Maruxa, la judía errante

La tarde empezaba a caer, pero las piedras de las estrechas calles de Hervás despedían un calor que no podía mitigar el fresco aire que la sierra de Béjar soplaba a través del valle de Ambróz. Iba cuesta abajo, lo que facilitaba las cosas, y me dirigía hacia el lugar más fresco de la villa: la orilla del río Ambróz, donde se encontraba la Fuente Chiquita, donde podría descansar y refrescarme. En efecto, aquel lugar era una especie de oasis, algo sucio eso sí, pero agradable. El río bajaba con abundante caudal porque las cumbres de la sierra aún estaban blancas y estábamos en la fase final del deshielo.

Lápida sobre el puente. Foto: J.A. Padilla

Ante mí se encontraba el puente de piedra de un solo ojo, al que se conoce como Puente de la Fuente Chiquita por estar junto a esta. Un puente construido en el siglo XVI en puro granito y que tiene una particularidad. En su pretil se encuentra una lápida funeraria. Si, una piedra funeraria perfectamente visible, colocada verticalmente sobre el puente y que, según dicen, perteneció al hidalgo Alonso Sánchez, el cual nació en la cercana Plasencia, quien en su testamento donó un hospital de doce camas a Hervás, y que originalmente, en el siglo XV, se encontraba en la iglesia parroquial, siendo trasladada aquí un siglo más tarde como homenaje y recuerdo todos los que llegaban a este lugar desde la vía de la Plata. A pesar del tiempo transcurrido, si nos fijamos detenidamente en la losa podemos apreciar, con algo de imaginación eso sí, la figura de un caballero sujetando una espada. El bueno de don Alonso Sánchez ha sido útil incluso tras su muerte porque los lugareños han ido utilizando, a través del tiempo, la piedra como afilador de cuchillos, navajas, guadañas y hoces.

Puente. Foto: J.A. Padilla

Ante tan curioso y útil monumento ha parecido que la sed quedaba olvidada sin duda porque mis sentidos se han sentido saciados ante la belleza del lugar, y la frescura. Reparo en uno de los lados del puente una construcción en piedra semicircular por la que cae un pequeño chorro de agua. Ne acerqué allí y empecé a beber agua. Estaba fresca, tanto que mis dientes y mis encías quedaron entumecidas durante los primeros segundos de la bebida. Pero que legua era un regalo para mi sed y para mis sentidos. Tras beber, contemplé la robusta fuente y me acordé entonces de la leyenda de una joven judía de nombre Maruxa que existía sobre esta fuente que me habían contado en la oficina de turismo. Una leyenda que ya había oído en otros lugares y que trataba de los amores prohibidos entre princesas árabes y caballeros cristianos o, como esta, entre una judía y un cristiano. Volví a beber agua y mi cuerpo se estremeció, tal vez por el frío del agua o por imaginarme este lugar en el tiempo de la leyenda, que parecía tomar forma ente mí.

Fuente Chiquita. Foto: J.A. Padilla

Como decimos en nuestra reseña histórica, en el siglo XV se estableció en Hervás una comunidad judía que se estableció en el barrio bajo, junto al río Ambróz, mientras en el barrio alto estaba habitado por los cristianos. En total fueron unas cuarenta familias que quedaron reducidas a doce tras el decreto de expulsión de los Reyes Católicos de 1492. En este contexto histórico tiene lugar la historia de una joven judía de 18 años de edad que, a causa de su belleza, era muy pretendida por los jóvenes, no solo judíos, sino también cristianos.

Entre ellos se encontraba Julián, un joven cristiano de 19 años, hijo de un cristiano viejo, quien cada día iba a caballo a sus tierras desde la parte alta de la ciudad. Y cada día coincidía habitualmente con la joven judía, que acudía al rio a coger agua, y a la que también llamaba la atención el porte de aquel joven jinete. Ambos, judía y cristiano, buscaban la coincidencia entre ambos para poder verse apenas unos instantes, los suficientes para que su corazón alterara su pulso. Pronto empezaron a saludarse el uno al otro, al mismo tiempo que el amor germinaba en sus corazones. Y de estos encuentros casi casuales pasaron a otros furtivos en los que los dos jóvenes empezaron a declararse su amor. No era fácil esta relación pues pertenecían a etnias y religiones distintas y habían de ocultarse a ojos de los demás. Por ello, eligieron la Fuente Chiquita, junto al río, donde a la caída del sol se encontraban como por casualidad: él a beber y dar de beber a su caballo y ella recogiendo agua de la fuente. A principio solo unos minutos, pero con el tiempo la noche empezó a ocultar esos encuentros, O al menos eso creían ellos.

Porque un día, ya entrada la noche, un muchacho judío observa a ambos enamorados junto a la fuente y empieza vigilarles, comprobando que todos los días se encuentran a la misma hora y de la misma forma. El muchacho se lo cuenta inmediatamente a Dimas, uno de los pretendientes al que Maruxa había rechazado un tiempo atrás. Y este le cuenta lo que está ocurriendo al padre, un rabino llamado Ismael conocido por su intolerancia e intransigencia dentro de la comunidad judía. Esa misma noche, rabino comprueba lo que le ha contado el joven, y ve a ambos enamorados junto a la fuente. Herido en su orgullo, decide castigarles.

La noche anterior al Sabbat, día sagrado para los judíos, ordena a unos sicarios, entre ellos Dimas para que maten a Julián. Los sicarios, arropados por la niebla, llegan hasta la fuente Chiquita, donde se encuentran Maruxa y Julián en plena escena de amor. Sin mediar palabra, los judíos desenvainan sus cuchillos y se disponen a apuñalar a Julián. Maruxa abraza entonces a Julián para protegerle con su cuerpo. Pero ello no detiene a Dimas y a los suyos y, ciegos por la ira, acuchillan a ambos hasta matarlos. La escena es dantesca. Los dos cuerpos apuñalados yacen abrazados en el suelo rodeados por un charco de sangre, junto a la fuente, mientras sus asesinos han huido protegidos por la niebla

Al día siguiente, todo Hervás se despierta horrorizada al ser descubiertos los cuerpos exánimes de los dos jóvenes, muy apreciados ambos en el pueblo. La justicia no podía hacer nada. Nadie había visto nada y, al ser al Sabbat, nadie no judío podía entrar en el lugar del crimen. Solo el padre de Julián pudo recoger el cuerpo ensangrentado de su hijo para darle cristiana sepultura. Por el cambio, el rabino Ismael mandó enterrar los restos mortales de su hija fuera del cementerio judío, siendo enterrada en uno de los márgenes del río Ambroz junto a la Fuente Chiquita.

La leyenda dice que, algunas noches, el espíritu de la joven Maruxa vaga por el río junto a la Fuente Chiquita y sus suspiros y lamentos se escuchan en todo el barrio judío. Incluso es posible ver vagar su espíritu por la judería como presagio de malos augurios.