La casa de las siete cabezas

Cuando entramos en la céntrica plaza del Obispo, situada en el corazón de Málaga, justo al lado de la catedral, nos sorprende el colorido de su fachada, rojiza y gualda, como si quisiera representar los colores de la bandera nacional. Es el actual Palacio Arzobispal, uno de los mejores ejemplos de la arquitectura malagueña de mediados del siglo XIX, de estilo barroco clasicista, con su magnífica portada-retablo que se le superpone en el centro, en tres cuerpos de altura, combinando mármoles en colores gris para el fondo y rosa en las columnas, y el que destaca el gran balcón situado sobre la puerta de acceso, y la hornacina enmarcada entre pilastras con guirnaldas que aloja en su interior una imagen de la Virgen de las Angustias, obra de Fernando Ortiz. Este palacio se construyó sobre otro antiguo que fue demolido durante la construcción de la catedral. La historia, unza de las leyendas más famosas de Málaga, está relacionada con la antigua casa señorial existente en lo que hoy asienta el palacio. La casa fue conocida como La Casa de las siete cabezas.

Málaga, en el siglo XVII
Málaga, en el siglo XVII

Viajemos en el tiempo hasta el reinado del rey Felipe IV y llegaremos hasta el siglo XVII. Era Málaga en aquel entonces una ciudad importante, desarrollado alrededor de su floreciente puerto. Una ciudad en la que destacaba su alcazaba y el castillo de Gibralfaro, antiguas fortificaciones musulmanas. Pero sin la presencia árabe en la ciudad, en aquel tiempo del año 1639, la máxima autoridad de la ciudad era su corregidor, Pedro Olavarría, una persona que, según cuentan, poseía un carácter poco amable, más bien agitado. Además, tal vez como consecuencia de su cargo, mostraba una vanidad y egolatría propia de esa gente que, además de ser importante, lo demuestra.

Cuentan también que solo otra persona rivalizaba con el corregidor en cuanto a su carácter: su esposa, doña Sancha de Lara. Esta era a la única persona a la que temía D. Pedro. La personalidad dominante y caprichosa de su esposa eran sus atributos principales, puesto que en cuanto a su belleza Dios nos había sido muy magnánimo con ella. A pesar de ello, la dama aprovechaba su alta posición para comprar favores de todo tipo y sus devaneos amorosas era conocidos en la ciudad. Su esposo estaba demasiado ocupado de los asuntos públicos y se despreocupaba demasiado por los privados.

Plaza del Obispo
Plaza del Obispo

La casa de la plaza del Obispo era propiedad de una aristócrata local, Doña Sancha de Lara, y en ella vivía también Álvaro de Torres, su sobrino, que vivía allí desde la llegada a Málaga. Álvaro era un joven apuesto, conquistador, derrochador y que gustaba, en consonancia con su edad y posición, acudir a las fiestas de sociedad. Como es de suponer, el joven tenía mucho éxito entre las jóvenes casaderas malagueñas. El problema comienza cuando la esposa del corregidor, en una de esas fiestas, conoce y se prenda del joven, no dudando en requerir sus favores. Álvaro, sin embargo, contestó a la dama con la indiferencia.

Por entonces, el 8 de septiembre de 1639, se organizó en el céntrico Corral de la Caridad una obra benéfica para recaudar fondos para el hospital de necesitados de Santa Catalina, un acontecimiento que reuniría a toda la aristocracia de la ciudad.

El teatro estaba completamente abarrotado de público y todos esperaban la llegada del corregidor. La costumbre era esperar la llegada de la máxima autoridad, y don Pedro lo era como representante del Rey, y ponerse todos en pie en señal de respeto. Pero, como el corregidor no llegaba. Decidieron empezar la función. Apenas empezada, el corregidor y su esposa llegaron al corral.

De inmediato, la función quedó interrumpida y todos se pusieron en pie, mientras los actores hacían el saludo de reverencia. Todos, salvo el joven Álvaro, que permaneció sentado, a pesar de que un alguacil le ordenó que se levantara, algo que no pasó inadvertido para nadie. Cuando el corregidor se sentó en el palco y todos volvieron a sentarse. El corregidor estaba muy enfadado con la actitud del joven, enfado que aumentó debido a que doña Sancha malmetió contra el joven y obligó a su esposo a que aquella falta de respeto no quedara impune. Era su venganza contra la negativa de Álvaro a caer en sus brazos.

Tras la función, don Pedro ordenó detener al joven y llevarle ante su presencia. Fue entonces cuando le preguntó por su falta de respeto. Álvaro contestó que no había intentado faltarle a él respeto sino mostrar su disgusto por el acoso que estaba sufriendo por parte de su esposa, pretendiendo sus favores.  No cabe duda que aquellas palabras del joven irritaron hasta el límite al corregidor. Aquel imprudente joven estaba poniendo a prueba su honor y el de su esposa. Y no lo iba a permitir.

Ordenó su inmediata detención y que un juez juzgara y sentencia a muerte al joven. Así, se cumplió la injusta decisión del corregidor y Álvaro fue condenado a morir a garrote vil para escarnio público como medida ejemplar contra la falsa acusación contra su esposa. Doña Sancha al enterarse de lo sucedido, pidió audiencia al corregidor para pedirle clemencia por la vida de su sobrino, pero fue inútil, y el corregidor mantuvo su decisión. Ni tan siquiera permitió que se le administrase sus últimos sacramentos. Álvaro fue ejecutado y su cuerpo exánime fue colgado de la reja de su celda para ejemplo de todos.

La ejecución de aquel joven, sin embargo, fue mucho más que un ejemplo de su atrevimiento. En realidad, era un símbolo contra la crueldad de un corregidor que había obrado de forma tiránica contra aquel joven que se había opuesto al capricho de su esposa. Toda la nobleza malagueña conocía la personalidad casquivana y distraída, en cuanto a su moralidad se refiere, de la esposa del corregidor y eran varios los amantes que se le conocían. De ahí que la muerte del joven se consideraba, además de cruel, injusto.

Fue por ello que su tía, doña Sancha, no estaba dispuesta a aceptar la muerte de su sobrino sin intentar el castigo de los culpables. La misma mañana en el que el cuerpo de su sobrino prendía a la vista de todos, Doña Sancha partió en dirección a la Corte de  Madrid para ver al rey Felipe IV e informarle de lo ocurrido. Allí fue recibida por, el Conde Duque de Olivares quien, tras escuchar aquella impresionante historia, decidió que era preciso que el Rey la conociera. Así, el rey Felipe IV pudo escuchar por sí mismo a doña Sancha. El rey se mostró conmovido por las lágrimas de doña Sancha y la irritación iba en aumento mientras la escuchaba. Don Pedro, como corregidor, había actuado en nombre del Rey y no estaba dispuesto a tolerar que aquel crimen quedara sin castigo. Ordenó que se investigaran los hechos, con el mayor de los secretos, y se interrogaran a todos aquellos que pudieran aportar datos sobre lo ocurrido.

Así, el propio Rey pudo comprobar que todo lo que había contado doña Sancha era cierto. De inmediato, el juez ordenó la detención de todos los responsables, empezando por el corregidor. Su esposa, sin embargo, fue advertida y consiguió huir antes de su detención, no volviéndose a saber más de ella. En pocos días se montó un patíbulo en la plaza de las Cuatro Calles, hoy Plaza de la Constitución ante el asombro de los malagueños. El él fue ejecutadas las personas que habían intervenido en la muerte del joven Álvaro: el corregidor, el juez, el secretario, el alguacil, el escribano y el verdugo.

Doña Sancha ordenó esculpir en piedra la cabeza de su sobrino y los de los seis culpables de su ejecución y colocarlas sobre la fachada de su casa, en recuerdo de aquel crimen. Y con ese nombre fue conocida aquella casa desde entonces.

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