30. EL ASESINATO DE CANALEJAS (1922)

Aquel 12 de noviembre de 1922, Madrid disfrutaba de una típica mañana de otoño que invitaba al paseo. El sol estaba casi en lo más alto y acariciaba a los cientos de transeúntes que, a esa hora, caminaban por la céntrica Puerta del Sol de Madrid. Quién a esa hora de casi el mediodía no podía disfrutar de paseo alguno era el joven Roberto San Martín, hijo del dueño de la librería San Martín, situada junto a la calle Carretas, una de las más conocidas de la capital. Roberto se tenía que conformar con contemplar, a través de los cristales de la tienda, el paseo de los demás. Le gustaba que la gente se detuviera ante la tienda y mirara los libros del escaparate.

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Fue entonces cuando vio a un hombre de unos cincuenta y tantos años acercarse al escaparate. Roberto sonrió. Le conocía. Le conocía por dos razones: la primera, aquel elegante caballero era, nada más y nada menos, que el Presidente de Gobierno de la Nación, don José Canalejas; la segunda, aquel conocido caballero no era la primera vez que se detenía ante aquella librería. Alguna vez había visto a su padre salir a saludarle y alguna vez don José había entrado en la tienda interesado en algún libro.

Tras unos minutos ante su tienda, aquel hombre se dio media vuelta para marcharse. En aquel momento sonaron varias detonaciones y el librero observó como la luna del escaparate estallaba en mil pedazos. Fue entonces cuando salió a la calle. Allí, junto a su tienda, se encontraba tirado sobre la acera junto al escaparate de su tienda al hombre que antes contemplaba los libros: era el cuerpo de don José Canalejas. El charco de sangre que había junto a su cabeza demostraba que estaba muy mal herido, o tal vez muerto.

Roberto San Martín entró de nuevo en la tienda y vomitó de miedo y de la impresión ante aquella escena. Jamás volvió a ver una hermosa mañana de mediodía. Durante toda su vida recordó aquella escena de horror y muerte. El tiempo borraría todas las huellas de aquel magnicidio, aunque no para el joven librero. Algo más de cien años después de aquel soleado mediodía de otoño solo queda una placa en recuerdo de aquel asesinato.

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En efecto, aquel día del 12 de noviembre, don José Canalejas Méndez se dirigía andando desde su casa en la calle Huertas hasta el Ministerio de la Gobernación, en Plena Puerta del Sol. No era la primera vez que aprovechaba la bonanza del tiempo para dirigirse a pie al Ministerio. Tampoco era el primero ni el único político que en aquellos primeros años del siglo XX caminaba tranquilamente por las calles de Madrid. Aunque lo hacían tomando las correspondientes precauciones. Pero don José Canalejas era ajeno a ellas. Por ello, cuando se dirigía andando hacia algún lugar, una discreta escolta, quizá demasiado discreta, formada por tres policías seguían de cerca, aunque al parecer no demasiado aquel día, los pasos de don José.

Pero don José era un hombre que no quería sentirse amenazado, a pesar de que era consciente de que lo estaba. Su personalidad y carácter no le permitía llevar junto a él a nadie  porque, si alguien quería matarle lo haría igualmente y solo serviría para arriesgar la vida de otros. Don José era una persona querida y sin apenas enemigos a pesar de llevar en política mucho tiempo. A sus 58 años, era un hombre asequible y dialogante, gran orador y jurista. En lo político era un liberal que creía fervientemente en la democracia.

Cada día, don José madrugaba mucho. Muy temprano se levantaba para prepararse a ir hasta el Palacio Real para despachar con el Rey para después acudir al Ministerio, la antigua Casa de Correos.

José Canalejas

Así lo había hecho también aquella mañana. El día anterior se había acostado tarde, preocupado por los últimos acontecimientos que se vivían en Madrid. Se levantó temprano, a las 5:30 de la mañana, para dirigirse al Palacio Real. Rechazó, como otras veces, el coche oficial, porque prefería caminar. Después de despachar con el Rey salió de Palacio entre las 10:30 y 11 hacia su casa, esta vez en coche. Luego, se dirigió, caminando hacia la reunión del Consejo de Ministros en la sede del Ministerio de la Gobernación. No podría acompañar al Rey al Retiro donde, a las doce, inauguraría una exposición de flores.

Desde su casa en la calle Huertas, bajó por la Plaza del Ángel, Espoz y Mina hasta la Puerta del Sol, andando, aprovechando la bonanza de la mañana. A cierta distancia de él marchaban tres policías. Uno de ellos le había rebasado para vigilar el que el trayecto, mientras los otros dos iban tras él. Cuando llegaron a la Puerta del Sol, vieron como don José se paraba ante el escaparate de una librería. No era la primera vez que hacia eso. Todo era muy normal y tranquilo.

La tranquilidad del mediodía saltó hecha añicos, como el cristal de aquel escaparate. Fue sólo un instante. Un individuo alto y delgado se acerca a él, con un abrigo largo, aunque no lo suficiente para ocultar la pistola que lleva en la mano se acerca hasta Canalejas y se planta ante él. Con la pistola le apunta a la cabeza  y le dispara dos veces a bocajarro.

Tan a bocajarro que una de las balas le penetra junto al oído derecho y le sale por el oído izquierdo. Canalejas intenta cubrirse con las manos pero cae al suelo, agonizante. Gritos y carreras rompe la tranquilidad del mediodía. La confusión es tal que nadie repara en lo que está ocurriendo y solo observan el cuerpo exánime de aquel hombre tirado en el suelo, junto a un gran charco de sangre. Tan solo un joven, hijo del dueño de la librería, ha visto toda la escena desde el interior de la tienda y sale a la calle, quedando petrificado tras aquella dantesca escena.

En medio del desconcierto, varias personas intentan coger al criminal que ha efectuado los disparos. Este, viéndose acorralado por los transeúntes y la policía, apunta  la pistola hacia su sien y dispara en medio del horror y la sorpresa de todos. Cae al suelo con la cabeza destrozada. Pero tampoco está muerto. 

La multitud observa en silencio el cuerpo de Canalejas caído en la acera. Agoniza, pero aún vive. Varios policía acuden a socorrerlo. Observan los dos agujeros en su cabeza, de los que mana mucha sangre. Su reloj, roto por la caída, marca la hora exacta del atentado: las 11:25. Alguien trae un manta y, tras envolver el cuerpo malherido,  lo llevan Ministerio de la Gobernación. Allí, pocos minutos después, José Canalejas muere. Son las 11:35 horas. Su asesinó vivió algo más: hasta las 14.23 en la Casa de Socorro de la Plaza Mayor. La policía se hace cargo del cuerpo del criminal. Comprueban que se llamaba Manuel Pardinas Serrato, de 26 años y nacido en El Grado (Huesca). No es ningún desconocido para ellos, ya que estaba fichado como un anarquista muy peligroso. Al parecer se encontraba en Argentina, de donde fue expulsado. Desde allí se comunicó a Madrid que había embarcado rumbo a España. Se había dado la orden de busca y captura inmediatamente, aunque no lo suficiente.

La hipótesis sobre las causas del asesinato de José Canalejas aún se desconoce. Incluso se especula con la posibilidad de que Pardinas y sus cómplices estuvieran en la Puerta del Sol con la intención de asesinar al Rey Alfonso XIII, esperando que pasara por allí de camino al Retiro  y que la casualidad hizo que los asesinos vieran a Canalejas aquel día y aquella hora y decidieran matarlo en lugar de aquel, ya que consideraron que el efecto sería el mismo. Pero por otra parte, los rumores sobre un atentado contra Canalejas eran conocidos en todo Madrid, por lo que cuesta trabajo pensar que fuera una triste y pura casualidad. Incluso unos días antes Canalejas había recibido un anónimo amenazándole de muerte. A nadie le cabía duda que aquella muerte debilitaba, aún más si cabe, a la monarquía.

Tumba de Canalejas, de Mariano Benlliure. Panteón de hombres ilustres (Madrid)
Tumba de Canalejas, de Mariano Benlliure. Panteón de hombres ilustres (Madrid)

La sociedad española quedó profundamente conmocionada e indignada por aquel atentado. Primero por la personalidad de aquel hombre; y segundo, porque se podía haber evitado. Que una persona en busca y captura se pasee por la Puerta del Sol al mediodía, frente al Ministerio de la Gobernación y que la víctima esté rodeado de tres escoltas movía a sospecha o, en el mejor de los casos, a la más absoluta incompetencia. El diario ABC describía a José Canalejas, masón confeso, como “un hombre bueno, fervoroso procurador de los humildes, indulgente con los extravíos populares, prudente y suave en las represiones, que había suprimido, de hecho, la pena de muerte, y pretendía borrarla del código, y que ha sido asesinado alevosamente cuando caminaba indefenso y descuidado, amparándose en su notoria bondad”.

El cuerpo del Presidente Canalejas fue expuesto en el Salón principal del Ministerio de la Gobernación que desde entonces se conoce como “Salón Canalejas“. El Rey Alfonso XIII, visiblemente emocionado, fue a velar el cadáver. Fue entonces cuando, al ser informado por el Jefe Superior de Policía de que el autor del atentado estaba fichado y en busca y captura, contestó: “¡Pues sí que han vigilado ustedes bien!”.

 

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