Cuadros del Museo del Ejército

BATALLA DE TETUAN  (Francesc Sans y Cabot)

Foto: J.A. Padilla

La batalla de Tetuán tuvo lugar en Marruecos, entre el ejército español y el marroquí por la posesión de la plaza dentro de la guerra de África entre ambos países entre los años 1859-1860, durante el reinado de Isabel II y Mohámmed IV. Las fuerzas española estaban formadas por treinta y seis mil hombres, apoyados por la artillería y cuarenta y un navíos.

El 17 de diciembre empezaron las hostilidades por parte de la columna mandada por el general Zabala que ocupó la Sierra de Bullones. Dos días después el general Echagüe conquistó el Palacio del Serrallo y O’Donnell se puso al frente de la fuerza que desembarcó en Ceuta el 21 de diciembre. El día de Navidad las tres columnas españolas habían consolidado sus posiciones y esperaban la orden de avanzar hacia Tetuán.

El 1 de enero de 1860, el general Juan Prim, llegado en esos días a Ceuta, avanzó con el apoyo del general Zabala y el de la flota que mantenía a las fuerzas enemigas alejadas de la costa. Los enfrentamientos continuaron hasta el 31 de enero hasta que el general O’Donnell comenzaba la marcha hacia Tetuán, con el apoyo del general Ros de Olano y de Prim en los flancos y de la artillería española los marroquíes retrocedieron hasta Tetuán, que cayó el día 6 de febrero.

El cuadro de al exposición es obra del pintor nacido en Gerona Francesc Sans y Cabot en el año 1821, quien fue director del Museo del Prado durante la Primera República y en el reinado de Alfonso XII. En el centro del cuadro podemos observar, montado a caballo, al general Narváez señalándonos con su sable el campo de batalla, hacia donde se dirigen la caballería y la artillería española.

COLÓN RECIBIDO EN BARCELONA POR LOS REYES CATÓLICOS (Francisco García Ibáñez)

Foto: J.A. Padilla

La expedición comandada por Cristóbal Colón, formada por la Pinta, la Niña y la Santa María, avistó la isla de Guanahaní el 12 de octubre de 1492, mientras los Reyes Católicos se encontraban en Barcelona negociando la devolución del Rosellón y la Cerdeña. Dos meses más tarde, Colón regresaba a España creyendo aún que las tierras descubiertas pertenecían a las Indias Orientales, desconociendo que lo que había descubierto realmente era un nuevo continente: América. A finales de abril de 1493, Cristóbal Colón fue recibido por los Reyes Católicos aún en Barcelona. Y aunque se desconoce el lugar exacto donde se produjo el encuentro, al parecer fue en el Salón del Tinell, en Barcelona. Presentó ante los reyes el oro y las cosas exóticas que traía del otro mundo, maravillando a todos los presentes. Lo más llamativo eran los seis nativos que traía el almirante,  los zarcillos de oro en las orejas y en las narices. Los seis indios se bautizaron, siendo sus padrinos  el rey, la reina y el príncipe don Juan, su hijo, siendo los primeros cristianos de las Indias y Nuevo Mundo.

Detalle

El cuadro del pintor madrileño Francisco García Ibáñez nos  muestra de manera de manera bastante descriptiva la escena. Nacido en 1825,   fue restaurador del Museo del Prado en 1849, del monasterio de El Escorial y de la Academia de San Fernando en 1858.

LA CONQUISTA DE ALMERÍA (Juan de Mata Prats)

Foto: J.A. Padilla

La conquista de Almería tuvo lugar  el 26 de diciembre de 1489, siendo pactada por capitulaciones, sin derramamiento de sangre y de forma pacífica. Ya año y medio antes, en junio de 1488 se habían entregado Cuevas de Almanzora, Vera, Mojácar y Vélez.Tras estas conquistas, el ejército cristiano se dirigía a Almería  tras el acuerdo llegado con el emir  Yahía Al-Nayar  a cambio de importantes donaciones. La estrategia era simular un cerco por tierra y un bloqueo marítimo, como se había hecho en Málaga y de esta forma la capitulación de Almería estaba asegurada. Pero esta estrategia fue descubierta por El-Zagal y Yahía Al Nayar fue sustituido por traidor. A partir de este momento, la ciudad se fortificó y el  nuevo alcalde cerraría las puertas de la ciudad para evitar por todos los medios entregarla. Así, las cosas, los cristianos optaron por retirarse.

Ante la resistencia de Almería, Fernando el Católico cambió la estrategia y esperó a la conquista de Baza, situada en el cruce de caminos entre Murcia, Guadix, Almería y Granada. Cuando Baza capituló el 4 de diciembre de 1489, se pactó al mismo tiempo la entrega de Almería y Guadix.

El Zagal, una vez pactada la capitulación de Almería, salió a recibir a Fernando el Católico, que llegaba el día 21 de diciembre y al día siguiente entraron Pedro Sarmiento y Gutierre de Cárdenas, a los que los Reyes habían encomendado velar por la ciudad. La rendición de El Zagal y las entregas de las llaves de la ciudad a Fernando El Católico se efectuará en la zona de la Cruz de Caravaca. Sería el día 23, cuando hizo su entrada triunfal a Almería Fernando el Católico y tomó posesión de la Alcazaba, siendo una de las condiciones de la capitulación la entrega de las plazas militares que debían ser abandonadas por musulmanes y ocupadas por castellanos. El 24 de diciembre, entró en Almería la Reina Isabel la Católica.

Detalle. Foto: J.A. Padilla

Los Reyes Católicos celebraron la Navidad en Almería y oyeron misa en la mezquita de la Alcazaba el 26 de diciembre, tras la ceremonia de cristianización. El pendón de Castilla ya ondeaba en lo más alto de la Alcazaba.

MUERTE DE FRANCISCO PIZARRO (Manuel Ramírez Ibáñez)

Foto: J.A. Padilla

En este cuadro de Manuel Ramirez Ibañez, Francisco Pizarro aparece representado en el momento histórico de su asesinato, ocurrido en su palacio de Lima 26 de junio de 1541.

Francisco Pizarro, marqués de las Charcas y de los Altabillos, fue el conquistador del Perú y recibió de Carlos V la dignidad de caballero de la Orden de Santiago, siendo nombrado también Capitán General y Gobernador de Perú. Allí, el capitán amasó una notable fortuna y se asoció con Diego de Almagro en su aventura de extender el imperio. Sin embargo, no tardaron en nacer las hostilidades entre los dos capitanes. Pizarro hizo prisionero a Almagro y lo condenó a muerte. El conquistador suplicó por su vida, pero finalmente fue ejecutado el 8 de julio de 1538 en la cárcel por estrangulamiento, siendo su cadáver decapitado en la Plaza Mayor de Cuzco.

Tras la ejecución de Diego de Almagro, Pizarro despojó de sus tierras al hijo de Almagro. El 26 de junio de 1541 un grupo de veinte españoles partidarios del hijo de Diego Almagro, cuyo nombre era similar al de su padre, entraron en el palacio de Pizarro en Lima y asesinaron al conquistador extremeño. de 65 años de edad en aquel momento. Pizarro recibió al menos 20 heridas de espada. Los agresores obligaron a las autoridades de Lima a nombrar gobernador al joven Diego Almagro y decretaron que Francisco Pizarro fuera enterrado de forma casi clandestina en un patio de la catedral de la ciudad. Desde España los Reyes tuvieron que enviar a Vaca de Castro a poner orden en los asuntos del Perú, pero éste llegó después del asesinato de Pizarro.

Detalle. Foto: J.A. Padilla

Manuel Ramírez Ibáñez compone su cuadro dividiéndolo en dos partes: el de los asesinos y el de los asesinados, Pizarro y su sirviente. Este aparece en primer plano, en el suelo y a la izquierda, vestido de negro, sin armadura, destacando la Cuz de la Orden de Santiago que lleva sobre su pecho. Agonizante, parece realizar un último esfuerzo, para poder dibujar con su propia sangre el signo de la cruz. Bajo su cuerpo se encuentra su espada. Tras la figura de Pizarro está la de uno de sus sirvientes, también en el suelo, casi invisible a causa de la oscuridad de la escena. A la derecha vestido con armadura y casco vemos con la espada desenvainada a un hombre con calzar roja y blanca dispuesto a rematar a Pizarro, situado tras el que dirige el pelotón de ejecución, Juan de Rada. En el ángulo inferior derecho, bajo uno de los asesinos, se encuentra la cabeza del hermano de Pizarro, Martínez de Alcántara, asesinado momentos antes. Los asesinos parecen estar en un momento de indecisión, sin saber si rematarlo o esperar que muera. La escena es de un gran dramatismo y la luz se centra en dos puntos: sobre los agresores y sobre el agredido.

JURAMENTO A LAS BANDERAS DE LAS TROPAS ESPAÑOLAS (Manuel Castellano)

Foto: J. A. Padilla

Estamos en la Europa de Napoleón Bonaparte, quien puso todo su empeño y poder militar a un objetivo esencial: la conquista de Europa. Para ello y no dudó en utilizar tropas de los países ya sometidos, entre ellas las del marqués de la Romana uno de los generales del emperador para apoyar militarmente las campañas napoleónicas El 5 de febrero de 1807, Carlos IV y Godoy comunicaban a Napoleón que la Corte española ponía a su disposición 15.000 hombres, los cuales Napoleón puso al frente de ellos a Pedro Caro y Sureda, marqués de la Romana, un militar leal al rey Fernando VII.

Este ejército fue desplazado hacia Hamburgo, donde permanecerían para desplazarse luego a Dinamarca, siguiendo las órdenes del Emperador. El marqués de la Romana escribió a Napoleón felicitándole por el nombramiento como rey de España a su hermano el rey José I, y al propio Rey, con fecha 14 de junio, ofreciéndole en nombre de sus tropas el homenaje y sumisión de ellas. En realidad, el marqués, que podría parecer estaba en connivencia con los franceses, realmente lo que hacía era ganar tiempo con el objeto de mantener a salvo sus tropas y regresar a España lo antes posible.

El 22 de julio de 1807, el marqués recibe una carta ordenándole que sus tropas hagan el juramento de fidelidad al Rey José I. La Romana intenta que se realice el juramento, pero las tropas lo rechazan. El 2 de agosto comunica a su superior la oposición de sus tropas a realizar el juramento, algo que no se hacía en el ejército español. Además se queja de la falta de noticias desde España. La situación de complica para La Romana.

En Gotemburgo, los españoles se enteran de la victoria de Bailén y la huida del rey José I. Los españoles deciden regresar precipitadamente a España para luchar contra los franceses. Tras conseguir embarcarse para España en una escuadra inglesa, llegando a la península a mediados de octubre de 1808. A su llegada a España, él y sus hombres, decidieron jurar fidelidad a las fuerzas que se levantaron contra los invasores, hecho que representa la escena pintada por Castellano En el centro del cuadro aparece el marqués señalando las banderas que van a jurar los soldados. Un húsar de Pavía se arrodilla delante de las banderas y los soldados prestan el juramento.

RETRATO DE AMADEO DE SABOYA (Anónimo)

Foto: J.A. Padilla

De la breve etapa como rey de Amadeo de Saboya queda en el museo un excelente retrato, depósito del Museo del Prado y que, aunque no está firmado, muchos atribuyen su autoría al pinto alicantino Antonio Gisbert (1834-1902).

Amadeo de Saboya nació en Turín en el año 1845 y fue hijo del rey de Italia, Victor Manuel II, y de María Adelaida de Austria. Durante su juventud se le sometió a una intensiva educación militar y realizó varios viajes por Francia, Inglaterra, España, Dinamarca, Suecia y, por supuesto, España para completar su formación. Pronto se distinguió por su valor en varias de las guerras en las que participó y fue ascendiendo en el escalafón militar, primero con grado de brigadier de caballería, con apenas 22 años, para más tarde llegar a vicealmirante en la armada. En 1867 se casó con María Victoria dal Pozzo della Cisterna, con la que tuvo tres hijos los príncipes Manuel Filiberto, Víctor Manuel y Luis Amadeo.

Cuando Isabel II fue expulsada del trono español, las Cortes iniciaron el proceso de elección de un nuevo monarca. El nuevo sistema político, una monarquía constitucional hereditaria, tenía que contar con un rey leal a estos principios políticos. Los candidatos eran: el general Esoartero, Duque de la Victoria, por Espartero; el Príncipe Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen (conocido entre el pueblo de Madrid como Ole-Ole si me eligen), el duque de Montpensier, Fernando de Portugal, el príncipe Alfonso de Borbón y Amadeo de Saboya, duque de Aosta, este último era el candidato predilecto del general Prim.

El resultado de la votación que se realizó las Cortes el 16 de noviembre de 1870 fue el siguiente: Amadeo de Saboya recibió 191 votos; 64, los republicanos; 22 el duque de Montpensier; 8, Espatero; 2, Alfonso de Borbón. En esa misma sesión se proclamó a Amadeo I Rey de España. La aceptación oficial por parte de éste se produjo el 4 de diciembre de ese mismo año. El nuevo rey contaba con la oposición de los republicanos, de los carlistas y de una parte de la aristocracia que añoraba a los borbones. Ni siquiera la Iglesia le apoyaba. En la calle los estudiantes universitarios también llevaron a cabo actos de protesta contra la designación de Amadeo.

El 30 de diciembre de 1870, la fragata Numancia llegaba al puerto de Cartagena llevando al Rey. Nada más pisar suelo español, fue recibido con la noticia del asesinato en Madrid de su valedor, el general Prim. Llegó a la capital el 2 de enero, dirigiéndose directamente a la iglesia de Atocha, donde se velaba el cuerpo del general asesinado. Tras el preceptivo juramento de la Constitución, Amadeo encargó la formación de gobierno al general Serrano, duque de la Torre. En 1872, ante la inestabilidad política que se sufría, Ruiz Zorrilla asumía la Presidencia del gobierno y poco después se decretaba la disolución de las Cortes. Poco después, Amadeo sufrió un intento de atentado en la madrileña calle del Arenal. Los republicanos aprovechaban la situación para alzarse contra la monarquía en El Ferrol y, en tierras cubanas, los movimientos independentistas se desarrollaban a toda velocidad. Incluso entre los republicanos llegó a pedirse el regreso del exilio del Príncipe Alfonso de Borbón y su proclamación como rey de España.

El ejército también llevó a cabo acciones de protesta, llegándose a disolver en las Cortes el Arma de Artillería. Amadeo expresó al Presidente del gobierno su deseo de abdicar del trono español, algo, en aquel momento inconstitucional, ya que solo estaba autorizado a abdicar en el caso de que se aprobara una ley especial, ley que no se había promulgado. A pesar de ello, el 11 de febrero de 1873 el rey anunció oficialmente a las Cortes su propósito de renunciar a la Corona, en una sesión en la que también se proclamó la Primera República, cuya dirección se le encargó a Estanislao Figueras. Amadeo regresó a Turín, donde falleció su esposa y, tras su segundo matrimonio con Leticia Bonaparte, también fallecería, con apenas 45 años de edad.

MANUELA MALASAÑA (José Luís Villar de Rodríguez)

El pintor hizo un retrato idealizado de la heroína que poco tenía que ver en la realidad. Manuela Malasaña aparece vestida de goyesca, un estilo propio de las clases pudientes, a la que ella no pertenecía. Era una mujer humilde por su profesión de costurera, pero arrojada y valiente y con unas cualidades que la han llevado a entrar en la historia.

Foto: J.A. Padilla

Esta mujer constituye uno de los mayores símbolos de la resistencia española contra las tropas de Napoleón. La joven costurera, con apenas 15 años de edad, moría aquella fecha del 2 de mayo de 1808 en Madrid, durante los enfrentamientos del alzamiento del pueblo contra las tropas de Napoleón.Sobre su muerte existen dos versiones sobre la muerte de la joven Manuela. En la primera y más asumida a nivel popular la joven ayudó el dos de mayo a defender el Parque de Infantería de Monteleón desde la puerta de su casa en la calle San Andrés 18. Su madre y ella le daban municiones a su padre, el panadero de origen francés Jean Malesangre (españolizado como Malasaña). La joven Manuela murió de un disparo durante el combate y con su cadáver presente, su padre mantuvo la heroica defensa de Monteleón, el cual estaba situado en la actual plaza del Dos de Mayo, a cuyo frente estaban los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde y el teniente Ruíz, también héroes del 2 de mayo. Otras teorías defienden que Manuela muriera en ese lugar. Manuela Malasaña era bordadora de profesión y se encontraba aquel 2 de mayo el taller donde trabajaba. La dueña del mismo no dejó salir a las jóvenes costureras hasta que acabaron los disparos. Ya de vuelta a casa unos soldados franceses la abordaron intentando aprovecharse de ella. Ella trató de defenderse con las tijeras, aunque también se dice que al encontrarlas entre sus ropas la acusaron de portar un arma. Sea como fuere fue ejecutada. Fue enterrada en el Hospital de la Buena Dicha, hoy Iglesia de la Buena Dicha, en la calle Silva.

DEFENSA DEL PARQUE DE MONTELEÓN (Antonio Álvarez, sobre un  original de  Manuel Castellano)

Foto: J.A. Padilla

Siguiendo con el tema de la Guerra de la Independencia, este cuadro nos muestra el momento en el que el capitán Pedro Velarde es abatido durante el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid contra las tropas invasoras francesas.

En un primer plano aparece Velarde, tras ser disparado por un oficial de la Guardia polaca que acabó con la vida del heroico militar. Velarde aparece apoyado sobre la rueda de un cañón utilizado para defender el cuartel de Monteleón en una lucha encarnizada durante más de 3 horas, contra las tropas del general Murat, que terminó por ordenar al general Lefranc que aplastase con tres mil hombres a los insurrectos. Junto a Velarde vemos al Teniente Luís Daoiz, a punto de ser acuchillado por la bayoneta de un soldado francés- En esta escena se describe la situación: el pueblo de Madrid luchando juntos a los soldados rebeldes españoles. De esta momento existen varios cuadros, siendo el más conocido el pintado por Joaquín Sorolla. El depositado en este museo es de Antonio Álvarez, sobre el original cuyo autor es Manuel Castellano.

La escena pintada se desarrolla durante los sucesos ocurridos en los días 2 y 3 de mayo de 1808. Por aquel entonces, Francia y España firman un tratado para que las tropas francesas puedan atravesar el territorio español para invadir Portugal, aliada entonces de Inglaterra. Además del permiso de paso y de la ayuda militar, el tratado contemplaba el reparto de Portugal. Con Carlos IV como rey y Godoy, su valido, como ministro plenipotenciario, el ejército francés penetra en la península sirviendo a la estrategia diseñada por Napoleón contra Inglaterra. En ese momento,, además, se ha producido el llamado “Motín de Aranjuez” que ha siso, en la práctica, un golpe de estado de Fernando VII contra su padre Carlos IV, una situación que deja a España sin gobierno o, por mejor decir, en manos de Napoleón, quien a su vez ha dado el mando de Madrid al general Murat. Padre e hijo solo buscan ahora el reconocimiento y legitimidad del emperador.

Mientras, el ejército francés va penetrando en la península y en las principales ciudades, lo que empieza a levantar sospechas entre la población de que los franceses más que querer atacar a Portugal, parecen que quieren invadir España. Durante el tiempo en que los franceses convivieron con la población, esta tenía la obligación de suministrar todo lo que solicitasen los soldados franceses, creando en muchas ocasiones conflictos y enfrentamientos.

El 2 de mayo de 1808, la muchedumbre vio cómo los soldados franceses sacaban del palacio al infante Francisco de Paula, y el gentío intentó asaltar el palacio para impedirlo. Este tumulto fue aprovechado por Murat, para ordenar a sus soldados dirigirse al palacio y disparar contra de la multitud. La sangre enciende la ira y las calles de Madrid se convierten en un campo de batalla. Mientras el pueblo de Madrid se enfrenta al ejército de Napoleón con lo que encuentra a mano como arma, el ejército español se abstiene de intervenir. Tan solo dos militares españoles, los capitanes Luis Daoíz, junto a su amigo y compañero Pedro Velarde, decidieron actuar y apoyar a los madrileños. Desobedeciendo las órdenes de sus superiores los dos oficiales se aprestaron a presentar resistencia en el parque de artillería de Monteleón, donde repartieron armas entre la población. Velarde se ponía al mando de una tropa de ciudadanos sin experiencia, mientras Daoíz dirigía una batería de cuatro cañones frente a las puertas del parque, con los que causó numerosas bajas a la infantería francesa. Los refuerzos franceses no tardaron en llegar al tiempo que pronto empezó a escasear la munición, y la resistencia se hacía más complicada. Velarde recibió una herida mortal en el corazón. Daoíz, herido gravemente, fue conducido a un hospital donde murió ese mismo día.

El cuadro capta muy bien el enorme caos, con esos gestos desencajados de aquellos que yacen moribundos en el suelo, o que ven como algún compañero acaba de caer. Soldados y paisanos se mezclan en el enfrentamiento, en una descripción clara de lo acontecido aquel día.

RENDICIÓN DE FRANCISCO I EN PAVÍA (José María Alarcón y Cáceres)

Foto: J. A. Padilla

El 24 de febrero de 1525 tuvo lugar el enfrentamiento entre el ejército francés al mando del rey Francisco I y las tropas germano-españolas del emperador Carlos V, que concluyó con victoria de estas últimas, en las proximidades de la ciudad italiana de Pavía. Era el final de un litigio que daba comienzo en el primer tercio del siglo XVI, cuando fue nombrado Carlos V Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en 1520, a cuyo título también aspiraba el rey francés Francisco I. Comenzaba así una guerra entre los Habsburgo y los Valois cuyo final se encontraba en Pavía. Allí resistieron los españoles, comandados por Antonio Leyva y allí obtuvieron una victoria incontestable contra la mejor caballería de Europa: la francesa, y con un número de soldados cuatro veces mayor.

Finalizaba así el intento de Francisco I de conquistar el Milanesado, en posesión de Carlos I. En 1524 el rey francés cruzaba los Alpes con dirección a Milán. Estaba convencido de que los españoles rendirían la plaza. Estos, ante el inmenso contingente militar francés, se refugió en las ciudades limítrofes y dejaron en Pavía una guarnición de dos mil arcabuceros españoles al mando del navarro Antonio de Leyva, un veterano de las conquista de Granada. Allí esperarían la llegada de los refuerzos imperiales. Además, junto a este contingente se encontraban los llamados lansquenetes alemanes, mercenarios que no tendrían reparos en abandonar la defensa de Pavía en el caso de no recibir su sueldo periódicamente.

Los defensores no tardaron en atisbar en el horizonte los pendones con la flor de lis, símbolo de la Casa de los Valois. Junto a estos, iban más de 17.000 soldados, una cincuentena de cañones y 6.500 caballeros acorazados. Una vez tener Pavía a tiro no esperaron muchos tiempo para iniciar el bombardeo.

Pero a pesar del desigual número de combatientes entre uno y otro bando, el sitio no iba a ser tan fácil como preveía Francisco I. Era noviembre, tiempo de lluvias y el suelo estaba muy embarrado y la humedad perjudicaba a los sitiadores. Además, los proyectiles no conseguían romper las murallas de la ciudad. Por el contrario, los españoles causaban numerosas bajas entre sus enemigos. Pronto a los franceses les empezó a escasear la pólvora, mientras a los españoles no tenían dinero para pagar a los lansquenetes y la rebelión amenazaba la defensa de la ciudad. Los oficiales hispanos confiscaron la plata de las iglesias y repartieron su propio dinero, mientras los dos mil arcabuceros españoles decidieron seguir defendiendo Pavía aún sin cobrar.

Y mientras en Pavía se resistía bravamente contra los franceses, Carlos I preparaba un ejército formado por 4.000 españoles, 10.000 alemanes, 3.000 italianos, 2.000 jinetes y 16 piezas de artillería que partía a enero Milán. Francisco I, enterado de ello, reforzó su ejército 5.000 soldados mercenarios y 4.500 arqueros franceses. Parecía ser suficientes para enfrentarse a las tropas imperiales, pero Francisco I cometió un error fatal el dividir sus tropas en contra de la opinión de sus mandos, enviando a parte de ellas a Nápoles para tomar la ciudad. Así, los franceses se encontraron entre dos ejércitos: el de la ciudad de Pavía y el enviado por Carlos I, este último en su retaguardia. Su única ventaja era los 25.000 soldados con los que se encontraba. Confiaba en que las tropas imperiales se quedaran sin víveres y sin dinero y que el hambre obligara a los sitiados a capitular.

Así las cosas, el 21 de febrero, el ejército imperial atacó a los franceses ante la situación en la que se encontraban en Pavía. Los ataques se sucedieron al mismo tiempo que desde Pavía se apoyaban estos ataques para que, de esta forma, los sitiados pudieran recibir munición y alimentos. Desde la guarnición, los arcabuceros españoles distraían al fuego francés.

La noche del 23 al 24 de febrero, el ejército imperial abrió una importante brecha entre las tropas francesas. En aquella noche fría y, sobre todo, muy oscura, el ejército avanzó entre las líneas enemigas a golpe de cuchillo, obligando a los franceses a retroceder.

La noche se iluminó de pronto con los fogonazos de los cañones que causaban muchas bajas entre las tropas imperiales. Tantas que Francisco I decidió a dar el golpe de gracia a los españoles y, tras colocarse su armadura, dirigió una devastadora carga sobre sus enemigos. El ataque fue demoledor para sus enemigos, hasta el punto que la batalla parecía perdida para el bando imperial. Desorganizados y en inferioridad numérica, poco podían hacer los españoles ante aquel furibundo ataque. Fue entonces cuando se ordenó a los arcabuceros imperiales retirarse hasta un bosque cercano y, desde allí, descargar toda la artillería posible contra los jinetes franceses, una maniobra que detuvo la carga francés, cuyos jinetes cayeron con un gran número de ellos.

Aquel ataque desconcertó a los franceses. Fue entonces cuando Leyva ordenó a sus hombres salir del asedio y atacar a los franceses. En tan solo unos minutos, la victoria había cambiado de bando. Las tropas imperiales, apoyadas por los disparos de los arcabuceros, obligaron a los franceses a huir del campo de batalla.

La derrota francesa fue aplastante, con más de 10.000 muertos y 3.000 prisioneros, que fueron puestos en libertad a condición de no volver a combatir contra Carlos V. El rey Francisco I fue capturado después de que un arcabucero le matara el caballo, sería trasladado cautivo a Madrid. Las pérdidas imperiales no superaron los 500 hombres contando muertos y heridos.

El cuadro de José María Alarcón y Cáceres señala el momento en el que el rey Francisco I es hecho prisionero por un soldado de infantería, el vasco Juan de Urbieta, que lo amenaza con su espada. En realidad, en ese momento no sabía a quién acababan de apresar, pero por las vestimentas suponía que se trataba de un gran señor. En efecto, lo era.

MARIA CRISTINA Y SU HIJO ALFONSO XIII  (Manuel Wessel de Gimbarda)

Foto: J.A. Padilla

En este lienzo, la reina María Cristina aparece en el retrato en el que sostiene a su hijo Alfonso XIII en brazos, realizado por el artista cubano Manuel Wessel de Guimbarda del que este Museo conserva una copia.

El 26 de junio de 1878, la amada reina y esposa de Alfonso XII, María de las Mercedes fallecía prematuramente, con apenas dieciocho años de edad, finalizando así una hermosa historia de amor. La muerte de la sumió en la más profunda tristeza y desesperación a Alfonso XII. Además, la jovencísima María de las Mercedes no había tenido tiempo de dar un heredero al trono español. Urgía por tanto, buscar una nueva esposa, reina y futura madre de un príncipe. La elección recayó en una prima lejana del emperador austriaco Francisco José e hija del archiduque Carlos Fernando, una mujer poco agraciada físicamente pero culta, inteligente y educada para ser reina: María Cristina de Habsburgo.

María Cristina había nacido el 21 de julio de 1858 y tuvo una infancia tranquila junto a sus hermanos y muy joven ingresó en el Capítulo de Nobles Canonesas de Praga, un centro en el que las hijas de las familias nobles y aristocráticas pasaban un tiempo retiradas y dedicadas al estudio antes de contraer matrimonio. Fue allí, en Praga, donde María Cristina recibió la noticia de su elección por parte del rey de España para convertirla en su esposa. Ella ya había tenido un breve encuentro con Alfonso XII cuando este era un joven estudiante en Viena y se había llevado una muy grata impresión.

Detalle. Foto: J.A. Padilla

Arcachon, una localidad del sur de Francia, fue el lugar escogido para el primer encuentro oficial entre Alfonso XII y la que se iba a convertir en su segunda esposa. A pesar de que el rey, aun afectado por la prematura desaparición de su amada María de las Mercedes, no tenía ningún interés en volver a casarse, aceptó con cordialidad a la princesa. Así, el 29 de noviembre de 1879, la basílica de Atocha de Madrid fue el escenario la boda real. Pero la nueva reina no era bien aceptada. El recuerdo de María de las Mercedes, el poco atractivo físico de la nueva reina y su ascendencia austriaca no ayudaba.

Tras dos nacimientos reales, en los que María Cristina trajo al mundo a dos niñas, la reina volvió a quedarse embarazada. Sin embargo, Alfonso XII nunca supo que su esposa llevaba en su seno al ansiado heredero. El rey fallecía seis meses antes del nacimiento de su hijo, Alfonso, el 17 de mayo de 1886. Empezaba en aquel tiempo una nueva y dura etapa en la vida de la reina viuda. Durante diecisiete años, María Cristina ejerció la regencia con sabiduría y rigor, asesorada por Mateo Práxedes Sagasta, hasta que en 1902 su hijo era considerado mayor de edad y pasó a reinar como Alfonso XIII. Desde entonces y hasta su muerte el 6 de febrero de 1929 tuvo una vida tranquila, dedicada a obras de caridad. Su cuerpo descansa en el Panteón de reyes y reinas de El Escorial.

MARÍA CRISTINA DE BORBÓN (Antonio María Esquivel)

Foto: J.A. Padilla

Del sevillano Antonio María Esquivel procede este retrato de cuerpo entero de la reina doña Maña Cristina de Borbón, cuarta esposa de Femando VII. El cuadro es un correcto dibujo y exquisita pureza de líneas. Este cuadro es una copia del general Cortínez Espinosa.

María Cristina nació en Palermo (Italia) el 27 de abril de 1806 y murió en Sainte-Adresse (cerca de Le Havre, Francia) el 22 de agosto de 1878. Cuarta esposa de Fernando VII, a la muerte de este en 1833 fue nombrada regente de España, dada la minoría de edad de la hija de ambos,  Isabel II. Su regencia estuvo marcada por el inicio de las Guerras Carlistas, lo que la llevó a aliarse con los liberales, hasta que el alzamiento progresista comandado por el general Espartero la obligó a renunciar y exiliarse en 1840. Regresó a España en 1843, tras la caída de Espartero, y tuvo durante más de una década gran influencia sobre su hija, incluida la elección de su esposo  Francisco de Asís de Borbón. La revolución liberal en 1856 la envió definitivamente al destierro, lo que puso fin a su largo periodo de protagonismo político en España.

En mayo de 1829 murió la tercera esposa de su tío Fernando VII, María Josefa Amalia de Sajonia, sin descendencia, por lo que urgía un nuevo matrimonio del rey. La elegida fue María Cristina, quien llegó a España a principios de diciembre, celebrándose el 11 de diciembre la boda en Aranjuez. Aquel matrimonio fue bien recibido por los liberales pues un posible hijo sería el heredero del trono y desplazaría al hermano del rey, el infante Carlos María Isidro, de carácter absolutista. Poco tiempo después María Cristina quedó embarazada, y el rey suprimió mediante la Pragmática Sanción de 1789 la Ley Sálica que impedía reinar a una mujer. Los partidarios de Carlos María Isidro, protestaron ante ello, y sus temores se confirmaron cuando el 30 de octubre nació una niña, la futura Isabel II.

Unos meses después del alumbramiento de la segunda hija del matrimonio, Luisa Fernanda, enfermó Fernando VII, a quien el ministro Calomarde logró que firmara la derogación de la Pragmática Sanción en un momento de extrema debilidad e inconsciencia. Recuperado el rey por algún tiempo, influenciado por María Cristina, anuló el decreto de derogación y confirmó en su testamento los derechos de Isabel. Para asegurar el trono de ésta, los liberales ofrecieron su apoyo a su madre en La Granja en octubre de 1832. La enfermedad de Fernando VII la convirtió en Gobernadora, decretando una amnistía y concediendo importantes cargos políticos a liberales. El 29 de septiembre de 1833 fue nombrada regente. A los tres meses, el 28 de diciembre de 1834 en el Palacio Real de Madrid, contrajo nuevo matrimonio con un guardia de Corps de su escolta, Agustín Fernando Muñoz, duque de Riansares. Dado que se trataba de un enlace morganático, se mantuvo en secreto para no verse obligada María Cristina a abandonar la regencia.

Como Regente, tuvo que afrontar a continuación la sublevación de los partidarios de don Carlos, en las llamadas “guerras carlistas”. Para equilibrar la presión carlista acentuó su apoyo a los liberales, y nombró a Francisco Martínez de la Rosa como Presidente en enero de 1834. De este gobierno data el Estatuto Real, que aprobaba unas Cortes bicamerales, y la firma de la Cuádruple Alianza con España, Portugal, Francia e Inglaterra). A éste le sucedió en junio del mismo año el conde de Toreno,  José María Queipo de Llano. En septiembre el auge del anticlericalismo llevó al nombramiento del progresista Juan Alvarez Mendizábal, quien aplicó una profunda política desamortizadora de los bienes eclesiásticos con el objeto de sanear la Hacienda estatal y la economía del país. El nombramiento de presidentes no cesa y en 1836, tras el brevísimo gobierno de Francisco Javier Istúriz y el motín de los Sargentos de La Granja se sucedieron breves gobiernos moderados:  José María Calatrava; Eusebio Bardají; Narciso de Heredia; Bernardino Fernández de Velasco, duque de Frías; Evaristo Pérez de Castro y Antonio González y González, que en 1837 aprobaron una nueva Constitución. Finalizada la guerra contra los carlistas en 1839 con la firma del Convenio de Vergara y con la victoria liberal, estallaron varios motines progresistas liderados por el general Baldomero Espartero. Este, aprovechando el descenso de popularidad de la reina a causa de su segundo matrimonio, obligó a María Cristina a renunciar a la regencia el 12 de octubre de 1840. Ésta, en compañía de su esposo, abandonó España y se instaló en París.

Con ayuda del general Narváez, tres años después de su exilio, pudo regresar a Madrid, confirmando las Cortes su matrimonio el 8 de abril de 1845, siendo reconocido tan sólo el papel de reina madre, pues se había adelantado la declaración de mayoría de edad de Isabel II. Sin embargo, no perdió su influencia sobre ella, y organizó su matrimonio con Francisco de Asís, sobrino de María Cristina. Su injerencia en los asuntos de Estado no gustaron ni a los liberales progresistas ni a las cortes europeas. Por este motivo, una nueva revolución iniciada en otro pronunciamiento militar, la llamada Vicalvarada de 1854, la obligó al segundo y definitivo exilio de María Cristina, primero en Portugal, y después a Francia, donde vivió aún más de veinte años. Luego, desde 1856, cuando le fueron devueltos los bienes confiscados dos años antes, pudo visitar España ocasionalmente, y aún asistió al destronamiento de su hija tras la revolución de 1868, al nombramiento de Amadeo I de Saboya como rey de España, al exilio a la posterior abdicación de Isabel II en su hijo el príncipe Alfonso, en junio de 1870 en París, a la proclamación y caída de la Primera República entre los años 1873 y 1874 y a la restauración borbónica en su nieto Alfonso XII en 1874. Murió en 1878, cinco después que su marido, con quien había tenido ocho hijos, siendo enterrada finalmente en el Panteón de Reyes de El Escorial en contra de su deseo inicial fue haber sido sepultada en Tarancón junto a su segundo marido.

PRIMER HOSPITAL DE CAMPAÑA ORGANIZADO POR LA REINA ISABEL INSTALADO EN TORO Y DESPUÉS EN SANTA FE (Mariano Yzquierdo y Vivas)

Foto: J.A. Padilla

Manuel Yzquierdo y Vivas nació en Puerto Príncipe (Cuba) en 1893, falleciendo en Madrid en 1985. Como pintor se forma en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Su obra se especializa en temas costumbristas e históricos y ejemplos de su obra se conservan en instituciones como el Museo del Ejército o la Academia Militar de Zaragoza. En el cuadro que nos ocupa muestra una de las aportaciones humanitarias organizadas por Isabel la Católica: los hospitales de campaña.

En 1482, las tropas dirigidas por su esposo, Fernando el Católico fueron rechazadas en Loja por los musulmanes. Pero a partir de ahí, la reconquista comienza a ser favorable a los cristianos. Tras varias conquistas, en 1486 Loja cae finalmente en manos cristianas. A partir de este momento, se suceden las conquistas: Málaga, en 1487, y Baza y Almería, en 1489. Solo quedaba Granada.

En 1491 se construye el campamento de Santa Fe, a escasa distancia de Granada, desde donde Isabel y Fernando instalaron su cuartel general. Así, mientras Fernando dirigía la estrategia militar, Isabel se preocupaba de proporcionar ayuda espiritual y atención a los heridos. Ya en el asedio de Toro, en 1476, creó y organizó hospitales de campaña para atender a los enfermos y heridos de guerra, algo que repitió también en Santa Fe. Estos hospitales de campaña fueron muy celebrados por los cronistas de la época y apreciados por los que acudían a la guerra. El cuadro, con la reina Isabel en primer plano, muestra la disposición de dichos hospitales.

FERNANDO VI (Anónimo)

Foto: J.A. Padilla

Este cuadro anónimo representa al rey Alfonso VI, conocido como “el Prudente”. Nació en Madrid el 23 de septiembre de 1713 y murió en Villaviciosa de Odón el 10 de agosto de 1759, reinando durante trece años, desde 1746 hasta 1759. Era el tercer hijo de Felipe V y de su primera esposa de este, María Luisa Gabriela de Saboya. Fernando VI se casó con Bárbara de Braganza en 1729.

La infancia de Fernando VI estuvo marcado por los últimos años del reinado de su padre, que había convertido la Corte en un lugar extraño, escenario de sus locuras y excentricidades. Felipe V ya había abdicado una vez, en la figura de su hijo Luis I, pero después de un reinado de apenas seis meses, este murió y Felipe V volvió a ser rey. El 15 de enero de 1746 al morir de forma sorprendente después de tragarse la lengua, la corona pasó al fin a su siguiente hijo, Fernando VI.

El joven príncipe creció sin madre, fallecida a los cinco meses de su nacimiento, y con la desconfianza de la segunda esposa de Felipe V, Isabel de Farnesio. De hecho, el Rey apenas se preocupó por los hijos de su segundo matrimonio ,asolado por sus locuras y dominado por su esposa. La educación de Fernando sufrió los desprecios de su madrastra y su condición de segundón en la línea sucesoria. Era un niño melancólico, amante de las artes y la música. La muerte de su hermano no le convirtió en rey, sino que volvió a su padre por influencia de Isabel de Farnesio, a pesar de su abdicación no era reversible. En aquel momento, en el año1724, las Cortes de Castilla le proclamaron a Fernando Príncipe de Asturias, si bien su madrastra vetó su derecho a asistir a las reuniones del Consejo de Estado como heredero del reino.

Su esposa, Bárbara de Braganza, era hija del  Rey de Portugal, perteneciente a la dinastía que, en tiempos de los Austrias, se había alzado contra el Imperio español para lograr la independencia del país luso. Bàrbara no era atractiva, con su rostro cubierto de viruelas y su figura oronda, pero era culta, de agradable carácter y gran amante de la música desde niña.

Fernando y Bárbara se enamoraron profundamente y vivieron aislados de la Corte durante el reinado de Felipe V por voluntad de la Farnesio, algo que importaba poco a la pareja. Cuando en 1733 pudieron residir en Madrid se decretó la orden de que solo podían ser visitados por cuatro personas al día, y no podían comer en público ni salir de paseo. El príncipe Alfonso era, por lo tanto, casi invisible. Pero la muerte de Felipe V en 1746 cambió por completo la situación. Isabel de Farnesio tuvo que abandonar las dependencias palaciegas y quedó aislada de la Corte.

Durante los 13 años que duró su reinado, Fernando siguió con el programa de reformas iniciado por su padre. Su apuesta por la neutralidad en Europa ayudó a dar un respiro a las arcas públicas. Su medida más polémica fue la gran redada contra los gitanos autorizada en el verano de 1749. En un mismo día fueron apresados unos 9.000 gitanos españoles, que fueron sometidos a todo tipo de abusos. En 1752 se creó la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. No tuvo descendencia por ser impotente y su heredero sería su hermano Carlos III.

Los últimos años de su vida también estuvieron marcados por la demencia, como su padre. En 1758, el delicado estado de salud de la Reina Bárbara de Braganza obligó a la pareja a trasladarse   al Palacio de Aranjuez, en un intento de que mejoraran sus problemas respiratorios. Lejos de ello, ese mismo verano falleció la Reina a consecuencia, al parecer, de un cáncer abdominal y dejó a Fernando solo, con un comportamiento cada vez más extraño. La muerte de su esposa le llevó a un estado de depresión que dio lugar al conocido como el año sin rey.

El mismo día que falleció la Reina, sin esperarse al funeral, Fernando se refugia en el castillo de Villaviciosa de Odón, y muestra un estado alegre impropio del momento. Sin embargo, a principios de septiembre el Rey empieza a mostrarse agresivo, deprimido y obsesionado con la muerte. En las siguientes semanas van apareciendo nuevos síntomas: cansancio, apatía, insomnio, abandono en la higiene personal y con la manía de morder a la gente o fingir que estaba muerto y era un fantasma. Solo el opio le tranquilizaba.

Hacia finales de ese año, la vida de Fernando VI parecía llegar a su fin y se dispuso un testamento el 10 de diciembre de 1758 que ni dictó ni firmó, pero al que dijo que estaba de acuerdo. Con el nuevo año, el Rey quedó encamado y cada vez más débil. A partir de la primavera la demencia afectó a su habla, hasta el extremo de que apenas era capaz de articular un discurso. Durante este periodo de tiempo, un año, España era una monarquía sin rey.

Finalmente Fernando murió el 10 de agosto de 1759 a los 46 años de edad. Su hermano Carlos III, hijo de Isabel de Farnesio, heredó el reino. Era el tercer hijo de Felipe V que reinaba en España.

RENDICIÓN DE FRANCISCO I EN LA BATALLA DE PAVÍA (José María de Alarcón y Cáceres

Foto: J.A. Padilla

El 24 de febrero de 1525 tuvo lugar el enfrentamiento entre el ejército francés al mando del rey Francisco I y las tropas germano-españolas del emperador Carlos V, que concluyó con victoria de estas últimas, en las proximidades de la ciudad italiana de Pavía. Era el final de un litigio que daba comienzo en el primer tercio del siglo XVI, cuando fue nombrado Carlos V Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en 1520, a cuyo título también aspiraba el rey francés Francisco I. Comenzaba así una guerra entre los Habsburgo y los Valois cuyo final se encontraba en Pavía. Allí resistieron los españoles, comandados por Antonio Leyva y allí obtuvieron una victoria incontestable contra la mejor caballería de Europa: la francesa, y con un número de soldados cuatro veces mayor.

Finalizaba así el intento de Francisco I de conquistar el Milanesado, en posesión de Carlos I. En 1524 el rey francés cruzaba los Alpes con dirección a Milán. Estaba convencido de que los españoles rendirían la plaza. Estos, ante el inmenso contingente militar francés, se refugió en las ciudades limítrofes y dejaron en Pavía una guarnición de dos mil arcabuceros españoles al mando del navarro Antonio de Leyva, un veterano de las conquista de Granada. Allí esperarían la llegada de los refuerzos imperiales. Además, junto a este contingente se encontraban los llamados lansquenetes alemanes, mercenarios que no tendrían reparos en abandonar la defensa de Pavía en el caso de no recibir su sueldo periódicamente.

Los defensores no tardaron en atisbar en el horizonte los pendones con la flor de lis, símbolo de la Casa de los Valois. Junto a estos, iban más de 17.000 soldados, una cincuentena de cañones y 6.500 caballeros acorazados. Una vez tener Pavía a tiro no esperaron muchos tiempo para iniciar el bombardeo.

Pero a pesar del desigual número de combatientes entre uno y otro bando, el sitio no iba a ser tan fácil como preveía Francisco I. Era noviembre, tiempo de lluvias y el suelo estaba muy embarrado y la humedad perjudicaba a los sitiadores. Además, los proyectiles no conseguían romper las murallas de la ciudad. Por el contrario, los españoles causaban numerosas bajas entre sus enemigos. Pronto a los franceses les empezó a escasear la pólvora, mientras a los españoles no tenían dinero para pagar a los lansquenetes y la rebelión amenazaba la defensa de la ciudad. Los oficiales hispanos confiscaron la plata de las iglesias y repartieron su propio dinero, mientras los dos mil arcabuceros españoles decidieron seguir defendiendo Pavía aún sin cobrar.

Y mientras en Pavía se resistía bravamente contra los franceses, Carlos I preparaba un ejército formado por 4.000 españoles, 10.000 alemanes, 3.000 italianos, 2.000 jinetes y 16 piezas de artillería que partía a enero Milán. Francisco I, enterado de ello, reforzó su ejército 5.000 soldados mercenarios y 4.500 arqueros franceses. Parecía ser suficientes para enfrentarse a las tropas imperiales, pero Francisco I cometió un error fatal el dividir sus tropas en contra de la opinión de sus mandos, enviando a parte de ellas a Nápoles para tomar la ciudad. Así, los franceses se encontraron entre dos ejércitos: el de la ciudad de Pavía y el enviado por Carlos I, este último en su retaguardia. Su única ventaja era los 25.000 soldados con los que se encontraba. Confiaba en que las tropas imperiales se quedaran sin víveres y sin dinero y que el hambre obligara a los sitiados a capitular.

Así las cosas, el 21 de febrero, el ejército imperial atacó a los franceses ante la situación en la que se encontraban en Pavía. Los ataques se sucedieron al mismo tiempo que desde Pavía se apoyaban estos ataques para que, de esta forma, los sitiados pudieran recibir munición y alimentos. Desde la guarnición, los arcabuceros españoles distraían al fuego francés.

La noche del 23 al 24 de febrero, el ejército imperial abrió una importante brecha entre las tropas francesas. En aquella noche fría y, sobre todo, muy oscura, el ejército avanzó entre las líneas enemigas a golpe de cuchillo, obligando a los franceses a retroceder. La noche se iluminó de pronto con los fogonazos de los cañones que causaban muchas bajas entre las tropas imperiales. Tantas que Francisco I decidió a dar el golpe de gracia a los españoles y, tras colocarse su armadura, dirigió una devastadora carga sobre sus enemigos. El ataque fue demoledor para sus enemigos, hasta el punto que la batalla parecía perdida para el bando imperial. Desorganizados y en inferioridad numérica, poco podían hacer los españoles ante aquel furibundo ataque. Fue entonces cuando se ordenó a los arcabuceros imperiales retirarse hasta un bosque cercano y, desde allí, descargar toda la artillería posible contra los jinetes franceses, una maniobra que detuvo la carga francés, cuyos jinetes cayeron con un gran número de ellos.

Aquel ataque desconcertó a los franceses. Fue entonces cuando Leyva ordenó a sus hombres salir del asedio y atacar a los franceses. En tan solo unos minutos, la victoria había cambiado de bando. Las tropas imperiales, apoyadas por los disparos de los arcabuceros, obligaron a los franceses a huir del campo de batalla.

La derrota francesa fue aplastante, con más de 10.000 muertos y 3.000 prisioneros, que fueron puestos en libertad a condición de no volver a combatir contra Carlos V. El rey Francisco I fue capturado después de que un arcabucero le matara el caballo, sería trasladado cautivo a Madrid. Las pérdidas imperiales no superaron los 500 hombres contando muertos y heridos.

El cuadro de José María Alarcón y Cáceres señala el momento en el que el rey Francisco I es hecho prisionero por un soldado de infantería, el vasco Juan de Urbieta, que lo amenaza con su espada. En realidad, en ese momento no sabía a quién acababan de apresar, pero por las vestimentas suponía que se trataba de un gran señor. En efecto, lo era.

LA DESPEDIDA  (José Cusacs y Cusacs sobre el original de Alberto Pla y Rubio)

Foto: J.A. Padilla

José Cusacs y Cusacs nació en Motpellier debido a un viaje a Francia de sus padres, pero toda su vida transcurrió entre Barcelona y Mataró. En 1865 ingresó en la Academia Militar de Artillería de Segovia, pero en 1882 abandonó el ejército para dedicarse al arte. Como pintor se especializó en temas militares. Su obra recibió muy buenas críticas. En el Museo encontramos el lienza La Despedida, también conocido como “¡A la guerra!” que, sin embargo, es una copia del original pintado por Alberto Pla y Rubio, pintado en 1895. Representa el embarque de tropas a la Guerra colonial de Marruecos cuando el general Juan García Margallo tomó el mando en la colonia de Melilla y se embarcó en una guerra contra la población autóctona que fue llamada “La guerra de Margallo”. Aquella guerra fue, sin embargo, otro despropósito de la guerra africana, que acabaría con miles de soldados españoles muertos, en realidad campesinos y obreros obligados a ir a la guerra. El cuadro pertenece al más puro realismo social. Describe el momento en el que los soldados se despiden de sus familias en la estación de tren. Van a la guerra o, por mejor decir, a la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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