Castillo de Pedraza

El Señor de Pedraza, don Sancho de Ribaura regresaba a su castillo después de la victoria contra los moros en la batalla de las Navas de Tolosa. Avanzaba todo lo rápido que podía para estar junto a su amada esposa, a quien ha echado de menos durante su ausencia. Por fin vio en el horizonte el castillo. También a él le vieron y de inmediato salieron todos a recibirle. En el umbral, rodeada de sus servidores, esperaba su esposa. El señor, después de saludar, atravesó el puente levadizo y se dirigió a abrazar a su esposa. Notó cierta distancia en el beso y en el abrazo de doña Elvira. Sus ojos no tenían ese brillo que tanto conocía y que un día le enamoraron. De repente, aún entre sus brazos, notó como el cuerpo de su esposa se desplomaba, desmayada. Algunos dijeron que era el calor, otros, la emoción, pero don Sancho quedó receloso mientras se llevaban a su esposa a sus aposentos. Tras descansar y comer supo que su esposa aún reposaba y se encontraba con su confesor.

Don Sancho llamó entonces a uno de sus más antiguos y fieles criados y le preguntó si había ocurrido algo en el castillo durante su ausencia.   El criado le contó entonces que había notado desde hacía tiempo una estrecha relación entre doña Elvira y su confesor y que, incluso, había le sorprendido alguna noche entrar en sus aposentos cuando todo el castillo dormía. De ser otro criado el que le hubiera contado esto, de seguro que don Sancho le hubiera rebanado el cuello, pero aquel era mucho más que un criado: era su hombre de confianza y cuando partió a la guerra le encomendó ser sus ojos en su ausencia.

Aquel fraile. No le había gustado desde el principio. Tras la muerte del antiguo capellán del castillo don Sancho acudió al monasterio cercano para solicitar al abad un nuevo capellán que sustituyera al fallecido.  El abad envió a un monje joven y apuesto, según opinión de don Sancho. Pero el abad le había dicho que aquel monje era muy virtuoso, humilde y devoto y el más indicado para ser el capellán. Luego supo que aquel joven monje había ingresado en el monasterio tras su matrimonio con doña Elvira, y que ambos se conocían desde niños y planeaban casarse y así lo hubieran hecho de no ser porque él quedó prendado de su belleza y le pidió la mano a su padre haciendo valer sus derechos feudales. El destino había sido caprichoso y había enviado a aquel joven a su castillo a compartir las mismas paredes y, tal vez, el mismo lecho.

Si, el destino era caprichoso. Y cruel, pensaba el joven monje. Había estado luchando contra la tentación que suponía compartir los muros del castillo con Elvira. Debió negarse a la orden del abad de ser el capellán de aquel lugar. No podía evitar compartir con ella tantos momentos ni soportar la presencia de don Sancho, aquel que le despojó de lo que más amaba. Pensó que el monasterio sería la solución. Allí pensaba constantemente en ella. Y Dios le castigó por ello y le mandó al castillo. Dura penitencia para su mayor pecado: el amor.

En su habitación rezaba y rezaba, y pedía a Dios que acabara con aquellos pensamientos impuros. Pero Dios no escuchó sus ruegos. Ella le confesó un día que seguía amándole. Aquello fue como un trueno para él. Pensó en quitarse la vida. Luego, don Sancho partió hacia la guerra. Dios no le escuchaba y el diablo le tentaba….. Y la tentación se hizo carne. Ahora, don Sancho estaba de regreso….

A don Sancho ya lo cabía duda alguna que su esposa le había engañado con aquel fraile. Su honor estaba mancillado y aquello exigía el castigo merecido. Al día siguiente, reinaba en el castillo un gran bullicio, pues por noche se celebraría una gran cena a la que estaban invitados todos los nobles del reino. Llegada esta, todos estaban sentados en la cena, presididos por don Sancho, que hizo sentar junto a él, uno a cada lado, al capellán y a doña Elvira. Al final de la cena, con la copa en la mano  anunció a todos los invitados que iba a otorgar un merecido premio  a  aquel que había prestado un importante servicio al castillo durante su ausencia. Y mientras miraba fijamente al capellán dijo con voz solemne dirigiéndose a él: “Una corona bendita y consagrada lleva sobre la cabeza como insignia de honradez, virtud y santidad. Yo le pondré otra que si no tan divina será al menos tan duradera”. Y haciendo una señal, se acercaron dos vasallos vestidos con brillantes armaduras portando en una bandeja de plata una corona de hierro, cuya parte inferior estaba formada por afiladas puntas enrojecidas al fuego. Don Sancho, poniéndose unos guantes de acero, tomó la corona y la colocó con fuerza sobre la cabeza del fraile mientras le decía: “En recompensa por tus servicios”.

El fraile, tras agónicos gritos de dolor cayó al suelo. Se dirigió entonces don Sancho hacia su esposa,  pero ésta había desaparecido. Salió en su busca y la encontró en sus aposentos, sobre la cama y con el corazón traspasado por una daga. De repente, el castillo se ve envuelto en llamas lo que hace que todos los invitados huyan aterrorizados en todas direcciones. Sus gritos  llenan la noche mientras el castillo es pasto de las llamas, cuyo resplandor se podían ver desde la distancia. Nada quedó en el castillo. Tan solo los cadáveres calcinados de los dos amantes. De don Sancho nunca nada más se supo. Algunos aseguraron que le vieron caminar errante con la mirada perdida y sin rumbo fino.

 

Hoy, el castillo de Pedraza aparece en todo su esplendor y como museo en homenaje al afamado pintor Ignacio Zuloaga, ajeno a todos aquellos acontecimientos. Nada nos hace sospechar lo que allí ocurrió. Tan solo la leyenda nos lo recuerda. Aunque  se afirma  que, en ciertas noche de luna llena, alrededor del  castillo dos extrañas figuras brillan coronadas por una orla de fuego y pasean por las almenas, eternamente juntas.

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