17. MATANZA DE FRAILES EN 1834

El olor a sangre, a carne quemada a horror aún se puede percibir desde la calle. A pesar de que el calor es sofocante cierro las ventanas de mi casa. Pero es inútil, sigo oliéndolo. Tal vez sea mi imaginación. O mi conciencia. Como los gritos que oigo, sobre todo por las noches. Desde aquella del 17 de julio de 1834, y han pasado mucho tiempo, no puedo conciliar el sueño. Me despierto de repente, sobresaltado, empapado en sudor. Aquellos gritos de muerte, aquellos gritos de agonía. No cesan. Me temo que no cesarán.

Mi conciencia me remuerde. Yo, como muchos otros que veíamos esa orgía de sangre, que oíamos aquellos gritos, no hicimos nada por evitarlos. Cerramos las ventanas. Ahora, el castigo nos obliga a seguir cerrándolas para no oler ni oír como entonces. ¿Cómo es posible que el ser humano caiga en tal estado de envilecimiento, en un estado más propio de alimañas que de un ser racional? No, ni siquiera las alimañas se atacan a si mismas.

Cierro la ventana. Miro a través de ellas. Abajo veo a la gente caminando. A lo lejos veo las torres de las iglesias. No alcanzo a divisar sus campanas, ahora silenciosas, pero aquella noche de 17 de julio tocaban pidiendo auxilio, inútilmente.

Me siento agotado, triste, asustado porque, en cualquier momento, en cualquier lugar, puede estallar la tragedia. Vivimos unos tiempos difíciles. España es tierra donde los cuatro jinetes del apocalipsis cabalgan desde hace siglo y medio. No hemos superado la guerra contra los franceses de principios de siglo, cuando en estas mismas calles corría la sangre de los soldados de Napoleón y de los patriotas españoles. Mi padre me contaba como el pueblo había salido a luchar contra los franceses para defender lo suyo. Aquello terminó con la derrota francesa y el regreso a Fernando VII, el Rey deseado que lo único que hizo es devolver la monarquía a un Borbón. Pero aquello tenía un sentido y aquella resistencia fue el origen de muchos héroes, la mayoría de ellos anónimos. Lo sucedido ahora no….. Y sin embargo, la situación que estamos viviendo auguraba que algo así terminaría por ocurrir.

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Isabel II, cuadro de Federico de Madrazo

A los franceses ya no les podíamos echarla culpa de nuestras miserias ni de nuestros padecimientos. Este verano de 1834 no auguraba demasiadas buenas noticias en España. La muerte de Fernando VII el 19 de septiembre de 1833 significaba el final de la llamada “Década Ominosa”, el final del reinado absolutista de un rey que traicionó la esperanza de los españoles. No había libertad como no había pan. Su muerte además ha provocado un problema sucesorio que ha traído, a principios de este año, una guerra, otra más, entre los partidarios del hermano de Rey fallecido, Carlos María Isidro, y la heredera designada por Fernando VII, su hija Isabel. En unos días, antes de que acabe el mes, han de reunirse las Cortes para nombrar a Isabel como Reina de España. Pero, mientras los partidarios de una y del otro discuten y pelean por, lo que dicen, sus derechos, el pueblo pasa hambre y un jinete del apocalipsis está asolando España desde principios del año pasado: el cólera. Una epidemia comenzada en la India y llegada a nuestro país desde Europa y que está provocando miles de muertos. El gobierno quiere ocultarlo, pero es imposible.

Es imposible por la miseria que se padece. Todos tenemos miedo de salir a la calle. La inmundicia llena todo. La miseria es la dueña y señora de la capital. Ya desde hace dos años se detectaron Casos aislados de cólera. Y las alarmas saltaron. Madrid se llenó de bandos y de edictos ordenando algunas medidas higiénicas que detuvieran la epidemia. Como que se trasladaran los corrales del ganado a lugares alejados de la ciudad, la destrucción y quema de las casuchas utilizadas por los mendigos por considerarlos un foco de la epidemia. A los propios mendigos, que están llegando a cientos a Madrid en busca de una vida mejor, se les obliga a regresar a sus lugares de origen. Todo aquel que lleve menos de 10 años está siendo enviado a sus pueblos, dándoles una peseta y dos panes. También obligan a los vecinos a depositar las basuras en medio del arroyo para que puedan ser barridas. Se han empezado a construir aseos públicos para evitar que la gente haga sus necesidades en la vía pública. O la prohibición de hacinamiento en las viviendas, pues en alguna de ellas viven hasta entre 20 y 30 individuos. Pero ningún bando, ningún edicto prohibía matar a su semejante. Ni lanzar bulos para provocar otra epidemia: la barbarie. Pero el principal problema era que Madrid se surtía de agua procedente de pozos y manantiales a través de las antiguas canalizaciones llamadas viajes de agua. Pero esta agua a veces se contaminaba por los pozos negros y el escaso caudal que había en verano, constituyendo un foco de epidemias y enfermedades.

Recogida de cadáveres
Recogida de cadáveres

Ahora el cólera crecía mientras los políticos discutían sobre el restablecimiento, por parte de Fernando VII, de la Pragmática Sanción de Carlos IV para que pudiera reinar su hija, con el tradicional y constante enfrentamiento entre liberales y conservadores absolutistas. Confieso que me he encontrado atraído por ello, como la mayoría de los españoles, siempre divididos entre uno u otro bando, sin atender a lo esencial. Quizá como una manera de olvidar la miseria y los auténticos problemas.

Habíamos visto como Cea Bermúdez había abandonado el Gobierno el 15 de enero de 1834, ante la imposibilidad de poner de acuerdo a ambos bandos. Le había sucedido Martínez de la Rosa, alias “Rosita la Pastelera”, un mote que el pueblo le había puesto por su facilidad para cambiar de bando, el “pasteleo” ya saben. Y los terceros en discordia, los buitres que se aprovechaban de este enfrentamiento: los liberales radicales, los llamados “exaltados” que hicieron dueños de la calle, lanzaban bulos y proclamas para provocar motines de gran violencia. Como el que ahora asalta mi conciencia. Estos, estos “exaltados” fueron los que aprovecharon la epidemia para sus fines. Aquel 17 de julio. Salí, como cada día por entonces, a comprar el periódico y a pasear cuando, en las inmediaciones de la Puerta del Sol, un grupo de gente comenzó a gritar “mueran los frailes”.

Martínez de la Rosa
Martínez de la Rosa

La gente empezó a arremolinarse junto a ellos. Me acerqué. Entre los gritos pude escuchar “cólera”, “agua”, “venenos” y “curas y frailes”. Aquello no pintaba bien. Como mi personalidad ni mi carácter no se asemeja en absoluto a la de un agitador, como tampoco a la de un héroe, prudentemente decidí regresar a mi casa y ponerme a cubierto. De camino me detuve en dos ocasiones para escuchar los corrillos de gente. Así, pude saber que se acusaba a los curas y frailes de envenenar el agua de las fuentes públicas que surtían de agua a la población. ¿Y qué motivo podrían tener estos en envenenar el agua?, pregunté. La mirada, entre incrédula y amenazante de los contertulios, llamémosles así, me llevó a continuar mi camino. Antes de llegar a mi casa, el rumor se había convertido en una noticia que corría como la pólvora. Algo fácil entre una población asustada y necesitar culpables de algo.

En efecto, se acusaban a los curas y frailes de depositar un veneno en las fuentes o de pagar a otros para que lo echaran en los cántaros de los aguadores. Incluso aseguraban que se había sorprendido a un muchacho con paquetes de polvos envenenados en la Fuente de Puerta Cerrada. La razón de ello era que la Iglesia apoyaba a los carlistas y querían sembrar la alarma en Madrid para evitar el nombramiento de Isabel II en las Cortes. Carlos María Isidro había entrado en España y la ofensiva carlista se recrudecía.

Llegué a mi casa y recomendé a los míos que se abstuvieran de salir porque la tensión aumentaba de forma alarmante. Desde la ventana veía como grupos de gente recorrían la calle gritando consignas llamando a la violencia y a la muerte. Confié en que la policía acabara con aquella sinrazón. Pero no estaba siendo así. Los aguadores, llenos de miedo no estaban permitiendo a nadie acercarse a las fuentes y la histeria comenzaba a adueñarse de todo.

Desde mi privilegiado puesto de observación pude saber que esa tarde, en la Puerta del Sol, los alborotadores habían asesinado al mediodía a un muchacho al que le vieron, según decían, echar unos polvos blancos en la fuente de la Mariblanca y los aguadores se lo impidieron, siendo asesinado a golpes. Otro, a algo más tarde, esta vez un fraile, había sido detenido y ejecutado junto a la fuente de la Cebada. Aquellos asesinatos fueron el inicio de la matanza. A las cuatro de la tarde, un franciscano es asesinado en la calle de Toledo. Por mí mismo podía ver y oír en las calles adyacentes a mi casa: la Plaza Mayor, calle de la Cebada, calle de Toledo, etc. Como grupos de gentes marchaban en dirección a San Francisco el Grande, San Isidro a la mencionada Puerta del Sol. De repente, vi como en por la calle Toledo un grupo de gente paseaba a un cadáver sobre unas angarillas. Parecía un fraile, tal vez del cercano convento de San Francisco. Estaba cosido a puñaladas y decapitado. Le habían encontrado entre sus ropas un paquete con los polvos. Más tarde, demasiado tarde para él, dirán que aquellos polvos era, en realidad, mostaza.

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La tensión y la violencia crecen al ritmo de los gritos de muerte. Todas las iglesias y conventos del centro de Madrid son sitiados por los asaltantes ebrios de sangre. El Colegio Imperial de la Compañía de Jesús de San Isidro, en la calle Toledo, donde decían que estaba el depósito donde guardaban los mortíferos polvos. Cuando llegan allí, un fraile intenta persuadirles, pero le asesinan. Algunos religiosos intentaban escapar de la barbarie, incluso disfrazados, inútilmente. Los sitiadores rompen las puertas y destrozan cuanto encuentran su paso, se introducen por los claustros y asesinan sin piedad a los infelices religiosos. Algunos cadáveres son paseados por las calles por sus asesinos, entre gritos de júbilo. Desde allí se dirigen al Convento de Predicadores Dominicos de Santo Tomás, donde degüellan a sangre fría a diecisiete indefensos religiosos y expolian todo lo que encuentran, cálices, crucifijos, etc. En el convento de los Dominicos, en la calle de Atocha los alborotadores asesinan a otros siete frailes, los únicos que no han conseguido escapar. Mientras, las autoridades dejaban que la plebe actuara con total impunidad.

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La noche no puso tregua a tan sangrientas escenas. Algunos se retiraban porque, según aseguraban, nada habían hallado en los Conventos que pudiera justificar los asesinatos. Nada, ni aun remotamente, se encontró algo que justificara los delitos que se imputaban a los religiosos, a pesar de que los asesinos se esforzaban en persuadir que en los Jesuitas se habían cogido millares de paquetes de polvos envenenados, pero nada era cierto. Pero los grupos que van quedando, serán más reducidos en número, aunque no en su ignominia.

Entre 10 y 11 de la noche, San Francisco el Grande es profanado y asesinados nada más y nada menos que 43 religiosos. La sangre corría por el monasterio mientras los alaridos de los atacantes se confundían con los fritos agónicos de las víctimas. A las 11 de la noche es atacado el convento de San José de los Mercenarios, en la Plaza de Tirso de Molina, asesinando a garrotazos, a navajazos o de la forma que sea a nueve frailes. Las antorchas iluminan la noche, a la vez que encienden las iglesias, mientras las campanas piden socorro, como un grito desgarrador y lastimero como el que ahora escucho cada noche, confundiéndose con los horribles gritos de la chusma que discurría por las calles.

Pese a que a las 12 de la noche se declaraba el estado de sitio, en la madrugada del día 18 seguían los asaltos. En el Convento de Ntra. Sra. de la Merced fueron degollando sin piedad a todos los religiosos indefensos que se encontraron. Finalmente, se dirigieron al Convento de Atocha, pero la milicia lo evitó.

Al día siguiente, Martínez de la Rosa ordena la detención y encarcelamiento del general Martínez de San Martín, quien a pesar de contar con un ejército de nueve mil hombres no evitó los asesinatos ni los asaltos. A su vez, el corregidor de la Villa, el marqués de Falces, y el gobernador civil, como máximos responsables de la milicia urbana, tuvieron que dimitir al comprobarse que no solo no solo no tampoco habían evitado la tragedia, sino que algunos de sus miembros había formado parte de los asesinos.

Fueron sometidas a juicio 79 individuos, entre ellas 54 civiles, 14 milicianos urbanos y 11 soldados, siendo condenados a muertos dos de ellos, un ebanista y un músico militar, pero por el delito de robo, no por el de asesinato, siendo ejecutadas el 5 y el 18 de agosto. El resto fueron condenados a galeras y presidio, incluidas las mujeres, y otros fueron absueltos. No pudo establecerse relación alguna entre los asaltantes y alguna organización política o secreta, a pesar de que el marqués de Falces, dos días antes de dimitir, en una alocución a los habitantes de Madrid responsabilizaba de los ataques a los carlistas, que “solo quieren la ruina y la destrucción”. Tan solo se pudo comprobar que la mayoría de los que participaron pertenecían a los barrios y suburbios de las afueras de Madrid.

Doce años más tarde de aquellos sucesos, el `político moderado Alcalá Galiano responsabilizaba a “perversos instigadores” que engañaron al “vulgo ignorante” para cometer un “crimen”, “estúpida barbarie” sobre “inocentes indefensos sacerdotes que debían ser sujetos de “superior  veneración”, pero en vez de ello sufrieron “general degüello” por parte de una “turba de asesinos”, a la par que lamentaba que “tales atrocidades fuesen débilmente reprimidas” ya que “sobre pocos cayó el castigo”.

En efecto, sobre muy pocos cayó el castigo. Aunque otros, que no participamos en ellos, seguimos sufriendo pesadillas por todo aquello. Seguimos viendo los cadáveres paseados, decapitados. La sangre tiñendo las calles. Los gritos de júbilo mezclados con los de horror…..

Aquellos gritos que clamaban justicia y, sobre todo,….. memoria.

 

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