San Antolín de Palencia

Fachada de la Catedral

Bajo la catedral de Palencia existe un lugar donde hoy se halla una cripta que  en la antigüedad fue un templo de culto pagano y que posteriormente pudo ser un lugar de culto paleocristiano en la época romana, hecho que parece concordar con las huellas romanas existentes en el exterior, al mismo nivel. Posteriormente, esta cripta pudo ser construída por el rey visigodo Wamba en el siglo VII para albergar los restos de Antolín, noble galo-visigodo traído a España desde Narbona.

Hasta entonces, Palencia era una pequeña ciudad a orillas del río Carrión, cuyos habitantes se dedicaban al pastoreo y al cultivo de sus fértiles tierras en las márgenes del río. La antigua Pallantia romana había sido una de las ciudades más prósperas en el siglo VII, cuando llegan los visigodos y conquistan la ciudad, Pero la ciudad cae en estado de total abandono  y las antiguas huetas dejan paso a la maleza que crece en las plazas y calles. Las orillas del río Carrión se convirtieron en un frondoso bosque y los animales salvajes hicieron de este su hábitat natural.  

Trescientos años más tarde, tras la dominación musulmana, el rey Sancho III el Mayor llega a estas tierras para asegurar sus dominios y acabar con los históricos enfrentamientos entre los reinos de León y Castilla.  Capitaneando su ejército decide acampar aquí para descansar.  Al amanecer, atraído por el agreste paisaje que se ofrecía a sus ojos y sabiendo que podía encontrar abundante caza en esos bosques, el rey, que era experto cazador y gustaba, siempre que le era posible, ejercitarla, decide, con algunos de sus hombres, salir a cazar.

Después de cabalgar un buen rato, ante su vista aparece un hermoso jabalí y el rey, sin dudarlo un instante, espolea a su caballo y se lanza a su caza armado con su venablo. El jabalí, asustado por la presencia del jinete, escapa por entre los matorrales y se oculta. Pero el rey, que no estaba decidido a renunciar a tan hermoso ejemplar; lo persigue mientras dispara una y otra vez su venablo contra el jabalí.

Entrada a la cripta

Pero este se refugia en una cueva semioculta entre los matorrales. El monarca duda un instante en su persecución por miedo a encontrarse en el interior de la gruta, a oscuras, cara a cara con la fiera sin protección suficiente. Pero el deseo de cobrar esa pieza es más fuerte que su propio temor y, olvidándose del riesgo que puede correr ante el enfurecido y herido animal, sin pensarlo más, entra en lo que él piensa que es la guarida del jabalí. Una vez en el interior, sus ojos,  acostumbrados a la luz del sol, no aciertan a ver nada. En aquel silencio, el rey solo  escucha la respiración jadeante de la bestia, que parece estar escondida a la espera de atacar a su cazador. Este es consciente de la fiereza que caracteriza a un jabalí herido. Pero no hay marcha atrás posible. Solo él y el jabalí están en esas tinieblas. El tiempo se detiene.  

Por fin, comienzan a disiparse las tinieblas y las formas cada vez se hacen más claras. El jabalí está allí, sin escapatoria posible, esperando su oportunidad. Don Sancho tensa entonces su venablo y se dispone a lanzar la flecha. Apunta con firmeza y se dispone a disparar cuando, horrorizado, siente que tiene el brazo paralizado y que no puede disparar contra el animal. Un sudor frio resbala por su frente, el miedo le estremece y con la vista busca alguna luz que le señale una apresurada salida o algún lugar donde refugiarse. Está a merced del jabalí y su vida corre un serio peligro. El tiempo sigue detenido y el rey, paralizado, solo espera el ataque de su presa y su muerte segura.  

Resignado a su suerte, observa como un reyo de luz penetra en la cueva a través de una hendidura de la pared e ilumina una pequeña imagen de San Antonio, cuyos milagros y virtudes eran muy conocidos por el rey. Comprendía que aquello no era una cueva, sino un altar dedicado al santo, una ermita, un lugar sagrado que él había profanado llevado por la ceguera de cazar al jabalí. No había duda; aquello era una ermita dedicada al mártir y él, sin saberlo, la había profanado. Ahora recibía el castigo divino por la profanación y por querer derramar sangre en un lugar sagrado. Fue entonces el rey imploró el perdón del santo y rogó  la protección del mismo. Cayó de rodillas y pidió a San Antonio la curación del brazo, prometiéndole construir en aquel lugar un templo como acto de desagravio. Prometió también reconstruir la ciudad y repoblarla para que sus habitantes pudieran venerarlo y honrarlo.  Absorto en sus oraciones, no notó la presencia de sus guerreros, que preocupados por su suerte, lo habían estado buscando hasta encontrarlo en aquel lugar. El rey los saludó con alegría y comprobó que el brazo había recuperado su movilidad y su fuerza. El santo había escuchado sus ruegos y sus promesas y le había salvado de una muerte segura.

Vista del interior de la cripta

Así fue como cumplió su promesa y sobre aquella cueva construyó un pequeño templo, que con el tiempo se convirtió en una gran catedral. Y llegaron muchos habitantes a aquella ciudad que veneraron al santo, conocido como San Antolín. Hoy, bajo esta catedral se puede visitar la cripta, la antigua cueva, donde se guardaron los restos del santo. La cripta se conoce “la cueva de San Antolín”. Dentro de ella se encuentra un pozo, llamado de los deseos, a cuya agua se le atribuye la cualidad de hacer cumplir sus deseos a quien la bebe y, en día de su patrón, colas interminables de fieles acuden a este lugar a beber su agua.

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