caminando tranquilamente y sumergirse en sus calles y plazas. Sus plazas. La del Obradoiro es la más conocida y famosa, pero no la única. Platerías, Azabachería, Quintana… etc.

Plaza de Quintana
Plaza de Quintana

La plaza de Quintana es una de las más curiosas que he conocido. A pesar de las varias veces que he estado en Santiago, sigue sorprendiéndome esta plaza. Está dividida en dos niveles: el inferior, se denomina la Quintana de Mortos, llamada así  fue lugar de enterramiento hasta 1780, cuando por razones sanitarias se trasladó al  cementerio. La parte superior de la plaza, a la que se accede por una escalinata, se llama  la Quintana de Vivos. A la derecha, se levanta el  imponente muro del Monasterio de San Paio de Antealtares, fundado por  Alfonso II en el siglo IX para custodiar el recién descubierto sepulcro del Apóstol.  La plaza está presidida la torre del Reloj de la catedral, visible desde cualquier punto de la ciudad. Aquí, cada 31 de diciembre se congregan los compostelanos para recibir el año nuevo, bajo las campanadas de “La Berenguela”. Junto a la torre se abre el Pórtico Real, lugar de salida de las procesiones litúrgicas. En la parte inferior se encuentra la Casa da Conga, un edificio barroco construido en el siglo XVIII para viviendas de los canónigos de la catedral. En la parte superior de la plaza encontramos la Casa de la Parra, construida en el siglo XVII.

Plaza de Quintana
Plaza de Quintana

Contemplando esta inmensa e impresionante plaza de piedra, me doy cuenta de la importancia que la arquitectura relacionada con el Apóstol. Santiago de Compostela es un buen ejemplo de ello. Como el propio Camino. Tras descubrirse su sepulcro, se inicia un camino de carácter religioso e iniciático de cientos de kilómetros en los que, a lo largo del tiempo, se fueron construyendo edificios y elementos arquitectónicos para el auxilio de los peregrinos y que además orientara a estos de las circunstancias del camino. Santiago, junto con Jerusalén y Roma se convirtió en un lugar de peregrinación que atrajo a miles de personas, una especie de viaje hacia la tierra prometida para encontrarse con Dios, o consigo mismo. Marca la frontera entre el cristianismo y musulmán, o mejor dicho, entre Europa y el mundo árabe. El objetivo del camino es que la lucha entre ambas culturas se decante del lado cristiano. De ahí que la labor de los templarios y de los caballeros de Santiago sea proteger a los peregrinos cristianos y el propio camino de la invasión, la frontera de Europa.

El descubrimiento de la tumba de Santiago provoca que, desde los siglos X a XII, el norte de la Península Ibérica conozca un importante auge económico, social y, por supuesto, de afirmación católica. Y como tales, tienen lugar las construcciones de monasterios, iglesias, castillos, puentes y caminos de diferentes estilos arquitectónicos, románicos, al principio y góticos al final. Y esta magnífica plaza de Quintana que estoy contemplando es el ejemplo de todo esto, de la necesidad de crear una ciudad que se convierta en ese lugar de encuentro del hombre europeo, de la cultura occidental, casi como único freno a la expansión islámica. La creencia de que la cultura sea un arma más contra para utilizar contra una invasión que amenaza con traspasar los Pirineos.

Santiago está construido como lugar de encuentro de los peregrinos, para que estos se encuentren con Dios. Es un camino iniciático, compuesto de etapas que han de ir cubriendo cada uno de ellos para que el hombre esté preparado para ese encuentro, como la vida misma. Al visitar el Pórtico de la Gloria, las imágenes y símbolos en piedra contenían esos mensajes, que si bien están ocultos para el hombre moderno, no lo estaban para el peregrino medieval. Y no lo estaba porque a lo largo del Camino los ha ido conociendo e interpretarlos. Como digo, es un camino iniciático.

Monasterios, iglesias, hospitales, albergues, etc. forman parte de ese aprendizaje que el viajero lleva a cabo. Serán los llamados Maestros Constructores lo que esculpirán el camino de piedra, maestros que recogerán las indicaciones precisas para hacer su trabajo y que tenían conocimientos de esoterismo y simbología iniciática. Los Templarios tuvieron una gran importancia en relación al Camino y prueba de ello son las construcciones templarias que encontramos en él. Y ellos encargaron a este gremio de constructores muchas de estas construcciones.  Son tiempos de los alquimistas en busca de la piedra filosofal y los templarios no son ajenos a ello. Buscan el ideal humano a través del conocimiento para que todo aquel que llegue al final esté preparado para su encuentro con Dios. Por eso en muchos lugares encontramos la pata de oca tallado en la piedra, en la fachada de muchos edificios del Camino. La oca también es un animal guía, sagrado para los antiguos celtas. Incluso adaptan el juego de la Oca como hoja de ruta del Camino y lo utilizan para que los peregrinos conozcan cada una de las etapas del mismo. Así, el puente. Existen tres puentes a lo largo del Camino de Santiago: Puente la Reina y Órbigo. El Laberinto simboliza a Ponferrada, por ser un lugar donde se perdían los peregrinos. Lo mejor y más sencillo es viajar de oca a oca, es decir, los monumentos templarios, donde el peregrino estará seguro.

No cabe duda que la presencia y participación de los caballeros templarios ha dado lugar a dotar al camino de un halo de misterio y a un carácter esotérico del mismo que ha servido para acrecentar, aún más si cabe, la leyenda en torno a este. Su simbolismo iniciático podemos verlo en los sillares de piedra y en la iconografía de las construcciones construidas a lo largo del Camino. La ubicación de muchas de estas edificaciones, especialmente las de carácter religioso, se elegía conforme a criterios basados en la cosmovisión del sabio medieval y la tradición ancestral, de carácter céltico. Así, los templarios situaban sus templos sobre puntos de energía telúrica o en siguiendo alguna alineación cósmicas. Sus conocimientos sobre el arte de la guerra, la naturaleza, la navegación, la construcción, la medicina, la astrología, la cábala o la alquimia fueron notables, aunque hasta la publicación de Codex Templi no se les haya concedido la importancia que merecen

Y la concha de viera. El símbolo que los peregrinos llevan colgado de su cuello o sobre su sombrero. Antiguamente, cuando los peregrinos llegaban a Santiago de Compostela, se les entregaba un pergamino, que les confirmaba como tales y se les colocaba sobre su sombrero y capa la concha de vieira, que demostraba su estancia en Santiago, al regreso a sus pueblos de origen. La concha simboliza del cambio espiritual operado en el peregrino. La forma de concha de viera también se encuentra en el símbolo que encontramos a lo largo del Camino de Santiago. Una estrella amarilla en forma de contra sobre fondo azul que simboliza el Camino de las Estrellas, la Vía Láctea que dirigía al peregrino, como anteriormente orientaba a aquellos que se dirigían hacia “Finis Terrae”, hacia el fin del mundo

En realidad, el final del Camino no es la ciudad compostelana, sino el lugar donde se pone el sol, el mar. Es el simbolismo del Apóstol el que traslada el final donde supuestamente se encuentra su tumba. Por eso la viera que recogían los antiguos peregrinos al llegar a mar como prueba de su viaje hasta ese lugar fue adoptada como símbolo por el cristianismo. La concha era en las culturas antiguas el símbolo del encuentro con la diosa madre, con Venus, que significa la transformación, la resurrección, el renacimiento del hombre. Además, la concha tiene forma de pata de oca, lo que le da un carácter iniciático.

Plaza de Platerías
Plaza de Platerías

Algo más abajo, llego a la Plaza de las Platerías. Si la de Quintana sorprende por sus dimensiones y sobriedad, esta lo hace por su riqueza artística y sus elementos ornamentales. Compartiendo con la plaza de Quintana la Torre del Reloj, la plaza contiene en el centro una fuente, llamada de los Caballos, de los cuales mana agua de sus bocas, a la que se accede bajando la escalinata. Esta plaza debe su nombre a que, desde la Edad Media, aquí se encontraban los talleres de orfebrería, que aún hoy y existen bajos los soportales del claustro. Esta plaza fue levantada a principios del siglo XII, aunque tuvo que ser reconstruida años más tarde cuando un sector de la población compostelana se rebeló contra el arzobispo Gelmírez.

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En lo alto de la escalera se encuentra la llamada Puerta del Paraíso, en el que existe una rica iconografía. Por esta puerta salían los peregrinos una vez purificada su alma. El centro de la misma  lo ocupa una figura de Cristo, a cuyo lado está Santiago. En los portales, el tímpano de la izquierda representa la tentación de Cristo; el de la derecha, escenas de la Pasión: el juicio de Pilatos, la flagelación y la traición de Judas. Otras figuras como el rey David y la creación de Adán decoran los muros laterales. El portal de Platerías se encuentra adosado al claustro y contiene medallones renacentistas con escenas inspiradas en la tradición jacobea, como el traslado de sus reliquias o su transfiguración en guerrero. Tras la Fuente de los Caballos se encuentra, cerrando la plaza, la Casa del Cabildo, decorada con motivos geométricos típicos del barroco compostelano. A su izquierda, en el comienzo de la Rúa do Vilar, se halla la Casa del Deán, casa-palacio del siglo XVIII, y que sirvió de hospedaje de los obispos que visitaban la ciudad. Ahora funciona en ella la Oficina del Peregrino, en la que se expide la Compostela, el certificado que acredita el sentido cristiano de su peregrinación. También de estilo barroco compostelano es la fuente formada por cuatro caballos, por encima de los cuales se alza un pedestal con el Arca Marmárica, que según la leyenda era el arca donde fueron recogidos los restos del Apóstol,  rematado por una figura femenina con el brazo alzado sosteniendo la estrella de Compostela. La estrella es el símbolo de la ciudad, la “Campus Stellae” basada en la estrella que señaló a Pelayo el lugar donde fue encontrado Santiago, según la leyenda hispana, aunque también la estrella simboliza el camino de estrellas que conduce al Apóstol, la Vía Láctea que, según la leyenda europea, señaló el propio Santiago a Carlomagno.

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Termino mi visita en Santiago de Compostela con una visión muy clara de la leyenda del Apóstol y la importancia de este para la Historia de España, aunque con muchas dudas sobre la veracidad de todo. Son tantas las incógnitas que vienen a mi mente. A mi memoria vienen las versiones que algunos historiadores han escrito y que cuestión la historia oficial. Para ellos, el Islam no invadió la Península Ibérica de forma cruenta y que no necesitaron imponer su cultura, sino que esta se unió a la existente, creándose un mestizaje cultural y social  de gran esplendor y un ejemplo de convivencia entre tres culturas: cristiana, árabe y judía, como puede apreciarse claramente en muchas ciudades españolas. Las supuestas masacres y actos violentos contra aquellos que no adjuraban de sus creencias y no abrazaban el islamismo son, para estos mismos investigadores, invenciones de la Iglesia católica para provocar la recuperación de la Península y justificar la guerra santa contra el Islam. Esa misma iglesia que había provocado la invasión a causa de sus luchas internas, en la que los reyes godos fueron sus brazos ejecutores. Esa es la razón por la que ignoramos lo que sucedió durante los siglos anteriores a la invasión y las crónicas, de uno y otro lado, solo aparezcan ciento cincuenta años después de la misma, con el nacimiento de la leyenda del Apóstol Santiago como primer capítulo de la nueva Historia de España.  Esa historia que nos cuenta que unos miles de soldados musulmanes venidos del desierto que cruzaron el estrecho de Gibraltar y conquistaron y sometieron contra su voluntad, en apenas quince años,  a los veinte millones de hispanos que vivían entonces en la Península, durante setecientos años. Y las crónicas existentes, tanto cristianas como árabes, justifican todo ello con leyendas y profecías. Un rey curioso que rompe un candado en una casa de Toledo y un conde que defiende el honor perdido por la violación de su hija.

Batallas imaginarias, victorias imposibles, hechos asombrosos, héroes, mártires, santos, vírgenes, han llenado páginas de épica cuestionadas por la lógica. Para unos, los hispanos, porque era necesario transformar la realidad de su fracaso social y religioso; y para los otros, los árabes, porque justificaban la gloria de su fe.

He abandonado Santiago bajo un sol resplandeciente, aunque el horizonte avisa tormenta. Mientras espero en el aeropuerto la salida del avión, los nubarrones descargan un intenso aguacero. Ojeo una revista que casualmente incluye un reportaje de los monumentos árabes en España, el rico legado artístico y cultural que heredamos tras ochocientos años de convivencia. Córdoba, el inicio de Al-Andalus; y Granada el final de la dinastía nazarí.

Capítulo V

“Por el alejamiento de los tiempos, por la ignorancia y la pasión religiosa, el trozo del pasado que ha visto al Islam propagarse por las orillas del Mare Nostrum ha sido sepultado como una ciudad antiquísima, bajo unos escombros imponentes, un alud de mentiras, de leyendas, de falsas tradiciones. De acuerdo con una interpretación primaria de la actividad humana, se había concebido la expansión del Islam, no como el fruto de una civilización, sino como el resultado de unas conquistas militares sucesivas y fulminantes”. (Ignacio Olague. La Revolución Islámica en Occidente)

Mil setecientos años más tarde, me siento ante mi ordenador y comienzo a escribir:

Año 711, en el mes de Ramadán de la Hégira, el ejército musulmán, al mando del general Tarik,  cruza el estrecho de Gibraltar y derrota a las tropas visigodas…..”

No. La historia de la invasión musulmana se produce varios siglos antes. Empecemos, pues, por el principio.

Año 325.  Constantino  I el Grande, como emperador  del Imperio romano convoca el concilio en Nicea con el fin de unir las diferentes teorías teológicas entre el presbítero Arrio y el papa Alejandro de Alejandría para conseguir la paz total de la Iglesia.  Constantino se ha ido caracterizando por su permisibilidad con los cristiano, permitiéndoles su culto y acabar con sus persecuciones. Le preocupa las divisiones de la Iglesia y quiere unificarlas.  Por un lado, los llamados unitarios o arrianos, seguidores de Arrio, que sostenían que Jesús fue la primera criatura creada por Dios y era hijo de este, por lo  que negaban que el Hijo fuera igual al Padre, al no poder ser considerado como Dios en si mismo, negando su resurrección en la cruz. Por otro lado se encuentran los trinitarios, que defendían la teoría oficial de la iglesia católica, predicada por San Pablo, que sostenía la existencia de un Dios verdadero compuesto por tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

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Constantino presidiendo en Concilio de Nicea

Ahora,  Tras el concilio, se impuse  el dogma de la Trinidad, convirtiéndose en la religión oficial cristiana y se declara el arrianismo como herejía y  la excomunión de Arrio. Constantino ordena el destierro de los arrianos y la quema de todos sus libros, si bien más tarde suavizó su postura con respecto a Arrio. El arrianismo pervivió entre los godos y otros pueblos germánicos, y sus teorías furos propagadas de forma oral, como sermones y cantos, por lo que su mensaje se mantuvo en el tiempo.  Arrio murió en extrañas circunstancias en 336, en la víspera del día en que iba a ser readmitido en la comunión de la Iglesia.

Un enfrentamiento al que no fue ajeno Hispania. Alrededor del año 379 llega a Gallaecia, procedente de Francia,  un sacerdote gallego llamado Prisciliano que predica el rechazo de la Iglesia oficial y la riqueza de las jerarquías, lo que le  convierte en el principal defensor de las ideas de Arrio.  Prisciliano era un hombre culto, cuyas obras fueron, al igual que las de Arrio, quemadas por la Iglesia. Su defensa del carácter unitario de Dios se convirtió en una amenaza para la iglesia oficial, temerosa de que sus teorías se propagaran entre el clero español.  En el año 385 Prisciliano tiene que acudir a la ciudad italiana de Tréveris para defenderse de las acusaciones hechicería y de práctica de rituales mágicos que incluyen danzas nocturnas, el uso de hierbas abortivas y la práctica de la astrología cabalística. El juicio fue una farsa de falsas acusaciones contra él, aunque confesó su culpabilidad tras ser torturado,  siendo condenado por hereje y posteriormente degollado, en nombre de la Iglesia Católica por un tribunal secular. Es este Prisciliano el que asegura el insigne escritor Miguel de Unamuno que está enterrado en el sepulcro de Santiago, algo que tampoco se puede probar.

Pero al igual que la muerte de Arrio no acabó con sus ideas en Europa, la de Prisciliano  sirvió para la expansión de las teorías unitarias, hasta el punto que, en el año 466, llega al trono visigodo el rey Eurico, un fanático del arrianismo y muy beligerante con la Iglesia trinitaria.

Ataúlfo, Sigérico, Walia, Teodorico I, Turismundo, Teodorico, Alarico, Gesaleico, Amalarico, Theudis, Theudiselo, Agila, Atanagildo, Liuva, Atanagildo, Witérico, Gundemaro, Sisebuto, Recaredo II, Suínthila, Sisenando, Khíntila, Tulga, Chindasvinto, Recesvinto, Wamba, Ervigio, Egica, Witiza y  Rodrigo. Todavía recuerdo la lista, la famosa lista de los reyes godos que todos teníamos que aprender en la escuela. No sé por qué. Porque apenas aprendimos algo de los godos. La recitábamos de memoria, como la tabla de multiplicar y poco más. Pero mi curiosidad por conocer los acontecimientos que marcaron esta época de la historia de España durante trescientos años me llevaron a buscar fuentes históricas.

Un reino Visigodo proclamado por el rey Eurico en el año 476 tras la caída del Imperio Romano, y que llegarán desde su capital, en Toulouse, hasta la Península Ibérica cuando se vieron obligados a abandonar sus territorios de la Galia al ser derrotados por los francos. Irán ocupando poco a poco la Península y establecerán la capital en Toledo, en una época en el que el poder bizantino se encontraba establecido en Levante y pugnaba por volver a recuperar el perdido Imperio Romano, amenazando el incipiente reino visigodo.

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Agila

Agila I. Un rey que representa con bastante fidelidad la primera etapa del reino visigodo en España. Un rey elegido por los nobles arrianos que padeció una fuerte oposición por parte de los nobles hispanorromanos, o cristianos, en una época en que aún los godos no dominan por completo la Península, al estar los suevos instalados en el noreste. Accede al trono en el año 549 tras el asesinato de su antecesor, el rey Teudiselo, por los nobles que luego apoyaron al nuevo rey.  Agila se tendrá que enfrentar, apenas un año después, a un revuelta en Córdoba provocada por los partidarios del anterior rey, aunque Isidoro de Sevilla narra que el rey visigodo profanó la tumba cordobesa del mártir Acisclo como ataque a la Iglesia católica, lo que contribuyó a la rebelión, lo cual le reprocha, y que es un hecho poco corriente dentro de la tradicional tolerancia de los reyes arrianos con el catolicismo. Es posible que fuera esta profanación la que motivara la revuelta. Agila pierde la batalla, a su propio hijo y el tesoro real, teniéndose que retirar a Mérida, entonces capital de Lusitania. La inestabilidad y la incapacidad del rey provocan el alzamiento de Atanagildo desde Sevilla y la consiguiente guerra civil. Es en el año 551 cuando Atanagildo, pese a que está apoyado por los cristianos y los nobles decepcionados con Agila, solicita la ayuda del emperador bizantino Justiniano, el cual ve la oportunidad de recuperar su influencia en Hispania. Desembarca en Málaga con un pequeño ejército en dirección a Sevilla. Justiniano estará en la Península Ibérica hasta que en el año 625 el rey godo Suintila expulsa al Imperio Bizantino.

Detengo mi trabajo. La historia se repite, sobre todo cuando se juega con ella, cuando se ignora, o se pretende ignorar. Es una constante, su venganza cuando la suerte de un Estado, de un reino, de una cultura se echa a los dados. “Dios no juega a los dados”, decía Albert Einstein, refiriéndose a que todo lo que ocurre en nuestro mundo, en nuestra vida cotidiana, no sucede casualmente desde el punto de vista científico o lógico. Tampoco la historia juega a los dados. El problema es cuando los gobernantes lo hacen. La historia es muy cruel con ellos.

Así que en aquel año de 551, llega a la Península Ibérica un contingente de soldados al mando de un general de Justiniano, de nombre Liberio, desembarcan en Málaga, por cierto con la ayuda del conde local que facilita la entrega, y van ocupando en su camino las ciudades que encuentran en su camino, aunque de forma incruenta. Mientras, en Sevilla está asediada por el ejército de Agila. La batalla está igualada, pero la traición de algunos nobles visigodos y la llegada del ejército de Justiniano provocan la retirada a Mérida. Cuatro años más tarde, Agila es asesinado y la nobleza visigoda reconoce al Atanagilo como nuevo rey. Los bizantinos se quedan con varias ciudades en las provincias Betica y Cartago como recompensa por su ayuda.

En efecto, el reinado de Agila es un buen ejemplo del carácter de la monarquía visigoda. El rey visigodo es un rey elegido por los nobles y sus electores deben ser todos los hombres libres de la nación goda. El rey es el supremo jefe del ejército y dispone del poder legislativo y jurisdiccional. Es la persona que dirige la vida del reino. Pero, al mismo tiempo, la posición del rey no es muy estable y depende mucho de la personalidad del monarca y de los privilegios que conceda a todos los que le han apoyado. La guerra civil siempre es el jinete del apocalipsis que espera que alguien libere. En una sociedad en la que el rey es el jefe supremo, el dueño de todo, la nobleza es el estamento más importante de esa sociedad es la nobleza.

En el reino visigodo de la primera mitad del siglo VI existen varios tipos de nobleza. La que vive en la corte, la aristocracia palatina o aristocracia, que dirige la administración del reino; los nobles con linaje, o hidalgos, dueños de dominios e independientes del rey; las familias nobles, con gran poder político; y, por último, la jerarquía de la Iglesia. Los obispos son los jefes naturales de los católicos y poseen gran influencia sobre ellos. Una importancia decisiva cuando, años más tarde, la Iglesia católica sea declarada oficial.

El reino visigodo estaba basado en las relaciones entre la monarquía, la nobleza y el poder eclesiástico, ya que el nombramiento del rey  era de carácter electivo, es decir, el rey era elegido  por los nobles en una asamblea, en lugar de ser hereditaria.  Algunos reyes intentaban modificar esta regla nombrando a su sucesor en vida para que este compartiera el gobierno junto a él y después continuara tras su muerte. Pero el propio Suintila al derrocar al rey Sisenando apoyado por la nobleza fijo el carácter electivo de la monarquía e incluso concedió a los nobles el poder de derrocar a los reyes que no cumpliera con las leyes. Pero este sistema, que puede parecer muy democrático, era, en la práctica, el origen de las disputas y guerras que caracterizaron a los godos y de la inestabilidad de su régimen, ya que en la práctica los reyes elegidos eran aquellos que favorecían los intereses de la nobleza y de la Iglesia.

En este contexto hay que destacar la enorme importancia de la Iglesia en la época visigoda. Hasta la llega al trono de Alarico, la iglesia oficial era la trinitaria. El nuevo rey implanta el arrianismo, considerado herético por la Iglesia oficial, basado en el carácter unitario de Dios y que continuará durante los 120 años siguientes, hasta que Recadero accede al trono visigodo.

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Conversión de Recadero al catolicismo

Recaredo es el hijo menor del rey Leovigildo. Recaredo accede al trono ya que su hermano mayor, Hermenegildo, se subleva contra su padre, perdiendo la vida en ello. Recadero es aceptado por la nobleza y su primer objetivo es obtener la paz y unir su territorio, para lo que precisa la unificación de las dos Iglesias. En el año 587 se hace bautizar en secreto para obtener el apoyo de la Iglesia católica. Cuando dos años más tarde accede al trono intenta convencer a los arrianos de la necesidad de que exista una sola Iglesia y les propone que se integren en la católica, lo que provoca fuerte oposición por parte de la nobleza y de la Iglesia arriana. Recadero entonces  convoca en el año 589 el III Concilio de Toledo, donde él y varios nobles y autoridades eclesiásticas  adjuran del arrianismo y se convierten al catolicismo. Recadero escenificaba ahora lo que dos años antes había iniciado, con su bautismo secreto e intentando que sus obispos arrianos se convirtieran a la doctrina trinitaria, iniciándose la expropiación de las iglesias arrianas y su entrega a los católicos trinitarios. Recaredo ordenó la quema de todos los libros y textos arrianos, excluyó a los arrianos de cualquier cargo público y suprimió la organización de la Iglesia arriana, que desapareció en pocos años. Algunos godos fueron obligados a convertirse al catolicismo. Las amenazas afectaron también a los judíos, que hasta la fecha habían vivido en convivencia con los arrianos. Se proclama el catolicismo trinitario como única religión oficial. En realidad, la conversión religiosa de Recadero tuvo poco que ver con la fe y más con las ventajas políticas que podía obtener. Se inicia un largo periodo de disputas entre los arrianos de la Península y del Sur de Francia contra el poder político y eclesiástico que se prolongará durante cien años más. Recadero pondrá en práctica un  sistema de gobierno en el que participan tanto los visigodos católicos como los hispanorromanos, con la presencia de los nobles laicos como de los obispos, al tiempo que aumenta el número de iglesias y monasterios católicos.  Termina con ello la política arriana impuesta por su padre y la persecución de la Iglesia católica, a la que llega a expoliar sus posesiones para cedérselas a los católicos. Los obispos católicos le otorgarán el título de “Conquistador de nuevos pueblos para la Iglesia Católica” y le proclaman  nuevo apóstol. Con Recadero la única Iglesia será la católica y el único Estado el hispanogodo. Así se mantendrá durante un siglo más, hasta el reinado de Wamba.

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Wamba renunciando al trono

Wamba, el último rey con el que el reino visigodo mantuvo su esplendor. Su muerte sería el inicio del fin del imperio visigodo. Su reinado empezó de manera muy curiosa, pues al declararle rey los nobles, el rechazó la corona alegando su avanzada edad, aunque finalmente lo aceptó. Bueno, en realidad el ejército ayudó a convencerlo al ofrecerle la corona o la muerte (“ora la corona, ora muera”). Wamba evidentemente acepta y tiene que hacer frente a los muchos enfrentamientos que había a causa de las tendencias nacionalistas de los vascones y catalanes. Consigue derrotarse y, tras conseguir la paz convoca un nuevo Concilio en Toledo el 7 de noviembre del año 675, en el cual se critica la situación de la Iglesia, los abusos e indisciplina de la jerarquía eclesiástica, mientras se promulgan leyes que permitan un reinado en paz al rey. En realidad, hasta el final de su reinado poco destacable ocurrió. Pero a mediados del año 680 el viejo rey cae enfermo y pierde la consciencia. El arzobispo de Toledo, Julián II, le administra la última penitencia y le concede la tonsura eclesiástica, que convierte al rey en un monje, para que muera en paz con Dios. Pero al día siguiente el rey despierta y, como si de un milagro se tratara, se ha curado de su enfermedad. Se encuentra entonces con que los nobles han nombrado como rey a Ervigio. Además, Wamba no puede volver a ser rey porque las leyes godas solo permiten reyes laicos y Wamba, a recibir la penitencia y convertido en clérigo, ya no lo es. Wamba se ve obligado a firmar la proclamación de Ervigio para posteriormente retirarse a vivir a un monasterio, donde vivió siete años más. La sucesión de los acontecimientos hicieron dudar si tras la extraña enfermedad de Wamba pudo haber el efecto de algún narcótico que postró al rey para que sus enemigos, entre ellos el propio arzobispo de Toledo, se apresuraran a inhabilitarlo al vestirlo con los hábitos, teniendo en cuenta que no le perdonaban al rey las fuertes críticas a la Iglesia, especialmente a la diócesis de Toledo.

File:Ervigio, rey de los Visigodos (Museo del Prado).jpg
Ervigio

El reinado del nuevo rey estuvo influenciado desde el principio por los extraños acontecimientos relacionados con su coronación, que le obligaron a llevar a cabo una política de grandes concesiones y sometimiento a la nobleza y a los obispos que le habían llevado al trono. En el XII Concilio de Toledo, Ervigio proclama varias leyes antijudáicas, entre las que se incluyen la obligatoriedad del bautismo, la prohibición de la circuncisión, no poder tener esclavos cristianos y la  prohibición de celebrar fiestas judías, además de las ya existentes. Pero los nobles exigen más privilegios. Hace tiempo que ha comenzado el proceso de feudalización, en el que los nobles dominan un territorio, o feudo, y construyen castillos  para protegerlo, creando además un ejército., lo que provoca el enfrentamiento entre unos con otros, en los que el rey debe de mediar para pacificarlos. Crece de manera considerable el número de esclavos al servicio de los señores feudales y también la huida de estos, lo que provoca que los campos, principal producto de riqueza, queden abandonados y el hambre y la pobreza empiecen a aparecer.  Además, la situación en la Iglesia no es muy buena, principalmente por la simonía y los escándalos sexuales que se producen en el seno de la misma. Los concilios se convierten en instrumentos políticos en los que producen constantes enfrentamientos entre los nobles y la aristocracia eclesiástica, que ya participan activamente en las cuestiones políticas. En medio de ello, se intensifica la persecución de los judíos que son acusados de ser los culpables de todos los males del mundo. Ante la debilidad del monarca y los conflictos con la nobleza que amenaza incluso a la propia familia del rey, Ervigio casa a su hija Cixilo con el noble Égica, sobrino de Wamba y líder de la nobleza hostil, haciendo jurar a Égica que protegería a su mujer y a su familia.

File:Égica, rey de los Visigodos (Museo del Prado).jpg
Egica

En el año 687, Égica hereda un reino en descomposición, donde las conspiraciones y las persecuciones a los judíos son sus principales características. Sus principales enemigos son la familia de Wamba, razón por la cual intenta romper su compromiso de protegerles, algo que consigue tras la muerte de Julián, el arzobispo de Toledo, repudiando a su esposa, bajo la acusación de adúltera. La situación empeora, aún más si cabe. En el  Concilio de Toledo del año 694, el rey denuncia una conspiración de los judíos españoles con los del norte de África para destruir el reino cristiano visigodo, lo que provoca la supresión de las  aljamas judías, la esclavitud de todos los judíos y la prohibición de ejercer su religión, y la obligación de entregar sus hijos a la edad de siete años para ser educados con cristianos.  Debido a su enfermedad y la situación existente, nombra como sucesor a su hijo Witiza.

Witiza.

Dejo de teclear. He empezado esta historia sobre  la invasión musulmana de la Península Ibérica con la llegada al trono visigodo de Witiza, como primer capítulo. Ahora, en este punto, ya conocemos el desenlace de todo. Me siento como cuando tenía 15 años e iba al cine, a aquellos de “sesión continua”, o “cine de barrio” como se conoce, en aquellos tiempos en los que las películas estaba calificadas para “mayores de 18 años” y tenía que ir acompañado por mis padres. El cine era mi afición favorita en aquella época. Aquellas sesiones de dos películas que se iniciaban con la primera, el “NO-DO” en el intermedio, y la segunda, para volver a repetir la primera. Y como empezaban a las cinco de la tarde y mi padre llegaba más tarde, siempre entrábamos en el cine con la primera película empezada. Así, cuando empezaba la segunda sesión, empezaba a verla sabiendo de antemano lo que ocurriría después. Ahora, me siento igual.

Pulso el botón de inicio de mi ordenador y luego pulso apagar. Mañana será otro día. Ahora, en recuerdo de aquellos días de mi pubertad, veré “Quo Vadis?”.

Una de romanos…..

Capítulo VI

Alfredo: -Te contaré una historia. Sólo para ti, Toto. Sentémonos.
Hubo una vez un rey que dio una fiesta. Las más hermosas princesas asistieron. Un soldado de la guardia real vio pasar a la hija de rey. Era la más adorable, e inmediatamente el soldado se enamoró. Pero, ¿qué era un simple soldado al lado de la hija de un rey? Un día el soldado se las arregló para verla y le dijo que ya no podía vivir sin ella. La princesa quedó tan impactada por la profundidad de sus sentimientos que le dijo: “Si puedes esperar por 100 días con sus noches bajo mi balcón yo seré tuya”. Dicho esto, el soldado salió y esperó un día, dos… luego diez, veinte. Cada noche la princesa lo buscaba y allí estaba él, sin moverse. Siempre allí, lloviera o relampagueara. Las aves se posaban en su cabeza, las abejas lo aguijoneaban, pero él no se movía. Después de 90 noches, se veía seco y pálido. Brotaron lágrimas de sus ojos. No pudo detenerlas. No tuvo ni siquiera fuerzas para dormir. Y todo ese tiempo, la princesa lo observaba. Cuando la nonagésima novena noche llegó… el soldado se levantó, tomó su silla, y se marchó…

Toto: -¿Qué? ¿Justo al final?

Alfredo: -¡Justo al final, Toto! No me preguntes qué significa, no lo sé. Si logras descifrarlo, me lo dices. (Escena de Cinema Paradiso

Ayer cambié de opinión y preferí ver la magnífica película de Giuseppe Tornatore, “Cinema Paradiso” en recuerdo de aquellos años de mi pubertad. Enciendo mi ordenador, abro el archivo y comienzo a teclear.

Witiza ya había gobernado junto a su padre Égica desde el año 700 a 702, gobernando en solitario tras su muerte. Como solía ser costumbre cada vez que un nuevo rey accedía al trono, Witiza devolvió muchos de los bienes incautados por su padre a los nobles y acabó con  la persecución contra los judíos, mientras intentaba luchar contra la corrupción de los clérigos. Como se puede imaginar, todo esto le acarreó duras críticas por parte de la Iglesia, que lo convertirá para la historia, o para la leyenda, como un ser perverso y corrupto, lo que contrastará con otras crónicas que hablarán de él como un rey justo y prudente. Witiza convocó el XVIII concilio de Toledo en los que acusó a la Iglesia de expoliadora e inmoral, criticando el amancebamiento en el que vivían muchos sacerdotes. Dicta una amnistía para los arrianos y les devuelve los bienes incautados y  promulga leyes que permitían a los judíos recuperar sus bienes. Las actas donde se recogieron las acusaciones del rey se han perdido y no existe documentación alguna histórica sobre su reinado, por lo que lo único que existe son las crónicas de unos y de otros. La Iglesia, a la que suprimió los privilegios ha calificado su reinado de decadente en lo moral y en lo político.  Así las cosas, el reinado de Witiza no fue fácil al intentar acabar con los privilegios y en un reino donde la peste y el hambre hacía estragos entre la población.  La Crónica de San Isidoro califica su reinado de próspero y pacífico al acabar intentar con los enfrentamientos provocados por su padre. Al final de su reinado, asoció al trono a su hijo Agila, pese a contar con tan solo diez años de edad,  gesto que irritó a muchos nobles de la Corte, a los que Witiza desterró. Cuando llegó su muerte, en el año 710, con apenas 25 años de edad y sin que se conozcan las causas reales de su muerte, los desterrados nombraron rey a Roderico, o Rodrigo, lo cual provocó una guerra civil entre los partidarios de uno y de otro lado. En un principio Agila contaba con la mayoría de la nobleza visigoda y de la iglesia arriana, pero aquella situación fue el caldo de cultivo perfecto para aquellos que querían acabar con el actual régimen visigodo. El caldo de cultivo ideal para las conspiraciones y las traiciones.  La muerte de Witiza provocará una guerra civil entre los partidarios de Agila, los arrianos unitaristas, y los de Rodrigo, los católicos trinitarios.

Su muerte es el principio de la leyenda, y el principio del fin de un imperio…. y de un Estado.

Capitulo VII

Una reconquista de seis siglos no es una reconquista”. Ortega y Gasset

De este periodo, la historia nos ha dejado escasos testimonios del reinado, si puede llamarse así, de Agila, un niño de apenas diez años de edad que no estaba en condiciones alguna de reinar y evidentemente era el instrumento de los nobles arrianos que buscaban la continuidad del reino. Por su edad, sus enemigos le consideraban ilegítimo para ejercer el poder.  Tampoco Rodrigo lo tenía mejor. Sus enemigos también lo consideraban ilegítimo como rey, al no tener estirpe real. Rodrigo también era el instrumento de la nobleza trinitaria que quería recuperar sus privilegios perdidos. Agila, pese a ser rey de todo el reino visigodo, en realidad solo controlaba el norte de la Península, razón por la cual estableció la capital en Tuy. Rodrigo, como duque de la Bética, controlaba el sur y cuando sus nobles le nombraron rey trasladó la capital a Toledo.

Año 711, en el mes de Ramadán de la Hégira, el ejército musulmán, al mando del general Tarik,  cruza el estrecho de Gibraltar y derrota a las tropas visigodas…..”

…. en la batalla de Guadalete, en la cual muere el rey Rodrigo”.

A principios del siglo VIII  la Península Ibérica se encontraba inmersa en una grave crisis provocada por el enfrentamiento entre los partidarios del arrianismo y los partidarios del trinitarismo, cuando, en febrero del año 710 muere el rey Witiza, el cual había cedido el trono a su hijo Agila. Esta decisión provocó la rebelión de los nobles enemigos de Witiza y nombran un nuevo rey: Rodrigo, duque de la provincia de la Bética y experto hombre de armas, aunque sin estirpe real. El enfrentamiento entre ambos bando termina con el triunfo de Rodrigo, consiguiendo que se cumpliera la elección de los nobles y convirtiéndose en el rey visigodo. Mientras tanto, el Islam se había expandido hacia Occidente hasta llegar al norte de África, estableciéndose en la provincia de la Tingitania (Tánger), llegando hasta la misma frontera de Ceuta, provincia bajo dominio godo, gobernada por un personaje que la leyenda ha llamado  Don Julián, un noble godo, al parecer de origen bizantino y perteneciente al bando del rey Witiza. Cuando Rodrigo vence a Agila, este acude a don Julián en busca de ayuda.

Don Julián se convierte así en intermediario Agila y el gobernador de Tánger, Taric, rebautizado por la leyenda como Tariq b. Ziyad, al que acude para lleve a su ejército a combatir contra Rodrigo. Para ello le ofrece  ayuda para cruzar a la península y, con la ayuda de los partidarios de Witiza, derrotar a Rodrigo y devolverles el trono del reino visigodo a Agila.  El propio don Julián proporcionará los barcos necesarios para la travesía hacia la Península.  La oferta, sin embargo, inspiraron a los musulmanes serios recelos. Tariq informa al gobernador de África del Norte, Musa-ben-Nusayr, de la oferta y este desconfía de ella. No se fiaban y además veían una gran dificultad en cruza el estrecho al desconocer las técnicas de la navegación, especialmente en una zona donde las corrientes marinas la dificultaban enormemente por la confluencia de las aguas atlánticas y mediterráneas. Muza pide a Tariq que acepte una primera incursión de soldados bereberes sobre el terreno y obtenga las garantías necesarias. Así, en julio de 710, un puñado de 400 hombres bereberes al mando de Tariq embarcan en cuatro navíos proporcionados por el conde don Julián y desembarcan en Tarifa, lugar que recibió el nombre del jefe musulmán. La expedición es un éxito, pues no encuentran resistencia alguna y se obtuvo un importante botín, lo que animó a los invasores bereberes a permanecer en la Península. La llegada de las tropas no provocó reacción alguna entre la población autóctona, ya que aquellos soldados bereberes no era la primera vez que cruzaban, y además la fuerte comunidad judía veía con agrado la llegada de aquel ejército que se iba a enfrentar con aquellos que  les había perseguido y expoliado de sus bienes, y que los arrianos les habían devuelto. El éxito obtenido anima al general Muza a enviar una expedición al mando de Tarik ben Ziyad que vuelve a cruzar el estrecho con las naves de don Julián, esta vez con el objetivo de enfrentarse al rey Rodrigo, aprovechando su ausencia de la Bética al estar combatiendo contra los sublevados arrianos y judíos en el Norte.

Es el 27 de abril del año 711. La expedición llega a Gibraltar, que significa montaña de Tarik, compuesta por unos 7 mil soldados, de los que 5 mil eran bereberes y con apenas 50 árabes. A las dos o tres semanas de la invasión, las noticias de la misma le llegan al rey  Rodrigo, lo que le lleva a dirigirse rápidamente a la Bética, organizando un ejército de unos 40 mil soldados.

El Fath al-Andalus recoge la crónica sobre la llegada de los musulmanes, según la cual Tariq, al desembarcar, ordenó que se quemaran los barcos en los que habían venido y dijo a sus hombres: “¡Combatid o morid!”.

Durante su camino al encuentro de Rodrigo, alguna crónica describe la historia del supuesto canibalismo que practicaban las tropas musulmanas. Así, en un momento de su avance llegaron a un lugar donde se encontraron a unos labradores. Tariq ordenó entonces a sus soldados que mataran a uno de ellos y lo descuartizaran para comérselo.  Cuando el hombre estuvo cocinado, tiraron los trozos sin que los demás labradores se dieran cuenta y los cambiaron por otra carne. Sin embargo, los cristianos estaban convencidos de que se estaban comiendo a su compañero, por lo que, una vez liberados, contaran a los demás la supuesta la voracidad y saña de aquellos que habían llegado a la Península. Abundando en esta crónica, se cuenta que Tariq ordenaba que a la cabeza de sus tropas fueran unos soldados negros que iban descuartizando cadáveres y fingiendo que se los comían.

Al enterarse del avance de los musulmanes, Tudmir (Teodomiro), gobernador del territorio con este mismo nombre, escribió al rey visigodo, Rodrigo, informándole de la llegada a la Península de una gente que no sabemos con seguridad si ha salido del cielo o han salido de la tierra.23 Cuando Rodrigo se enteró de todo esto, volvió desde Pamplona24 donde se encontraba luchando contra sus enemigos y se dirigió al encuentro de Tariq al frente de un ejército de setenta mil hombres. Las fuentes describen la llegada de Rodrigo sentado en su trono real, bajo un dosel adornado con perlas y otras piedras preciosas. Llevaba consigo todos sus adornos reales y demás bienes, así como una acémila cargada con cuerdas, pues estaba seguro de que haría prisioneros a los invasores.

Cuando Tariq supo que Rodrigo se dirigía hacia él, escribió a Musa pidiéndole refuerzos. Musa, que hasta ese momento había estado

Cuando estaba preparado todo  para el combate, el beréber congregó a sus tropas al pie de la montaña y les dijo: ¡Oh, gentes! ¿Hacia dónde vais a ir si el mar está detrás de vosotros y el enemigo frente a vosotros? No os queda luego más que, por Allah, la sinceridad [de vuestra intención] y la resignación.

Al enterarse del avance de los musulmanes, el gobernador cristiano Teodomiro, escribió al rey  Rodrigo, informándole de la llegada a la Península de una gente que no sabemos con seguridad si ha salido del cielo o han salido de la tierra, obligando al rey a volver desde Pamplona  y se dirigió al encuentro de Tariq al frente de un ejército de setenta mil hombres. Las fuentes describen la llegada de Rodrigo sentado en su trono real, bajo un dosel adornado con perlas y otras piedras preciosas. Llevaba consigo todos sus adornos reales y demás bienes, así como una mula cargada con cuerdas, pues estaba seguro de que haría prisioneros a los invasores.

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Batalla de Guadalete

Todos,  se encontraran en, según la leyenda, en Guadalete, aunque la historia pone en duda que esta batalla se produjera realmente. El prestigioso historiador, Claudio Sánchez Albornoz, admite que esta batalla pudo existir realmente, aunque ni el número de combatientes ni la importancia de la misma no fue tan determinante como la leyenda nos quiere convencer. De existir realmente, esta se produjo entre el 19 al 26 de julio. La batalla duraría dos días, y el ejército visigodo estaba a punto de hacer retroceder a las tropas de Tariq, cuando los soldados cristianos dirigidos por los arzobispos de Sevilla y Toledo, Opas y Sisberto respectivamente, hermanos ambos hermanos de Witiza se cambian de bando y dejan solo a Rodrigo, cambiando el signo de la batalla.

La leyenda dice que Rodrigo murió en la batalla y su cadáver fue río abajo, donde  se encontró a su caballo, sólo, junto con su corona, su armadura y sus botas en la orilla. Pero algunas crónicas dicen que su cadáver fue recogido por sus fieles, ya que la “Crónica Rotense” cuenta que, en la población portuguesa de Viseo, se encontró un sepulcro con la inscripción: “Aquí yace Rodrigo, el último rey de los godos”. El ejército godo derrotado se retira a Córdoba y Tarik despliega sus tropas en tres avanzadas: hacia Córdoba la primera; hacia Granada la segunda; y la tercera hacia Toledo. El reino visigodo se descompone con rapidez. Los nobles arrianos se cambian de bando, y muchos obispos abandonaron sus diócesis para huir a Roma. La situación es caótica.

El 11 de noviembre del 711 la capital del reino visigodo, Toledo, es tomada por Tarik, que se hace con un extraordinario botín, entre el que se encontraba el que el rey Alarico había saqueado de Roma trescientos años antes. En Toledo habían huido todos los cristianos y solo quedaban los judíos, a quienes dejó al cargo de la ciudad mientras él se dirigía a un lugar cercano, una villa llamada Al-Maida (Almeida) donde la leyenda dice que encontró la maravillosa Mesa de Salomón.

Pero el avance hacia el norte de Tarik va en contra de las órdenes de Muza, quien le había ordenado que, una vez venciera a los visigodos, esperara sus órdenes. Muza decide entonces atravesar el estrecho y entrar en la Península con un numeroso ejército formado por 18 mil hombres, todos de procedencia árabe, descartando a los bereberes. Estamos en junio de 712 y un año después de la entrada de Tarik, Muza quiere consolidar la invasión y demostrar quién manda. Apenas encuentra resistencia alguna y pronto las principales capitales de la Bética se rinden a su paso.

Tras conquistar Mérida, tras un largo asedio, Musa llega a Toledo en busca de Tarik, donde le humilla y reprende, quitándole todo el botín obtenido por haber desobedecido sus órdenes. Luego ambos continúan su avance y toman Zaragoza y Medinaceli y continúan su expansión por la Península. A pesar de que los árabes no contaban con un gran ejército, la debilidad y enfrentamiento entre los clanes visigodos no solo no ofrecían apenas resistencia, sino que incluso aceptaban la situación. Una parte de los visigodos, los witizanos, se habían entregado al vencedor, porque creían que los les recompensaría. Pero Roma no paga traidores. Y Muza tampoco. En lugar de entregar el reino a quienes les habían llamado y ayudado, proclamaron la soberanía del califa de Damasco, como asegura el historiador Claudio Sánchez-Albornoz. Y como el propio historiador asegura, a pesar de que el contingente musulmán era de unos 30 mil soldados, los visigodos no reaccionaron debido a la ausencia de líderes y obispos hispanos que, o bien habían huido, o se habían cambiado de bando. Y los escasos focos de resistencia fracasaron por la desunión, pese a contar con mayor número de efectivos. La historia se habría escrito de forma muy diferente sin todos los clases visigodos se hubieran unido y presentado batalla a los árabes. Incluso, años después de la invasión, los cristianos hubieran podido expulsar en poco tiempo a los islamitas, que además se estaban enfrentando entre ellos. Resultado: la creación del imperio Omeya y una costosísima reconquista cristiana que tardaría setecientos en recuperar un Estado.

Según numerosos autores de origen musulmán, hebreo y, por supuesto, cristiano los judíos patrocinaron la invasión con hombres y con dinero. Muchos soldados de origen judío participaron en la invasión junto con los bereberes e islamitas. Los que estaban en la Península acogieron a los soldados en sus casas y les proporcionaron alimentos y aportaron guarniciones para custodiar las ciudades que los islamitas no podían proteger. Los judíos apoyaban la invasión en respuesta a las leyes visigodas que permitía el expolio de sus bienes y su persecución. Los witizianos anularon estas leyes y su unión con los árabes contra el enemigo rey Rodrigo fue apoyada por la comunidad judía, temerosa de que volvieran los tiempos de persecución.

Según unas crónicas, el reinado musulmán se produjo a sangre y fuego y han sido los mártires que han jalonado la historia durante los siglos de dominación árabe. La lista es incontable. Como incontables son los actos violentos que se hicieron en nombre de Alá al imponerse su religión. Para otras crónicas, sin embargo, la fusión de la cultura islámica con la cristiana se hizo sin violencia alguna y la convivencia y el esplendor cultural fue la característica más importante. Lo cierto es que muchos nobles visigodos se rindieron sin resistencia alguna y el islamismo se fue imponiendo más por capitulación que por victoria militar. Lo cual no significa que se abriera los brazos a los invasores que venían desde la otra orilla del mar Mediterráneo. A aquellos nobles que no se opusieron a los musulmanes se les permitió seguir gobernando sus territorios. Sin embargo, a aquellos que habían ofrecido algún tipo de resistencia se les obligó a capitular y exigir sumisión para continuar en sus cargos.  Algunos nobles no tuvieron reparo en islamizarse como el conde Casius del Ebro, un muladí convertido en Banu Casi y que gobernó durante doscientos años el Valle del Ebro. Tanto si se rendían como si capitulaban, los cristianos, llamados mozárabes, podrían seguir haciendo uso de su fe siempre que pagasen la yizya, es decir, el impuesto de capitación personal, y la jaray, un impuesto territorial, de los que estaban exentos los árabes. Y, si bien sus iglesias fueron respetadas, no podían repararlas ni levantar una nueva. Era el precio de la paz y la tolerancia.

En cuanto a las persecuciones, hay muchos ejemplos de cristianos que fueron perseguidos y torturados por incitar a la rebelión o manifestar su fe de forma pública. Un ejemplo de ello es San Eulogio, el cual a causa de su defensa del movimiento martirial mozárabe padeció prisión, donde conoció a dos mujeres llamadas Flora y María, a las que dedicó  su Documento martirial, en el que contaba los martirios y castigos que ambas mujeres fueron objeto a causa de su fe siendo finalmente degolladas. San Eulogio fue finalmente condenado a muerte al no retractarse de su fe. Acababa de ser elegido obispo de Toledo, pero no le salvó del patíbulo.

Pero los focos de resistencia son escasos y los musulmanes irán poco a poco ocupando la Península Ibérica y mezclando su cultura con la autóctona, creando una nueva cultura. En un territorio dividido, descosido por las luchas intestinas, víctima de una epidemia de peste, con la hambruna haciendo estragos, la población, harta de las continuas guerras, asumió la presencia de los invasores con la esperanza de que las cosas pudieran cambiar. Al fin y al cabo, aquel ejército defendía la misma visión religioso de un único Dios, se llamara Dios o Alá.

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Ciento cuarenta años más tarde, en pleno siglo IX, Córdoba posee un millón de habitantes y se ha convertido la capital más importante de occidente, rivalizando con Damasco, Constantinopla y otras ciudades. Es una ciudad próspera y con una cultura floreciente compuesta por una población que ha derivado, desde el arrianismo primitivo, al islamismo. Un cambio que se produce sin alteración alguna en la forma de vida de los cordobeses. Y el siglo IX se produce la eclosión de las artes y de las ciencias. Arquitectos, filósofos y escritores árabes e hispanos, sin distinción alguna de etnias alumbrarán innovaciones de todo tipo. La propia Mezquita de Córdoba es un buen ejemplo de ello. Un monumento, convertido en mezquita, pero cuyo bosque de columnas interior es un mestizaje cultural y arquitectónico. Ni las mezquitas típicas árabes, ni los templos cristianos poseen columnas en el lugar dedicado al culto y sus plantas son siempre diáfanas. Hispania es un ejemplo de convivencia entre las tres culturas: cristiana, árabe y judía. Es la única razón que puede justificar que un ejército conquistara un país de 20 millones de habitantes. El Islam encuentra un caldo de cultivo pre-islámico en el cristianismo unitarista arriano que previamente se había impuesto por todo el Oriente y el norte de África. En el año 756, un arriano visigodo de nombre Abderramán I logra unificar bajo su poder a todo el sur de España hasta Toledo, creando un amplio territorio omeya llamado Al-Andalus, y designando la capital en Córdoba. Este emir, de pelo rubio y ojos azules, afianza el emirato e inicia un proceso de asimilación de una nueva cultura, pasando por una primera etapa de sincretismo con el arrianismo vencedor en la guerra civil del siglo VIII hasta llegar a las formas de culto islámicas y a unas formas sociales islamizadas.

La historia nos dice que, tras la invasión y la derrota y desaparición del reino visigodo,  los musulmanes se encontraron con la ayuda de los judíos y de los reyes godos que se convertían al islamismo sin demasiada resistencia, razón por la cual tardaran menos de diez años en conquistar un territorio que los romanos tardaron en conquistar más de 200 años y que los propios cristianos, en la Reconquista, tardarían más de 700. España e islamiza en apenas  3 años, del 711 al 714, en la que las tropas árabes conquistan e islamizan toda la Península y el sur de Francia, amenazando con expandirse por Europa. El año 785, 74 después de la supuesta invasión, el Papa Adriano I envía a España a un delegado pontificio para luchar contra los arrianos. Pero este delegado papal, llamado Egila, se pasa al arrianismo.   Mientras tanto, del islamismo apenas  se dice nada y en los textos de autores cristianos de la escuela de Córdoba no se menciona nada sobre el Islam, y se ataca especialmente al arrianismo. En el siglo IX, cuando los musulmanes llevan ya 150 años en la Península, y desde hace un siglo la capital del reino omeya es Córdoba, que cuenta con un millón de habitantes, la religión imperante es la arriana, en evolución hacia el islamismo, que la mayoría de la población acabará  de forma pacífica y natural. Así pues la historia señala el desgobierno que caracterizó al reino visigodo, el enfrentamiento entre trinitarios y arrianos, el recelo de los judíos perseguidos y los odios y traiciones, tan propios de la época visigoda como las verdadera

Ciento cincuenta años más tarde de la entrada de Tarik, ante la imparable expansión del Islam que amenaza ya a Europa, surgirá la necesidad de acabar con la expansión árabe. Y desde Europa surgirá la leyenda del Apóstol Santiago, aquel que se apareció a Carlomagno para encomendarle esa tarea y mostrarle el lugar donde descansas sus restos, allá donde se dirige la Vía Láctea, el camino de peregrinación que servirá para trazar la frontera entre el mundo cristiano y el árabe. También la Iglesia española creará su propia leyenda, aquella estrella que señaló al eremita Pelayo el lugar donde se encontraba el sepulcro de Santiago. El lugar donde se construirá con el tiempo, la inmensa catedral de Santiago y uno de los lugares de peregrinación más importantes de la Cristiandad. Y el inicio de un largo periodo de Reconquista, de un Estado y de una cultura. Y al Apóstol Santiago como símbolo de esa cruzada. La Iglesia será la que impulsará la recuperación de la Península, tanto en el orden civil y político, como en el militar. Las Órdenes Militares y La Inquisición serán los brazos armados que utilizarán en su estrategia de expulsión sarracena. Mientras, el control del arte y de la cultura fabricará la leyenda que justifique todo cuanto ha sucedido y suceda a partir de ahora. En los monasterios se reescribirá la historia y se legitimará todo lo necesario. En las ciudades se crearán leyendas que enciendan las pasiones y el sentimiento de los cristianos. En los caminos, los ejércitos cristianos lucharán contra el enemigo sarraceno. En las iglesias, se proclamará la necesidad de liberarnos del yugo musulmán y del peligro de aquellos que creen en Dios como un ser único y niegan la existencia de Jesucristo. Nacerán leyendas de santos, vírgenes y mártires que se sacrifican por la defensa de la fe cristiana a la vez que manifiesta la crueldad sarracena. La inquisición administrará la justicia que se precise para aquellos que se niegan a aceptar la nueva realidad.  Todo en nombre de la llamada “Reconquista”, la misma a la que se refirió Ortega y Gasset: “Una reconquista de seis siglos no es una reconquista”.

La leyenda ocultará la historia, que demuestra que en el reino visigodo,  la Península Ibérica fue el primer territorio que se opuso al dogmatismo católico romano basado en el trinitarismo, iniciado por Prisciliano, del que muchos investigadores aseguran ser sus restos enterrados en la catedral de Santiago.

Revivo mi visita a Santiago y ahora comprendo la dimensión de su figura. Esencial en ese largo proceso que culminaron los Reyes Católicos y las lágrimas de Boabdil por el imperio perdido.

El final de la leyenda…….

Capítulo VIII

Y la invención de la nueva historia.

En la pantalla de mi ordenador van apareciendo las palabras al ritmo frenético con el que mis dedos bailan sobre el teclado. Me surgen las ideas, como las dudas me surgían cuando visitaba Santiago de Compostela, cuando sentía la emoción en la catedral. Los libros nos aportan la información a través de la vista y el cerebro lo interpreta, mientras que allí, la información abarca los cinco sentidos. Y este es un tema en el que un libro no nos puede llevar a que la imaginación rellene los espacios en blanco de la historia.

La historia. De un color o de otro, según la fuente.

Una historia con varios personajes. Como un drama de Shakespeare. Bueno no. Shakespeare no. Lope de Vega o Calderón de la Barca. Porque en esta historia el concepto del honor tiene un papel esencial. A Cervantes, nuestro genio literario, le descarto porque esta historia no tiene moraleja. Aunque el autor de El Quijote hubiera podido escribir una obra maestra con ellos.

Por ejemplo, con Witiza, el penúltimo rey godo. El inicio del final del imperio visigodo.

Un personaje envuelto en una  oscura penumbra, en el que la historia no puede probar nada por la inexistencia de documentos históricos.  La crónica de Isidoro Pacense dice de él nos dice que fue un rey justo  y bondadoso que acabó con las injusticias de su padre Égica, al menos en los primeros años de su reinado. Sin embargo, el  Chronicon Moissiacense, escrito en el siglo IX, le acusa de mantener un séquito de concubinas y de promulgar una ley permitiendo la poligamia para todas las capas sociales y eclesiásticas. Otras crónicas inciden en esta acusación provocando que el pecado se adueñara de todos.  La Crónica Tudense le acusa de tirano,  que favorece a los judíos y de convocar un concilio en Toledo, donde promulga escandalosos decretos y separar su reino de la Iglesia católica de disciplina y negar la autoridad del papa romano, mientras lanza graves acusaciones contra la los sacerdotes cristianos, nombrando a su hermano Opas como obispo de Toledo. También le acusa de asesinar a Favila, padre del rey  Pelayo a Teodofredo, padre de Rodrigo, al que saca los ojos.

Pero nada de lo que dicen estas crónicas puede dársele rigor histórico alguno. O darle el justo y necesario. Que Witiza sea acusado de tirano y cruel tiene escasa relevancia porque es una característica propia de muchos reyes.  El nepotismo practicado en la elección de Opas es otra característica de tantos y tantos reyes, antiguos y modernos. Su protección de los judíos parece cierta, pero esa es una de las causas por la que la Iglesia católica le ha desacreditado. Y otra de las razones por la que la Iglesia le ha descalificado ha sido precisamente el Concilio que Witiza celebró en Toledo. Un concilio del que  sospechosamente desaparecieron todas sus actas, por lo que es difícil probar las acusaciones que se hicieron contra el rey. Las crónicas favorables a Witiza señalan que, en efecto, el rey profirió graves acusaciones contra las autoridades eclesiásticas y declaró al arrianismo como religión oficial, en detrimento de la católica, razones que pueden justificar las acusaciones posteriores. En cuanto a la poligamia, no existe prueba histórica alguna de que la practicara o la promulgara. Los historiadores, de uno y otro signo, si reconocen que Witiza representa la degradación humana y política del imperio visigodo, del que el  rey Rodrigo fue el último eslabón de una cadena de guerras y corrupción. 

La cuestión que se plantea es cómo llega a esa situación un sistema político como aquel. Marcelino Menéndez y Pelayo nos habla de que las dificultades nacen desde el inicio mismo del imperio, cuando los pueblos godos e hispanorromanos tienen que convivir juntos. La unión entre ambos había avanzado había  mucho con Recaredo y  Recesvinto, pero quedaba mucho por hacer. Se habían legalizado los matrimonios mixtos entre unos y otros pero una cuestión los separaba radicalmente: la religión. Los godos eran esencialmente arrianos y aunque Recesvinto declaró al arrianismo como herejía y favoreció a la Iglesia católica, mientras decretaba  la persecución y el  destierro de los judíos. Pero la conversión católica impuesta de los visigodos no era real y el arrianismo seguía impregnado en la sociedad goda.  Recaredo declaró la Iglesia católica como oficial, lo que obligó a muchos a abandonar el arrianismo, pero no para convertirse en católicos, como había hecho el propio rey, sino por comodidad  o conveniencia. Y mientras el clero si se convertía al catolicismo, los nobles, los que quitaban y ponían reyes, seguía en el arrianismo.  Circunstancia que llevó a los reyes visigodos a precisar el apoyo de la Iglesia contra aquellos que siempre estaban dispuestos a su derrocamiento o a conspirar tras su muerte. De ahí que varios reyes organizaran concilios en que obtuvieran el apoyo religioso y legitimidad a sus decisiones para asegurar a sus hijos o parientes la sucesión de la corona. Pero en muchas ocasiones tas es fuerzo era inútil porque las rebeliones y luchas internas no cesaban.

El ejemplo de la nobleza visigoda, arriana en unas ocasiones o desconfiada en otras, pero enemigas de la Iglesia porque esta amparaba la autoridad real y se oponía a las intrigas, a la vez que intentaba imponer su doctrina e intereses. Y unos y otros habían creado una sociedad muy relajada en cuanto a las costumbres y moral.  La crueldad, la lascivia, el adulterio y el repudio eran prácticas comunes que alcanzaban incluso a los prelados de la iglesia. En muchos lugares de la Península Ibérica, nos cuenta el mismo Menéndez y Pelayo expoliaban sus iglesias para beneficio propio.  Los reyes nombraban obispos no había siquiera diócesis o nombraban a sus parientes, como Witiza hizo con su hermano Opas. Todas estas causas, señala el historiador, son las que provocaron el fin de un imperio y el comienzo de una nueva cultura.

Otros historiadores, como Ignacio Olague, en su obra “La Revolución Islámica en Occidente” niegan la invasión musulmana. En su obra, Olague teoriza que hubo evolución del unitarismo hispano, a través del arrianismo, el agnosticismo al islam, como oposición del trinitarismo-catolicismo surgido del concilio de Nicea. Los arrianos, tanto los de procedencia hispanorromana como goda, se oponían a la Iglesia de Roma.

En Hispania, aunque las ciudades fueron básicamente unitaristas y los pueblos eran católicos, el ciudadano, en general, se mantenía al margen de las disputas de la nobleza y de las Iglesias.  De ahí, que la llegada de los árabes a la Península Ibérica fuera fácilmente asumida, especialmente en el sur de mayoría arriana y judía. Olague define la invasión de 711 como “guerra civil” entre unitarios y trinitarios, en la que la nobleza católica fue expulsada al norte peninsular, mientras en el centro, sur y levante el catolicismo fue tolerado bien, aunque la nueva cultura surgida del otro lado del Mediterráneo fue sustituyendo a la romana y latina.  Olague sigue insistiendo en que el islamismo hispano está basado en el arrianismo, una especie de arrianismo hispano que no es islam puro ni islam dogmático árabe o norteafricano de los almorávides y almohades, que llegarían siglos después con un islam ya muy dogmatizado, siendo rechazado tanto por musulmanes hispanos como por los católicos. El historiador argumenta, con datos objetivos, la imposibilidad material de que los árabes invadieran violentamente la Península Ibérica con un ejército de 18 mil soldados, montados sobre caballos sin herraduras, e incluso avanzar a pie para enfrentarse a una población que hubiera podido resistirse y rechazar sin mucha dificultad. Para Olague, todas las crónicas carecen de fundamente y de veracidad y se sustentan en leyendas que pretenden justificar los hechos. Como la de La casa de los candados de Toledo o la del conde don Julián.

Dos son las leyendas relacionadas con la invasión árabe de la Península Ibérica. La primera de ellas fue uno de los argumentos principales de las crónicas musulmanas de la invasión, al incidir en que la misma estaba anunciada en una antigua profecía que se hizo historia cuando el rey Rodrigo rompe la tradición de los reyes visigodos de colocar cada uno de ellos un candado en la puerta de una casa-palacio que, según esa misma profecía, encerraba los males de Hispania. Es la leyenda del Palacio Encantado o la de los siete candados.

La primera es utilizada por los cronistas árabes para justificar todos los hechos que provocaron la invasión  islámica y se basa en la una profecía que tomará realidad cuando el rey, Rodrigo rompe la tradición de los reyes godos. La leyenda cuenta que, cuando el héroe griego Hércules llegó a Toledo, construyó un palacio maravilloso en el que guardó un gran tesoro. Más tarde cerró su puerta dejando a diez guardianes, a los que entregó la llave del candado, dando orden a estos que cuando muriera alguno fuera remplazado por otro. Con el paso del tiempo y la llegada de los reyes godos nació la tradición de que cada uno de ellos  pusiera un nuevo candado en la puerta de este palacio, cuyo objetivo era que nadie entrara en él para evitar posibles desgracias. Hasta veinticuatro los candados, correspondientes al mismo número de reyes hasta entonces, estaban colocados cuando empezó a reinar el monarca visigodo, don Rodrigo, al que los jueces y clérigos de la ciudad le recordaron insistentemente  que pusiera su candado como tradicionalmente habían hecho sus antepasados. Pero Rodrigo no sólo se negó a ello sino que quiso entrar en el palacio, dominado por la curiosidad por lo que pudiera esconderse allí dentro, tal vez un tesoro inimaginable, entre ellos, la Mesa del rey Salomón. Pese a las advertencias, Rodrigo hizo caso omiso de las súplicas, pidiendo las llaves de los candados que ya estaban colocados. Como no le entregaban las llaves, él mismo fue arrancando uno a uno los candados de las puertas hasta que penetró por las puertas del palacio. Su interior estaba dividido en varias estancias que fue recorriendo.  Al llegar a la tercera sala se encontró un arca finamente labrada, con un candado que también rompió, ávido por descubrir el gran secreto que contenía. Con cara de asombro, el monarca y los que le acompañaban descubrieron en su interior una tela blanca enrollada. Tras descubrirla vio que tenía pintados hombres con arcos, flechas, lanzas y pendones, montados sobre caballos y todos ellos vestidos a la usanza árabe. Tenía también una inscripción o leyenda que rezaba así: “Cuando este paño fuere extendido y aparecieran esas figuras, hombres que andarán así vestidos conquistarán España y se harán de ella señores”. Fue entonces cuando Rodrigo se dio cuenta del precio de su curiosidad y arrepentido, dejó todo como estaba, cerró el arca y abandonó el palacio, ordenando a los que le acompañaban que no comentaran nada de lo sucedido. Al poco tiempo, un águila gigante bajó con un tizón encendido en el pico y lo depositó en el palacio, produciendo un violento incendio que lo redujo a cenizas, las cuales fueron esparcidas por toda la Península Ibérica.  Esta misma leyenda tiene su particular visión cristiana. Así significa que durante un tiempo los reyes godos guardaron la ley de Dios, lo que significó años de abundancia y paz. Pero las riquezas les hiso olvidarse de su fe y caer en los vicios más abyectos, cuyo mejor ejemplo fue el rey Witiza, cuya vida corrupta provocó la ira de Dios y el odio de los suyos. Tras ocho años de un reinado de corrupción, llegó al trono Rodrigo, que al comienzo de su reinado vivió en la fe cristiana y se mostró leal con sus súbditos, para después volver a caer en los pecados de su antecesor, corrompiendo lo poco sano que quedaba, atrayendo todas las desgracias a su reino.

Las crónicas cristianas utilizarán otra leyenda, la cual nos cuenta la razón por la que el noble godo don Julián facilita el paso a las tropas árabes y traiciona al rey Rodrigo. La leyenda misma comienza en el año 710 cuando Witiza y nombra sucesor a su hijo Agila y los nobles visigodos deciden aplicar la tradición heredada de los pueblos germánicos de nombrar por votación al sucesor del rey, en lugar del modelo hereditario propuesto por el rey muerto. El hecho es que los nobles eligen en el sínodo de Toledo a Rodrigo, por aquel entonces duque de la Bética, como nuevo rey. Esta situación provoca el enfrentamiento entre los partidarios de uno y otro y la guerra de clanes.  El enfrentamiento entre Rodrigo y Witiza venía ya de antiguo, pues Witiza encarceló y arrancó los ojos al padre de Rodrigo. Don Rodrigo vence a Agila y establece su trono en Toledo, por aquel entonces capital del reino visigodo y una de las ciudades más prósperas de España. Razones para que los nobles acudan a la ciudad castellana para permanecer cerca del círculo del poder. Así, los hombres aprendían el arte de la guerra y el manejo de las armas, mientras las mujeres se instruían en la música, el canto y la danza y en las labores propias de la Corte, al servicio de la reina.

Una de ellas será Florinda, la hija del conde Don Julián, el gobernador de Ceuta, que enviará a su hija para que aprenda las bellas artes y una educación propia de la Corte, además de que encuentre un  marido digna de ella. Un día, mientras Florinda se bañaba desnuda en las aguas del río Tajo, bajo el puente de San Martín, fue observada por el rey desde la ventana de una de las torres del palacio. De inmediato, quedó prendado de la extraordinaria belleza de aquella muchacha. El rey quería conocer a aquella muchacha tan bella. Así, durante una visita de la reina a la cámara del rey acompañada de sus doncellas, aprovechó que la reina se encontraba jugando con sus damas para acercarse a la muchacha, solicitándole que le quitase, con un  alfiler de oro, unos ácaros de las manos que le producían las sarna, algo muy común por aquel entonces a causa de la falta de higiene. Mientras Florinda le limpia las manos, el rey le declara su amor. La hija del conde Don Julián se resiste y responde con evasivas, por lo que el rey cesa en su declaración, dejándolo para una mejor ocasión.  Don Rodrigo se obsesiona con la joven y cada día la buscaba allá donde estuviera para seguir acosándola, declarándole su amor y prometiéndola convertirla en su esposa, recibiendo siempre la negativa como respuesta a sus pretensiones.

Lejos de desanimar al rey, la resistencia de Florinda enciende, aún más si cabe, el deseo de este por ella; y así, una tarde, aprovechando la hora de la siesta, ordena a uno de sus pajes a que la lleve a su alcoba a su presencia.  Solos los dos, el rey insiste en su amor y en sus promesas, pero la muchacha insiste en su negativa. Herido en su honor, Rodrigo arranca los vestidos de la joven y la viola, ante los gritos inútiles de esta. A partir de ese momento  Florinda será conocida como la Cava, que en árabe significa prostituta, puesto que, como es de esperar y sobre todo en aquellos tiempos, los reyes tomaban lo que querían. La muchacha quedará sumida en la más profunda tristeza y su rostro mostrará la huella de su sufrimiento.   Una de las doncellas de la reina, Alquifa,  le pregunta que le ocurre y la causa de su pesar. Florinda le narrará, entre lágrimas, su violación por parte del rey, y aquella le recomendará que no cubra con su silencio lo ocurrido y  se lo cuente a su padre. Pese a que Florinda no quiere hacerlo, con el tiempo decide hacerlo y le escribe una carta contándole todo.

Aprovechando que don Rodrigo envía un emisario a don Julián para que este le proporcione un halcón para sus juegos de cetrería, a lo que era muy aficionado, Florinda entrega una carta para su padre, donde le cuenta todo lo acontecido. Tras leer la carta don Julián,  promete venganza contra aquel que ha mancillado el honor de su hija y el suyo propio. Disimulando su deshonor, prepara en secreto su venganza contra don Rodrigo.  Acude a Toledo para llevarle halcones al rey y le pide el regreso de su hija para que cuide a su madre enferma. Una vez Florinda llega a casa, don Julián pacta con el hijo de Witiza y le promete su apoyo para derrotar al rey. Entra en contacto con  los generales Muza y Tarik, a quienes promete ayuda para el paso de los ejércitos musulmanes por el estrecho de Gibraltar para que puedan ayudar a los sublevados contra don Rodrigo.  Esta no era una estrategia nueva, pues ya en varias ocasiones los visigodos habían requerido la ayuda de los musulmanes en sus luchas intestinas. Siempre habían regresado a su tierra, no sin antes no haber cobrado su trabajo. Don Julián tenía buena relación con Muza y le facilita cruzar hacia la península. Pero esta vez, el ejército musulmán era más numeroso que de costumbre.

El rey don Rodrigo, enterado de la invasión musulmana, acude con su ejército a su encuentro, enfrentándose a ellos en la batalla de Guadalete. Estamos en el año 711. Apenas comenzada la batalla, el conde Don Julián y los hijos de Witiza, que en principio figuraban entre las filas del rey godo, se pasan al enemigo con todas sus tropas, dejando muy diezmado el ejército de don Rodrigo. Tarik aprovecha la estrategia y la traición visigoda. Entre todos derrotan a don Rodrigo y a España misma, pues, lejos de regresar a África, inician  la conquista de España, lo que hicieron en muy poco tiempo, en apenas tres años. Los invasores matan a Don Rodrigo, aunque nunca se encontró su cadáver,  y a toda su familia, entre la que se encontraba el hijo que tuvo con la Cava. Era el fin del reinado visigodo y el inicio de una nueva era en la Península Ibérica. Tarik entra en Toledo en el año 714, como nuevo caudillo

Los musulmanes tardaran menos de diez años en conquistar un territorio que los romanos tardaron en conquistar más de 200 años y que los propios cristianos, en la Reconquista, tardarían más de 700. El desgobierno que caracterizó al reino visigodo, el enfrentamiento entre trinitarios y arrianos, el recelo de los judíos perseguidos y los odios y traiciones, tan propios de la época visigoda, fueron la causa principal, y tal vez la única, de la invasión y conquista musulmana de la Península Ibérica.

A partir de aquí surgirán las leyendas que intentarán justificar o enmascarar la realidad, algo menos tozuda que la propia leyenda.

Capítulo IX

Pese a todos los esfuerzos de la erudición de ayer y de hoy, no es posible alegar en favor de la presencia de Santiago en España y de su traslado a ella una sola noticia remota, clara y autorizada”. Claudio Sánchez-Albornoz.

En los primeros  siglos de nuestra era, la Iglesia Católica cristianizó este camino que ya existía miles de años antes y creó  la leyenda de la llegada del apóstol Santiago a tierras gallegas. Es más, la leyenda del camino se inicia incluso ante de los celtas, y fueron estos los que lo incorporaron a su cultura y mitología.

Para los celtas, más allá de los confines de la tierra, del lugar donde el crepúsculo marca el final del día y el sol desaparece bajo las aguas, existía una isla en el océano a la que viajaban las almas de los fallecidos… cuyo nombre era  Tir na nog, que en gaélico irlandés significa “la tierra de la eterna juventud”. En esta isla, habitada por las hadas, los muertos seguían viviendo eternamente jóvenes  a salvo de enfermedades y guerras. Para los celtas, las almas, caían del Cielo como estrellas fugaces, quedando atrapadas en el cuerpo y liberadas de nuevo con la muerte para viajar hasta la mencionada isla en forma de estrellas, siguiendo el “camino de la Vía Láctea” hasta el lugar donde cada tarde moría el sol, el Fin del Mundo, o “Finis Terrae”.  Allí  el alma era transportada en una barca mágica, guiada por el dios de las aguas, hacia la Isla de la Eterna Juventud. Una leyenda adoptada por los celtas, que a su vez era conocida desde el Neolítico, que ya conocían aquel camino estrellado que conducía a los confines de la tierra.  Un camino que era utilizado para peregrinar hasta ese lugar para ver morir el sol mientras se sumergían en las aguas para purificar sus almas y asegurarse que tras su muerte su espíritu fuera a la mítica isla. Y como prueba de su purificación recogían una concha de viera, símbolo del nacimiento del hombre nuevo.

También los griegos denominaron a Finisterre como Dutika Mere, es decir, región de la muerte, y Aristóteles habla de él, al mencionar un camino que parte desde Roma hasta la Península Ibérica, un camino de peregrinos protegidos por leyes que les protege de los asaltantes. Incluso lo denomina “Camino Heracleo” porque es el que siguió Hércules para ir hacia una isla situada en medio del océano Atlántico.  La mitología recogida en la Teogonía de Hesíodo, nos cuenta la leyenda de Hércules que, a finales del siglo CII a. C.  se dirige hasta Finisterre durante la penitencia que le condena a realizar uno de “los diez trabajos” para enfrentarse al gigante Gerión, al que derrotará y enterrará su cabeza en el lugar donde hoy se levanta la Torre de Hércules. En su viaje hasta Finisterre, Hércules siguió la senda estelar marcada por la Vía Láctea, que le orientará hasta el fin del mundo. La isla también es referida por el poeta Homero cuando habla de una tierra de eterna felicidad, en el medio del océano.  Algunos estudios han relacionado esta isla, a la que sitúan en las Islas Canarias, con el “Jardín de las Hespérides”. En la mitología celta, los muertos hacían el último viaje en… una barca de piedra. Recordemos la leyenda de Santiago, cuando su cuerpo es trasladado desde Jerusalén hasta Iria Flavia en una barca de piedra, guiado por la providencia.

No es la única similitud entre la leyenda del apóstol y la mitología griega. Los griegos llamaban a esta región Dutika Mere que significa región de la muerte. Aquí estaba el fin del mundo, donde Helios (el Sol) se hundía cada atardecer en Hades, país de los muertos para renacer de nuevo por senderos misteriosos en el oriente, emergiendo cada mañana con todo su esplendor. Según la mitología griega, Hermes trasladaba a los infiernos las almas de los muertos ayudado por Caronte que conducía su barca de piedra hasta Hades, es decir, Finisterre. Leyendas mitológicas  de viajes al más allá para morir y volver a nacer como entidad mística. Un camino que seguirán millones de personas al encuentro con Dios en busca del hombre nuevo y de la purificación del alma.

Aquel camino que,  según cuentan, también siguieron en el siglo IV aquellos que peregrinaron hasta la tumba de Prisciliano, situada en un santuario céltico donde los druidas acudían al dirigirse hacia Finisterre. Prisciliano era considerado también un druida por ser discípulo de Delphidius, un descendiente directo de los antiguos druidas. Prisciliano había fundado junto con Delphidius una congregación iniciática donde se meditaba, se practicaba el vegetarianismo, se dejaba participar a las mujeres y no se prohibía el matrimonio entre clérigos, aunque se recomendaba la castidad. Además, Prisciliano condenaba la esclavitud, rechazaba la unión de la Iglesia con el Estado y la corrupción y enriquecimiento de las jerarquías de la Iglesia. Ideas adoptadas de Arriano y que supusieron las bases ideológicas y religiosas de la iglesia arriana, que como se ha visto antes, consideraba a Dios como un ser único.

Al ser expulsado, acusado de hereje y hechicero, de Aquitania, Prisciliano se dirigió con sus discípulos a Gallaecia, muy influenciada por el paganismo céltico, donde sus doctrinas empezaron a tener una gran aceptación, hasta el punto que la Iglesia oficial empezó a ver en él un problema. Su mensaje de difundir una iglesia más cercana a los pobres, la enseñanza de los evangelios apócrifos, la defensa de los menesterosos  y las críticas a la Iglesia romana, sirvieron para el número de sus seguidores, de todas las clases sociales, crecieran sin cesar. La Iglesia le acusó entonces de promover el amor libre, de celebrar orgías, practicar rituales y misas paganas, y de ser la reencarnación de un viejo druida de la antigüedad, por las que fue juzgado y condenado a muerte, a pesar de haber sido nombrado obispo de Ávila. Su ejecución en el año 389 en Tréveris fue ordenada por el emperador Teodosio y constituyó la primera muerte de un cristiano a manos de otros cristianos. Se desencadenó entonces la persecución de todos sus seguidores. Pero la muerte de Prisciliano era, como ha sucedido en otras ocasiones, el nacimiento de su leyenda.

En efecto, apenas cuatro años después de su muerte, un grupo de discípulos llega desde Gallaecia a Tréveris para reclamar el cuerpo de Prisciliano y trasladarlo a su tierra y enterrarle. Sus discípulos consiguieron llevar los restos por una ruta que luego seguirían los peregrinos de Compostela, casi cuatro siglos antes de que empezara el primer peregrinaje oficial hacia el sepulcro de Santiago. Prisciliano fue inhumado cerca de su tierra natal, Iria Flavia. Y son muchas las teorías que dicen que son restos que luego se atribuyeron al Apóstol Santiago, los mismos que hoy reposan en la cripta de la catedral de Santiago de Compostela.

A partir del siglo IX la Iglesia Católica cristianizó esta milenaria y pagana tradición de peregrinar a estas tierras para transformarla en lo que hoy conocemos como Camino de Santiago. La Iglesia católica transformaba así un antiguo itinerario marcado por su carácter mitológico y pagano nacido muchos siglos antes. Para su transformación era necesario crear la leyenda en torno a la misión evangelizadora de Santiago en la Hispania romana, según  la cual, incluida en el Códice Calixtino, tras la muerte de Cristo, Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo, ejerce su labor evangelizadora en Jerusalén hasta un día se le aparece la Virgen y le pide que viaje a Hispania para llevar el mensaje de Dios, concretamente a una región situada al noroeste de la Península. No tuvo demasiado éxito y decidió regresar a Jerusalén. Al llegar a Cesaraugusta (Zaragoza) se le apareció de nuevo la Virgen sobre una columna de mármol, y le pidió que, antes de regresar a Jerusalén,  construyera sobre ese mismo lugar una iglesia. Cuando llegó a Jerusalén fue detenido por orden de Herodes Agripa y, tras ser torturado, fue decapitado, siendo abandonado su cuerpo por orden del emperador, que prohibió su enterramiento. Aquel año 44 estaba marcado por las persecuciones contra los cristianos a causa de su fe, pero pese a ello, dos de sus discípulos recogieron el cuerpo y lo embarcaron en una barca de piedra sin timón, que navegaría sin rumbo fijo por todo el Mediterráneo y el Atlántico y, atravesando las columnas de Hércules, llegaron hasta Iria Flavia, en las proximidades  Compostela, para enterrar el cuerpo en un camposanto. Y aquí comienza una nueva leyenda: la de la reina Lupa.

Aquel lugar pertenecía a la Reina Lupa, una hechicera que vivía en aquellas tierras  le pidieron un lugar donde enterrar el cuerpo de Santiago. Ella les engaña y les envía  a Regulus, sacerdote del Ara Solis, en Finisterre. Pero este ordena detenerles y les encarcela con intención de matarlos, pero unas estrellas fugaces rompen el muro de la cárcel y les deja en libertad. Vuelven entonces a la reina Lupa y le piden un carro  y una pareja de bueyes para trasladar el féretro, pero esta los engaña por segunda vez al enviarles al monte Ilianus a buscar a los bueyes. Allí encuentran dos toros salvajes y un dragón, a los que vencen haciendo la señal de la cruz. Con los toros convertidos en bueyes, regresan para recoger el carro y Lupa, al conocer los prodigios, se convierte al catolicismo y les ofrece su palacio para enterrar a Santiago. Pero los discípulos montan el féretro en el carro y dejan que sean los bueyes los que elijan el lugar. En efecto, cuando estos llegar a un frondoso bosque, en un lugar llamado Arcis Marmoricis (Arca Marmárica) se paran de repente, señal que Atanasio y Teodoro  interpretan como una señal divina y allí mismo sepultan los restos de Santiago. En el Breviario de los Apóstoles, de finales del siglo VI, también  habla llegada a la Península Ibérica del Apóstol Santiago y de  su enterramiento en el Arca Marmórica. En el siglo VIII, uno de los padres de la iglesia católica, Beda el Venerable, también describe con gran exactitud  la localización exacta del cuerpo del Apóstol en Compostela.

Sin embargo, el lugar fue olvidado hasta que, en el siglo X, Pelayo vio unas luces que iluminaban el lugar y dio aviso al obispo de Iria Flavia,  Teodomiro,  quien se trasladó hasta el lugar y pudo contemplar el fenómeno relatado por el ermitaño, descubriendo una pequeña capilla con un altar y una cripta en la que había tres tumbas, la de Santiago y la de sus dos discípulos. Después,  informo al rey de Asturias, Alfonso II el Casto, que viajó desde Oviedo por el que se denomina Camino Antiguo, para verificar que los huesos correspondían con los del apóstol. Aquel fenómeno religioso, en aquel contexto histórico,  atrae todas las miradas de la Cristiandad, y el papa León III publica la epístola “Noscat Vestra Fraternitas“, donde  da detalles del descubrimiento y anima al culto jacobeo. Europa necesita detener el incesante avance islámico más allá de los Pirineos, algo que solo puede evitarse acabando con el secular aislamiento de Hispania del resto de Europa y del papado de Roma. Aparece entonces en escena Carlomagno.

Carlomagno, rey de los francos y emperador de Occidente hasta los primeros años del siglo IX, dedicó su intensa vida a reconstruir el Imperio romano, luchando contra las invasiones musulmanas que pretendían invadir Europa más allá de la frontera pirenaica y, declarándolos la guerra, penetró en Hispania y tomó Pamplona y Zaragoza, estableciendo la llamada Marca Hispánica, territorio que marcaba el final de Al-Andalus. Luego, mientras regresaba a Francia, la retaguardia del ejército carolingio cayó en una emboscada de tropas vasconas, aliadas de los árabes de la dinastía de los Banu Qasi, y sufrió una terrible derrota en el paso de Roncesvalles, en la que murió Roldán, el protagonista del cantar épico  Chanson du Roland, que sirvió de inspiración a una parte importante del simbolismo del Camino de Santiago. Así, por mediación de papa, Carlomagno se convierte en el abanderado del camino y, según cuenta el arzobispo de Turpin en su “Karoli Magni et Rotholandi”, el propio apóstol Santiago se le aparece en sueños a Carlomagno y lo anima a ir a España, mostrándole el camino de estrellas que desde Frisia (Países Bajos) le llevará a Galicia, donde se encuentra su cuerpo y  donde también, tras la liberación del sepulcro de manos musulmanas por el propio Carlomagno, le convertirá en el símbolo vivo de la lucha contra el islamismo. Las crónicas europeas hablan de  las numerosas huellas del paso de Carlomagno por el Sur de Francia y el Norte de España y, pese a la derrota de Roncesvalles, el emperador aparece como el salvador de la Península Ibérica, el que evangelizó España con las armas y con la lucha contra los musulmanes y el que convirtió el Camino de Santiago como camino de peregrinación. En un mundo que necesitaba creencias y los cristianos un símbolo que estimulara su resistencia  contra la invasión musulmana que amenazaba con penetrar hacia el interior de Europa, aquellas gestas sirvieron para que se iniciara la cruzada contra los musulmanes.

En aquella época de juglares y cronistas fue muy sencillo publicar cuantas leyendas, crónicas y cantos épicos fueran necesarios para incentivar esta lucha, que sirvieron como fuente de inspiración para posteriores trabajos.  Así, Alfonso X el Sabio, rey de Castilla en el siglo XIII, en su Crónica General  cuenta detalladamente la participación milagrosa del apóstol en la batalla de Clavijo montado sobre un blanco y brioso corcel y matando moros, o la intervención del Apóstol en la victoria del rey leonés Ramiro II sobre el musulmán Abderramán III en la batalla de Simancas, o la del rey Fernando I, en el siglo XI, cuando permaneció orando tres días y tres noches ante la tumba del santo, pidiendo su  apoyo para conquistar la ciudad de Coímbra. Se estaba escribiendo la historia de la Reconquista.

Una historia que permanecerá en el tiempo.

Capitulo X

Yace allí en Santiago en una arca de mármol, dentro de un sepulcro bellamente abovedado, admirado por su tamaño y por su ejecución; está iluminado como fuese por el cielo, con carbunclos, como fuese la joya de la Nueva Jerusalén, y la atmósfera se mantiene suave; la iluminan velas de cera con un resplandor celestial, y un servicio angélico se cuida de él”. Códice Calistinux

Todo hombre moderno, dotado de espíritu crítico, no puede admitir, por católico que sea, que el cuerpo de Santiago el Mayor repose en Compostela”, dice Miguel de Unamuno. Pero a pesar de que hoy en día, en pleno siglo XXI, todos los historiadores ponen en cuestión la historia del descubrimiento del sepulcro de Santiago, no se entiende a España sin ella ni el Camino de Santiago. La invasión musulmana y la pérdida de los reinos cristianos, los milagros y leyenda del Camino se convierten en el instrumento más importante de la lucha contra los sarracenos.  Solo se precisa crear el mito necesario, el símbolo de esta lucha.

Será  un monje con una gran formación cultural que llegó a tierras del norte desde Andalucía huyendo de las zonas invadidas por los árabes, como habían hecho muchos mozárabes, conocido como el Beato de Liébana, quien ha pasado a la historia por su “Comentario del Apocalipsis” comenzado en el año 776 y terminado de redactar 10 años después.  En este documento, el Beato crea el mito de la predicación del  apóstol Santiago en tierras españolas, para lo que toma como base de argumentación el Breviario de los Apóstoles. Llega a decir que Santiago es la “aúrea cabeza refulgente de España”. Sus escritos serán la base para que se inicie la leyenda del Apóstol, cuya tumba se descubre casualmente unos años más tarde y Alfonso II el Casto le declare Patrón de España. El Camino empieza a cobrar gran importancia como lugar de peregrinación, cuyo punto culminante será el siglo XII, con la publicación del Codex Calixtinus o Libro de Santiago, una compilación de fuentes diferentes jacobeas cluniacenses hecha por Aymery Picaud sacerdote de Potiers, en el año 1150. El Códice consta de cinco libros, el primero se compone de poemas e himnos de diversos autores; el segundo  comprende hechos que tuvieron lugar en tiempos del arzobispo Diego Gelmírez; el tercero relata el viaje del apóstol Santiago desde Jerusalén a Galicia; el cuarto son las crónicas de Turpín, arzobispo en tiempos del emperador Carlomagno, donde narra la aparición del Apóstol; y el quinto es una guía de peregrinos del Camino francés.

Será también en el siglo XII, momento álgido del Camino, cuando el rey de León, Fernando II cree la Orden de los Caballeros de Santiago, la cual fue aprobada por el papa Alejandro III en 1175. La función de esta orden de caballería era proteger a los peregrinos del camino y luchar contra los invasores árabes. Su divisa, “rubet ensis sanguine Arabum”, es decir  “la espada es roja de sangre de árabes” era su declaración de principios. A finales del siglo XV, cuando ya Granada era cristiana y los Reyes Católicos habían concluido el periodo de Reconquista, la Orden tenía más de doscientas encomiendas, prioratos, castillos y pueblos, constituyendo un auténtico Estado dentro de los reinos hispánicos, por lo que la reina Isabel de Castilla propuso al Papa que su Maestre general, uno de los cargos más importantes del reino, fuese su esposo, el rey Fernando II de Aragón. Otorgado este nombramiento, todas sus propiedades pasaron a la Corona real española, en 1493. Los caballeros de la Orden de Santiago participaron activamente, y parece que también económicamente, en la conquista de Granada por los Reyes Católicos en 1492, con lo que se conseguía una doble protección por parte del Apóstol, la militar, con la Orden; y la divina, con la advocación de su protección. En 1501, en agradecimiento, los Reyes Católicos levantan el Hospital Real en Santiago para peregrinos y enfermos que acudan a visitar la tumba del apóstol Santiago. Actualmente, llamado Hostal de los Reyes Católicos, es uno de los edificios más nobles y hermosos del Renacimiento español y es Parador nacional.

El 4 de enero de 1492, el rey moro Boabdil entrega las llaves de Granada a los Reyes Católicos y en la Torre de la Vela de La Alhambra empieza a ondear el pendón de Castilla, dando fin a setecientos años de presencia árabe en la Península Ibérica. Una vez reconquistada España de la invasión islámica, la figura y el simbolismo del Apóstol Santiago cae en decadencia. En la segunda mitad del siglo XVI, desciende considerablemente el número de peregrinaciones a Compostela, debido además  al auge del protestantismo en Europa.  Erasmo de Rotterdam y Lutero publican escritos contra la devoción de los santos. Y en España, la Iglesia de Toledo defendía su primacía con la de Compostela al negar su obispo, y asesor de Felipe II, la venida del apóstol Santiago a España.

En realidad, la mayor contradicción con la leyenda del descubrimiento del sepulcro de está en la propia Biblia. En el quinto libro del Nuevo Testamento, en Los Hechos de los Apóstoles dice que Santiago murió en Jerusalén en el año 44, decapitado por orden de Herodes Agripa, siendo uno de los primeros mártires cristianos. Es cierto que la leyenda afirma que el cadáver fue trasladado tras su muerte. Dos de esos discípulos estaban con él cuando fue degollado en Jerusalén. Los mismos dos que robaron el cadáver y se lo llevaron hasta Galicia, enterrándolo  en secreto. Los discípulos y el cadáver viajaron en una barca de piedra desde Jerusalén hasta la desembocadura del río Tambre, sin timón alguno y guiado por la providencia, Que los mismos dos discípulos fueron enterrados junto al Apóstol. Y lo esencial: allí estuvieron enterrados durante ochocientos años.  Siendo descubiertos, además, después de que el islamismo amenace al mundo cristiano con su expansión. Sobre el auténtico inquilino del sepulcro, también existen varias hipótesis. Desde la que defiende, entre otros, Miguel de Unamuno, que sea Prisciliano, el primer cristiano condenado a muerte por herejía, decapitado en Tréveris en el año 385 y trasladado su cadáver por sus discípulos hasta su ciudad natal. O la que el muerto sea cualquier otra persona, al ser hallado su cuerpo en un cementerio de origen céltico y que fue usado por los romanos,

Toda una leyenda. Pero lo que no es en absoluto una leyenda es el simbolismo que encontramos en Santiago de Compostela. Cada calle,  cada edificio,  cada piedra está impregnada de esa tradición que aún hoy en día lleva a miles de personas cada año a peregrinar a Santiago. Y que la historia de España y de Europa, a lo largo de los mil últimos años, ha sido labrada alrededor de esa leyenda. Y la dimensión de todo ello hay que vivirlo allí, en medio de aquel universo pétreo de la catedral de Santiago. La enorme fuerza de la fe de los que acuden a encuentro con el Apóstol. La enorme fuerza de los que caminan durante días soportando el cansancio y las inclemencias del tiempo para llegar al final. La enorme fuerza de los sentimientos que se perciben cuando el botafumeiro oscila como un enorme péndulo llenando la atmósfera de incienso en una milenaria ceremonia a todos los que en silencio observan emocionados. Decía Pío Baroja que la historia es siempre una fantasía sin base científica y cuando se pretende levantar un tinglado invulnerable y colocar sobre él una consecuencia, se corre el peligro de que un dato cambie y se venga a abajo toda la armazón histórica. En efecto, la historia es siempre una fantasía……

Pero la historia no se puede cambiar. Ni la de ayer mismo, ni la del milenio anterior. Toda la historia del mundo es revisable y en la mayoría de los casos tiene muy poco que ver con la realidad. Incluso para un escéptico como yo, el simbolismo de Santiago es incuestionable. Ni Europa ni España sería lo mismo sin su figura. Si ahora descubriéramos que quien está enterrado en la urna de plata de la cripta de la catedral de Santiago de Compostela es Prisciliano o cualquier otro, carece de importancia. Porque el tiempo es imposible detenerlo y  darle marcha atrás. Solo H.G. Wells lo hizo. Pero tampoco. Lo suyo también fue un cuento.

Miro por la ventana. Es madrugada y la noche está en su máximo esplendor. El cielo se abre ante mis ojos como un inmenso e infinito abismo. Miro hacia el norte. No hay luna y la bóveda celeste permite ver alguna estrella. Veo, o creo que veo, la estrella polar. Recuerdo de pequeño, cuando era posible ver claramente las estrellas. Cuando en el campo se podía ver la Vía Láctea, esa enorme mancha blanquecina en las noches de verano. Yo no sabía entonces que aquella mancha marcaba el camino de Santiago.

Luego he comprobado que aquella mancha blanquecina ha marcado el camino…. de la historia.

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