San Pedro del Barco

Puente románico de El Barco de Avila
Puente románico de El Barco de Ávila sobre el río Tormes

La vieja mula, pese a tener los ojos vendados, caminaba con rumbo fijo. Llevaba ya tres días de camino. Tres días en los que no había probado comida ni bebida alguna. Como si la providencia guiara su desconocido camino. La comitiva caminaba junto a ellas. Cada vez más numerosa, había partido desde la localidad de Barco de Ávila, lugar de nacimiento del finado que transportaba la vieja mula y ahora se encontraba frente a la muralla de Ávila. Y según avanzaba en su interminable camino, cada vez más gente se sumaba a la marcha. Todos se santiguaban a paso del cadáver de aquel hombre, que el tiempo convertirá en santo. Su nombre, Pedro. Su apellido, como no, del Barco. De su pueblo natal.

Pedro había nacido entre las altas montañas y fértiles valles de Gredos, junto al río Tormes, en al año 1088. Sus padres eran unos afanosos labradores de estas tierras que le enseñaron el valor del trabajo y del esfuerzo. Pero además, como devotos cristianos, enseñaron a su hijo en la educación cristiana. Algo muy normal para aquellos que miran al cielo para que la tierra les dé el alimento y los bienes necesarios.

Así, ya desde niño el niño Pedro dio muestras de su educación religiosa y de anteponer el interés espiritual al terrenal. Siempre estaba dispuesto a socorrer a los más necesitados, bien con su trabajo o con lo que la tierra le proporcionaba. Aprendió a labrar y a cultivar la tierra, pero un día anunció a sus padres su deseo de dedicar la vida a Dios y convertirse en sacerdote. Y a ello se dispuso desde entonces, sin desatender su trabajo habitual. Sus padres eran lo único que poseía, por eso la muerte de ambos con muy escasa diferencia de tiempo, supuso para él un duro golpe. No estaba preparado para quedarse huérfano y reprochó a Dios que no le avisara de la muerte de sus padres para prepararse para ello. Pasado un tiempo, fue ordenado sacerdote. Fue entonces cuando conoció a una joven gitana que ejercía la prostitución y que, tras convencerla para que abandonara esa vida e ingresara en un convento de Ávila, le donó la casa heredada de sus padres y se retiró a vivir junto a su fiel amigo  San Pascual a un una cueva situada en un bosque situado en las estribaciones de Gredos, junto al río Tormes, donde crearon una capilla y vivieron en el retiro y en oración a Dios y haciendo penitencia encadenado a unos grilletes,  enseñar la Biblia a los pájaros y a otros animales del bosque y practicando el ayuno, mientras araba la tierra ayudado por dos corzas a las que había curado sus heridas.

Allí siguió labrando la tierra mientras leía La Biblia y vivía de lo que la naturaleza le proporcionaba. Pedro acudía al pueblo a regalar sus frutos y a socorrer a los enfermos, mientras enseñaba a todos los que se acercaban a él lo que leía en La Biblia. Aquellas eran unas tierras muy pobres, recién conquistadas a los moros, y dice la tradición que fue entonces cuando Dios, escuchando sus plegarias, las convirtió en una fértil vega, donde se podían cultivar, sobre todo, judías. Su fama creció por toda la comarca y todos empezaron a ver en él a un santo como de los que se había odio existir en otros lugares. Aquellas tierras, antes solitarias, empezaron a ser cultivadas,  por lo que él y su compañero abandonaron su retiro y bajaron hasta el pueblo donde vivieron en una cabaña capilla de madera, construida junto a la fuente de San Pedro, cerca de Barco de Ávila.

En poco tiempo su fama llegó a tal que el obispo de Segovia se interesó por él. Acudió a verle a Barco de Ávila y le propuso que le acompañara para convertirse en canónigo de la Catedral. Pedro vio en aquel ofrecimiento una gran oportunidad para seguir aprendiendo cosas y estar más cerca de Dios. Jamás había salido de su pueblo natal y quería conocer otras tierras. Y allí marchó, hasta Segovia, donde pasó varios años ejerciendo su labor pastoral.

Hasta que en 1149 decide regresar a su pueblo natal. Con 61 años de edad, Pedro decide es la hora de volver con los suyos. Quiere que en su muerte no le sorprenda en Segovia. Curiosa obsesión la de Pedro con la muerte, o más bien con conocer el momento en que se produzca. Todos los días imploraba a Dios para que le anunciara la fecha exacta de su muerte, sin obtener respuesta alguna. Quería estar preparado para ello, como si alguien pudiese prepararse para ello.

El caso es que Pedro regresó a Barco de Ávila. Lo hizo acompañado de su amigo Pascual, que regresaba también a su pueblo, muy cercano al de Pedro, Tomellas, al sur de Barco. Pero Pedro era ya mayor y apenas podía desenvolverse solo. Buscó a un muchacho para que le ayudara en sus quehaceres diarios como, por ejemplo, traerle agua fresca de la fuente del pueblo y los víveres. Mientras, él seguía su labor pastoral. Seguía pidiendo a Dios que le anunciara el momento de su muerte. Un día, un ángel se le apareció y le anunció  que moriría tres días después de que el agua que fuera a beber se convertiría en vino.

Así, cada día, tras traer el criado el agua, él inmediatamente comprobaba que no se había convertido en vino. Pasaban los días, las semanas y los años y el agua seguía siendo, como no agua.

Por eso, aquel frío día octubre de 1155, cuando el muchacho le trajo el agua y al probarla comprobó que era vino, vio que Dios le había escuchado y le anunciaba su próxima muerte. Tras preguntar a su criado dónde había recogido el agua y este le contestó que de la fuente, como todos los días, le contó el prodigio que anunciaba su cercana muerte tres días más tarde. El muchacho escuchó aquel anuncio entre sorprendido y confuso, pensando más bien que el viejo cura era víctima de aquel vino que, por cierto, él no había traído. Pero tres días más tarde, el 1 de noviembre de 1155, cuando se encontró al anciano sobre su cama, tendido sin vida, comprendió que el cura no le había mentido sobre el anuncio de su muerte. A toda prisa, acudió a avisar a todo el mundo. Todos acudieron ante él para rezarle y velar su cuerpo.

De inmediato surgio la discrepancia en todos los feligreses sobre el lugar donde debían reposar los restos del sacerdote. Todos querían para su tierra el lugar de su tumba: los barcenses de El Barco, por ser la tierra que le vio nacer; los de Piedrahita, por ser el lugar de nacimiento de su madre; los de Ávila, por ser el lugar donde había ejercido. No era cuestión fácil. Finalmente, decidieron que la Providencia lo decidiera. Una mula fue elegida para que transportara el cadáver del santo y que esta lo condujera movida por el divino destino. Allá donde la mula se detuviese, se construiría el sepulcro del santo. Para evitar que la mula optara por un camino ya conocido, se decidió cubrirla los ojos. Entonces se colocó el cuerpo de Pedro del Barco sobre ella y se la espoleó para que se pusiera en camino, seguida por una comitiva pequeña al principio, pero cada vez más numerosa según avanzaba la mula. Tras salir de El Barco de Ávila, la mula siguió su camino hacia el este, camino de Piedrahita. Los vecinos de este pueblo se aprestaron a recibir al animal pensando que allí se pararía. Mas no fue así. La mula pasó de largo y siguió su camino hacia Avila, sin detenerse un instante y sin comer ni beber.

Y así llegó a Ávila tres días después. Guiada por la Providencia y sin comer, ni beber ni parar un solo instante, el exhausto animal cruzó el río Adaja y cruzó la muralla de la ciudad. La muchedumbre asistía al lento paso de la mula, la única que parecía conocer el destino final. Tampoco paró en la catedral, sino que, tras volver a cruzar la muralla, se dirigió a la basílica de San Vicente, un templo construido en el siglo XII para albergar los cuerpos de los mártires Vicente, Sabina y Cristeta, ejecutados en el siglo IV, durante el imperio de Diocleciano.

La mula, resoplando con dificultad llegó hasta la basílica y penetró en su interior. Ante el altar mayor se detuvo. La debilidad del animal era evidente y apenas se podía sostener en sus cuatro patas debido al cansancio. Fue entonces cuando dio un fuerte golpe en el suelo con una de sus patas delanteras para, a continuación, caer fulminada, muerta. Todos se acercaron y pudieron ver la marca de la herradura marcada sobre el suelo de la basílica. Estaba claro que aquel era el lugar elegido. Y allí descansará para siempre el cuerpo de San Pedro de Barco, salvo su húmero, que fue trasladado hasta el Barco, donde se construirá una ermita sobre el mismo lugar donde nació.

En la Basílica de San Vicente se conserva la huella de una herradura en las inmediaciones del altar y el cubo de la muralla que forma el vértice dirigido hacia esta iglesia recibe el nombre de Cubo de la Mula, localizándose allí un verraco celtibérico que dirige su testuz, también, hacia el templo.

 

2 comentarios sobre “San Pedro del Barco

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  1. Pingback: PASAJERO 56
  2. Creo que te has confundido de río. Por Barco de Avila pasa el río Tormes.
    El Pisuerga nace en el norte de la provincia de Palencia y desemboca en el rio Duero cerca de Valladolid. Asi que mucho me temo que no pilla muy cerca de Gredos.

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