14. CAPITULACIONES DE BAYONA (1808)

Bayona, una pequeña ciudad francesa situada en los Pirineos Atlánticos que debe su nombre, según cuentan, a un jefe vikingo que llegó a ese lugar en el siglo IX, llamado Björn Björhamn o Baionam. Allí, en el castillo de Marracq tuvo lugar el encuentro entre Napoleón con Carlos IV y Fernando VII en el que el primero consiguió la renuncia de ambos reyes a la Corona española, un encuentro conocido como las Abdicaciones de Bayona, uno de lo capítulos más tristes de la historia de España.

Napoleón Bonaparte
Napoleón Bonaparte

El 17 de Marzo de 1908 tiene lugar el Motín de Aranjuez, en el que los partidarios del príncipe Fernando fuerzan, dos días más tarde, la detención de Manuel Godoy, ministro de Carlos IV, la abdicación de este y el nombramiento de aquel, su hijo, ya como Fernando VII. Tras este motín se esconde la nobleza fernandina, un sector de la iglesia y el embajador de Francia.  Ya como rey, Fernando entra en Madrid el día 24 de marzo, pero se encuentra la capital de la Corte tomada por las fuerzas francesas al mando del general Murat. En este escenario, Fernando VII busca la legitimación de Napoleón, mientras Carlos IV escribe al Emperador para que no lo haga.  Napoleón convoca, o más bien ordena, que ambos salgan al encuentro de él para buscar una solución, que desde luego no será salomónica, sino napoleónica. El lugar de encuentro: Bayona.

Así, un mes más tarde del Motín, el día 16 de Abril, Napoleón Bonaparte llega a Bayona. Antes de que lleguen los reyes españoles, al día siguiente, recibe a una comisión portuguesa a la que informa que no se aplicará el Tratado de Fontainebleau en relación a la división territorial de Portugal pactada con Godoy. Les garantiza la independencia absoluta de su país. El día 20 llega Fernando y, apenas una hora después de su llegada, acude Napoleón a visitarle. Se producía así la escena deseada: el propio Napoleón yendo a saludar al Príncipe Felipe. Tras los saludos de cortesía, el Emperador le invita a comer ese mismo día al castillo, donde se encuentra alojado, lo que es interpretado por los fernandistas como una muestra de consideración hacia un rey legítimo.

Napoleón y Fernando VII
Napoleón y Fernando VII

La comida es cordial y Fernando es agasajado con todos los honores de rey, razón por la cual este está convencido de que Napoleón le apoya. Pero al atardecer, acude el general Savary a entrevistarse con Fernando. Le comunica, muy lacónicamente, que el Emperador ha resuelto prescindir de los Borbones y nombrar como rey de España a un miembro de los Bonaparte. Le señala que el Emperador le exigirá que el Rey, en su nombre y en el de toda su familia, renuncie a la corona de España e Indias en favor de la dinastía de Bonaparte. Las palabras de Savary resuenan como un disparo en la cabeza de Fernando VII.

abdicacionesbayona
Napoleón le entrega a Fernando VII la carta de Protesta de Carlos IV

Apenas cinco días antes, el propio Savary le había pedido que viajara a Bayona como condición para que Napoleón le reconociera como legítimo Rey de España. Ahora, le general francés no ponía condiciones algunas para esta legitimidad, sino que limitaba a anunciar, o a amenazar, sobre las intenciones de Napoleón de negarle un trono heredado de su familia durante generaciones. Tras el inesperado anuncio, Juan de Escóiquiz intenta negociar en favor de Fernando. Cuando está frente a Napoleón, inicia un soliloquio basado en la defensa de su discípulo, hasta que este interrumpe al pesado orador y reprocha a Fernando la violencia con que a Carlos IV se le había obligado a abdicar y los sucesos de Aranjuez y la forma en la que se había nombrado rey al Príncipe, tras lo cual concluye la entrevista. A la espera de la llegada de Carlos IV, continuaron las negociaciones, pero Napoleón seguía manteniéndose firme y manifestaba su deseo que Fernando renunciase a sus derechos sin tener que acudir a la violencia. El día antes de la llegada de Carlos IV, Napoleón anunció a Fernando que las negociones con él habían terminado y que solo trataría con su padre.

Maria Luisa de Borbón y Parma-Goya
Maria Luisa de Borbón y Parma-Goya

Carlos IV y su esposa habían salido el 15 de abril de El Escorial escoltados por las tropas francesas, ansiosos por abrazar a su amigo Godoy, y convencidos de que Napoleón les devolvería la Corona. En un alto del camino, la Reina pregunta al Duque de Mahón, militar francés que más tarde estaría al servicio de Fernando VII y luego de José I, que noticias llegaban desde Bayona, a lo que este contestó: “Asegurase que el Emperador de los franceses reúne en Bayona todas las personas de la familia real de España para privarlas del trono”. La Reina le contestó convencida: “Napoleón siempre ha sido enemigo grande de nuestra familia; sin embargo, ha hecho a Carlos reiteradas promesas de protegerle, y no creo que obre ahora con perfidia tan escandalosa”.

Así, las cosas, el 30 de abril llegaban a Bayona, diez días después de su hijo y cuatro después de Godoy, siendo recibidos con honores de reyes, superiores a los empleados con Fernando. Ya desde el momento mismo en el que entraron en Francia, fueron escoltados hasta Bayona por la guardia de honor y su entrada en la ciudad fue recibida con salvas de honor, con toda la población vitoreándoles. Nada que ver con su salida de España. Todo anunciaba que el Emperador iba a devolver la Corona a Carlos IV, y así lo creyeron él y su esposa María Luisa, lo que, por otra parte, rompía sus planes de retirarse a un lugar apartado y descansar junto a su amigo Godoy, lejos todos de la Corte. Ese mismo día los recibió Napoleón, invitándoles a comer a su palacio al día siguiente, 1 de mayo. Retirándose a descansar del largo viaje, el Rey y la Reina acudieron a encontrarse con su querido Godoy, a quien consolaron por todo lo sufrido en su prisión. Godoy había llegado a Bayona el día 26 de abril, quedando alojado a las afueras de la ciudad. Poco después de su llegada se había entrevistado con Napoleón, al que había informado de todo lo acontecido en aquellos aciagos días de marzo.

Al día siguiente, los Reyes padres acudieron a la comida con Napoleón. Carlos IV subió las escaleras que conducían al salón agarrado al brazo de Napoleón, mientras decía a este en referencia a su hijo: me ha derribado porque no tengo fuerzas”, a lo que el emperador le respondió: Eso lo veremos. Apoyaos en mí que podré sostener a los dos”.Tal creo, y en ello fundo mis esperanza”, le contestó Carlos mirándole a los ojos. Era una conversación con mucho mensaje subliminal, como se ve. Una vez sentados todos a la espléndida mesa que Napoleón les había preparado, notó Carlos que faltaba en ella Godoy, por lo que preguntó: “¿Y Manuel? ¿Dónde está Manuel?”. Napoleón en aquellos momentos no dudaba en complacer a Carlos IV, y ordenó que llevaran al ministro a la mesa.

Una comida con el mismo menú y con una oferta económica que aseguraba el futuro del Rey. Carlos IV, con Godoy a su lado, aceptó las condiciones de Napoleón: “El hijo que os ha usurpado el trono, os lo devolverá por quien soy; vos cuya vuelta al poder es imposible en compañía de vuestro amigo, me cederéis ese trono a mí a cambio de la libertad que le he dado y de la ventura que en ello os proporciono. Europa dirá que Fernando devolvió la corona a su padre por la sola razón de habérsela este exigido, y que vos me la disteis a mí en la imposibilidad de darla a otro que pudiera llevarla mejor que yo”. Carlos IV aceptó la oferta del Emperador. Al fin y al cabo, para un rey cuyo pueblo le odiaba y cuyo hijo le había traicionado y usurpado una Corona de forma ilegítima, la única esperanza era conseguir una victoria moral, aunque ello supusiera traicionar a su estirpe.

Entrevista entre Napoleón y Fernando VII
Entrevista entre Napoleón y Fernando VII

Llamaron entonces a Fernando. Allí, Carlos IV exigió, en presencia de Napoleón, a su hijo la devolución inmediata de la Corona y le reprochó de arrebatársela con métodos indignos y bajo amenazas. Fernando se defendió alegando que su acceso al trono se había producido con el apoyo unánime de los españoles, por lo cual no podía cederle la Corona. Carlos se levantó entonces de su silla y mirándole con los ojos encendidos le acusó de haber querido quitar su vida y la de su madre junto con la Corona. María Luisa, que hasta entonces había permanecido en silencio, comenzó a insultar a su hijo llamándole vil y cobarde, llegando al extremo de pedir a Napoleón que le castigara con la muerte, aunque esta circunstancia fue negada más tarde por Godoy en sus memorias, La reina, según este, recordó a su hijo su falta de lealtad con ella cuando escondió los papeles de El Escorial que demostraban su traición contra el Rey, unas pruebas que le hubieran podido llevar a la condena, y quién sabe si al patíbulo. Napoleón, mientras tanto, observaba en silencio, entre estupefacto y satisfecho por las acusaciones mutuas de los aún reyes españoles, y se limitaba a apoyar en todo momento el discurso de los reyes padres. La entrevista dejó a un Fernando muy derrotado, pero sin haber cedido la Corona.

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Pero las noticias que llegaban de Madrid, con el levantamiento del 2 de mayo, llegadas a Bayona el día 5, le proporcionaron al Emperador la excusa para acabar con aquella comedia familiar. Se dirigió hacia el palacio donde se encontraban los reyes padres lanzando graves acusaciones contra su hijo, al que responsabilizaba de los disturbios y de la sangre que corría por las calles de Madrid, ya que en las algaradas se mencionaba su nombre, al tiempo que les mostraba la carta de Murat en el que relataba los acontecimientos. Volvieron a llamar a Fernando a su presencia. Cuando este llegó hasta allí, Carlos, María Luisa y el mismo Napoleón les esperaban sentados. Fernando permaneció de pie ante aquel improvisado tribunal. Carlos tomó la palabra visiblemente irritado contra su hijo: “¿Juzgas ser posible persuadirme que ni tú ni los miserables que te dirigen habéis tenido parte alguna en ese motín? ¿Te has dado prisa en destronarme para ahorcar a mis vasallos? ¿Quién te ha aconsejado esa carnicería? ¿Aspiras solamente a la gloria de tirano? María Luisa sustituyó a su esposo en la labor de interrogatorio sumarísimo: “Tu perdición te la había yo presagiado ya. Mira en qué abismo te despeñas y nos despeñas a nosotros. Nos hubieras hecho morir sino hubiéramos salido de España”. El silencio de Fernando animó a su madre a continuar: “¿Te has propuesto no contestar? Tus mañas son las mismas que siempre: cuando cometías un desacierto no sabías jamás cosa alguna”, concluyó levantándose y aproximándose a su hijo como si pretendiera darle una bofetada.

Fernando que hasta entonces se había manifestado poco menos que impasible ante aquellas acusaciones, no pudo reprimir un escalofrío cuando Napoleón se dirigió hacia él: “Príncipe, yo no había tomado decisión alguna hasta ahora sobre los acontecimientos que os han traído aquí; pero la sangre derramada en Madrid pone término a mi irresolución. Esa carnicería no puede ser obra sino del partido de que sois jefe y cuya existencia en vano trataríais de desmentir. Yo no reconoceré jamás por rey de España al que ha sido el primero en romper la alianza que desde tan antiguo la unía a Francia; al que ha ordenado la matanza de los soldados franceses en los momentos mismos en que solicitaba de mí que sancionase la acción impía en cuya virtud deseaba subir al trono. He aquí el resultado de los malos consejos que a tal estado os han traído: de nadie sino de los que os los han dado os podéis con justicia quejar. Yo no tengo compromiso ninguno que cumplir sino con el rey vuestro padre: él es el único a quien yo reconozco por monarca, y si él lo desea, estoy dispuesto a volverle a Madrid”.

Ante las palabras de Napoleón, Carlos IV respondió de inmediato: “¿Quién? ¿Yo volver a mi corte? De ninguna manera. ¿Qué haría yo en un país donde se han armado todas las pasiones en contra mía? Yo no hallaría allí en parte alguna sino súbditos sublevados; ¿y queréis que tras haber sido bastante feliz en haber atravesado sin menoscabo la época del trastorno general de Europa, vaya ahora a deshonrar mi vejez, haciendo la guerra a las provincias que he tenido la dicha de conservar, y conduciendo mis súbditos al cadalso? No, de ninguna manera: él se encargará de eso mejor que yo”. Luego, dirigiéndose a su hijo, le dijo severamente: “¿Crees sin duda que nada cuesta el reinar? Ahora puedes ver los males que preparas a España. Has seguido consejos siniestros; yo no puedo ya nada ni quiero mezclarme en cosa alguna: marcha, y sal como puedas de ese precipicio”. Napoleón, agotada su paciencia, se dirige a Fernando: “Príncipe, es necesario optar entre la cesión y la muerte. Si de aquí a media noche no habéis reconocido a vuestro padre por vuestro rey legítimo y no lo hacéis saber en Madrid, seréis tratado como un rebelde”. La amenaza de muerte surtió efecto en Fernando. A la mañana siguiente, Fernando VII renuncia en favor de Carlos IV.

Así, Carlos IV cumplía su compromiso con Napoleón de entregarle la Corona de España el mismo día 5 de mayo, haciendo lo mismo Fernando a favor del padre el día 6, en una curiosa ceremonia de la confusión y en un inédito acto protocolario. Lo normal es que primero el hijo hubiera abdicado en favor de su padre, y este después lo hubiera hecho en favor de Napoleón. Algo que, por otra parte, desconocía Fernando al ignorar que el día anterior su padre había cedido a Napoleón la Corona de España, como única persona que podía restablecer el orden, con la única condición de mantener la monarquía y la religión católica. El acuerdo era firmado en 5 de Mayo por el mariscal Duroc y Manuel Godoy, nombrado ministro a tal efecto. El 6 de mayo llega a Madrid un decreto de Carlos IV por el que nombraba a Murat su lugarteniente y lo autorizaba a gobernar en su nombre. El 10 de mayo se publica en Madrid la abdicación de Fernando. La noticia va provocando el levantamiento a lo largo de toda España, improvisándose la creación de milicias, partidas de guerrilleros y bandoleros que se enfrentan al ejército francés. Napoleón cree haber conquistado un país sin apenas derramamiento de sangre. Se equivocaba.

La guerra ha comenzado.

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