03. VIAJES DE CRISTOBAL COLÓN (1492)

Ya desde comienzos del siglo XV, portugueses y castellanos habían realizado varios intentos para llegar a Oriente, a las llamadas Indias orientales  y comerciar con especias y con productos de gran valor, mediante un camino alternativo a las rutas tradicionales del Mediterráneo oriental, ya que este era un lugar donde los navíos comerciales eran atacados por los piratas berberiscos.

Fruto de estas expediciones fue la conquista castellana de las Islas Canarias, que comenzó en 1402 por la isla de Lanzarote y concluyó en 1496 con la conquista de Tenerife. Durante el siglo XV los portugueses había abiertos rutas comerciales a través del océano Atlántico bordeando África y llegando hasta Asia. Un viaje largo y complicado que muchas veces no tenía vuelta.

Un navegante llamado Cristóbal Colón, al parecer de origen genovés, se presentará ante los Reyes Católicos y les presentará un proyecto: llegar a las Indias siguiendo una ruta hacia el oeste en lugar de bordear hacia el este todo el continente africano a través del océano Atlántico. Este proyecto se lo había ofrecido anteriormente al rey de Portugal, Juan II, pero sin éxito. Tal vez porque, en aquel momento, los navegantes portugueses tenían un gran prestigio, muy por encima de aquel desconocido italiano que, además, amparaba su proyecto en una extraña teoría: la tierra era esférica y no plana, como todo el mundo sabía.

Reyes Católicos
Reyes Católicos

Los Reyes Católicos, particularmente la reina Isabel, se interesan por ese proyecto y deciden ayudar a Colón en su proyecto de llegar a Asia por Occidente (“Y ordenaron que yo no fuese por tierra al Oriente, por donde se costumbra de andar, salvo por el camino de Occidente, por donde hasta oy no sabemos por cierta fe que aya passado nadie. Así que, después de aver echado fuera todos los judíos de todos vuestros reinos y señoríos, en el mismo mes de enero mandaron vuestras altezas a mí que con armada suficiente me fuese a las dichas partidas de India”)

El 13 de abril de 1492, Cristóbal Colón firma con los reyes las llamadas Capitulaciones de Santa Fe, por las cuales se autoriza y financia la expedición de Cristóbal Colón a las Indias, concediendo al navegante una serie de peticiones y títulos, entre ellos, el nombramiento de almirante de la mar océana, virrey y, sobre todo, el 10% de las riquezas que encuentre (“Y para ello me hizieron grandes mercedes y me anoblecieron, que dende en adelante yo me llamase don y fuese almirante mayor de la mar Occéana y visorrey e governador perpetuo de todas las islas y tierrafirme que yo descubriese y ganase”). También se firman varias cédulas para se conceda a Colón cuanta ayuda precise en aquellas villas y puertos de mar a las que se dirija, Pese a ello, pasó mucho tiempo hasta conseguir los navíos y la tripulación para ellos. Colón era un total desconocido y no confiaba demasiado en él, a pesar de los salvoconductos de los Reyes.

Colón ante los Reyes Católicos
Colón ante los Reyes Católicos

Finalmente, el 3 de agosto de 1492 parte Cristóbal Colón desde el puerto de Palos a bordo de tres naves, de las cuales dos fueron entregadas aquí, las carabelas llamadas la Pinta y la Niña, en virtud del castigo que pesaba sobre el puerto y la Cédula Real que obligaba a sus autoridades a cederlas. La tercera nave será una nao de mayor tamaño que las carabelas, llamada Santa María. Pese a lo ambicioso de aquel proyecto, los medios no parecían ser los más adecuados. Un ejemplo de ello lo constituye el hecho de que cuando la hija de los Reyes Católicos, la infanta Juana, viajó desde Laredo a los Países Bajos al encuentro de su futuro esposo, Felipe el Hermoso, la expedición constaba de 130 naves y 25 mil soldados a bordo.   Sin embargo, Colón contaba con apenas 90 marineros, conseguidos gracias a los hermanos Pinzón y a los hermanos Niño de Moguer. Y para ello tuvieron que intermediar los frailes del Monasterio de la Rábida. La tarde del 2 de agosto fue muy intensa en el puerto de Palos mientras embarcaban las tripulaciones y preparaban las naves para aquel largo y desconocido viaje. Al día siguiente, muy temprano, tras la misa y comunión, Colón dio orden de levar anclas y largar los aparejos encomendándose a Dios. Faltaba media hora para la salida del sol y la silueta de las tres naves se recortaba en el rojizo horizonte en un viaje hacia lo desconocido. Era el primero de los viajes hacia lo desconocido.

Salida del puerto de Palos
Salida del puerto de Palos

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Desde el puerto de Palos, los tres navíos navegaron por el Atlántico en dirección sur, bordeando la costa africana, siguiendo los vientos favorables a la navegación. De esta forma, el 9 de agosto de 1492, ya anochecido, la expedición llega a las Islas Canarias, donde se verán obligados a detenerse en La Gomera a causa de la rotura del timón de la Niña. Mientras se dotaba a la carabela un nuevo timón y de unas velas cuadradas más grandes, debiéndose construir un nuevo mástil, se aprovechó la parada para proveerse de más víveres, leña y agua. Tras un mes en la Gomera, el 6 de septiembre zarparon los tres barcos. Es en este momento cuando Cristóbal Colón comenzará a escribir su diario (“Tres oras de noche sábado començó a ventar Nordeste, y tomó su vía y caminó al Güeste. Tuvo mucha mar por proa que le estorvava el camino. Y andarían aquel día nueve leguas con su noche”).

El viaje es largo y duro y la rutina y la monotonía va ocupando los días a bordo de las naves en aquel infinito universo de agua. Todos se levantan muy temprano y comienzan preparando los barcos para que la navegación sea la más adecuada. A las once de la mañana, se sirve la única comida caliente del día, consistente en un plato de anchoas o sardinas unos días; garbanzos o lentejas, otros y carne salada los menos. Al caer la noche, todos se reúnen para rezar, tras lo cual se entona, o se intenta, el “Salve Regina“. Después, la tripulación se acuesta y comienzan las guardias de la noche. El silencio se apodera de la nave y solo se escucha el choque de las olas contra el casco de las naves. Y así, día tras día, que pasan y pasan con una lentitud desesperante.

Llevan más de un mes desde que partieron de La Gomera y, desde entonces, no se ha visto tierra por ninguna parte. Los marineros empiezan a preguntarse cuál y cuando es el final de aquel interminable y monótono viaje. En la Santa María los marineros piden a Colón dar la vuelta y regresar a Palos antes de que los vientos les empujen tan adentro que les sea imposible el regreso. Colón no se inmuta y esto irrita aún más a sus hombres, que amenazan con amotinarse. Será Martín Alonso Pinzón el que intervenga y calme a los marineros prometiéndoles que si en unos pocos días no divisan tierra, regresarán de inmediato. Era el 10 de octubre de 1492.

Nadie, salvo Colón sabía cuán lejos se encontraban en ese momento del puerto de Palos. Y lo era porque cada día anotaba la distancia que recorrían, pero cuando se lo comunicaba a sus hombres les mentía, diciéndoles siempre una distancia menor a la que realmente había navegado. No quería que sus hombres supieran lo lejos que estaban de casa (“El piloto del almirante tenía oy, en amaneciendo, que avían andado desde la isla del Hierro hasta aquí quinientas setenta y ocho leguas al Güeste. La cuenta menor que el almirante mostrava a la gente eran quinientas ochenta y cuatro, pero la verdadera que el almirante juzgava y guardava eran setecientas siete”).

Primer viaje de Colón
Primer viaje de Colón

Pero, afortunadamente para todos, aquella estrategia de Colón nadie la descubrió. Como tampoco Pinzón tuvo que cumplir su promesa. En la noche del 12 de octubre de 1492, la desesperación se transformó en alegría. Eran las 2 de la madrugada y el silencio gobernaba en la expedición. De repente, un fuerte grito, como un trueno, rompió el silencio: ¡Tierra! ¡Tierra!, gritaba sin cesar aquel marinero, de nombre Rodrigo de Triana, subido en lo más alto del palo mayor. En su diario, Colón se atribuye el descubrimiento de la tierra, asegurando que él había visto fuego. La razón de ello pudo ser la promesa de recompensa de diez mil maravedíes por parte de los Reyes para aquel que primero la descubriese (“Y porque la caravela Pinta era más velera, iva delante del almirante, halló tierra y hizo las señas que el almirante avía mandado. Esta tierra vido primero un marinero que se dezía Rodrigo de Triana. Puesto que el almirante a las diez de la noche, estando en el castillo de popa, vido lumbre, aunque, como fue cosa tan cerrada, que no quiso afirmar que fuese tierra, pero llamó a Pedro Gutiérrez, repostero de estrados del rey, e díxole que parecía lumbre, que mirasse él, y así lo hizo y vídola”).

Todos corrieron a cubierta a mirar hacia el lugar donde señalaba el vigía. A lo lejos, en el horizonte, se vislumbraba la silueta de una tierra baja. Colón ordenó poner proa hacia aquel lugar que, aunque desconocido, en aquel momento era algo poco menos que el paraíso. La noche empezó a dejar paso al día y con él, aquella silueta se hizo más visible y evidente. Era una tierra verde, lo que significaba que en aquel lugar habría agua y alimentos. Al mediodía de aquel 12 de octubre de 1492, los tres navíos se situaron frente a la cercana costa, fondeados. Una comitiva salió a explorar aquella tierra, con Colón encabezándola portando el estandarte real. Las barcazas pronto llegaron a aquella playa de fina arena blanca y de verdes aguas cristalinas. Colón, ataviado con sus mejores ropas y portando el estandarte real, encabezó la comitiva que se acercó a la orilla de la playa. Colón, de rodillas, tomó aquella tierra en nombre de Castilla y Aragón, mientras un fraile bendecía aquella escena en presencia de un crucifijo. Llamó a aquella tierra San Salvador. No lejos de allí se encontraba un grupo de nativos, que observaban a aquellos extraños hombres ataviados de extrañas ropas en aquellos extraños barcos (“Sacó el almirante la vandera real y los capitanes con dos vanderas de la Cruz Verde, que llevava el almirante en todos los navíos por seña, con una F y una Y, encima de cada letra su corona, una de un cabo de la cruz y otra de otro. Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en tierra, y a Rodrigo de Escobedo, escrivano de toda el armada, y a Rodrigo Sánchez de Segovia, y dixo que le diesen por fe y testimonio cómo él por ante todos tomava, como de hecho tomó, posesión de la dicha isla por el rey y por la reina sus señores, haziendo las protestaciones que se requirían, como más largo se contiene en los testimonios que allí se hizieron por escrito. Luego se ayuntó allí mucha gente de la isla”).

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Los indígenas se acercaron hacia aquellos desconocidos. Intercambiaron gestos amistosos. No parecía mal comienzo para dos civilizaciones extrañas. Los españoles actuaban con cautela ante aquellos desconocidos. Se fijaban en su escasa vestimenta. No llevaban ningún objeto que pareciera de oro ni piedra preciosa alguna. Parecía un pueblo agricultor (“Yo porque nos tuviesen mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertería a nuestra santa fe con amor que no por fuerza, les di a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidro que se ponían al pescueço, y otras cosas muchas de poco valor, con que ovieron mucho plazer y quedaron tanto nuestros que era maravilla”).

El propio Cristóbal Colón señalaría en su diario que aquellos desconocidos eran altos y de gestos amables (“Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vide de edad de más de treinta años. Muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras, los cabellos gruessos cuasi como sedas de cola de cavallo, y cortos. Los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan”). Cuando les preguntó por las heridas que algunos tenían, ellos con gestos señalaron a las islas de alrededor, de donde, al parecer, venían otros a llevárselos, tal vez como esclavos (“Yo vide algunos que tenían señales de feridas en sus cuerpos y les hize señas qué era aquello y ellos me amostraron cómo allí venían gente de otras islas que estaban acerca y los querían tomar y se defendían. Y yo creí, creo, que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por captivos”). “Esclavos”, aquella palabra despertó la codicia de Colón. Pensó entonces en llevarse de regreso a España a unos cuantos nativos, como prueba de su llegada a esta tierra.

Supo que aquel pueblo se llamaba Taíno y se dedicaban a la agricultura y al cultivo de maíz y algodón, sobre todo, cacahuete, pimienta, batata y tabaco. Lo que no se veía por ningún lado era oro ni otros metales, ni piedras preciosas ni nada parecido, que era lo que venían a buscar (“Y yo estava atento y trabajava de saber si avía oro, y vide que algunos de ellos traían un pedaçuelo colgado en un agujero que tienen a la nariz. Y por señas pude entender que yendo al Sur o bolviendo la isla por el Sur, que estava allí un rey que tenía grandes vasos de ello, y tenía muy mucho”). Trascurridos unos días, la expedición española reanudó su viaje, recorriendo las islas del archipiélago de las Bahamas. Colón y sus hombres arribaron a la actual Haití, isla que bautizaron con el nombre de La Española, donde fueron recibidos por el cacique Guacanagarí. Algunos nativos lucían algunas piezas de oro, por lo que los españoles decidieron explorarla con mayor profundidad. Lo nativos se mostraban impresionados por aquellos hombres de una tez blanca, con barba, armas de metal y barcos enormes, llegándoles a tomar por alguna especie de dioses venidos del cielo(“ Los unos nos traían agua, otros otras cosas de comer, otros, cuando veían que yo no curava de ir a tierra, se echavan a la marnadando y venían, y entendíamos que nos preguntavan si éramos venidos del cielo”). Durante los días siguientes, Colón y sus hombres fueron recorriendo todo el mar Caribe, descubriendo y dando nombre a cuantas islas se iban encontrando. Su objetivo era llegar a Cuba, donde suponía que encontraría las riquezas que buscaba(“Yo estava posado para ir a la isla de Cuba, adonde oí desta gente que era muy grande y de gran trato y avía en ella oro y especerías y naos grandes y mercaderes, y me amostró que al Güesudueste iría a ella. Y yo así lo tengo, porque creo que sí es así, como por señas que me hizieron todos los indios destas islas y aquellos que llevo yo en los navíos, porque por lengua no los entiendo, es la isla de Cipango, de que se cuentan cosas maravillosas”). Cuando llegó allí, la comparó con Andalucía. Esperaba allí encontrar al Gran Kan, pero solo encontraron nuevas tribus, de carácter similar al ya encontradas. Del oro, poco.

El día 23 de diciembre, mientras la Santa María y la Niña se encontraban recorriendo la costa norte de la isla, un fuerte golpe golpeó la nave capitana y se escoró peligrosamente. Había golpeado en un banco de arena y encallado. El agua empezó a inundar la nave. La Santa María estaba perdida. Ese día y el siguiente, el de Navidad, todos lo pasaron descargando la Santa María con la ayuda de los nativos. Aquello parecía una desgracia. Sin embargo, Colón pensó que aquello era, en realidad, un mensaje de la Providencia. Allí había oro y allí habría que establecer un asentamiento (“El rey se holgó mucho con ver al Almirante alegre, y entendió que deseaba mucho oro, y díjole por señas que él sabía cerca de allí donde había de ello muy mucho en grande suma, y que estuviese de buen corazón, que él le daría cuanto oro quisiese; y de ello dice que le daba razón, y en especial que lo había en Cipango, a que ellos llamaban Cibao, en tanto grado que ellos no le tienen en nada, y que él lo traería allí, aunque también en aquella isla Española, a quien llaman Bohío, y en aquella provincia Caribata lo había mucho más”).

Construcción del fuerte Navidad
Construcción del fuerte Navidad

Fue entonces cuando decidió construir un fuerte con la madera de la Santa María. En aquel fuerte se quedaría un grupo de unos 40 hombres que se encargarían de explorar y recoger el oro que hubiera en ese lugar. Y llamó a aquel asentamiento Navidad, el primero de origen español en el Nuevo Mundo. Una vez construido, Colón decide regresar a España. Así, el 16 de enero de 1493, las carabelas Pinta y Niña abandonan La Española con rumbo a España. Colón ordena a los colonos que quedan en el fuerte que acaten las órdenes del cacique Guacanagari. En La Niña viajarán también dos de los hijos de Guacanagari, junto con otros indígenas.

El jueves 14 de febrero, cuando faltaba poco para llegar a las Azores, una violenta tormenta hizo que las dos carabelas se perdieran. La Pinta, comandada por Martín Alonso Pinzón, se alejó para siempre y Colón nunca más le volvería a ver “(Entonces comenzó a correr también la caravela Pinta en que yva Martín Alonso, y desapareció, aunque toda la noche hizo faroles el Almjrantecy el otro le respondía, hasta que parez que no pudo más por la fuerza de la tormenta y porque se hallava muy fuera del camjno del Almjrante”). La realidad demuestra que e tre ambos navegantes existía una rivalidad conocida por todos y que la tormenta sirvió a Pinzón para separarse de Colón y regresar por su cuenta.

Pinzón arribó al puerto gallego de Bayona el 1 de marzo, siendo el primero en dar noticias de que los españoles habían descubierto al otro lado del océano, enviando un correo a los Reyes, que se encontraban en ese momento en Barcelona, dando cuenta de todo, algo que fue interpretado como un intento de adelantarse a Colón en las buenas nuevas. Luego, desde allí se dirigió a Palos esperando noticias de los Reyes. Mientras tanto, la Niña consiguió, con muchas dificultades, superar la tormenta, llegando finalmente a Lisboa el 4 de marzo, escribiendo inmediatamente a los Reyes (“estando en el mar de castilla salio tanto viento conmigo sur y sueste que me ha fecho descargar los navíos pero corri aquí en este puerto de lisbona yo que fue la mayor maravilla del mundo adonde acorde de escreuir a sus altezas”). La razón de dirigirse a Lisboa causó cierto malestar y desconfianza hacia el almirante. Este argumentó que llegó a la capital portuguesa tras arribar en las Azores, donde repusieron sus fuerzas. La realidad es que el 9 de marzo Colón era recibido por el rey portugués para tranquilizarle de que aquel viaje no había afectado a los intereses portugueses, aunque la realidad es que el rey portugués era informado, a pesar de la carta a los Reyes Católicos, de todo lo encontrado en ultramar, aunque otras teorías mantienen que intentó negociar futuras expediciones con Juan II, aunque sin éxito.

Finalmente, la Niña llegó a las costas españolas el 15 marzo de 1493, mismo día que llegaba Pinzón de Bayona aunque unas horas más tarde, yéndose Colón a descansar al monasterio de la Rábida mientras esperaba la audiencia de los Reyes, no sin antes enviar una carta a estos informándolas de su regreso. Pasados unos días, recibió una carta de respuesta de los Reyes, con fecha 30 de mayo de 1493, donde le ordenaban que fuese a Barcelona a dar cuenta de lo acontecido y anunciándole la intención de organizar un segundo viaje (“placerá a Dios que, de más de lo que en esto le servis, por ello recibais de Nos muchas mercedes, las cuales, creed se vos haran como vuestros servicios e trabajos lo merecieren, y porque queremos que lo que habeis comenzado con el ayuda de Dios se continue y lleve adelante, y deseamos que vuestra venida fuese luego, por ende, por servicio nuestro, que dedes la mayor prisa que pudieredes en vuestra venida, porque con tiempo se provea todo lo que es menester, y porque como vedes el verano es entrado, y no se pase el tiempo para la ida allá, ved si algo se puede aderezar en Sevilla o en otras partes para vuestra tornada a la tierra que habeis hallado”). Barcelona se preparó para el recibimiento del almirante y su séquito. Las autoridades salieron a recibirle con todos los honores de virrey. Luego, al penetrar en el salón del trono, los Reyes se levantaron y cuando Colón quiso arrodillarse y besarles la mano, le pidieron que se levantara y sentara en una silla cerca de ellos. Colón fue el único al que se le permitió permanecer sentado en su presencia.

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Entonces les contó todo lo relativo al viaje y de las islas que encontraron y de sus habitantes medio desnudos, presentándoles a los indígenas que le acompañaban. Todos, incluidos Isabel y Fernando, se emocionaron cuando escucharon a los indios rezar el Ave María y después santiguarse. Luego les mostró algunos papagayos y cacatúas, desconocidas en España, así como barriles que contenían pescado en salazón y arcones con algodón, áloe, especias y pieles de grandes iguanas. También les mostró arcos y flechas, mientras Colón les hablaba de leyendas que contaban al otro lado del mundo. Finalmente, Colón les mostró a todos lo que más interesaba: coronas de oro, grandes máscaras decoradas con oro, ornamentos de oro, pepitas de oro, polvo de oro y, sobre todo, un rico cofre de oro que Guacanagari le había regalado a cambio de que los protegiera de los indios caníbales del cacique Caonabo. Los Reyes entonces se arrodillaron, y con ellos todos los presentes, dando gracias a Dios.

Colón había demostrado que no estaba loco. Hasta casi había convencido a los demás de que la tierra era redonda, haciendo un extraño juego con un huevo. Nadie le iba a discutir nada al genovés. Todos estaban contentos. Colón ante las perspectivas que se le presentaba; los Reyes Católicos, por la conquista de un nuevo mundo que traería las riquezas necesarias para financiar sus campañas y porque, gracias a ellos, llevarían la palabra de Dios al otro lado del mundo. Se dirigieron entonces al papa Alejandro VI, el papa Borgia, para que este garantizara que las tierras descubiertas, así como lo que contuviera en ellas serían propiedad de España. Amén.

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Aquello demostraba que el sueño de Colón era real. Lo que había traído de las supuestas Indias eran bienes tangibles, un pequeño ejemplo, una pequeña cantidad de lo que había más allá del océano Atlántico. Colón preparaba su segundo viaje y ahora, una vez terminada la guerra contra los moros, todo el mundo quería embarcarse a las Indias, bien por espíritu guerrero que aún se conservaba; por la búsqueda de El Dorado, donde se encontraba grandes riquezas; o por la misión evangelizadora a la que la Iglesia se encomendaba. Había prisa por organizar esta segunda travesía por el temor de los Reyes Católicos a que los portugueses intentaran llegar a los territorios, ya que según el Tratado de Alcaçovas les pertenecería cualquier descubrimiento realizado al sur de las Islas Canarias

Así pues, si en el primer viaje los navegantes hubieron de ser gente de mal vivir y delincuentes que eran obligados a embarcarse como castigo de sus delitos, ahora todo el mundo quería formar parte de este viaje. Finalmente, se seleccionaron entre 1.200 y 1.500 personas para acompañar a Colón en esta segunda expedición, entre los cuales se encontraban Diego Colón, hermano menor del Almirante; Pedro Margarit, amigo personal del rey Fernando; Juan Ponce de León, Diego de Velásquez y Juan de la Cosa, entre otros, junto con médicos y religiosos, todos ellos de prestigio y buena posición.

Segundo viaje de Cristóbal Colón
Segundo viaje de Cristóbal Colón

El 25 de septiembre de 1493, una hora antes del amanecer, una imponente flota compuesta por 14 carabelas y 3 naos, bien provistas de víveres y perfectamente equipadas, zarpó del puerto de Cádiz rumbo a las Indias. Ya no iban con la intención de descubrir nuevas tierras, sino de colonizar y explotar las recién descubiertas. Al igual que en el primer viaje, la flota puso rumbo a las Islas Canarias, llegando allí el 12 de octubre a la Gomera y salir un día después, para, una vez pasado la isla de El Hierro, cambiar el rumbo en dirección suroeste Era un camino más corto, aunque más peligroso por la existencia de tormentas. Tan rápido que en la madrugada del 3 de noviembre de 1493 la flota llegaba a las Pequeñas Antillas, a una isla que fue bautizada como Dominica, porque era domingo. Al no encontrar puerto adecuado para fondear, ese mismo día el grueso de la flota sigue hacia la isla Marigalante, llamada así en honor de la nao capitana, desembarcando en ella “(una vez hechas las ceremonias de rigor y marcada la tierra con la Cruz del Salvador, tomaron posesión de ella en nombre de los Reyes de España“).

Desde allí se dirigieron a La Española, haciendo escala en otra isla, a la que llamará Santa María de Guadalupe en cumplimiento de una promesa hecha a los monjes de este monasterio en España. Los indígenas, ante la llegada de la armada, huyeron al monte por miedo a tan grandes embarcaciones, por lo que los españoles al desembarcar tan sólo encontraron unas cuantas casas vacías y un niño que dejaron olvidado, a quien Colón entregó a “una muger que de Castilla acá venía”.   Pero lo que también encontraron fue la evidencia de la existencia de los temidos indígenas caribes caníbales, pués entre los alimentos que

Encontraron en las chozas abandonadas se encontraban varios huesos de piernas y brazos humanos, y cabezas colgadas en las casas. En otro poblado encontraron jóvenes taínos castrados a los que engordaban para después comérselos y muchachas cautivas embarazadas, a cuyos niños consideraban como un sabroso manjar. La expedición rescató a unos veinte de estos cautivos y los llevó de regreso a La Española. Por fin, tras recorrer varias islas llegan a La Española el 22 de noviembre, donde Colón había dejado una pequeña guarnición en el fuerte Navidad.

Cuando llegaron a La Española el 12 de marzo, encontraron totalmente destruido el fuerte Navidad y abandonado. Envió a alguno de sus hombres en busca de algún superviviente, pero solo encontraron a tres indios taínos que, al ser preguntados acerca de lo sucedido con los hombres de la fortificación confirmaron la muerte de todos “(dixeron que todos heran muertos. Avnque ya nos lo avia dicho vn yndio de los que llevavamos de Castilla que lo avian hablado los dos yndios que antes avian venido a la nao que se avian quedado a bordo de la nao con su canoa, pero no le aviamos creydo”), señalandoa Caonabo como el causante de ello (“quel rrey de Caonabo y el rrey Mayreni e que los quemaron las cosas del lugar e que estavan dellos muchos heridos e tanbien el dicho guacamari estava pasado un muslo y el que estava en otro lugar”). Tras dirigirse Colón al poblado de Guacanagari, este contó a Colón que Caonabo había asesinado a los colonos y quemado el fuerte. Le contó, además, que la avaricia de los españoles y los excesos cometidos con las mujeres de la isla motivaron el ataque del cacique Caonabo. El genovés lamentó lo sucedido, no sólo por la pérdida de los hombres, sino porque tenía la confianza de que esos treinta y nueve hombres le facilitaran abundante información de las islas y de la riqueza del entorno.

Colón decidió construir otro asentamiento, pero alejado de este. En la zona norte de la isla fundó la Isabela, en homenaje a la reina Isabel. Desde allí se organizaron expediciones por la isla con el fin de capturar a Caonabo y, al mismo tiempo, buscar el ansiado oro. El 12 de marzo de 1494 el genovés se puso a la cabeza de cuatrocientos hombres bien armados y equipados, con arcabuces, lanzas, espadas y arcos, y seguidos por una multitud de los indios vecinos. Salieron de la ciudad con las banderas desplegadas, al son de tambores y trompetas, en un alarde más aparente que real. Cuando ya estaban en el interior, Colón decidió construir un fuerte en una región donde los nativos decían que muy cerca se encontraba el poblado de Caonaboa, el rey que mató a los cristianos de Navidad, zona en la que además había abundancia de oro “en tres días, con toda la gente que yo llevava y maestros que para ello, con probeymiento de todo que era menester, hize una fuerça mui fuerte y buena“, al que llamó Santo Tomás, por la escasa credibilidad de que encontraran la región del oro.

Del oro, la mayor parte de las muestras eran de reducido tamaño, y además algunos expedicionarios, en contra de lo ordenado, escondían oro entre sus ropas, lo que impacientaba a aquellos cuyo objetivo era el enriquecimiento rápido para poder regresar a casa y evitar permanecer en un lugar donde su vida corría peligro a causa de los indígenas hostiles y las enfermedades, que empezaban a hacer estragos. Algunos colonos se hacen con barcos y regresan a España. Otros, se dedican a saquear las propiedades de los nativos y a abusar de sus mujeres. Mientras, llegan noticias de que el cacique Caonabó acechaba el fuerte habían construido en el corazón de las montañas, en realidad sus montañas y se preparaba para atacarles como hiciera con el fuerte de Navidad. Colón envió entonces otros 400 hombres, con orden de acudir a los territorios de los diferentes caciques, y de explorar la isla de manera que ni Caonabó, ni ningún otro cacique se atreviera a enfrentarse a los españoles. En cuanto al cacique, Colón quiere que se capturado con vida y poder ganarse su confianza, evitando una batalla. Así lo hizo el capitán que dirigía el contingente, que acudió con apenas nueve hombres a parlamentar con Caonabó y engañarle para que acudiera con él al río donde le daría algunos objetos de gran valor en señal de amistad. Una vez allí, el capitán ordena que coloquen grilletes al cacique y lo atan al caballo para llevarlo ante el Almirante. Caonabó, ante Colón, reconoció haber destruido el fuerte y ejecutado a los colonos en venganza por las atrocidades que estos habían cometido entre su pueblo. Colón decidió no ejecutarle y enviarlo a España.

Así, en marzo de 1496, Colón envía de regreso a España 12 barcos, entre cuyo equipaje llevaba 30.000 ducados de oro, especias, papagayos y veintiséis indios, de los cuales tres eran caribes caníbales, entre ellos el mencionado Caonabo junto con otros 500 prisioneros indígenas, para presentarlo ante los Reyes Católicos para que conocieron a un auténtico cacique caribe y, sobre todo, la clase de gente a la que se tenía que enfrentar. El cacique, que había iniciado una huelga de hambre, falleció durante el viaje, siendo su cuerpo lanzado al océano. Otros casi doscientos nativos, enviados como esclavos, murieron también durante el viaje. La nueva situación en ultramar demuestra la incapacidad de Colón como gobernador y el de la esclavitud de los taínos, lo que provoca desconfianza en los monarcas, cuyo problema se conoció rápidamente por toda la Península. En realidad, en estas carabelas de regreso, más que riquezas, traían problemas y desazón.

Finalmente, el 10 de marzo de 1496 regresa Colón a España al mando de dos navíos: La Niña y La India, está última construida en el Caribe. El miércoles 8 de junio, “yendo todos los pilotos como ciegos y perdidos”, ven la punta de Odmira, localizada entre Lisboa y el cabo de San Vicente, tal y como había manifestado el Almirante la noche anterior, por lo que “moderó la furia de las velas”.

El 11 de junio, tras tres meses de viaje, llega al puerto de Cádiz, donde ya se encontraban preparadas tres embarcaciones para viajar a las Indias. Allí esperará la llamada de los Reyes. Mucho han cambiado las cosas durante esta segunda ausencia. En primer lugar, se estaba negociando un acuerdo entre españoles y portugueses por el derecho y propiedad de los territorios conquistados. En segundo lugar, eran muchas las quejas y denuncias que llegaban del Nuevo Mundo contra Cristóbal Colón, y de la que tendría que dar cuenta a los Reyes. Estos, tras escuchar las explicaciones de Colón le confirmaron sus privilegios y títulos. Colón empezó desde ese momento los preparativos de un nuevo viaje. Tras dos años de espera, el infatigable Almirante consiguió los barcos y todo lo necesario para emprender una tercera expedición al Nuevo Mundo.

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El 30 de mayo de 1498, tras conseguir los recursos necesarios, partía Colón desde el puerto de Sanlúcar de Barrameda al mando de ocho navíos y algo más de doscientos hombres. Para entonces, Colón ya no estaba siendo el único autorizado a realizar viajes transoceánicos, todos ellos autorizados por los Reyes Católicos. Vicente Yáñez Pinzón, Alonso de Ojeda, Américo Vespucio y Alonso Niño y Juan de la Cosa siguieron la estela del navegante genovés (“Partí en nombre de la Santísima Trinidad el miércoles 30 de mayo de 1498 de Sanlúcar de Barrameda y navegué a las Islas Madera por camino no acostumbrado, por evitar los perjuicios que me hubiera causado una armada francesa que me aguardaba cerca del cabo de San Vicente, y de allí a las Islas Canarias. De aquí partí con una nave y dos carabelas; envié los otros navíos directamente a la Isla Española, y yo navegué rumbo al Sur con propósito de llegar a la línea equinoccial, y de allí seguir al Poniente hasta que la Española quedase al Norte”).

Tercer viaje de Cristóbal Colón
Tercer viaje de Cristóbal Colón

Tras llegar a las islas Canarias, Colón dividió su flota: tres barcos pusieron rumbo a La Española, mientras los otros tres, al mando del Almirante, se dirigieron hasta las islas de Cabo Verde, con el fin de alcanzar nuevas tierras al sur del Ecuador (“Allí me desamparó el viento y entré en una zona de calor y tan grande, que creí que se me quemarían los navíos y la gente”). Así, el 31 de julio de 1498, avistaron tierra: la isla de Trinidad, junto a la costa de Venezuela. Aquellas tierras poseían una exuberancia y una abundancia de agua dulce desconocidos “(Al día siguiente vino del Oriente una gran canoa con 24 hombres, todos mancebos, muy ataviados y armados de arcos, flechas y escudos, de buena figura y no negros, sino más blancos que los otros que he visto en las Indias, de lindos gestos y hermosos cuerpos, con los cabellos cortados al uso de Castilla”). El descubrimiento del río Orinoco le llevó a pensar a Colón que esta vez no se encontraba en una isla, sino que aquella inmensa corriente de agua dulce demostraba que estaba en un continente. La riqueza vegetal y la abundancia de agua les llevaron a creer que habían llegado al paraíso terrenal. Pero aquello no era el paraíso, como tampoco eran las Indias. Era América, a pesar de que Colón cree aún que está cerca de China. Tras tres viajes transoceánicos, Colón aún no es consciente del lugar donde se encuentra. Tan solo se reafirma en la esfericidad de la Tierra, aunque con un cierto achatamiento (“o siempre creí que la Tierra era esférica; las autoridades y las experiencias de Ptolomeo y todos los demás que han escrito sobre este tema daban y mostraban como ejemplo de ello los eclipses de luna y otras demostraciones que hacen de Oriente a Occidente, como el hecho de la elevación del Polo de Septentrión en Austro. Mas ahora he visto tanta deformidad que, puesto a pensar en ello, hallo que el mundo no es redondo en la forma que han descrito, sino que tiene forma de una pera que fuese muy redonda, salvo allí donde tiene el pezón o punto más alto; o como una pelota redonda que tuviere puesta en ella como una teta de mujer, en cuya parte es más alta la tierra y más próxima al cielo. Es en esta región, debajo de la línea equinoccial, en el Mar Océano, el fin del Oriente, donde acaban todas las tierras e islas….”).

Tras recorrer las nuevas tierras, Colón tomó rumbo a La Española, donde se encontró que los colonos se habían revelado contra el gobernador de la isla, Bartolomé Colón, su hermano. El Almirante no tuvo más remedio que negociar contra los sublevados. Ante la inexistencia de oro, les permitió la utilización de los indígenas como esclavos. Las noticias llegaron a conocimiento de los Reyes Católicos. Colón había perdido buena parte de su crédito con los Reyes. No solo las nuevas colonias no aportaban oro alguno, sino que demandaban fondos de las arcas reales para mantenerlas. Además, los Reyes habían prohibido todo tipo de esclavitud con los indígenas y no aprobaban el abuso que se estaba cometiendo con ellos. Fue entonces cuando enviaron a Francisco de Bobadilla, quien llegó a Santo Domingo el 23 de agosto de 1500 para detener a Cristóbal, Bartolomé y Diego Colón y los embarcó encadenados a España en el mes de octubre, llegando a Cádiz el 25 de noviembre de 1500.

En España, Colón es liberado por Isabel la Católica, pero es despojado de sus títulos y privilegios. La estrella del Almirante comenzaba a apagarse.

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Hemos visto en los anteriores capítulos como, en su primer viaje, Cristóbal Colón había descubierto una nueva ruta marítima hacia lo que él creía era Asia o Las Indias, en realidad el mar Caribe. En su segundo viaje explorará el mar Caribe y construirá asentamientos en La Española y La Isabela. En su tercer viaje explora el Caribe hasta encontrar el norte de Venezuela, siendo el primer europeo que descubre el continente americano, aunque él siga creyendo que se encuentra en Asia. Tras este viaje los Reyes le retiran el Gobierno de la Española, y derogan las Capitulaciones de Santa Fe que le concedían privilegios y títulos.

Cuarto viaje de Cristóbal Colón
Cuarto viaje de Cristóbal Colón

Ahora, Colón quiere realizar un cuarto viaje. Algo que los Reyes Católicos tampoco descartan porque tienen conocimiento de que los navegantes portugueses han abierto rutas marítimas hacia Asia, la auténtica. Colón pensaba que las tierras descubiertas no estaban unidas, sino que debía existir alguna vía de comunicación con el Índico, por lo que encontrar ese paso era fundamental para llegar a las islas de las especias. La expedición de Vasco de Gama en 1497 había llegado ya a la India, la auténtica, bordeando África. Para ello dispondría de todo lo necesario para el viaje, con la única condición de no volver a La Española. Luego, tomaría posesión de todas las tierras de las Indias que descubriese dentro de lo dispuesto en el Tratado de Alcaçovas y Tordesillas.

Colón tiene 51 años y sufre de gota y artritis, lo que no parece capacitarle especialmente para dirigir la nueva expedición. Aun así, se hace con una flota de 2 carabelas, la Capitana y la Santiago, y dos naos, el Gallego y el Vizcaíno, y una tripulación compuesta por 144 personas, entre los que se encuentran su hermanos Bartolomé Colón y su hijo Hernando Colón, este con apenas de 13 años.

El 3 de abril de 1502 parten los navíos desde el Puerto de Sevilla descendiendo el río Guadalquivir para dirigirse al puerto de Cádiz. Finalmente, el 9 de mayo zarpan de Cádiz hacia el sur por la costa de África, llegando el 29 de Diciembre a Santo Domingo, en la isla de La Española, para evitar la llegada de un huracán, donde el nuevo gobernador, Nicolás de Ovando, les prohíbe desembarcar, siguiendo órdenes de los Reyes. Se dirigen entonces hacia el sur para eludir el huracán, pero la noche del 30 de junio el huracán pone a la deriva a los cuatro barcos, aunque consiguen rescatarlas sin apenas daños. Sin embargo, Santo Domingo ha quedado arrasada y el mar ha hundido a toda la flota del nuevo gobernador, desapareciendo además 500 personas. Pero Colón no puede desembarcar y continúa su camino por Jamaica y la costa de Cuba, para dirigirse hacia Centroamérica. En octubre de 1502 arriba en Chiriqui, la actual Panamá, donde navega por un canal pensando que encontrará una salida al mar, pero el canal no tiene salida, en la misma zona donde en el siglo XX se construirá el Canal de Panamá. Se dirige entonces a Veragua, en el actual Panamá, porque los indios le habían dicho que allí había abundante oro. Allí, en efecto encontrará en los ríos y arroyos, pepitas de oro. Pero los constantes enfrentamientos con los nativos, los indios guaymis, le hace imposible colonizar esa tierra, por lo que decide regresar a España.

En junio de 1503 Colón consigue llegar a la Isla de Jamaica, pero sus barcos, carcomidos por una extraña plaga de moluscos, se hunden. Colón propone a Diego Méndez ir en canoa a La Española a pedir ayuda. Le entrega a Méndez una carta dirigida a los Reyes Católicos, fechada el 7 de julio de 1503, conocida como Lettera Rarísima.

Cuando las condiciones meteorológicas mejoran, se hace con provisiones para 3 días. El cuarto día llegan a La Española, donde Méndez descansa y se recupera durante dos días con la ayuda de los indios de La Española que le reciben en la orilla y les ofrecen cosas de comer. Pasados seis meses, la autoridad de Colón queda es desafiada. Sus enemigos roban a los indios y violan a una indígena, lo que rompe las buenas relaciones entre ellos. Colón recurre a sus conocimientos astronómicos para predecir un eclipse lunar y avisa a los indios de que los dioses están enfadados con ellos por negarles la comida. Tras el eclipse, los indígenas vuelven a llevar comida a Colón.

El 29 de junio llega a la isla una carabela enviada por Diego Méndez para que pueda regresar a La Española. Muchos hombres deciden no volver a embarcarse y se quedarán en La Española en lugar de regresar a España. El 11 de septiembre de 1504 Cristóbal Colón y su hijo Hernando se embarcan en una carabela para viajar desde La Española a España, pero tendrán que pagar su pasaje.

Carta de Colón
Carta de Colón

Finalmente, llegará a Sanlúcar de Barrameda el 7 de noviembre de 1504, desde donde viajará a Sevilla. Allí se recuperará de su enfermedad mientras escribe el Libro de las Profecías. Unos días más tarde, el 26 de noviembre fallece Isabel la Católica, lo que retrasa sine die la audiencia con los Reyes. A finales de mayo de 1505 el Colón parte a la Corte de Fernando el Católico, que en ese momento se encontraba en Segovia. A lomos de una mula se trasladará a la capital castellana por la Vía de la Plata. De allí, ante lo infructuoso de su encuentro se dirigirá a Valladolid, donde pasará el resto de sus días. Un día antes de su muerte redactará su testamento: “Yo constituí a mi caro hijo don Diego por mi heredero de todos mis bienes e ofiçios que tengo de juro y heredad, de que hize en el mayorazgo, y non aviendo el hijo heredero varón, que herede mi hijo don Fernando por la mesma guisa, e non aviendo el hijo varón heredero, que herede don Bartolomé mi hermano por la misma guisa; e por la misma guisa si no tuviere hijo heredero varón, que herede otro mi hermano; que se entienda ansí de uno a otro el pariente más llegado a mi linia, y esto sea para siempre. E non herede mujer, salvo si non faltase non se fallar hombre; e si esto acaesçiese, sea la muger más allegada a mi linia”. El 20 de mayo de 1506 realizará su último viaje. Tan lejos y desconocido como los que había realizado durante su vida. Hacia la eternidad….

 

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