VIDA PRIVADA DE ISABEL II

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El tren inicia lentamente su marcha. El ruido de la máquina de vapor es como la profunda respiración de un dragón, de cuya boca sale un inmenso humo, que cubre la estación. Sin embargo, ella apenas lo escucha. Es más fuerte su propia respiración. Su corazón palpita a toda velocidad. Recuerda como dieciocho años antes tampoco sentía el ruido de la máquina de vapor y como su corazón palpitaba. Pero entonces era por la emoción de aquel tren que inauguraba la línea férrea Madrid- Aranjuez. La emoción de una reina amada y vitoreada por su pueblo. Hoy su corazón palpita por la tristeza. La tristeza de abandonar España, donde deja un pueblo que la odia y la ha convertido en la figura principal de sus insultantes coplas. “Es difícil ser reina, pero mucho peor dejar de serlo” piensa, mientras a través de su ventana contempla, con la mirada perdida en el horizonte, el amanecer en la campiña francesa.

El tren avanza a toda velocidad. Casi a tanta como el repaso a su propia vida. Como si de una máquina del tiempo se tratara, Isabel mira por la ventana los acontecimientos que marcaron su vida. Ve su propia imagen reflejada en el cristal del tren. Aún es joven, apenas treinta y nueve años cumplidos hace un mes y, sin embargo, se siente profundamente vieja. Su rostro está marcado de arrugas y cada una de ellas representa una herida en el corazón.

Isabel II
Isabel II

Con su propia imagen en primer plano reflejada sobre el cristal de su ventanal, las imágenes de su vida aparecen ante ella. Hoy, 6 de noviembre de 1869, apenas amanecido, ha partido de la estación de Pau con destino a París. Hace ahora catorce meses que tuvo lugar su apresurada salida de vacaciones tras el triunfo de la revolución que la obligó a huir de España. “La Gloriosa”, como la llamaron los insurrectos. Era el final a sus 34 años de reinado. ¡Treinta y cuatro años!

Grabada del exilio de Isabel II
Grabado del exilio de Isabel II

Bueno, en realidad había que descontar los diez años de regencia de su madre, María Cristina, y del general Espartero. Luego, el 8 de noviembre de 1843, ya con trece años fue nombrada reina. De esos treinta y cuatro años apenas quería guardar recuerdos. Quería dejarlos atrás. Veía, entre la neblina de la mañana, la gris silueta de los Pirineos alejarse en el horizonte. España se alejaba, aunque, bien mirado, poco le importaba. Sus hijos, que ahora la acompañaban, eran lo único que había merecido la pena. De los 12 que había parido, solo ocho habían sobrevivido. 12 en apenas 15 años, desde la mayor, María Isabel, nacida el 11 de julio de 1851, hasta Francisco de Asís, el más joven, nacido el 21 de enero de 1866. Miraba a su hijo Alfonso, el primer varón nacido y por lo tanto heredero a un trono que ahora estaba perdido. ¡Pobre Alfonso! Justo ahora íbamos a celebrar su duodécimo cumpleaños. Al lado de su hijo viaja su esposo. Su esposo, que no su padre. Alfonso, la mayor de sus alegrías, porque era su heredero a la Corona. Y junto a él su esposo, segundo, uno de los episodios más amargos de su vida. No podrá olvidar aquel 10 de octubre de 1846, cuando tuvo lugar aquella pomposa y cínica boda entre ella y su esposo Francisco de Asís en el Salón del Trono del Palacio Real de Madrid. Aquel matrimonio hizo desbordar en ella muchas lágrimas, pero no de felicidad sino de tristeza e indignación. Lloró y maldijo aquella decisión de unos cuantos para lo que menos importante era la felicidad de su reina. Era un sarcasmo de todos ellos y de su triste destino. No es que el hombre elegido fuera inadecuado. Es que ni siquiera era un hombre.

Isabel II sigue mirando a través de la ventana del tren el paso de su vida. El día de su nacimiento, el 10 de noviembre de 1830. Se acordaba ahora de su padre, Fernando VII, a quien apenas conoció y del que solo tenía un vago recuerdo, gracias a los cuadros de palacio. Pero su padre debía de amarla mucho. Celebró por todo lo alto su nacimiento, algo lógico por un lado porque ella era la única hija nacida después de tres matrimonios. Y debía quererla mucho, además, porque desafió todo cuanto fue necesario para llevar a cabo su mayor deseo: que aquella niña fuera Reina, aunque para ello tuviera que enfrentarse a todo y a todos. El problema es que su prematura muerte dejó en herencia una guerra fratricida y un Estado en descomposición. Y un Reino que ahora se había perdido.

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En efecto, treinta y ocho años después, la monarquía había llegado a su fin y la Reina Isabel II era la última de los Borbones. El final de aquel escenario político y social existente a mediados del siglo XIX en España, con una monarquía basada en un sistema constitucional, pero sin acatar la Constitución y con un sistema de partidos compuesto por dos de ellos principalmente: el moderado y el progresista, ambos muy desgastados por la corrupción.

Manifestación en la Puerta del Sol durante la Vicalvarada
Manifestación en la Puerta del Sol durante la Vicalvarada

Aquella historia cuyo final viajaba en aquel tren con destino a París se iniciaba en la llamada “La Vicalvarada”, el 28 de junio de 1854, liderado por los generales O´Donnell y Espartero y concluido con “La Gloriosa” de 1868. La Vicalvarada provocó el exilio de su madre, la regente María Cristina, por su negativa influencia sobre Isabel, una niña que aspiraba a reinar. Pero el efecto político de esta asonada fue escaso, ya que dos años más tarde la reina Isabel recupera su poder nombrando como presidente al general Narváez, para, en 1858 nombrar al también general O´Donnell en sustitución de aquel. Este nombramiento dará lugar a un periodo de cinco años de cierta estabilidad política y económica. La caída de este, sin embargo, será el comienzo del fin del reinado de Isabel. La situación de crisis, económica, social y política, marca los acontecimientos que trae consigo el denominado Pacto de Ostende, firmado en agosto de 1868 por los liberales y progresistas y cuyo principal fin es la expulsión de los Borbones de la monarquía española. Finalmente, la noche del 17 de septiembre de 1868, el general Topete inició el motín en Cádiz la llamada Revolución Gloriosa, y el general Prim, llegado el día anterior desde Londres, nombra una Junta revolucionaria. De inmediato, las ciudades del sur de la Península se van a uniendo a la revuelta y marchan hacia Madrid.

Pero en la capital de España no se encuentra Isabel II. Unos días antes, ha partido de vacaciones a San Sebastián, un lugar veraniego muy de moda en aquellos tiempos, pero, además, un lugar muy próximo a la frontera francesa, por si es necesario un exilio rápido. Y allí, desde el balneario, la reina, su familia y su séquito esperan los acontecimientos. Existe un gran misterio en todo lo que acontece a estos días, y todo el periodo posterior que comprende el exilio de Isabel II. Aquella mujer, que accede al trono con apenas 10 años de edad, partirá hacia la vecina Francia con apenas 36 años. Y allí permanecerá otros 38 años, algo más de la mitad de su vida.

El tren avanza a la velocidad que los acontecimientos. Isabel rememora como esperaba que aquella nueva revolución, una más, se calmase para regresar a Madrid. Antes del levantamiento ya tenía en mente un nuevo gobierno encabezado, en esta ocasión, por el general Gutiérrez de la Concha. Y en el tranquilo reposo veraniego recibía visitas de aquellos que se encontraban por allí para expresarle sus parabienes y contarle lo que ocurría fuera de aquel idílico balneario, ocultándole la realidad de lo que se cocía al sur.

Cercano al lugar donde se encontraba ella, veraneaba también Luis Napoleón Bonaparte, Napoleón III, junto con su esposa la emperatriz Eugenia de Montijo, condesa de Teba, en la vecina Biarritz. Dada la amistad entre ambas familias reales, acostumbraban a realizar excursiones en coche descubierto. De hecho, a San Sebastián había llegado la familia real española desde Lequeitio, para encontrarse allí con el monarca francés y a su esposa el 18 de septiembre, un día después del levantamiento, una coincidencia por otra parte. Hasta tal punto que Luis Napoleón y su esposa, debido al pronunciamiento miliar, anularon la visita en vista del triunfo revolucionario español. Napoleón III no quería adquirir compromiso alguno con ella, ni mucho menos apoyarla, manifestando su neutralidad ante los acontecimientos.

Pero Isabel comprendía que la decisión del emperador había estado influenciada por la prensa francesa, muy interesada por “el problema español”. En relación a lo que estaba ocurriendo en España, la prensa francesa había informado del cambio repentino de planes el 21 de septiembre, cuando estando todo preparado para el regreso a Madrid, a la vista de las alarmantes noticias sobre el triunfo de la revolución, se suspendió el viaje previsto y se decidió preparar otro, en dirección contraria, hacia San Sebastián donde fue conocida la derrota de los monárquicos en la batalla de Alcolea y el triunfo de La Gloriosa. Unos días después, la Reina Isabel II subía a bordo del tren especial que la conducía al otro lado de la frontera bajo los acordes de la Marcha Real., en un ambiente de indiferencia absoluta. El viaje de la comitiva real hasta Hendaya transcurrió sin incidencias reseñables. Eran las 11 de la mañana cuando el tren llegó a la ciudad fronteriza. Al apearse la reina le esperaba el general Castelnau, enviado de Napoleón III y una representación de la Embajada de España en París. Isabel y su séquito almorzaron en espera de la salida del próximo tren a Biarritz, aproximadamente una hora más tarde. A Biarritz llegaron sin novedad alguna, si bien se cruzaron en su camino con un tren en el que viajaban asilados políticos que regresaban a España.

En Biarritz fueron recibidos por el emperador y su familia. Los corresponsales franceses presentes en el acontecimiento informaron sobre el encuentro entre ambas familias reales. La emperatriz y su hijo subieron al convoy donde viajaban los reyes. La emperatriz y la reina se fundieron en un estrecho abrazo., mientras los príncipes se abrazaron asimismo, en tanto el emperador, que aguardaba en el andén, les recibió al bajar, saludó ceremoniosamente a la reina y al príncipe, y dirigió unas palabras de cortesía al rey consorte. Después, el Emperador ofreció su brazo a la Reina, don Francisco de Asís a la emperatriz, y detrás caminaron los príncipes, en una escena presidida por el respetuoso silencio de los muchos curiosos que se encontraban en el andén. Tras una breve entrevista privada de unos veinte minutos entre el Emperador y la Reina, ella y su comitiva continuaron su viaje hasta Bayona, a donde llegaron sobre las 14,45 horas, encontrándose con la grata sorpresa de una calurosa acogida dispensada por un grupo de familias españolas residentes, que acudieron a cumplimentar a su reina. Entre ellos se encontraban destacadas personalidades que habían conseguido cruzar la frontera, aún antes que la propia Isabel. Tras una breve parada de un cuarto de hora, el tren reemprendió el viaje a Pau, a donde llegaría el 2 de octubre, sobre las 17,45 horas. A la salida de la estación les aguardaban unos carruajes enviados por el Emperador para que les trasladara a la residencia donde quedarían alojados. Al paso del carruaje real algunas personas saludaron, a lo que Isabel correspondía con inclinaciones de cabeza mientras, a su lado iba su marido con rostro inexpresivo, junto con el príncipe y las infantas.

A la llegada al castillo de Pau, la guardia rindió honores, tras lo cual Isabel II y su familia accedieron al interior mientras el resto se acomodaba en los principales hoteles y casas de huéspedes de la localidad. En aquel momento, los proyectos inmediatos de Isabel y la duración de su estancia en Pau eran un misterio, aunque se suponía que esta última no sería larga, dado que estaría preparando el traslado a lugar más apropiado, y sobre todo menos aislado, siendo París el destino final más probable para la Reina y su séquito, aunque no se descartaba Roma, ya que el papa Pío IX había concedido recientemente la Rosa de Oro, la máxima condecoración pontificia, en reconocimiento de sus servicios a la Santa Sede y a la Iglesia Católica en general.

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Mientras, la prensa española apenas dedicaba recuerdo alguno a la ya ex-reina, dedicando sus páginas a la delicada situación política y social que se estaba produciendo en nuestro país. La marcha de la Reina dejaba el camino libre a los ideólogos del Pacto de Ostende, obligados ahora a buscar acuerdos que permitieran sustituir a la monarquía borbónica. Las dos soluciones propuestas eran la institucionalización de una nueva dinastía monárquica, con varios candidatos, o la implantación de la república, un régimen inédito en España.

Isabel II se terminaba de instalar en el castillo de Pau, muy ajena a los acontecimientos que se estaban viviendo al otro lado de la frontera. Parecía evidente que la estancia en el castillo de Enrique IV no podía ser durante mucho tiempo. Aquel vetusto y semiabandonado castillo no parecía estar preparado para soportar las duras condiciones invernales, a pesar que el emperador francés había dado las órdenes necesarias para las reformas necesarias en el castillo hasta hacerlo lo más confortable posible. Pero también se conocían los trámites que se estaban realizando para buscar un acomodo más digno en París. En el castillo se alojaron 26 personas, la Reina con el rey consorte, el Príncipe de Asturias, Alfonso; las cuatro infantas: Isabel, Pilar, Paz y Eulalia; el infante don Sebastián, primo de la reina, su mujer y sus hijos; la marquesa de Novaliches, primera dama de honor; el marqués de Roncali, ex-ministro de Estado; Marfori, intendente de Palacio; el conde de Ezpeleta, preceptor del príncipe; el duque de Moctezuma, el marqués de Villamagna y los tres chambelanes de la reina; los generales Ballesta y Alós, ayudas de campo del rey; el teniente coronel Campos, oficial-ordenanza del mismo; el conde de Oñate, jefe de servicio de la casa de la reina, y los doctores Canal y Alonso; las damas de honor de las infantas, y los chambelanes del infante don Sebastián. También residía monseñor Antonio M.ª Claret, confesor de la reina. A ellos se unieron más tarde la reina madre M.ª Cristina de Borbón y su segundo esposo, y sus sirvientes, que se reunieron con Isabel en Pau al ser trasladados por una fragata francesa desde la costa asturiana, donde se encontraban de vacaciones en el momento del levantamiento.

También empezaron a llegar políticos monárquicos que encontraron acomodo en los hoteles de Pau y alrededores. Una situación curiosa, pues a la misma Pau, así como a Biarritz y a Bayona, fueron llegando también exiliados antimonárquicos que regresaban a España. En aquellos días de octubre, a aquella región iban llegando miles de turistas de todas las nacionalidades en busca de un clima especialmente saludable, las carreras de caballos, representaciones teatrales y de ópera, conciertos de música y deportes invernales que se organizaban.

Finalmente, la partida hacia París se organizó para los primeros días de noviembre. Antes, la Reina anunció un generoso donativo para la financiación de las obras de la Casa de la Compañía de Jesús de Pau, que había acogido a religiosos procedentes de nuestro país, obras concluidas unos días más tarde de abandonar el séquito real la ciudad. Demostraba así la Reina su carácter generoso en materia económica. La realidad era que Isabel no era buena administradora y le daba escaso valor al dinero, recayendo la gestión económica en sus administradores. Ahora, en su exilio, Isabel viajaba casi con lo puesto, ya que su patrimonio se quedó, en buena parte, en Madrid, viajando solamente con lo necesario para pasar la temporada de verano en el Norte. A comienzos de octubre reclamó a Madoz, presidente de la Junta Revolucionaria establecida en Madrid tras La Gloriosa, sus enseres, objetos de valor y el vestuario que dejó en Madrid, así como una compensación económica, puesto que en Francia se había visto obligada a solicitar un préstamo de casi 4 mil francos franceses, necesarios para mantener la agenda y el protocolo real. La reina en sus primeros días de exilio mantenía sus contactos con España, recibiendo cartas e informes casi todos los días sobre la marcha de los acontecimientos de España, trataba asuntos de Estado con sus asesores y leía la prensa local e internacional.

Gobierno tras el exilio de Isabel II. En el centro, de izquierda a derecha, Prim, Serrano y Topete
Gobierno tras el exilio de Isabel II. En el centro, de izquierda a derecha, Prim, Serrano y Topete

De esta actividad política en el exilio cabe resaltar su conocido Manifiesto a los españoles de 30 de septiembre de 1868, emitido desde el castillo de Pau, redactado nada más llegar a la ciudad, un documento de protesta oficial contra su destronamiento, firmada por ella misma y por su hijo, el príncipe de Asturias, y que tuvo amplia difusión. Tal documento provocó la condena y rechazo, no solo en España, sino también de los sectores liberales y anti absolutistas franceses, tal y como un editorial aparecido en el periódico Le Liberal Bayonnais señalaba al decir que la Reina Isabel aún era de los que pensaban que los pueblos pertenecen a sus reyes como las tierras, las casas y las bestias pertenecen a sus propietarios. En efecto, Isabel insistía en el Manifiesto en sus legítimos derechos despojados, pero no decía nada sobre sus deberes incumplidos, sin reproche alguno y sin dar cuenta de sus actos, como si ella, como reina, estuviera por encima del bien y del mal.

Isabel seguía considerándose Reina de España, con toda la legitimidad de la Corona, y mantenía su protocolo sin alteración alguna. Después del paseo matutino con su esposo concedía algunas audiencias, normalmente a los emigrados españoles pertenecientes a su causa, que habían optado por el exilio, como ella. También recibía a algunas personalidades extranjeras, como por ejemplo, a Alberto Grimaldi, príncipe de Mónaco, quien apenas tuvo noticia de su derrocamiento y exilio, se desplazó expresamente a Pau para rendirle homenaje.

Por lo demás, la estancia de Isabel II y su séquito en Pau gozó de toda la atención posible por parte de las autoridades francesas. El 3 de noviembre, tres días antes de la marcha de Isabel a París, el teatro de la Ópera de Pau sustituyó la representación de la ópera de Donizetti, Lucía de Lammemoor, que se encontraba programada, por El barbero de Sevilla, en homenaje a la reina española. Isabel había sido una frecuente asistente a las representaciones teatrales y a los conciertos de música. La reina siempre había sido muy aficionada a la música y al teatro y mucho menos, casi nada, a la lectura, utilizando casi siempre la biblioteca como lugar de reuniones.

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Tal y como se había acordado con el emperador Napoleón III, la estancia de Isabel II y su séquito en la ciudad de Pau sería breve y transitoria, a la espera de adecuar un lugar digno para ella en París. Finalmente, el viaje se fijó para el 6 de noviembre de 1869. Ese día a muy temprana hora partirá la Reina y su séquito en un tren especial con destino final a la capital francesa, aunque sin conocerse el lugar donde quedaría alojada. Para entonces, la reina había adquirido el palacio Basilewski, pero nadie conocía ese dato. Dos días antes de partir, la Reina y su esposo concedieron una audiencia especial a las autoridades del castillo y les obsequiaron a cada uno con un regalo en recuerdo de su estancia y en reconocimiento por sus servicios y atenciones. Al propio tiempo la reina hizo escribir a Marfori una carta, firmada por ella misma, dirigida al prefecto del Departamento, agradeciéndole todas las atenciones recibidas y donando una cantidad equivalente a un mes de sueldo a todos y cada uno de los empleados del castillo. A la iglesia de Saint-Martin obsequiaron una custodia, un copón y unas vinajeras de oro y plata incrustados de pedrería.

Salida a París

Finalmente, tal como estaba previsto, la Reina, su esposo y su séquito emprendieron el viaje a las 7 de la mañana, siendo despedidos oficialmente por las autoridades locales, quienes la entregaron un gran ramo de flores. Pese a la hora temprana y el mal tiempo que aquel día amaneció en Pau, acudieron a despedir a la comitiva una gran cantidad de personas.

En aquellos 37 días que Isabel II había permanecido en Pau, las autoridades locales habían proporcionado todo lo necesario para que la Reina se sintiera de acuerdo a su rango. Y es cierto que, entre la población surgió un sentimiento de simpatía hacia la reina española. Aunque es preciso aclarar que tales atenciones también recibieron crítica por parte de los sectores liberales. La publicación en la prensa local de las donaciones y del agradecimiento de los reyes españoles a Pau y sus habitantes fue contestada por los críticos, que consideraron que la estancia de los reyes había perjudicado a una ciudad con fama de abierta y liberal y que, gracias a sus balnearios, recibían gran cantidad de visitantes der todas nacionalidades. En la misma medida, las atenciones recibidas por los reyes no ayudaron a mejorar las relaciones diplomáticas entre el nuevo gobierno español revolucionario y el francés.

Sea como fuere, el viaje hacia París se produjo sin incidencias reseñables, llegando a la capital francesa a las 11:35 de la mañana a la nueva estación del Midi, recientemente inaugurada, acondicionada para cumplimentar oficialmente a la comitiva real, y donde esperaba gran cantidad de público, en su gran mayoría emigrados isabelinos y otros simpatizantes que acudieron a saludarles. Sería el Príncipe de Asturias el primero en bajar del tren, seguido por las infantas, el Padre Claret, el rey consorte y finalmente la reina Isabel. Después, el resto de la comitiva, en total 47 personas. Tras el recibimiento oficial, el cortejo real se trasladó a la mansión de Rohan, situada en el 172 de la céntrica Rue de Rivoli. La mansión se componía de un edificio de cinco plantas, alquilado como vivienda provisional, mientras no estuviera disponible el palacio Basilewsk. La primera planta fue ocupada por la reina y sus hijos; la segunda y tercera por Ezpeleta y los otros dignatarios del séquito con sus familias, y la cuarta y quinta por el servicio. Por su parte, el rey consorte don Francisco de Asís, de hecho ya separado de su esposa en España casi desde el comienzo mismo del matrimonio, donde residía aparte en el Real Sitio de El Pardo y luego en El Escorial, se instaló con su amante Meneses y otras personas que le eran próximas, en un hotelito de la rue Saint-Honoré adquirido al efecto, no distante de la residencia de Isabel. El acuerdo entre ambos incluía una pensión anual de 150.000 francos anuales, pago garantizado por las joyas que portaba la reina. En cuanto a la reina madre M.ª Cristina, se fue a vivir con su segundo marido Fernando Muñoz y con los hijos habidos con éste, a un palacete situado en Ruán.

Se iniciaba así la segunda y definitiva etapa del exilio isabelino, llamado a prolongarse durante 36 años, hasta el fallecimiento de Isabel II en París en 1904.

Abdicación de Isabel II
Abdicación de Isabel II

Un exilio de 30 años, casi la mitad de la vida de Isabel. En París, irá conociendo los acontecimientos que se viven en España, ya como república, tras el fracaso del rey Amadeo I. Una república que no ofrece alternativa ni solución alguna a los problemas heredaros del reinado de Isabel II, lo que demostraba que ella no era la única culpable de la situación. La crisis republicana llevará a que ciertos sectores moderados, liderados por Cánovas del Castillo que la restauración borbónica como única solución, viendo en el Príncipe Alfonso su candidato. Cánovas viajará a París y convencerá a Isabel II de la necesidad de abdicar en favor de su hijo. Así, esta cedió, el 25 de junio de 1870, sus derechos sucesorios a su hijo. Cánovas del Castillo culminaba su objetivo de restauración de la monarquía presentando al heredero como alguien muy alejado de la corrupción moral por la que los Borbones habían sido expulsados de España. Cánovas propondrá a Alfonso que complete su formación política en Inglaterra con el fin de que este asuma el modelo monárquico británico basado en el parlamentarismo constitucional.

Ella sabía que la abdicación que pretendía Cánovas tenía un doble objetivo: preparar a su hijo como heredero a la Corona, pero también apartarla de ella y de su camarilla. Cánovas la odiaba ella casi tanto como ella a él. Pero no le quedaba más remedio que acceder a sus pretensiones. Aún mantenía la esperanza de regresar alguna vez a España.

Cánovas del Castillo
Cánovas del Castillo

Mientras, el rey Amadeo I, en noviembre de 1870, es nombrado por las Cortes nuevo rey de España. Pero, tras dos años de reinado, el nuevo rey se ve obligado a abdicar. Aquel lunes 10 de febrero de 1872, el diario conservador La Correspondencia de España despertaba a sus lectores con la noticia de la abdicación. De inmediato, las calles de Madrid empezaron a llenarse de gente pidiendo la proclamación de la República. Un día más tarde, el martes, 11 de febrero, las Cortes aceptaban la renuncia del rey y los diputados radicales progresistas exigen que si antes de las 3 de la tarde no se proclamaba la República se iniciaría una revolución.

Se reúnen entonces las Cortes, donde se lee la renuncia al trono de Amadeo I, tras lo cual el ministro Martos plantea que las Cortes se conviertan en Convención y asuma todos los poderes del Estado. Ruíz Zorrilla se muestra contrario a ello, pero el diputado republicano Emilio Castelar, dirigiéndose a los presentes, responde que, tras la desaparición de la monarquía tradicional de Fernando VII, de la monarquía parlamentaria de Isabel II y de la monarquía democrática de Amadeo I, las circunstancias históricas traen la República, a la que había que saludar “como el sol que se levanta por su propia fuerza en el cielo de nuestra Patria”. Entonces, varios diputados republicanos y radicales presentan una moción para que las Cortes, constituida en Asamblea Nacional, aprueben como forma de gobierno la República y elijan un Gobierno. La votación no dejaba lugar a dudas: 258 votos contra 32. Eran las 3 de la tarde del 11 de febrero de 1873.

Amadeo I
Amadeo I

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No era difícil pensar que aquella experiencia republicana sería efímera. Tan efímera que casi un año más tarde, el 3 de enero de 1874, esta vez a las cinco de la mañana, dimitía el cuarto presidente republicano, Emilio Castelar. La votación del nuevo Presidente se iniciaba a las siete menos cinco de la mañana. En aquella sesión, sin embargo, iba a participar muy activamente un personaje no invitado. El general Pavía se fue con sus tropas a las Cortes desde el Paseo del Prado y colocó un par de cañones, sin carga, en las calles que daban a la Puerta del Sol, mientras enviaba a dos ayudantes suyos para que ordenaran a Salmerón que desalojaran el edificio en cinco minutos. Ante la falta de respuesta, los soldados entraron en el hemiciclo. Siendo los soldados jóvenes de reemplazo, los diputados hicieron caso omiso de ellos. Entonces, la Guardia Civil entró y disparó en los pasillos del Congreso. Los diputados fueron saliendo poco a poco  casi todos, a excepción de Salmerón y Castelar. Pavía no entró subido a caballo alguno en el hemiciclo, sino permaneció en el exterior vigilando todo lo que ocurría, es decir, al régimen parlamentario republicano llegando a su fin. Pavía convocó a todos los partidos políticos, a excepción de los federalistas y carlistas, para formar un gobierno de concentración nacional, que estaría presidido por el general Serrano, comenzando así una dictadura republicana.

Golpe de Estado de Pavía
Golpe de Estado de Pavía

Durante este tiempo, Antonio Cánovas del Castillo, líder del partido Alfonsino, actuaba previendo el futuro. Había convencido a Isabel en la necesidad de abdicar en favor de su hijo y preparando la vuelta de los Borbones de una forma pacífica, una vez fracasada la solución republicana. El trabajo de Cánovas dio su fruto. El general Martínez Campos se dirigirá a Sagunto el 29 de diciembre de 1874 para proclamar, ante sus soldados, a Alfonso XII de Borbón, hijo de Isabel II, rey de España. El gobierno, aún republicano, con el general Serrano al frente, aceptará la proclama del nuevo rey. España volvía a ser una Monarquía.

En su exilio, Isabel era informada de todo lo que acontecía al otro lado de los Pirineos e iba conociendo la situación. Desde la incapacidad de Amadeo I a la inestabilidad republicana. Así, cuando el 3 de enero de 1874 el general Pavía irrumpe en el Congreso y disuelve las Cortes, asumiendo el poder el general Serrano quien, a su vez, es depuesto por un nuevo golpe de Estado dado por el general Martínez Campos en diciembre de 1874, Isabel sabe que su hijo será Rey. No se equivocaba. Quiso acompañar a su hijo, pero no se lo aconsejaron.

La llegada a Madrid de Alfonso XII se produce el 14 de enero de 1875, con tan solo 18 años. Madrid le recibe con gran alegría y esperanza. Y Alfonso no les defraudará. Acaba finalmente con la casi eterna guerra carlista y, sobre todo, pacificará el sistema político poniendo en práctica un sistema alternativo de gobierno basado en el bipartidismo entre liberales y moderados, algo que Cánovas había ambicionado.

Isabel mira hacia el infinito como si buscara en él alguna respuesta. Su marcha a París dejaba el camino libre a aquellos que la vilipendiaron con tanto odio y saña en España. “Eso es lo peor de todo”, pensaba. “La historia no será justa conmigo. Nadie la recordará por aquello que había hecho, sino por lo que se cuenta sobre mi vida privada”.

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En efecto, el reinado de Isabel será víctima de la historia. Aquella reina que, siendo niña era aclamada y amada por su súbditos, esperanza de su pueblo y que, cuando el tiempo la convirtió en mujer, fue vilipendiada, insultada y odiada hasta ser expulsada de su tierra, caerá en el más profundo olvido. La historia la condenará a la indiferencia o, lo que es peor, la relacionará con las más bajas pasiones del ser humano. Una imagen fabricada además por terceras personas, puesto que Isabel no fue capaz de generar documento alguno por sí misma. Así, pues, el retrato que nos ha dejado la historia es la una reina extraordinariamente ignorante, reina de un régimen liberal que no reconocía, y con una constitución que no respetaba. Pero además, una mujer con una agitada vida privada que la hacía víctima permanente del chantaje de las camarillas y de sus ministros.

Isabel II, de niña
Isabel II, de niña

No, no lo tuvo fácil aquella niña obligada, por el deseo de su padre y de las circunstancias, en convertirse en Reina. Su designación como heredera provocará la guerra carlista, cuya amenaza siempre permanecerá en el fondo de su reinado. La muerte prematura de su padre, convertirá el palacio en un escenario controlado por la reina regente, María Cristina, impregnado de ideas absolutista aunque se vea obligado a apoyar la causa liberal para defender el trono de su hija de su tío Carlos María de Borbón. Algo que no impidió, sin embargo, que apenas transcurridos dos meses de la muerte de su esposo, iniciara unas relaciones secreta, algo difícil en aquella corte cuyas paredes era demasiado delgadas, con el joven capitán Fernando Muñoz, dos años menor que ella. Y aquella relación “secreta” dio como fruto un embarazo, el primero, que confirmaba los rumores:  “La Regente es una dama casada en secreto y embarazada en público”.

La niña Isabel sufría aquello en silencio y en soledad. Recuerda ahora como durante unas vacaciones en el palacio de La Granja en el verano de  1836 las cosas estuvieron muy revueltas cuando un grupos de sargentos de la Guardia Real penetraron en los aposentos de su madre y la obligaron  a firmar el restablecimiento de la Constitución progresista de 1812, a la que llamaban La Pepa, en realidad una estrategia para que los moderados dirigieran el gobierno.

Isabel podía comprobar por si misma el escaso respeto que imponía su madre. Una lección que sufriría ella misma. Su madre siempre apelaba al peligro carlista para contener a sus enemigos, un argumento que se vino abajo con la derrota carlista en 1839, con el famoso Abrazo de Vergara. Fue entonces cuando el general Espartero, decisivo en la guerra hasta el punto de ser nombrado por María Cristina Duque de la Victoria y Príncipe de Vergara, le exige a la regencia amenazándola con hacer público su matrimonio secreto con el capitán Muñoz.  La débil María Cristina cede y se marcha con su esposo hacia el exilio parisino. Pese a su marcha, Espartero publicará las actas del matrimonio, lo que hará buena la frase de María Cristina a este: “te hice duque pero no he logrado hacerte caballero”.

Isabel contaba entonces con nueve años y recuerda estos acontecimientos como si fuera ayer. La marcha de su madre la dejará sola en aquella corte. Bajo la regencia de Espartero, Isabel se convertirá  en prisionera, y rehén, de las camarillas cortesanas de turno. Su madre solo se había ocupado de asegurarle el trono, sobre todo de los carlistas. Poco más. Y aunque parezca que eso puede ser más que suficiente en aquella situación, no lo era. Nadie en aquella corte se había preocupado por darle la necesaria educación y conocimientos  para atender los asuntos de Estado. Al contrario, a aquellos cortesanos arribistas y a los políticos, progresistas o moderados, les interesaba una reina ignorante que sirviera a sus intereses y pudieran servirse de ella. Así, el regente Espartero elige a sus perceptores: Agustín Argüelles como preceptor mayor, José Vicente Ventosa su profesor general, Francisco Frontela,, como maestro de música, y a Salustiano de Olózaga.

Y en ese entorno de soledad, todos presionarán a Isabel para ganar influencia. Ni los miembros de la corte que permanecen a su lado ni los políticos respetan a la reina que, por su condición de niña-mujer, actúan sin escrúpulo alguno. Todo el mundo se consideraba con perfecto derecho a imponerle lo que tiene que hacer.

La ignorante Isabel se mostraba como una niña con un carácter muy temperamental y caprichosa. Ella tenía claro que sería reina, aunque no entendía lo que realmente significaba ello, salvo que todos tendrían que someterse a sus caprichos.   Era el precio de la ignorancia. A los diez años leer con mucha dificultad, escribía con numerosas faltas de ortografía y las matemáticas eran algo imposible de entender para ella. Sus aficiones favoritas eran jugar con sus perros y juguetes. Eso sí, era una muchacha alegre y generosa.

Isabel era ajena a los acontecimientos que provocaron la caída de Espartero en 1843, cuando tres jóvenes generales, Narváez, Serrano y Prim, entraron en Madrid aclamados por el pueblo. Fue entonces cuando progresistas y moderados  deciden adelantar en un año la mayoría de edad de Isabel.

Mayoría de edad de Isabel II
Mayoría de edad de Isabel II

De este modo, el 8 de noviembre de 1843, a la edad de trece años, Isabel II fue declarada mayor de edad a golpe de decreto. Ella seguía sin entender nada, hasta el punto que cuentan que su preceptor Olózaga tuvo que obligarla a firmar su aceptación como reina. 

Sea como fuere, sobre aquella niña de 13 años recae un enorme poder político, sin que nadie le haya enseñado a ejercerlo. Un ejemplo es el primer acto de gobierno de Isabel, producido inmediatamente después de su proclamación. Por imperativo legal y protocolario, el Consejo de Ministros presenta su dimisión a la nueva reina. Esta acepta sin más. Los ministros, sorprendidos, se retiran: España se ha quedado sin gobierno. Tiene que ser su camarera, la marquesa de Santa Cruz, la que le explique que tiene que nombrar un nuevo gobierno. Será la propia marquesa la que comunique a los ministros en nombre de la reina la confirmación en sus puestos hasta que la reina decidiera nombrar nuevo gabinete. Isabel es una marioneta en manos de todos los que la rodean. La marquesa de Santa Cruz controla las visitas de la reina y la ordena lo que tiene que hacer, la trata como una niña y no como una reina.

Ahora, mientras el tren recorre la verde campiña francesa, Isabel sigue recordando todos estos acontecimientos. Pero de inmediato quiere olvidarlos. Prefiere  recordar la alegría de todos cuando vino al mundo en el mismísimo Palacio Real de Madrid, aquel 10 de octubre de 1830, la mejor noticia para sus padre, Fernando VII y de su cuarta mujer, María Cristina. De su padre pocos recuerdos tiene. Está convencida que él fue la única persona que la quiso de verdad.

Pero, cuando acaba de cumplir Isabel tres años, él muere de un ataque de apoplegía. El revuelo en la Corte es enorme. Recuerda como algunos la llamaban reina, palabra cuyo significado apenas entendía. Luego asistirá a la ceremonia de proclamación como regente de su madre. Ella, según le contaban, tendría que esperar a que fuera mayor de edad. Entonces sí. Sería Reina. Pero ella seguía sin entender nada. Tampoco su madre podría explicarle ni enseñarle demasiado. Apenas pudo contar con ella. Sobre todo tras su segundo matrimonio, secreto para poder seguir ejerciendo la regencia.

Solo entendía una cosa, se acordaba ahora mientras iba camino de París: había perdido a su padre por una enfermedad y después perdía a su madre por amor. En la práctica, era una niña huérfana. No lo tenía fácil, pensaba ahora. Su infancia, a pesar de vivir en un palacio rodeado de servidores, estaba falta del cariño necesario para formarse como mujer. Y no digamos como reina.

Pero a pesar de ello, Isabel parecía una joven normal, despierta y optimista, aunque poco dada a intelectualidades, aunque tampoco nadie se había preocupado por ello. Su educación se limitaba a prepararla para el protocolo y muy poco para reinar. España estaba poco preparada para tener a una mujer en el trono. Solo dos mujeres habían reinado antes que ella: Isabel la Católica, que llevó a cabo la creación del Estado español; y Juana de Castilla, apodada La Loca, y que reinó desde un convento víctima de la locura.

La educación recibida por Isabel era más propio de una princesa o infanta que la de una reina. Y así transcurriría hasta que, al cumplir los trece años, fue proclamada mayor de edad y poder así ser nombrada Reina de España. Hacía tres años que su madre había tenido que abandonar España y ceder la regencia al general Espartero hasta su mayoría de edad. Ni siquiera había echado de menos a su madre tras su exilio.

Los años pasaban a la misma velocidad con la que el tren la alejaba ahora de España. Aquella niña se había convertido en una mujer, pero antes de ello la historia le convertía en Reina de España. Todo en su vida había ido demasiado deprisa : huérfana de padre a los tres años, alejada de su madre a los diez, reina a los trece, casada a los dieciséis y derrocada a los treinta y ocho. La vida le pasaba demasiado deprisa, sin darle tiempo a asimilar el tiempo.

Isabel de Borbón, ya como Isabel II era una mujer inadaptada a las circunstancias y a merced de ella y de los que la rodeaban. Y,  hecha a si misma, era una joven que alternaba su buen humor y amabilidad, lo que se dice casticismo, con la chabacanería y la ordinariez. Atributos que, sin embargo, encajaban bien con la sociedad castiza de aquel Madrid romántico y, como ella misma, víctima de las circunstancia. Físicamente no era fea; al contrario, tenía un rostro dulce y su mirada era brillante. Su pelo negro, peinado con una raya en el medio y peinado hacia atrás, con unas flores apoyadas sobre su oreja izquierda que le daban un aire desenfadado y juvenil. Era gordita, pero los caros vestidos de terciopelo que llevaba, todos ellos de París, la favorecían. Sobre todo por los atrevidos escotes, que la hacían exhibir cierta sensualidad juvenil. Aquella joven no parecía que fuera a tener problemas en encontrar un marido digno de ella.

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La vista en el horizonte se le nubla de repente. El tren atraviesa un túnel y la ventana queda en tinieblas. Se acuerda entonces de su matrimonio, un túnel oscuro del que nunca vio la luz. Poco tiempo después de su proclamación, su matrimonio se convierte en la principal preocupación de la Corte y del Estado. Y no solo en España. Las monarquías europeas maniobraron para preservar las alianzas e intereses concertados que garantizaban estabilidad de Europa.

En las tinieblas del vagón, Isabel recuerda con amargura aquellos días en los que se negociaba, porque aquello era una auténtica negociación, su matrimonio. Ella exhibía su seducción sabiendo que gustaba a los hombres por su doble condición de reina y mujer, o mujer y reina, que tanto daba. Pero en aquella corte cada día se hablaba de un nuevo pretendiente. Aún antes de ser reina ya se empezó a hablar de ello.

Durante algún tiempo se consideró su matrimonio con el hijo de príncipe Carlos, una solución al problema sucesorio de los Borbones, algo que rechazaba Isabel por no querer compartir el trono con su primo, lo que provocó la Segunda guerra carlista. Luego, ya como reina, el candidato que más se valoró fue la del conde de Trapani, hijo menor de Francisco I de Nápoles y, por lo tanto, tío de Isabel II, algo que los progresistas rechazaban. Entonces se pensó en el duque de Sevilla, primo de la Reina, que sí contaba con el apoyo de los progresistas, pero era rechazado por otros sectores. El siguiente en la lista fue Luis Felipe de Orleans, duque de Aumale, apoyado por el general Narváez, pero contaba con la oposición de Inglaterra. Otro más, el príncipe Leopoldo de Sajonia-Coburgo, pero inmediatamente contó con el veto francés. Ella asistía a este casting como una convidada de piedra. Nadie la preguntaba. Su opinión era lo de menos. Las lágrimas afloran a su rostro cuando le anunciaron al que sería su esposo.

Entre unos y otros eligieron al que sería su esposo. Sin duda alguna el peor de los candidatos posibles: su primo carnal, Francisco de Asís de Borbón y Dos Sicilias. Duque de Cádiz, hijo del infante Francisco de Paula y de Luisa Carlota, sobrino de María Cristina. Pero aquel hombre apocado y poco interesado en los asuntos del reino y, según se decía, homosexual, era el candidato perfecto para los intereses generales. Los intereses de todos, menos los de ella. Recuerda como, cuando le dieron la noticia, apenas pudo contener la consciencia y las lágrimas: “No, con Paquita ¡No!”. 

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¡Sí! Fue lo que, obligada por las circunstancias, tuvo que pronunciar en el Salón del Trono del Palacio Real aquel 10 de octubre de 1846, justo el día de su cumpleaños. Ella cumplía 16. Él tenía 24. Luego, recuerda ahora Isabel, contemplando a su ya esposo vestido de encajes, decidió que ella sería, a partir de ese momento, dueña de sus placeres. Y lo fue.

Boda de Isabel II
Boda de Isabel II

En efecto, Isabel se rebeló contra aquel matrimonio convirtiendo su alcoba en un lugar en el que, salvo su esposo, podía entrar cualquiera, sin importar la hora ni la circunstancia. Muchos días se acostaba a las cinco de la madrugada y se levantaba a las tres de la tarde y las fiestas pasaron a ser la principal actividad de la Reina. Sin su marido, porque este pronto se le verá en compañía de su amigo íntimo, Antonio Ramón Meneses, con quien se iría a vivir al palacio de El Pardo.  La habladurías sobre su esposa apenas le preocupaban a Isabel.

Mientras, el general José Serrano, a quien ella llamaba “el general bonito” fue, según se cuenta, su primer amante. Tal vez el primero, pero no el único, y la larga lista de amantes que se le adjudicaba iba acompañado por su correspondiente hijo, cuya paternidad era aceptada por Francisco de Así, a cambio de recibir un millón de reales por hacer la presentación en la Corte de cada uno de ellos.

Aunque tal vez fue su relación con el ministro Salustiano Olózaga fue lo que más dio que hablar. El llamado “incidente Olózaga” fue, no solo un ejemplo del carácter público de los aposentos privados de la Reina, sino también el más claro ejemplo de la falta de respeto y de decoro que despertaba la figura de la Reina. Se desconoce si lo que ocurrió aquella noche tuvo un fin sexual, político o ambos a la vez. Pero que, cuando Isabel tenía apenas 13 años, proclamada mayor de edad apenas veinte días antes, un ministro se presente, ya anochecido, en Palacio y se introduzca hasta sus aposento para tratar con la Reina algunos asuntos de Gobierno, entre ellos la disolución de Las Cortes, demuestran el descuido moral de una Corte y el escaso respeto hacia la reina. Se desconoce si aquel documento fue firmado por la Reina de forma violenta o voluntaria, y si tuvo carácter carnal, voluntario o no, toda vez que solo se conoció la versión de Isabel, influenciada por su camarera, la condesa de Santa Cruz.

Ahora Isabel también recuerda aquel incidente con Olózaga. En efecto, cuando informó a la marquesa de Santa Cruz sobre los documentos que había firmado, un cheque en blanco a las intenciones políticas de Olózaga, esta le advirtió de la gravedad de aquella firma, razón por la cual le aconsejó que denunciara a Olózaga de haber obtenido su firma por medio de amenazas y violencia física. Si no lo hacía así, recuerda ahora Isabel, la monarquía estaba muerta. No tuvo más remedio que aceptar aquel consejo. Recordando ahora aquel incidente, Isabel no puede evitar que una mueca de sonrisa aparezca en sus labios.

Salustiano Olózaga
Salustiano Olózaga

Independientemente de la realidad del incidente con su primer ministro, las paredes de palacio eran lo suficientemente delgadas para ocultar lo que ocurrían en cada una de las estancias, por muy íntimas que fueran. Isabel decidió sustituir a su esposo impuesto abriendo la puerta de su dormitorio a otros hombres. Pero lo peor es que la puerta de su dormitorio quedó abierta, muy de par en par, a los chismes y rumores. La lista es interminable. Según cuentan, estos devaneos de Isabel II tuvieron como resultado doce embarazos, de los que sólo sobrevivieron cinco de los hijos nacidos. Aunque inscritos como legítimos, era vox populi que todos los supervivientes fueron bastardos, si bien el rey consorte recibía un millón de reales cada vez que los presentaba como propios en la Corte.

Cinco fueron los infantes supervivientes: Isabel, alias “La Chata”, nacida el 20 de diciembre de 1851, cuya paternidad se atribute al comandante José Ruiz de Arana; Alfonso, futuro Alfonso XII, nacido el 28 de noviembre de 1857, apodado “El Puigmoltejo”, por atribuirse al l teniente de ingenieros Enrique Puigmoltó; Pilar y Paz, respectivamente en 1861 y 1862, hijas ambas de Miguel Tenorio; y Eulalia, nacida el 12 de febrero de 1864, atribuida también a Tenorio. Así las cosas, la vida conyugal de los cónyuges fue un fracaso y una pantomima cara a la galería, aunque la galería conocía y divulgaba lo que sucedía en las delgadas paredes de palacio. Por el contrario, Francisco de Asís Borbón mostró mucha mayor fidelidad en sus amoríos. De hecho sólo se le llegó a conocer un amante oficial a lo largo de su vida, el ya aludido Meneses, a quien los historiadores llaman, por ese mismo motivo, “el fiel Meneses”. Cuando en 1868 Isabel II es derrocada y exiliada a Francia, los cónyuges se separan, aunque viven en lugares próximos entre sí: la reina en París junto a su amante Carlos Marfori y Francisco de Asís junto a Meneses, donde fallece en 1902, dos años antes que la reina.

Isabel II y Francisco de Asís
Isabel II y Francisco de Asís

Isabel mira ahora a sus hijos, quienes la acompañan en este viaje hacia el exilio. Ha intentado mantenerles al margen de todo. Se preguntan qué pensarán de ella. El pitido del tren la despierta de sus pensamientos. Están llegando a París.

El final de su camino.

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La llegada a París de Isabel II, iniciando así su segundo periodo de exilio, fue saludada, desde España, por el periódico republicano La Discusión, de la siguiente forma: “Habéis despedido una mujer… ¡perdonad! Una reina, llaga de su pueblo, vergüenza de su sexo, escandalosa calamidad, cúmulo de todas las liviandades de un hombre, sin una sola virtud de mujer; con todos los vicios públicos, sin una sola virtud privada; con todos los pecados de una Magdalena, sin uno de sus remordimientos; beata que del confesionario ha ido al lupanar; cristiana con un serrallo de hombres; Luis XV hembra con su parque de rumiantes, que ha convertido su lecho en trono y sus queridos en vuestros reyes. Esta es la revolución del pudor”. El párrafo descalifica a la reina, más que por su condición de ello, de las que sin duda podía haber muchas razones, por su condición de mujer, que ha osado por cometer los mismos pecados de los hombres. Evidentemente, aquellas frases demostraban que la moral republicana no era mucho mayor que la de aquella a la que se la denostaba. Recordemos que el inicio de la Revolución Gloriosa de 1868 en Cádiz, el general Topete lo hacía al grito de guerra de “¡Viva España con honra!”, una frase, si me permiten, poco “revolucionaria” y si muy descriptiva de cual era considerado el principal problema de España. La honra.

Y es que toda revolución precisa de un argumento que lo justifique. Y al parecer, no era la pobreza ni el hambre que padecían los españoles, ni la grave crisis económica que los amenazaba, ni los constantes cambios de gobierno, algo que, por cierto, no evitó el primer régimen republicano. No. El principal motivo y la preocupación de los revolucionarios republicanos era la moral y la honra distraída que mostraba la reina Isabel II. Así les fue a todos.

Y como toda revolución precisa, además, de una de una legitimidad, digamos, “intelectual”, motivo por el que en los últimos años del reinado de Isabel II fueron escritos unos trabajos, basados en los devaneos amorosos y la corrupción de la corte isabelina, que esperaron su publicación para el momento más conveniente, esto es, cuando se precisaran para la revolución. Luego, tras el triunfo revolucionario vieron la luz.

Desde luego, el principal problema de Isabel fue para estos revolucionarios, por encima de cualquier otra circunstancia, su condición de mujer. Desde el principio mismo, esto es, desde su nacimiento. Si hubiera nacido varón, la historia de España del siglo XIX se hubiera escrito de otra forma. Pero no, Isabel II era una niña, lo que era todo un problema. Algo que intentó remediar su padre, Fernando VII, quien no dudó en abolir el principal impedimento legal y jurídico que se lo impedía: la Ley Sálica, una ley decimonónica e injusta, por machista, que impedía a las mujeres reinar por si mismas. Fernando VII por supuesto que no era tan liberal para considerar injusto que su hija reinara por su condición de mujer. Faltaría más. Sencillamente, no estaba dispuesto a ceder el trono a su hermano.

Aquella decisión del rey fue el inicio de los problemas de España y para la propia Isabel. Casi la mitad de los monárquicos se rebelaron contra Fernando VII y contra su hija. Eran los genuinos representantes del antiguo régimen, de los defensores de los seculares privilegios, de los enemigos de cualquier atisbo de liberalismo. Pese a que Fernando VII había sido un absolutista confeso y practicante, a su hija la consideraban, o querían hacerlo, más próxima a los liberales. Y en efecto, el resultado de ello es que la reina niña, a través de su madre, la Reina regente, buscó el apoyo de estos para que su hija pudiera reinar. O al menos intentarlo. Luego, la muerte de Fernando VII convirtió a aquella niña, con apenas trece años, en Reina de España. La primera reina constitucional, por cierto.

Entre las consecuencias más evidentes de la feminidad real, el primero fue, como hemos visto, la guerra civil carlista legitimada, precisamente, por el hecho de que Isabel II, como mujer, debía ceder sus derechos sucesorios a su tío, el infante Don Carlos, cuya única legitimidad era esa, ser hombre. Desde entonces, el reinado de Isabel II estará marcado por esa doble condición: como reina, para los republicanos políticos; y como mujer, para los defensores del antiguo régimen. Y a partir de esas premisas, la imagen de la reina quedará exenta de cualquier atributo característico de los reyes masculinos. Más bien al contrario, se convertirá en alguien que, como mujer, representa los pecados, vicios y personalidad que caracterizan a este género, especialmente en lo que respecta a la moralidad. De sus actitudes intelectuales poco se hablará, a pesar de que, curiosamente, había motivo para ello. Pero los motivos eran los mismos que muchos de sus predecesores. Isabel II no era un enfermo como Carlos II, ni un pusilánime como Carlos IV, ni un ególatra como Fernando VII. Pero, como mujer, poseía los mismos vicios que ellos y los de su propia naturaleza. En eso coincidían ambos bandos políticos de Isabel. Y desde ambos bandos se transmitía la imagen de una reina incapaz de representar a la nación como cuerpo político y moral.

Isabel II, de Madrazo
Isabel II, de Madrazo

Isabel II pasaba desde la inocencia de su niñez y mayoría de edad, a golpe de decreto, a ser una joven caprichosa y desprendida para después, una hembra lasciva y esclava de sus pasiones, imagen que ya la acompañará hasta el fin de sus días, en París. Así, durante el periodo de regencia su madre, la regente María Cristina representa la inocencia y la vulnerabilidad, el futuro de esperanza, pero también de temores. Representa en ese momento a la libertad, cuyo acto esencial es la jura de la Constitución de1837. Luego, en 1843, finalizada la guerra civil y la regencia de Espartero, la reina que accede al trono a los trece años es representada como ejemplo de buen gobierno, una mujer joven capaz de regenerar a la nación y de conseguir que acabe con el secular conflicto político.

Caricatura de Isabel II
Caricatura de Isabel II

Pero esta “luna de miel” entre la nación y la reina adolescente duró muy poco. El “incidente Olózaga” provocó el cese del primer ministro progresista, acusado por el partido moderado de forzar, en el más amplio sentido, a la reina para conseguir un decreto de disolución de las Cortes, demostraba la vulnerabilidad personal, política, sobre todo, sexual, de Isabel II. Isabel II había crecido rodeada por asesores, que bajo su reinado se convirtieron en importantes hombres de su gabinete, que la enseñaron las más altas, y las más bajas en algunos casos, pasiones. Era cierto que la falta de padre, que murió en plena vorágine, y de madre, más preocupada por sus caprichos de todo tipo, habían convertido a Isabel en una mujer vulnerable y a merced de todo aquel que figuraba en su entorno. No olvidemos que con trece años tuvo que acceder al tono de una Nación.

Y en una corte, cuyas paredes eran muy finas y sobre todo muy indiscretas, donde la intriga y la traición habían paseado sus atributos durante siglos, Isabel era carnaza. Y en un país, donde se necesitaba distraer a la población y minimizar los efectos del hambre y la pobreza, Isabel era también carnaza. E Isabel se convirtió en el instrumento de las intrigas de palacio y del sistema político.

Y si el incidente Olózaga había sido un detonante, la boda de Isabel había sido el combustible. Su matrimonio, forzado y por interés fue el principal debate, tanto nacional como internacional, con su primo Francisco de Asís, conocido por sus simpatías carlistas y sus afeminados modales, dinamitó la institución familiar propia de aquella España, fundada sobre el amor y el respeto mutuo. Como hemos dicho, las paredes de palacio eran de papel y las desavenencias entre ambos eran conocidas por todos. Es por ello que, cuando en 1847 Isabel muestra públicamente su relación amorosa con el general Serrano y su disposición a divorciarse de su legítimo esposo, el escándalo que se produjo constituyó un clavo más en el ataúd personal de la reina. Y a pesar de que el general Narváez y María Cristina consiguieron frenar aquella decisión, su imagen saltó por aires.

Con la revolución de julio de 1854, la reina intentó mejorar, tanto su imagen pública como privada, contando con ello con la Unión Liberal del general O´Donnell. Pero la caída de este dejó a Isabel sin paracaídas alguno. Poco a poco, Isabel pasará de ser una niña-mujer víctima de los políticos arribistas, que ha sido obligada a casarse con un marido incapaz de todo y manipulada por su madre, a una mujer caprichosa, lasciva y de pasiones desenfrenadas. Una deshonra para España. Recordemos el grito de Topete en Cádiz: “¡Viva España con honra!”

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Y en este contexto histórico y social, cobra gran importancia la relación entre la creciente descomposición de la vida privada de la reina y la pérdida de su poder político. Y este segundo axioma necesita principalmente que el primero crezca hasta el límite. De ahí la importancia que empezaron a cobrar, primeramente los rumores y chascarrillos y, posteriormente, las coplas populares y los libelos y publicaciones contra la vida privada de la Reina. Su sexo, y especialmente la sexualidad, se convirtieron en una fuente inagotable contra ella. El debate de los sexos, iniciado desde el momento mismo de convertirse Isabel el Princesa de Asturias, renacía, cuando desde los sectores católicos y conservadores, insistían en una relación estrecha entre las mujeres y el estricto ámbito doméstico, mientas los sectores liberales progresistas de carácter republicano, defendían la imagen de la mujer como regeneradora de las sociedad y la salvaguarda de las costumbres sociales y de la nación española.

Luego, a mediados de siglo, coincidiendo con el acceso al trono de Isabel y el arrinconamiento de los republicanos en favor de los moderados, el debate se dirigía hacia la igualdad entre ambos sexos y el acceso de la mujer a las tareas de gobierno. En aquel tiempo, una gran cantidad de publicaciones conservadoras reivindicaban las virtudes estrictamente domésticas de las mujeres como esposas y madres, rechazando la mujer pública, reformadora o con ambiciones intelectuales y políticas, definiéndola como “indecente”, en contraposición a las propuestas progresistas, demócratas y republicanas más partidarios a los derechos ciudadanos de las mujeres y, en general, a los derechos de ciudadanía.

Resulta llamativo que el confesor de la Reina, el padre Claret, autor de un libro que alcanzó, nada más y nada menos que 185 ediciones, llamado Camino recto y seguro para llegar al cielo, recomendaba que no se permitiese a las mujeres leer libros o novelas de amor porque la mujer era un ser muy manipulable y su estricta misión de madre y ama de casa. El mismo Claret que justificaba los malos tratos a las mujeres recomendando resignación y, sobre todo, silencio. En el otro sector, el republicano, algunos escritos insistían en la necesidad de que la madre pura y casta se sometiese a un férreo control de sus impulsos y evitaran la irracionalidad, la hipersensibilidad y los excesos, recomendando la educación como medio para desarrollar sus virtudes, la decencia y el recato, atributos esos de la auténtica mujer-ciudadana que situada en las antípodas de la bíblica Eva, lasciva y tentadora del hombre, y defensora de unos valores que constituían un peligro para los republicanos por su capacidad para, desde el deseo sexual, destruir la voluntad y la inteligencia y la racionalidad de los varones. Es decir, para estos libelos republicanos las mujeres podían ser las encargadas de civilizar y salvaguardar la sociedad, pero también podían degenerar y corromper sus valores. Así, la descalificación y demonización de Isabel II bebían de las fuentes de ambos extremos. Isabel II era una reina peligrosa para el liberalismo y para los valores cristianos por su condición de mujer.

En aquel escenario social y político, dada su naturaleza femenina, la reina podía reinar pero no podía gobernar, asunto reservado sólo a sus ministros. La Constitución de 1845 reforzaba el poder de la Corona al anteponer el ejecutivo nombrado por la reina frente al Parlamento, algo, por otra parte, que se producían en otras monarquías europeas. Pero, en España, sin apenas consenso entre los diversos sectores liberales, incluso entre los que se declaraban monárquicos, esta prerrogativa estuvo bloqueada. Y en este enfrentamiento político, la vida privada de Isabel II se convirtió en un arma más contra ella. Los monárquicos estaban dispuestos a utilizar a la monarquía para sus propios intereses. Y evidentemente, Isabel II no estaba preparada ni políticamente ni intelectualmente para ejercer el poder ni para controlar la situación. Tampoco tenía el poder ni la autoridad para hacerlo. Y, con el tiempo, tampoco le quedaron ganas y se dejó llevar por otras pasiones.

Así las cosas, todos los sectores no dudaron en utilizar los vicios privados de la reina para debilitarla políticamente, desprestigiando de paso la monarquía que habían jurado respetar. Y aquella de valores provocó la Revolución de 1868, cuyo principal argumento fue el comportamiento privado de Isabel II. Fue el inicio de los rumores acerca de los amantes de la reina y de la dudosa paternidad de sus hijos.

Es cierto que la reina era especialmente imprudente pero, en todo caso, la filtración de rumores sobre sus amantes provenía especialmente de cortesanos o políticos despechados por la falta de privilegios o favores. Y aunque los pecados y excesos de la reina eran los mismos que los que habían caracterizado a los reyes durante generaciones, la doble moral no se lo iba permitir a aquella mujer. Y aparecieron aquellas publicaciones contra ella. El objetivo de las mismas era, esencialmente, socavar, menospreciar, dilapidar la imagen institucional de la reina y, al mismo tiempo, justificar la necesidad de una revolución para expulsarla del trono, como si no hubiera razones suficientes para ello.

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De entre todas las publicaciones que se publicaron contra Isabel II destaca, principalmente, la llamada “Los Borbones en pelotas”, un expresivo título que anticipa su contenido. Esta publicación mostraba una colección de grabados ridiculizando a Isabel II y sus más “íntimos” colaboradores, en la mayoría de ellos de carácter obsceno y de muy mal gusto, en los que se incluían leyendas sobre los mismos. Por supuesto, todo ello con un marcado carácter machista. Alguien había intentado, en cierta forma, imitar aquellos dibujos que algo menos de un siglo antes había hecho satirizando al poder y a los personajes que lo detentan. Pero aquellos dibujos habían sido realizados por un genio como Goya. Estos….no.

Existen varias teorías sobre los autores materiales de este esperpento. También se ignora si fue un encargo privado, incluso. Por entonces, se atribuyeron a los hermanos Bécquer, el pintor Valeriano y su hermano Gustavo Adolfo, el genial y romántico poeta, la autoría de los mismos, quien firmaron con el seudónimo de “Sem” el trabajo, junto con el dibujante y reconocido republicano Francisco Ortego y otros.

Es evidente que resulta difícil pensar que ambos hermanos Bécquer participaran en esta publicación. Que el exquisito y lírico Gustavo Adolfo, que contaba las bucólicas golondrinas en el balcón de su amada, participara junto con su hermano en la bajeza manifiesta de aquellos grabados resulta casi inimaginable. Incluso Gustavo Adolfo había ejercido de censor en la época del moderado Narváez. Además, ambos hermanos eran conocidos por su carácter moderado, muy alejados de la radicalidad republicana, antimonárquica y anticlerical. Sin embargo, las conclusiones sobre este trabajo parecen demostrar que el seudónimo “Sem” representaba a un colectivo entre los que sí se encontraban ambos hermanos, junto con otros varios autores vinculados al periódico satírico Gil Blas, siendo utilizado desde 1865 hasta 1872, cuando desaparece. Las dudas parecen atribuir, no obstante, los dibujos a Francisco Ortego que, como hemos dicho antes, era un destacado republicano. Lo que también parece demostrado es que los hermanos Bécquer participaron en el colectivo Sem en su primera etapa. Como también está demostrado que, durante el último gobierno de O´Donnell, a los hermanos Bécquer les fueron anulados los apoyos económicos concedidos por el gobierno de Narváez. En junio de 1865, Gustavo Adolfo perdió su puesto de censor de novelas y su hermano Valeriano su pensión, coincidiendo con una voraz campaña contra O´Donnell por parte de moderados, progresistas, demócratas y republicanos. Por aquel entonces, la colaboración entre los grupos políticos para derribar al ministerio de turno fue una práctica habitual, lo que provocaba alianzas coyunturales y a veces contra-natura contra el enemigo común. Solo este tipo de alianzas parecen justificar lo verdaderamente injustificable, como es la colaboración entre los moderados Bécquer con el republicano radical Ortego y el progresista Augusto Ferrán, junto con otros colaboradores de la prensa satírico-política de distinta tendencia. En cuanto a su difusión, parece que la misma no responde a un encargo particular, sino para su difusión en prensa, si nos atenemos al cuidado y calidad de los grabados. No son bocetos, ni dibujos apresurados, sino dibujos perfectamente acabados.

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La difusión de aquellos dibujos, que posteriormente se convertirían en una recopilación denominado Los Borbones en pelotas, no tuvo una incidencia demasiado importante. A las clases altas les escandalizaba si les convenía hacerlo. Y a las clases populares se preocupaba otros excesos, o más bien lo que escaseaba. Ya se había demostrado en 1847, en el anuncio de las relaciones entre la reina y el general Serrano solo preocupó a los sectores políticos, en la medida de la rentabilidad política que pudieran sacar. En el pueblo llano, la opinión se movía entre la injusticia cometida contra una adolescente de dieciséis años casada contra su voluntad con un hombre afeminado y carlista. A la reina se la consideraba una víctima de los políticos y de su propia madre. Y, aunque la imagen de la reina se fue deteriorando rápidamente, la imagen de la “reina niña manipulada por todos” permaneció en el subconsciente colectivo. Durante el periodo previo a la revolución de 1854, muchos de los rumores y libelos que circularon sobre la familia real eran difundidos por miembros del gobierno, e incluso de la corte. Así, los cotilleos privados se convirtieron en públicos, donde se recibían con regocijo y se aumentaban a voluntad. De ahí, pasaron a llenar las páginas de los periódicos, sin que la ley de censura pudiera evitar.

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A estas descalificaciones de carácter moral se unieron los escándalos de tipo económico y la red de intereses tejidos alrededor de la familia real. Isabel II se encontraba entre los fuegos cruzados de la camarilla del rey y el de su madre. Esta última, junto con su esposo, se lucró con varios negocios fraudulentos nacidos a la sombra de varios proyectos del Estado, como eran la red de construcción y explotación de los primeros ferrocarriles, las explotaciones de mercurio, los fletes de barcos de esclavos, actividades de préstamo, lecherías en París y periódicos en Madrid, negocios en Cuba, Puerto Rico y Estados Unidos, etc. En estos momentos claves, donde la reina Isabel marcaba los niveles de popularidad más bajos, con sus escándalos sexuales en boca de todo el mundo, las actividades económicas de su madre socavaron, aún más, la legitimidad de Isabel y, en la práctica, afectó más a su credibilidad que sus devaneos amorosos, aunque estos fueron utilizados como cortinas de humo para ocultar los primeros desde su propio entorno. Fue entonces cuando aparecieron los rumores sobre la paternidad del príncipe Alfonso, futuro Alfonso XII, siendo el propio esposo de la reina madre, el duque de Riánsares, el que atribuyó la misma al capitán de ingenieros Enrique Puigmoltó, con el fin de ocultar los negocios fraudulentos. En el archivo privado de María Cristina se guardaban recortes de periódicos procedentes de las semanas inmediatamente posteriores a la Revolución de 1868 que contenían coplas contra su hija Isabel de contenido sexual.

El explosivo cóctel de la reina que buscaba en el fanatismo religioso el perdón de sus pecados, a través del confesor ultracatólico, el padre Claret, y la monja milagrera, sor Patrocinio, junto con el rey cornudo y los ministros corruptos, estaba a punto de explotar en los días previos a la Revolución de1868. En este ambiente previo a la revolución, pues, la figura de la reina estaba ya a la altura de sus caricaturas, que circulaban libremente por los ambientes políticos y sociales. Y en este escenario, algunos de los miembros de la familia real maniobraban para encontrar acomodo para el momento en el que la reina cayese. Algunos, como el duque de Montpensier, liberal, iniciaba un breve destierro a Portugal, mientras el infante Enrique de Borbón, se exiliaba a París, donde pedía a la reina en un artículo escrito en un diario progresista que escuchase a su pueblo y recordase que ceñía su corona, no por derecho divino, sino por derecho constitucional.

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Mientras, la España liberal pedía a gritos a Isabel su marcha para que España pudiese recuperar su honra. El 17 de septiembre de 1868 comenzó, con el alzamiento de la flota de Cádiz al mando del almirante Topete, la revolución. Dos días después, los sublevados emitieron el famoso manifiesto de “España con honra” que acababa así: “Ya basta de escándalos. Queremos que las causas que influyan en las supremas resoluciones las podamos decir en alta voz, delante de nuestras madres, de nuestras esposas y de nuestras hijas; queremos vivir la vida de la honra y la libertad. ¡Viva España con honra!”.

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El día 30 de septiembre, la familia real acompañada, entre otros, de Marfori, el padre Claret, sor Patrocinio y González Bravo, cruzaba la frontera francesa. A partir de ese momento, pasquines y panfletos llenaron las calles del país, condenando el agravio político de una reina ingrata y cruel que había despreciado y perseguido al pueblo liberal que la defendió con las armas en la mano frente al absolutismo de Carlos María Isidro. Isabel era ya la mujer que había arrastrado la honra de España por la ignominia, que había dilapidado el dinero de todos mientras el pueblo pasaba hambre. La reina se convierte en el símbolo de toda la inmoralidad del régimen caído, en lo político, lo económico y también en lo personal. Su corrupción es la corrupción de todo el sistema caído. En realidad, la estrategia de demonizar a Isabel II no era nueva. Ya había sido utilizada con otra reina y esposa de Luís XVI, la francesa Maria Antonieta, en la época de la Revolución Francesa. Esta fue acusada de todo tipo de perversiones sexuales, de haber convertido la Corte francesa en un burdel, de ejercer una influencia ilegítima sobre los negocios públicos y sobre la débil voluntad del rey. También entonces María Antonieta habría sido acusada de transgredir el papel que la naturaleza ha otorgado a la mujer. Era una antimujer, contraria al estereotipo de la mujer creada por los novelistas y filósofos de la Ilustración. Sedienta de sangre, de poder, de goces prohibidos y antinaturales, capaz de convertir a todos los franceses en sus esclavos. Mientras en el juicio contra Luis XVI los argumentos empleados por los revolucionarios fueron principalmente políticos, en el juicio contra la reina se utilizaron en su contra acusaciones de carácter moral, de practicar el lesbianismo, la zoofilia o el incesto con su propio hijo. Como ahora a Isabel, a María Antonieta se la había acusado de utilizar su cuerpo como un mecanismo de poder y de corrupción política. El final fue la guillotina. Pero para ello había sido necesario degradar como mujer a la reina para poder finalmente asesinarla sin que hubiese realmente, a su juicio, ninguna necesidad política de hacerlo. Y como ahora con Isabel II, la mayor parte de la literatura satírica y pornográfica contra María Antonieta se produjo durante la propia revolución, coincidiendo con su juicio sumarísimo. Como ahora en España, era preciso condenar a muerte a la reina para salvar a la nación.

En España no hay guillotina ni se pretendía condenar a muerte a la reina. Bastaba con provocar su huida a través de la frontera.

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Las mayores descalificaciones contra la reina y su entorno fueron, como hemos visto, de marcado carácter sexual y su relación con la corrupción política, en lugar de emplear argumentos tales como la corrupción económica, el sistema de partidos, la perversión del régimen constitucional y la represión violenta de las protestas populares. Y eso a pesar de que había material para ello.

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No. Baste destacar que de todos los grabados que aparecieron posteriormente en la recopilación de Los Borbones en pelotas, noventa y tres, nada menos que cuarenta y tres tienen un contenido sexual explícito y en treinta y cinco la reina es la protagonista. El resto está formado por su entorno: el rey, la infanta Isabel, el padre Claret o sor Patrocinio. Además de las de contenido sexual, son claramente anticlericales una docena más; estrictamente políticas, veintiuna, y solo nueve a debates del momento. El personaje central en todas ellas, obscenas o no, es Isabel II, seguida de Francisco de Asís, Claret en treinta, Marfori en veintiséis, González Bravo y sor Patrocinio en diecinueve ocasiones. La infanta Isabel, el general Prim, el príncipe Alfonso y Napoleón III completan la serie. El resto de personajes, de índole política aparecerán en contadas ocasiones, pero en caricaturas de crítica política, lo que podría interpretarse que la campaña de descrédito se debía exclusivamente a sectores republicanos radicales, con ayuda, más o menos desinteresada, de algunos colaboradores puntuales, como los hermanos Bécquer y algún otro, como veremos.

Por ejemplo, el presidente González Bravo, el último presidente de gobierno de Isabel. Un personaje cuya deriva ideológica y política apenas merece discusión. En su juventud fue revolucionario y masón, especialmente crítico en la década de los treinta con la regente María Cristina a la llamó en su momento “ilustre prostituta”. Luego, durante la regencia del general Espartero se convirtió en moderado, ejerciendo de azote político de progresistas y radicales. Ya por entonces, González Bravo demostraba sus dotes para la ironía y la sátira subida de tono. Con la edad, su derechismo, casi radical, se hizo más que evidente. En el momento en que accede a la presidencia, tras la muerte de Narváez en abril de1868, pertenecía al sector más reaccionario del partido. Cuando, tras el exilio, Isabel II abdica en su hijo Alfonso en junio de1870 se integró en el carlismo. Tras la derrota definitiva de los carlistas, se establecerá en Biarritz. Allí escribirá sus experiencias políticas. Consideraba que la Revolución de 1868 no se había hecho en nombre de la libertad sino de los intereses personales de un grupo líderes ridículos y endiosados. A su juicio, España se había convertido en una anarquía tras la revolución. Para él, todo el sistema estaba corrompido y era heredero del régimen isabelino.

Coincidente con González Bravo en cuanto en sus opiniones era el duque de Riánsares, el segundo esposo de María Cristina, un personaje conocido por su cinismo político, directamente proporcional a su ambición. Un amante del chisme y de los rumores de carácter sexual. El duque se convirtió en el personaje de moda en la corte isabelina gracias a sus comentarios sobre la reina, el rey y otros personajes de su entorno, siendo saludadas sus salidas de tono entre grandes carcajadas. El conde, además, participaba, junto a su mujer, del proyecto de sustitución de Isabel II en el trono español. Por aquellos días, se buscaba una opción alternativa a los Borbones y el conde apoyaba al hijo del duque de Montpensier, Luís Felipe de Orleans, como sucesor de Isabel. Resulta llamativo que el duque de Montpensier no apareciera nunca entre las caricaturas publicadas. Su hijo, por cierto, fue mecenas de muchos artistas, entre ellos de Valeriano Bécquer. Por el contrario, las relaciones entre Isabel II y Fernando de Asís con los Montpensier no fueron, en ningún caso, cordiales. Era conocido en los círculos políticos que el duque mantenía contactos con la oposición isabelina que estaba preparando las distintas revoluciones. Gracias a la actividad del conde, la Unión Liberal consideraba a Antonio de Orleans el rey adecuado. Pero tal estrategia se chocó de bruces con la oposición de todos aquellos políticos que fueron satirizados en las caricaturas. Acusaban a Monspensier de financiar las publicaciones. Y con el emperador francés ocurrió otro tanto. Napoleón III vetó cualquier intento de acceso al trono de Luís Felipe, razón por la cual el emperador se convirtió en el único dirigente extranjero que apareció en los grabados.

Isabel II
Isabel II en 1867

El efecto provocado por los libelos y publicaciones ha marcado la historia del siglo XIX y, especialmente, a la figura de Isabel II, a quien la historia la ha reservado una negra crónica, cuando la realidad política y social de aquel tiempo estuvo marcado por la inestabilidad política de todos los regímenes e instituciones. Una situación que fue superada, curiosamente, durante el reinado del hijo primogénito de Isabel II: Alfonso XII.

Isabel, desde su dorada jaula del exilio, observa a través de su ventana intentando encontrar en el horizonte su futuro. Ve a lo lejos la inconfundible silueta de aquel extraño objeto que destaca en el cielo de París y que con el tiempo se convertirá en el principal icono de la ciudad: la Torre Eiffel. Isabel no soporta la vida parisina y el único objetivo que persigue es el regreso a España. Tan es así que mantiene sus costumbres españolas.

Pero sabe que aquel es un sueño poco menos que imposible., al menos en vida. Una lágrima recorre su aún mofletuda mejilla. Es la única emoción que aún puede permitirse.

 

 

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