29. EL DESASTRE DE ANNUAL (1921)

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En la historia militar de España, tal vez el sitio de Baler fue uno de los más claros ejemplos del heroísmo que caracterizaba al ejército español. Aquel lugar se convirtió en un símbolo de resistencia, aunque no evitó ser víctima del tiempo y casi de la historia. Annual es la cara opuesta a Baler. Annual es el reverso de la monera: la cruz, nunca mejor dicho por los miles de cadáveres que quedaron en esa tierra.

Si viajamos hoy al Rif nos llamará la atención las hermosas montañas que nos puede dar la impresión de estar en una zona rica y de recursos. Pero cuando llegamos a alguna de sus ciudades contemplamos la realidad. Es una tierra dura y difícil y sus habitantes sobreviven en una pobreza endémica. Desde muy niños han de luchar por la vida y adaptarse a un lugar del que aspiran a abandonar y cruzar el estrecho, hacia Europa, en busca de una vida mejor.

El Rif
El Rif

A las personas que visitan por primera vez las hermosas montañas del Rif en el norte de Marruecos, la vida les parece idílica, tranquila y relajada. Lo segundo que nos sorprende del Rif es los rasgos que caracteriza a los rifeños: altos, rubios o pelirrojos y de ojos azules, que demuestran su condición bereber, hermanos de aquellos que en el siglo VIII invadieron la Península Ibérica. Luego, cuando nos adentramos en sus tierras vemos los signos de una pobreza arraigada, e insuperable, se van haciendo más evidentes cuanto más tiempo se pasa en estas tierras agrestes y silvestres, y la lucha de su pueblo resulta cada vez más evidente. Y como es inevitable en el caso de las regiones de gran pobreza, los niños del Rif tienen que saber adaptarse, además de ser duros y perspicaces, para sobrevivir. Recorriendo sus carreteras de tierra vemos los inmensos campos de cannabis, principal recurso de esta tierra y medio de vida. En los pueblos, inclusos niños de apenas siete u ocho años nos lo ofrece. Son adultos prematuros que aprenden desde muy temprana edad el precio de la vida.

Aquí todo se compra y todo se vende. Los niños tienen más posibilidades por su condición de varones. Las niñas, al contrario, lo tienen más difícil. Aunque Marruecos es un país muy relajado en lo relativo a las normas islámicas, las niñas, y las mujeres en general, son víctimas de unas reglas que limitan su libertad y voluntad. Y si los niños tienen el hachís con medio de vida, las niñas son obligadas a prostituirse por el módico precio de cinco euros, una cantidad importante en esta zona. Eso sí, la niña deberá regresar sin daño alguno. Si no es así, habrá que pagar un suplemento por los daños ocasionados. No, no es fácil la vida en una región donde viven más de cuatro millones de rifeños. Como no fue fácil aquí la vida hace cien años, en plena guerra del Rif entre españoles y rifeños. Axdir (capital de la antigua República del Rif), Alhucemas, Nador, Uchda, Berkan, Midar, Imzouren y Tafersit son las ciudades más importantes del Rif. Y sin embargo, refiriéndonos a esta región, todos pensamos en Annual. No como ciudad, sino como capital del infierno.

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Annual. Una ciudad marroquí situada al noroeste, a una distancia de apenas 60 kilómetros de Melilla. Hasta su pérdida, en julio de 1921, formaba parte de Protectorado español de Marruecos, dependiente de la Comandancia General de Melilla. En junio de 1921 estaba asignada al Regimiento de Infantería “Ceriñola” nº. 42, compuesto por 3 batallones de 6 compañías de fusiles de 120 hombres cada una, y una compañía de ametralladoras por batallón de 50 hombres, con un total de algo más de 3.000 hombres al mando del coronel Morales Reinoso.

Mapa militar del Protectorado español de Marruecos
Mapa militar del Protectorado español de Marruecos

Los llamados “felices años 20” no eran aplicable a España. Tras la pérdidas de las colonias de ultramar, la crisis política, económica y social en España alcanzaba niveles alarmantes. La Primera Guerra Mundial, en la que España no participó activamente, había acabado el 11 de noviembre de 1918, firmándose la Paz de París el 28 de junio de 1919 con el llamado Pacto de Versalles firmado entre los países aliados y Alemania. La década de los 20, salvo en la neutral España, se iniciaba con estos aires de paz y recuperación de la guerra.

Pero los años 20 en España están lejos del charleston, y son una época marcada por el caciquismo político y una sociedad muy dividida entre proletarios y señoritos, donde la Iglesia mantiene su poder y privilegios. Los movimientos anarquistas, con gran peso entre las clases trabajadoras, protagonizan todos los movimientos sociales. Y esperaban su oportunidad para acabar, por cualquier medio, con aquel régimen que se negaba a regenerarse. El golpe de Estado o el advenimiento de una segunda república era el fantasma que amenazaba a una monarquía estancada en la pasividad. Como es lógico pensar, en aquel escenario el ejército jugaba un papel esencial. El problema es que al otro lado del estrecho de Gibraltar acechaba otro enemigo: Marruecos.

El general Silvestre
El general Silvestre

Tan es así que, el 12 de febrero de 1920, el general Manuel Fernández Silvestre toma posesión del cargo de Comandante General de Melilla. Su intención es llegar hasta la bahía de Alhucemas, centro neurálgico de la resistencia rifeña, por entonces aún escasa. No es una tarea fácil, ya que los soldados españoles, que estaban allí no eran profesionales sino que eran los que no habían podido pagar por quedar exentos, a causa de alguna condena o simplemente forzosos, estaban poco entrenados, mal pagados y alimentados, pésimamente armados con armamento pesado y anticuado y peor calzados, con alpargatas. En su inmensa mayoría, el ejército estaba formado por los Regulares y la Legión, pero estos se encontraban en Ceuta. El ejército estaba formado por soldados españoles pero tras la batalla del Barranco del Lobo, donde murieron más de un millar de sus hombres, se consideró crear unidades con hombres de las cábilas amigas, que eran, además, los que combatían sobre el terreno, siendo los soldados españoles los encargados de tomar y defender las posiciones conquistadas.

Tan poco preparado y necesitado estaba aquel ejército que muchos soldados vendían sus armas y municiones a los rifeños para conseguir comida. Esta escaseaba porque los oficiales de intendencia también se la vendían a los lugareños. A pesar de todo esto, entre mayo de 1920 y junio de 1921, el general Silvestre avanza por el Rif sin apenas bajas y toma varias posiciones llegando a acuerdos con los cabecillas de las cábilas, ofreciéndoles dinero a cambio de su rendición y amistad. Todos confiaban en que pronto se alcanzaría la bahía de Alhucemas y el problema quedaría resuelto.

Error. La realidad era que el avance se había hecho sin organizar las líneas de suministros de víveres, ni levantar posiciones defensivas adecuadas para resistir al enemigo. Tan solo se construían pequeñas fortificaciones en los lugares elevados y aislados protegidos por sacos terreros y con el agua a mucha distancia. Eran los llamados “blocaos”, los cuales eran claramente insuficientes para contener a las cábilas, o clanes enemigos. Las tribus rifeñas se habían rendido y prometido amistad con los españoles, pero no estaban desarmados. El general Silvestre fue distribuyendo a sus fuerzas a lo largo de estas pequeñas fortificaciones a lo largo de los 130 kilómetros de la zona ocupada. Al estar aisladas, los soldados tenían que ir a buscar el agua hasta una distancia de varios kilómetros. La defensa de estos puntos era, pues, casi imposible. Además, durante el día hacía mucho calor y por la noche mucho frío. Pese a estas dificultades, el ejército español continuaba su avance.

Blocao
Blocao

En junio de 1921, el grueso del ejército español estaba en el campamento base instalado en la localidad de Annual, preparando el avance final sobre Alhucemas. El 7 de junio, se conquista la posición de Igueriben, uno de los más avanzados hasta el momento en el frente de Melilla, quedando defendida por los ya mencionados sacos terreros y alambre de espino, aislado y sin una vía de acceso adecuada, con el agua a más de cuatro kilómetros. Una situación que aprovechará el líder rifeño, Abd el-Krim para cercar la posición y aislar a la guarnición. Esta situación obliga a los españoles a racionar el agua hasta el límite. Tras agotar el agua, machacan patatas y las chupan. Cuando se agotan, se ven obligados a beber cualquier clase de líquido. Cualquiera, como veremos más adelante. Mientras, Abd el Krim logra concentrar en ese punto un contingente formado por entre 8 mil y 10 mil hombres, todos ellos armados.

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Aquel 21 de julio de 1921 el calor apretaba en la ciudad de Burgos. Pero los burgaleses soportan estoicamente la canícula esperando ver a los reyes. Por fin estos hacen acto de presencia. El Rey. Alfonso XIII, acompañado de su esposa, doña Victoria Eugenia llega con la procesión que traslada los restos del Cid Campeador desde el ayuntamiento hasta el mausoleo construido bajo el crucero de la catedral, dentro de los actos de conmemoración del VII centenario de la consagración de la catedral.

Ante la Puerta de Santa María, Alfonso XIII preside el desfile de las tropas con su uniforme de capitán general mientras a su lado la Reina va vestida toda de negro. La parada militar va acompañada por el vuelo de una escuadrilla de aviones que vuelan en perfecta formación. O no tan perfecta, porque uno de los aviones, al realizar una pirueta pierde el control y rompe la formación y se ve obligado a hacer un aterrizaje de emergencia. Los aviones, que tanta falta hacen en África, realizan unas cuantas pasadas más y regresan a su base de Madrid.

Terminada la parada militar, la comitiva entra en la catedral con los restos del Cid mientras el ruido las campanas de la catedral se mezcla con las salvas de artillería y los vítores y las aclamaciones a los reyes. Los restos del caudillo castellano quedan depositados en la cripta con la losa sepulcral. Posteriormente se celebra la misa de réquiem oficiada por el arzobispo de Valencia. Durante la misa, el obispo de Vitoria pronuncia la oración fúnebre exaltando la memoria del Cid y, en un momento dado, recuerda a los sucesores de su heroísmo, es decir, a los soldados que luchan en Marruecos contra el moro infiel, mientras Alfonso XIII se muestra circunspecto.

Tumba de Cid en Burgos

Tras la ceremonia, los reyes regresan a San Sebastián, donde se encuentran de vacaciones. Son las cinco de la tarde del 21 de julio. La misma hora y el mismo día en el que el general Silvestre ya no espera milagros en Annual. En Burgos, la muchedumbre despide a la comitiva real. En Igueriben, la radio permanece en silencio, mientras todos esperan la ayuda o la muerte.

Campamento de Igueriben
Campamento de Igueriben

Igueriben, situada a seis kilómetros de Annual, había sido ocupada por las tropas españolas el 7 de junio, dejando una guarnición compuesta de 350 hombres al mando del comandante Mingo del Regimiento de Infantería Ceriñola nº 42, a quien sustituiría posteriormente el comandante Julio Benítez, del mismo regimiento. Una vez tomada la posición se fortificó con sacos terreros y dos hileras de alambre de espino. Un lugar muy difícil de defender por su situación y muy fácil de atacar. De inmediato, los rifeños, comandados por Abd el Krim, empiezan a amenazar la posición y comienzan a atacar el 14 de junio. A los soldados españoles solo les queda racionar los víveres, especialmente el agua, y esperar ayuda.

El día 20, el comandante Benítez escribe angustiado al general Silvestre: “Tenemos muertos y heridos, carecemos de agua y de víveres y la gente se ve precisada a permanecer día y noche en el parapeto para tener a raya al adversario”. Silvestre le contesta: “Héroes de Igueriben, resistid unas horas más. Lo exige el buen nombre de España”. Benítez le responde: “Esta guarnición jura a su general que no se rendirá más que a la muerte”. El general Silvestre solicita la ayuda necesaria para libertar Igueribe, pero sin respuesta. A las 20 horas los rifeños lanzan un ataque masivo contra la fortificación. A las 22.35 horas, el general Silvestre envía un nuevo telegrama al general Berenguer solicitando barcos y aviones era un desesperado intento de salvar a sus hombres y evitar el desastre final. Mientras, los soldados españoles empiezan a caer bajo el fuego de los obuses y de las balas enemigas. No pueden defender pues sus ametralladoras se paran por el calor. Un obús caer en la enfermería y los cuerpos saltan despedazados llenando el ambiente de sangre y horror. Los rifeños cesan un instante su ataque y les ofrece la rendición, pero el silencio es la respuesta.

El comandante Julio Benítez arenga al centenar de hombres que quedan vivos en la guarnición y los prepara para morir con honor. Desde el día 17, la situación es desesperada. El calor es sofocante en aquel día de julio donde la única lluvia es la de los obuses que disparan los rifeños. Los soldados que caen heridos no pueden ser atendidos porque no hay médico ni medicinas.

El comandante Benítez había descrito al general Silvestre la situación que está viviendo en aquel enclave: “Es horrenda la sed; mis hombres se han bebido la tinta, la colonia, los orines mezclados con azúcar. Se echan arenilla en la boca para provocar en vano la salivación. Los hombres se meten desnudos en los hoyos que se hacen para aprovechar   la humedad. Se ahogan con el hedor de los cadáveres”. Silvestre, la única respuesta a las llamadas de socorro solo puede responder con llamadas al heroísmo.

Su último consejo ese día es pedir que resistan esa noche porque “mañana seréis salvados o quedaremos todos en el campo del honor”. La ayuda no llega y Benítez, con las primeras luces del día, se siente abandonado y a su suerte. Escribe al general lamentando que no acuda en su ayuda. El general Silvestre, indignado por las palabras de Benítez, y llevado por su acaloramiento quiere dirigirse como sea a Igueriben. Imprudentemente, ordena una columna de 3000 hombres dirigirse allí, dejando desguarnecida Annual. Una medida imprudente e inútil porque la columna es atacada y se producen 152 bajas en apenas 2 horas de combate, teniéndose que replegar y regresar. Desde Annual se ordena a Benítez que se rinda.

A las dos de la tarde, Benitez vuelve a escribir al general Silvestre para anunciarle la pronta evacuación de la plaza. Responde a Silvestre que “los oficiales de Igueriben mueren pero no se rinden”. No se plantea la rendición, a pesar de que ello podía suponer su salvación y la del resto de oficiales. Los rifeños solían dejar vivir a los oficiales para exigir un rescate por su liberación pero ejecutaban sin piedad a la tropa. Benítez quiere acompañar en su suerte a sus hombres. A las cuatro de la tarde y tras dirigirse a sus hombres, les entrega a cada uno veinte cartuchos y ordena la evacuación, con él al frente. No tardará en caer acribillado por las balas enemigas. Herido y moribundo, se pone en pie intentando continuar, pero un disparo en el corazón acaba con su vida. La carnicería es total. Del algo más del centenar, apenas una decena llegan vivos a Annual. Incluso alguno morirá allí al beber ansiosamente agua para saciar su sed.

Mientras, el Rey ha regresado desde Burgos a su palacio de San Sebastián. Esa noche contempla el estrellado cielo mientras la brisa del mar Cantábrico refresca la noche. En el Rif, esa noche la luna ilumina con su luz el campo lleno de cadáveres, mientras el ardiente viento transporta el olor a sangre y pólvora.

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Caído Igueriben, el siguiente objetivo de Abd el KrIm es Annual, donde empieza a concentrar a sus hombres. Annual es un campamento que se encuentra en unas condiciones precarias y muy difíciles de defender ante un enemigo como aquel, formado por entre 8.000 y 10.000 soldados perfectamente armados y dispuestos a todo. Frente a ellos, el general Silvestre posee unos 4.000 soldados, mal equipados, sin armamento suficiente y sin moral para enfrentarse al enemigo.

El campamento de Annual disponía, en aquel momento, de víveres para cuatro días y municiones para un día de combate, pero carecía de agua. El general Silvestre es consciente de la imposibilidad de defender la posición y, tras reunirse con sus oficiales, decide ordenar la evacuación del campamento para el día siguiente. Sin embargo, en la madrugada del día 22 de julio llega desde el Alto Comisariado de Tetuán un comunicado prometiendo la llegada de refuerzos desde Tetuán. Apenas llegado el alba, el general Silvestre vuelve a reunirse con sus oficiales. Dudan entre la espera a la llegada de los refuerzos prometidos o la evacuación inmediata de la guarnición. Y mientras lo deciden llegan malas noticias: no solo no llegan los refuerzos sino que, al contrario, se acercan a la guarnición alrededor de 6000 soldados rifeños.

Sitio de Annual
Sitio de Annual

Silvestre convoca un nuevo Consejo, el tercero en doce horas, planteando la retirada con las primeras luces del día, o resistencia hasta el final. Esta actitud demuestra la debilidad e inseguridad de un general incapaz de hacer valer su criterio y su experiencia. Los asistentes al consejo escuchan al general sin el menor entusiasmo. Silvestre estudia los rostros de sus oficiales mientras les habla. Ni un solo parpadeo. Cuantifica un cincuenta por ciento de bajas en caso de evacuar la guarnición, pero muchas menos si permanecen en ella. Los oficiales muestran angustia en su rostro. Silvestre les pregunta su opinión. Los oficiales dudan entre ambas opciones. Tajante y serio, el coronel Morales dice que ya es tarde para retirarse, lo que provoca la conmoción de los presentes. Alguien propone un pacto con Abd el-Krim. Silvestre no apoya la propuesta porque a estas alturas el líder rifeño no es obedecido por sus hombres. Finalmente, solo Morales apoya la idea de resistir allí. Silvestre calla: él tiene su propio final.

Acuerda volver a reunirse a las seis de la mañana para organizar la retirada. Primero evacuarán los heridos, seguidos de la artillería y cerrando la infantería. La evacuación se hará con total reserva, sin que los soldados ni los oficiales la conozcan.

Primo de Rivera (de pie), Alfonso XIII y el general Berenguer tras él
Primo de Rivera (de pie), Alfonso XIII y el general Berenguer tras él

Avanzada la madrugada, el general Berenguer, Alto Comisario de España en el Protectorado, a las 03.45 horas, envía un telegrama a a Silvestre solicitando más detalles sobre la situación existente en Annual. Más detalles, como si fuera necesario. El telegrama de Berenguer irrita, aún más si cabe, al Consejo de Annual. Tales refuerzos son ya insuficientes y tardíos y, además, ponen en peligro a los mismos. Una comunicación por radio anuncia la llegada de dos divisiones para ser enviadas inmediatamente. Pero el tiempo es esencial. Silvestre reacciona con determinación y dice al Consejo que asume la responsabilidad de ordenar la evacuación inmediatamente, respondiendo de su decisión él solo.

La retirada comienza a las 11 de la mañana, disponiendo todo el dispositivo para ello. Pero, para entonces, las rutas de evacuación ya están en manos de enemigos. La gran mayoría de los soldados y policías rifeños pertenecientes al ejército español que las defendían han desertado y se han pasado al enemigo, matando a sus oficiales españoles.

Así, cuando las tropas españolas abandonan el campamento de Annual, son atacadas. En ese momento comienza el caos y los oficiales pierden el control de la situación. Los españoles ante la confusión creada salen corriendo buscando ponerse a cubierto y abandonan los carros, el material y a los heridos. Aquella retirada supuestamente planificada se convierte en una desbandada general bajo el fuego de los hombres de Abd el Krim.

Solo se salvaron aquellos que consiguieron mantener la calma y lograron ponerse a cubierto ordenadamente con un número de bajas relativamente pequeño; pero, en su inmensa mayoría, los soldados salieron a la carrera y en completo desorden. El desastre pudo haber sido mayor si los Regulares no hubiesen ayudado a que los huidos pudieran atravesar el angosto paso de Izumar. En Annual, Silvestre no pudo escapar del campamento y murió sin que sus restos fueran jamás encontrados. Cuentan que, al ver el desastre, fue a su tienda de campaña y se suicidó con su propia arma.

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La evacuación ha sido caótica. Los soldados arrojaban sus fusiles, más preocupados por huir y salvar la vida que en defenderse. Los oficiales siguen el mismo camino hacia ninguna parte, algunos huyendo en sus propios coches. Y aunque Silvestre había prohibido sacar los equipajes, en esos vehículos se pueden ver las maletas. Los oficiales que permanecen en sus posiciones son avergonzados testigos de la huida de sus compañeros, sin que puedan explicársela a sus soldados. Los soldados corren dirigidos por el caos. No dudan en asesinar a quien se pone delante de ellos, aunque sea su oficial mientras otros permanecen en la guarnición, esperando su muerte con resignación.

La carnicería es espantosa sin que la policía rifeña ni los Regulares puedan evitarlo. Pero además, la policía empieza a disparar sobre los soldados españoles, llevando a cabo su venganza. El ejército se ha deshecho. Miles de hombres corriendo despavoridos, los cañones abandonados, algunos oficiales muertos por sus propios soldados, otros oficiales arrancándose las insignias y los galones para que no les delate su condición en caso de captura, mientras los rifeños les esperan y organiza la matanza de españoles. Buscan a los heridos, les acorralan, ignoran sus enloquecidas peticiones de clemencia, y les rematan. A muchos les cortan con saña sus genitales y se los meten en la boca. Cientos de mujeres rifeñas se suman a esta orgía de sangre para vengarse de los viejos agravios armadas con cuchillos, con palos y hasta con sus propias manos para rematar a los heridos. El apocalipsis.

Mientras, el general Silvestre ha permanecido en Annual en el inicio de la evacuación. Allí permanecerá aquel general más trastornado que equivocado, superado por su codicia y por los acontecimientos. Todos le había dejado solo. Más de 4000 soldados españoles han muerto en las apenas 4 horas que duró la batalla, a los que hay que sumar casi 500 prisioneros en poder de los rifeños.

Los que pudieron ponerse a salvo de aquel caos se dirigieron a Dar Drius, un asentamiento que disponía de agua y víveres y estaba bien fortificada. Iban protegidos por las tropas del general Navarro, segundo jefe de la Comandancia de Melilla. Al llegar al río Igan, fueron atacados por los soldados rifeños, lo que produjo otra desbandada de españoles. Fue entonces cuando acudió en ayuda de estos el regimiento al mando del general Fernando Primo de Rivera, hermano del dictador, quien ordenó a sus jinetes cargar contra los rifeños. Consiguió el objetivo de salvar a muchos de los soldados que escapaban del infierno, pero a un precio demasiado grande, al perder el 80% de sus hombres. El general sería condecorado por esta acción con la Cruz Laureada de San Fernando, la máxima condecoración militar española, y en 2012 el Consejo de Ministros concedió la Laureada Colectiva a su Regimiento.

Finalmente, tras seis días de agotadora marcha, los hombres del general Navarro llegaron al campamento de Monte Arruit, una posición más difícil de defender pero más fácil de socorrer que Dar-Drius. Pero pronto Monte Arruit fue también cercado, y cortados sus suministros. La caída de Nador el 2 de agosto caian Nador y Zeluán sentenciaron la suerte de Arruit. Ambas se rindieron y corrieron suerte distinta. Mientras en Nador se respetó a los supervivientes, en Zeluán, rendida el 3 de agosto, todos los supervivientes fueron pasados por las armas y los oficiales quemados vivos.

Monte Arruit
Monte Arruit

Navarro, tras la experiencia de Annual, desistió de intentar una huida desesperada hacia  Melilla, negándose a abandonar a sus heridos. La desmoralización era total en el asentamiento. El agua ya escaseaba y tan solo quedaban dos bloques de hielo que habían dejado caer la aviación. El general Primo de Rivera moría el 5 de agosto debido a las heridas que una granada enemiga le había producido unos días antes. Finalmente, el 9 de agosto, el general Berenguer autorizaba la rendición de la plaza. Se pactaba con los rifeños la entrega de las armas a cambio de respetar la vida de los soldados. Una vez aceptadas las condiciones por los hombres de Abd el-Krim, los españoles salieron de la posición y amontonaron sus armas. Los heridos y enfermos comenzaron a alinearse en la puerta del fuerte, preparándose para la evacuación. Pero cuando se dio la orden de partir, los rifeños atacaron a los indefensos españoles, degollando a casi todos. Los datos son demoledores: solo 60 soldados españoles de los 3.000 que estaban allí asentados sobrevivieron, entre ellos el general Navarro. Los cadáveres quedaron insepultos hasta la reconquista de la posición varios meses después. Los musulmanes se ensañaron con los cadáveres de los españoles. Querían demostrar que su crueldad y fiereza llegaba hasta más allá del límite humano. Muchos supervivientes murieron de forma atroz, a algunos les secaron las tripas y los ahorcaron con sus mismos intestinos, a otros les sacaron los ojos, a otros les cortaron los genitales y les obligaron a comérselos, a les mutilaban sus miembros o les arrancaban la cabellera. Los más afortunados fueron ejecutados o decapitados al instante. En el desierto de Marruecos, los cadáveres de casi 20.000 soldados españoles quedaron como mudos testigos del horror de aquellos días.

La derrota española provocó que todos soldados marroquíes que formaban parte del ejército español se unieran al ejército de Abd el-Krim. Todos con un objetivo común: la muerte de los soldados cristianos, los soldados españoles que se dirigían, literalmente en desbandada, hacia Melilla, situada a 40 kilómetros de distancia. Todos iban corriendo la misma suerte que la de los supervivientes de las plazas perdidas.

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El ardiente viento del desierto abrasaba las duras facciones de Abd el Krim mientras contemplaba aquel campo de cadáveres. Abominaba aquel sadismo que utilizaban los que se habían unido a su causa contra los españoles. Había cobrado su venganza contra aquellos que un día le traicionaron a él. Consideraba que aquella guerra había sido justa, pero no aprobaba la venganza de sus compatriotas. No lo aprobaba pero no haría nada por evitarlo. Aquel caballo desbocado por el odio no era posible dominarlo. A pesar de que algunos que ahora se enseñaban con los indefensos cadáveres de los españoles habían sido colaboradores de ellos hasta hace apenas unos días. Como él. Él se consideraba, por encima de todo, un rifeño de pura cepa. Un bereber, hijo de uno de los más importantes cadíes de su tribu, lo que no había sido obstáculo para trabajar al servicio de los españoles desde que pudo, hasta el punto de ser considerado por los españoles como un buen amigo y contar con su confianza.

Abd el Krim
Abd el Krim

Abd el-Krim había cursado estudios superiores en Tetuán con profesores españoles y había trabajado como periodista en lengua árabe y como secretario para la Oficina de Informaciones Políticas. Había sido un funcionario español en toda regla y así hubiera continuado de no ser porque durante la Primera Guerra Mundial había sido acusado por los franceses como espía alemán, siendo encarcelado en la prisión de Rostrogordo, a instancias de las autoridades francesas. Allí pasará once meses conspirando su venganza contra los españoles. En el año 1917, regresa a Melilla, pero se niega ya a colaborar con las autoridades españolas. Ya no considera a España como necesaria en una región inhóspita que necesita ayuda de la metrópoli. Sueña con un estado rifeño. Vuelve a su tierra y cuando muere su padre, Abd el-Krim se convierte en el líder de su pueblo y en uno de los cabecillas del movimiento de resistencia contra la dominación extranjera.

A comienzos del año 1921, Abd el-Krim declara la guerra contra las potencias colonizadoras de España y Francia y también contra el sultán marroquí, al que acusa públicamente de ser un colaborador de ellos. Tras conseguir el apoyo de las cabilas rifeñas, las tropas de Abd el-Krim atacan las posesiones francesas en el sur y las españolas en el norte, infligiendo a ambos ejércitos continuas derrotas. Su triunfo en la batalla de Annual, el 23 de julio del año 1921, le convierte en un líder indiscutido entre los rifeños. Es entonces cuando, de manera unilateral, anuncia la creación de la República del Rif, a la que declaró independiente del reino de Marruecos, lo que provoca una alianza militar entre España y Francia, muy preocupadas por el cariz que están tomando los acontecimientos.

La consecuencia de todo ello será el Desembarco de Alhucemas el 8 de septiembre de 1925, en el que unos 40 navíos al mando del mariscal Henri Philippe Pétain, por parte francesa, y del general Sanjurjo, por la española, consiguieron frenar los avances del líder rifeño y cambiar el curso de la guerra. Abd el-Krim, superado por los acontecimientos, ofrece a ambas potencias un tratado de paz cuyas condiciones fueron rechazadas por españoles y franceses. La caída de Axdir, cuartel general de Abd el-Krim, por parte de las tropas de Petain, es el golpe de gracia contra las aspiraciones del líder rifeño. A punto de ser capturado por los españoles, el 22 de mayo del año 1926 Abd el-Krim decide entregarse a los franceses después de mandar asesinar a todos los prisioneros españoles, sabedor que los españoles tienen muchas cuentas pendientes con él, por su crueldad extrema.

Pero Abd el-Krim también se equivocará en este punto y los franceses no serán menos crueles con él que los españoles. Tras el juicio sumarísimo contra él, y con el acuerdo de España, es condenado al destierro en la isla de Reunión, en el océano Índico, frente a Madagascar. Después, durante la Segunda Guerra Mundial, su hijo primogénito es conducido a Alemania dentro del proyecto del Hitler de revitalizar la República del Rif, e incluirla en el III Reich como base de operaciones para controlar el sur de Europa y frenar el avance de los aliados, los cuales pretendían desembarcar en la costa atlántica marroquí.

En el año 1947, Abd el-Krim es autorizado por las autoridades francesas para trasladarse a la Costa Azul por motivos de salud. Cuando el barco que le transporta navega cercano a la costa de Egipto, salta del barco y consigue llegar a tierra, donde solicita asilo al rey Faruk, siéndole concedido. Desde aquí se convierte en uno de los líderes del movimiento independentista del norte de África tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Tras su muerte en El Cairo, en el año 1963, el rey alauita Hassán II permitió que sus restos reposaran el Rif.

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En aquella España que había finalizado el siglo XIX con la pérdida de las colonias del Caribe y Filipinas, la derrota del norte de África era una nueva bofetada de la historia. La imagen del ejército español había quedado muy deteriorada, tanto a nivel internacional como nacional. El inicio del siglo XX se iniciaba con la agudización de la crisis, económica, política y social. El 13 de agosto de 1921 Antonio Maura se veía obligado a formar su segundo gobierno nacional, situando a un civil, Juan de la Cierva en el Ministerio de la Guerra. Tras la derrota en ultramar, era cuestión de tiempo que al otro lado del estrecho se produjeran rebeliones locales que amenazaran lo que quedaba del colonialismo español. Y se produjeron con los resultados ya conocidos.

Tras Annual, era urgente una respuesta contra las aspiraciones del líder rifeño, Abd el-Krim, sobre todo por la humillación sufrida y el sadismo empleado contra los soldados españoles. Era necesario un acto de venganza. Así, se organizó un ejército de aproximadamente unos 160.000 hombres, dirigida por los generales Berenguer, Cavalcanti y Sanjurjo que debían cruzar el estrecho inmediatamente. Desde Melilla se iniciaron las primeras acciones de reconquista que permitieran recuperar parte del territorio perdido y garantizar la seguridad de la aún plaza española, amenazada por el ejército rifeño.

Desde mediados de septiembre de 1921, hasta principios de enero de 1922, se recuperaba Dar Drius, Nador, Zeluan y Monte Arruit. Fue en Monte Arruit donde las tropas españolas pudieron contemplar horrorizadas la dimensión de la matanza contra sus compañeros poco más de un año antes, al encontrarse aún los cadáveres desperdigados insepultos. Ahora el ejército español contaba con una fuerza aérea formada por unos 200 aviones adquiridos rápidamente. Además, existían contactos diplomáticos al más alto nivel con Gran Bretaña y Francia para conseguir de esos países material naval y carros de combate para utilizarse en Marruecos. La alianza militar con Francia era esencial para España.

Alfonso XIII y Primo de Rivera
Alfonso XIII y Primo de Rivera

Por si esta fuera poco, la influencia y poder del ejército llegó a su nivel más alto cuando el 13 de septiembre de 1923 el general Miguel Primo de Rivera da un golpe de Estado, respaldado por el rey Alfonso XIII. Un golpe militar justificado por la necesidad de dar fin a la política parlamentaria y al régimen de corrupción de la clase política, pero también para ocultar las responsabilidades derivadas de la guerra del Rif. En su manifiesto los golpistas quería: “Libertar a España de los profesionales de la política, de las desdichas e inmoralidades que empezaron en el año 98 y amenazan a España con un fin próximo, trágico y deshonroso…”. Estaba claro que esta acción militar evitaría depurar las responsabilidades de los culpables del Desastre de Annual, donde varios oficiales del ejército estaban acusados por ello y ocultar el dictamen de la Comisión del Congreso nombrada para ese fin.

Fruto de esa Comisión había sido el llamado “Expediente Picasso”. En el mismo se demostraba que la corrupción y desorganización pudría las estructuras del ejército a todos los niveles. Esta corrupción y lo acontecido en el norte de África había sido el caldo de cultivo para la rebelión rifeña y había provocado la sangrienta y dolorosa derrota. La Comisión, que ya había concluido su trabajo, tenía que publicarla el 20 de septiembre, una semana después del levantamiento militar. No era casual, sobre todo si tenemos en cuenta que el nuevo gobierno militar publicaba inmediatamente una amplia amnistía para los implicados en la derrota de Annual.

Ahora, el general Primo de Rivera prometía acabar con la guerra de África en breve tiempo. Pero la cosa no era tan sencilla. Abd-el-Krim se había convertido en el señor absoluto de su República del Rif y la retirada de los españoles le había convertido en un líder indiscutible. Y de no haber sido por el error de continuar la guerra en el sur de África contra los franceses, el principal argumento de Primo de Rivera para dar el golpe de estado se habría venido abajo como un castillo de naipes. Abd el-Krim había conseguido él solito lo que la historia no pudo: unir los intereses de Francia y España y propiciar una alianza militar entre ambos países contra el enemigo común: él mismo.

En 1925, Abd-el-Krim ataca las líneas francesas y estos sufrieron varias derrotas que presagiaban un final similar al español, lo que obliga a Francia a pactar con España para acabar con el problema que Abd-el-Krim estaba generando en ambos Protectorados. Ambos países se reúnen en Algeciras el 22 de junio de 1925 y acuerdan desarrollar una ofensiva conjunta en el Rif. La reunión está presidida por el futuro dictador, Miguel Primo de Rivera, y el Mariscal Petain. Aquel acuerdo permitía a Primo de Rivera cumplir su promesa de acabar con la guerra de África de manera rápida y victoriosa.

Ya el 30 de abril del año 1925, el general Primo de Rivera había estado estudiando un plan de operaciones que preveía un desembarco en la Bahía de Alhucemas, similar al planificado por el general Silvestre, uno de los señalados en el Expediente Picasso. Un plan que precisaba de los medios navales y aéreos necesarios para que tuviera éxito. Ahora, con la colaboración francesa, el plan era factible y con el éxito prácticamente asegurado. En este desembarco se contó con un total de 162 aviones. Las fuerzas navales españolas contaban con 190 piezas de artillería, de las cuales 30 eran de gran calibre, a las que había que añadir otras 24 con las que contaba el islote de Alhucemas para apoyar la operación anfibia. Pocos días antes de la fecha fijada para el desembarco hubo un encuentro entre militares franceses y españoles para planificar la operación. Finalmente se acordó la fecha, 7 de septiembre; y la hora, a las 04.00 horas.

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La operación fue encomendada bajo el mando supremo del general Sanjurjo por parte española y del general Petain por parte francesa. Durante los últimos días de agosto se organizaron en las bases navales de Ceuta y Melilla las operaciones de avituallamiento de las unidades que deberían entrar en combate. El día 5 de septiembre, al atardecer, comenzaron a embarcar tropas españolas que, partiendo desde Ceuta aquella misma tarde, hicieron una maniobra de despiste para hacer creer a los rifeños que el desembarco iba a producirse cerca de Uad Lau, mientras otra pequeña escuadra, esta vez procedente de Melilla, realizaba al mismo tiempo maniobras de castigo y distracción en Sidi Dris. Mientras, las fuerzas navales se concentraban frente a Alhucemas la noche del 6 de septiembre. Las fuertes corrientes marinas contrarias obligaron a retrasar la acción militar. El alto mando español decidió entonces atacar la mañana del día 8, a plena luz del día. Desde las ocho de la mañana se empiezaron a concentrar en el lugar del desembarco el fuego de la artillería mientras las escuadrillas de aviones sobrevolaban el área bombardeando el objetivo. Poco antes del mediodía las barcazas de desembarco comienzan su asalto, sin bien las corrientes evitaron que se pudieran acercar hasta la playa, obligando a los soldados a avanzar con el agua hasta el cuello, muriendo algunos ahogados. Los rífeños se defendían desde la costa con el armamento y munición capturada a los españoles tras el Desastre de Annual.

Finalmente, unos 10.000 hombres consiguieron llegar a la playa gracias a la acción de los aviones. Los Legionarios del general Franco y los Regulares del general Muñoz Grandes consiguen conquistar el objetivo y la ocupación de Alhucemas acabando con toda resistencia rifeña al caer la tarde, quedando el frente estabilizado definitivamente. Por la noche se produce un nuevo desembarco de tropas que llegan a tierra para proteger los flancos de un eventual contraataque por parte de las tropas de Abd-el-Krim. Al día siguiente nuevas tropas llegan a fortificar las posiciones tomadas. El desembarco, en resumen, ha sido un éxito decisivo para acabar con Abd el Krim y concluir la guerra del Rif.

España había cobrado su venganza del Desastre de Annual

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No cabe duda que aquella victoria militar del general Primo de Rivera era un espaldarazo a su golpe de Estado iniciado dos años antes. Un régimen dictatorial que logró mantenerse dos años más, hasta inicios de 1930. El éxito de Alhucemas recuperaba parte del prestigio del ejército y acallaba las voces que querían conocer el expediente Picasso.

Unas voces que pedían explicaciones sobre cómo había sido posible que el ejército español hubiera sufrido una humillante derrota, pese a estar mejor preparado y equipado, al menos en teoría. Además, el odio demostrado por los rifeños y la saña con la que se habían empleado con los soldados españoles había provocado un escándalo en toda regla. Por si fuera poco, los rumores sobre la corrupción existente entre los mandos militares en África habían exigido una respuesta. O por mejor decir, exigían muchas respuestas a las muchas preguntas que todos se hacían. Ahora, Alhucemas era una cortina de humo para ocultar todo. Era la respuesta militar.

El general Picasso
El general Picasso

La respuesta política se iniciaba el 4 de agosto de 1921, cuando el ministro de la Guerra, el vizconde de Eza, nombra al general Juan Picasso para que realice un expediente sobre los hechos ocurridos, siendo presidente del gobierno Manuel Allendesalazar. La crisis desatada era de tal envergadura que diez días más tarde Allendesalazar tiene que dimitir el 14 de agosto, siendo encargado de formar Gobierno Antonio Maura, quien nombró a Juan de la Cierva como ministro de la Guerra. Durante estos días, el general Picasso ya estaba en Melilla y apenas un día después de la dimisión de Allendesalazar envía al general Berenguer un documento analizando la actuación del general Silvestre en Annual. Berenguer traslada este escrito al ministro de la Guerra el 20 de agosto, si bien le informa que el expediente puede contener información reservada y afectar a altos mandos del ejército, entre ellos él mismo. Por ello se dicta un nuevo Decreto, de 24 de agosto, limitando las investigaciones de Picasso a jefes, oficiales y tropa para depurar aquellas responsabilidades relacionadas con el cumplimiento de las obligaciones militares. El general Picasso responde al ministro mostrando su desacuerdo con ese decreto, manifestando que se debía investigar sin exceptuar a nadie, incluidas las más altas instancias del ejército pues consideraba que lo sucedido era mucho más que errores estratégicos durante la guerra. Pone a disposición del ministro su cargo, pero no es aceptada, por lo que regresa a Melilla y continúa sus investigaciones. Allí, interroga y toma declaración, uno a uno, a todos los soldados que participaron en Annual. El 23 de enero de 1922, tras nueve meses de trabajo, el general Picasso regresa a Madrid con un abultado expediente de casi 2.500 folios. El 18 de abril el entrega el expediente y sus conclusiones redactadas por él mismo al Congreso.

Este expediente llega al Consejo Supremo de Guerra y Marina y este se lo pasa al fiscal militar, quien lo devuelve al Consejo tras encontrar indicios de responsabilidades penales que es preciso ratificar y subsanar. El 6 de julio, el Consejo Militar remite el expediente del general Picasso, así como el informe del fiscal al ministro de la Guerra. Es en este momento cuando se acuerda formar una Comisión parlamentaria y el 3 de noviembre de 1922 el ministro remite al Presidente del Congreso de los Diputados una relación de testimonios deducidos del expediente y una serie de documentos considerados de interés. Alguno de los contenidos en el expediente es filtrado a la prensa, lo que provoca un escándalo entre la opinión pública y enfrentamientos entre la clase política. El 10 de julio de 1923 se constituye una Segunda Comisión de Responsabilidades, formada por 21 diputados, que debía emitir una resolución en veintiún días. El 7 de agosto el general Berenguer es llamado a declarar ante la Comisión, pero su condición de diputado le blindaba de cualquier acción contra él y se niega a declarar. El escándalo implica al propio Rey por su pasividad y silencio ante lo que se está conociendo sobre el desastre, lo que provoca el enfrentamiento entre los diputados radicales y monárquicos, que veían en esta Comisión un intento de socavar la credibilidad del Rey. La Comisión convocará el Pleno del Congreso el 1 de octubre para debatir sobre el tema. Un Pleno que, sin embargo, nunca se celebrará.

Como hemos visto, el 13 de septiembre de 1923 el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, da un golpe de estado y disuelve las Cámaras, todo ello con el visto bueno del rey. Antes de que el expediente sea confiscado para su destrucción, Mateo Sagasta lo oculta para ponerlo a salvo de Primo de Rivera, sospechando su deseo de confiscarlo. Con la llegada de la II República es recuperado el expediente, si bien este no se encuentra completo, aunque si el informe de acusación del fiscal militar.

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En sus conclusiones, el Expediente Picasso califica de negligente la actuación de los generales Berenguer, Comandante del Alto Comisariado de Melilla y Navarro, como Segundo Jefe de la misma, y califica de temeraria la del general Silvestre: “Yo acuso de negligencia al general Berenguer, de temerario al general Silvestre y de incompetencia al general Felipe Navarro por sus responsabilidades en las funciones, respectivamente, de Alto comisario de España en Marruecos, comandante general de Melilla y segundo jefe de Melilla, durante una serie de acciones militares en el Rif previas y durante el abandono de la posición de Annual y la posterior y penosa retirada y rendición del fuerte de Monte Arruit, entre finales de julio y principios de agosto de 1921, en el que murieron alrededor de 12.000 hombre”. El párrafo resume la conclusión más esencial: el desastre de Annual se debió a la negligencia e irresponsabilidad del alto mando.

Si bien el documento del general Picasso no lo menciona, una de las actuaciones más controvertidas del Desastre de Annual fue la del rey Alfonso XIII, quien mantuvo un silencio cómplice y una pasividad impropia de un Jefe de Estado. Además, su apoyo, por acción u omisión, al golpe de estado de Primo de Rivera era una prueba más de su escasa voluntad de apoyar la democracia parlamentaria, con todos sus defectos, y ocultar lo sucedido en África, con todos sus errores. Afortunadamente para el rey, el general Silvestre, que tenía una estrecha amistad con él, no pudo ser juzgado porque murió en Annual, según dicen, suicidándose con un disparo de su misma pistola. Silvestre era además uno de los militares que apoyaban el golpe de Primo de Rivera y su declaración podía ser muy perjudicial para Alfonso XIII.

El general Juan Picasso, a pesar de las dificultades que tuvo para investigar, ya que recordemos que el general Berenguer le limitó la investigación a jefes y oficiales de las guarniciones africanas y le prohibió que la misma se extendiera al Estado Mayor, hizo un exhaustivo informe, trasladándose a Melilla en 1921 con el fin de obtener toda la información posible sobre las actuación de los mandos del ejército, así como toda la documentación existente: órdenes de mando, telegramas, comunicados, etc., y las declaraciones de todos los testigos que pudo encontrar.

Como se dice algo más arriba, lo más destacable de su informe fue la irresponsabilidad y temeridad del general Silvestre en la guerra. Un general obsesionado por conseguir éxitos militares a cualquier precio y que minusvaloró, tanto al enemigo rifeño como sus consecuencias. No dudó en exponer a sus hombres a lo que fuera por su delirante intención de alcanzar la bahía de Alhucemas con las fuerzas de las que disponía, programado para el día de Santiago, como si de un acto festivo fuera. Pero esta peligrosa osadía no era el único error cometido en esos días. El general Picasso apuntaba a lo más alto y en su informe demostraba que el general Berenguer era cómplice de esta situación, como Alto Comisario del Protectorado de Marruecos. Ya hemos visto que el 18 de abril de 1922 se entrega al Congreso de los Diputados el expediente con un informe final redactado por él mismo general Picasso, un documento que constituía un total de 2.417 folios y que presentaría ante el Ministerio de la Guerra. Un informe del que solo se conocería 300 folios por las circunstancias que ocurrieron posteriormente.

A pesar de ello, lo poco que transcendió del informe del general Picasso fue suficiente para que en España se tuviera conciencia de la ausencia de gobernación en el país y en la dirección de sus ejércitos, y que solo unos pocos diputados y mandos militares intentaban dignificar ambas instituciones. La desaparición o destrucción de documentos sobre lo sucedido en Marruecos en los archivos españoles era el intento de que no se conociera lo sucedido de manera objetiva y oficial. Si se conservaron las transcripciones completas de las conversaciones, por vía telegráfica, entre Berenguer y el ministro de la Guerra, el Vizconde de Eza. Junto a estas se conservaron también las conversaciones entre el general Berenguer y el ministro La Cierva y todo el archivo personal del general Picasso y las Actas del Congreso. Estos documentos junto con el escaso material correspondiente al Expediente Picasso y los escritos del fiscal militar permitieron reconstruir los hechos.

En 1900, el ejército español era inmenso pero muy desorganizado. Sus números lo dicen todo: 529 generales, casi 24.000 oficiales para poco más de 110.000 soldados, es decir, un oficial para cuatro soldados y un general para algo más de 200 soldados. Así, existían regimientos con seis generales. El ejército español era, por lo tanto, un ejército de oficiales, pero sin soldados. Después de Annual, la proporción quedó en un oficial por cada 17 soldados, algo más razonable. Como consecuencia de ello, casi la mitad del Presupuesto del Estado para gastos militares iba destinado a sueldos, en detrimento de la debida renovación del armamento, muy obsoleto por entonces.

Un ejército humillado en Cuba y Filipinas que veía en el Rif la oportunidad de redimirse por las derrotas sufridas unos años antes. Luchar contra los marroquíes, en su territorio, su ambiente y sus hombres se entendía como una penitencia por la derrota en ultramar, que aún seguía presente en la conciencia de los españoles. Aquellos jefes y oficiales que habían combatido en Cuba y Filipinas eran destinados ahora a África como una oportunidad de redimirse y recuperar el honor perdido, las medallas y el ascenso. Tras cruzar el océano derrotados, cruzar ahora el estrecho de Gibraltar era como una marcha triunfal hacia la victoria segura. El espíritu de Pizarro, de Cortés y de tantos otros que viajaron allende las tierras acompañaban a las tropas españolas hacia un objetivo que, en realidad, era una trampa, un sueño imposible.

El rey Alfonso XIII alentó estas campañas y empeñó su prestigio, no mucho por otro lado, en la guerra colonial del Rif. Desde el Palacio Real de Madrid, el Rey abanderó a un ejército que no era ejército, mientras los españoles carecían de una política de Estado y se le obligaba a participar en una guerra sin sentido.

El clima político existente en España recomendaba la necesidad de ocupar el Rif sin sangre y en el menor tiempo posible. La estrategia parecía simple: un oficial español se ponía en contacto con el jefe de la cábila rifeña y se le ofrecía dinero a cambio de su colaboración. Además, se establecía un puesto español en su territorio para labores de vigilancia y control de la zona. Se formaba un contingente de hombres que pasaban a pertenecer al ejército español. En caso de conflicto, los locales se enfrentaban a los enemigos y los soldados españoles aseguraban posteriormente la posición. Así todos quedaban satisfechos: los españoles lograban éxitos militares y los rifeños recibían su dinero.

En julio de 1914, los españoles empezaron a establecer sus colonias en el Rif. Entonces el objetivo era aprovechar los recursos mineros y naturales de la zona. Para ello la Compañía de Colonización y la Compañía Minera del Rif compraron miles de hectáreas. Las minas del Rif se consolidaron como un coto de la oligarquía financiera madrileña, catalana y vasca, estando formados sus Consejos de Administración por los Güell, Figueroa, etc. La actividad de ambas estaba protegida por el ejército. Se construyeron carreteras, un ferrocarril y se habilitó el puerto de Melilla para facilitar el transporte del mineral. Los españoles no entendían y se oponían a que se reclutaran soldados para proteger intereses privados.

De esa forma, empezaron a llegar colonos, la mayoría de origen español pero que vivían en la zona de influencia francesa y querían evitar la movilización militar de la Primera Guerra Mundial. El problema para estos colonos era que salían para evitar un infierno y meterse en otro. Porque las compañía españolas hacían honor a su nombre y tenían un objetivo primordial, la especulación, a un precio muy caro, y explotación, a un precio muy barato y en unas condiciones de trabajo alienantes. Tal es así que muchos colonos volvieron a sus lugares de origen. Eso les salvaría la vida.

Aquellas tierras se compraron a un precio irrisorio aprovechando la debilidad de los dueños de las tierras. Los beneficios de los recursos no revirtieron en el territorio, ni en sus habitantes. Más bien al contrario, los lugareños que eran contratados un salario muy inferior al de los españoles, ya de por si bajo. Aquel era el caldo de cultivo para que los rifeños empezaran ver en los españoles como sus enemigos y la semilla del odio fue germinando en los campos del Rif.

Pero no solo la miseria sería el precio a recibir por los rifeños. Sus mujeres se veían obligadas a prostituirse para conseguir algo de dinero de los colonos o, en el peor de los casos, eran violadas. Las gentes de las cábilas se quedaron sin nada. Solo esperar que el ardiente viento trajera consigo la venganza. Años después ese viento de odio provocó que esos mismos campesinos asesinaran a los colonos, violaran a sus mujeres, y fusilaran sin piedad a quien se pusiera a tiro de su fusil, sin más leyes que la de la guerra. Más de 2.500 colonos fueron asesinados en apenas quince minutos en Monte Arruit aquel fatídico 9 de agosto de 1921. Durante años, odio contra lo español fue creciendo en el corazón del Rif y se convirtió en otra de las causas del desastre.

Evidentemente, estas circunstancias no fueron tenidas en cuenta en la guerra del Rif por aquellos generales incapaces de ver el escenario que les esperaba. Como demostraría el general Picasso, el general Silvestre desoía los consejos de algunos de sus colaboradores sobre lo inapropiado de llevar a cabo un ataque sin los medios adecuados. El 10 de marzo de 1921, el general Silvestre comunicaba al general Berenguer su plan. En realidad le da lo mismo tener o no el permiso de su superior: contaba con el de su amigo, el Rey, que sí lo conoce, según el propio general presumía. Un plan que, en realidad, nadie conocía en sus aspectos puntuales. El informe Picasso incidió en este sentido, al acusar al general Silvestre de no planificar bien su avance y de grandes errores estratégicos, movido únicamente por su deseo de conquista al precio que fuera. La gloria o la muerte. Llega un momento en el que Silvestre no quiere conquistar Alhucemas: quiera conquistar el mundo. Como Carlomagno. Pero el gran ejército de Carlomagno cayó derrotado en el desfiladero de Roncesvalles.

Así las cosas, el general Silvestre se empieza a mover en dirección a Alhucemas sin tener encuentra todas las circunstancias descritas, con un ejército insuficiente y nada preparado y todas las cábilas armadas y siguiendo sus pasos, esperando su venganza. Para la ofensiva que pretende necesitaría un ejército de, como mínimo, 60.000 hombres, con su armamento correspondiente y protegido por la aviación. Él tan solo cuenta con 12.000 hombres, que además están dispersos. Y sin preparación. Y desmoralizados. Y con armamento obsoleto. Pero Silvestre cree que él puede ganar al Rif sólo con la buena estrella que siempre le ha acompañado.

Pero la buena estrella no será suficiente. La situación en el Rif no es la que cree Silvestre, convencido en que los jefes de las cábilas no se atreverán a atacarle. Otro error más.

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Otros de los capítulos interesantes de lo que se fue conociendo en relación a la colonización española del Rif está relacionado con el nivel de corrupción existente en el ejército colonial español, algo que acentuará en su informe el general Picasso, como veremos más adelante. En el Rif, un grupo reducido de militares quiso convertir Marruecos en su particular El Dorado. Uno de los ejemplos más significativos se encontraba en el Parque Larache, donde existía una auténtica trama corrupta que afectaba a mandos y soldados del ejército español.

Con un presupuesto anual de quince millones de pesetas anuales, las cantidades defraudadas alcanzaban unas trescientas mil pesetas, lo que da una idea de la dimensión del problema. El capitán de Intendencia, con un sueldo mensual de seiscientas pesetas al mes, hacía gala de un nivel de vida muy por encima de sus posibilidades. Y aunque todo el mundo conocía la causa de ello, nadie lo denunciaba, Pero no era el único. Se compraban suministros al doble de su precio normal, o se contrataban y pagaban, pero nunca llegaban. Se obligaba a los proveedores a facturar el doble de lo que se entregaba. Una corrupción alcanzaba a todo el mando y a algunos oficiales.

Así, mientras el general Silvestre permanecía en Annual preparando su camino hacia Alhucemas, el capitán Jordán se autoconcedía un permiso de dos meses por enfermedad. Durante ese tiempo vivió en Ronda, donde tenía una finca valorada en varios millones de pesetas. A su regreso a Larache solicitó los sueldos atrasados, pero se lo negaron. Jordán decidió entonces apropiarse del dinero correspondiente a los alimentos de la tropa y de los animales, algo más de un millón de pesetas, negándose a repartirlo con los demás. No tenía miedo a que le denunciasen porque el silencio era el principal cómplice de todo. Pero se equivocó: sus compañeros sí le denunciaron. Y él rompió la ley del silencio y contó toda la trama. Y todos fueron encausados y condenados. El propio Jordán, a veinte años de prisión.

Pero la corrupción no era exclusiva de Larache, como tampoco era exclusiva de los mandos del ejército. La tropa, que veía como sus jefes robaban impunemente, lo hacía de una manera más simple, y más peligrosa. Vendían sus armas y cartuchos a los rifeños. Y como estos entendían de armas, compraban las más modernas, quedándose los españoles con las más antiguas. La dimensión de esto es que los rebeldes rifeños llevaban todos armas y municiones españolas que utilizaron posteriormente.

A 30 de junio de 1921 el ejército del general Silvestre contaba con 360 jefes y oficiales para 9.300 soldados, al que había que añadir casi 3.000 animales de caballería. A punto de iniciarse la ofensiva en el mes de julio, existen 600 jefes y oficiales, algo más de 16.000 soldados y 3.500 animales, repartidos en las 144 posiciones o blocaos. Era curioso, en relación al número de animales, la inexistencia de un número exacto de ellos, llegándose a calcular, en algunos casos, la existencia de más de 5.000, entre caballos, mulos y acémilas. Esta diferencia se debía al alto nivel de mortandad, cosa que, en principio, puede parecer normal. Lo que no es tan normal es que a finales de mes existiera un alto índice de mortalidad animal. Esta curiosa epidemia podía deberse a que se justificaba el gasto del pienso mensual.

La realidad de todo esto es que el ejército con el que pretendía el general Silvestre conquistar el Rif era un ejército corrupto, sin disciplina y desmotivado. El resultado fue el pánico y la desbandada que provocaron el desastre. Cuando se ordena la evacuación de Annual, unos oficiales permanecieron junto a su general mientras otros corrieron cobardemente, mientras los soldados no sabían a quién seguir, o les daba lo mismo.

Silvestre parecía no conocer, o más bien obviarlo, el ejército que tenía a sus órdenes. A pesar de que el problema no era nuevo y venía desde el principio mismo, cuando en la Conferencia de Algeciras, celebrada en 1906, España y Francia se repartían Marruecos, correspondiendo a estos el sur y a España la franja norte: el Rif. Ya por entonces se iniciaron los primeros enfrentamientos con las cábilas rifeñas. Ya por entonces el ejército español estaba muy mal equipado, con armamento procedente de la guerra de Cuba y Filipinas, en muy mal estado. La consecuencia de ello fue la derrota española en el llamado Barranco del Lobo el 27 de julio de 1909, una derrota especialmente sensible para una España aún no recuperada de la pérdida de Cuba y Filipinas apenas unos años antes y que había puesto toda su estrategia colonial en afianzar las plazas africanas. Una derrota que, además, causaba indignación en la opinión pública ya que dos semanas de esta fecha, el gobierno, presidido por Antonio Maura, había decretado la movilización de reservistas para enviarlos a África para proteger la construcción del ferrocarril que tenía que transportar el mineral hasta Melilla. Esta movilización afectaba a muchos padres de familia obligados a ir a la guerra que no podían pagar los 6000 reales necesarios para quedar exento. Una cantidad al alcance de pocos trabajadores, teniendo en cuenta que el sueldo diario de un trabajador era, en aquella época, de 10 reales. Esta orden de movilización provocó muchas protestas en contra de una guerra cuyo objetivo era, en aquel momento, la protección de los intereses privados de las compañías de explotación de los recursos del Rif mencionadas antes. En Madrid y Zaragoza se produjeron incidentes en la estación de tren durante el embarque de las tropas, aunque fue en Barcelona donde se produjeron los más graves, en la denominada Semana Trágica, con un balance de 78 muertos y más de un centenar de edificios quemados por los manifestantes, además de dos mil personas juzgadas, cinco de ellas condenadas a muerte. La situación social y la derrota del Barranco del Lobo, donde hubo 153 militares españoles muertos y 600 heridos provoca la suspensión de todas las acciones bélicas para reforzar el contingente español en Melilla, que llegó a ser de 35.000 hombres a finales de verano. De esta forma, se llega a la pacificación temporal del Rif durante largo tiempo. Diez años.

En 1920, la zona occidental el Rif era controlada por la comandancia de Ceuta, al mando del general Dámaso Berenguer; mientras la oriental pertenecía a la comandancia de Melilla, a cuyo frente se encontraba el general Manuel Fernández Silvestre. La guerra exigía un enorme esfuerzo militar y de medios de todo tipo y la oposición en la península a esa guerra no favorecía este despliegue.

El 12 de febrero de 1920 el general Fernández Silvestre toma posesión del cargo de Comandante General de Melilla con el fin de finalizar una guerra enquistada. Su intención es llegar hasta la bahía de Alhucemas, donde se encuentra el centro de operaciones de las tribus rifeñas más belicosas, y acabar de una manera rápida y expeditiva la guerra y acallar las protestas al otro lado del estrecho. El problema, como señalará el general Picasso, es que en enero de 1921 se inicia el avance de una forma arriesgada y temeraria, ya que el endémico problema del ejército español estaba muy lejos de haberse arreglado.

Pese a ello, entre mayo de 1920 y junio de 1921, el general Silvestre, quien no contaba con el visto bueno del general Berenguer, pero, al parecer, sí por su amigo el rey Alfonso XIII, avanza por el Rif aconsejado por la imprudencia y por las prisas pero con pequeños éxitos que parecen justificar su acción. Avanza por una franja de 130 kilómetros y establece casi un centenar de nuevas posiciones sin apenas bajas. Alhucemas está en el horizonte y es cuestión de tiempo su conquista. Pero aquel triunfo era solo el espejismo propio de los desiertos.

Porque los 25.000 soldados del ejército español, suficientes para controlar la zona, eran otro espejismo, como se demostrará posteriormente. Estos se encontraban dispersos en más de un centenar de posiciones, los llamados blocaos, cada una de ellas defendidas por entre 10 y 20 soldados, aunque alguna de ellas, como Batel, Dar Druis, Igueriben y Annual había hasta 800. Estos blocaos, como hemos visto, estaban situados en zonas aisladas, protegidos por sacos terreros y algunas alambradas, muy alejados del agua y a veces comunicados por desfiladeros que favorecían las emboscadas.

Pero pese a ello, en el verano de 1921, el general Silvestre se adentra en el Rif sin proteger suficientemente la retaguardia y garantizar las provisiones de sus tropas. Una situación que aprovecha Abd-el-Krim para atacar por sorpresa la guarnición de Annual a las tropas españolas causando la muerte de más de 10.000 soldados españoles, incluido el propio general Silvestre, provocándose la masacre ya descrita: el Desastre de Annual. Desde el punto de vista militar, la catástrofe se produce como consecuencia de la pérdida previa de las posiciones de Igueriben y Monte Arruit, cercadas y conquistadas por los nativos rifeños, amenazando incluso a la misma Melilla, que pudo ser salvada gracias a los refuerzos llegados de Ceuta al mando del general Sanjurjo.

El desastre de Annual provocará de nuevo el rechazo de la opinión pública española contra una guerra que solo traía calamidades y gastos innecesarios. Hubo grandes protestas en el país y republicanos y socialistas se apresuraron a reclamar el abandono de Marruecos, contribuyendo a acelerar la caída del régimen político de la Restauración cuya respuesta fue el posterior pronunciamiento del general Primo de Rivera justo antes de salir a la luz el expediente Picasso, que ponía en evidencia enormes irregularidades, corrupción e ineficacia en el ejército español destinado en África, cuyo capítulo final se había escrito, con letras de sangre en el sentido más literal, en Annual, donde España había perdido todo su ejército al completo, empezando por su propio general al mando, muerto en circunstancias no aclaradas. Y, lo que es peor aún más si cabe, sin disparar una sola bala y después de capitular ante el enemigo, lo que abría muchas más interrogantes. La derrota de Annual abría dos posturas antagónicas: por un lado, los que propugnaban seguir en Marruecos hasta la victoria; y por otro, que optaban por una retirada honorable. Y en medio de ambos bandos se encontraba la figura de un Rey que hacía mucho tiempo se había convertido en un insumiso de sus deberes como rey. Si Alfonso XIII hubiera escuchado a los que optaban por una salida digna de Marruecos y recibido a sus heridos y enterrado dignamente a sus muertos, el clima desfavorable contra él tal vez se hubiera evitado. No fue así y el tiempo nos trajo una dictadura y un posterior enfrentamiento entre españoles que desembocó en una guerra civil.

El expediente Picasso fue tal vez el único acto encaminado a buscar unas responsabilidades que permitieran la necesaria regeneración de los mandos implicados y político. Los generales Juan Picasso y Aguilera, este último, presidente del Consejo Supremo de Guerra y Marina, dirigieron esa necesaria estrategia. Fruto de todo ello fue el Suplicatorio del Senado contra el general Berenguer, quien se escudó en su inmunidad para evitar su enjuiciamiento.

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El expediente Picasso se iniciaba su trabajo desde el inicio mismo de la guerra, en enero de 1921, cuando las unidades militares españolas desplegadas al oeste de Melilla inician su amplio avance comandadas por el general Silvestre con el objetivo de conquistar Alhucemas y acabar con la guerra de Marruecos, iniciada en 1909.

Un ejército que, como el general Picasso demostrará, se hallaba disperso en pequeños destacamentos y no de batallones completos, equipado con artillería anticuada de origen francés, ametralladoras antiguas estadounidenses y fusiles alemanes Mauser procedentes de la guerra de Cuba y Filipinas. Los soldados estaban pozo adiestradas, sin experiencia y con poca moral para ir a la guerra. Además, una parte de ese ejército estaba formado por nativos marroquíes que pertenecían al ejército español y la policía indígena, que posteriormente participarían en la masacre contra los españoles.

Las investigaciones demostraron la audacia y la imprudencia absoluta del general Silvestre. Cuando a primeras horas del 15 de enero, las unidades avanzadas llegan al monte Tzzumar, cuya cota asciende a 750 metros y desde la que se domina la estratégica Annual, del enemigo, como dice el dicho: “sin moros en la costa”. Tras darse la orden de avanzar, las unidades avanzan a través de un estrecho desfiladero cuyas paredes son casi verticales, lo que debería haber hecho dudar a un genera, del que sobresalía su fajín rojo y su cordón dorado con distintivo de ayudante del Rey, y cuyo su rostro refleja el semblante rotundo de satisfacción consigo mismo, con el convencimiento de ganar la batalla y la guerra y entrar en la historia. Atraviesan el desfiladero sin novedad alguna y llegan a la guarnición de Annual, situada a 105 kilómetros de Melilla y a poco más de treinta, en línea recta, de su objetivo: la bahía de Alhucemas.

De inmediato, comenzaron a levantar las tiendas. Silvestre llama al teniente coronel Dávila, el cual había mostrado su desacuerdo al general cuando se dieron las órdenes de dirigirse a Annual, por considerarla arriesgada y sin la debida preparación. Ahora, el satisfecho general Silvestre le pregunta irónicamente si seguía opinando lo mismo. Pero Dávila no se amilana y le devuelve la ironía con un comentario acerca de su calvicie: aquella operación no le había puesto los pelos de punta, pero si le habían crecido algunos pelos. Dávila le recomienda ocupar inmediatamente Sidi Dris para asegurar Annual porque este lugar es vulnerable. Su intuición está basada en su experiencia y conocimientos militares adquiridos en la guerra de Cuba, a la que había acudido con apenas 18 años, regresando con el grado de segundo teniente. En mayo de 1919 era ya teniente coronel y en junio era destinado a Melilla. Era un militar competente y profesional y que odiaba este tipo de ofensivas hechas a toda prisa, sin planificar en sus más mínimos detalles. Además, era muy apreciado y respetado por sus hombres.

Dávila no era el único que no compartía el optimismo y entusiasmo de Silvestre. El coronel Gabriel Morales tampoco lo compartía. Morales era de origen cubano, como Silvestre, Como es lógico, combatió en Cuba, de donde regresó en 1899 condecorado con tres Cruces Rojas del Mérito Milita. Tenía fama de ser un militan que medía mucho las formas y, como Dávila, de hacer las cosas de forma planificada. Era apreciado por sus hombres y oficiales encuadrados todos en la policía indígena de la que él era el jefe. Además, contaba con el respeto de los jefes de los clanes rifeños, entre ellos el propio Abd el Krim. Al igual que Dávila, presentía el peligro de introducir una columna en Annual. Dávila también era partidario de dirigirse a Sidi Dris lo antes posible para asegurar Annual. Pero Silvestre no escuchaba y su intención de dirigirse a Alhucemas seguía adelante.

A las tres de la tarde, el grueso del ejército salía de Annual, dejando una guarnición. De todo lo ocurrido, Morales dejará su testimonio por escrito. También Dávila declarará después ante la Comisión de Responsabilidades, en relación al general Silvestre que su capacidad militar eran poco sólidas. Según su opinión, Silvestre era “un ídolo con pies de arena que fiaba todo a su suerte”. Y sus opiniones no la basaban por enemistad alguna con el general. Al contrario, unos días antes de la conquista de Annual, Silvestre había convocado una Junta de Jefes en Melilla, donde informó de su intención de proponer el ascenso de Dávila a teniente coronel, y a Morales su ascenso a brigadier.

Morales contemplaba con gran tristeza la estrategia militar del general Silvestre. Conocía bien a los rifeños. La importancia de no irritar a los jefes de los clanes. Y el general Silvestre, pensaba Morales, había invadido esas tierras sin contar con ellos. Era consciente que sin ayuda de los jefes de las cábilas era difícil, sino imposible, la victoria. Era consciente del lamentable estado de la tropa española: mal entrenada, mal acostumbrada a combatir en ese terreno, enferma, hambrienta, agotada por las marchas, sin moral y sin motivación. Solo les sobraba miedo a todo aquello. El único ejército español apto en el Rif era el suyo, la Policía Indígena y los Regulares.

Mientras, en España accede a la presidencia del gobierno el liberal descafeinado Manuel Allendesalazar, que ha sustituido al conservador Eduardo Dato. Este ingeniero agrónomo, nacido en Guernica, había militado en el partido conservador desde los tiempos de Cánovas, y había sido cuatro veces ministro entre los años 1901 y 1907. Allendesalazar ya había tenido que sustituir a Dato a causa del atentado que éste sufrió en aquella mañana del 5 de marzo de 1921, cuando su coche, al regresar del Senado, fue ametrallado la Puerta de Alcalá por un grupo de pistoleros anarquistas que le dispararon desde una motocicleta. La España que heredaba Allendesalazar no era para mostrarse optimista: la crisis del catalanismo, la situación económica y social y del propio régimen político. Y además, una España ignorante de lo que realmente estaba pasando en Marruecos. Allendesalazar mantenía al conde de Eza al frente del Ministerio de la Guerra, y Berenguer y Silvestre en el Protectorado de Marruecos. El ejército está dividido entre dos bandos: los generales Berenguer y Silvestre. Berenguer avanza con su ejército para poner fin a la guerra en Yebala, mientras Silvestre sigue la guerra iniciada en el Rif, sin medios, sin plan, sin soldados suficientes. Sabe que Berenguer no le va a dar ni un hombre, ni un cañón, hasta que este no este lleve a cabo su propio plan. Y en este escenario se van produciendo los acontecimientos.

Las investigaciones posteriores tuvieron mucha dificultad en dar una cifra exacta sobre los muertos en el desastre de Annual. Ni los sesenta mil que los cifró Marruecos, ni los veinte mil que aseguran otras fuentes. En el Congreso, en la sesión del 27 de octubre de 1921, Eza aseguraba que el total de efectivos españoles en la Comandancia de Melilla en julio de ese año era de 25.790, siendo los muertos alrededor de 8 mil, siendo esta la cifra que ha permanecido hasta la fecha como la más fiable. Pero en la documentación del general Picasso aparece un estudio que aporta otros datos. A 22 de julio, los efectivos disponibles en el territorio eran de casi 20.000, de los cuales casi 5.000 eran indígenas y el resto españoles. De estos, 1.830 estaban en la guarnición de Annual, mientras el resto, operaba en columnas o se hallaba en destacamentos fijos. Si descontamos los heridos, alrededor de cuatrocientos, la cifra se mantiene en 13.000 a los que habría de restar los prisioneros, los rendidos y los que se pudieron esconder en las cábilas, lo que deja un total de 10.000. Y de éstos, muertos la casi totalidad.

Según el expediente Picasso, aquel 22 de julio de 1921 había en Annual 5.379 efectivos, formados por 194 oficiales y 5.185 soldados, más veinte cañones y 1.786 cabezas de ganado. A ellos habría que sumar los 1.381 hombres situados en Drius; más los 998 en Dar Quebdani; los 970 en Zoco el Telatza, y los 604 en Cheif, con un total llegaba a 9.133 hombres. Cifras que se han considerado oficiales.

9

Tras lo sucedido en Annual, el general Dámaso Berenguer solicitó al ministro de la Guerra, el vizconde de Eza, que se nombrara a un general para que investigase los hechos y se depurasen las responsabilidades que hubiera lugar, apuntando con ello al general Silvestre, al que se le responsabilizó de todo. Se nombra entonces, mediante la Real Orden de 4 de agosto de 1921, al general Juan Picasso para que investigara en la propia Melilla los hechos ocurridos. La dimensión del desastre y la presión de la opinión pública y de la prensa había sido de tal calibre que Allendesalazar se ve obligado a dimitir, por lo que en agosto de 1921 el rey Alfonso XIII nombra presidente de Gobierno a Antonio Maura, quien sustituye a Eza por Juan de la Cierva como ministro de la Guerra.

Ya por entonces, Picasso había comenzado sus investigaciones en Melilla, y el 15 de agosto envía al general Berenguer un escrito con las responsabilidades emanadas de la actuación del ejército y su intención de seguir sus investigaciones. El general Berenguer, preocupado de que la investigación pueda afectarle a él mismo, envía escrito al ministro de la Guerra el 20 de agosto, solicitándole que la investigación no incluya al Alto Mando por ser materia reservada. El ministro dicta una nueva Real orden el 24 de agosto, ordenando al general Picasso que sus investigaciones y responsabilidades se limiten a los jefes, oficiales y tropa en el ejercicio de sus funciones. El general Picasso, quien, por cierto, fue acusado de republicano y masón a pesar de no obtener beneficio alguno en la república y de llevar siempre consigo una medalla de la Virgen de las Angustias, tenían ante si un complicado puzzle: investigar toda la verdad dando satisfacción al Parlamento, al pueblo y sin irritar al ejército.

En agosto de 1921, toda España estaba conmovida y se organizaban misas y procesiones por el eterno descanso de los soldados españoles. También se organizaban rifas y tómbolas benéficas para recaudar dinero para sus familias. En la plaza de las Ventas y Vista Alegre de Madrid se organizaron corridas de toros, donde los toreros paseaban una gran bandera de España y depositaban sus capotes para que los espectadores echasen sus donativos para los heridos de África. Toda España era recorrida por un gran fervor patriótico y de cientos de actos en favor de las víctimas o para comprar tanques y aviones con destino a África. O se recogía tabaco para enviarlo a los soldados. Frente a esta fiebre patriótica existía otra fiebre más prosaica. En Tánger no se podían desinfectar las agujas utilizadas para vacunar a los soldados y solo existían cinco agujas para más de mil soldados. Sin contar que no había apenas agua.

Mientras, a los puertos de Andalucía y Levante llegaban los barcos cargados de heridos. Desde Málaga se empezó a enviar barcos cargados de agua para el frente africano. El Gobierno llegó a fletar un barco, el Churruca, con seis mil toneladas de agua. El barco llevó a Melilla con su carga pero, debido al poco calado del puerto, no pudo entrar ni descargar el agua.

El 31 de agosto el general responde por carta al ministro su desacuerdo con la Real Orden, y la necesidad de investigar sin exceptuar a nadie, incluidas las más altos mandos del ejército, porque lo sucedido en Annual era como consecuencia, no de acciones militares puntuales, sino de la situación existente en el ejército. Picasso se traslada a Melilla y toma declaración a todos los testigos que encuentra, además de recopilar cuantos documentos puede. Tras nueve meses de trabajo, el 23 de enero de 1922, regresa a Madrid trayendo consigo el expediente que llevaría su nombre, compuesto por 2.433 folios, siendo remitido a Consejo Supremo de Guerra y Marina, el cual lo envía el 24 de abril al fiscal militar, quien, tras apreciar indicios de responsabilidades penales, el 26 de junio lo devuelve al Consejo. Los hechos se precipitan y el 6 de julio el Consejo Supremo acuerda enviar al Ministerio de la Guerra el expediente y el informe del fiscal militar. Llegado al Parlamento, se forma una Comisión de Responsabilidades, denominada de los “Diecinueve”, por estar formada por ese número de diputados. El 3 de noviembre de 1922 el ministro de la Guerra remitió al Presidente del Congreso de los Diputados una relación de testimonios deducidos del expediente y una serie de documentos y telegramas considerados de interés para el mismo. Pese a ser un documento reservado, las filtraciones del expediente provocan exaltados debates en el Congreso y encendidos editoriales en la prensa.

El 10 de julio de 1923 se constituye la Segunda Comisión de Responsabilidades, formada por 21 diputados, por lo que fue llamada la “Veintiuno”, de la cual era presidente Sagasta, la cual debía emitir un dictamen sobre el expediente en veintiún días. El 7 de agosto el general Berenguer es llamado a declarar ante la Comisión, pero se niega a hacerlo por su condición de aforado. La situación es tal que hasta el propio rey Alfonso XIII es considerado cómplice de la situación. La Comisión acuerda celebrar el Pleno el 1 de octubre para dictaminar el expediente. Pero, como vimos anteriormente, el golpe militar de Primo de Rivera dos semanas antes de esta fecha evitó que dicha resolución fuera votada.

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Aquel 13 de septiembre de 1923, fecha del golpe, el diputado Mateo Sagasta estaba en Madrid. Cuando sabe que Primo de Rivera viene a Madrid en tren es consciente que ha de poner a salvo el expediente porque, sin duda, es uno de los objetivos del general para destruirlo o confiscarlo. Intuye que el rey Alfonso XIII apoya al dictador. Sagasta se dirige al Congreso y, como presidente de la Comisión, recoge el expediente y lo oculta en la Escuela Especial de Ingenieros Agrónomos, de la que también era director.

Tal y como preveía Sagasta, lo primero que hace Primo de Rivera al llegar a Madrid es reclamar el Expediente Picasso al Congreso. Pero no estaba, como tampoco lo tenía el general Picasso. Cuando le dicen que Sagasta se lo ha llevado, le ordena que lo devuelva, pero este le responde que no sabe nada de ello. Primo de Rivera no quiere castigar a Sagasta en ese momento y solo tomaría represalias años más tarde. El dictador paraliza la Comisión, como era de esperar, con el fin de salvaguardar las responsabilidades de los militares y hacerlas recaer en los políticos. Su objetivo es que ejército devuelva a España la dignidad perdida regresando a África y conquistando Alhucemas. De lo publicado y conocido de aquella fecha se habían conocido algunos detalles y algunos de los responsables del Desastre de Annual. Pero, tras el golpe, el 4 de julio de 1924 Alfonso XIII publica un Decreto de amnistía favoreciendo a los responsables militares condenados en los procedimientos sumariales, lo que demostraba su complicidad en el golpe y en lo sucedido en el Rif.

Primo de Rivera reunirá una parte del Expediente Picasso y la depositará en el Congreso, creando en noviembre de 1927 una Tercera Comisión de Responsabilidades sobre el desastre de Annual, en realidad una pantomima que no tuvo el menor eco en aquel momento.

El expediente dormirá el sueño de los justos esperando tiempos mejores. Primo de Rivera, una vez perdida la confianza en él por parte de Alfonso XIII, se verá obligado a exiliarse en Paris, donde morirá el 17 de marzo de 1930. En su abultado equipaje tal vez estaba incluido el expediente.

Tras las elecciones de 1931, Alfonso XIII abandona España hacia el exilio. Entonces Sagasta rescata el Expediente, del que quedan apenas 300 folios, y lo devuelve al Congreso. El mismo incluye el informe final que redactó el propio general Picasso y el informe del fiscal militar. Pero el expediente no tuvo el interés que se esperaba en el nuevo régimen republicano y pronto fue olvidado. Como lo fue su autor, Juan Picasso, quien murió el 5 de abril de 1935 en el olvido.

Luego, durante la dictadura del general Franco, como era de esperar, el expediente siguió en el olvido y la historia oficial intentará responsabilizar a la clase política de entonces de lo sucedió en el Rif y su existencia solo le será útil a los historiadores que lo tendrá como una fuente de información. Finalmente, el Expediente se publicará en México en el año 1975, con Franco ya muerto. En 1998 aparece en el Congreso una copia del expediente que aún no se ha hecho pública porque está en proceso de digitalización que contiene algunos documentos que se creían perdidos. Una vez recuperado y dado a conocer, es posible que se descubran nuevos aspectos que den respuestas a muchas de las preguntas que los españoles nos hacíamos hace un siglo.

10

Las conclusiones de la investigación llevada a cabo por el general Picasso eran demoledoras: el desastre de Annual se debió a la negligencia e irresponsabilidad del alto mando, circunstancia producidas durante una serie de acciones militares llevadas a cabo en Rif, tanto en la llegada como evacuación de Annual, como la producida en Igueriben y la posterior y penosa retirada del fuerte de Monte Arruit, entre finales de julio y principios de agosto de 1921, en los que murieron alrededor de 12.000 soldados españoles.

El general Manuel Fernández Silvestre fue acusado de incompetente pero no pudo ser juzgado por delito alguno porque se suicidó durante la evacuación de Annual. Pero lo más grave es que se acreditó su amistad con el Rey Alfonso XIII y que este conocía y apoyaba la estrategia del general. El general Berenguer fue juzgado por un tribunal militar bajo la acusación de negligencia, condenándolo a la pena de separación del servicio y su pase a la situación de reserva. El general Navarro, acusado de irresponsable fue, sin embargo, fue exonerado de todo delito, por haber ya estado prisionero tras la rendición de Monte Arruit. Otros mandos militares fueron condenados por su actuación en la guerra. Todos ellos fueron indultados por el Rey tras el golpe de Primo de Rivera. Incluso el general Berenguer fue presidente del gobierno tras la caída de Primo de Rivera. Alfonso XIII será procesado y condenado el 19 de noviembre de 1931 con el rey ausente, exiliado en París. Tan ausente como lo estuvo durante aquellos días de 1921.

Sin duda alguna, las conclusiones incluidas en el expediente Picasso superaron las expectativas, tanto del gobierno y clase política, como de los militares. El extensísimo documento describía de una manera precisa el nivel de incompetencia militar, de cobardía y desorganización, sin ahorrar detalle alguno sobre los vicios y corrupción del ejército español, concluyendo que todo ello había sido el responsable del desastre, sin excluir los errores estratégicos del mando. No era fácil en aquella época publicar un documento de tal contenido, a pesar de las limitaciones y condiciones que quisieron imponer al general Picasso, a las cuales se refirió en general en relación al desastre de Annual como un obstáculo a su investigación. Obstáculos que, sin embargo, encendieron todo tipo de rumores en la prensa y en la opinión pública, dirigiendo todos sus miradas al rey Alfonso XIII como principal responsable de todo lo acontecido.

Picasso tiene que hacer su trabajo en Melilla con todos sus principales testigos muertos en el campo de batalla, empezando por el general Silvestre, teniendo que tomar declaración a los supervivientes y testigos con el peligro de subjetividad que ello conlleva. Para evitar esto en lo posible, no solo entrevista a testigos militares, cuya declaración puede ser sesgada e interesada, sino también a paisanos que vivían en los lugares cercanos a las guarniciones. Estos testimonios fueron de gran ayuda, pues estos describían los abusos de los militares, de su policía, los abusos de las mujeres y la falta de respeto a sus tradiciones, lo que constituyó el caldo de cultivo del odio generado hacia los españoles. Incluso las declaraciones de los militares son importantes para la elaboración del expediente, pues el principal argumento de las mismas es exculpar la actuación propia y cargar la responsabilidad en los demás.

Pero para Picasso, si importantes eran las declaraciones de los testigos, tanto o más lo es la revisión y estudio de los documentos que se produjeron en aquel tiempo. Documentos que demostraban la angustia de unos y la desidia de otros y la falta de coordinación entre los mandos. El general pondrá su mayor interés en destacar la retirada desordenada de las posiciones y el comportamiento cobarde de los mandos. También hará referencia a los reiterados errores de la política con las cábilas durante años.

Sus conclusiones serán demoledoras: de los errores cometidos, de la improvisación, de la corrupción y de todo lo demás son todos responsables porque las autoridades militares, pero también políticas, como ministros y parlamentarios habían visitado el territorio y no se había hecho nada por solucionar aquellos errores. Todo aquello que los miembros del Alto Mando habían felicitado se había derrumbado. Aquellas promesas de solucionar todo se habían olvidado. En resumen: se había creado un ejército para el sacrificio, no para el triunfo.

Y lo peor de todo: no solo no se buscaban responsabilidades, sino que se solicitaban condecoraciones y ascensos tras la desastrosa derrota. Si bien Picasso reconoció que en algunas posiciones, como Igueriben soportaron muchos días de sitio hasta rendirse, en otras, como Annual fueron evacuadas antes de ser atacadas.

Tal vez en una fecha no demasiado lejana podamos conocer una buena parte del Expediente Picasso. Podamos conocer todos los aspectos esenciales de lo que ocurrió en Annual, pero también en el resto de las fortificaciones del Rif. Las claves de todo aquello. Una guerra que costó muchas vidas y mucho sufrimiento que pudo haberse evitado.

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