La Bella Susona

Escondidas entre las estrechas calles de Sevilla se encuentran una serie de leyendas que hacen, aún más si cabe, más emocionante su visita. Es fácil imaginarse esas historias en un lugar como el Barrio de la Santa Cruz, cuyas laberínticas calles son el encuentro perfecto para la aventura.

La leyenda de la Bella Susona es una de las más conocidas de Sevilla y la visita de aquella que fue su casa, situada en un bello, pero tétrico, rincón del Barrio de Santa Cruz es uno de los puntos turísticos más visitados de la ciudad. Viajemos en el tiempo hasta encontrarnos con esta leyenda.

Y en el tiempo llegaremos hasta el siglo XV, momento en el que en muchas ciudades de España, entre ellas Sevilla, convivían las tres grandes religiones: la cristiana, la judía y la musulmana. En Sevilla existía una importante colonia judía al ser el destino elegido por aquellos que se habían visto obligados a abandonar el califato de Córdoba, a principios del siglo XI. Y aquí permanecieron durante cuatrocientos años hasta la época de los Reyes Católicos. No era una convivencia fácil, pues los judíos era comerciantes y prestamistas, lo que levantaba el recelo, la desconfianza y el odio de los cristianos. Hacía poco más de cien años, concretamente en 1341, que el enfrentamiento había provocado una gran matanza en toda España de judíos por parte de los cristianos. En Sevilla se calcula el número de asesinados en más de 4.000, mientras el resto conseguía salvar su vida con los bautizos forzosos. Muchas sinagogas fueron quemadas y destruidas y otras convertidas en templos cristianos. Las estrechas calles del Barrio de Santa Cruz se convirtieron, durante ese día de 6 de junio de 1341 en un escenario sangriento difícilmente descriptible. Aquel barrio era una trampa mortal, pues solo tenía dos puertas, una en Mateos Gago, y otra, la Puerta de la Carne. Por ambas puertas, entró armados el populacho, para impedir la huida de los hebreos. Hombres, mujeres y niños fueron degollados sin piedad en las calles, en sus casas, y en las sinagogas, con las consecuencias ya descritas. Los pocos supervivientes huyeron de Sevilla. Pasado algún tiempo, volvieron algunas familias judías y reconstruyeron sus tiendas y sus casas, pero el olor a sangre y el odio aún se percibía el ambiente.

Los judíos sevillanos, tras la matanza, habían obtenido la protección de la Autoridad Real, y vivían con ciertas garantías, pero no por ello se sentían del todo seguros, y soportaban innumerables vejaciones. La venganza era la esperanza de los que habían sobrevivido a la matanza. Entre ellos se encontraba el comerciante judío llamado Diego Susón, quien llevaba tiempo preparando un plan que limpiara la sangre de sus antepasados e hiciera correr la de sus asesinos. Ambicionaba una rebelión de los judíos y recordaba el papel de los judíos durante el reinado visigodo y la colaboración hebrea para la invasión musulmana, un periodo de setecientos años en el que ellos habían vivido en paz, una paz que los cristianos habían roto con la derrota árabe.

En la casa de Diego Susón comenzaron a celebrarse reuniones secretas para estudiar un plan contra los cristianos. Tenía Diego Susón una hija, llamada Susona Ben Susón, muy hermosa y conocida en Sevilla como “la fermosa fembra“. Ella era consciente de su hermosura y su mayor deseo era encontrar un hombre apuesto, pero especialmente de algún noble que colmara sus aspiraciones de ser una gran dama. Vivía muy ajena a su mundo y a su familia y solo el capricho iluminaba su vida. Su padre estaba más preocupado por su plan secreto que por la educación de su hija. Así, ella comenzó a aceptar el cortejo de un noble cristiano, perteneciente a una de las familias de mayor linaje en Sevilla, a espaldas de su padre, quien jamás hubiera aceptado tal relación de haberla conocido. Pronto ambos se convirtieron en amantes.

Secretamente, la muchacha aprovechaba que su padre se acostara por la noche para, protegida por la noche, acudir al lado de su amado hasta poco antes del amaneces, cuando regresaba a su casa y, fingiendo estar dormida, esperaba que su padre se levantara. Aquella casa guardaba, pues dos secretos, el de la conspiración del padre; y el del amor prohibido de la hija.

Susona esperaba todas las noches el momento en el que oía acostarse a su padre para salir en busca de su amante. Fingía estar dormida y cuando ya no oía ruido alguno, se levantaba al ritmo de su acelerado corazón. La muchacha estaba obsesionada con su amante y solo esperaba el momento de poder contárselo a su padre para obtener su permiso. La apenaba que su padre odiara a los cristianos porque aquel odio era un obstáculo para su sueño de convertirse en una noble señora.

Algunas noches se celebraban reuniones en la casa a la que acudían otros nobles judíos como su padre. Apenas sabía de qué hablaban y tampoco le interesaba mucho, salvo por el hecho de que retrasaban su encuentro amoroso. De tales reuniones le hablaba a su galán y este, sabedor de algunos rumores sobre ciertos planes judíos, le pidió que le contara el contenido de tales reuniones y la identidad de los que acudían a ella.

Así, aquella noche, ella puso alerta su oído y escuchó palabra por palabra toda la conversación de los conspiradores. Se habló de muerte y venganza y su corazón latió angustiado cuando se señaló como uno de los primeros a quienes darían muerte a su amante, al ser uno de los caballeros principales de Sevilla. Aguardó a que terminase la reunión y cuando todos se marcharon y su padre se acostó, la ella abandonó la casa y, como otras veces, se dirigió a casa de su amante y entre sollozos le refirió todo lo que había oído. Quienes habían estado en la reunión y todo lo que se había hablado. El caballero le pidió que regresara de inmediato a su casa y no dijera a nadie nada de lo que sabía. Inmediatamente el caballero acudió a casa del Asistente de la Ciudad, don Diego de Merlo, y le contó todo lo que le había dicho la muchacha.

Mientras, en casa del judío, todos se aprestaban para iniciar los quehaceres diarios. De repente, unos fuertes golpes en la puerta alteraron la tranquilidad de la casa. Diego Susón acudió a abrir la puerta y encontró a don Diego de Merlo, acompañado de sus alguaciles, bien amados. Le pidieron que les acompañara porque se encontraba detenido bajo la acusación de traición. Nadie entendía que pasaba, salvo el detenido y, por supuesto, su hija. Diego Susón fue conducido a la Cárcel Real, donde se encontraban también detenidos todos sus compañeros conspiradores. Estaba claro que eran víctimas de alguna traición, pero lo que menos imaginaban era la identidad de quien les había delatado.

Dos días más ya tarde, todos los conspiradores fueron juzgados y condenados a muerte, siendo ahorcados en la plaza pública. La noticia del ahorcamiento de los conspiradores corrió como la pólvora por las calles de Sevilla, pues todos ellos eran importantes personajes de la sociedad judía. El mismo día, Susona fue consciente de la gravedad de su traición y el arrepentimiento golpeó su corazón y su conciencia. Ella había actuado en defensa de su amor secreto sin importarle las consecuencias de su traición. Había sido víctima de su vida licenciosa y despreocupada. Ahora, era tarde para rectificar. El mal estaba hecho y, además, todos sabían que ella había sido la traidora y la causante de tanta desgracia sería repudiada. Hasta su amante la había abandonado.

Sumida en la desesperación, acude a la Catedral, donde el arcipreste Reginaldo de Toledo, le da la absolución y la aconseja cumplir la penitencia en un convento. Así lo hizo ella y, una noche sin luna que la delatara, partió sin más acompañamiento que el remordimiento y la pena, buscando refugio en un convento de clausura de la ciudad, donde permanecerá largo tiempo orando y buscando el perdón de Dios. Después, regresará a su casa, donde vivirá el resto de sus días ayudando a los necesitados y viviendo en la religión.

Tras su muerte, abrieron su testamento para conocer su última voluntad. En el documento, Susona decía que: “Y para que sirva de ejemplo a los jóvenes en testimonio de mi desdicha, mando que cuando haya muerto separen mi cabeza de mi cuerpo y la pongan sujeta en un clavo sobre la puerta de mi casa, y que quede allí para siempre jamás”. Y así se cumplió su deseo. Durante más de un siglo, en el año 1600 permaneció la cabeza de Susona en dicho lugar, en la entonces conocida como Calle de la Muerte. Aquella macabra reliquia fue sustituida posteriormente por un azulejo con una calavera, cambiándose el nombre de la calle por Susona.