Fuente de Agrila

Eran los tiempos en los que en la ciudad de Granada Boabdil, unos momentos inquietos para el reino nazarí y con las tropas cristianas de los Reyes Católicos avanzando hasta las mismas puertas de la ciudad.

Río Darro
Río Darro

El sol empieza a ocultarse tras la Torre de la Vela y el crepúsculo empieza se adueña del horizonte, mientras el frescor de la huerta y jardines granadinos marca la hora en la que las mujeres del Albaicín y Sacromonte acuden a recoger agua de la fuente situada en el monte de la Sabica. Allí tienen su tertulia diaria, con la Torre de Comares en lo más alto, presidiendo el paisaje.

Aixa es una de ellas. Pese a su nombre, no es princesa alguna ni hija de sultán alguno, sino una joven nazarí casada con un artesano del Albaicín que cada día acude a coger agua de la fuente. De aquella fuente. Y es que aquella fuente era especial. Así, cuando Aixa llegó lo primero que hizo fue probar el sabor del agua. Su sonrisa delataba que aquel día el sabor era bueno. Se lo comentó al resto de mujeres que estaban allí y todas sonrieron.

En efecto, el sabor del agua de aquella fuente variaba de un día para otro. Unos días sabía dulce, y otros, amarga. Y cuando su sabor era dulce, también lo eran los maridos: dulces y amables. Sin embargo, cuando era amarga, los maridos se mostraban enfadados e irritables. Algo que se extendía también a los padres y hermanos y, en general, a todos los hombres de la familia. Un día, Aixa preguntó a sus compañeras la razón de aquello. Pero nadie sabía dar una respuesta. Fue entonces cuando una lechuza salió de la gruta de donde manaba la fuente y se posó junto a ella. Apenas las mujeres habían reparado en ella hasta que, de repente, vieron como la lechuza se convertía en una anciana. Ante la sorpresa y susto de todas ellas, la anciana, con voz grave, les dijo que el agua del manantial estaba encantada. Dentro de la gruta vivía una hada, cuyo nombre era Agrila y que había sido castigada a vivir en aquella gruta. Agrila les había escuchado sus conversaciones y quería explicarles la razón del sabor del agua y la había mandado a ella para que se lo contase. Agrila unos días estaba triste y otras alegre. Cuando estaba alegre y bebía del agua, esta tenía un sabor dulce. Pero si estaba triste, caían al agua algunas lágrimas y su sabor se tornaba amargo. Aixa le pregunta por qué el sabor del agua afecta a los hombres y la anciana le contesta que los males y sufrimientos, incluido el propio hechizo, de Agrila habían sido provocados por un hombre, por lo que la dulzura del agua les hacía felices a ello y, al contrario, los hombres sentían la misma amargura y tristeza que ella. Dicho esto y aprovechando, la anciana se convirtió de nuevo en lechuza y desapareció en el interior de la cueva.

Aquel secreto era muy importante para las mujeres porque tenían ante sí la forma de controlar el estado de ánimo de los hombres, hacer que sus maridos fueran amables con ellas cuando quisieran y que les permitieran hacer lo que quisieran. Que los padres no les regañaran o que sus hermanos no les dijeran lo que tenían que hacer. En resumen, aquella agua les daría la posibilidad de que los hombres hicieran lo que ellas quisieran. Decidieron mantener en secreto aquel secreto y utilizarlo en su beneficio. Nadie, salvo ellas, debían conocerlo. Poco a poco, el secreto del agua de la fuente de Agrila fue conocido por todas las mujeres granadinas. Así, al atardecer, aquella fuente se convirtió en el principal destino de todas las mujeres, que venía desde cualquier punto de Granada a recoger agua. Algo que empezó a extrañar a los hombres, pues no entendían que las mujeres recorrieran un largo camino hasta esta fuente habiendo otras en la ciudad. Pero no se atrevían a decir nada ni a contradecirlas pues su voluntad estaba en manos de las mujeres, al recoger agua de ambos sabores y utilizarlas a su conveniencia. Cuando necesitaban al hombre activo y enérgico, le daban el agua amarga. Si quería al hombre cariñoso y sumiso, le daban del agua dulce. Si discutían, las mujeres se vengaban dándoles agua amarga, para que estos estuvieran tristes. Y no solo eso, también la cantidad de agua proporcionaba afectaba al hombre. A mayor cantidad de agua amarga, mayor tristeza y desesperación causaba al hombre.

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Aquella peregrinación diaria a la fuente de Agrila y los rumores sobre su agua llegaron a conocimiento del cadí de Granada. Ordenó entonces a uno de sus soldados que se disfrazara de mujer y acudiera a la fuente. Allí preguntó por el sabor del agua y le contaron el secreto. Al día siguiente, el soldado se lo contó al cadí. Este se quedó petrificado ante lo que escuchó. Aquel agua podría provocar que las mujeres amenazaran su poder y gobernaran en Granada. Era preciso acabar con aquello. Ordenó entonces a sus soldados que se dirigieran y evitaran que las mujeres cogieran más agua.

Iban de camino a la fuente cuando, de repente, una anciana que venía de frente se paró ante ellos y, de modo desafiante, les preguntó si de verdad creían que podía desafiar al hada Agrila. Cuando el soldado le preguntó quién era aquella Agrila, la anciana le contestó que era un hada que poseía un poder inmenso y que pagarían con su vida su osadía. Al capitán ordenó entonces que apresaran a la anciana. Entonces esta se convirtió en una lechuza y desapareció volando hacia el bosque. Los soldados llegaron a la gruta y la custodiaron para que nadie recogiera agua. A media noche, una dulce melodía que  procedía del interior de la cueva hizo que los hombres se quedaran profundamente dormidos. Entonces, el hada Agrila, salió de su cueva y mientras cantaba una canción les cortó los cabellos, uno a uno, despareciendo después al interior de la gruta. Al amanecer, los soldados se fueron despertando. Y descubrieron que ninguno conservaba su cabello. Además, desde el interior de la gruta se oían unas extrañas risas. El capitán ordenó entonces a los soldados que entraran en ella y apresaran a Agrila. Pero ninguno de sus hombres se atrevió a obedecerle. Volvió a ordenarles que entraran, pero nadie se movió de su sitio. Entonces, el capitán entró él solo a la cueva. El más absoluto silencio se adueñó de todo. Ni las risas de Agrila, ni al capitán, ni siquiera la respiración de los que estaban allí. Otro soldado se atrevió entonces a entrar en la cueva en busca de su capitán. Tampoco salió ni se escuchó nada.

Y allí se quedaron todos, esperando a su capitán y a su compañero, en silencio, mientras, eso sí, evitaban que las mujeres cogieran agua de la fuente. Finalmente, después de varios días de espera, los soldados, cansados de esperar y sin saber qué hacer, decidieron volver a Granada, dejando sin vigilancia la fuente. Nadie se atrevió a entrar a buscar a los desaparecidos y si alguien lo intentó, no volvió para contarlo. Pero las desapariciones llevaron a que las mujeres tampoco fueran a buscar aquella agua hechizada. La fuente dejó de utilizarse.

La leyenda dice que, tras la conquista de Granada por los Reyes Católicos, el agua de la fuente se convirtió para siempre en un agua muy amarga por la pena de Agrila por la pérdida de Granada. Desde entonces, el agua de la fuente conserva ese sabor amargo, de que sin embargo dicen que contiene propiedades curativas. Hoy, el lugar donde se encuentra la fuente, los granadinos se reúnen a charlar cerca de la fuente del agua amarga.

 

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