La Cueva de Salamanca

Era don Enrique de Villena un personaje obsesionado por el conocimiento de las ciencias ocultas desde su juventud. Llegó a Salamanca desde Toledo para ampliar sus conocimientos en las ciencias ocultas. En la ciudad del río Tajo había tenido contacto con la escuela de Nigromancia, un lugar en la que sabios hombres llegados de todo el mundo intentaban conocer los misterios de las ciencias ocultas: nigromantes, brujos, hechiceros…, de la que él  formaba parte.

Enrique había nacido en 1384 y era hijo de Pedro de Aragón, condestable de Castilla y Segundo marqués de Villena, y de Juana de Castilla, llamada “la Beltraneja”, hija ilegítima de Enrique II de Castilla y sobrina de la futura reina y rival Isabel I. Enrique había quedado huérfano cuando apenas tenía un año de edad y vivía a cargo de su abuelo en Toledo. Desde muy temprana edad se había mostrado muy interesado por conocer todas las ciencias y con el tiempo se convertiría en un hombre erudito, llegando a traducir numerosos textos literarios, como la Divina Comedia y La Eneida. Pero, además, Enrique también se convirtió en un personaje de leyenda.

La leyenda que cuenta que Enrique de Villena viajó a Salamanca y allí buscó un preciado tesoro, que según decían había sido llevado a Salamanca desde Santiago: el Libro de San Ciprián. Este libro era un denominado grimorio, es decir, un libro que recoge fórmulas mágicas y hechizos. Según la leyenda, fue escrito por San Cipriano de Antioquia, un hechicero y famoso mago que a la edad de treinta años se convirtió al catolicismo, autor del famoso libro donde recogió todos su conocimientos esotéricos y todo tipo de fórmulas mágicas y encantamientos y mostraba todos los tesoros del Reino de Galicia y de parte de Portugal, con localizaciones detalladas de dónde encontrarlos. La fama de tal libro lo convirtió en un codiciado tesoro en la Edad Media. El poseedor de aquel libro se convertiría en un hombre con gran poder y conocimiento.

Cripta de San Ciprián (Salamanca)
Cripta de San Ciprián (Salamanca)

Allí, en Salamanca, el marqués supo de una iglesia donde se enseñaba astrología, nigromancia y la práctica de artes mágicas, sortilegios, hechizos, etc. Aquella iglesia era San Cebrián, cuyo nombre correspondía al de San Ciprián de Antioquía antes de convertirse al cristianismo. Hasta aquella iglesia acudió el marqués. Bajó por la calle de San Pablo, antigua San Polo, y luego subió por la cuesta de Carvajal. Allí encontró la pequeña iglesia de San Cebrián. Entró en ella. No había nadie y un ligero escalofrío recorrió el cuerpo del marqués. Le dio ganas de marcharse de allí inmediatamente, notaba alguna presencia maligna. Pero la curiosidad y su interés por aquello le mantuvieron en la iglesia.

Estaba muy oscuro. El ruido de sus pisadas retumbaba entre las paredes del templo. Se dirigió hacia una puerta, tal vez de la sacristía, pero estaba cerrada. Estaba claro que allí no había nadie. Volvería al día siguiente. No quería que la noche le sorprendiera en aquel lugar. Volvió sobre sus pasos y buscó la puerta de salida. Estaba a punto de llegar a ella cuando, de repente, una sombra apareció ante él. El marqués se detuvo asustado. No sabía de donde había surgido aquella figura. Aquel extraño ser, que se identificó como el sacristán de la iglesia, le dijo que estaba esperándole. Le pidió que le siguiera mientras le contaba que aquella gruta, adonde se dirigían, había sido construida por el mismísimo Hércules y en ella el héroe había escondido todos los secretos del mundo. Ahora, él era el guardián de aquella gruta y el poseedor de aquellos secretos guardados en ella, incluido el Libro de San Ciprián, cuyas enseñanzas se daban a aquellos que, como el marqués, dedicaban su vida al estudio de las artes ocultas. Le dijo también que no estaban solo. En la cripta estaban seis iniciados más. Porque existían algunas condiciones. Para llevar a cabo las enseñanzas, los estudiantes debían ser siete. Y los siete recibirían estos conocimientos durante siete años seguidos. Siete, El número mágico. El número sagrado y el número del hombre perfecto. El número bíblico de la marca de Caín. La Multiplicación del 7 (3 veces perfectos 7) es igual a 21, el Diablo. Luego, uno de ellos, aquel que fuera elegido tendría que pagar un precio por todo el conocimiento adquirido.

Bajada a la Cripta
Bajada a la Cripta

Todo estaba preparado y solo faltaba él. Le ordenó que le siguiera. Entraron por la puerta de la sacristía, la cual no era profunda y se bajaba desde la iglesia a través de unos pocos escalones hacia un nivel inferior. El marqués siguió al sacristán por aquel estrecho camino. Finalmente llegaron a una cueva. Allí, sentados alrededor de una mesa se encontraban los seis iniciados, seis hombres jóvenes sentados alrededor de una mesa, en la que había una silla vacía, sin duda la reservada a él. El sacristán le indicó con un gesto que tomara asiento porque ella era la hora indicada. Eran las siete de la tarde. Los años fueron pasando en aquella estancia subterránea a la luz de una incombustible vela, mientras aquel extraño personaje, al que el marqués identificó con algún discípulo del diablo, o tal vez el diablo mismo, impartía a aquellos iniciados sus lecciones de magia negra, adivinación y nigromancia contenidos, en varios libros de magia, entre ellos el mencionado del San Ciprian.

Finalmente, trascurrieron los siete años. Siete años en los que todos aprendieron innumerables sortilegios y fórmulas mágicas. Conocieron muchos secretos y se convirtieron en hábiles magos. El sacristán miró entonces a Enrique de Villena. Él era el elegido. El que tendría que pagar por todos. Un escalofrío sacudió su cuerpo. Salieron todos y le dejaron solo en la cueva meditando.

Pero Enrique no estaba dispuesto a pagar por todos. Ni sabía siquiera si podía hacerlo. Pero mucho menos quería permanecer allí de por vida. No había aprendido aquellos conocimientos para no salir de allí y simplemente enseñárselos a otros. Miró a su alrededor. No era fácil esconderse en aquel lugar. Solo la mesa en el centro de la cueva y una tinaja de agua en el fondo. No era mucho, incluso para alguien que poseía tantos conocimientos como él había adquirido. Cogió uno de los libros mágicos que había sobre la mesa. Lo abrió al azar. El libro mostraba cómo hacerse invisible, algo que él precisaba en aquel momento. En efecto, pensó, aquel era el mejor momento para hacerse invisible. Dejó el libro sobre la mesa y se escondió dentro de la tinaja vacía. Esperó a que todos volvieran. Pasados unos eternos minutos, todos regresaron a la cueva. Entonces comprobaron que allí no había nadie. Todos comentaron la imposibilidad de salir de allí sin ser visto. Entonces, uno de los iniciados vio el libro abierto que mostraba la facultad de hacerse invisible. Un clamor de admiración sonó en la cueva al pensar que el marqués había salido de allí ante todos habiéndose hecho invisible. Era lo menos que podía pensarse de un alumno aventajado tras siete años de estudio.

Salieron todos comentando el prodigio, no cuidando de cerrar la puerta. Pronto el silencio se hizo dueño de todo. El marqués salió de la tinaja, y cuando calculó que el sacristán y los demás estarían ya dormidos, salió de la sacristía, entrando en la iglesia. Le hubiera gustado haber sido realmente invisible, aunque en la oscuridad de aquella iglesia casi lo parecía. Con la luz de la lámpara, observó un altar de un Cristo tras el cual se escondió hasta la llegada de la mañana,

A la mañana siguiente, el sacristán abrió la puerta principal de la iglesia y se dirigió después a la sacristía. El marqués, salió de su escondite con sigilo y se dirigió hacia la puerta. Salió de allí apresuradamente. Ya en la calle, sus ojos se acostumbraron a la claridad. Entonces notó que algo le faltaba. Algo se había quedado allí, dentro de la cueva. Su sombra. En realidad, su alma. Había pagado un precio.

De regreso a Toledo, Don Enrique de Villena se convirtió en un hombre poderoso, muy poderoso. Fue un maestro de las ciencias y, como hemos dicho al principio, se convirtió en un hombre sabio y erudito. Nadie sabía cómo ni donde el marqués había aprendido tantos conocimientos. Y toda su vida transcurriría en su palacio de Toledo, situado junto a los jardines del Tránsito, donde el marqués pasaba los días y las noches leyendo y estudiando y practicando sus artes ocultas, sin miedo alguno a la Inquisición. Seguía obsesionado con evitar la muerte, el objetivo principal de sus estudios. Convertido ya en Gran Maestre de la Orden de Calatrava, en los sótanos de aquel palacio Enrique de Villena encontró finalmente su objetivo: l vida después de la muerte.

Pero eso es otra leyenda.

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