Mariquita, la Posá

Foto: J.A. Padilla

Esta leyenda forma parte de la tradición oral de la villa almeriense de Mojácar y que se ha ido transmitiendo de generación en generación a lo largo del tiempo. Pese a que no se conocer el momento en el que se produjo los hechos que narra, estos podrían tener su origen en la epidemia de peste que sufrió la provincia de Almería a mediados del siglo XIV, lo que nos da una idea de la antigüedad de la leyenda.

La leyenda nos habla de la epidemia de peste que sufrió Mojácar y las muertes que se iban produciendo como consecuencia de la misma. En una cueva, situada en el centro de la villa, bajo de la actual Plaza Nueva, vivía un viejo ermitaño del que todos creían que era una especie de hechicero o mago y al que acudían cuando necesitaban algún elixir o jarabe para alguna dolencia o enfermedad.

El ermitaño aseguraba poseer una fórmula mágica que él mismo había preparado para curar la peste y evitar las muertes de su paisanos. Pero ponía una condición para dárselas a los enfermos: que una joven y bella muchacha, de nombre María y a la que llamaban todos Mariquita, accediera a casarse con él.

La muchacha se negó sl principio a acceder a los deseos del anciano, pero la peste se extendía entre la población de manera inexorable y ella tenía la clave para acabar con la maldición. Además, su familia le presionaba y le decían que el matrimonio con el anciano era mejor que la muerte segura de todos. Así las cosas, María accedió a casarse con el ermitaño.

Pero, tras el matrimonio, el hechicero fue demorando la entrega de la pócima mágica temiendo que la joven le abandonara cuando todo el mundo estuviera curado, pues era consciente que María no le amaba en absoluto y, al contrario, sentía repulsión por él y si había aceptado su oferta era por la pócima.

No se equivocaba la pícaro hechicero. María le dejaría o acabaría con él en cuanto la epidemia se hubiera acabado. Se consideraba una cautiva de aquel viejo y urdió un plan para acabar con ello. Había visto como, entre todos los tarros que poseía, había uno que tenía celosamente oculto, lo que le llevo a pensar que aquel era el que contenía la pócima. Una noche, aprovechando que el hechicero dormía ella consiguió hacerse con aquel. Después salió de la cueva y repartió su contenido por todo el pueblo.

No se había equivocado tampoco María. Aquel tarro contenía la solución a la epidemia y a su cautiverio y que el hechicero no lo quería entregar para poderla mantener como rehén. Fue entonces cuando decidió regresar a la cueva, donde seguía el hechicero dormido profundamente. María decidió actuar para librarse de aquel viejo mentiroso. Rebuscó entre los tarros con pócimas y encontró uno que creyó que le ayudaría a librarse para él.

La muchacha cogió el tarro y se acercó hasta donde este dormía. En la obscuridad, abrió el tarro y vertió su contenido en su boca, con tan mala suerte que al agitar el tarro le cayó una gota de aquella pócima en la mano derecha, lo que provocó que su mano se quemara y que fuera también víctima del mismo encantamiento. Ambos, la joven y el viejo hechicero, desaparecieron sin dejar rastro.

La epidemia pasó, pero nadie volvió a ver a ambos. La leyenda dice que ambos siguen, viendo en la cueva por toda la eternidad. En recuerdo suyo, sus paisanos cantan cuando pasan junto a la cueva una copla que dice: “Sal, sal Mariquita “la Posá”, la que tiene la mano agujereá, si no la tuviera, todo el mundo pereciera