Princesa Ico

Durante la conquista de las Islas Canarias, en el siglo XIV, arribó en Lanzarote el navío español capitaneado por Martín Ruíz Avendaño, empujado por una fuerte tormenta que hizo embarrancar su navío. La presencia de los españoles levantaba el recelo de los aborígenes porque estas expediciones tenían como objetivo el comercio de esclavos. Ruiz de Avendaño les convenció de que no  pretendía hacerles daño alguno y les ofreció algunos regalos, tras lo cual el rey majorero Zonzamas les dio la bienvenida y le invitó a permanecer en su hogar, en Acatife. El capitán permaneció durante seis meses en la isla reparando la embarcación y descansando y durante su estancia, se enamoró de la esposa de Zonzamas, la reina Fayna.

Finalmente, el marino emprendió el regreso a la península, sin que se volviera a saber de él por aquellos lugares. A los cuatro meses de su partida, Fayna dio a luz una niña a la que puso de nombre Ico. La niña era rubia y de piel blanca, lo que ponía en duda quien era el verdadero padre que, evidentemente, no parecía ser Zonzamas y sí el capital llegado de la mar.

Ico creció sana y robusta y sin problema alguno, ajena a todo, bajo el cuidado de su matrona, Uga. A la muerte del rey Zonzamas, su hijo primogénito y hermano de Ico, Timanfaya, le sucedió en el trono de los majoreros. El nuevo rey, sin embargo, no ejerció su reinado durante mucho tiempo, porque al poco tiempo, unos piratas españoles lo raptaron, junto con su esposa y otros aborígenes para ser vendidos como esclavos.

El consejo de ancianos entonces tuvo que elegir un nuevo rey, y optaron por nombrar a Guanarteme, el otro hijo de Zonzamas y Fayna. Guanarteme estaba casado con su hermana Ico, costumbre muy común entre los aborígenes. Tampoco a Guanarteme le esperaba un reinado muy largo. Perdió su vida luchando contra unos piratas que invadieron la isla en busca de esclavos. Tras Guanareme, su hijo, Guadarfía, ocupó el trono. Pero Atchen, un pariente cercano, también reclamaba el trono invocando que Ico no era hija de Zonzamas, sino fruto de la relación de la reina con un extranjero. Por tanto, su hijo Guadarfía tampoco descendía directamente de Zonzamas y no le correspondía reinar.

El Consejo de ancianos se reunió de nuevo para tomar una decisión al respecto. Finalmente decidieron que fueran los dioses los que resolvieran la cuestión y decidieran la legitimidad de Ico, sometiendo a esta a una dura prueba: la del humo. Si la superaba, demostraba que los dioses la protegerían por ser de sangre real y la reconocían como legítima reina y su hijo reinaría. La prueba consistía en encerrar a Ico en una cueva, junto a tres de sus damas, y encender ramas verdes que hicieran mucho humo y que este penetrara en la cueva. Si Ico era hija de Zonzamas  sobreviría, ni no…… que más da.

La princesa y sus tres damas fueron conducidas a una cueva donde esperarían el día señalado para la prueba. Allí permanecieron toda la noche custodiada por sus guardianes la noche para evitar su huida. Su vieja matrona Uga fue la única persona que pudo acudir a consolarla y despedirse de ella.

Al día siguiente, cientos de aborígenes acudieron a contemplar el macabro espectáculo. Cuando la reina estuvo en la entrada de la gruta, miró a todos los congregados. Distinguió entre ellos a su hijo Guadarfia, que lloraba desconsoladamente. De nuevo su vieja matrona se atrevió a contravenir las normas y se acercó a ella para abrazarla. Un anciano hizo una señal y un dos hombres separaron a Uga para que el acto continuara. Demostrando una gran entereza y aparentemente fuerte y segura de si misma, Ico entro en la cueva, seguida de sus compañeras. Delante de la gruta, se amontonaban ramas verdes. Las cuatro mujeres entraron en la cueva y un guerrero encendió una hoguera sobre la que fue depositando el ramaje verde, produciéndose una gran humareda. Al mismo tiempo, dos hombres abanicaban el humo con hojas de palmera para empujarlo hacia el interior de la cueva.

Y mientras todos esperaban fuera esperando el resultado de la prueba, las mujeres comenzaron a sentir picor en los ojos y la garganta. Si Ico no moría asfixiada se demostraría su sangre real. Se podían oir desde el exterior los gritos mezclados con las toses de las mujeres. Poco a poco, los gritos y toses se fueron apagando hasta silenciarse del todo. A pesar de ello, mientras la hoguera seguía ardiendo los verdugos siguieron enviando humo hacia el interior. Fueron interminables los minutos que pasaron hasta que el silencio fue total. Tan solo se escuchaba el crepitar de las ramas ardiendo, lo que presagiaba que la suerte estaba echada.

Todavía pasarían varios minutos hasta que un anciano del Consejo hizo una señal para que se apagara el fuego. Los ancianos del consejo penetraron en la gruta. Delante de ellos, en el suelo, se encontraban tumbados los cuerpos sin vida de las tres compañeras de Ico. Sua cuerpos estaban retorcidos y sus ojos abiertos reflejaban el terror y la agonía. Los ancianos caminaron hasta la parte más profunda de la cueva, donde advirtieron la presencia de Ico, apoyada en la pared de la cueva y ennegrecida por el humo. Sus ojos eran dos como dos ascuas encendidas que miraban a los viejos. Sin pronunciar una palabra, dio algunos pasos tambaleantes. Lentamente y por si sola, salió de la cueva con la cabeza levantada. La luz del atardecer le cegó la vista y su ennegrecida figura recibió los rayos del sol recortando su silueta. Con la cabeza levantada, se acercó hasta su hijo Guadarfía, al que saludó como nuevo rey, y lo abrazó. La multitud, reunida delante de la cueva, estalló de júbilo ante el prodigio que acababan de ver y vitorearon al nuevo rey y a su madre. Guadarfia era el nuevo rey.

Los dioses habían hablado….. o tal vez no.

En realidad, lo que todos ignoraban es que la vieja Uga, al acercarse hasta Ico la noche anterior, le entregó una esponja marina para que cubriera su boca y la protegiera del humo para poder respirar. Uga, antigua curandera, había ayudado a nacer a Ico y, a su vez al hijo de esta, Guadarfia. Ahora…. había salvado la vida de ambos y, momentáneamente, el reino. Tampoco fue muy duradero. De nuevo los invasores, esta vez normandos, bajo la protección del rey castellano Enrique III, arribaron a la isla en 1402. Guadarfia y los majoreros se rindieron ante la imposibilidad de resistir. El pacto de rendición consistió en la firma de un acuerdo de paz por el cual se reconocía a Guadarfia como príncipe a cambio de que los españoles protegieran a los isleños de los ataques piratas.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: