Cuadros del Museo del Ejército

BATALLA DE TETUAN  (Francesc Sans y Cabot)

Foto: J.A. Padilla

La batalla de Tetuán tuvo lugar en Marruecos, entre el ejército español y el marroquí por la posesión de la plaza dentro de la guerra de África entre ambos países entre los años 1859-1860, durante el reinado de Isabel II y Mohámmed IV. Las fuerzas española estaban formadas por treinta y seis mil hombres, apoyados por la artillería y cuarenta y un navíos.

El 17 de diciembre empezaron las hostilidades por parte de la columna mandada por el general Zabala que ocupó la Sierra de Bullones. Dos días después el general Echagüe conquistó el Palacio del Serrallo y O’Donnell se puso al frente de la fuerza que desembarcó en Ceuta el 21 de diciembre. El día de Navidad las tres columnas españolas habían consolidado sus posiciones y esperaban la orden de avanzar hacia Tetuán.

El 1 de enero de 1860, el general Juan Prim, llegado en esos días a Ceuta, avanzó con el apoyo del general Zabala y el de la flota que mantenía a las fuerzas enemigas alejadas de la costa. Los enfrentamientos continuaron hasta el 31 de enero hasta que el general O’Donnell comenzaba la marcha hacia Tetuán, con el apoyo del general Ros de Olano y de Prim en los flancos y de la artillería española los marroquíes retrocedieron hasta Tetuán, que cayó el día 6 de febrero.

El cuadro de al exposición es obra del pintor nacido en Gerona Francesc Sans y Cabot en el año 1821, quien fue director del Museo del Prado durante la Primera República y en el reinado de Alfonso XII. En el centro del cuadro podemos observar, montado a caballo, al general Narváez señalándonos con su sable el campo de batalla, hacia donde se dirigen la caballería y la artillería española.

COLÓN RECIBIDO EN BARCELONA POR LOS REYES CATÓLICOS (Francisco García Ibáñez)

Foto: J.A. Padilla

La expedición comandada por Cristóbal Colón, formada por la Pinta, la Niña y la Santa María, avistó la isla de Guanahaní el 12 de octubre de 1492, mientras los Reyes Católicos se encontraban en Barcelona negociando la devolución del Rosellón y la Cerdeña. Dos meses más tarde, Colón regresaba a España creyendo aún que las tierras descubiertas pertenecían a las Indias Orientales, desconociendo que lo que había descubierto realmente era un nuevo continente: América. A finales de abril de 1493, Cristóbal Colón fue recibido por los Reyes Católicos aún en Barcelona. Y aunque se desconoce el lugar exacto donde se produjo el encuentro, al parecer fue en el Salón del Tinell, en Barcelona. Presentó ante los reyes el oro y las cosas exóticas que traía del otro mundo, maravillando a todos los presentes. Lo más llamativo eran los seis nativos que traía el almirante,  los zarcillos de oro en las orejas y en las narices. Los seis indios se bautizaron, siendo sus padrinos  el rey, la reina y el príncipe don Juan, su hijo, siendo los primeros cristianos de las Indias y Nuevo Mundo.

Detalle

El cuadro del pintor madrileño Francisco García Ibáñez nos  muestra de manera de manera bastante descriptiva la escena. Nacido en 1825,   fue restaurador del Museo del Prado en 1849, del monasterio de El Escorial y de la Academia de San Fernando en 1858.

LA CONQUISTA DE ALMERÍA (Juan de Mata Prats)

Foto: J.A. Padilla

La conquista de Almería tuvo lugar  el 26 de diciembre de 1489, siendo pactada por capitulaciones, sin derramamiento de sangre y de forma pacífica. Ya año y medio antes, en junio de 1488 se habían entregado Cuevas de Almanzora, Vera, Mojácar y Vélez.Tras estas conquistas, el ejército cristiano se dirigía a Almería  tras el acuerdo llegado con el emir  Yahía Al-Nayar  a cambio de importantes donaciones. La estrategia era simular un cerco por tierra y un bloqueo marítimo, como se había hecho en Málaga y de esta forma la capitulación de Almería estaba asegurada. Pero esta estrategia fue descubierta por El-Zagal y Yahía Al Nayar fue sustituido por traidor. A partir de este momento, la ciudad se fortificó y el  nuevo alcalde cerraría las puertas de la ciudad para evitar por todos los medios entregarla. Así, las cosas, los cristianos optaron por retirarse.

Ante la resistencia de Almería, Fernando el Católico cambió la estrategia y esperó a la conquista de Baza, situada en el cruce de caminos entre Murcia, Guadix, Almería y Granada. Cuando Baza capituló el 4 de diciembre de 1489, se pactó al mismo tiempo la entrega de Almería y Guadix.

El Zagal, una vez pactada la capitulación de Almería, salió a recibir a Fernando el Católico, que llegaba el día 21 de diciembre y al día siguiente entraron Pedro Sarmiento y Gutierre de Cárdenas, a los que los Reyes habían encomendado velar por la ciudad. La rendición de El Zagal y las entregas de las llaves de la ciudad a Fernando El Católico se efectuará en la zona de la Cruz de Caravaca. Sería el día 23, cuando hizo su entrada triunfal a Almería Fernando el Católico y tomó posesión de la Alcazaba, siendo una de las condiciones de la capitulación la entrega de las plazas militares que debían ser abandonadas por musulmanes y ocupadas por castellanos. El 24 de diciembre, entró en Almería la Reina Isabel la Católica.

Detalle. Foto: J.A. Padilla

Los Reyes Católicos celebraron la Navidad en Almería y oyeron misa en la mezquita de la Alcazaba el 26 de diciembre, tras la ceremonia de cristianización. El pendón de Castilla ya ondeaba en lo más alto de la Alcazaba.

MUERTE DE FRANCISCO PIZARRO (Manuel Ramírez Ibáñez)

Foto: J.A. Padilla

En este cuadro de Manuel Ramirez Ibañez, Francisco Pizarro aparece representado en el momento histórico de su asesinato, ocurrido en su palacio de Lima 26 de junio de 1541.

Francisco Pizarro, marqués de las Charcas y de los Altabillos, fue el conquistador del Perú y recibió de Carlos V la dignidad de caballero de la Orden de Santiago, siendo nombrado también Capitán General y Gobernador de Perú. Allí, el capitán amasó una notable fortuna y se asoció con Diego de Almagro en su aventura de extender el imperio. Sin embargo, no tardaron en nacer las hostilidades entre los dos capitanes. Pizarro hizo prisionero a Almagro y lo condenó a muerte. El conquistador suplicó por su vida, pero finalmente fue ejecutado el 8 de julio de 1538 en la cárcel por estrangulamiento, siendo su cadáver decapitado en la Plaza Mayor de Cuzco.

Tras la ejecución de Diego de Almagro, Pizarro despojó de sus tierras al hijo de Almagro. El 26 de junio de 1541 un grupo de veinte españoles partidarios del hijo de Diego Almagro, cuyo nombre era similar al de su padre, entraron en el palacio de Pizarro en Lima y asesinaron al conquistador extremeño. de 65 años de edad en aquel momento. Pizarro recibió al menos 20 heridas de espada. Los agresores obligaron a las autoridades de Lima a nombrar gobernador al joven Diego Almagro y decretaron que Francisco Pizarro fuera enterrado de forma casi clandestina en un patio de la catedral de la ciudad. Desde España los Reyes tuvieron que enviar a Vaca de Castro a poner orden en los asuntos del Perú, pero éste llegó después del asesinato de Pizarro.

Detalle. Foto: J.A. Padilla

Manuel Ramírez Ibáñez compone su cuadro dividiéndolo en dos partes: el de los asesinos y el de los asesinados, Pizarro y su sirviente. Este aparece en primer plano, en el suelo y a la izquierda, vestido de negro, sin armadura, destacando la Cuz de la Orden de Santiago que lleva sobre su pecho. Agonizante, parece realizar un último esfuerzo, para poder dibujar con su propia sangre el signo de la cruz. Bajo su cuerpo se encuentra su espada. Tras la figura de Pizarro está la de uno de sus sirvientes, también en el suelo, casi invisible a causa de la oscuridad de la escena. A la derecha vestido con armadura y casco vemos con la espada desenvainada a un hombre con calzar roja y blanca dispuesto a rematar a Pizarro, situado tras el que dirige el pelotón de ejecución, Juan de Rada. En el ángulo inferior derecho, bajo uno de los asesinos, se encuentra la cabeza del hermano de Pizarro, Martínez de Alcántara, asesinado momentos antes. Los asesinos parecen estar en un momento de indecisión, sin saber si rematarlo o esperar que muera. La escena es de un gran dramatismo y la luz se centra en dos puntos: sobre los agresores y sobre el agredido.

JURAMENTO A LAS BANDERAS DE LAS TROPAS ESPAÑOLAS (Manuel Castellano)

Foto: J. A. Padilla

Estamos en la Europa de Napoleón Bonaparte, quien puso todo su empeño y poder militar a un objetivo esencial: la conquista de Europa. Para ello y no dudó en utilizar tropas de los países ya sometidos, entre ellas las del marqués de la Romana uno de los generales del emperador para apoyar militarmente las campañas napoleónicas El 5 de febrero de 1807, Carlos IV y Godoy comunicaban a Napoleón que la Corte española ponía a su disposición 15.000 hombres, los cuales Napoleón puso al frente de ellos a Pedro Caro y Sureda, marqués de la Romana, un militar leal al rey Fernando VII.

Este ejército fue desplazado hacia Hamburgo, donde permanecerían para desplazarse luego a Dinamarca, siguiendo las órdenes del Emperador. El marqués de la Romana escribió a Napoleón felicitándole por el nombramiento como rey de España a su hermano el rey José I, y al propio Rey, con fecha 14 de junio, ofreciéndole en nombre de sus tropas el homenaje y sumisión de ellas. En realidad, el marqués, que podría parecer estaba en connivencia con los franceses, realmente lo que hacía era ganar tiempo con el objeto de mantener a salvo sus tropas y regresar a España lo antes posible.

El 22 de julio de 1807, el marqués recibe una carta ordenándole que sus tropas hagan el juramento de fidelidad al Rey José I. La Romana intenta que se realice el juramento, pero las tropas lo rechazan. El 2 de agosto comunica a su superior la oposición de sus tropas a realizar el juramento, algo que no se hacía en el ejército español. Además se queja de la falta de noticias desde España. La situación de complica para La Romana.

En Gotemburgo, los españoles se enteran de la victoria de Bailén y la huida del rey José I. Los españoles deciden regresar precipitadamente a España para luchar contra los franceses. Tras conseguir embarcarse para España en una escuadra inglesa, llegando a la península a mediados de octubre de 1808. A su llegada a España, él y sus hombres, decidieron jurar fidelidad a las fuerzas que se levantaron contra los invasores, hecho que representa la escena pintada por Castellano En el centro del cuadro aparece el marqués señalando las banderas que van a jurar los soldados. Un húsar de Pavía se arrodilla delante de las banderas y los soldados prestan el juramento.

RETRATO DE AMADEO DE SABOYA (Anónimo)

Foto: J.A. Padilla

De la breve etapa como rey de Amadeo de Saboya queda en el museo un excelente retrato, depósito del Museo del Prado y que, aunque no está firmado, muchos atribuyen su autoría al pinto alicantino Antonio Gisbert (1834-1902).

Amadeo de Saboya nació en Turín en el año 1845 y fue hijo del rey de Italia, Victor Manuel II, y de María Adelaida de Austria. Durante su juventud se le sometió a una intensiva educación militar y realizó varios viajes por Francia, Inglaterra, España, Dinamarca, Suecia y, por supuesto, España para completar su formación. Pronto se distinguió por su valor en varias de las guerras en las que participó y fue ascendiendo en el escalafón militar, primero con grado de brigadier de caballería, con apenas 22 años, para más tarde llegar a vicealmirante en la armada. En 1867 se casó con María Victoria dal Pozzo della Cisterna, con la que tuvo tres hijos los príncipes Manuel Filiberto, Víctor Manuel y Luis Amadeo.

Cuando Isabel II fue expulsada del trono español, las Cortes iniciaron el proceso de elección de un nuevo monarca. El nuevo sistema político, una monarquía constitucional hereditaria, tenía que contar con un rey leal a estos principios políticos. Los candidatos eran: el general Esoartero, Duque de la Victoria, por Espartero; el Príncipe Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen (conocido entre el pueblo de Madrid como Ole-Ole si me eligen), el duque de Montpensier, Fernando de Portugal, el príncipe Alfonso de Borbón y Amadeo de Saboya, duque de Aosta, este último era el candidato predilecto del general Prim.

El resultado de la votación que se realizó las Cortes el 16 de noviembre de 1870 fue el siguiente: Amadeo de Saboya recibió 191 votos; 64, los republicanos; 22 el duque de Montpensier; 8, Espatero; 2, Alfonso de Borbón. En esa misma sesión se proclamó a Amadeo I Rey de España. La aceptación oficial por parte de éste se produjo el 4 de diciembre de ese mismo año. El nuevo rey contaba con la oposición de los republicanos, de los carlistas y de una parte de la aristocracia que añoraba a los borbones. Ni siquiera la Iglesia le apoyaba. En la calle los estudiantes universitarios también llevaron a cabo actos de protesta contra la designación de Amadeo.

El 30 de diciembre de 1870, la fragata Numancia llegaba al puerto de Cartagena llevando al Rey. Nada más pisar suelo español, fue recibido con la noticia del asesinato en Madrid de su valedor, el general Prim. Llegó a la capital el 2 de enero, dirigiéndose directamente a la iglesia de Atocha, donde se velaba el cuerpo del general asesinado. Tras el preceptivo juramento de la Constitución, Amadeo encargó la formación de gobierno al general Serrano, duque de la Torre. En 1872, ante la inestabilidad política que se sufría, Ruiz Zorrilla asumía la Presidencia del gobierno y poco después se decretaba la disolución de las Cortes. Poco después, Amadeo sufrió un intento de atentado en la madrileña calle del Arenal. Los republicanos aprovechaban la situación para alzarse contra la monarquía en El Ferrol y, en tierras cubanas, los movimientos independentistas se desarrollaban a toda velocidad. Incluso entre los republicanos llegó a pedirse el regreso del exilio del Príncipe Alfonso de Borbón y su proclamación como rey de España.

El ejército también llevó a cabo acciones de protesta, llegándose a disolver en las Cortes el Arma de Artillería. Amadeo expresó al Presidente del gobierno su deseo de abdicar del trono español, algo, en aquel momento inconstitucional, ya que solo estaba autorizado a abdicar en el caso de que se aprobara una ley especial, ley que no se había promulgado. A pesar de ello, el 11 de febrero de 1873 el rey anunció oficialmente a las Cortes su propósito de renunciar a la Corona, en una sesión en la que también se proclamó la Primera República, cuya dirección se le encargó a Estanislao Figueras. Amadeo regresó a Turín, donde falleció su esposa y, tras su segundo matrimonio con Leticia Bonaparte, también fallecería, con apenas 45 años de edad.

MANUELA MALASAÑA (José Luís Villar de Rodríguez)

El pintor hizo un retrato idealizado de la heroína que poco tenía que ver en la realidad. Manuela Malasaña aparece vestida de goyesca, un estilo propio de las clases pudientes, a la que ella no pertenecía. Era una mujer humilde por su profesión de costurera, pero arrojada y valiente y con unas cualidades que la han llevado a entrar en la historia.

Foto: J.A. Padilla

Esta mujer constituye uno de los mayores símbolos de la resistencia española contra las tropas de Napoleón. La joven costurera, con apenas 15 años de edad, moría aquella fecha del 2 de mayo de 1808 en Madrid, durante los enfrentamientos del alzamiento del pueblo contra las tropas de Napoleón.Sobre su muerte existen dos versiones sobre la muerte de la joven Manuela. En la primera y más asumida a nivel popular la joven ayudó el dos de mayo a defender el Parque de Infantería de Monteleón desde la puerta de su casa en la calle San Andrés 18. Su madre y ella le daban municiones a su padre, el panadero de origen francés Jean Malesangre (españolizado como Malasaña). La joven Manuela murió de un disparo durante el combate y con su cadáver presente, su padre mantuvo la heroica defensa de Monteleón, el cual estaba situado en la actual plaza del Dos de Mayo, a cuyo frente estaban los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde y el teniente Ruíz, también héroes del 2 de mayo. Otras teorías defienden que Manuela muriera en ese lugar. Manuela Malasaña era bordadora de profesión y se encontraba aquel 2 de mayo el taller donde trabajaba. La dueña del mismo no dejó salir a las jóvenes costureras hasta que acabaron los disparos. Ya de vuelta a casa unos soldados franceses la abordaron intentando aprovecharse de ella. Ella trató de defenderse con las tijeras, aunque también se dice que al encontrarlas entre sus ropas la acusaron de portar un arma. Sea como fuere fue ejecutada. Fue enterrada en el Hospital de la Buena Dicha, hoy Iglesia de la Buena Dicha, en la calle Silva.

DEFENSA DEL PARQUE DE MONTELEÓN (Antonio Álvarez, sobre un  original de  Manuel Castellano)

Foto: J.A. Padilla

Siguiendo con el tema de la Guerra de la Independencia, este cuadro nos muestra el momento en el que el capitán Pedro Velarde es abatido durante el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid contra las tropas invasoras francesas.

En un primer plano aparece Velarde, tras ser disparado por un oficial de la Guardia polaca que acabó con la vida del heroico militar. Velarde aparece apoyado sobre la rueda de un cañón utilizado para defender el cuartel de Monteleón en una lucha encarnizada durante más de 3 horas, contra las tropas del general Murat, que terminó por ordenar al general Lefranc que aplastase con tres mil hombres a los insurrectos. Junto a Velarde vemos al Teniente Luís Daoiz, a punto de ser acuchillado por la bayoneta de un soldado francés- En esta escena se describe la situación: el pueblo de Madrid luchando juntos a los soldados rebeldes españoles. De esta momento existen varios cuadros, siendo el más conocido el pintado por Joaquín Sorolla. El depositado en este museo es de Antonio Álvarez, sobre el original cuyo autor es Manuel Castellano.

La escena pintada se desarrolla durante los sucesos ocurridos en los días 2 y 3 de mayo de 1808. Por aquel entonces, Francia y España firman un tratado para que las tropas francesas puedan atravesar el territorio español para invadir Portugal, aliada entonces de Inglaterra. Además del permiso de paso y de la ayuda militar, el tratado contemplaba el reparto de Portugal. Con Carlos IV como rey y Godoy, su valido, como ministro plenipotenciario, el ejército francés penetra en la península sirviendo a la estrategia diseñada por Napoleón contra Inglaterra. En ese momento,, además, se ha producido el llamado “Motín de Aranjuez” que ha siso, en la práctica, un golpe de estado de Fernando VII contra su padre Carlos IV, una situación que deja a España sin gobierno o, por mejor decir, en manos de Napoleón, quien a su vez ha dado el mando de Madrid al general Murat. Padre e hijo solo buscan ahora el reconocimiento y legitimidad del emperador.

Mientras, el ejército francés va penetrando en la península y en las principales ciudades, lo que empieza a levantar sospechas entre la población de que los franceses más que querer atacar a Portugal, parecen que quieren invadir España. Durante el tiempo en que los franceses convivieron con la población, esta tenía la obligación de suministrar todo lo que solicitasen los soldados franceses, creando en muchas ocasiones conflictos y enfrentamientos.

El 2 de mayo de 1808, la muchedumbre vio cómo los soldados franceses sacaban del palacio al infante Francisco de Paula, y el gentío intentó asaltar el palacio para impedirlo. Este tumulto fue aprovechado por Murat, para ordenar a sus soldados dirigirse al palacio y disparar contra de la multitud. La sangre enciende la ira y las calles de Madrid se convierten en un campo de batalla. Mientras el pueblo de Madrid se enfrenta al ejército de Napoleón con lo que encuentra a mano como arma, el ejército español se abstiene de intervenir. Tan solo dos militares españoles, los capitanes Luis Daoíz, junto a su amigo y compañero Pedro Velarde, decidieron actuar y apoyar a los madrileños. Desobedeciendo las órdenes de sus superiores los dos oficiales se aprestaron a presentar resistencia en el parque de artillería de Monteleón, donde repartieron armas entre la población. Velarde se ponía al mando de una tropa de ciudadanos sin experiencia, mientras Daoíz dirigía una batería de cuatro cañones frente a las puertas del parque, con los que causó numerosas bajas a la infantería francesa. Los refuerzos franceses no tardaron en llegar al tiempo que pronto empezó a escasear la munición, y la resistencia se hacía más complicada. Velarde recibió una herida mortal en el corazón. Daoíz, herido gravemente, fue conducido a un hospital donde murió ese mismo día.

El cuadro capta muy bien el enorme caos, con esos gestos desencajados de aquellos que yacen moribundos en el suelo, o que ven como algún compañero acaba de caer. Soldados y paisanos se mezclan en el enfrentamiento, en una descripción clara de lo acontecido aquel día.

RENDICIÓN DE FRANCISCO I EN PAVÍA (José María Alarcón y Cáceres)

Foto: J. A. Padilla

El 24 de febrero de 1525 tuvo lugar el enfrentamiento entre el ejército francés al mando del rey Francisco I y las tropas germano-españolas del emperador Carlos V, que concluyó con victoria de estas últimas, en las proximidades de la ciudad italiana de Pavía. Era el final de un litigio que daba comienzo en el primer tercio del siglo XVI, cuando fue nombrado Carlos V Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en 1520, a cuyo título también aspiraba el rey francés Francisco I. Comenzaba así una guerra entre los Habsburgo y los Valois cuyo final se encontraba en Pavía. Allí resistieron los españoles, comandados por Antonio Leyva y allí obtuvieron una victoria incontestable contra la mejor caballería de Europa: la francesa, y con un número de soldados cuatro veces mayor.

Finalizaba así el intento de Francisco I de conquistar el Milanesado, en posesión de Carlos I. En 1524 el rey francés cruzaba los Alpes con dirección a Milán. Estaba convencido de que los españoles rendirían la plaza. Estos, ante el inmenso contingente militar francés, se refugió en las ciudades limítrofes y dejaron en Pavía una guarnición de dos mil arcabuceros españoles al mando del navarro Antonio de Leyva, un veterano de las conquista de Granada. Allí esperarían la llegada de los refuerzos imperiales. Además, junto a este contingente se encontraban los llamados lansquenetes alemanes, mercenarios que no tendrían reparos en abandonar la defensa de Pavía en el caso de no recibir su sueldo periódicamente.

Los defensores no tardaron en atisbar en el horizonte los pendones con la flor de lis, símbolo de la Casa de los Valois. Junto a estos, iban más de 17.000 soldados, una cincuentena de cañones y 6.500 caballeros acorazados. Una vez tener Pavía a tiro no esperaron muchos tiempo para iniciar el bombardeo.

Pero a pesar del desigual número de combatientes entre uno y otro bando, el sitio no iba a ser tan fácil como preveía Francisco I. Era noviembre, tiempo de lluvias y el suelo estaba muy embarrado y la humedad perjudicaba a los sitiadores. Además, los proyectiles no conseguían romper las murallas de la ciudad. Por el contrario, los españoles causaban numerosas bajas entre sus enemigos. Pronto a los franceses les empezó a escasear la pólvora, mientras a los españoles no tenían dinero para pagar a los lansquenetes y la rebelión amenazaba la defensa de la ciudad. Los oficiales hispanos confiscaron la plata de las iglesias y repartieron su propio dinero, mientras los dos mil arcabuceros españoles decidieron seguir defendiendo Pavía aún sin cobrar.

Y mientras en Pavía se resistía bravamente contra los franceses, Carlos I preparaba un ejército formado por 4.000 españoles, 10.000 alemanes, 3.000 italianos, 2.000 jinetes y 16 piezas de artillería que partía a enero Milán. Francisco I, enterado de ello, reforzó su ejército 5.000 soldados mercenarios y 4.500 arqueros franceses. Parecía ser suficientes para enfrentarse a las tropas imperiales, pero Francisco I cometió un error fatal el dividir sus tropas en contra de la opinión de sus mandos, enviando a parte de ellas a Nápoles para tomar la ciudad. Así, los franceses se encontraron entre dos ejércitos: el de la ciudad de Pavía y el enviado por Carlos I, este último en su retaguardia. Su única ventaja era los 25.000 soldados con los que se encontraba. Confiaba en que las tropas imperiales se quedaran sin víveres y sin dinero y que el hambre obligara a los sitiados a capitular.

Así las cosas, el 21 de febrero, el ejército imperial atacó a los franceses ante la situación en la que se encontraban en Pavía. Los ataques se sucedieron al mismo tiempo que desde Pavía se apoyaban estos ataques para que, de esta forma, los sitiados pudieran recibir munición y alimentos. Desde la guarnición, los arcabuceros españoles distraían al fuego francés.

La noche del 23 al 24 de febrero, el ejército imperial abrió una importante brecha entre las tropas francesas. En aquella noche fría y, sobre todo, muy oscura, el ejército avanzó entre las líneas enemigas a golpe de cuchillo, obligando a los franceses a retroceder.

La noche se iluminó de pronto con los fogonazos de los cañones que causaban muchas bajas entre las tropas imperiales. Tantas que Francisco I decidió a dar el golpe de gracia a los españoles y, tras colocarse su armadura, dirigió una devastadora carga sobre sus enemigos. El ataque fue demoledor para sus enemigos, hasta el punto que la batalla parecía perdida para el bando imperial. Desorganizados y en inferioridad numérica, poco podían hacer los españoles ante aquel furibundo ataque. Fue entonces cuando se ordenó a los arcabuceros imperiales retirarse hasta un bosque cercano y, desde allí, descargar toda la artillería posible contra los jinetes franceses, una maniobra que detuvo la carga francés, cuyos jinetes cayeron con un gran número de ellos.

Aquel ataque desconcertó a los franceses. Fue entonces cuando Leyva ordenó a sus hombres salir del asedio y atacar a los franceses. En tan solo unos minutos, la victoria había cambiado de bando. Las tropas imperiales, apoyadas por los disparos de los arcabuceros, obligaron a los franceses a huir del campo de batalla.

La derrota francesa fue aplastante, con más de 10.000 muertos y 3.000 prisioneros, que fueron puestos en libertad a condición de no volver a combatir contra Carlos V. El rey Francisco I fue capturado después de que un arcabucero le matara el caballo, sería trasladado cautivo a Madrid. Las pérdidas imperiales no superaron los 500 hombres contando muertos y heridos.

El cuadro de José María Alarcón y Cáceres señala el momento en el que el rey Francisco I es hecho prisionero por un soldado de infantería, el vasco Juan de Urbieta, que lo amenaza con su espada. En realidad, en ese momento no sabía a quién acababan de apresar, pero por las vestimentas suponía que se trataba de un gran señor. En efecto, lo era.

MARIA CRISTINA Y SU HIJO ALFONSO XIII  (Manuel Wessel de Gimbarda)

Foto: J.A. Padilla

En este lienzo, la reina María Cristina aparece en el retrato en el que sostiene a su hijo Alfonso XIII en brazos, realizado por el artista cubano Manuel Wessel de Guimbarda del que este Museo conserva una copia.

El 26 de junio de 1878, la amada reina y esposa de Alfonso XII, María de las Mercedes fallecía prematuramente, con apenas dieciocho años de edad, finalizando así una hermosa historia de amor. La muerte de la sumió en la más profunda tristeza y desesperación a Alfonso XII. Además, la jovencísima María de las Mercedes no había tenido tiempo de dar un heredero al trono español. Urgía por tanto, buscar una nueva esposa, reina y futura madre de un príncipe. La elección recayó en una prima lejana del emperador austriaco Francisco José e hija del archiduque Carlos Fernando, una mujer poco agraciada físicamente pero culta, inteligente y educada para ser reina: María Cristina de Habsburgo.

María Cristina había nacido el 21 de julio de 1858 y tuvo una infancia tranquila junto a sus hermanos y muy joven ingresó en el Capítulo de Nobles Canonesas de Praga, un centro en el que las hijas de las familias nobles y aristocráticas pasaban un tiempo retiradas y dedicadas al estudio antes de contraer matrimonio. Fue allí, en Praga, donde María Cristina recibió la noticia de su elección por parte del rey de España para convertirla en su esposa. Ella ya había tenido un breve encuentro con Alfonso XII cuando este era un joven estudiante en Viena y se había llevado una muy grata impresión.

Detalle. Foto: J.A. Padilla

Arcachon, una localidad del sur de Francia, fue el lugar escogido para el primer encuentro oficial entre Alfonso XII y la que se iba a convertir en su segunda esposa. A pesar de que el rey, aun afectado por la prematura desaparición de su amada María de las Mercedes, no tenía ningún interés en volver a casarse, aceptó con cordialidad a la princesa. Así, el 29 de noviembre de 1879, la basílica de Atocha de Madrid fue el escenario la boda real. Pero la nueva reina no era bien aceptada. El recuerdo de María de las Mercedes, el poco atractivo físico de la nueva reina y su ascendencia austriaca no ayudaba.

Tras dos nacimientos reales, en los que María Cristina trajo al mundo a dos niñas, la reina volvió a quedarse embarazada. Sin embargo, Alfonso XII nunca supo que su esposa llevaba en su seno al ansiado heredero. El rey fallecía seis meses antes del nacimiento de su hijo, Alfonso, el 17 de mayo de 1886. Empezaba en aquel tiempo una nueva y dura etapa en la vida de la reina viuda. Durante diecisiete años, María Cristina ejerció la regencia con sabiduría y rigor, asesorada por Mateo Práxedes Sagasta, hasta que en 1902 su hijo era considerado mayor de edad y pasó a reinar como Alfonso XIII. Desde entonces y hasta su muerte el 6 de febrero de 1929 tuvo una vida tranquila, dedicada a obras de caridad. Su cuerpo descansa en el Panteón de reyes y reinas de El Escorial.

MARÍA CRISTINA DE BORBÓN (Antonio María Esquivel)

Foto: J.A. Padilla

Del sevillano Antonio María Esquivel procede este retrato de cuerpo entero de la reina doña Maña Cristina de Borbón, cuarta esposa de Femando VII. El cuadro es un correcto dibujo y exquisita pureza de líneas. Este cuadro es una copia del general Cortínez Espinosa.

María Cristina nació en Palermo (Italia) el 27 de abril de 1806 y murió en Sainte-Adresse (cerca de Le Havre, Francia) el 22 de agosto de 1878. Cuarta esposa de Fernando VII, a la muerte de este en 1833 fue nombrada regente de España, dada la minoría de edad de la hija de ambos,  Isabel II. Su regencia estuvo marcada por el inicio de las Guerras Carlistas, lo que la llevó a aliarse con los liberales, hasta que el alzamiento progresista comandado por el general Espartero la obligó a renunciar y exiliarse en 1840. Regresó a España en 1843, tras la caída de Espartero, y tuvo durante más de una década gran influencia sobre su hija, incluida la elección de su esposo  Francisco de Asís de Borbón. La revolución liberal en 1856 la envió definitivamente al destierro, lo que puso fin a su largo periodo de protagonismo político en España.

En mayo de 1829 murió la tercera esposa de su tío Fernando VII, María Josefa Amalia de Sajonia, sin descendencia, por lo que urgía un nuevo matrimonio del rey. La elegida fue María Cristina, quien llegó a España a principios de diciembre, celebrándose el 11 de diciembre la boda en Aranjuez. Aquel matrimonio fue bien recibido por los liberales pues un posible hijo sería el heredero del trono y desplazaría al hermano del rey, el infante Carlos María Isidro, de carácter absolutista. Poco tiempo después María Cristina quedó embarazada, y el rey suprimió mediante la Pragmática Sanción de 1789 la Ley Sálica que impedía reinar a una mujer. Los partidarios de Carlos María Isidro, protestaron ante ello, y sus temores se confirmaron cuando el 30 de octubre nació una niña, la futura Isabel II.

Unos meses después del alumbramiento de la segunda hija del matrimonio, Luisa Fernanda, enfermó Fernando VII, a quien el ministro Calomarde logró que firmara la derogación de la Pragmática Sanción en un momento de extrema debilidad e inconsciencia. Recuperado el rey por algún tiempo, influenciado por María Cristina, anuló el decreto de derogación y confirmó en su testamento los derechos de Isabel. Para asegurar el trono de ésta, los liberales ofrecieron su apoyo a su madre en La Granja en octubre de 1832. La enfermedad de Fernando VII la convirtió en Gobernadora, decretando una amnistía y concediendo importantes cargos políticos a liberales. El 29 de septiembre de 1833 fue nombrada regente. A los tres meses, el 28 de diciembre de 1834 en el Palacio Real de Madrid, contrajo nuevo matrimonio con un guardia de Corps de su escolta, Agustín Fernando Muñoz, duque de Riansares. Dado que se trataba de un enlace morganático, se mantuvo en secreto para no verse obligada María Cristina a abandonar la regencia.

Como Regente, tuvo que afrontar a continuación la sublevación de los partidarios de don Carlos, en las llamadas “guerras carlistas”. Para equilibrar la presión carlista acentuó su apoyo a los liberales, y nombró a Francisco Martínez de la Rosa como Presidente en enero de 1834. De este gobierno data el Estatuto Real, que aprobaba unas Cortes bicamerales, y la firma de la Cuádruple Alianza con España, Portugal, Francia e Inglaterra). A éste le sucedió en junio del mismo año el conde de Toreno,  José María Queipo de Llano. En septiembre el auge del anticlericalismo llevó al nombramiento del progresista Juan Alvarez Mendizábal, quien aplicó una profunda política desamortizadora de los bienes eclesiásticos con el objeto de sanear la Hacienda estatal y la economía del país. El nombramiento de presidentes no cesa y en 1836, tras el brevísimo gobierno de Francisco Javier Istúriz y el motín de los Sargentos de La Granja se sucedieron breves gobiernos moderados:  José María Calatrava; Eusebio Bardají; Narciso de Heredia; Bernardino Fernández de Velasco, duque de Frías; Evaristo Pérez de Castro y Antonio González y González, que en 1837 aprobaron una nueva Constitución. Finalizada la guerra contra los carlistas en 1839 con la firma del Convenio de Vergara y con la victoria liberal, estallaron varios motines progresistas liderados por el general Baldomero Espartero. Este, aprovechando el descenso de popularidad de la reina a causa de su segundo matrimonio, obligó a María Cristina a renunciar a la regencia el 12 de octubre de 1840. Ésta, en compañía de su esposo, abandonó España y se instaló en París.

Con ayuda del general Narváez, tres años después de su exilio, pudo regresar a Madrid, confirmando las Cortes su matrimonio el 8 de abril de 1845, siendo reconocido tan sólo el papel de reina madre, pues se había adelantado la declaración de mayoría de edad de Isabel II. Sin embargo, no perdió su influencia sobre ella, y organizó su matrimonio con Francisco de Asís, sobrino de María Cristina. Su injerencia en los asuntos de Estado no gustaron ni a los liberales progresistas ni a las cortes europeas. Por este motivo, una nueva revolución iniciada en otro pronunciamiento militar, la llamada Vicalvarada de 1854, la obligó al segundo y definitivo exilio de María Cristina, primero en Portugal, y después a Francia, donde vivió aún más de veinte años. Luego, desde 1856, cuando le fueron devueltos los bienes confiscados dos años antes, pudo visitar España ocasionalmente, y aún asistió al destronamiento de su hija tras la revolución de 1868, al nombramiento de Amadeo I de Saboya como rey de España, al exilio a la posterior abdicación de Isabel II en su hijo el príncipe Alfonso, en junio de 1870 en París, a la proclamación y caída de la Primera República entre los años 1873 y 1874 y a la restauración borbónica en su nieto Alfonso XII en 1874. Murió en 1878, cinco después que su marido, con quien había tenido ocho hijos, siendo enterrada finalmente en el Panteón de Reyes de El Escorial en contra de su deseo inicial fue haber sido sepultada en Tarancón junto a su segundo marido.

PRIMER HOSPITAL DE CAMPAÑA ORGANIZADO POR LA REINA ISABEL INSTALADO EN TORO Y DESPUÉS EN SANTA FE (Mariano Yzquierdo y Vivas)

Foto: J.A. Padilla

Manuel Yzquierdo y Vivas nació en Puerto Príncipe (Cuba) en 1893, falleciendo en Madrid en 1985. Como pintor se forma en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Su obra se especializa en temas costumbristas e históricos y ejemplos de su obra se conservan en instituciones como el Museo del Ejército o la Academia Militar de Zaragoza. En el cuadro que nos ocupa muestra una de las aportaciones humanitarias organizadas por Isabel la Católica: los hospitales de campaña.

En 1482, las tropas dirigidas por su esposo, Fernando el Católico fueron rechazadas en Loja por los musulmanes. Pero a partir de ahí, la reconquista comienza a ser favorable a los cristianos. Tras varias conquistas, en 1486 Loja cae finalmente en manos cristianas. A partir de este momento, se suceden las conquistas: Málaga, en 1487, y Baza y Almería, en 1489. Solo quedaba Granada.

En 1491 se construye el campamento de Santa Fe, a escasa distancia de Granada, desde donde Isabel y Fernando instalaron su cuartel general. Así, mientras Fernando dirigía la estrategia militar, Isabel se preocupaba de proporcionar ayuda espiritual y atención a los heridos. Ya en el asedio de Toro, en 1476, creó y organizó hospitales de campaña para atender a los enfermos y heridos de guerra, algo que repitió también en Santa Fe. Estos hospitales de campaña fueron muy celebrados por los cronistas de la época y apreciados por los que acudían a la guerra. El cuadro, con la reina Isabel en primer plano, muestra la disposición de dichos hospitales.

FERNANDO VI (Anónimo)

Foto: J.A. Padilla

Este cuadro anónimo representa al rey Alfonso VI, conocido como “el Prudente”. Nació en Madrid el 23 de septiembre de 1713 y murió en Villaviciosa de Odón el 10 de agosto de 1759, reinando durante trece años, desde 1746 hasta 1759. Era el tercer hijo de Felipe V y de su primera esposa de este, María Luisa Gabriela de Saboya. Fernando VI se casó con Bárbara de Braganza en 1729.

La infancia de Fernando VI estuvo marcado por los últimos años del reinado de su padre, que había convertido la Corte en un lugar extraño, escenario de sus locuras y excentricidades. Felipe V ya había abdicado una vez, en la figura de su hijo Luis I, pero después de un reinado de apenas seis meses, este murió y Felipe V volvió a ser rey. El 15 de enero de 1746 al morir de forma sorprendente después de tragarse la lengua, la corona pasó al fin a su siguiente hijo, Fernando VI.

El joven príncipe creció sin madre, fallecida a los cinco meses de su nacimiento, y con la desconfianza de la segunda esposa de Felipe V, Isabel de Farnesio. De hecho, el Rey apenas se preocupó por los hijos de su segundo matrimonio ,asolado por sus locuras y dominado por su esposa. La educación de Fernando sufrió los desprecios de su madrastra y su condición de segundón en la línea sucesoria. Era un niño melancólico, amante de las artes y la música. La muerte de su hermano no le convirtió en rey, sino que volvió a su padre por influencia de Isabel de Farnesio, a pesar de su abdicación no era reversible. En aquel momento, en el año1724, las Cortes de Castilla le proclamaron a Fernando Príncipe de Asturias, si bien su madrastra vetó su derecho a asistir a las reuniones del Consejo de Estado como heredero del reino.

Su esposa, Bárbara de Braganza, era hija del  Rey de Portugal, perteneciente a la dinastía que, en tiempos de los Austrias, se había alzado contra el Imperio español para lograr la independencia del país luso. Bàrbara no era atractiva, con su rostro cubierto de viruelas y su figura oronda, pero era culta, de agradable carácter y gran amante de la música desde niña.

Fernando y Bárbara se enamoraron profundamente y vivieron aislados de la Corte durante el reinado de Felipe V por voluntad de la Farnesio, algo que importaba poco a la pareja. Cuando en 1733 pudieron residir en Madrid se decretó la orden de que solo podían ser visitados por cuatro personas al día, y no podían comer en público ni salir de paseo. El príncipe Alfonso era, por lo tanto, casi invisible. Pero la muerte de Felipe V en 1746 cambió por completo la situación. Isabel de Farnesio tuvo que abandonar las dependencias palaciegas y quedó aislada de la Corte.

Durante los 13 años que duró su reinado, Fernando siguió con el programa de reformas iniciado por su padre. Su apuesta por la neutralidad en Europa ayudó a dar un respiro a las arcas públicas. Su medida más polémica fue la gran redada contra los gitanos autorizada en el verano de 1749. En un mismo día fueron apresados unos 9.000 gitanos españoles, que fueron sometidos a todo tipo de abusos. En 1752 se creó la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. No tuvo descendencia por ser impotente y su heredero sería su hermano Carlos III.

Los últimos años de su vida también estuvieron marcados por la demencia, como su padre. En 1758, el delicado estado de salud de la Reina Bárbara de Braganza obligó a la pareja a trasladarse   al Palacio de Aranjuez, en un intento de que mejoraran sus problemas respiratorios. Lejos de ello, ese mismo verano falleció la Reina a consecuencia, al parecer, de un cáncer abdominal y dejó a Fernando solo, con un comportamiento cada vez más extraño. La muerte de su esposa le llevó a un estado de depresión que dio lugar al conocido como el año sin rey.

El mismo día que falleció la Reina, sin esperarse al funeral, Fernando se refugia en el castillo de Villaviciosa de Odón, y muestra un estado alegre impropio del momento. Sin embargo, a principios de septiembre el Rey empieza a mostrarse agresivo, deprimido y obsesionado con la muerte. En las siguientes semanas van apareciendo nuevos síntomas: cansancio, apatía, insomnio, abandono en la higiene personal y con la manía de morder a la gente o fingir que estaba muerto y era un fantasma. Solo el opio le tranquilizaba.

Hacia finales de ese año, la vida de Fernando VI parecía llegar a su fin y se dispuso un testamento el 10 de diciembre de 1758 que ni dictó ni firmó, pero al que dijo que estaba de acuerdo. Con el nuevo año, el Rey quedó encamado y cada vez más débil. A partir de la primavera la demencia afectó a su habla, hasta el extremo de que apenas era capaz de articular un discurso. Durante este periodo de tiempo, un año, España era una monarquía sin rey.

Finalmente Fernando murió el 10 de agosto de 1759 a los 46 años de edad. Su hermano Carlos III, hijo de Isabel de Farnesio, heredó el reino. Era el tercer hijo de Felipe V que reinaba en España.

LA DESPEDIDA  (José Cusacs y Cusacs sobre el original de Alberto Pla y Rubio)

Foto: J.A. Padilla

José Cusacs y Cusacs nació en Motpellier debido a un viaje a Francia de sus padres, pero toda su vida transcurrió entre Barcelona y Mataró. En 1865 ingresó en la Academia Militar de Artillería de Segovia, pero en 1882 abandonó el ejército para dedicarse al arte. Como pintor se especializó en temas militares. Su obra recibió muy buenas críticas. En el Museo encontramos el lienza La Despedida, también conocido como “¡A la guerra!” que, sin embargo, es una copia del original pintado por Alberto Pla y Rubio, pintado en 1895. Representa el embarque de tropas a la Guerra colonial de Marruecos cuando el general Juan García Margallo tomó el mando en la colonia de Melilla y se embarcó en una guerra contra la población autóctona que fue llamada “La guerra de Margallo”. Aquella guerra fue, sin embargo, otro despropósito de la guerra africana, que acabaría con miles de soldados españoles muertos, en realidad campesinos y obreros obligados a ir a la guerra. El cuadro pertenece al más puro realismo social. Describe el momento en el que los soldados se despiden de sus familias en la estación de tren. Van a la guerra o, por mejor decir, a la muerte.

LA PAZ DE LOS MARROQUÍES (J. Chaves, sobre un original de Joaquín D. Bécquer)

Foto: J.A. Padilla

Del sevillano Joaquín Domínguez Bécquer, tío del famoso poeta Gustavo Adolfo, es este cuadro, cuyo original se conserva en el Ayuntamiento de Sevilla y que aquí luce en una copia realizada en 1880 por J. Chávez, en la que aparecen el general O’Donnell y Muley-Abbas en el acto de la firma del Tratado de Wad-Ras. Es por ello que el cuadro también se conoce con el nombre de La Paz de Wad-Ras.

Este Tratado fue firmado en Tetuán el 26 de abril de 1860, entre los reinos de España y Marruecos y supuso el fin de la Guerra de África y fue la consecuencia de las sucesivas derrotas sufridas por Marruecos en su enfrentamiento con las tropas españolas, en particular tras la Batalla de Wad-Ras. Ello obligó al sultán, Muhammad ibn ‘Abd al Rahman a firmar la paz con la reina Isabel II de España. En el cuadro se observan los dos firmantes del acuerdo, Leopoldo O’Donnell, Capitán General en Jefe del Ejército Español en África, y Muley-el-Abbas, Califa del imperio de Marruecos.

Gracias al mismo, el Rey de Marruecos cedía a Isabel II el pleno dominio y soberanía a perpetuidad de todo el territorio comprendido desde el mar, siguiendo las alturas de Sierra Bullones hasta el barranco de Anguera, así como la costa del Océano en Santa Cruz la Pequeña, el antiguo Ifni, el territorio suficiente para la formación de una colonia española.

Igualmente, el Tratado ratificaba el convenio relativo a las plazas de Melilla, el Peñón y Alhucemas, firmado en Tetuán el 24 de agosto de 1859, así como una indemnización por los gastos de la guerra, fijada en 20.000.000 de duros. La ciudad de Tetuán quedaba en poder español como garantía del cumplimiento hasta el completo pago de la indemnización de guerra, tras lo cual las tropas españolas evacuarían dicha ciudad y su territorio. El Tratado incluía además un acuerdo comercial entre ambos países y el establecimiento de una casa de misioneros en Tánger.

Detalle. Foto: J.A. Padilla

El cuadro recoge el momento del encuentro entre ambas delegaciones, con la española capitaneada por O´Donnell. Los marroquíes aparecen en actitud y respeto hacia los españoles en su condición de derrotados. O´Donnell tiende la mano hacia Muley-Abbas con su gorra quitada mostrando igualmente una actitud de respeto.

ACCIÓN DE BOCAIRENT EN LA GUERRA CARLISTA

En la localidad valenciana de Bocairent tuvo lugar durante la III Guerra Carlista una sangrienta batalla que tuvo una gran importancia en el desarrollo de la guerra. El cuadro, curo autor es anónimo muestra una escena de la cruenta batalla.

Foto: J.A. Padilla

Desde tierras castellanas llegó a Chelva el coronel Santés al mando de sus tropas carlistas, siendo en esta localidad donde estableció su cuartel miliar. El día 18 de diciembre de 1873 reunió a sus fuerzas en Enguera, con el propósito de entrar en Játiva pero, como a esta ciudad había llegado el general Weyler al frente del ejército de la reina Isabel II, se dirigió Mogente, marchando al día siguiente a Ollería para, desde aquí dirigirse a Onteniente. Tras pernoctar, el 21 de Diciembre de 1673, las fuerzas carlistas, en el punto estratégico del llano de Camorra. Mientras, Weyler intentó cortar el paso por Canals, pero retrocedió para evitar que los carlistas aprovecharan su ausencia para entrar en Játiva. El día 20, tras comprobar el paso de las tropas carlistas por estas poblaciones fue en persecución de los caslistas, llegando a Bocairent.

Los carlistas tres veces superiores en número a los republicanos, pero estaban peor armados. Los dos ejércitos se enfrentaron en el llano de Camorra, muy próximo a Bocairent, combatiendo hasta el anochecer del día 21. Al cesar el fuego, mientras los carlistas permanecieron en el Alto de la Cruz, los republicanos se retiraron a la villa.

Hacia las 10 de la mañana del día siguiente, 22 de diciembre, se reanudó el combate, siendo favorable a los carlistas, que se apoderaron de dos piezas de artillería isabelinas. La victoria carlista parecía próxima, hasta el punto que Weyler pensó en el suicidio. Fue en ese momento cuando dos sucesos inclinaron la batalla del lado republicano. Por un lado, la escasez de munición se hizo más evidente. Por otro, llegó el regimiento de Aragón en auxilio de los republicanos, lo que obligó a los carlistas a retirarse a Mogente. Gracias a esta victoria, Weyler será ascendido a Mariscal de Campo en febrero de 1874, cuando aún no había cumplido los 36 años. La batalla terminó a la 1 de la tarde, quedando en el campo 150 heridos y unos 80 muertos. La mayor parte de los caídos en la batalla, tanto carlistas como isabelinos, fueron enterrados en las proximidades. En su entorno se plantaron algunos cipreses y se colocó una cruz de madera, sustituida en 1912 por otra de piedra asentada sobre un pedestal del mismo material, que fue destruida en la república por los comunistas, siendo sustituida por una cruz de hierro que mantiene en la actualidad. En el monumento se puede leer la siguiente inscripción: “Sesenta y dos víctimas, de sus ideales unos, de la disciplina otros, yacen aquí. Honor y gloria a los que murieron en el cumplimiento del deber el día 22 de diciembre de 187 del año 1912. RIP.”

ALFONSO XIII (Antonio Cánovas del Castillo)

Antonio Cánovas del Castillo y Vallejo, más conocido por el seudónimo de Dalton Kaulak o simplemente Kaulak fue un conocido fotógrafo y pintor madrileño, sobrino del político Antonio Cánovas del Castillo. Su obra se basó en retratos de los más importantes políticos de su época como Antonio Maura, escritores como José de Echegaray o, como el que nos ocupa, el rey Alfonso XIII.

Foto: J.A. Padilla

Alfonso XII nació para ser rey. Por ello, fue educado para ser rey. Pero para lo que no nació ni estaba preparado era para afrontar la época que le tocó vivir. Intentó gobernar de una manera muy particular, de forma partidista y con continuas conspiraciones. Consiguió aquello que quería evitar: la llegada de la II República.

El mediodía del 17 de mayo de 1886 fue un día feliz en el Palacio Real de Madrid. Los llantos de un niño rompieron el recio silencio de palacio. Un niño había nacido. De inmediato, el presidente del Gobierno, Práxedes Mateo Sagasta, mostraba aquel niño lavado y vestido. Todos comenzaron a aplaudir. No en vano aquel niño era el último hijo, y único varón, de María Cristina de Habsburgo y era el heredero a la Corona de España: el Príncipe Alfonso, futuro Alfonso XIII.

Pero aquel niño no nacía, como hemos dicho, en el mejor momento posible. En el último siglo España había sufrido una invasión, la napoleónica, varios pronunciamientos y golpes de Estado, el reinado de Fernando VII y tres guerras civiles contra los carlistas. Las arcas públicas estaban poco menos que en bancarrota, el sistema político se movía en la inestabilidad de dos partidos monárquicos que se alternaban en el poder y el hambre y la miseria era de lo poco que sobraba en las ciudades y pueblos. A pesar de ello, todos aplaudían la llegada del pequeño príncipe porque, a pesar de todo, era la última esperanza de una monarquía en absoluta decadencia.

Como decíamos antes, el futuro Alfonso XIII fue educado desde niño para ser rey. Lamentablemente no para ser un rey acorde con los tiempos que le habían tocado vivir, sino para reinar al modo y manera de los antiguos monarcas, más parecido a los Austrias del siglo XVI que a un Borbón del siglo XX. Tras la muerte de su padre, el Rey Alfonso XII, su madre lo sobreprotegió en demasía y ni siquiera le permitía salir a la calle sin compañía. Sus sirvientes tenían orden de adularle continuamente y reverenciarse ante su presencia, propiciando que desarrollara una personalidad ególatra y con gran complejo de superioridad.

Aprendió historia, matemáticas, francés, alemán, inglés y todo lo relacionado con el mundo militar, asistiendo habitualmente cuarteles militares y a todo desfile importante y a las juras de bandera. Pero fallaba en lo esencial: nadie le estaba enseñando la realidad social del país que iba a reinar. Ante su presencia no se hablaba de los problemas del campesinado, que suponían las dos terceras partes de la población, de los grandiosos índices de analfabetismo, del caciquismo imperante en los pueblos y ciudades, de los bajísimos salarios, de la injusticia respecto a las mujeres… del atraso casi endémico del país. El 1 de enero de 1902, alcanzaba los 16 años y, por tanto, la mayoría de edad necesaria para gobernar.

Antonio Cánovas del Castillo, el ideólogo del bipartidismo, había configurado una Constitución, la de 1876, en la que se negaba el sufragio universal y la libertad de expresión para los españoles. Un sistema político basado en dos partidos, el Conservador, basado en la aristocracia, los terratenientes y las clases medias; y el Liberal, que agrupaba a la izquierda moderada. El resto de los partidos: radicales, nacionalistas y republicanos solo tenían la revolución y el golpe de Estado como opción política. El poder del Rey era inmenso. Podía sancionar las leyes o vetarlas, designar al presidente del Gobierno y a parte del Senado, convocar o suspender ambas cámaras, asumir la autoridad del orden público y ascender y nombrar cargos militares.

Pero aquel poder era efímero. La Monarquía se encontraba enferma de muerte. Tan era así que en abril de 1931, es proclamada la República y Alfonso XIII se ve obligado a abandonar España. Había cometido muchos errores. Tal vez el mayor y el que marcó su caída fue permitir en 1923 la dictadura de Primo de Rivera.

Alfonso XIII era destronado con tan solo cuarenta y cinco años de edad. No se adaptó a su exilio en París. A finales de 1933 se consumó la separación de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, que se fue a residir a Londres. Algunos monárquicos comenzaron entonces a valorar la posibilidad de abdicación de Alfonso XIII en su hijo Juan, a lo que contestaba: “en el destierro no abdicaré”. El presidente Calvo Sotelo, le pidió abiertamente en 1935 la abdicación sobre la base de los principios neotradicionalistas, pero Alfonso XIII siguió negándose a ello.

El 18 de julio de 1936 tiene lugar el inicio de la Guerra Civil Española. Alfonso XIII no tuvo relevancia alguna en ello, aunque sí donó una elevada suma de dinero a la causa franquista. En la primavera de 1937, Alfonso XIII declaraba su “adhesión espiritual” a Franco, pero seguía negándose a abdicar. El 26 de enero de 1939 felicitó a Franco por la ocupación de Barcelona, y declaró a Le Journal de Paris que obedecería las órdenes de quien había “reconquistado la patria”. El 4 de diciembre de 1939 recibió una carta firmada por Franco diciéndole que no contemplaba su vuelta al trono. Los monárquicos le recomendaban la abdicación en su hijo Juan para unir a alfonsinos, juanistas y tradicionalistas. Alfonso XIII, resignado, anunció el 8 de diciembre de 1940 en Ginebra que abdicaría en su hijo. El 15 de enero de 1941, firmaba un manifiesto en Roma cediéndo sus derechos dinásticos en el príncipe don Juan, pero sin abdicación. Un mes después, agotado y enfermo, falleció aquejado de una angina de pecho.

RETRATO DE LA REINA VICTORIA EUGENIA DE BATTEMBERG (Antonio Cánovas del Castillo

Siguiendo con otra obra de Antonio Cánovas del Castillo, vemos el retrato de la Reina Victoria de Battenberg, reina consorte de España por su matrimonio con el rey  Alfonso XIII.

Foto: J.A. Padilla

En 1968, con motivo del nacimiento del príncipe Felipe, Victoria Eugenia volvía a España después de 37 años de exilio. Atrás quedaba una vida de soledad e incomprensión como reina consorte de un país que no la aceptó y un rey que pasó de un amor apasionado hacia ella a distanciarse irremisiblemente.

Victoria Eugenia Julia Ena de Battenberg, nacida en el Castillo de Balmoral el 24 de octubre de 1887, era nieta de la reina Victoria de Inglaterra. Esta educó a sus hijos y nietos dentro una estricta moral cortesana, llamada Victoriana en su nombre. Victoria Eugenia creció en un ambiente de duro carácter, siendo su espectacular belleza lo que enamoró a Alfonso XIII nada más verla en una visita a Inglaterra en 1905. 

El rey de España estaba dispuesto a casarse con Victoria Eugenia a pesar de las muchas inconveniencias que suponía aquel matrimonio. La princesa inglesa era anglicana y llevaba en su sangre la peligrosa herencia de la hemofilia. María Cristina de Habsburgo, madre de Alfonso XIII había querido para su hijo a una Habsburgo. Pero su hijo prefirió a “Ena”, diminutivo de Victoria Eugenia. Victoria Eugenia adjuró del protestantismo para poder contraer matrimonio con Alfonso.

El 31 de mayo de 1906 tuvo lugar el enlace Real en la Iglesia de los Jerónimos. Una vez terminada la ceremonia, la comitiva inició su regreso al Palacio Real. Fue entonces cuando se produjo el atentado provocado por el anarquista Mateo Morral. Este esperaba su paso desde el balcón de la pensión en la que se hospedaba, ubicada en el tercer piso del número 88 (actualmente 84) de la calle Mayor. A las 13: 55 horas, cuando la carroza real pasaba bajo él, arrojó la bomba oculta en un ramo de flores. El ramo con la bomba tropezó en su caída con el tendido del tranvía y se desvió hacia la multitud que estaba observando la comitiva. Los reyes salieron ilesos pero murieron 25 personas entre militares y civiles y más de cien resultaron heridas. Otro artefacto, que no llegó a estallar, se encontró al otro lado de la calle, junto al edificio de Capitanía.

Pocos meses después, Victoria Eugenia daba a luz a su primer hijo, que recibió el nombre de Alfonso. El miedo a la hemofilia quedó patente al descubrirse que el pequeño había heredado la enfermedad. Alfonso XIII culpó de ello a la reina e inició un alejamiento de ella. La reina, a partir de entonces, tuvo que soportar con estoicismo las relaciones extraconyugales que la sumieron en una terrible soledad y desencanto. En junio de 1908 nació Jaime, un niño que tampoco trajo la alegría a su familia a causa de una terrible operación de oídos que le dejó sordo. Al año siguiente nacía Beatriz y en 1910 un bebé muerto, al que le seguiría una niña que recibió el nombre de María Cristina. Fue en 1913 cuando al fin nació el príncipe Juan quien, para alegría de todos no heredó la hemofilia. Tras él aun nacería Gonzalo, quien también sufriría la terrible enfermedad. 
Triste y sola, Victoria Eugenia no recibió el cariño de la corte ni del pueblo, ni tan siquiera cuando demostró ser una reina solidaria haciendo importantes obras de caridad. En su largo exilio, la reina vivió muchos años separada de Alfonso XIII, con quien se reencontró en 1938 en Roma con motivo del nacimiento del príncipe Juan Carlos. Tras la muerte de su marido en 1941, Victoria Eugenia se trasladó a vivir a Suiza donde moriría en 1969. Solamente volvió a España con motivo del nacimiento del actual Rey de España, Felipe VI.

 

 

 

 

 

 

 

LA CARGA (Mariano Bertuchi Nieto)   

Foto: J.A. Padilla

El pintor granadino, Mariano Bertuchi fue un pintor español que desarrolló la parte más relevante de su carrera profesional en el protectorado español de Marruecos. Se le considera el pintor por antonomasia del protectorado a partir de mediados del siglo XX. Además de pintor, fue también funcionario, con responsabilidades en el área cultural dentro de la administración colonial española en Marruecos. En 1928 fue nombrado inspector jefe de los servicios de Bellas Artes del Protectorado y se estableció en Tetuán, donde permaneció hasta su muerte. Su labor como funcionario colonial fue trascendental en las labores culturales del Marruecos español.

Bertuchi, quien viajó a Marruecos por primera vez a los catorce años, quedó totalmente entusiasmado por esa tierra, a la que vio como el escenario ideal para su pintura, primero en España y, luego, en su madurez, en Tetuán, ciudad en la que permaneció hasta su muerte. Bertuchi no se limitó a ser solamente un pintor, sino que se implicó en el proceso colonizador, interviniendo activamente en él. Primero, cubriendo como cronista gráfico de la campaña militar y ejerciendo cargos en la Administración colonial relacionados con la cultura y creando diversas escuelas de arte.

Detalle. Foto: J.A. Padilla

Bertuchi, a pesar de su admiración por Marruecos, no dudó, a través de sus obras, en ensalzar las gestas militares de la colonización española, de modo similar a Rudyard Kipling con la India colonial británica, a la que amó y dedicó tantas obras suyas, pero sin dejar nunca de sentirse inglés. Kipling escribió la India como Bertuchi pintó Marruecos, sin dejar nunca de sentirse español. Además, la visión que de Marruecos nos proporcionó la pintura de Bertuchi puede decirse que ha llegado casi hasta nuestros días, al igual que sucede con la de la India de Kipling. Y lo hizo de manera colorista y con un gran dinamismo.

 

LA BATALLA DE SAN MARCIAL (Augusto Ferrer-Dalmau Nieto)

Augusto Ferrer-Dalmau Nieto nació en Barcelona el 20 de enero de 1964. Su obra está especializada en temas históricos militares, todo ello con una técnica muy realista.  El cuadro que nos ocupa es un momento de la Batalla de San Marcial, la cual tuvo lugar el 3 de agosto de 1813, dentro del periodo histórico de la Guerra de la Independencia.

Foto: J.A. Padilla

El ejército napoleónico, bajo el mando del Mariscal Soult, atacó a primera hora de la mañana del 31 de agosto de 1813 la colina de San Marcial, cercana a Irún. Lo hace desde Biriatu, cruzando el río Bidasoa. En San Marcial le espera el ejército español, dirigido por el General Freire, que consigue repeler el ataque y mantenerlos ladera abajo. Soult recompone sus líneas a medianoche para un segundo asalto, pero las tropas españolas vuelven a vencer, provocando la retirada de las tropas napoleónicas. La batalla de San Marcial pasará a la historia por su dureza y crudeza, además de la por victoria del ejército español en una de las batallas más decisivas de esta guerra.

En el cuadro, de gran realismo, observamos en su parte superior, difuminada por el humo de la pólvora la ermita de San Marcial con la pequeña espadaña y campana. En la parte inferior del mismo, se ven los cuerpos amontonados de los soldados heridos y muertos, cubiertos de sangre y barro. Todo el cuadro refleja la crueldad de la batalla, crueldad manifestada en los rostros de los soldados que aún combaten. Bajo el cañón, en la parte derecha inferior se observa al soldado muerto junto al tambor, mientras otro, agonizante, es atendido por un compañero, una escena de gran dramatismo. Dramatismo que también se observa en los soldados franceses, que se retirar huyendo mientras los españoles les atacan a bayoneta calada. El cuadro pone de manifiesto el combate cuerpo a cuerpo de los soldados de uno y otro bando extenuados por el cansancio y por la tragedia de una guerra que duró seis años.

Detalle. Foto: J.A.Padilla

La Batalla de San Marcial fue la última de la Guerra entre españoles y franceses. La huida francesa no tenía nada que ver con lo sucedido seis años antes, cuando el ejército francés cruzaba el río Bidasoa y el pueblo les recibía con cierta simpatía. Venían, en principio a luchar contra los ingleses y a expulsar a Godoy.

Desconocían que la realidad era muy distinta, pues Godoy había pactado la entrada del ejército napoleónico. Una realidad que demostraba, además, que aquel ejército invasor no venía precisamente a ayudar, pues en su camino no dudaban en saquear todo lo que encontraban. A medida que la guerra se prolonga, las simpatías francesas iban desapareciendo, y tornándose en una profunda animadversión y odio. Además su presencia se debía al Tratado de San Ildefonso, el ejército español era un ejército anticuado, propio del antiguo régimen, sin mandos con la experiencia necesaria, compuesto por soldados reclutados, sin instrucción suficiente. El ejército español vive en la más absoluta miseria, sin uniformes ni armamento y muchos días los soldados ni siquiera comen. A pesar de ello, en algunas batallas, como la de Bailén, demostraron que las tropas españolas eran combativas cuando estaban bien dirigidas. Frente a ellas, tanto el ejército francés como el inglés, este al mando del general Wellintong, estaban bien equipadas y compuesta por soldados profesionales.

En este contexto, en la batalla de Vitoria, que tuvo lugar el 21 de junio de 1813, las tropas de Wellington derrotan a los franceses y avanzan hacia la frontera, entrando Wellington en Irun el 30 de junio. En principio, los franceses habían sido ya prácticamente derrotados, pero aún mantenían varias plazas, como las de San Sebastián y Pamplona, y Wellington se prepara para tomar San Sebastián, sitiando ambas ciudades. Ante la sospecha de que los franceses vengan desde Francia y atraviesen la frontera por los pasos del Bidasoa. El ejército anglo español les espera con unos 10.000 efectivos cubriendo todos los pasos.

El Cuarto Ejército español, al mando del General Freire, se sitúa en San Marcial, mientras los ingleses se colocan a la vanguardia para apoyar la izquierda de los españoles. El 30 de agosto por la tarde, Soult, al mando de 18.000 hombres, se sitúa con gran parte de su artillería en los montes que dominan los pasos próximos a Biriatu y el puente de Behobia. Cercanos a ellos, se sitúan los españoles afrancesados de la Guardia del rey José Bonaparte, con la misión de evitar el paso de los aliados anglo-españoles y esperaron acontecimientos.

Detalle. Foto: J.A. Padilla

Sobre las 6 de la mañana del 31 de agosto, los franceses, cubiertos por la neblina matinal y la artillería, comienzan a cruzar por varios pasos. A las 9, lanzan un ataque intentando rodear el monte San Marcial y envolver la línea española. Pero el terreno accidentado y boscoso, con estrechos senderos que solo permiten el paso en fila india de la tropa, no es el más adecuado para el estilo de ataque en formación ordenada y compacta que los franceses acostumbraban a usar, de modo que los defensores se defienden a bayoneta calada y consiguen hacer retroceder a los franceses hasta la orilla del Bidasoa. Eran aproximadamente las 10 de la mañana.

Tras este primer intento frustrado, los franceses vuelven a la carga. Mientras las tropas que regresan del primer ataque se reorganizan, los ingenieros franceses, bajo la protección de la artillería, comienzan a levantar pasarelas por las que, aprovechando la bajamar de las 11 de la mañana, comienzan a pasar dos Brigadas de la Guardia Real de José Bonaparte, mientras el resto del ejército francés se disponen a volver a atacar San Marcial.

El General Freyre, al mando del Cuarto Ejército español pide ayuda a Wellington, pero éste se la niega, y les conmina a resistir. Los españoles resisten heroicamente. Mientras, se oyen los cañonazos ingleses disparando contra los sitiados franceses de San Sebastián, lo que obliga a los franceses a acudir en ayuda de sus compatriotas. A las 13:00 horas, el ejército de Soult se organiza en tres columnas para atender todos los frentes. Freire concentra sus fuerzas y, con ayuda de la artillería, logra contener el ataque masivo de la Guardia Real de Bonaparte. La situación llega a ser crítica por el avance de los franceses, y solo la aparición de tres batallones de Voluntarios de Guipuzcoa, que vienen de San Marcial consigue que las tropas españolas puedan repeler a los franceses y obligarles a retroceder hacia el río Bidasoa, a culatazos y a bayoneta calada. Tras el triunfo español en San Marcial, los aliados cruzan el Bidasoa y la guerra continuó al otro lado de los Pirineos hasta que se firmó la paz.

 

LA RENDICIÓN DE BAILÉN

La Rendición de Bailén es un óleo realizado originalmente en 1864 por el pintor español José Casado del Alisal. El cuadro que se expone en el Museo del Ejército es una copia realizada por José María Alarcón y Cárceles. José María Alarcón es un pintor formado en la Academia de Bellas Artes de Murcia, que alternó, hasta su consolidación, su dedicación a la pintura con su profesión de barbero.  Más tarde se instalaría en Madrid donde consta en el registro de copistas del Museo del Prado entre junio y septiembre de 1876.  Lleva a cabo las copias de La Gallina Ciega, Pepe Hillo y La Duquesa, todas ellas de Goya, pintor por el que sentía especial admiración. La Rendición de Bailén fue otras de sus copias.

Foto: J.A. Padilla

Este cuadro representa la capitulación del ejército francés ante las tropas españolas tras producirse la primera gran derrota sufrida por los franceses en las cercanías de Bailén el 19 de julio de 1808. El cuadro inmortaliza la entrevista que celebraron pocos días después Francisco Javier Castaños, capitán general de Andalucía y jefe de las tropas españolas, y el general Pierre-Antoine Dupont de l`Étang, comandante en jefe del Cuerpo de Observación de la Gironda, con el propósito de fijar las condiciones de la rendición. Se observa al general Castaños, al frente del ejército español, compuesto por militares regulares y guerrilleros del pueblo, saludando respetuoso y con gesto afable al general francés, quitándose el bicornio mientras se inclina en cortés reverencia. Por su parte, Dupont, con actitud seria y orgullosa, responde a este gesto abriendo con las manos abiertas en señal de rendición, tras entregar su espada al general español.

Sin embargo, el cuadro de José Casado del Alisal no refleja la realidad de los acontecimientos. La rendición de Bailén no tuvo lugar en el mismo campo de batalla, sino que fue firmada en una casa de postas de Andújar el 22 de julio, sin que estuvieran presentes los dos primeros generales españoles ni el francés Gobert, que había muerto pocos días antes en los enfrentamientos de Mengíbar.

El cuadro presenta una composición similar al de Las Lanzas de  Velázquez, ubicando de forma similar los grupos de soldados para configurar un aspa, colocándose los franceses en la zona de la derecha, en un plano inferior para indicar su derrota, mientras los españoles se sitúan a la izquierda. En el centro se observa a los dos generales.  Tras ellos, el ejército derrotado y, al fondo, el escenario de la batalla, cuyos colores ocres muestran el ambiente caluroso de Bailén. Las banderas y enseñas de los ejércitos refuerzan la influencia del cuadro de Velázquez. Los uniformes militares aparecen dibujados con muchos detalles. En los soldados españoles encontramos una amplia gama de gestos y expresiones. El cuadro original fue enviado a Madrid en 1864, siendo expuesto en el recién construido Teatro Real, donde fue visitado por gran número de personas, entre ellos  Isabel II  y Francisco de Asís de Borbón. La reina quedó tan entusiasmada con el cuadro que la compró y otorgó a Casado del Alisal el título de Pintor de Cámara.

RETRATOS DE ISABEL II (Federico Madrazo) y FRANCISCO DE ASÍS DE BORBÓN anónimo)

En el año 1830 nacía la niña Isabel, hija del rey Fernando VII y de su cuarta mujer, María Cristina. El sexo de aquella niña era un problema porque el rey no tenía herederos y la Ley Sálica no permitía gobernar a una mujer, lo que convertía en heredero a su hermano Carlos María Isidro. Fernando VII publica entonces la Pragmática Sanción para evitar la aplicación de la Ley Sálica. Isabel podía así ser reina.

Con lo que nadie contaba es que, cuando apenas Isabel ha cumplido los tres años de edad, su padre fallece. Al ser menor de edad no puede acceder al trono por lo que su madre, la reina María Cristina, se convierte en Regente. Una situación que se prolongará hasta que, cumplidos los 13 años de edad, Isabel es declarada mayor de edad para ser nombrada reina, como Isabel II.

A pesar de su niñez difícil, Isabel era una chica despierta, jovial y divertida, aunque poco aficionada a intelectualidades. No pasará a la historia por su inteligencia y conocimientos, aunque sí lo hará por su afición a los placeres carnales, unos ciertos y otros no. Así, se asegura que el general Francisco Serrano como Regente, a quien la reina llamaba “el General Bonito”, fue el que le inició en el sexo, en un sórdido episodio en el que el militar consumaría la violación de la joven, abusando de su confianza, si bien otros historiadores aseguran que el primero fue su preceptor, el político progresista Salustiano Olózaga, de quien se asegura abusar de ella en el llamado “incidente Olózaga”. Ambos sucesos, ciertos o no, marcaron el futuro de Isabel II, una mujer desenvuelta y espontánea, con sentido del humor y simpatía, aunque algo ordinaria y chusca.

Lo que sí es cierto es que, una vez en el trono, el matrimonio de la joven reina se convierte en asunto de Estado. Las monarquías europeas maniobraron para mantener el equilibro de las alianzas y los intereses concertados para garantizar la estabilidad de la Europa de entonces. Para todos parecía que un Borbón era el mejor candidato. Tal vez sería el mejor candidato para todos, pero, sin duda, era el peor para Isabel. Así, se decide casar a Isabel con un primo carnal suyo, Francisco de Asís de Borbón y Dos Sicilias, hombre apocado y poco interesado en los asuntos del reino, algo esencial para una Corte en manos de políticos y cortesanos con intereses de todo tipo. El problema, sobre todo para Isabel, es que Francisco de Asís era homosexual. Así, cuando Isabel conoce la identidad de su prometido dice con su acostumbrada desenvoltura: ¡No, con Paquita, no!

Foto: J.A. Padilla

“He cedido como reina, pero no como mujer. Yo no he buscado a este hombre para que fuese mi marido; me lo han impuesto y no lo quiero”, eran las palabras de Isabel a su madre el día anterior a su boda. Esta tendría lugar el 10 de octubre de 1846, justo el mismo día en que la novia cumplía dieciséis años. El novio tenía veinticuatro. El pueblo español, consciente de la homosexualidad del rey consorte, se referían a él como “Paco Natillas” o “Paquita”.

Así las cosas, para una corte cuyas paredes eran demasiado delgadas, aquel matrimonio de conveniencia alimentaba todo tipo de rumores y chascarrillos. La misma noche de bodas fue un completo desastre, como todas las demás. La reina, sin complejo alguno, decía de esta primera noche que “¿Qué podía esperar yo de un hombre que en la noche de bodas llevaba más encajes en la camisa que yo misma?”

 Poco tiempo después del enlace, Francisco de Asís iniciaría una larga y poco discreta relación con el guapo galán, Antonio Ramos Meneses. Mientras, la reina invitaba a su dormitorio a todo aquel del que se encaprichaba, sobre todo militares. Sobre sus amantes se ha especulado y, tal vez, exagerado mucho. Además de los mencionados Serrano y Olózaga, existe una larga lista, como su maestro José Vicente Ventosa, expulsado de la corte al ser la infanta menor de edad; su maestro de canto, Francisco Frontela; o el compositor Emilio Arrieta, autor de la célebre zarzuela Marina; su primo Carlos Luis de Borbón, carlista convencido, que le doblaba la edad; el Marqués de Bedmar; el escritor y político Miguel Tenorio, nombrado secretario privado de la reina en 1859 y el capitán José María Ruiz de Arana, más conocido como “el Pollo Arana”, a quien la reina ascendió a coronel y la Cruz Laureada de San Fernando. Años antes, la reina tuvo como amante al capitán Enrique Puigmoltó y Majans, Conde de Miranda, a quien se le atribuye la paternidad del futuro rey Alfonso XII, hasta el punto de que la misma reina llegó a decirle una vez: “Hijo mío, la única sangre Borbón que corre por tus venas es la mía”.

Sus últimos amantes le acompañaron en su exilio parisino. Junto a ella partirá hacia París el sobrino del general Narváez, Carlos Marfori y Calleja, gobernador de Madrid y Ministro de Ultramar. Le sustituirá el capitán de artillería José Ramiro de la Puente, marqués de Alta Villa, y, por último, el húngaro Josef Haltmann, quien mantendrá relaciones con ella hasta su muerte, el 9 de abril de 1904.

Fruto de estas relaciones fueron sus doce embarazos, con 10 partos y 2 abortos, de los cuales sólo sobrevivieron cinco de los hijos nacidos. Aunque inscritos como legítimos, los rumores aseguraban que todos ellos eran bastardos, algo que parece lógico por otro lado. El rey consorte, Francisco de Asís, recibía un millón de reales cada vez que los presentaba como propios en la Corte.

Cinco fueron los infantes supervivientes. Isabel, alias “La Chata”, nacida el 20 de diciembre de 1851 e hija del comandante José Ruiz de Arana. Le siguió Alfonso, futuro Alfonso XII, nacido el 28 de noviembre de 1857, apodado “El Puigmoltejo”. Después nacieron Pilar, Paz y Eulalia respectivamente, hijas de Miguel Tenorio.

La realidad es que aquel matrimonio entre Isabel y Francisco de Asís fue un constante caudal de coplas y publicaciones satíricas contra una monarquía que estaba en proceso de descomposición. Todas ellas, con sus correspondientes dibujos y caricaturas, fueron editadas en el libro Los Borbones en pelota, firmado con el seudónimo Sem, en el que se mostraba la imagen de la reina manteniendo relaciones con personajes influyentes de la corte, mientras su marido asiste resignado a los devaneos de su esposa, todo en un lenguaje visual chabacano.

Aquella publicación, cuyo fin primordial era socavar la ya escasa credibilidad de la reina y de la monarquía, se atribuyó a los hermanos Bécquer (el poeta Gustavo Adolfo y el dibujante Valeriano Bécquer, aunque algunos investigadores opinan que pertenecen a la obra de un pintor republicano radical llamado Francisco Ortego. Aquel panfleto fue publicado en el año 1868, año en el que se llevó a cabo la revolución llamada La Gloriosa, que obligó a Isabel al exilio.

En París, Isabel II tuvo un dorado exilio. Entre su equipaje se llevó una de las mayores fortunas de Europa, que había conseguido sacar de España. Hasta el punto que Francisco de Asís denunció a su esposa ante los tribunales parisinos reclamándole una pensión, a la que tenía derecho. Desde luego, él demostró ser un amante mucho más fiel y leal que su esposa. Justo antes de que estallara la revolución Gloriosa, el verano de 1868 consiguió de Isabel II, aún reina, que convirtiera a Meneses en Duque de Baños, con grandeza de España. Además, no dudó en chantajear a su esposa, renunciando a la paternidad de sus hijos, consiguiendo que el papa Pio IX otorgara a su compañero la Gran Cruz de la Orden de Cristo.

La última ironía de este reinado tan extraño y peculiar tuvo que ver con el enterramiento del esposo de Isabel II. Francisco de Asís de Borbón fue inhumado en el Monasterio del Escorial, en el Panteón de los Reyes, pero junto a las reinas consortes.

El retrato de Isabel II expuesto en el Museo del Ejército es un óleo sobre lienzo, en el que la reina aparece de pie, vestida con un traje de raso azul con encajes, diadema de perlas y brillantes, tocada con un velo y apoyando la mano en una mesa donde se disponen simbólicamente la corona y el cetro. Esta obra es uno de los diecisiete retratos de cuerpo entero que Federico Madrazo pinto de la reina Isabel II, existiendo diversas réplicas y copias del mismo en el Ministerio de Hacienda y en este Museo, entre otros.

Federico Madrazo estudió en la escuela de Alberto Lista, en Madrid, y en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Marchó a París a estudiar pintura con Ingres, amigo de su padre. Allí adquirió un estilo romántico francés. Tras una estancia de dos años en Roma, regresó a España, Ya en Madrid, fue pintor de cámara de la reina Isabel II, del mismo modo que su padre había sido pintor de la Corte con Fernando VII. Fue nombrado director del Museo del Prado, pero perdió el cargo con la Gloriosa, siendo repuesto en este cargo en 1881.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios