02. FARSA DE ÁVILA (1465)

Constituye la llamada “Farsa de Ávila” el primer acto para instaurar a Isabel de Trastámara como Reina de Castilla. Todo comenzaba al pie de las murallas de Ávila, el 5 de junio de 1465.

En aquella fecha, Enrique IV era el legítimo rey de Castilla. Hacía dos años que el papa Nicolás V había anulado el matrimonio de Enrique con la Infanta Blanca de Navarra después de tres años sin descendencia. En realidad, ni siquiera había sido consumado aquel matrimonio, razón por la cual Enrique era apodado “el Impotente”. Ahora, el rey había contraído un nuevo matrimonio con la princesa Juana de Portugal, que echaría por tierra aquel apodo, pues de aquel matrimonio nacería la infanta Juana de Castilla, aunque de ella se dijo que era, en realidad, del hombre de confianza del rey, Beltrán de la Cueva, siendo conocida aquella niña con el sobrenombre de La Beltraneja.

Era precisamente la influencia de Beltrán de la Cueva en la Corte de Castilla lo que llevaría a uno de sus enemigos, Juan Pacheco, marqués de Villena, a crear en 1464 la llamada Liga de Burgos, a la cual se unieron muchos nobles castellanos. Para evitar la guerra civil, en octubre de ese mismo año, el rey Enrique accede a desterrar a Beltrán de la Cueva y nombra como heredero a la Corona a su hermano Alfonso. El rey queda muy debilitado sin Beltrán, y ello es aprovechado por los partidarios de Villena para hacer más exigencias. Así, el 16 de enero de 1465 se dicta la Sentencia Arbitral de Medina del Campo, que exigía una serie de medidas a Enrique, entre ellas tomar medidas discriminatorias contra moros y judíos y un mayor poder para los nobles. El rey no acepta estas exigencias y anula los acuerdos, haciendo volver a la Corte a Beltrán de la Cueva.

Los nobles opositores a Enrique se reúnen entonces en Ávila. El 5 de junio de 1465, en el exterior de la muralla para llevar a cabo la Farsa de Ávila. Era un día caluroso, lo que no fue obstáculo para que mucha gente empezara a congregarse en los alrededores de aquella especie de cadalso construido en un lugar a la vista de todos. La curiosidad invitó a que multitud de curiosos se acercara. En el centro de este improvisado patíbulo había una silla, sobre la cual se había colocado un monigote con una corona y una espada. Le gente reconoce en aquel muñeco al rey Enrique. Nadie entiende nada, pero aplauden y gritan, incluso insultan.

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A una señal, varios caballeros suben al cadalso. Uno de ellos, Juan Pacheco, marqués de Villena, mientras señala con el dedo a la figura que se encuentra sentada en la silla, explica que están allí para defender los derechos al trono del infante Alfonso, así como condenar al rey Enrique, por indigno. Los congregados dedican un fuerte abucheo a la figura. Cabe preguntarse si también abuchearían al rey en persona. Por supuesto que no.

Cuando acaba, Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo, ordena silencio. Inmediatamente, comienza una improvisada misa. Todos los presentes se arrodillan mientras el clérigo levanta una cruz diciendo sus plegarias. Luego bendice a todos los presentes y con una oración acaba la misa. El marqués de Villena vuelve a tomar la palabra para leer una declaración. En ella acusaban al rey de simpatizar y favorecer a los musulmanes, de ser homosexual, de ser un hombre pacífico y de no ser el verdadero padre de la infanta Juana, por lo cual esta no tenía derecho a sucederle como reina de Castilla. Defiende, por lo tanto, que es el infante Alfonso el legítimo heredero de la corona.

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Litografía de La Farsa de Ávila (Anónimo)

Tras finalizar la lectura del manifiesto, el arzobispo de Toledo vocea en alto que el rey merece perder la dignidad real y se acerca a la figura para quitarle la corona y arrojarla al suelo. A continuación el conde de Plasencia, Álvaro de Zúñiga, dice que el rey no merece administrar justicia y le arrebata la espada, tirándola con desprecio. Poco dijo Zuñiga hacía un año, cuando el rey Enrique le nombraba a él mismo caballero.Después, Rodrigo Pimentel, conde de Benavente, también le quita al monigote el bastón mientras dice que el rey no merece el símbolo del gobierno y lo rompe. Es ahora el tuno de Diego López de Zúñiga, hermano del conde de Plasencia. Se dirige al monigote y lo coge por la pechera. Luego lo levanta y lo arroja con violencia al suelo mientras grita:   “¡Al suelo, puto!”. Indescriptible la euforia de todos los presentes y la celebración de esta pantomima.

El marqués de Villena vuelve a tomar la palabra. Nombra entonces a Alfonso, con cara de no entender nada, rey de la Corona de Castilla. Lo sientan en el improvisado y ficticio trono y comienzan a alabarlo como nuevo monarca, bajo el nombre de Alfonso XII. Todos le rodean y gritan a coro “¡Castilla por el rey don Alfonso!”, tras lo cual van todos pasando de uno en uno para besar la mano de Alfonso como símbolo de vasallaje. El infante Alfonso ocupaba en aquel momento el tercer lugar en la línea de sucesión, detrás de su sobrina la infanta Juana de Castilla, la hija del rey.

Pero aquella delirante escena no sirvió para nada. Nadie más se unió a la causa y ni siquiera provocó rivalidad alguna entre Alfonso y Enrique. Tres años después, el infante Alfonso murió y su hermana Isabel se sometió a la autoridad de su hermanastro Enrique IV. Paradójicamente, cuando Isabel sucede a Enrique como reina de Castilla, algunos de estos nobles, entre ellos el marqués de Villena, declararon la guerra a Isabel y apoyaran a la Infanta Juana, a la que siempre habían considerado bastarda.

Como consecuencia de aquel acto, en el escudo de Ávila se incluyen tras divisas: “Ávila del Rey”, “Avila de los leales” y “Ávila de los caballeros”.

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