23. EL ASESINATO DE PRIM (1870)

Era víspera del día de los Inocentes. Aún estaba en el Congreso y miraba por la ventana como nevaba copiosamente Aquella era una fecha importante y no precisamente por la festividad. España tenía un nuevo rey, una nueva esperanza en la que él confiaba. Tres días más tarde estaba prevista la llegada a Cartagena de Amadeo I de Saboya, ya como Rey de España, en sustitución de Isabel II. Él quería ir a recibirle y darle la bienvenida. Aquel día se habían aprobado el presupuesto de la nueva Casa Real. Dejó todo acabado y salió a la calle, acompañado de los ministros Sagasta y Herreros de Tejada. Eran cerca de las siete de la tarde y un viento helado le saludo. En efecto, caía una fuerte nevada, por otro lado habitual durante aquellos días de navidad. Comentaron los tres que había poca gente en las calles y los pocos que habían se encontraban refugiados en los cafés, en aquellas interminables tertulias que él conocía muy bien. Había muchos temas para hablar, aunque sin duda, la llegada del nuevo rey era la que copaba todas ellas. Al menos, ya no se hablaba de los escándalos de la reina Isabel, de su vida disoluta y de sus amantes.

Juan Prim, cuadro de Madrazo
Juan Prim, cuadro de Madrazo

Quería llegar pronto a su residencia en el Palacio de Buenavista. Era un corto trayecto, de apenas veinte minutos. Había declinado una invitación del Círculo Masónico para cenar esa misma noche. Hacía tiempo que se había apartado de la masonería, a la que había pertenecido como muchos liberales de la época, pero ahora no quería que se le relacionara con ellos. No era conveniente.

De repente, cuando el carruaje iba a iniciar su marcha, sus dos acompañantes se acordaron que ”aún tenían que hacer cosas”. Abandonaron el coche y dejaron solo al extrañado personaje con su escolta, el comandante Moya y su asistente. El carruaje inició su marcha. Como cada día, hacia el mismo itinerario desde la Cortes al Palacio de Buenavista, a pesar de que le habían advertido que había que tomar precauciones porque eran muchas las amenazas contra él. Pero Madrid siempre ha sido un lugar de rumores y mentideros. Cuando coche doblaba por la esquina de la calle del Sordo, el comandante Moya vio cómo un hombre que se encontraba detenido en la acera encendió un cigarrillo y cuando entraban por la calle del Turco contempló a otro haciendo lo mismo. Moya era muy observador y aquellos gestos le parecieron una señal de algo. Fue entonces cuando otro coche de caballos se cruzó en el medio de la calle y cortó el paso del coche. Al mismo tiempo, otro carruaje se acerca en dirección a ellos. Se detiene y salen ocho hombres armados corriendo en su dirección.  Moya apenas tuvo tiempo de gritarle que se lanzara al suelo. Las balas comenzaron a caer sobre ellos. Una de ellas le destrozó la mano derecha. Luego sintió otro impacto en el hombro izquierdo y en el pecho. Mientras, el cochero, reaccionando con rapidez y fustigando a los caballos, consigue rodear los obstáculos y huir de allí bajando por la calle de Alcalá y Barquillo para dirigirse al Palacio. Allí, y pese a sus heridas, consigue bajarse por su propio pie, mientras sus asistentes le conducen a sus habitaciones. Malherido, podía oír gritos, entre el que destacaba el que decía que habían intentado matar al general Prim.

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Atentado contra Prím

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Mi general, a cada cerdo le llega su San Martín” le había espetado unos días antes un diputado en los pasillos del Congreso, algo que podría entenderse como una seria amenaza, pero que para Juan Prim era una de esas frases que le decían diariamente. Y es que no era fácil amedrentar a aquel hombre que a sus 56 años había desafiado muchos retos. Entre ellos, el acaudillar el golpe final a la monarquía de Isabel II desde su exilio de París.

Y es que la vida y la carrera del general Prim fue de una brillantez excepcional. Nacido en Reus en 1814 en el seno de una familia liberal, tuvo una actitud destacada en la primera guerra carlista. En 1839 fue ascendido a coronel y en 1941 fue elegido diputado. Desde el principio se opuso a la política de Espartero, por aquel entonces presidente del gobierno. Su carácter pronto despierta partidarios y detractores. Participaba en cuantas conspiraciones existían contra los moderados y contra la reina Isabel II, por lo que fue condenado a seis años de cárcel en 1844 y, tras el indulto de la Reina, obligado a exiliarse a Francia, donde permanecerá dos años. De regreso a España, sale elegido como diputado, pero de nuevo se enfrenta al gobierno y ha de regresar al exilio.

En 1864, regresa a España, y vuelve a conspirar contra el nuevo gobierno de Narváez y, de nuevo, es desterrado, en principio a Oviedo, pero poco después es expulsado del país tras probarse su vínculo en una manifestación de estudiantes el 10 de abril de 1865. Pasará tres años en el exilio, donde preparará la revolución Gloriosa. El 19 de septiembre de 1868, después de proclamar el manifiesto España con honra, Prim desembarca en Cádiz con el brigadier Topete, y tras el triunfo de la revolución que obliga a exiliarse, en esta ocasión, a Isabel II, el 7 de octubre entra en Madrid y es acogido con entusiasmo por el pueblo.

Prim fue nombrado ministro de la guerra y muy pronto, en junio de 1869, asumió la presidencia del Gobierno. Y ahora estaba a punto de culminar su último acto por su país. Como firme defensor de la monarquía constitucional, había hecho las gestiones para encontrar un rey no Borbón que ocupara el trono de España hasta encontrar a su más firme candidato, Amadeo de Saboya, consiguiendo que fuera el elegido en las Cortes el mes anterior.  Precisamente, en el momento del atentado se disponía a ir a su casa para preparar el viaje para recibir al nuevo Rey, culminando así su obra. La vida se le escapaba a aquel hombre que se confesaba liberal, que pensaba que España necesitaba un Rey y  que permitiría una República. Como presidente de un gobierno liberal monárquico, su principal tarea era pacificar España y responder adecuadamente a aquellos que confundían el progreso con el desorden y la libertad con la dictadura. No le había dado tiempo. Tres días aguantó Prim el dolor de sus heridas. El destino quiso que cuando fue informado de la llegada de la fragata Numancia a Cartagena, donde venía el rey Amadeo I, Prim cerrara los ojos para siempre. Eran las 8 y cuarto de la tarde, la misma hora a la que llegaba el Rey, y al que le informaban de la muerte de Prim.

Amadeo I ante el cadáver de Prim
Amadeo I ante el cadáver de Prim

Cuando llega Amadeo a Madrid el 2 de enero, lo primero que hace fue acudir al sepelio del presidente Juan Prim, en el Palacio de Buenavista. Mientras él se postraba ante su cadáver, los madrileños se manifestaban en las calles.

De aquella muerte podrán decirse muchas cosas, menos que era inesperada. Prim era un personaje molesto para los republicanos, los cuales no había asumido que, después de expulsar a los Borbones, se mantuviera la monarquía en lugar de implantar la república. A causa de Prim, se había perdido una buena ocasión. Y el tener enemigos no era bueno en aquellos tiempos. Ya le habían amenazado a Prim en los pasillos del Congreso. Incluso su muerte había sido anunciada como una solución desde las páginas de El Combate por el periodista jerezano José Paúl y Angulo, partidario de matar a Prim “como a un perro“. Y a mediados de diciembre ya existían rumores sobre el asesinato que se estaba preparando. Prim no quería oír nada sobre aquello e, incluso, se negaba a llevar escolta. ¿Cuál fue la razón por la que sus dos ministros cambiaron de idea justo en el momento de partir junto a Prim en el carruaje la noche del atentado? ¿Quién dio la orden de asesinarlo?

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Las amenazas, los antecedentes y la situación política eran dignas de un detective a lo Sherlock Holmes. Las sospechas iban, desde los masones, a los que siempre se les ha culpado de todo, hasta los republicanos. De los primeros se dice que cono cían lo que iba a suceder y que la invitación para acudir a la cena la noche del atentado fue un intento evitarlo. De los segundos, se pudo identificar a dos de ellos como militantes suyos. Ello sin descartar que terceros pudieran estar implicados. Entre ellos los militares, demasiado acostumbrados en España a los golpes de Estado y las revoluciones. Y en este escenario, Prim era el único que parecía capaz de conciliar los intereses de cada uno de ellos. Algo que por otra parte, como hemos visto, no garantizaba nada.

En cuanto a la autoría del crimen, siglo y medio después del atentado sigue siendo una incógnita y es uno de los mayores misterios de la historia de España. Fueron procesadas ciento cinco personas, pero sin resultado alguno. Tres de sus asesinos fueron muertos y el resto desaparecieron misteriosamente sin dejar rastro alguno.

La realidad es que aquel magnicidio fue un nuevo duro golpe para un país que no podía levantar cabeza. Como el propio Cánovas del Castillo señaló al conocer la noticia del atentado, España se convertiría en un caos, lo que era un diagnóstico bastante acertado. Pero, sobre todo, aquel asesinato era un nuevo jaque a un rey que aún no había pisado tierra española. Y lo fue. Tras años más tarde en España se implantaba la Primera República.

Lo que tampoco fue solución alguna.

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