El obispo resucitado

A mediados del siglo XIV, España sufre una grave crisis que afectará a todos los sectores sociales y económicos. Las constantes guerras dinásticas entre los reyes y señores feudales afectan a los medios de producción y las tierras no se cultivan por falta de medios y de hombres. Además, las enfermedades empezarán a asolar los pueblos y ciudades. La falta de alimentación y de higiene provoca constantes epidemias y enfermedades que diezman a la población. Todo se compra y todo se vende a cualquier precio. Y, en este campo de cultivo, solo los que tienen dinero y poder sobreviven, aunque a costa de los más menesterosos.

Pero este espacio de supervivencia está únicamente reservado a los nobles y prelados de la iglesia. Estos últimos se olvidan muchas veces de su labor pastoral y de su deben de ayudar a los débiles y distraen su moral. Al fin y al cabo, como pastores de la iglesia se supone que tienen un lugar reservado en el cielo. Y no solo en las grandes diócesis, sino también en las pequeñas, donde los religiosos venden bulas y salvaciones eternas en el más allá a cambio de mantener privilegios en el más acá. Existen muchos ejemplos de ellos. Pero tal vez el más llamativo, no por sus pecados, sino por lo que aconteció a causa de ellos, fue el ocurrido con el obispo de una importante diócesis en aquel tiempo, como era la de la localidad salmantina de Ciudad Rodrigo.

Catedral de Ciudad Rodrigo
Catedral de Ciudad Rodrigo

Aquel obispo, de nombre Pedro Díaz, ocupó la diócesis mirobrigense durante cinco años, de 1338 a 1343. Fue durante su vida pastoral un mal ejemplo de comportamiento de un religioso, más aficionado a la gula que a prudencia y a la templanza, a la lascivia y a la lujuria, pecados capitales que cometió aún durante su episcopado. Su alta posición social le permitía comprar favores de todo tipo, y su posición religiosa le permitía comprar la salvación a cambio de favores de todo tipo. Sin embargo, a Pedro Díaz Dios le dio una última oportunidad para ocupar un sitio junto a él cielo. Y esa oportunidad dio paso a una leyenda muy conocida en Ciudad Rodrigo: la leyenda del obispo resucitado, de la cual se conservan dos tablas junto al sepulcro del obispo, en la catedral de la ciudad, de donde además el obispo era natural.

Pedro Díaz cayó enfermo y se vio obligado a guardar cama para recuperarse. No era nueva esta situación, precisamente a causa de los excesos de su vida licenciosa. Así que para el obispo, aquello era habitual. Su fiel criado, que cuidaba continuamente de él, le contó que la noche anterior había tenido en sueño una terrible visión, en la que unos demonios rodeaban su lecho esperando su muerte para llevárselo, mientras un fraile franciscano le decía que dijera a su señor que su muerte estaba próxima y que debía arrepentirse de su pecados pues, de lo contrario, a su muerte aquellos demonios se lo llevarían.

Pedro Díaz se burló de su criado porque consideraba su enfermedad poco importante y de escasa gravedad. Tres días después, el sirviente volvió a contarle otra visión. En esta ocasión los demonios eran perros negros que rondaban junto a la cama esperando su muerte. Y nuevamente el franciscano le volvía a recomendar la penitencia antes de su muerte. Pero el obispo volvió a burlarse de su criado y le dijo que aquellos sueños eran tal vez producto de vino que su criado se estaría bebiendo aprovechando su ausencia. A los tres días, el criado, demacrado y nervioso, volvió a tener una visión, en la cual el obispo ya había muerto y ardía en un caldero de aceite hirviendo. Al intentar salvarlo, él mismo se había quemado las manos. El obispo rio la historia de su criado, pero cuando este le mostró sus manos quemadas, palideció de miedo. Al instante llamó a un monje franciscano y le pidió la confesión y perdón de todos sus pecados.

Sepulcro del obispo Pedro Díaz
Sepulcro del obispo Pedro Díaz

Nada más obtener el perdón, murió. Era mayo de 1343. Cuando la familia acudió junto a su cadáver, decidieron esperar unos días para enterrarlo y poder repartirse su patrimonio. Al cuarto día de su muerte, se celebraron los oficios fúnebres en la Catedral. En medio de un gran silencio y con la catedral completamente llena de gente, el obispo despertó y se puso en pie y, según cuenta la tabla situada junto al sepulcro dijo: “No huyáis de mí, porque como verdaderamente estuve muerto, ansi agora estoy vivo. Sabréis que luego que mi ánima salió del cuerpo, fue llevada a juicio y condenada para siempre porque en la confesión que hice no tuve entera contrición del pecado público en que estaua envuelto ni tube intento de apartarme de él, puesto que enseñé al contrario por señales exteriores. Mas el Bienaventurado Padre Sant Francisco a quien yo tuve siempre por singular devoción, me socorrió en aquesta ora y fue singular abogado alegando por mi parte tres cosas: la primera la gran devoción y fe que siempre tuve en el, la segunda las infinitas limosnas que hice a los frayles de su horden con tanta donación que todo lo que yo poseía más era de los frayles que mio. La tercera la confianza que tube puesto que muy pecador, que no acabaría en mal por los méritos de nuestro Padre Sant Francisco E alcanzó a Dios nuestro Señor que volviese mi ánima al cuerpo por espacio de veinte días para hazer penitencia de mis pecados después de los cuales tengo de morir”.  En los días siguientes, hasta cumplir los veinte anunciados, Pedro Díaz hizo penitencia y repartió sus bienes entre los pobres y necesitados, pasados los cuales falleció y recibió cristiana sepultura en medio del fervor de sus feligreses, esta vez agradecidos con sus favores. Y así, Pedro Díaz encontró la paz eterna, una paz que encontró tras su segunda muerte.

 

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