16. LAS GUERRAS CARLISTAS (1833)

Cuando fallece Fernando VII, su hija, con apenas tres años, no lo tenía fácil reinar. Con ese nombre, destinada a convertirla en la “otra reina Isabel”, tras Isabel la Católica, ella era la segunda mujer a la que la historia, y su padre como veremos, le daba la oportunidad de reinar por si misma y no ser una reina consorte. Pero, volvemos a insistir, no lo tenía fácil. Aquel reinado de mediados del siglo XIX no era una misión sencilla. Su abuelo y, especialmente, su padre habían dejado un reino sumido en una grave crisis institucional, social, política y económica, entre otras. Su abuelo heredó un trono casi al mismo tiempo que en la vecina Francia estallaba la Revolución Francesa, aquel “reino del terror” gobernado por un artilugio con nombre de mujer: la guillotina, y que regó las calles y plazas de París con la sangre de los Borbones franceses hasta la llegada de un emperador que asoló Europa y que encontró en España su perdición: Napoleón Bonaparte. No eran, sin embargo, los principales enemigos de Carlos IV los franceses, sino su propio hijo, el mencionado Fernando VII, quien traicionó a su padre, primero en El Escorial, luego en Aranjuez, luego en Bayona, mientras al tiempo también era engañado por su padre, primero en El Escorial, luego en Aranjuez y luego en Bayona. Todo ello con un extraño personaje al fondo: Godoy. Pero volvamos a Isabel porque eso es otra historia.

Isabel II, a los trece años
Isabel II, a los trece años

Con apenas 13 años, Isabel se vio obligada a ser reina. Y lo fue durante el periodo comprendido entre 1833 y 1868, cuando fue destronada por la llamada “Revolución Gloriosa”. Durante el periodo de minoría de edad de Isabel, hasta que cumplió los trece años de edad, existieron dos periodos de regencia: la ocupada por su madre María Cristina, hasta el año 1840; y la del general Baldomero Espartero, hasta 1843. La llegada al trono de Isabel se produjo por la voluntad de su padre, Fernando VII, de anular la Ley Sálica, la cual prohibía a las mujeres el ascenso al trono. Publicó la Pragmática Sanción que derogaba la anterior, que habilitaba a una mujer a reinar si no existía heredero varón alguno. Esta circunstancia provocó el enfrentamiento con el hermano del Rey y tío de Isabel: Carlos María Isidro, quien se consideraba único legítimo para reinar, bajo la aplicación de la Ley Sálica. Fue el origen de las llamadas Guerras Carlistas, llamadas así por el infante Carlos María.

Carlos María Isidro
Carlos María Isidro

Sin embargo, pese a ser el argumento principal, tras esta auténtica guerra civil, la cuestión dinástica no era la única razón de la guerra. Podríamos decir, incluso y sin temor a equivocarnos, que el origen de la misma se inicia cuando en los últimos años del reinado de Fernando VII, tras el llamado Trienio Liberal, permitió ciertas reformas cuyo objetivo era atraer a los sectores liberales, con medidas liberadoras de la economía, eliminando los fueros y los privilegios del Antiguo Régimen que sí había defendido en la primera parte de su reinado, lo que provocó que los sectores más conservadores y, sobre todo de la Iglesia, se agruparan en torno a la figura de su hermano Carlos María Isidro, el oponente de Fernando. Y por ello podemos definir el Carlismo como un movimiento antiliberal y contrarrevolucionario que se desarrolla en España desde comienzos del siglo XIX en respuesta a las medidas puestas en marcha por Fernando VII y que continuarán con su hija Isabel II. Los dos candidatos al trono sucesorio de Fernando VII son, por lo tanto, su hija Isabel, una niña de apenas 3 años, representada por si madre, la reina María Cristina; y Carlos María Isidro, hermano   de Fernando VII. Carlos María está legitimado por la Ley Sálica, promulgada en tiempos de Felipe V en 1713, mientras Isabel estaba legitimada por la Pragmática Sanción redactada por Carlos IV en 1789 y publicada por su padre.

 

Lo esencial en este enfrentamiento estaba en los apoyos políticos de uno y otro. Así, Carlos contaba con los grupos antiliberales y partidarios del absolutismo monárquico, el clero rural, los defensores del foralismo territorial, además del campesinado víctimas de los procesos desamortizadores que han transformado el medio rural, especialmente en el norte y este de España, la nobleza rural y algunos oficiales del ejército descontentos con la política de Fernando VII. Todos ellos veían en Isabel la desaparición de los privilegios nobiliarios, la desamortización y la supresión de las órdenes religiosas, al tiempo que defienden el monopolio de la Iglesia católica, el regreso de la Inquisición, el fin de las amortizaciones, la defensa de la foralidad, es decir, su propios sistema fiscal con menos impuestos y el rechazo a la libertad económica y libre comercio.

Por el contrario, los partidarios de Isabel, llamados también cristinos por su madre, tienen su base social en las ciudades y en los sectores beneficiados por el incipiente liberalismo, tales como la burguesía, los trabajadores que han emigrado a las ciudades, la alta jerarquía eclesiástica, la alta nobleza y la mayor parte del ejército. Aquel enfrentamiento irreconciliable entre ambos sectores desembocó en fases del mismo, llamadas Guerras carlistas.

La primera fase de ellas estuvo marcada por la llamada Primera guerra carlista provocada por Carlos María Isidro y sus partidarios que, como hemos visto, se negaron a aceptar la legitimidad de la reina. De esta forma, Isabel buscó y encontró el apoyo de los sectores liberales con la aprobación del Estatuto Real, aprobado en abril de 1834, una Carta Magna que venía a sustituir a la Constitución de 1812, basado en unas Cortes formada por una Cámara Alta, o Estamento de los Próceres, nombrados por la reina y formados por la nobleza, miembros de la Iglesia y terratenientes; y la Cámara Baja, o Estamento de Procuradores, elegidos mediante un sufragio muy limitado de apenas 16 mil electores de una población de 12 millones de personas. El documento concedía amplios poderes a la monarquía. Sin embargo, apenas tres años después, el ambiente de guerra civil provocó descontento de los militares liberales y el triunfo de los progresistas con el llamado Motín de La Granja, provocado durante la regencia de María Cristina entre los días 12 y 13 de agosto de 1836 por un grupo de sargentos y guardias reales pertenecientes al Palacio, donde en aquel momento se decidió nombrar un gobierno liberal, con Juan Alvárez Mendizábal como ministro de Hacienda y José María Calatrava como presidente de gobierno. Fue entonces cuando se llevó a cabo el proceso desamortizador llevado a cabo por el ministro Mendizábal, y que provocaba la supresión de órdenes religiosas, la nacionalización de sus bienes y su venta en pública subasta.

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Sería en las zonas rurales del País Vasco y en Navarra donde se iniciaría la Primera guerra carlista entre los años 1333 y 1339, si bien en Bilbao, Vitoria, San Sebastián y Pamplona se mantuvieron fieles a Isabel. Si bien al principio los carlistas se organizaron en guerrillas, luego, con el general Zumalacárregui se organizará un auténtico ejército, al que se unirá Carlos María. Este ejército recibirá el apoyo exterior de Rusia, Austria, Prusia y los Estados Pontificios. Por el contrario, Isabel contaba con el apoyo de Francia, Inglaterra y Portugal, favorables a que el liberalismo se impusiera en España.

Zumalacárregui
Zumalacárregui

Los carlistas necesitaban la conquista de una ciudad grande para poder financiar la guerra, razón por la cual a Zumalacárregui se le encargó la misión de la toma de Bilbao. El bloqueo a la ciudad comenzó el 10 de junio de 1835, ofreciéndola la rendición para evitar su ataque. Tras la negativa a entregar la ciudad, el día 14 comenzó el bombardeo, pero las baterías de la ciudad eran más fuertes que las carlistas y paradójicamente se produjeron más daños en las filas de los sitiadores que en las de los sitiados. Zumalacárregui fue herido en la rodilla lo que le obligó a dejar y falleciendo a consecuencia el día 24. El primer sitio de Bilbao finalizó con 31 muertos, 130 heridos y 11 presos en la ciudad. Se desconocen las bajas sufridas por los carlistas, pero la pérdida de Zumalacárregui resultó decisiva. El día 23 de octubre del año siguiente dio comienzo el segundo sitio de Bilbao, que duró más de mes y medio, finalizando con la batalla de Luchana en la noche de Navidad, con la victoria de los liberales al mando de Espartero. Si bien este segundo sitio resultó mucho más duro para los defensores y habitantes de Bilbao, contándose entre sus filas 250 bajas y casi 2.000 heridos, este nuevo fracaso carlista dejó en evidencia su imposibilidad de tomar una ciudad.

Entrada de Espartero en Bilbao
Entrada de Espartero en Bilbao

La derrota de Bilbao dividió a los carlistas en dos bandos: los partidarios de un acuerdo que acabase con la guerra; y los reaccionarios, que quería continuar la guerra. En agosto de 1839 se firma el Convenio de Vergara entre Espartero, al mando de las tropas isabelinas, y Maroto,  al frente entonces de las tropas carlistas. El estado se comprometía a admitir a los militares carlistas en el ejército manteniendo sus grados y a estudiar el mantenimiento de los fueros vascos.

Abrazo de Vergara
Abrazo de Vergara

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En realidad, la llamada Segunda guerra carlista, entre los años 1846 y 1849, fue una insurrección provocada durante la Década Moderada, ya que los carlistas eran los mayores opositores al liberalismo. El origen de esta guerra fue el fracaso de casar a Isabel II con el hijo de Carlos María, Carlos Luis de Borbón, que había sido pretendido por algunos sectores moderados de Isabel carlistas. Sin embargo, la reina terminó casándose con el también primo suyo Francisco de Asís de Borbón, lo que provocó el enfrentamiento. Carlos María no acepta la rendición y el acuerdo de paz, prolongándose el conflicto armado un año más en el norte de Cataluña y especialmente en el Maestrazgo, donde el general Cabrera, desde Morella, conquistada a principios de 1938, mantiene su bastión más importante. Algo que no evitó la derrota de los carlistas y la implantación definitiva del sistema liberal en España y el fin del Antiguo Régimen.  

El general Cabrera en Morella
El general Cabrera en Morella

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La tercera guerra carlista tuvo lugar entre los años 1872 y1876, iniciándose tras el triunfo de la Revolución Gloriosa y abandono de la Corona por parte de Isabel, ya en el Sexenio Revolucionario y se produjo tras la llegada de Amadeo de Saboya. De nuevo fueron los sectores radicales del carlismo los que participaron en ella, mientras los sectores más moderados se convirtieron en una fuerza política opositora al nuevo rey de carácter conservador. La guerra, más bien conflicto, acabará con la definitiva derrota del carlismo, ya durante los primeros años del reinado de Alfonso XII. Los generales Martínez Campos y el general Fernando Primo de Rivera, derrotaron a los carlistas en Cataluña, Navarra y País Vasco.

Batalla de Luchana
Batalla de Luchana

A partir de este momento, los carlistas se dividen y abandonan las armas definitivamente. Unos acaban reconociendo a Alfonso XII y se integran en el sistema. Otros mantuvieron su ideología tradicional y antiliberal, y acabaron creando un partido, el partido carlista, de ideología ultraderechista, del que aún quedan residuos hoy en día.

 

 

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