La espada de Damocles

Dionisio I fue un rey tirano que reinó en Siracusa en el siglo IV a.C. durante 38 años. Fue famoso por su crueldad, no sólo hacia sus súbditos, sino a todo aquel que caía bajo su poder. Inspiraba auténtico terror, a la vez que un intenso odio hacia su persona. Tenía muchos enemigos, si bien en su reino el miedo tenía atenazados a sus súbditos y estos dedicaban elogios a su rey. Dionisio sabía que aquellos halagos no eran sinceros y estaba obsesionado de que sus enemigos le acechaban y de que debía tomar precauciones. Por ello, se rodeaba de sus feroces soldados y de nobles muy cercanos a él  con el fin de que su seguridad no se viera amenazada.  vigilantes, soldados y todo un séquito que lo salvaguardara de cualquier amenaza. Así, aunque Dionisio era rico y poderoso, también era sumamente infeliz. Atormentado por el miedo a ser asesinado, dormía en un dormitorio rodeado de un foso y sólo confiaba en sus hijas para afeitarse la barba con una navaja. Intentó rodearse de poetas, escritores y científicos para llenar sus días, pero el miedo que provocaba y su desconfianza ahondaba su soledad. Pero, si bien sus enemigos le producían temor y procuraba tenerlos lejos, tampoco los aduladores le gustaban y también quería tenerlos lejos. Por ello, cuando llegó a sus oídos las adulaciones de un cortesano suyo, llamado Damocles, quien se pasaba el día cantando y alabando las riquezas y el poder del rey, quiso dar a todos una lección para castigar a los que estaban a su lado de manera interesada.

Damocles. Richard Westall

Así, Dionisio llamó a Damocles y, con tono amable le dijo a Damocles si envidiaba tanto como decía en sus canciones su vida y los placeres del trono y del poder, iba a hacerle un regalo que te hará muy feliz. Le invitó entonces a un banquete que iba a celebrar al día siguiente, el que estaban invitados príncipes y señores vasallos suyos, además de poder disfrutar de abundante comida y del placer de las mujeres que acudirían. Le permitiría al bueno de Damocles a ocupar su lugar en su trono y disfrutar de todos los placeres de la fiesta como un auténtico rey. Después le preguntaría si aquella vida le gustarían tanto como pregonaba en sus canciones. Damocles estaba fuera de si ante la invitación del rey y le contestó que para él era un honor ocupar su lugar, aunque fuera durante un día. Pero para él sería un día inolvidable. Acertada en esto último Damocles, pensó Dionisio.   Al día siguiente, Damocles apareció en el banquete ataviado de ricos vestidos que el rey le había prestado, mientras le ordenaba que se sentara en el trono y que le pusieran una corona de oro en la cabeza. Asimismo,  indicó a los invitados que Damocles debía recibir esa noche los mismos honores que un rey y a las mujeres que le concedieran cuantos favores pidiera. Damocles empezó felizmente a disfrutar del banquete. Todos le adulaban como si fuera el rey y todos se empeñaban en servirle. Damocles estaba en el paroxismo de la felicidad. De repente, sintió una sensación extraña. Algo raro parecía ocurrir.  Entonces, levantó la cabeza, y se dio cuenta de que sobre ella pendía una espada, sujeta tan solo con un fino pelo de la crin de un caballo. Presa del pánico, y temiendo por su vida, rogó al rey que le dejara abandonar aquel trono. Pero Dionisio, con una sonrisa burlona, se negó y le dijo que debería estar allí amenazado por aquella espada que apuntaba sobre su cabeza y que podría caer o no, dependiendo de la resistencia del pelo. Le dijo a Damocles que quería que sintiera  quiero  lo estúpido que es cantar sobre la felicidad de los reyes,  cuando la realidad es que pasan la vida temiendo perderla, como ahora él.

La espada de Damocles.

En vano Damocles insistió para que se le liberase. Durante toda la velada no dejó de mirar hacia arriba, por si la espada se soltaba, sin poder escapar porque  el rey ordenó a sus soldados que evitaran cualquier movimiento de huida. Cuando el banquete llegó a su fin, la espada seguía en su sitio. Fue entonces cuando Dionisio ordenó que quitaran las ropas reales y la corona a Damocles y le dejaran ir. Damocles aprendió la lección y comprendió que la riqueza y el poder no da la felicidad, y, por el contrario, tienen sus peligros. Para Cicerón la moraleja de esta historia representa el miedo a la muerte que sienten aquellos que ejercen el poder, muy superior a la felicidad y los placeres que puedan disfrutar.

Richard Westall en su cuadro pintado en a812 muestra el momento en el que el rey Dionisio le muestra la espada a Damocles y le explica el engaño. Por su parte, el pintor francés Feliz Auvray también nos muestra el momento preciso del descubrimiento de la espada.