Valldemossa, entre Chopin y Santa Catalina Thomas

Sin duda alguna, la localidad de Valldemossa es una de las más bellas de la isla de Mallorca. Situado en la hermosa sierra de la Tramontana, desde la carreta podemos ver toda la extensión del pueblo encaramado sobre la montaña, del que sobresalen, entre sus arracimadas casas, la torres de la Cartuja y de la Iglesia de Sant Bartomeu.

Vista de Valldemossa. Foto: iPhone5. J.A. Padilla
Vista de Valldemossa. Foto: iPhone5. J.A. Padilla

Valldemosa tiene una amplia y rica historia, pero su fama se debe a que este lugar fue escogido para vivir por el  genial compositor  Frédéric Chopin y su pareja, la escritora George Sand. El pianista, que llegó a la isla por recomendación médica buscando un clima beneficioso para su salud, quedando impresionado por su belleza, fuente de inspiración para buena parte de su obra.

Hoy, pasear por esta maravillosa villa entre sus casas de piedra viva, sus plazas y sus monumentos, con las montañas al fondo suponen un ejercicio de tranquilidad y sosiego que, a poco que nos lo propongamos, podemos escuchar las extraordinarias notas del piano de Chopin, algo que puede producirse sin que sea producto de nuestra imaginación, sino porque algún pianista alguien rememora su recuerdo en alguno momento.  También a esta villa vinieron a disfrutar de su clima y tranquilidad otros personajes ilustres como Rubén Darío, Jorge Luis Borges o Santiago Rusiñol, dejando todos ellos huellas de su paso.  Como todo lugar mágico, Valldemossa no es ajena a la existencia de una leyenda que recuerda hechos sobrenaturales. En este caso, la su Virgen venerada: Santa Catalina Thomas.

Todos aquí recuerdan la historia de Catalina Thomás, aquella santa que, de niña, mientras recogía espigas recibió la visión de Jesús crucificado. Más tarde, tras irse de una fiesta popular que se celebraba en el pueblo, fue la Virgen quien se le apareció para decirla que su hijo la había escogido. Y así en varias ocasiones, cuando Catalina se encontraba sola y deprimida, recibía el consuelo divino.

Sucedió que una noche de San Juan, la luz en todo su esplendor de la luna llena penetró en la habitación de Catalina Thomas, hasta el punto que esta, creyendo que había amanecido, se levanta como hacía cada amanecer para recoger agua a una cercana fuente. Cuando se encuentra allí, la campana de la Cartuja da las doce de la noche. Es entonces cuando la niña se asusta y se desorienta ante aquella extraña luz del plenilunio. Entonces, San Antonio Abad  bajó del cielo, según cuanta la leyenda,  y la tomó de la mano para llevarla hasta su casa.

Cuando Catalina tenía  tres años murió su padre. Ella se puso a rogar por su alma y un ángel vino a decirle que estuviese contenta, porque su padre estaba en junto a Dios, en el cielo. Cuatro años más tarde, con apenas siete años,  se le aparece su madre para decirle que ha muerto. Le pide que rece por ella para que poder acompañar a su padre en el cielo.

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Sin padres, la niña es adoptada por unos tíos suyos, quienes la llevaron con ellos a una hacienda situada a siete kilómetros de Valldemosa. Catalina siente el recuerdo y la tristeza de haber abandonado Valldemossa, a la que no puede acudir a rezar diariamente a la iglesia. Sólo los domingos puede  asistir a misa en el oratorio de la Trinidad. En la hacienda, Catalina trabaja durante muchas horas. Es una afanosa muchacha que diariamente lleva  la comida a los trabajadores de la misma, trabaja en las labores de la casa, fregando, cosiendo, barriendo, etc. y guarda y alimenta  el ganado. Pero no se queja. Y a cada orden de su tío Bartolomé siempre obedece con diligencia.

Un día, se aparece ante ella un venerable anciano. Este es un ermitaño que, como algunos otros, ha abandonado el mundo buscando la paz y la entrega a la oración, mientras vive en una de las numerosas cuevas que existen por allí.  Vive de lo que encuentra en el monte y de las  limosnas. Un día pasa por la hacienda a pedir y Catalina le reconoce: es el padre Castañeda.  Ella le da lo poco que tiene y decide acudir cada día a visitar al padre Castañeda al oratorio de la Trinidad. Un día le dice que quiere ser religiosa. El padre Castañeda le dice que él la ayudará.

Cuando sus  tíos conocen  la vocación religiosa de su sobrina, se oponen decididamente a ello. Catalina es una muchacha joven y guapa y es un buen partido para cualquier joven, y sus tíos quieren aprovecharse de ello. Catalina tiene que espera pacientemente.  Mientras, el  padre Castañeda decide marcharse de Mallorca. Catalina se despide de él resignada, aunque le dice que él volverá para cumplir su deseo.

El padre Castañeda sale del puerto de Sóller para dirigirse a Barcelona. Sin embargo, una fuerte tormenta conduce su barco hasta el puerto de Valldemossa. El religioso ve que ha sido voluntad de Dios su regreso y que la profecía de la muchacha se ha cumplido. Entonces decide ayudarla.  Va a hablar con los tíos y los convence. Catalina viaja a Palma, para ingresar en un convento. Pero primero  entra a trabajar como sirvienta en la casa de don Mateo Zaforteza Tagamanent, donde cuida a su hija llamada Isabel. Isabel la enseña a leer, escribir, bordar y otros trabajos.  En pago por ello, Catalina la habla de Dios constantemente.  Catalina cae gravemente enferma. Toda la familia la cuida y se turnan para darla los cuidados que necesita.

Mientras, el padre Castañeda recorre todos los conventos de Palma para encontrar alguno que admita a la muchacha. Existe un grave problema para su admisión. Catalina es pobre y no se acoge a nadie que no lleve alguna dote.  Así, las noticias que el padre lleva a Catalina son descorazonadoras, pero esta  se refugia en la oración.  Finalmente sus rezos obran el milagro: varios conventos están dispuestos a admitir al escuchar al padre Castañeda la fe y devoción de la muchacha.

Santa Catalina, recibe la noticia mientras está sentada en una piedra del mercado, donde, aún se conserva hoy en día, adosada al muro exterior de la sacristía, en la parroquia de San Nicolás. Catalina decide ingresar en el convento de Santa Magdalena cumplidos los 21 años. A los dos meses y doce días de su ingreso, Catalina toma los hábitos, siendo enero de 1553. Para entonces su fama ya es conocida en la ciudad de Palma y los feligreses  acuden a verla, a consultarle sus problemas, a encomendarse a sus oraciones, a pedirle consejo…y hasta milagros. Pero ella prefiere vivir en el silencio del convento y  niega a recibir regalos y cuando tenía que recibirlos, se  los daba a las demás monjas.  Un día, la madre superiora del convento decirle someterla a una dura prueba para probar su obediencia y devoción. En pleno verano, le ordena que salga al patio y esté bajo el sol hasta nueva orden. Catalina no dice una sola palabra: va al lugar indicado y permanece allí durante varias horas, bajo el fuerte sol,  hasta que la superiora, admirada de su fortaleza, la manda llamar.

La santidad de Catalina crece sin cesar. Sus éxtasis son cada vez más frecuentes e intensos. Algunos duran hasta días. En su celda se conserva aún la piedra sobre la que se arrodillaba y que muestra las hendiduras practicadas por tantísimas horas de oración.

Un día, Catalina recibe la visita de Dios, que le anuncia su muerte diez años más tarde. Desde entonces, esperará impacientemente la llegada del día anunciado. Cumplidos los 43 años, el 28 de marzo de 1574, siendo domingo de Pasión, Catalina visita a  una hermana en su celda y se despide de ella diciéndole que se iba al cielo con Dios.  Al día siguiente, después de comulgar en éxtasis, mandó llamar al sacerdote porque sabía que iba a morir. Llamaron al médico, pero este la encontró perfectamente y no veía peligro alguno para su vida. La muchacha pidió al sacerdote que le diera los sacramentos. Nada más recibida la extremaunción, mientras la superiora rezaba con ella las oraciones y tras haber pedido perdón a la madre y a las hermanas, cayó en un éxtasis tras el cual entregó su alma a Dios. Era el 5 de abril de 1574. El fervor popular por Santa Catalina Thomás crecerá de tal modo que Pío VI la beatificará en 1792 y Pío XI la canonizará  en 1930. El cuerpo de Catalina Tomás reposa en un ataúd de cristal en la iglesia de Santa María Magdalena de Palma, en la Plaza de Santa Magdalena.

Típico azulejo. Foto: Canon 7D. J.A. Padilla
Típico azulejo. Foto: Canon 7D. J.A. Padilla

Cuando visitamos Valldemossa vemos como en cada una de las casas existe un azulejo que venera la imagen de Santa Catalina Thomas, recordando algún pasaje de su vida. Según cuentas, la razón de esta veneración viene que se considera que la Santa protege a la villa de todos los males. Un ejemplo de ello que, durante la guerra civil española, ningún valdemosino perdió la vida.

Hoy, pasear por esta maravillosa villa entre sus casas de piedra viva, sus plazas y sus monumentos, con las montañas al fondo suponen un ejercicio de tranquilidad y sosiego que, a poco que nos lo propongamos, podemos escuchar las extraordinarias notas del piano de Chopin, algo que puede producirse sin que sea producto de nuestra imaginación, sino porque algún pianista alguien rememora su recuerdo en alguno momento.  También a esta villa vinieron a disfrutar de su clima y tranquilidad otros personajes ilustres como Rubén Darío, Jorge Luis Borges o Santiago Rusiñol, dejando todos ellos huellas de su paso.  Como todo lugar mágico, Valldemossa no es ajena a la existencia de una leyenda que recuerda hechos sobrenaturales. En este caso, la su Virgen venerada: Santa Catalina Thomas.

Todos aquí recuerdan la historia de Catalina Thomás, aquella santa que, de niña, mientras recogía espigas recibió la visión de Jesús crucificado. Más tarde, tras irse de una fiesta popular que se celebraba en el pueblo, fue la Virgen quien se le apareció para decirla que su hijo la había escogido. Y así en varias ocasiones, cuando Catalina se encontraba sola y deprimida, recibía el consuelo divino.

Sucedió que una noche de San Juan, la luz en todo su esplendor de la luna llena penetró en la habitación de Catalina Thomas, hasta el punto que esta, creyendo que había amanecido, se levanta como hacía cada amanecer para recoger agua a una cercana fuente. Cuando se encuentra allí, la campana de la Cartuja da las doce de la noche. Es entonces cuando la niña se asusta y se desorienta ante aquella extraña luz del plenilunio. Entonces, San Antonio Abad  bajó del cielo, según cuanta la leyenda,  y la tomó de la mano para llevarla hasta su casa.

Cuando Catalina tenía  tres años murió su padre. Ella se puso a rogar por su alma y un ángel vino a decirle que estuviese contenta, porque su padre estaba en junto a Dios, en el cielo. Cuatro años más tarde, con apenas siete años,  se le aparece su madre para decirle que ha muerto. Le pide que rece por ella para que poder acompañar a su padre en el cielo.

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Sin padres, la niña es adoptada por unos tíos suyos, quienes la llevaron con ellos a una hacienda situada a siete kilómetros de Valldemosa. Catalina siente el recuerdo y la tristeza de haber abandonado Valldemossa, a la que no puede acudir a rezar diariamente a la iglesia. Sólo los domingos puede  asistir a misa en el oratorio de la Trinidad. En la hacienda, Catalina trabaja durante muchas horas. Es una afanosa muchacha que diariamente lleva  la comida a los trabajadores de la misma, trabaja en las labores de la casa, fregando, cosiendo, barriendo, etc. y guarda y alimenta  el ganado. Pero no se queja. Y a cada orden de su tío Bartolomé siempre obedece con diligencia.

Un día, se aparece ante ella un venerable anciano. Este es un ermitaño que, como algunos otros, ha abandonado el mundo buscando la paz y la entrega a la oración, mientras vive en una de las numerosas cuevas que existen por allí.  Vive de lo que encuentra en el monte y de las  limosnas. Un día pasa por la hacienda a pedir y Catalina le reconoce: es el padre Castañeda.  Ella le da lo poco que tiene y decide acudir cada día a visitar al padre Castañeda al oratorio de la Trinidad. Un día le dice que quiere ser religiosa. El padre Castañeda le dice que él la ayudará.

Cuando sus  tíos conocen  la vocación religiosa de su sobrina, se oponen decididamente a ello. Catalina es una muchacha joven y guapa y es un buen partido para cualquier joven, y sus tíos quieren aprovecharse de ello. Catalina tiene que espera pacientemente.  Mientras, el  padre Castañeda decide marcharse de Mallorca. Catalina se despide de él resignada, aunque le dice que él volverá para cumplir su deseo.

El padre Castañeda sale del puerto de Sóller para dirigirse a Barcelona. Sin embargo, una fuerte tormenta conduce su barco hasta el puerto de Valldemossa. El religioso ve que ha sido voluntad de Dios su regreso y que la profecía de la muchacha se ha cumplido. Entonces decide ayudarla.  Va a hablar con los tíos y los convence. Catalina viaja a Palma, para ingresar en un convento. Pero primero  entra a trabajar como sirvienta en la casa de don Mateo Zaforteza Tagamanent, donde cuida a su hija llamada Isabel. Isabel la enseña a leer, escribir, bordar y otros trabajos.  En pago por ello, Catalina la habla de Dios constantemente.  Catalina cae gravemente enferma. Toda la familia la cuida y se turnan para darla los cuidados que necesita.

Mientras, el padre Castañeda recorre todos los conventos de Palma para encontrar alguno que admita a la muchacha. Existe un grave problema para su admisión. Catalina es pobre y no se acoge a nadie que no lleve alguna dote.  Así, las noticias que el padre lleva a Catalina son descorazonadoras, pero esta  se refugia en la oración.  Finalmente sus rezos obran el milagro: varios conventos están dispuestos a admitir al escuchar al padre Castañeda la fe y devoción de la muchacha.

Santa Catalina, recibe la noticia mientras está sentada en una piedra del mercado, donde, aún se conserva hoy en día, adosada al muro exterior de la sacristía, en la parroquia de San Nicolás. Catalina decide ingresar en el convento de Santa Magdalena cumplidos los 21 años. A los dos meses y doce días de su ingreso, Catalina toma los hábitos, siendo enero de 1553. Para entonces su fama ya es conocida en la ciudad de Palma y los feligreses  acuden a verla, a consultarle sus problemas, a encomendarse a sus oraciones, a pedirle consejo…y hasta milagros. Pero ella prefiere vivir en el silencio del convento y  niega a recibir regalos y cuando tenía que recibirlos, se  los daba a las demás monjas.  Un día, la madre superiora del convento decirle someterla a una dura prueba para probar su obediencia y devoción. En pleno verano, le ordena que salga al patio y esté bajo el sol hasta nueva orden. Catalina no dice una sola palabra: va al lugar indicado y permanece allí durante varias horas, bajo el fuerte sol,  hasta que la superiora, admirada de su fortaleza, la manda llamar.

La santidad de Catalina crece sin cesar. Sus éxtasis son cada vez más frecuentes e intensos. Algunos duran hasta días. En su celda se conserva aún la piedra sobre la que se arrodillaba y que muestra las hendiduras practicadas por tantísimas horas de oración.

Un día, Catalina recibe la visita de Dios, que le anuncia su muerte diez años más tarde. Desde entonces, esperará impacientemente la llegada del día anunciado. Cumplidos los 43 años, el 28 de marzo de 1574, siendo domingo de Pasión, Catalina visita a  una hermana en su celda y se despide de ella diciéndole que se iba al cielo con Dios.  Al día siguiente, después de comulgar en éxtasis, mandó llamar al sacerdote porque sabía que iba a morir. Llamaron al médico, pero este la encontró perfectamente y no veía peligro alguno para su vida. La muchacha pidió al sacerdote que le diera los sacramentos. Nada más recibida la extremaunción, mientras la superiora rezaba con ella las oraciones y tras haber pedido perdón a la madre y a las hermanas, cayó en un éxtasis tras el cual entregó su alma a Dios. Era el 5 de abril de 1574. El fervor popular por Santa Catalina Thomás crecerá de tal modo que Pío VI la beatificará en 1792 y Pío XI la canonizará  en 1930. El cuerpo de Catalina Tomás reposa en un ataúd de cristal en la iglesia de Santa María Magdalena de Palma, en la Plaza de Santa Magdalena.

Típico azulejo. Foto: Canon 7D. J.A. Padilla
Típico azulejo. Foto: Canon 7D. J.A. Padilla

Cuando visitamos Valldemossa vemos como en cada una de las casas existe un azulejo que venera la imagen de Santa Catalina Thomas, recordando algún pasaje de su vida. Según cuentas, la razón de esta veneración viene que se considera que la Santa protege a la villa de todos los males. Un ejemplo de ello que, durante la guerra civil española, ningún valdemosino perdió la vida.

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