03. TRATADO DE GUISANDO (1468)

La escena parece sacada de un cuento o novela rosa. Estamos en marzo de 1462, el día 7 concretamente, mientras una niña, de apenas 11 años, sostiene entre sus pequeños brazos a un bebé que iba a recibir el bautismo. La niña sostiene con cuidado al bebé. Es su ahijada, pero además la niña es una princesa, en el más amplio sentido de la palabra. Además es su sobrina. La niña se llama Isabel y el bebé Juana. La historia les convertirá en rivales y enemigas y ambas serán las responsables de una cruenta guerra en Castilla.

Aquella niña era la alegría de la corte, pero contaba también con un número importante de enemigos, a pesar de que parecía imposible que pudiera ocurrir algo así con un recién nacido. Sobre todo cuando era declarada heredera al trono. No iba a ser fácil el camino a la corona, porque contaba con un adversario, no demasiado mayor que ella, de apenas 9 años de edad, que ahora la sostenía dulcemente en sus brazos. Pero el destino era cruel para ellos.

Aunque fue mucho más cruel con Alfonso, quien con apenas 15 años encontraba la muerte. Una muerte que truncaba una vida y las pretensiones de un grupo de nobles castellanos que le habían nombrado rey hacía tres años en una extraña ceremonia que la historia llamará la “Farsa de Ávila”. Hora, esos mismos nobles se veían obligados a buscar otra alternativa a aquella niña recién nacida. Y la tía Isabel era la mejor colocada.

Isabel la Católica

La muerte de Alfonso convierte a Isabel de Trastámara en princesa y heredera al trono de Castilla, pero ella no acepta ser coronada sin pactar con el rey Enrique su reconocimiento como legítima heredera del trono. Quiere asegurar que su llegada al trono sea lo menos cruenta posible aunque ello suponga un plazo de tiempo mayor. Por ello, Isabel se une a Juan Pacheco, y firma con el arzobispo Carrillo un compromiso de amistad para pactar con el rey.

En septiembre de 1468, en un lugar que no parece ser demasiado protocolario y ante el silencio pétreo de los toros de piedra se firma el Tratado de los Toros de Guisando por el que Isabel es reconocida oficialmente heredera de Castilla. El tratado aparta la princesa Juana como heredera al trono basándose en la supuesta ilegitimidad del matrimonio de sus padres, ya que Enrique IV y Juana de Portugal se unieron a pesar de su parentesco como primos y, por lo tanto, por vínculos de consanguinidad sin solicitar la necesaria bula de dispensa, causa por la cual canónicamente la unión no es legítima y, por tanto, tampoco lo es su descendencia. Es decir, no se pone en duda la legitimidad la paternidad de Enrique con su hija Juana, sino el matrimonio con su prima Juana.

Placa conmemorativa en Guisando

En estos términos, el rey Enrique decreta que Isabel sea jurada princesa y le hace entrega de Medina del Campo, Ávila, Alcaraz, Escalona, Molina y, por supuesto, el principado de Asturias. Entre otras cosas, en ese pacto ambas partes aceptan que el enlace matrimonial de la nueva princesa será establecido de común acuerdo entre ella misma, algunos grandes nobles y el rey, quien tendrá la última palabra.

En Guisando parece quedar enterrado el secular enfrentamiento de la nobleza castellana, aunque el tiempo y realidad demostrarán lo contrario. El tratado, todo lo más que va a producir es un cambio en las alianzas. Muy poco tiempo después del pacto de Guisando, Pacheco ya está junto al rey, mientras Carrillo, no solo sigue al lado de la nueva princesa, sino que intenta enfrentar a Isabel de su hermano como consejero de esta.

Tras firmar la paz con su hermano, Isabel comprende que está supeditada a su hermano y presionada por él. Asesorada por Carrillo, se refugia en Madrigal de las Altas Torres bajo la protección del arzobispo, el cual intentará unirla a uno de sus pretendientes: Fernando de Aragón.

A la heredera no le faltan pretendientes: un hermano del rey Eduardo IV de Inglaterra, futuro rey Ricardo I!; el rey de Portugal Alfonso V, hermano de la reina de Castilla y, por lo tanto tío de la hija del rey; el duque de Berri y Guyena, hermano del rey de Francia; y Fernando de Aragón.

Enrique IV duda entre el pretendiente francés y el portugués, ya que ambas alianzas, por distintas razones, favorecen sus intereses políticos. Pero Isabel, asesorada por Carrillo, rechaza a ambos. Carrillo y los suyos mantienen un tratado de amistad con el rey aragonés Juan II, enemigo del rey castellano, y prefieren al príncipe Fernando como pretendiente de Isabel.

Isabel, reunida con el rey en Ocaña para anunciar el enlace con el rey portugués, se niega a dar su consentimiento a pesar de que su hermano la amenaza con encerrarla en prisión en el alcázar de Madrid, si no acepta a ese candidato. Isabel escapa a Madrigal y rechaza también, al pretendiente francés. Convencida por Carrillo, acepta a Fernando.

Fernando se compromete en las capitulaciones matrimoniales, redactadas por Carrillo, a guardar los fueros, usos y costumbres castellanos, y a fijar su residencia en Castilla, junto a su esposa y a no actuar en este reino sin el consentimiento de Isabel. Fernando se ve obligado a aceptar las condiciones impuestas por la nobleza de Castilla y tiene que renunciar a la posibilidad de reinar en este reino. Una vez que Isabel acepte a Fernando y se firmen los acuerdos solo será necesario salvar dos difíciles obstáculos: conseguir una dispensa pontificia y lograr que Fernando pueda reunirse con la novia en Castilla.

En cuanto a lo primero, entre los futuros cónyuges existe un parentesco en tercer grado, por lo que, según el derecho canónico, necesitan dispensa pontificia para poder contraer matrimonio. El problema es que el papa Pío II apoya a Enrique y contrario a Aragón, razón por la cual la niega.

Ante la imposibilidad de la autorización papal, se consigue una bula papal falsa emitida en 1454 por el papa Pío II en la que se autorizaba al príncipe de Aragón a contraer matrimonio con una mujer con la que estuviera emparentado en tercer grado, es decir, el grado de consanguinidad que tenía Isabel con respecto al novio. Con esta bula falsa se casan los príncipes. Posteriormente, tras la muerte de Pío II, se conseguirá una bula legal por parte de Sixto IV, con el matrimonio ya celebrado.

El cuanto al segundo problema, Fernando entra en Castilla disfrazado, y consigue llegar hasta Dueñas, villa de su abuelo materno, y fija alli su residencia hasta el momento de la celebración del matrimonio. Éste tiene lugar en Valladolid, donde tiene lugar la ceremonia. Isabel, que se encontraba en Ocaña custodiada por Juan Pacheco abandona su custodia con la excusa de visitar la tumba de su hermano Alfonso en Ávila.

La boda se celebra el 19 de octubre. El día anterior, por la tarde, Fernando llega a Valladolid, acompañado por 30 caballeros y una nutrida escolta y es recibido en medio de grandes muestras de alegría por Carrillo y el Almirante de Castilla, don Fadrique Enríquez. Por la noche se traslada a la residencia de su prometida, donde tiene lugar los esponsales con toda solemnidad. El arzobispo dio lectura a la falsa bula de dispensa, tras lo cual se leyeron las capitulaciones matrimoniales suscritas por el novio y ratificadas por su padre, Juan II de Aragón. Por último. Carrillo celebró el desposorio. Acabada la ceremonia, el príncipe se retira al palacio del arzobispo. A la mañana siguiente, el novio regresó a la casa de Isabel para la celebración de la boda propiamente dicha. La misa nupcial es oficiada por don Pedro López de Alcántara, capellán de san Yuste. Esa misma noche se consumó la unión de los contrayentes, e inmediatamente después fue mostrada a los testigos, que según la costumbre castellana esperaban en una sala contigua a la cámara nupcial, la denominada “sábana de la princesa”. Tras ello dieron comienzo grandes fiestas, que se prolongaron por espacio de siete días. Al cabo de ese tiempo el arzobispo Carrillo ofició una misa solemne en la colegiata vallisoletana, bendiciendo en ella a la nueva pareja.

No cabe duda de que tanto Isabel como sus partidarios eran conscientes de la gravedad de la decisión tomada. Primero la huida de la corte, y por tanto del control del rey. Segundo, el desafío de un matrimonio no autorizado por el rey, lo que contravenía el Tratado de Guisando.

Cuando Enrique conoce los acontecimientos, declara nulo el pacto de Guisando y proclama a Juana como su legítima hija y la hace jurar heredera del trono. Enrique mantendrá esta posición hasta el final de sus días.

La proclamación de Juana se produce en Valdelozoya, en octubre de 1470, y en el mismo participa, junto al rey, el marqués de Villena. Juan Pacheco y el arzobispo de Sevilla preparan el acuerdo matrimonial de Juana con el hermano de Luis XI de Francia, el duque de Berri y Guyena. El rey aprueba el plan y decide hacer público el compromiso en un acto solemne en el que Juana será jurada de nuevo heredera del trono castellano.

Juana y su madre, que estaban en poder de los Mendoza, son conducidas por éstos al valle del Lozoya, a Santiago, entre Buitrago, donde tiene lugar la solemne proclamación de ésta como legítima heredera del reino, así como el anuncio de su compromiso matrimonial con el de Guyena. Además, para acabar con los rumores que ponían en duda la paternidad entre Enrique y Juana, jura solemnemente que la niña es hija de ambos. Juana es nombrada jurada heredera y se la desposa con Carlos de Guyena. El conflicto entre ambos hermanos está servido.

Isabel sostiene que, dado que se realizó bajo la autoridad del papa, el Tratado de Guisando no puede ser anulado por el rey. Este argumento y la duda sobre la paternidad de Enrique con respecto a Juana reafirman a Isabel como heredera legítima al trono de Castilla. Además de ganar partidarios para su causa intenta entrevistarse con el rey, encuentro que se produce en el Alcázar de Segovia. Pero todo será en vano. Enrique mantiene su decisión de mantener a su hija como heredera al trono.

Isabel intentará atraer al mayor número de apoyos posibles. Respecto a la nobleza, Isabel cuenta con el apoyo de los Enríquez y los Manrique, pero esto es insuficiente. Es preciso ganar el apoyo de los Mendoza. Pero esta estrategia ha de realizarse con gran diplomacia para no irritar a su principal apoyo, el arzobispo Carrillo.

Al año siguiente, antes del fallecimiento del rey, los condes de Luna y de Alba apoyan ya a los príncipes, quienes consiguen ganar para la causa a los Mendoza. Estos comienzan a trabajar en favor de Isabel e incluso intentan convencer a Enrique de la oportunidad política de aceptar a su hermana como heredera. Sin embargo, habrá que esperar hasta la muerte del rey para ver a los Mendoza junto a Isabel. Mientras, en los últimos años del reinado de Enrique IV, Isabel v sumando apoyos para su causa y la nobleza castellana la empieza a confiar en ella y en verla como la solución de Castilla y la pacificación del reino. Una nobleza que al mismo tiempo desconfían del valido del rey, Juan Pacheco, y de su ambición. Así, pues, nobles, ciudades y villas se van sumando a la causa isabelina, lo que obliga a que el rey acceda a entrevistarse con su hermana en Segovia.

 

Isabel hace su entrada en esa ciudad el 28 de diciembre de 1473, acompañada del arzobispo Carrillo y de manera discreta, aprovechando la ausencia del rey, que había salido a cazar a Valsaín. Al día siguiente, el 29 de diciembre, el monarca acude al alcázar a entrevistarse con su hermana. Ambos acuerda reconciliarse y lo escenifican cuando el día 31 de diciembre ambos pasean juntos por Segovia.

Las causas que favorecieron el encuentro entre ambos hermanos están, sin lugar a dudas, en que el rey, preocupado por los problemas que su sucesión estaba planteando, quiere pacificar el reino y evitar la guerra tras su muerte. Por su parte, los príncipes actúan también con la esperanza de evitar esa confrontación, aunque con la condición irrenunciable de ser reconocidos por el rey como sus legítimos herederos. Ni uno ni otro van a conseguir sus objetivos. La relación amistosa entre ambos es posible, pero ni Enrique está dispuesto a renunciar a que sea Juana quien le suceda, ni los príncipes a convertir esta amistad en una renuncia a sus aspiraciones, por lo tanto, el acuerdo es imposible.

Sin embargo, la entrevista ha sido un pequeño triunfo para Isabel, que ha demostrado ante los nobles castellanos su intención de buscar una solución pacífica al problema de la sucesión de la corona, lo que a la larga le beneficiará.

Apenas un año después, el 11 diciembre de 1474, muere en Madrid Enrique IV, sin que nadie encuentre su testamento, lo que llevó a Isabel a reivindicar el Tratado de Guisando al morir el rey sin testar.

Al día siguiente de la muerte de Enrique, Isabel es proclamada reina en Segovia por sus partidarios. Juana, por su parte, era reconocida reina por sus partidarios y entraba en mayo de 1475 en Castilla acompañada por su prometido el rey Alfonso V de Portugal, siendo proclamados reyes en Plasencia, donde se desposaron. La guerra entre los partidarios de una y otra durará hasta 1479 con el Tratado Alcácovas que reconocerán a Isabel y Fernando como reyes de Castilla.