Jasón y los Argonautas

 

 

 

 

Iniciamos este trabajo con el cuadro de Erasmus Quillenius Jasón y el vellocino de oro, uno de los cuadros más famosos de la epopeya. Quillenius fue alumno de Rubens y tuvo, por ello, una gran influencia en su obra. El lienzo recoge el  instante en el que Jasón ha conseguido hacerse con el preciado vellocino, o piel, dorado y abandona el santuario en el que estaba depositado. En Jasón mira a su derecha una imagen de Marte, temeroso de desatar su ira. Frente al dios, arde sobre el ara el fuego sagrado.

Jasón con el vellocino de oro. Erasmus Quillenius

Sin duda alguna, uno de los mitos griegos más conocidos en la mitología clásica es la de El Vellocino de Oro. Antes de hacer el viaje, nunca mejor dicho, a lo largo de este mito es necesario saber que el vellocino es definido como la zalea, es decir, el cuero curtido de un carneo u oveja. En cuanto a su condición dorada, se interpreta como consecuencia de un método para extraer oro de los ríos de la región de Georgia, al este del mar Negro, donde se extendían zaleas de oveja sobre marcos de madera y se sumergían en la corriente de agua filtrando las pepitas de oro que bajaban desde río arriba. Estos vellocinos se colgaban entonces en los árboles para secarlos antes de sacudirles o peinarles el oro que quedaba en ellos.

Jasón y los Argonautas. Lorenzo Costa el Viejo

La leyenda nos habla del rey griego Atamante, hijo de Eolo quien reinó en Beocia, cerca del monte Helicón. Y que tuvo dos esposas: Néfele, Ino y Temisto. Su primera esposa, Nefele, era la diosa de las nubes y con ella tuvo dos hijos gemelos Frixo y Hele. Posteriormente, Atamante repudíó a Nefele y se casó con Ino, hija de Cadmo y Harmonía, con quien también tuvo dos hijos. Su segunda esposa, Ino, urdió un plan para evitar que los hijos de Néfele fueran los herederos al trono de Atamante y lo fueran los suyos. Para ello ordenó quemar los granos de trigo para que no pudieran cultivar, provocando el hambre entre la población. Pidió a Atamante que consultara con el oráculo de Delfos la razón de la hambruna y su solución. Pero Ino soborna al oráculo y este dice al rey que para acabar con la hambruna debía sacrificar a sus hijos, a lo que accedió Atamante. Enterada Néfele del próximo sacrificio de sus hijos, pidió ayuda a Hermes, el cual le envió un carnero volador cuya lana era de oro para que a rescataran a Fixo y Hele y les llevara al otro lado del mar. Los niños huyeron montando el carnero, pero Hele cayó al mar durante la travesía y se ahogó en el estrecho del Helesponto  llamado así en su honor desde entonces. El carnero llevó a Frixo hasta la Cólquida (actual Georgia). Allí, Frixo sacrificó al carnero en honor a Zeus y regaló su piel dorada al rey Aetes, quien lo había acogido amablemente y casado con su hija Calcíope. Aetes colgó el vellocino en una encina consagrada a Ares, quedando custodiado por un dragón y una enorme serpiente que nunca dormía.

Jasón y Medea. William Waterhouse

Es a partir de entonces cuando aparece en la leyenda Jasón, el héroe mitológico. Jasón era hijo de Esón, quien había permitido a su hermano Pelías reinar hasta que Jasón alcanzara la mayoría de edad y pudiera gobernar. Para protegerlo de Pelías, Esón envió asu hijo al cuidado del centauro Quirón, famoso por su inteligencia y bien carácter, para que le enseñara el arte de gobernar. Así, cuando Jasón, cumplió los veinte años, se dirigió a Yolco dispuesto a pedir el trono a su tío que por herencia le pertenecía. Mientras se dirigía a Yolco se encontró con una anciana que le pidió ayuda para cruzar un río Anauro. Así lo hizo Jasón, aunque perdió una de sus sandalias. La anciana era Hera, quien se convirtió desde entonces en la diosa protectora de Jasón.

Así las cosas, Jasón se presentó ante su tío con una lanza en cada mano y un pie descalzo. Pelías sintió miedo al verlo de esa manera porque el oráculo de Delfos le había augurado que alguien que se presentaría ante él un con un pie descalzo acabaría con su vida y le arrebataría el trono. Esta desconfianza de Pelías se muestra en su aire amenazador y gesto de superioridad. Pensó  en ese momento matar Jasón, pero no podía hacerlo porque el pueblo se rebelaría contra él. Le pidió entonces una prueba de su valor y le dijo que le daría el trono si le conseguía algo muy especial: el Vellocino de Oro, la piel del carnero sobre el que volaron Frijo y Hele y que se encontraba en Cólquida en poder del rey Aetes. Jasón, que ya conocía la historia del vellocino por su padre, aceptó el reto. Ordena a Argo, arquitecto y constructor de navíos e hijo de Frixio, la fabricación de una nave de cincuenta remos jamás conocida. Una nave única a la que Atenea añadió un mascarón con forma de cabeza de mujer fabricado de madera de roble sagrada procedente del oráculo de Dodona, que tenía el don del habla y de la profecía, regalo de la diosa Atenea. Aquel barco se llamó Argo (Rápido) y contaba con la protección de Hera.

Después, mientras se preparaba la nave, Jasón, por consejo de Quirón, envió heraldos por toda Grecia para invitar a los jóvenes más valientes y valerosos de aquellos tiempos a participar en este largo viaje. Y así se completó la tripulación más preparada de la historia formada por cincuenta extraordinarios miembros, a los que se conocerá como Argonautas y entre los que se encontraban el gran héroe Teseo, el del minotauro; Orfeo, el dios músico; Hércules, el gran héroe; Hilas, su escudero; Polifemo, amigo de Hércules, Anceo, hijo de Neptumo y gran conocedor de la navegación; los Dioscuros, Castor y Pólux; Peleo, el esposo de la diosa Tetis y padre de Aquiles; Zetes y Calais, hijos de Bóreas, el viento del norte, Argos, el constructor, Tafis, quien pilotaría la nave por sus conocimientos náuticos, el Héroe Teseo, etc. Todos ellos iniciaban un viaje que auguraba el éxito de su misión, aunque no contaban con las dificultades que encontrarían en su periplo. Tras hacer un sacrificio a Apolo, el Argo partió de Yolco y se hizo a la mar. Nada más partir el Argo, Pelías, convencido de que Jasón no volverá, hace llamar a Esón y le anuncia su muerte. Esón le pide que le permita ser él mismo el que se quite la vida. Pelías accede y ordena que le traigan una copa con sangre de toro sacrificado para que beba de ella. Esón lo hace y, al instante, cae muerto. Cuando su esposa, Alcímeda, conoce la suerte de su marido se ahorca, mientras en la cuna llora su hijo pequeño, el hermano de Jasón, el cual recogen los soldados de Pelías y lo ejecutan.

Ajeno a todo esto, el Argo navega con destino a Cólquida, haciendo su primera parada en la isla de Lemnos, cuya reina era Hipsípila. Esta isla estaba maldita por un castigo de la diosa Afrodita. En efecto, debido a que las mujeres no habían hecho las ofrendas debidas, la diosa las había condenado a despedir un olor nauseabundo por la boca, lo que había provocado el rechazo de sus maridos a mantener relaciones con ellas, haciéndolo con esclavas y extranjeras. Como consecuencia de ello, las esposas abandonadas habían asesinado a todos los hombres, jóvenes y viejos, casados y solteros. Sólo Hipsípila había salvado en secreto la vida de su padre, el rey de Lemnos, Toante, embarcándolo sin que nadie lo supiera en un cofre sin remos que fue a la deriva. Después, las mujeres de Lemnos eligieron a Hipsípila como reina. Afrodita después quitó el castigo a las mujeres.

Poco tiempo después llegaron los Argonautas. Las mujeres de Lemnos creyeron que se trataba de un barco enemigo proveniente de Tracia y se prepararon para luchar si era necesario. Tras comprobar el motivo que les había llevado a la isla, aceptaron entregarles provisiones pero sin permitirles entrar en la ciudad para que no descubrieran los asesinatos. Fue entonces cuando la anciana nodriza de Hipsípila les dijo que debían pensar que la isla no tenía futuro alguno futuro si no había hombres. Entonces las mujeres decidieron permitirles desembarcar y ofrecerles toda hospitalidad posible. Así, los Argonautas permanecieron varios meses en Lemnos llegando Hipsípila a ofrecer el trono a Jasón si él decidía quedarse, pero este le explicó que su prioridad en ese momento era apoderarse del vellocino de oro. Durante su estancia, los argonautas tuvieron muchos hijos con las mujeres lemnias y hasta Hipsípila tuvo dos hijos con Jasón. Así se demoró el viaje de los argonautas, hasta que Hércules les recriminó que casarse, tener hijos y vivir cómodamente no era el objetivo de aquel viaje.  finalmente, Jasón y sus compañeros decidieron seguir su navegación hacia Samotracia, llegando hasta Helesponto, al reino de Cicique, la tierra de los doliones, cuyo rey se llamaba Cicico, donde fueron recibidos con mucha hospitalidad. Sin embargo, antes de desembarcar, unos gigantes que vivían en las montañas empiezan a lanzarles enormes piedras que evitar su desembarco. Hércules, con sus flechas va matando a todos uno a uno hasta acabar con ellos. Después descansarán allí toda la noche.

Jasón y Medea. Moreau

Al día siguiente se hicieron de nuevo a la mar pero el Argo fue azotado por una fuerte tormenta que le obligó a regresar a Cicico. Los doliones no los reconocieron y pensaron que eran piratas que venían a atacarles y se produjo un enfrentamiento entre ambos bandos, del cual resultó muerto el rey Cicico durante la batalla. Al amanecer y ver lo ocurrido, los Argonautas quedaron consternados y Jasón decidió celebrar unas honras fúnebres en su honor que duraron tres días. Antes de volver al barco levantaron una estatua en honor a Rea en el monte Díndimo. Mientras todo eso ocurría, los expedicionarios que se habían quedado a proteger la nave sufrieron el ataque de unos gigantes de seis brazos, que fueron rápidamente vencidos por Heracles, que comandaba el Argos en ausencia de Jasón.

Regresando a la navegación, una tormenta azota al Argos y logra superarla gracias la habilidad de Hércules, aunque algunos remos quedan dañados. Tras la tempestad llegan a Misia al anochecer, donde deciden descansar los navegantes. Hércules busca madera para fabricar un remo nuevo. Mientras su protector está ausente, Hilas coge un cántaro y va a buscar agua de un manantial donde se encuentra a unas ninfas que danzaban en el agua y que quedan inmediatamente atraídas por la belleza del joven. Cuando el inocente muchacho introduce el cántaro en el agua una ninfa de agarra del cuello con intención de besarle. Él se resiste y en el forcejeo cae al agua, dejando caer un grito que es escuchado por Polifemo, el cual, con su espada en la mano, acude en ayuda del joven. Pero solo encuentra el cántaro. Busca a Hércules y le cuenta lo sucedido y ambos le buscan desesperadamente. Él y Polifemo buscaron toda la noche a Hilas, pero sin resultado, pues había sido seducido por las ninfas y se encontraba con ellas en una cueva bajo el agua. Cuando el Argos decide reanudar su viaje a la mañana siguiente, lo hace sin Hércules y Polifemo, que deciden seguir buscando a Hilas.

Hilas y las ninfas. Waterhouse

Los Argonautas siguieron su travesía sin darse cuenta de la ausencia de Hércules y sus compañeros. Los argonautas le piden a Jasón regresar y recogerlos, pero este duda en hacerlo, y es entonces cuando habla el mascarón de proa de madera sagrada a todos diciéndoles que la ausencia de Hércules es voluntad de los dioses porque tiene que hacer los doce trabajos que le han encomendado para hacerse inmortal. Aclarado todo, el Argo continúa su marcha hasta llegar a Bitinia, cuyo rey era Amico, hijo de Poseidón y Melia, ninfa de los fresnos. Amico tenía la costumbre de retar a todos los que llegaban a sus tierras a un combate de boxeo contra él, que siempre acababa con la muerte del retado. Cualquiera que no aceptase el reto era arrojado al mar desde el acantilado más alto. Así, tras recibir y preguntar hacia donde se dirigen los recién llegados, reta a que uno de ellos luche contra él hasta morir. Entonces Pólux, uno de los Dioscuros acepta el reto. En el combate, Pólux evita un ataque de Amico y de un golpe en la cabeza acaba con su vida. Cuando parece que es el final de todo, la multitud exigen venganza contra los que han matado a su rey, produciéndose el enfrentamiento entre estos y los argonautas que termina con el triunfo de los tripulantes del Argos, pudiendo entonces continuar su viaje.

La siguiente parada del Argos se produce en Salmideso, al este de Tracia, donde reina Fineo, que estaba ciego y era adivino y sobre el que pesaba un castigo por parte de Zeus. Este había enseñado a Tineo el secreto de las profecías para que pudiera adivinar el futuro. Pero Fineo había revelado secretos que solo podían hacer los dioses, por lo que fue castigado por Zeus al ayuno eterno y a la pérdida de la vista. Ahora, el ciego reconocía a aquellos hombres como su salvación, ya que, al conservar su facultar de adivino, sabía que Zeus les enviaría cuando considerase suficiente el castigo. Cuando los Argonautas están ante él, les reconoce como aquellos que, a las órdenes de Jasón, van en busca del vellocino de oro y que están allí para librarle a él de las Arpías. Las Harpías, o Arpías, eran hermosas mujeres aladas, hijas de Electra y Taumante, pero convertidas en seres maléficos con cuerpo de ave de rapiña que atraían tempestades, pestes e infortunio. Conmovidos por la situación de Fineo le dieron comida. Pero cuando este se disponía a comer, unas Arpías bajaban desde el cielo y le arrebataban del plato los manjares, dejando tan solo unas migajas, las suficientes como para que sobreviviese durante otro día más de castigo. Los héroes alados, Calais y Zetes, vuelas detrás de ellas y las expulsan sin llegar a matarlas, debido a las órdenes recibidas de Zeus en ese sentido, quien se compromete que Fineo no volverá a ser molestado.. Después, le dan de comer suculentos manjares y le bañan con delicados perfumes. El adivino se muestra muy agradecido y ellos le piden que les augure el futuro. Fineo, en agradecimiento, les dice a los Argonautas sobre el camino correcto a seguir hasta la Cólquida, pero antes tenían que superar el peligro que les esperaba al llegar a las Rocas Azules, o Simpléglades, dos enormes peñascos flotantes en continuo movimiento que chocaban entre sí aplastando a todos los que pretendían pasar entre ellas. Les recomienda que cuando llegasen a ese mundo, liberaran una paloma mensajera y, si esta lograba pasar, pusieran el Argos con la proa hacia ellas. De lo contrario, volvieran a su casa porque morirían ahogados sin remedio. Después, si lograban pasar debían navegar bordeando la costa hasta llegar al reino de Aetes, donde se encontraba el bosque consagrado a Zeus y la encina donde estaba colgado el vellocino de oro.

Los Argonautas cruzan los Simpleglades. Bernard Picard

Los Argonautas siguen su camino y el Argos llega a Simplégades donde se encuentran dos enormes rocas que flotan y entrechocaban aleatoriamente cerrando el estrecho. Dichas rocas, envueltas en una niebla espesa, defendían la entrada del Bósforo haciendo de él un lugar intransitable. Cuando un barco trataba de pasar entre ellas se unían y lo aplastaban impidiendo su paso y quedando destruido. Por consejo de Fineo, cuando la expedición llegó junto a ellas, Eufemo soltó una paloma para que volase delante de Argo. Tan pronto las rocas notaron su presencia se unieron y cortaron las plumas de la cola de la paloma para, acto seguido, retroceder. Los Argonautas aprovecharon este momento para pasar remando a toda velocidad, ayudados por Atenea y la lira de Orfeo. A partir de entonces, y de acuerdo con una profecía, las rocas quedaron fijas, una a cada lado del estrecho, y aunque la fuerza de la corriente hacía la nave inmanejable, los Argonautas remaron con todas sus fuerzas y pudieron adentrarse en las aguas del Mar Negro.

Jasón y Mede encantando al dragón. Giovanni Rosato.

Finalmente, el Argos avista la costa de Cólquide y el bosque sagrado donde se encuentra la encina en la que está colgada el vellocino de oro que, además, se encuentra custodiado por un dragón. Los primitivos griegos creían que en el extremo oriental del mundo, cerca de donde nacía el sol, estaba Cólquide. El poeta griego Mimnermo, a finales siglo VII a.C., decía que el sol guardaba sus rayos en la Cólquide, en una estancia de oro. Y los argonautas llegan a ese principio del mundo. Cuando bajan a tierra, Jasón se encuentra resuelto a ver al rey Aetes y pedirle el objeto de deseo de Pelías. Pero la audacia de Jasón choca con la prudencia, y esta con la realidad. Ha sido un viaje difícil y lleno de peligros y Jasón comprende que la intención de Pelías era alejarlo de su reino y que el viaje fuera su viaje final. Hubiera muerto de seguro de no ser por la ayuda de los héroes que le han acompañado y la protección de Minerva. Incluso alguno de los héroes han muerto o desaparecido y él se siente responsable. Pero además, sabe que ahora Aetes no va a entregarle el vellocino de oro por voluntad propia y que tendrá que luchar por ello. Medita sobre la forma de presentarse ante Aetes, si de forma humilde u hostil.

Mientras Jasón se encuentra en estos pensamientos, en el bosque sagrado se encuentran Juno y Minerva. Juno pregunta a Minerva como va a conseguir el vellocino de oro Jasón porque no lo va a obtener de buena lid. Minerva no tiene respuesta alguna. Juno le propone entonces ir a ver a Venus para que su hijo Cupido y que este envíe una de sus flechas a la hija de Aetes, Medea, para que esta se enamore de Jasón y pueda ayudarle. Ambas diosas se dirigen al palacio de Vulcano, esposo de Venus, para encontrarse con esta. Venus las invita amablemente que le cuenten por qué están tan atribuladas y Juno se lo explica con todo detalle y como Jasón la ayudó cuando descendió en forma de mendiga y la ayudó a cruzar un río, convirtiéndose desde entonces en su protectora. Ahora Jasón necesita ayuda y Cupido es la solución. Después de cumplir con su misión Jasón regresará a Grecia. Venus promete ayudarlas y pedirá su hijo que lance una de sus flechas al corazón de Medea.

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Medea. Nancy Klagmann

 

Mientras Jasón ha reunido a sus hombres y les cuenta el plan que ha previsto para conseguir el vellocino de oro. Los argonautas se quedarán en el Argo mientras él irá con Argos y Telamón, hijos de Frixio para ir con ellos a presentarse ante Aetes y apelar a su hospitalidad para conseguir el vellocino. Los tres marchan ocultándose en el bosque para evitar ser descubierto antes de llegar ante Aetes. Incluso Juno hace bajar la niebla para facilitar el camino de Jasón. Cuando llegan ante el palacio del rey, la niebla se disipa. Ante ellos el palacio luce en todo su esplendor. Aetes vive en la estancia superior junto con su esposa Idiya, su hijo Absirto, que tuvo con una ninfa, y sus hijas, la princesa Calsiopa, viuda de Frixo, y Medea, aun soltera. Esta, cuando ve a Jasón lanza un grito que alarma a Calsiopa que acude a abrazar a sus hijos cuando los reconoce. Mientras, Cupido ha lanzado la flecha que atraviesa el corazón de Medea y esta no puede apartar su vista de Jasón y se siente profundamente enamorada de él.

 

El rey Aetes, que ha sido avisado por sus sirvientes, acude al encuentro de sus nietos y del extranjero que les acompaña. Los hijos de Frixo le dan cuenta de quién es Jasón y los argonautas que han llegado hasta aquí después de sortear mil aventuras y arriesgar sus vidas, así como la ayuda que les prestaron a ellos mismos cuando naufragaron en la isla de Marte. Ahora, explican, Jasón es un enviado de los dioses para cumplir el deseo del rey Pelías de obtener el vellocino de oro y aplacar así la cólera de Júpiter. A cambio, Jasón y sus hombres le ofrecen protección a y ayuda cuando las necesiten.

Aetes, tras escuchar a los hijos de Frixo, se levanta airado y les acusa de traidores, amenazándoles con matarles a todos. Telamón intenta atacar al rey, pero Jasón lo detiene mientras intenta calmar la ira de Aetes diciéndole que vienen en son de paz y que nada tiene que temer sino más bien al contrario porque si se aviene a la petición será recompensado. Aetes accede entregarle el vellocino de oro si antes le prueba su valor y valentía. Le cuenta entonces que posee dos enormes toros cuyos pies y astas son de bronce y escupe fuego con la boca y que pastan en el campo de Marte y que fueron donados por Vulcano. Reta a Jasón a que haga surcos con ellos en el campo y siembre en ellos los dientes del dragón que mató Cadmo, igual que hizo este y de los cuales nacieron los espartos, soldados que lucharon entre sí hasta matarse. Aetes reta a Jasón a que haga lo mismo y le entregará entonces el vellocino de oro. Jasón acepta el reto. Después regresa con sus compañeros mientras Medea le contempla desde una celosía del palacio. Queda en palacio preocupada por la suerte de Jasón porque sospecha que su padre le ha tendido una trampa con los toros mágicos. Las lágrimas asoman a sus ojos e implora a Hécate, la diosa del hogar de la que es sacerdotisa, la salvación del argonauta.

Jasón comunica a los argonautas la propuesta de Aetes y el reto que le ha impuesto. Argos, el hijo de Frixo, se propone regresar al palacio y apelar a la magia de Medea que posee como sacerdotisa de Hécate para que, con algún conjuro o magia, ayude a Jasón. Para ello hablará con su madre con la esperanza que le ayude a convencer a su hermana porque su ayuda será posible ganar el vellocino de oro. De repente, una paloma vuela y se posa en el hombro de Jasón, lo que significa que el triunfo será de Jasón si la princesa le ayuda. Mientras, Aetes aguarda a Jasón medita la forma de matar a los argonautas. No teme a los dioses porque si bien cuando Frixo llegó a su reino le ayudó porque así se lo ordenó Júpiter y, por ello, le concedió a su hija. Pero ahora ningún dios le obliga a nada por lo que se muestra dispuesto a exterminar a los invasores. Solo una cosa le preocupa su hija Calciopa porque sus hijos se encuentran con Jasón. Entretanto Medea ha tenido un sueño: el capitán extranjero ha obtenido el vellocino de oro y ella se convierte en su esposa regresando con él a su reino. Medea se despierta sobresaltada por aquel sueño y acude a la estancia de su hermana. Esta, que ya ha hablado con su hijo, le pide que ayude a Jasón. Medea acepta ayudarle y hacer que todos regresen sanos y salvos. Al amanecer del día siguiente acudirá, acompañada por sus doncellas al templo de Hécate para preparará una pócima mágica para amansar a los toros. Ordena a sus doncellas que se queden fuera del templo y, cuando llegue Jasón, le hagan entrar en el templo y eviten ser interrumpidos. En efecto, Jasón ha recibido el recado de dirigirse al templo de Hécate a ver a Medea y hacia allí se dirige acompañado de Mopso y Argos.

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Jasón y los toros.

Medea aguarda en el templo hasta que Jasón llega ante ella y la pide le ayude a vencer a los toros. Ella le da una vasija con la poción mágica y se la entrega a Jasón y le enseña cómo tiene que utilizar el hechizo. Por la noche deberá cavar un agujero y enterrar en él a una cordera sacrificada y, encima de ella, ramas secas para quemarla. Al amanecer deberá cubrir todo su cuerpo y su espada y su escudo con la pócima que le entrega. Así, será invencible para todo combate. El hechizo surtirá efecto durante solo un día y una noche, tiempo suficiente para su victoria. Después, cuando haya sembrado los dientes del dragón y de ellos surjan los guerreros deberá lanzar una piedra a uno de ellos para que luchen entre si hasta matarse entre ellos. Al día siguiente, una gran muchedumbre se encuentra esperando al héroe, con el rey Aetes sentado sobre un trono. En medio de un gran silencio, Jasón avanza con su espada en la cintura, la lanza en su mano derecha y el escudo en la izquierda. El ungüento sobre su piel hace que esta reluzca a la luz del sol. Jasón se detiene y clava su lanza en la tierra. De improviso, aparecen los toros de Vulcano arrojando fuego por sus hocicos embistiendo ferozmente a Jasón. Un grito de terror se escapa de entre la multitud, pero cuando los toros llegan hasta Jasón, sus cuernos se rompen al chocar contra su escudo. Entonces Jasón les agarra por sus astas rotas y les lleva hasta el arado para uncirlos. Luego, con su lanza les obliga a arar. Ante el asombro de Aetas y de todos los presentes, Jasón va abriendo los surcos mientras va sembrando los dientes del dragón. De inmediato, los soldados empiezan a surgir de la tierra. Jasón coge una piedra de mármol y la arroja en medio del grupo de soldados. Unos y otros se lanzan entre si y los cuerpos van cayendo destrozados mientras los surcos se van llenado de sangre. Victorioso, Jasón le pide el vellocino, él se lo niega porque en su victoria ha utilizado malas artes y hechizos desconocidos y le ordena que se marche inmediatamente. Medea, que no ha visto lo que ha ocurrido, pronto conoce la victoria de Jasón y teme que su padre averigüe quien le ha ayudado y la castigue cruelmente. Aetes ha ordenado a sus hombres que busquen el Argo y lo quemen inmediatamente, y apresen a su tripulación. Acude Juno junto a ella y la aconseja que se dirija al Argo buscando la protección de los argonautas. Tras estar en el templo de Hécate, se dirige veloz hacia el Argo. Cuando llega, Medea le aconseja que se marchen inmediatamente. Pero Jasón no quiere partir sin el vellocino porque su viaje habrá sido totalmente inútil. Entonces ella le dice que le ayudará a conseguirlo pero, a cambio, quiere que le prometa que la hará su esposa y vivirán los dos juntos durante toda la vida. Jasón le promete matrimonio. Jasón y Medea van a buscar del lugar donde se encuentra el vellocino por una senda secreta que solo conoce ella y que les dirige al lugar donde se encuentra el vellocino de oro. Este resplandece ante los primeros rayos de sol. Pero, de repente, un enorme rugido hace temblar la tierra. Es el dragón que se ha despertado y que observa a Jasón y Medea ante él. Entonces Medea coge unas hojas de enebro y las moja con un líquido que le da a oler al dragón, que cae dormido completamente. Jasón trepa a la encina y coge el vellocino de oro. Tras hacerlo ambos corren velozmente de regreso al Argo, que parte inmediatamente.

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Jasón matando al dragón. Salvador Rosa

Mientras, Aertes ha descubierto el robo del vellocino de oro y la traición de su hija y ordena a su a su hijo Absirto que evite la fuga de Argo. La flota de Absirto se divide en dos escuadras y, siendo las naves más ligeras, van cerrando poco a poco la escapada del Argo hasta rodearle. El Argo se queda sin salida y obligado a entregarse. Absirto les pide la devolución del vellocino de oro y la entrega de Medea o, de lo contrario, destruirá el Argo. Medea suplica a Jasón que no la entregue porque será su muerte segura y le recuerda su promesa de hacerla su esposa y regresar con él. Jasón no quiere entregarla pero necesita una tregua para poder escapar. Medea urde entonces una estratagema. Le pide a Jasón que diga a Absirto que accede a entregarla a ella y al vellocino de oro a cambio de que puedan escapar. Para ello, la enviará a tierra para que se encuentre con él a solas. Un emisario lleva la propuesta a Abasirto y este accede a ello. Medea acude al encuentro con su hermano. Cuando Medea llega ante su hermano le dice que Jasón y a los argonautas la habían secuestrado y que ella quiera regresar a Cólquide con su padre. De repente, Jasón, que la ha seguido, ataca a Absirto a traición y le mata. Medea corta en trozos el cadáver de su hermanastro y regresan al Argo que, de inmediato, escapa del cerco. Como saben que una vez vean lo sucedido saldrán en su persecución, los argonautas acuerdan seguir una ruta distinta para burlar a las naves enemigas. Además, Medea lanza los trozos del cuerpo de su hermano para que la flota de Aetes se entretenga en recogerlos y les permitan escarpan. Otra versión, sin embargo, cuenta que Absirto era muy joven y Medea le convence para que la acompañe en el Argo. Luego, cuando la flota de Aetes está a punto de alcanzarles, Medea mata a Absirto y lo lanza su cadáver al agua para que recojan sus trozos y puedan escapar.

Draper, Herbert James, 1864-1920; The Golden Fleece
El asesinato de Absirto. Herbert J. Draper

Lo sucedido en Córquida, sin embargo, ha enfurecido a Júpiter. La navegación no será fácil y las tormentas amenazan con hacer zozobrar el Argo. El mascarón del Argo regalo de Atenea aconseja a los argonautas que para aplacar la ira del dios se dirijan a la isla de Ea, reino de Circe, una oceánide hija de Océano y Tetis, cuya magia ayudará purificar y absolver sus almas por los asesinatos cometidos. Juno dirige la nave a la isla, donde fondean. Ante ellos observan a Circe acompañadas de extraños seres, que no son hombres ni fieras, sino criaturas del inframundo. Jasón, que teme por lo que pueda suceder, sale al encuentro de la semidiosa acompañado de Medea y se dirigen al palacio de Circe para pedir su absolución. Circe coge un lechón recién nacido y lo degüella por encima de las cabezas de Jazón y Medea y luego lava las manos de ambos en la sangre del animal mientras le reza a los dioses del Olimpo. Después, arroja las vísceras del animal a una pira para aplacar la ira de las criaturas del inframundo. Después de esto, Circe pide a Jasón y Medea que le cuenten los hechos que han provocado su pesadilla y los detalles del viaje que les ha llevado hasta allí. Jasón no puede articular palabra alguna, pero Medea cuenta la razón por la que traicionó a su padre y los detalles de la batalla entre Jasón y los toros, aunque no menciona la muerte de su hermano. Pero Medea no puede engañar a Circe que, en realidad, conoce todo los detalles de lo sucedido y la anuncia que su traición merecerá el justo castigo. Absuelve a Jasón pero no a Medea. Ella y Jasón abandonan el palacio de Circe expulsados por esta.

Tras regresar al Argo, la nave reemprende su viaje bajo la protección de Juno. En el viaje de regreso son atraídos por una isla llena de flores donde viven unas sirenas que atraen a los barcos con sus mágicos cantos a un lugar donde mora Caribbis, una horrible monstruo marino hija de Poseidón y Gea que tragaba enormes cantidades de agua tres veces al día y las devolvía otras tantas veces, creando un gran remolino que devoraba todo lo que se ponía a su alcance. Junto a ella también vivía Escila, una ninfa hija de Júpiter, otro monstruo marino, con cuerpo de mujer y cola de pez, con seis largos y serpentinos cuellos con cabezas grotescas. Ambos monstruos habitaban en un estrecho paso marítimo, uno frente a otro, de modo que los barcos que intentasen evitar a Caribdis deberían acercarse a Escila, y viceversa. Y el Argo se hubiera perdió irremediablemente si Orfeo, el músico, no hubiera tocado su lira y entonado un bello canto que apagó el de las sirenas. Después, el Argo enfila directamente hacia el estrecho fatídico donde le esperan los dos monstruos. Tetis envía a unas nereidas para que dirijan la nave y ella misma toma el timón y entre todas, consiguen sortear el peligro. Luego, bajo la luz del crepúsculo, llegan al mar Jónico. Grecia está cerca.

Pero no tan cerca. Los argonautas llegan a la isla de Corfú, donde reina Alcimoo, quien les recibe con cordialidad. Pronto llegan a la isla algunas naves desde Cólquida que vienen persiguiendo al Argo. Envían emisarios al rey solicitando la entrega de la princesa Medea. Alcimoo no quiere batallas en su reino y exige a ambos bandos expongan los motivos de su enfrentamiento, siendo él quien decidirá como juez la decisión final. Aunque ambos bandos no gustan de lo dispuesto por Alcinoo acatan su orden. Medea tiene miedo a que finalmente sea entregada al ejército de su padre, por lo que habla con la esposa de Alcinoo, Arete, y la ruega que interceda por ella pues todo lo hizo por amor y su desea es casarse con Jasón. Arete, conmovida por las palabras de Electra le pide a su esposo que no la entregue a los colquios y la mantenga lejos de la ira de su padre. Pero Alcinoo le contesta que Júpiter ha traído a todos hacia su reino para que imparta justicia y que, puesto que Medea aún no es esposa de Jasón, la devolverá a su padre.

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Los esponsales de Jasón y Medea. Antonio Biagio

Por la noche, mientras Alcinoo duerme, su esposa envía a un paje y le ordena que busque a Jasón y le pida que contraiga matrimonio con Medea sin pérdida de tiempo. Cuando Jasón recibe el mensaje, los argonautas levantan un altar donde sacrifican a un carnero y le adornan con el vellocino de oro. Los argonautas forman dos filas entre las cuales circulan Jasón y Medea mientras Orfeo toca su lira y canta a los contrayentes. Cuando el día empieza a clarear, los desposorios ya han terminado y todos esperan la decisión de Alcinoo. Cuando este aparece ya conoce el matrimonio entre ambos y expresa su decisión: sin querer desafiar el poder de Aetes, Medea deberá permanecer junto a su esposo y la flota cólquida regresar a su reino. Una vez llegados al Mediterráneo, una violenta tempestad les aparta de su ruta, llevándolos al sur, y tras nueve días de navegación a la deriva, con el timón y las velas rotas embarrancan en la costa de Libia. Los argonautas buscan y comida pero en aquella playa parece no haber agua ni animal alguno. El hambre y la sed amenazan a los argonautas, quienes parecen abandonados a su suerte. Tras una noche de pesadilla, amanece. Jasón, aún dormido, nota como alguien le toca en su hombro. Abre los ojos y la luz del sol apenas le deja ver a una figura femenina que se identifica como una diosa protectora del lugar que ha venido a ayudar a él y sus hombres. Debe despertarlos inmediatamente y cuando vea a la diosa Anfitrite desenganchar a sus corceles del carro de Neptuno invoque a la diosa Venus. Tras ello, la diosa desaparece acompañada por sus ninfas. Jasón despierta a sus hombres y les cuenta lo sucedido. De repente, todos ven aparecer un enorme y hermoso corcel que sale del agua y emprende veloz carrera hacia el interior de la isla. Es uno de los corceles del carro de Neptuno, cuyas huellas les marca el camino que han de seguir. Los argonautas cargan con el Argo y transportan por tierra la nave hasta que llegaron al lago Tritonis. Allí, regresaron a la navegación. Como no sabían el rumbo que debían seguir, Orfeo sugirió que usaran el gran tridente que Apolo le había regalado a Jasón para ofrecérselo a los dioses. Fue entonces cuando apareció Tritón, el dios de los mares hijo de Poseidón y Anfitrite, adoptando el aspecto de un hombre joven y se ofreció a ayudarles a encontrar su camino. Tritón, extendiendo su mano, señaló la salida al mar y el rumbo que habían de tomar. Después, Tritón tomó el tridente y se sumergió en las aguas. Los Argonautas siguieron su rumbo.]asón sacrificó un carnero en honor a Tritón, arrojando su cabeza al agua. El dios surgió de nuevo de las profundidades ya no transformado sino en su verdadera forma, mitad hombre y mitad pez, y, tomando la proa de la embarcación, los condujo hacia mar abierto. Después se sumergió en el abismo.

El Argo continuó su navegación hacia Creta porque necesitaban urgentemente provisiones y allí se toparon con un gigante de bronce llamado Talo, que vigilaba la isla caminando alrededor de ella tres veces al día, con el fin de impedir la entrada a los extranjeros, destruyendo sus barcos lanzándolos enormes piedras, y evitar la salida a los habitantes que no tenían el permiso del rey. Se decía que cuando Talos sorprendía a algún extranjero, los mataba arrojándolos al fuego. Este monstruo era superviviente de la raza de Bronce, y había sido hecho por Hefesto y regalado por él a Zeus. En uno de sus talones estaba su único punto débil, la entrada de una vena por la cual corría el icor, la sangre de los dioses, y que recorría su cuerpo desde la cabeza hasta el tobillo, cerrada por una aguja de bronce que le impedía desangrase. Jason le rogó a Talos que les proporcionara las provisiones que necesitaban y le prometió que se irían de la isla después. Pero Talo Empezó a arrojar piedras mientras se acercaban a sus dominios. Medea entonces empezó a hablar a Talos con sus seductoras palabras, haciéndole creer que podía hacerlo inmortal si se quitaba el clavo del tobillo. Así lo hizo el gigante y al quitar el clavo de su tobillo, se derrama el icor y se desangra y muere. Después, el Argo se aprovisiona de víveres y regresa al mar.

Finalmente, el Argo llega a Yolco, el final del largo viaje y entrega el vellocino de oro a Pelías.  Cuando Jasón conoce las muerte de sus padre y hermano pide a Medea venganza contra Pelías. Medea urde un plan para satisfacer el deseo de Jasón y para allanar su camino hacia el trono de Yolco. Para ello Medea se gana la confianza de las hijas de Pelías al decirles que estaba allí secuestrada por Jasón, al que odiaba. Les dice que conoce un hechizo que devolverá la juventud a Pelías para que, de esa forma, continúe como rey y Jasón no pueda gobernar. Para demostrárselo, sacrifica y descuartiza a un carnero viejo y lo pone a cocer en un caldero donde hierve agua y hierbas mágicas. Al instante, un ternero joven surge del caldero. Las hijas de Pelías, al ver el prodigio, ruegan a Medea para que haga lo mismo con su padre. Medea duerme a Pelías con un hechizo y le pide a sus tres hijas que lo cortaran en partes con cuchillos tal como habían visto que ella había hecho con el cordero viejo. Una de las hijas se negó a matar al padre, pero las otras así lo hicieron. Luego Medea las llevó al tejado del palacio, cada una con una antorcha, para que mientras los trozos del cuerpo de Pelias hervían en el caldero, invocasen a la luna. En realidad, la luz de esas antorchas serviría como señal convenida con Jasón para dar a conocer la muerte de Pelías y el inicio de la toma de la ciudad. Medea no accedió a darles las palabras mágicas ni las hierbas adecuadas que le habrían devuelto la vida a Pelías. Pero la muerte de Pelías provocó la ira de los habitantes de Yolco y Jasón, temiendo las consecuencias, cede el reino a Acasto, hijo de Pelías y miembro de la tripulación del Argo. Jasón, junto a Medea y los argonautas, abandonan Yolco y se fueron hacia Corinto, donde tuvieron dos hijos, Mérmero y Feres. Sin embargo, nunca fueron aceptados del todo por los corintios, temerosos de las artes mágicas de Medea, y Jasón decidió abandonarla para casarse con Creúsa, la hija del rey Creonte, quien, admirado por las hazañas del héroe, consintió en aceptarlo como yerno. Presa de la desesperación, Medea suplicó a Jasón por su amor, por sus hijos, y por toda la ayuda que le había prestado en sus aventuras. Pero Jasón desoyó sus ruegos, por lo que ideó una venganza contra ÉL. Fingiendo que se conformaba con su destino y que quería congraciarse con la novia, envió a Creúsa un vestido de novia hechizado que, cuando se lo puso Creúsa, empezó a arder quemando a ella y también a su padre, el cual había acudido a salvarla.

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Medea mata a los hijos de Jasón. Delacroix

Después, Medea preparó su huida. El rey de Atenas, Egeo, le había ofrecido asilo en su ciudad, pero antes de marcharse mató a los hijos que tuvo con Jasón y escapó de la ira de éste, abandonando Corinto en un carro alado tirado por dragones en dirección a Atenas. Mientras, el pueblo de Corinto no perdonó a Jasón y éste tuvo que exiliarse de nuevo, evitando el contacto con la gente, y dedicó la nave Argo a Poseidón; un día hallándose sentado debajo de ella, una parte del maderamen de la nave cayó sobre él y lo mató aplastando su cabeza.