Historia de Madrid a través del Museo de la Historia

 

El Museo de Historia de Madrid, antiguo Museo Municipal, se encuentra en la calle Fuencarral.  en el mismo edificio donde se encontraba el Real Hospicio de San Fernando, construido en el siglo XVIII. La portada principal es considerada como una de las obras más representativas del barroco español. Haciendo historia sobre este edificio, el Real Hospicio se crea gracias a la labor humanitaria del sacerdote Simón de Rojas, quien, tras permanecer en Salamanca y en Toledo, llegó a Madrid cuando Felipe II decidió trasladar la Corte a Madrid. Durante veinte años, los últimos de su vida, el padre Simón se dedicó a atender y ayudar a los pobres, creando para ello la Congregación de los Esclavos del Dulcísimo Nombre de María. A su muerte, la congregación funda el Hospicio en un local de la calle Huertas, aunque, debido al mal estado del edificio, se traslada a la calle Fuencarral gracias, entre otros, a la segunda esposa de Felipe IV, Mariana de Austria. Con Felipe V en el trono, en el año 1721 se construye en este lugar el edifico que hoy conocemos, diseñado por Pedro de Ribera, del cual solo queda la capilla.

En el año 1919, el edificio se declara monumento histórico-artístico, circunstancia que favorecerá su conservación. Perdida ya su condición de hospicio, se decide crear el Museo Municipal, siendo inaugurado el 10 de junio de 1929. En julio de 2002 comenzaron las obras de rehabilitación integral del edificio, obras que concluyeron en diciembre de 2014. El museo está dedicado a la Historia de Madrid desde el momento en el que fue declarada capital de España en el siglo XVI. Un museo digno de conocerse porque nos muestra la evolución de la villa de Madrid en los últimos siglos. Y sus cuadros nos proporcionan la prueba gráfica de todo ello.

Vista de Madrid desde el puente de Segovia con los toros desmandados. Anónimo

Este cuadro anónimo representa un suceso acaecido en una tienta de toros bravos junto al puente de Segovia. En él se aprecian a hombres a caballo, criados y arrieros intentando controlar a los animales desmandados. Al fondo de cuadro podemos una magnífica vista de Madrid, con el antiguo Alcázar como edificación más destacada, a la izquierda de la Cuesta de la Vega, a su lado podemos identificar a la antigua iglesia de la Almudena. Hacia la derecha de la misma se aprecian, entre otras, las siluetas del convento de San Gil, la iglesia de Santa María, el palacio de los Consejos, los chapiteles de la cárcel de Corte y la cúpula de San Andrés. El cuadro demuestra el animado ambiente que tenía lugar en una de las entradas a Madrid en el siglo XVII. Este suceso era frecuente en Madrid. No olvidemos que los toros entraban por el puente de Segovia para acceder a la Plaza Mayor, donde se celebraban los festejos taurinos y en algunas ocasiones los toros protagonizaron incidentes de este tipo.

Vista de la Plaza Mayor en fiesta de toros. Anónimo

Y ya que aludíamos a las corridas de toros en el anterior cuadro, fijemos nuestra atención en la representación de la Plaza Mayor de Madrid durante un festejo taurino, en la cual se aprecia en el balcón principal de la Casa de la Panadería y, presidiendo la misma, la reina Mariana de Austria, vestida de negro por su carácter de viuda, y Carlos II niño. En la plaza, un caballero rejonea a un toro, mientras otros aparecen acompañados por grupos de lacayos. El cuadro hace referencia a algún festejo realizado entre 1675 y 1680.

Este no es único cuadro referente a la celebración de festejos taurinos en la Plaza Mayor de Madrid. Esta, desde sus orígenes, ha estado vinculada con la tauromaquia. En el año 1540, durante el reinado de Carlos I, conocida entonces como Plaza del Arrabal, ya encontramos las primeras referencias a espectáculos taurinos. Después, en época de Felipe III, fue reformada la Plaza por el arquitecto Gómez de Mora, y tuvo lugar una corrida de toros el 3 de julio de 1619 durante los actos de inauguración de la nueva plaza. Para los espectáculos taurinos, los toros eran llevados desde la Casa de Campo a la Plaza Mayor por la cuesta de la Vega a través de la calle Mayor hasta llegar a la Plaza.

Será el rey Felipe IV el que convertirá los festejos taurinos en un espectáculo abierto a todos, dotándole de un carácter festivo, pasando a ser uno de las fiestas más populares entre todas las clases sociales. Unas 50.000 personas se congregaban en la Plaza llegando a ocuparse desde la arena hasta los tejados. Los festejos paralizaban la actividad de la villa y asistían a ellos todo tipo de personas y clases sociales: nobles, cortesanos clérigos, funcionarios, diplomáticos, banqueros, mercaderes, artesanos y toda clase de personajes que querían disfrutar de esta fiesta. Las corridas realizadas por la mañana estaban destinadas para el pueblo, y por la tarde, para el rey, la nobleza y la alta sociedad. El Consejo de Castilla era el encargado de la organización del evento. Los espectadores eran colocados en función de su escala social. La Plaza era engalanada con tapices para darle un carácter solemne y festivo. En el balcón central de la Casa de la Panadería se situaba el rey y su familia, y en los balcones aledaños la nobleza y las instituciones políticas y religiosas. El resto de balcones de la Plaza Mayor eran ocupados en el orden asignado según lo establecido por el mayordomo mayor de palacio. Los propietarios de los balcones estaban obligados a cederlos para los festejos. Incluso existía un protocolo que marcaba el orden de llegada a la plaza. En primer lugar llegaban los funcionarios, nobles y diplomáticos en sus carrozas y ocupaban sus lugares para esperar la llegada del rey y su cortejo. La llegada del rey solía suceder hacia las cinco o seis de la tarde, cuando el sol comenzaba a bajar. El rey llevaba a su guardia, la cual se quedaba bajo el balcón real con la misión de proteger a la familia real. Además, le acompañaban dos escuadrones de alabarderos que se situaban en las puertas de acceso a la plaza y en distintos lugares estratégicos. El orden de entrada del séquito real a la Plaza Mayor también estaba marcado por el protocolo. En primer lugar, entraban los grandes de España, meninas y muchachas de honor, pajes, gentilhombres, y finalmente, los cocheros y porteros. Por último lo hacían los infantes, y tras ellos la reina y el rey, que podían entrar en diferentes momentos. La duración de una corrida cuando asistía el rey variaba entre dos y tres horas, y terminaba cuando él lo señalaba. Se solían celebrar corridas en las festividades de San Juan y santa Ana y, una vez canonizado San Isidro. Con la muerte del rey Felipe IV en 1665, la reina Mariana de Austria prohibió las corridas de toros en la Plaza Mayor como señal de luto. En enero de 1680 se celebraron corridas de toros para conmemorar la entrada en Madrid de María Luisa de Orleans, primera esposa de Carlos II.

Felipe V, el primer rey Borbón de España redujo el número de festejos taurinos en la Plaza Mayor. Permitiendo solo tres corridas en los años 1704, 1725 y 1726. La reducción de la tauromaquia en la Plaza, se debió principalmente a que Madrid ya contaba con plazas de toros. No hubo más toros en la Plaza Mayor hasta 1746, durante el reinado de Fernando VI. En 1759, con la llegada al trono de Carlos III, hubo otros dos festejos más, y una más con motivo de la boda de Carlos IV y con su subida al trono. Durante el siglo XIX, también se celebraron algunas corridas de toros en la Plaza Mayor para festejar la primera boda de Fernando VII, en 1803, y ya no se volvieron a celebrar más hasta junio de 1833 con motivo de la jura de Isabel II como princesa de Asturias.

Una de las últimas veces que hubo toros en la Plaza Mayor, fue el 18 de octubre de 1846 durante las celebraciones de la doble boda de la reina Isabel II y la de su hermana, María Luisa Fernanda. Poco después, la Plaza fue adoquinada y ajardinada y se colocó en el centro la estatua ecuestre de Felipe III, que hasta entonces estaba en la Casa de Campo. La última corrida de toros que se celebró en la Plaza Mayor fue en junio de 1970, dentro del programa llamado “Las Fiestas Medievales”, organizadas por el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

La muerte del conde de Villamediana.  Manuel Castellano

El domingo 21 de agosto de 1622, por la noche, dos cortesanos atravesaban la Plaza Mayor de Madrid en carroza, de regreso al Palacio Real. Eran Luis de Haro, un joven aristócrata, y su amigo y confidente Juan de Tassis, conde de Villamediana, un personaje muy notorio en la corte de Felipe IV, famoso por sus amoríos y por ser un asiduos de las fiestas de boato, además de sus deudas de juego. Juan de Tassis era, además, escritor de poesías satíricas, casi siempre dedicadas a sus enemigos, que los tenía, y no pocos. A sus 40 años, Villamediana se hallaba en la cumbre de su fama y despertaba expectación allí donde iba, con sus trajes suntuosos y su gusto por el derroche. Era, en resumen, un provocador, en un tiempo en que serlo era peligroso porque los enemigos no se paraban ante nada.

Detalle del cuadro

Ambos personajes cruzaban la calle Mayor en la carroza cuando, de repente, en la oscuridad, salió de un portal un hombre que se acercó a la carroza por el lado donde estaba sentado el conde y le asestó una certera cuchillada en el costado. Tan certera y profunda que le llegó al corazón y le atravesó. Aun tuvo fuerzas el conde para llevar su mano a su espada, pero no pudo hacer nada porque se desvaneció. El desconcierto y la conmoción se hizo dueña de la escena, lo que fue aprovechado por el sicario para huir del lugar. Luís de Haro contempló horrorizado el apuñalamiento de su amigo. Mientras, el asesino se había perdido entre la multitud.

El asesinato del conde de Villamediana causó conmoción en Madrid, debido a su popularidad y personalidad. En una villa donde los rumores tenían carta de naturaleza, las especulaciones, sospechas y teorías reinaron en todos los mentideros de Madrid. Todos preguntaban sobre el verdadero autor del asesinato de Villamediana, las razones y consecuencias y todas las preguntas encontraban, como no, varias respuestas. Aquel asesinato se parecía mucho al de Juan de Escobedo, secretario del hermano del rey Felipe II, asesinado hacia cincuenta años en unas circunstancias muy similares a las de Villamediana. Entonces, el principal sospechoso era el propio rey. Ahora, de inmediato se señaló a Felipe IV, nieto de aquel, quien, llevado por los celos, había ordenado su asesinato.

Y es que sobre Villamedana existía la sospecha de pretender a la reina. Un día este había aparecido en la corte luciendo sobre su vestido un lema que decía “Son mis amores reales”, que todos interpretaron como una referencia a la soberana. También se contaba que, apenas tres meses antes de su asesinato, se representó en los jardines de Aranjuez una ópera suya, La gloria de Niquea, y que en un intermedio de la obra se produjo un incendio que hizo huir a los espectadores. Según algunos, el fuego fue provocado por el propio conde como pretexto para ir en ayuda de su amada, la reina, y auxiliarla hasta donde fuera posible. Pero eran teorías sin fundamento alguno y del incendio no hubo prueba alguna de que él lo provocara.

Otra hipótesis encontraba alguna lógica. Como dijimos al principio, Villamediana gustaba mucho de escribir versos satíricos. Y ya en tiempos de Felipe III, el conde encontró inspiración en muchos personajes de la corte. Uno de ellos era el duque de Lerma, Conde-Duque de Olivares y valido del rey, un hombre muy poderosos al que no le gustó nada los versos que le dedicó Villamediana cuando el conde fue nombrado cardenal: “El mayor ladrón del mundo / para no morir ahorcado / se vistió de colorado”, lo que le valió el destierro.

Tras regresar a la corte, ya con Felipe IV en el trono, Villamediana volvió a sus ataques al conde, lo que provocó la ira de este contra él, hasta el punto de que se especula con que el conde-duque quizá convenció al rey de que ordenara su muerte o encubriera a los asesinos, repitiéndose la historia de Felipe II y el asesinato de Escobedo. O bien el propio conde ordenó su asesinato por venganza. Nunca se encontró al asesino.

Detalle

En el cuadro de Manuel Castellano se aprecia el instante posterior al asesinato del conde de Villamediana, y se aprecia el cuerpo exánime de Juan de Tassis y Peralta frente en el portal del palacio de Oñate. Un médico le asiste mientras que un clérigo y su monaguillo esperan para concederle los últimos sacramentos. La escena es iluminada por la luz del farol que lleva el monaguillo. A la izquierda de cuadro, de espaldas, se encuentra Luis de Haro, testigo del crimen.

Este cuadro, pintado en la segunda mitad del siglo XIX, nos muestra uno de los puntos del Madrid del siglo XVII y la costumbre de los madrileños por obtener cualquier noticia que se produjera para poder difundirla en los distintos mentideros de la villa, especialmente el que aparece al fondo del cuadro: las gradas de San Felipe el Real, en la Puerta del Sol. A propósito de este suceso, Luís de Góngora diría al respecto: Mentidero de Madrid, / Decidnos, ¿quién mató al conde? / Dicen que le mató el Cid / por ser el conde lozano. / ¡Disparate chabacano! / La verdad del caso ha sido / que el matador fue Bellido / y el impulso soberano. En la obra, realizada en 1868, aparecen la iglesia y convento de San Felipe en Real, aunque el templo llevaba algo más de treinta años demolida, lo que lleva a pensar que el pintor se basó en litografías para incluirlo en el cuadro.

Baños en el Manzanares en el paraje del Molino Quemado.  Félix Castello

El cuadro de Félix Castello, o Castelo, representa la celebración de una romería en el paraje situado frente a la Casa de Campo, cerca del camino del Pardo, llamado del Molino Quemado. El cuadro contiene distintas escenas de tipo costumbrista y ofrece detalles muy interesantes sobre ello.

Comencemos por la parte inferior del mismo, donde aparece una carroza real que se dirige al río por el camino, lo que le da al cuadro un aire principesco, en el que alguien de la familia real participa en esta fiesta. En el cuadro se aprecia múltiples escenas que se desarrollan en el paraje, con el río como protagonista de la escena. Diferentes grupos de personas, bañistas y comensales se mezclan en un ambiente lúdico, y aparecen en el lienzo con la minuciosidad propia de la pintura flamenca. No faltan otros elementos menos “festivos” como son algunos duelos de espada, que se aprecian en la parte inferior derecha del cuadro.

Detalle

Se sabe que la familia real organizaba fiestas en las que el desenfreno reinaba en todo su esplendor. En tiempos de Felipe IV se organizaban romerías junto al río Manzanares, pero nunca se habían plasmado en imagen alguna hasta que Félix Castello lo hizo en este cuadro, aunque si lo hijo Francisco de Quevedo en sus versos: “Manzanares, Manzanares, arroyo aprendiz de río,/ tú que gozas,/ tú que ves en verano y en estío/las viejas en cueros muertos,/ las mozas en cueros vivos.”. También Luis Vélez de Guevara, en El diablo Cojuelo, escribía: “Daban en Madrid, por los fines de julio, las once de la noche en punto, hora menguada para las calles y, por faltar la luna, jurisdicción y término redondo de todo requiebro lechuzo y patarata de la muerte. El Prado boqueaba coches en la última jornada de su paseo, y en los baños de Manzanares los Adanes y las Evas de la Corte, fregados más de la arena que limpios del agua, decían el «Ite rio est»;…”.

Detalle

La escena es un verdadero “jardín de las delicias” madrileño, donde se aprecia que los personajes, los que están vestidos, visten trajes cortesanos. El desenfreno que se aprecia da idea del tipo de festejo que se celebra, no precisamente pastoril. Una de las carrozas se ha introducido en las aguas del río y dentro una pareja se entrega al placer mundano, mientras otras personas juegan y se bañan completamente desnudas mientras otras se sientan, vestidas, a disfrutar del ambiente. Estas fiestas se organizaban en determinadas fechas del año, por ejemplo la noche de San Juan o en fiestas de tipo pagano.

Aquellas fiestas no pasaron desapercibidas para el cardenal Francesco Barberini, sobrino del papa Urbano VIII, y escribía en su cuaderno de viaje en 1626, que: “…en cada fiesta el Diablo quiere su propio altar, y así, si por una parte se desarrollan adecuadamente tal y como apenas se ha descrito, por otra el desorden no es poco ya que, por el calor que trae la estación y por hacerse la vigilia en esta noche del 23 de junio, gran parte de la ciudad y sobre todo las mujeres, va a aquel río Manzanares, al puente Segobiano, y allí gentes del populacho, tanto hombres como mujeres, se lavan entremezclados con poco recato para el servicio del alma. Aquellos otros de mejor condición pasan la velada yendo de arriba abajo, así como entrando con las carrozas en el río para gozar de las locuras de los primeros. Acostumbran la mayoría de las mujeres a acudir aquí esta noche y al amanecer aparecen desgreñadas, adornando las carrozas y los caballos con vegetación y flores, que en definitiva parece una arcadia, el Siglo de Oro respecto de la libertad y de la poca vergüenza. Entre estas mujeres se ve también a gentiles damas que con el pretexto de creer que el fresco de aquella noche les hará bellas sus cabelleras y se las mantendrá, descienden de sus carrozas y con el acompañamiento adecuado despeinadas caminan paseando y pavoneándose”. El cardenal se mostraba escandalizado y aseguraba que muchos de los asistentes a esta romería vestían con mucha corrección, con terciopelos y nobles telas que se quitaban mientras se recogían los pantalones hasta las rodillas mientras, con la capa echada a la espalda, paseaban por el dicho río cantando y bailando. Las mujeres y jóvenes alzaban las ropas quedando con la camisa suelta y las piernas desnudas, y caminaban también disfrutando del fresco, desnudas y cubriéndose con una sola mano las partes pubendas. El cuadro describe perfectamente la escena.

Vista de los jardines de la casa de campo. Felix Castelo.

La Casa de Campo es hoy una extensa zona verde utilizada por los madrileños para el descanso y ocio. Su nombre deriva de una casa situada en un pasaje donde abundaba la caza propiedad de Iván de Vargas adquirida por Felipe II y de la que hoy se conserva el palacete situado a la entrada, justo al final del Puente del Rey. Dos son los cuadros de Félix Castelo en el Museo dedicados a esta zona verde, antiguo palacete de caza.

El primero de ellos  muestra una parte del jardín de la Casa de Campo, obra de Jerónimo de Algora, compuesto con abundante arbolado y con la estatua ecuestre de Felipe III en el centro del jardín. La estatua era de bronce y el pedestal de mármol, obra de Giovanní de Boloni, aunque germinada por Pietro Tacca, y puesta en este lugar aquí en 1617. Esta casa de recreo estaba próxima al Alcázar y, como decimos al principio, fue adquirida por Felipe II en 1560 para la práctica de unas de sus aficiones favoritas: la caza, muy abundante en este lugar por aquel entonces. Pero además. Felipe II quería convertir este lugar en una prolongación del cercano Alcázar, en un lugar de retiro en aquellos momentos tan complicados, de los que abundó en su tiempo. El rey era gran amante de los jardines franceses y flamencos y en este lugar construyó un jardín inspirado en este modelo. Luego, su hijo Felipe III lo decoró con fuentes ornamentales y plantas traídas desde Flandes, así como la estatua de si mismo, tal y como nos muestra la pintura. En la antigua casa de Iván de Vargas pasó algunas temporadas el emperador Carlos I,  invitado por los Vargas, y en la misma estuvo confinado el rey Francisco I de Francia durante su cautiverio en Madrid durante un año, de 1525 a 1626, mientras se acondicionaba sus dependencias en el Alcázar. En 1562, Felipe II compra la casa a los Vargas y crea un Real Sitio ordenando a Juan Bautista de Toledo la construcción de los jardines. Más tarde, en 1767, Carlos III le encarga a Francisco Sabatini  la remodelación del palacio, eliminando el ladrillo original por el revoco, dándole al lugar un estilo más clásico.

El segundo cuadro de Félix Castelo nos muestra el conjunto palaciego en toda su dimensión, con la estatua de Felipe III en el centro.

En el año 1808, en plena invasión francesa, José Bonaparte  elige este Palacio como residencia, atendiendo a motivos de seguridad por estar algo retirado de la Corte. Ordenó construir un túnel desde el Palacio Real hasta este lugar para poder desplazarse sin ser visto. Posteriormente, el regreso de Fernando VII llevó a que este lugar perdiera la importancia de antaño y el lugar cayó en desuso.

El 20 de abril de 1931,  seis días después de proclamarse la II República,  el gobierno republicano incauta los bienes de Alfonso XIII y cede el Real Sitio de la Casa de Campo al Ayuntamiento de Madrid para convertirlo en parque público. Después, durante la guerra civil, la Casa de Campo se convierte en escenario de varios frentes de batalla,aunque el Palacio de los Vargas no sufre daños de consideración. En 1967 se reforma  el edificio y se sustituye el revoco de Sabatini por enfoscado, al tiempo que se añade un frontón en la fachada principal, a modo de remate. La estatua ecuestre de Felipe III es trasladada a la Plaza Mayor y frente al palacio se coloca la antigua fuente existente en la Puerta del Sol.

La Torre de la Parada. Félix Castelo.

Siguiendo con más cuadros de Castelo presentes en el Museo, contemplamos ahora el dedicado a La Torre de la Parada fue uno de los edificios emblemáticos de la Corte del siglo XVII, consistente en un palacete de caza del rey Felipe IV que, como veremos, se convirtió en un auténtico museo de obras de arte. Desde el siglo XVI, con la conversión de Madrid como capital de España, se construyeron en los alrededores de la villa monumentos y palacios.

El más importante era el Monasterio de El Escorial, construido entre 1563 y 1584 por Felipe II. Este mismo rey que, como hemos visto, era gran aficionado a la caza, ordenó unos años antes al arquitecto Luís de Vega la construcción de un pequeño palacete como lugar de reposo en el Monte de El Pardo, donde acudía a cazar: La Torre de la Parada. Este arquitecto había comenzado en 1547 las obras del Palacio de El Pardo. Así, levantó un edificio de ladrillo de planta cuadrada muy sencilla rematado por una torre, también cuadrada, tal y como os muestra el cuadro de Félix Castello

El palacete constaba de un nivel superior, con un mirador desde que se contemplaba todo el monte de El Pardo; y de un nivel inferior, con tres pisos. En el último existía un gran salón y una pequeña capilla. En el central, tres salas y en el bajo, las caballerizas. El edificio, tal y como vemos en la pintura, representaba las características propias de la época de los Austrias y que podemos observar en otros edificios del centro de Madrid, como la Plaza de la Villa o la Plaza Mayor, incluyendo el recubrimiento de pizarra de la torre.

Felipe IV encargará en 1636 al arquitecto Juan Gómez de Mora la remodelación de este palacete. Este ya había construido, además de las mencionadas Casa de la Panadería y Casa de la Villa, un palacio muy cerca de este lugar, que será conocido como Palacio de la Zarzuela, en realidad otro pabellón de caza, pero más grande y convertido en palacio residencia de la Familia Real en la actualidad.

La Torre de la Parada, situada a unos dos kilómetros del Palacio de El Pardo, fue inicialmente construida como pabellón de reposo en las cacerías, pero Felipe II lo convirtió en un museo de pinturas. Y es que este rey tenía dos grandes aficiones: la caza y la pintura. Por ello, decidió que este palacete sería un pequeño museo personal en el que pudiera disfrutar de algunas obras de las más importantes obras de arte. Y para ello encargó un gran número de cuadros. A Rubens, por ejemplo, le encargó un total de sesenta y tres lienzos de gran formato. Catorce de los mismos fueron realizados por el propio Rubens, mientras que los restantes fueron encargados por este a varios pintores flamencos. Del mismo modo, a los pintores barrocos españoles Félix Castelo y Juseppe Leonardo les fueron encargados varios cuadros dedicados a los Reales Sitios. A su pintor favorito, Diego Velázquez, le encargó tres retratos de caza, de él mismo, de su hermano y del príncipe heredero Baltasar Carlos, así como otros de tema mitológico y de algunos bufones. Otros cuadros de Velázquez, como los de los filósofos Esopo y Menipo, el del dios Marte, y los retratos de algunos bufones, fueron también colgados en este peculiar museo privado. En 1700, en un inventario se contaron hasta 176 obras pictóricas las que se encontraban en esta torre.

Tras la muerte del último de los Austrias, Carlos II, tuvo lugar en España la Guerra de Sucesión, que concluyó con el nombramiento de Felipe V, primer rey Borbón, como rey en 1714. En esta guerra, las tropas austriacas, partidarias de los borbones, incendiaron la Torre, aunque afortunadamente, los cuadros no ardieron y hoy podemos admirarlas en el Museo del Prado. De la Torre, sin embargo, apenas quedaron solo las ruinas que hoy podemos encontrar entre el monte, muy cerca del Palacio de El Pardo.

Vista panorámica de Madrid desde el Buen Retiro.  Domingo de Aguirre

Domingo de Aguirre nació en Orán (Marruecos) y sirvió en el ejército español como cadete en el Cuerpo de Artillería y Guarnición de su ciudad natal pasando con posterioridad a formar parte del cuerpo de Carabineros. Entre sus trabajos, realizó el mapa topográfico y las vistas del Real Sitio de Aranjuez, además de otros planos y publicaciones, en 1776 trabajó en las obras del camino que se estaba construyendo en Madrid desde las inmediaciones del Puente de Toledo hasta la puerta de Segovia bajo las órdenes del marqués de Grimaldi. En el cuadro que aquí vemos una muy detallada panorámica de Madrid desde el palacio de Buen Retiro, y en la que podemos identificar muchos de los edificios monumentales de la villa, algunos hoy desaparecidos.

Arco de triunfo de Santa Maria en la calle Mayor. Lorenzo de Quiros

Nacido en Los Santos de Maimona (Badajoz) y formado como artista en Badajoz y en Sevilla, Lorenzo Quirós perteneció a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Cinco son los cuadros que Quirós dedicó a la entrada real de Carlos III, una visión exacta de las cinco construcciones que permitiendo imaginar la configuración de las restantes.

En este primer cuadro vemos el ornato de la calle Mayor y la Puerta del Sol, donde podemos contemplar todo el contenido decorativo, tales como las colgaduras y los tapices que se exponen en las ventanas y en los balcones al paso de la comitiva. Los dorados, azules pasteles y lapislázuli, las imitaciones del jaspe en las columnas, del bronce en las basas y capiteles, del mármol en los pedestales y cornisas llenan los decorados, destacando la imitación de arco de triunfo bajo el cual pasa la carroza real, o el templo circular de ocho columnas jónicas con estatuas de mujer coronando la fuente de la Puerta del Sol, conocida como la Mariblanca, del cuadro siguiente, que festeja la llegada de Carlos III a Madrid.

En el primer cuadro, en la calle Mayor, el Arco de Santa María alude a la Religión y la Justicia y se remata con la estatua de la Fe, coronando una enorme inscripción latina. Los caballeros se arrodillan ante la carroza real, reluciente de rojo y oro. La solemnidad del acto queda perfectamente remarcada por los cuadros de Quirós.

Este tipo de decoración de las calles del centro de Madrid era frecuente para festejar la llegada de alguna personalidad. Y no cabe duda que la llegada del Carlos III a España mereció toda la parafernalia protocolaria. La entrada de Carlos III en Madrid tuvo lugar el domingo 13 de julio de 1760. El arquitecto Ventura Rodríguez, el escultor Felipe de Castro y los académicos don Pedro Rodríguez de Campomanes y don Vicente García de la Huerta fueron los responsables del diseño de las decoraciones e inscripciones que la villa de Madrid presentó para el recibimiento del nuevo soberano. En aquel tiempo, Lorenzo Quirós se hallaba estudiando en la Real Academia y participó en los adornos que se pintaron para este acto y del cual pintó una serie de cinco cuadros dedicados a ello. Aunque el motivo principal de la composición era recordar el arco conmemorativo que se alzó en ese tramo de la calle Mayor, el artista, a la hora de dar vida a su pintura, puso toda su atención en reflejar el paso del Viático por este mismo lugar poco antes de que la real comitiva se detuviese en la iglesia mayor de Madrid.

Viendo las pinturas y lo publicado entonces, no cabe duda que la llegada de Carlos III a España fue una fiesta. También lo fue su salida de Nápoles, que han sido pintadas por los pintores Antonio Joli y Pietro Fabris. El 29 de septiembre de 1759 se presentó en la bahía de la ciudad una formidable flota compuesta por veinte barcos de la Armada, al mando del marino Juan José Navarro, marqués de la Victoria.

Carlos III, tras abdicar en su hijo Fernando como rey de Nápoles, se embarcó el 6 de octubre en el navío Fénix, mientras una multitud se aglomeraba en los muelles para contemplar el espectáculo. La comitiva fondeó en Barcelona, elegida por el rey como primer territorio español en su ruta hacia Madrid. La recepción de la ciudad superó todas las expectativas, tal y como señalaron las crónicas de entonces. La elección de Barcelona como primera parada tenía claras motivaciones políticas, como era la reconciliación entre la dinastía borbónica y el principado tras la guerra de Sucesión y el triunfo de su padre, Felipe V, sobre Barcelona. Ya en Madrid, fueron recibidos con todo el boato que se conoce, en el que participaron unas dos mil personas, con acompañamiento de música y a la luz de las antorchas y de los fuegos artificiales. Desde el Palacio del Buen Retiro hasta la Plaza Mayor, todo fue un auténtico escenario, de las que cinco de ellas se conocen por los cuadros atribuidos a Lorenzo Quirós.

El punto de partida del itinerario real era la Puerta Verde del Palacio del Buen Retiro. Seguía el Arco de la calle de Alcalá, cuyas dos fachadas ostentaban una serie de imágenes insertas en sendos medallones: por un lado el pasado, las villas italianas de Roma, Nápoles, Palermo y Parma), y por el otro lado, el presente: la Villa de Madrid, el desembarco en Barcelona, Asia, África y América, donde se extendían los dominios de la Monarquía Hispánica. La comitiva recorrió la calle Alcalá, hasta la Puerta del Sol, u continuó por la calle Mayor. En la Plaza Mayor tenía su punto final, donde tuvieron lugar los castillos de fuegos artificiales, las representaciones teatrales y la corrida de toros.

Así pues, de las festivas y solemnes celebraciones de la entrada de Carlos III en España supuso un impresionante despliegue de propaganda monárquica, del que quedó los mencionados cuadros de Antonio Joli y Pietro Fabris en Nápoles, los grabados de la Máscara Real de Barcelona y los cuadros de Lorenzo de Quirós en Madrid, en aquel verano del año 1760.

Estanque del Retiro. Anónimo.

El llamado Estanque Grande fue construido en el año 1632  por el Conde Duque de Olivares dentro del complejo palacial de los Jardines del Buen Retiro para disfrute de Felipe IV,  de quien era su valido. La obra fue encargada a Cristóbal de Aguilera, quien realizó toda la canalización del agua abastecían al Real Sitio y toda la infraestructura hidráulica. El nuevo estanque ocupó el lugar de un estanque primitivo existente en la época de Felipe II, que según el cronista y escritor Ramón de Mesonero Romanos, fue construido para organizar la representación de una batalla naval para festejar la llegada a Madrid de su cuarta esposa, Ana de Austria.  La construcción del nuevo estanque se concluyó, una vez comprobada su impermeabilidad.

En el cuadro, además de la inmensidad del motivo principal, como es el estanque, y el embarcadero, a la izquierda del observador, se observa, en segundo término, la Real Fábrica de Porcelana de Buen Retiro que se encontraba en la zona próxima a la actual plaza del Ángel Caído, conocida por los españoles como “La China”.  La finalidad de la misma era construir en España todos enseres y elementos decorativos fabricados en porcelana, que hasta entonces se compraban a Inglaterra, con lo que ello suponía. La nueva fábrica se convirtió en una fuerte competidora muy fuerte para la porcelana inglesa. Tal vez por ello, al convertirse la fábrica en cuartel general del ejército napoleónico en la guerra de la Independencia, el general inglés Hill aprovechó para dinamitar y destruir la fábrica eliminando la competencia española.

Más tarde, Fernando VII creó la Real Fábrica de Porcelana de la Florida en sustitución de la del Retiro, para continuar la labor de la del Retiro y desapareciendo a mediados del siglo XIX, y de la que hoy quedan la Escuela de Cerámica y la Tinaja, el horno de cocer, junto al cementerio de los fusilados en Príncipe Pío por los franceses.

Baile junto al puente en el canal del Manzanares. Francisco Bayeu

Se trata de un cartón para aun tapiz destinado al cuarto del Príncipe de Asturias en el Palacio del Pardo. Francisco Bayeu, suegro de Francisco de Goya, pintó este grabado de estilo costumbrista, reflejando el ambiente existente alrededor del Canal, lugar preferido por los madrileños para sus fiestas populares.

Con el fin de cruzar el llamado Canal de Manzanares se construyeron varios puentes a lo largo del Canal. Algunos de ellos fueron hechos de madera simplemente para unir ambas partes del canal. El que vemos en el cuadro se encontraba al final del Paseo de Delicias, uno de los principales accesos a Madrid por el sur.

Detalle

Francisco Bayeu recrea en el cuadro el estilo costumbrista ya utilizado por su suegro y los distintos personajes que participaban de ese ambiente lúdico.

Alegoría de la villa de Madrid. Francisco e Goya

Y seguimos con Goya. El cuadro denominado Alegoría de la villa de Madrid es un óleo obra de Francisco de Goya pintado en 1809, cuando la villa de Madrid estaba ocupada por los franceses.

El cuadro exhibía en un óvalo grande el cuadro de José I hermano de Napoleón Bonaparte. Tras la batalla de los Arapiles, el ejército francés, con José Bonaparte al frente, abandona la capital y el Ayuntamiento decide borrar la figura del soberano francés para incluir en su lugar la palabra “Constitución”. Pero, meses después, José I vuelve a Madrid y Goya tiene que pintar de nuevo el retrato del rey francés. Tras la derrota definitiva de los franceses y el regreso del Fernando VII, la Constitución es abolida y los responsables municipales de Madrid encargan a Goya que sustituya la palabra por el rey Fernando.

Goya, irritado por todo ello y por su oposición al absolutismo, y también porque a causa de ello tuvo que huir a Burdeos, realizó un retrato del rey que obligó a este a encargar a otro pintor rehacer el retrato. Más tarde, tras la revolución liberal, en 1843, el retrato es borrado para sustituirlo por un dibujo del libro de la Constitución de Cádiz. En 1873, ya destronada Isabel II, el alcalde de Madrid, el liberal Marqués de Sardoal ordena que borren todos los repintados y que se sustituyera por un letrero alusivo al Dos de Mayo, como símbolo de unión de los españoles.

El cuadro de Goya representa a una figura femenina vestida de blanco, con manto de púrpura y corona de oro, apoyada en el escudo de armas de la villa de Madrid, con el oso y el madroño. La mujer señala la inscripción mientras tiene a sus pies un perro simbolizando la fidelidad. Sostienen el óvalo dos ángeles, mientras otros dos, en volandas, sostienen una corona de laurel que simbolizan la gloria y el triunfo y una trompeta, alusión a la fama.

El hambre de Madrid.  José Aparicio

Sin duda alguna, estamos ante uno de los cuadros más dramáticos delos existentes en el Museo. El lienzo de José Aparicio representa, con una alta dosis de realidad, la tremenda y trágica hambruna de 1811 que padeció la ciudad de Madrid y que provocó cerca de 25.ooo muertos, y del que existe crónica escrita del escritor Mesonero Romanos. Este pintor, nacido en Alicante y muerto en Madrid, fue pintor de cámara de Fernando VII.

Su óleo refleja Madrid asolada por dos caballos del Apocalipsis: la guerra y el hambre. La guerra contra los franceses y el hambre consecuencia de esta y de las malas y escasas cosechas. Una España destrozada en un periodo triste de nuestra historia, el que comprende la Guerra de la Independencia y el regreso al absolutismo de Fernando VII. Cuatro años de amarga guerra que había vaciado los campos de cultivo y escasas cosechas robadas, o bien por el ejército o por los guerrilleros, con los caminos y vías de abastecimiento intervenidas aislaron a Madrid, una ciudad, por otro lado sitiada.

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Así, en septiembre de 1811, y a pesar de que el Gobierno de José Bonaparte confiscaba los graneros de los pueblos de alrededor y la fruta para llevarla a Madrid, la escasez y los precios en el mercado subían hasta límites imposibles, el hambre se enseñoreó de las calles de la villa. Una situación que alcanzaba incluso a las clases más pudientes, incapaces de adquirir alimentos por su elevadísimo precio. El pan se convirtió en un artículo de lujo, un pan agrio y amarillento, apenas comestible. Mesonero Romanos describe como hombres, mujeres y niños de todas condiciones abandonaban sus míseras viviendas y se arrastraban hambrientos y moribundos a la calle en busca de la caridad o conseguir algún alimento de la forma que fuera que sirviera para dilatar su agonía. Imposible imaginar las calles de Madrid con los seres humanos muriendo literalmente en la calle, los lamentos de las madres y de sus hijos, o los niños al lado de los cadáveres de sus padres y hermanos sobre las aceras. Mesoneros describe como su padre recorría diariamente, casa por casa, visitando a familias necesitadas encontró como un día había censado ocho miembros de una familia y, al siguiente, cuando volvió con alimentos, solo sobrevivía uno.

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Tal y como el cuadro de Aparicio, incluso algunos soldados franceses, sensibilizados por lo que veían, intentaban ayudar a los más necesitados, pero estos rechazaban la ayuda de los que consideraban culpables de la situación.

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No será hasta el abandono de José Bonaparte y del ejército napoleónico cuando la entrada en Madrid el ejército dirigido por el general Wellintong cuando cambie la situación. Se liberen los caminos, todos vuelvan a sus hogares y el precio de los alimentos baje. El cuadro de José Aparicio quedó como crónica gráfica de lo sucedido y padecido.

Muerte de Daoiz y defensa del Parque de Monteleón. Manuel Castellano

Dos son los cuadros que Manuel Castellano dedica a los héroes del 2 de mayo: Daoíz y Velazde. El primero de ellos es la muerte de Daoíz. El pintor muestra en su cuadro a un grupo de soldados y civiles que combaten ferozmente frente al cuartel de Monteleón, situado en la actual Plaza del Dos de Mayo.
En el centro del cuadro vemos al teniente Daoíz, arrodillado junto a un cañón pieza de artillería, mientras es herido mortalmente por la bayoneta de un soldado francés. A su izquierda, derecha del observador, se encuentra el oro héroe del 2 de mayo, el sargento Velarde, sujetado por un soldado de la guardia polaca, herido y alargando su brazo hacia Daoíz, como si intentara unir ambas muertes.

Era el crudo dramatismo que se vivía en aquella España de 1808. Sin rey, gobierno y ocupada por el ejército napoleónico al mando del general Murat, Madrid se convirtió en un infierno. El Rey Fernando VII se encontraba en la ciudad francesa de Bayona tratando que Napoleón le reconociera como rey legítimo tras el Motín de Aranjuez. Con su padre, Carlos IV, en El Escorial y preparado para viajar a Bayona para que su hijo no fuera reconocido como rey. Con una Junta Suprema de Gobierno nombrada por Fernando VII y presidida por el Infante Antonio Pascual de Borbón, hermano de Carlos IV y tío de Fernando, una persona absolutamente incapacitada para manejar la situación, era el potente ejército francés quien controlaba Madrid.

Napoleón quiere reunir a toda la familia real en Bayona, y ordena a Murat que ponga bajo su custodia a los Infantes María Luisa y Francisco de Paula. La Junta Suprema en principio se opone a ello, pero e1 de mayo llega un emisario de Bayona con un mensaje de Fernando VII autorizando la salida de los Infantes.

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A primera hora de la mañana, en las inmediaciones del Palacio Real, acuden numerosas personas conocedores del rumor que corría sobre la salida de los dos infantes. Ven entonces como la Infanta María Luisa partía en su carroza escoltada por la caballería francesa. Mientras se preparaba la carroza que iba a transportar al Infante Francisco de Paula, un artesano madrileño llamado José Blas de Molina se sube a la carroza y comienza a gritar: “¡Traición! ¡Nos han quitado a nuestro Rey y quieren llevarse a todos los miembros de la Familia Real! ¡Muerte a los franceses!”. De inmediato, la gente se arremolina alrededor de la carroza y grita contra los franceses. Se asoma entonces por una ventana del palacio el propio infante, un niño de apenas de 14 años de edad y, al ver lo que está ocurriendo, se pone a llorar. Entonces, los amotinados se disponen a asaltar el Palacio Real.

Es entonces cuando el general Mural envía a la caballería y artillería para sofocar la revuelta. Los disparos y cañonazos atraen a centenares de personas armadas con navajas, palos y con lo que encontraban a su paso. Se inicia entonces un desigual y sangriento enfrentamiento entre la población civil y el ejército francés por las calles de Madrid. Mientras, el ejército español se encontraba acuartelado sin orden alguna de intervenir. Es entonces cuando los oficiales Luís Daoíz y Pedro Velarde y Luís Daoiz se rebelan y deciden ayudar a los civiles españoles. Luís Daoiz pertenecía a una familia aristocrática andaluza, originaria de la localidad navarra de Aoíz. Tenía 41 años. Se trataba de un militar con gran experiencia en combate. Hablaba cinco idiomas y había publicado un tratado sobre artillería naval. Aquel día, Daoíz era el comandante al mando del Parque de Artillería de Monteleón.

Muerte de Velarde el 2 de mayo de 1808. Manuel Castellano

El segundo de los cuadros está dedicado a la muerte de Velarde. Pedro Velarde había nacido en Muriedas, (Cantabria), en la casona-palacio familiar. Tenía 28 años. Había sido profesor en la Academia de Artillería de Segovia. Por encargo de Godoy había tratado en varias ocasiones con el general Murat, el cual le había ofrecido, como a Daoíz, pertenecer al ejército francés. El 2 de mayo, Velarde se encontraba en su despacho del Estado Mayor del Ejército, en su puesto como Secretario de la Junta Superior Económica del arma de artillería.

Ante las noticias que corren en Madrid, Velarde se dirige al Cuartel de Voluntarios de Estado, en la calle de San Bernardo. Allí solicita al coronal al mando una compañía para defender el Parque de Artillería Monteleón. Acompañado por el capitán de infantería Rafael Goicoechea, los tenientes Jacinto Ruíz y José Ontoria, tres cadetes y 33 fusileros de la Tercera Compañía, se presentan en Monteleón que, en ese momento, estaba rodeado por una multitud que insultaba a los franceses y exigía a los soldados españoles la entrega de armas. Allí se encuentran Luis Daoiz con 4 oficiales, 3 suboficiales y 10 artilleros, además de 80 soldados franceses. Tras entrar Velarde en el cuartel, desarma al comandante francés y le solicita la entrega de las armas y el abandono del cuartel de todos sus soldados.

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Daoiz entrega armas a unos 300 civiles que habían acudido a pedirlas, mientras alrededor de un centenar se queda bajo su mando para defender el cuartel. A continuación, Saca a la calle cinco cañones a la calle y espera a los soldados franceses, mientras voluntarios civiles acuden a defender también el cuartel. Entre ellos, la costurera Clara del Rey, acompañada por su marido y sus tres hijos. Varios oficiales de artillería y algunos soldados se unen a la rebelión.

Ante la dimensión dela rebelión, Murat ordena al general Joseph Lagrange que la sofoque. Lagrange acude a Monteleón al mando de unos 2.000 soldados de infantería y caballería, así como 4 piezas de artillería. La artillería dirigida por Daoíz y los paisanos y soldados comandados por Velarde trataban de detener a los franceses y evitar su entrada en el cuartel. Pero, tras dos horas de combate, muchos defensores estaban muertos y heridos, entre ellos la madrileña Clara del Rey, que pereció junto con su marido y uno de sus hijos. Pese a ello, los españoles se niegan a capitular y siguen combatiendo, comandados por Daoíz, herido en una pierna.

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Hacia el mediodía el general español Claudio de San Simón solicita a los franceses un alto el fuego y se dirige al cuartel para parlamentar. Cuando Velarde sale del cuartel es alcanzado por un disparo y cae muerto, mientras uno de los soldados franceses que acompañaban a San Simón hiere con su bayoneta a Daoiz, quien moriría más tarde. El cuartel queda al mando del capitán Goicoechea, pero tres horas más tarde capitula y entrega el cuartel. De entre los rebeldes, solo el teniente Ruiz está vivo, aunque herido. Consiguió ser evacuado antes de ser prisionero y consiguió huir de Madrid hacia su Extremadura natal. Moriría un año después a causa de las heridas de las que nunca llegó a recuperarse. Mientras, la historia reservará un importante hueco a los dos héroes del 2 de Mayo: los tenientes Daoíz y Velarde. Y el recuerdo de su heroísmo, tanto por las crónicas escritas, como por los cuadros como el de Manuel Castellano.

Apenas dos años antes de su muerte, con solo 27 años, Velarde había sido nombrado ayudante de Manuel Godoy, Generalísimo y Príncipe de la Paz, y valido del rey Carlos IV. Cuando el general francés Murat, el Gran Duque de Berg, se acerca a Madrid, Godoy envía a Velarde en misión secreta para averiguar las verdaderas intenciones de Napoleón, cuya invasión está adquiriendo un carácter poco amistoso. Velarde, por entonces, admiraba a Napoleón y era un afrancesado convencido, ya que consideraba al emperador un defensor de los valores liberales, además de un maestro de la guerra. Aprovechando esta circunstancia, Murat trató de convencer a Velarde de que se pusiera al servicio de Napoleón, sin conseguirlo.

Tras ser testigo de la entrega a los franceses de la espada del rey de Francia, Francisco I, ganada en Pavía por Carlos I,  y que se guardaba en la Armería Real, su simpatía por Napoleón desaparece, al verle como un expoliador. A partir de entonces, Velarde se convierte en un enemigo de los franceses y su intención es luchar contra ellos. Pero el ejército español recibe órdenes de no intervenir y dejar a los franceses a actuar a su voluntad, lo que lleva a Velarde a preparar una rebelión contra los franceses. Pero su plan, tras ser conocido, fracasa y varios oficiales son cambiados de destino. En esta situación ocurre el levantamiento popular del 2 de mayo. Luego, lo que ya conocemos…

Manuel Castellano nos muestra la en el interior del Parque de Monteleón con la iglesia de las Maravillas al fondo tras la tapia. Velarde, sujeto por tres combatientes madrileños, aparece moribundo ante la escena tumultuosa de las figuras combatientes. Manuel Castellano, que estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, cultivó el género de pintura de historia, obteniendo multitud de premios y honores por su obra.

Vista del Palacio Real desde el Cuartel de la Montaña. Jose Maria Avrial y Flores

José María Avrial y Flores nació en Madrid el 26 de febrero de 1807y estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Varios de sus cuadros se exponen en el museo: Vista de la fuente de Cibeles y el Palacio de Buenavista; Vista del Palacio Real desde la Montaña de Príncipe Pío; Vista del Campo del Moro; y, finalmente, Plaza de la Paja, donde el pintor muestra sus extraordinarias dotes como pintor paisajista.

En Vista del Palacio Real desde la Montaña de Príncipe Pío .aparece el Cuartel de la Montaña y el Palacio Real junto al caserío de la Villa, y en el horizonte asoman numerosas torres y cúpulas. En primer término aparece la ribera del Manzanares donde una pareja, de merienda, ofrece su bota de vino a un pastor que cuida de sus cabras, que pastan entre la arboleda, dando al paisaje un tono bucólico y pastoril.

La Vista de la fuente de la Cibeles y el Palacio de Buenavista muestra el emplazamiento original de la fuente, junto al palacio, a un lado de la plaza. Posteriormente, la diosa fue trasladada al centro de la plaza, donde se encuentra en la actualidad.

Vista del Campo del Moro. Jose Maria Avrial y Flores

El cuadro Vista del Campo del Moro muestra el aspecto anterior a la construcción del nuevo Palacio Real, con la basílica de San Francisco el Grande, a la derecha del observador.

Vista de la Plaza de la Paja. Jose Maria Avrial y Flores

El último cuadro de esta seria, La Plaza de la Paja, se aprecia la Capilla del Obispo y la iglesia de San Andrés al fondo, uno de los rincones más bonitos de Madrid. En la plaza se aprecia un pequeño mercadillo con numerosos personajes.

La Plaza de la Paja fue, en su momento, un mercado al aire libre situado en pleno barrio de la Morería, con la iglesia de San Andrés cercana a la Puerta de Moros. Este mercado fue un lugar espacioso durante la Edad Media, hasta la construcción de la Plaza del Arrabal, la actual Plaza Mayor. José María Avrial y Flores describe la plazuela en plena actividad.

Vista de Madrid desde el puente de Segovia. Giuseppe Canella

Giuseppe Canella fue un pintor nacido en Verona en 1788 que viajó a Madrid atraído por el espíritu romántico que se respiraba en España y que proporcionaba una fuente de inspiración artística inagotable. Canella realizó una serie de cuadros dedicados a Madrid y a sus alrededores, entre ellos este del Museo de la Historia, Vista de Madrid desde el puente de Segovia.

El Puente de Segovia se construyó en 1584 por el arquitecto del monasterio de El Escorial, Juan de Herrera. Madrid era entonces una pequeña villa. De pequeña villa pasó a capital del Reino cuando Felipe II traslada la corte en 1561. Madrid inicia una rápida transformación y, prioritariamente, mejorar sus comunicaciones. Y el puente de Segovia ayudó a mejorarlas. En este mismo lugar, unos metros más al norte, hubo otro puente anterior, pero las crecidas del río Manzanares lo había arrastrado. El nuevo puente tenía que ser sólido y duradero, condiciones que ha cumplido sobradamente. Desde él comunicaba se la ciudad de Madrid con las poblaciones situadas al norte, entre ellas Segovia, de ahí su nombre. Por la calle de Segovia se accedía a Las Vistillas y del Palacio Real  y discurría el arroyo de San Pedro.

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A mediados del siglo XVII, el puente tuvo que ser reformado y mejorado. Ya en el siglo XX, durante la Guerra Civil, el puente fue totalmente destruido para evitar el avance de las tropas franquistas. Finalizado la guerra, fue reconstruido y ampliado. Catalogado como Bien de Interés Cultural, hoy el Puente de Segovia, sigue siendo paso de vehículos, pero está rodeado de fuentes, estanques, jardines y paseos dentro del parque llamado Madrid Río.

En el cuadro de Canella aparecen caminantes en uno y otro sentido. A la izquierda se levanta el Palacio Real y en el lado contrario la Basílica de San Francisco el Grande. La Puerta de Segovia era uno de los accesos monumentales a la villa y se aprecia al otro lado del puente. Esta puerta, construida en el siglo XVII, al final de la calle Segovia, constaba de dos arcos iguales de ladrillo.

Puerta de San Vicente. Fernando Brambilla

La serie de estampas “Vistas de los Sitios Reales y Madrid” fue realizada a petición del rey Fernando VII en el Real Establecimiento Litográfico de Madrid y publicada en 1833.

Fernando Brambilla fue pintor de cámara de Fernando VII, realizando, a petición de este, unos lienzos del natural sobre los Sitios Reales, de los cuales se formó una colección formada por ochenta litografías, entre ellas el cuadro que vemos. Muestra una panorámica de la Puerta de San Vicente, puerta de entrada a Madrid por el nuevo paseo de la Florida. Junto a ella vemos la Fuente de los Mascarones, diseñada, al igual que la puerta, por Sabatini. La fuente desapareció. Al fondo, se aprecia la fachada occidental del Palacio Real.

Esta puerta, una más de entrada a Madrid, fue encargada en 1726 por el entonces corregidor de la Villa, el Marqués de Vadillo, quien encargó a Pedro de Ribera una puerta monumental que sustituyera a otra que existía de menor tamaño. La nueva puerta constaba de tres arcos y estaba adornada por la estatua de San Vicente, por lo que recibió dicho nombre, aunque también fue conocida como puerta de La Florida.

La puerta fue derribada en 1770, debido a la reordenación de esta zona. Poco después, Carlos III encargó a Sabatini la construcción de una nueva puerta para sustituir a la anterior y constituir la entrada a la ciudad desde el nuevo paseo de La Florida. Las obras terminaron en 1775. La nueva puerta, construida en granito y piedra caliza de Colmenar, se encontraba en la ubicación actual y constaba de un arco y dos postigos. En 1890 la puerta fue desmontada para reordenar nuevamente el tráfico en la zona. Y no sería hasta 1990 cuando el Ayuntamiento de Madrid, con José María Álvarez del Manzano como alcalde, decide colocar una réplica de la puerta en su sitio original. El 25 de abril de 1995 fue reinaugurada.

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Por su parte, la desaparecida Fuente de los Mascarones, a la derecha del cuadro, como hemos dicho, fue diseñada por Francisco Sabatini y decorada con esculturas de Francisco Gutiérrez. Constaba de un cuerpo central y en cada uno de sus cuatro frentes tenía un mascarón simbolizando un río, vertiendo el agua en una concha y desde ella, en un pilón. La fuente estaba coronada por un niño montado sobre un delfín que arrojaba agua por su boca. La fuente fue retirada en 1871 al ser construido en su lugar el Asilo de Lavanderas, un establecimiento donde las mujeres dejaban a su hijos mientras lavaban las ropas en el Río Manzanares, el cual fue destruido durante la guerra civil.

La reina Isabel II y su esposo visitando el monumento del Jueves Santo en la iglesia de Santa María   Ramón Soldevila y Trepat

En este cuadro, Isabel II y su esposo, Francisco de Asís, aparecen seguidos del gobierno y escoltados por alabarderos entrando en la desaparecida iglesia de Santa María. Se observa al general Narváez entre ellos, mientras el pueblo observa desde sus balcones. Esta iglesia se encontraba ubicada al final de la calle Mayor y era la iglesia donde se celebraban los actos oficiales de la Casa Real, entre ellos, la visita de la Reina en el jueves Santo. La iglesia fue demolida en 1868.

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Ramón Soldevila nació en Barcelona en 1828 y murió en Madrid en 1873. Ya desde niño mostró aptitudes por la pintura, lo que le llevó a matricularse en la Academia de San Fernando. Tras ser profesor de pintura en Valencia, en 1861 pidió ser trasladado a Madrid, donde obtuvo plaza de profesor en la Escuela de Bellas Artes.

Episodio de la Revolución de 1854 en la Puerta del Sol   Eugenio Lucas

Este cuadro es todo un testimonio de los sucesos acontecidos la noche del 17 al 18 de julio de 1854 en la Puerta del Sol, durante la Revolución Liberal. La escena es de un dramatismo, acorde con los acontecimientos descritos. La noche, iluminada con las llamas y la luz de la luna en el cielo, con la multitud agitando sus banderas rojas y antorchas, las cuales sirven, además, para alimentar la gran hoguera que ilumina la fachada de la Casa de Correos.

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La Revolución de 1854, también conocida con el nombre de Vicalvarada se inicia con el enfrentamiento entre las tropas sublevadas al mando del general Leopoldo O`Donnell y las tropas gubernamentales entre el 28 de junio y el 28 de julio de 1854 durante el reinado de Isabel II. Era el final de la Década Moderada y el inicio del Bienio Progresista.

Paso de general Prim bajo el arco triunfal levantado en la calle Alcalá tras la Revolución de septiembre de 1868

El 18 de septiembre de 1868 los generales Prim y Serrano, con la ayuda del almirante Topete se sublevaron contra la reina Isabel II. Al pronunciamiento de Topete en Cádiz se le unieron rápidamente sublevaciones populares en diversas zonas del país y, en menos de diez semanas, obligaron a la reina Isabel II a abandonar España y huir a Francia junto a su hijo, el futuro rey Alfonso XII. Era el triunfo de la llamada Revolución Gloriosa.

El 12 de septiembre de 1868 Prim embarca en Londres en el vapor Buenaventura, y llega a Gibraltar, desde donde se dirige a Cádiz a encontrarse con Topete e iniciar el pronunciamiento. Se forma una junta bajo la presidencia de Topete, con unionistas, progresistas y demócratas en forma paritaria. Luego Prim avanza por la costa mediterránea y extiende la sublevación. El día 3 de octubre llega a Barcelona, donde es recibido con todos los honores. De Barcelona pasó a Reus, su ciudad natal, y de allí a Madrid donde hizo una entrada triunfal como la que muestra el cuadro nunca antes vista.

Junto a la travesía mediterránea de Prim y su paso por Reus, la importancia simbólica de Madrid, final exitoso de este viaje. En Madrid, desde el triunfo en Alcolea, el levantamiento había sido muy apoyado y se había iniciado el cambio de nombres de algunas calles. Así, por ejemplo, la plaza de Santa Fe fue sustituido por el de Plaza de Topete y la plaza de Isabel II recibió el nombre de plaza de Prim, mientras que la de Oriente se convirtió en la de la Marina, y la de Herradores, de Serrano. Prim era tan popular que su nombre fue dado a varias calles de la capital, con la confusión correspondiente.

Prim preparó minuciosamente su llegada a Madrid. Desde Reus se dirigió a Tarragona y de allí a Lérida para tomar el ferrocarril hasta la capital. Durante el trayecto tuvo que detenerse en todas las estaciones para recibir el saludo de los habitantes de los pueblos y ciudades que atravesaba. Finalmente, a las 3 de la tarde del 7 de octubre llegó a la estación de Vallecas, entonces municipio separado de Madrid, y allí tuvo un recibimiento multitudinario, lo que obligó a Prim a desplazarse a caballo hasta la puerta de Atocha. Una vez allí, se organizó el cortejo oficial, que atravesó las calles adornadas, igual que en el resto de localidades, con colgaduras y cuadros que representaban a los protagonistas de la Revolución. Benito Pérez Galdón referirá en sus “Episodios Nacionales “ el ambiente de euforia con el que Prim era recibido en Madrid durante los días 7 y 8 de octubre, repletos de entusiasmo popular: Los relatos de lo sucedido en aquellos días que publicaron los diarios aportan descripciones bastante similares. Las crónicas destacaban, y a veces exageraban, sobre la gran cantidad de personas que acudían para recibir al héroe Prim. Arcos del triunfo y calles engalanadas llenaban las calles de la capital, e incluso se abrió una suscripción voluntaria por parte de los comerciantes de Madrid para cubrir parte de los gastos. Coronas y ramos de flores cubrían las calles y bandas de música interpretaban marchas militares.

Prim respondía a todo con vivas a la libertad, a la soberanía nacional, a Serrano y a Topete. Un carruaje, representando un barco, precedía al general, y desde él se soltaban palomas y se lanzaban flores al público. La comitiva entraba por la Puerta de Alcalá, paseo del Prado y calle de Alcalá hacia el antiguo Ministerio de la Gobernación, en la Puerta del Sol, donde se encontraba la Junta Revolucionaria. Desde el balcón, Prim se dirigió al pueblo y, tras su discurso, se abrazó al general Serrano ante todos los presentes. Un abrazo con gran simbolismo, puesto que Serrano fue recibido tres días antes con un gentío bastante menos numeroso en las calles, a pesar de que el general había vencido en la decisiva batalla del puente de Alcolea el día 28. Serrano había triunfado en Alcolea; pero era Prim quien recogía los honores y el homenaje de las muchedumbres de Barcelona y de Madrid. La “usurpación” por parte de Prim de los logros de Serrano llegó hasta el punto de que se popularizó una copla que decía: “En el puente de Alcolea, la batalla ganó Prim, por eso le cantamos en las calles de Madrid”. Por ello, el abrazo entre Prim y Serrano en la Puerta del Sol demostraba el vínculo entre ambos, algo que beneficiaba especialmente a Serrano. Entre ambos había una rivalidad, hasta el punto de que Serrano o llegó a sospechar que la comitiva que acudió a recibirlo en Córdoba, tras la batalla de Alcolea, tenía el objetivo de retenerlo y retrasar su llegada a Madrid con el fin de que Prim entrase antes a la capital y acaparase un recibimiento que hiciese sombra al suyo. Prim, sin embargo, pidió a los suyos que el general fuera recibido en Madrid con el mayor de los honores.

El cuadro, anónimo, muestra el entusiasmo con el que fue recibido Prim en las calles de Madrid y el ambiente festivo en torno a su figura.

Isabel II jurando la constitución. Jose Castelaro

En el hemiciclo del Senado, bajo un gran dosel rojo, la reina Isabel II presta juramento a la Constitución de 1837 al alcanzar su mayoría de edad en 1843. Asisten al acto numeroso público desde las tribunas y personalidades en la parte baja, algunas identificables, como el personaje que habla con el cardenal, a la izquierda, que parece ser el general Narváez.

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José Castelaro y Perea fue un pintor cuya obra se basó temas de historia, costumbristas y religiosos. El presente cuadro nos muestra el Senado y, bajo un gran dosel rojo, la reina Isabel II presta juramento a la Constitución de 1837 al alcanzar su mayoría de edad en 1843. Asisten al acto numeroso público personalidades, como la que habla con el cardenal, a la izquierda, que parece ser el general Narváez. Isabel II se ve obligada a adelantar su mayoría de edad para evitar nombrar a un tercer regente y jura la Constitución ya como Reina con tan sólo trece años.

La escena presenta a la joven reina en el momento de jurar la Constitución que tiene delante, mientras apoya su mano en la Biblia. El cardenal situado a su derecha representa a la jerarquía eclesiástica. A la derecha de la imagen, podemos encontrar la corona y el crucifijo, que representan la unión entre la religión y la Corona.

La Puerta de Alcalá vista desde La Cibeles. Ginés Andrés de Aguirre

La fuente de Cibeles es uno de los símbolos de la capital de España junto con la Puerta de Alcalá, separadas por apenas unos centenares de metros y divisándose desde las distancia. La diosa Cibeles preside la plaza más importante de la capital, hasta el punto que se llamó durante un tiempo plaza de Madrid, para después llamarse plaza de Castelar, hasta que, tras la guerra civil, adoptó el nombre de la diosa. Uno de sus hijos, Neptuno, dios del mar, se encuentra en el Paseo del Prado, también a muy poca distancia de la diosa en línea recta. Entre ambos se encuentra el dios Apolo, dios del fuego y de las artes. Todas ellas ennoblecen y embellecen el Salón del Prado.

Del carro de Cibeles tiran dos leones, en realidad un león y una leona, llamados Atalanta e Hipómenes. Atalanta estaba destinada a la virginidad, pero rompió su destino Hipómenes, nieto de Apolo, y la poseyó en un templo donde se veneraba a Cibeles. Como castigo de Cibeles, convirtió a ambos en leones y los condenó a tirar de su carro para toda la eternidad, y además a no poder ni mirarse a la cara. Sobre la cabeza de Cibeles hay una corona almenada que recuerda un castillo, que junto con los leones, forman el escudo de Castilla y León, un diseño de Ventura Rodríguez, para representar al Estado español. La mitología señala a la diosa como protectora de las ciudades y lleva en su mano izquierda una llave que abre el cofre de la prosperidad de la ciudad.

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La fuente de la Cibeles fue una de las obras que Carlos III hizo en Madrid. Puso en marcha para ello el llamado “Salón Del Prado”, encargando el proyecto a José de Hermosilla, quien convirtió las antiguas huertas en un paseo de grandes arboledas y del que emergían tres artísticas fuentes diseñadas por Ventura Rodríguez.

La Cibeles fue ubicada originalmente frente al Palacio de Buenavista, en el inicio del Paseo de Recoletos. Se trataba de una fuente de uso público y en ella abrevaban los animales, mientras los madrileños utilizaban el agua de dos antiguos surtidores que fueron reemplazados por un grifo y un oso, sustituidos posteriormente por dos amorcillos sujetan un ánfora con el nuevo surtidor. Posteriormente, la fuente fue trasladada al centro de la plaza y perdió el uso de fuente pública, para ser puramente ornamental.

Milagro de la Virgen de Atocha en las obras de construcción de la Casa de la Villa. Anónimo

El cuadro representa la protección de la Virgen durante las obras de construcción de la Casa de la Villa. Su imagen aparece en el punto más alto del cuadro y está rodeada de ángeles. La escena se completa con los personajes que forman parte de la misma, trabajadores, caballeros, mendigos y aguadores todos ellos alrededor de la fuente que antiguamente se levantaba en su centro. Incluso se contempla, en la parte inferior del cuadro, a un caballero atacado por otros y, en primer plano, a un caballero arrodillado y en señal de respeto hacia la Virgen.

Originalmente, la plaza de la Villa era conocida como plaza de San Salvador, por su cercanía a la iglesia del mismo nombre situada en la calle Mayor, en cuyo pórtico se realizaban las sesiones del Ayuntamiento. Tal y como aparece en el cuadro, en la plaza existía una fuente, conocida como la de El Salvador, que fue la primera gran fuente ornamental construida en 1621 por el Concejo de la Villa en tiempos de Felipe II. También era conocida como fuente de los Leones.

La fuente estaba decorada con numerosos motivos ornamentales, tales como escudos y mascarones, coronada por una mujer vestida con ropas militares, con un escudo y un estandarte en una de sus manos, tal vez representando a la diosa Minerva. Esta figura llegó desde Italia junto con la Mariblanca y la de Diana Cazadora. La Mariblanca fue ubicada en la Puerta del Sol y Diana en la Puerta Cerrada.

A mediados del siglo XVIII, la Fuente de la Villa se encontraba muy deteriorada y la Junta de Fuentes acordó su sustitución por una nueva, que fue encomendada a Juan Bautista Sachetti uno de los arquitectos del Palacio Real, en su condición de Maestro Mayor de Obras de la Villa y Corte. La nueva fuente se inauguró en 1754 y estaba compuesta por cuatro leones de piedras en su base, razón por la cual se conoció como fuente de Los Leones. Esta fuente fue derribada den el siglo XIX.

Vista del Palacio Real de Madrid. Genaro Pérez Villamil y Duguet

Genaro Pérez Villamil es el máximo representante del paisajismo romántico español. Nacido en Galicia, muy joven se traslada a vivir a Madrid. En 1823, ante la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, se incorpora al ejército del Gobierno liberal, y es herido y trasladado a Cádiz como prisionero de guerra, durante siete años. Tras una estancia en Puerto Rico, regresa a Madrid en plena época romántica, cuyos principios aplicará en todos sus cuadros. En 1835 es nombrado académico de la Real Academia de San Fernando y en 1840, bajo la regencia de Espartero, inicia un viaje por varios países de Europa, donde irá difundiendo su obra y adquiriendo nuevos conocimientos.

Tras la caída de Espartero en.1844, regresa a Madrid y es nombrado caballero de la Orden de Carlos III. Su espíritu romántico impregna sus paisajes, envueltos en una atmósfera crepuscular y poblados de personajes populares. Importantes obras suyas se conservan también en el palacio de la Moncloa, Museo Romántico de Madrid y Museo de Bellas Artes de Buenos Aires. El cuadro que nos ocupa es un buen ejemplo de su estilo. Un Palacio Real envuelto en una atmósfera ecléctica, pero significando todos sus detalles arquitectónicos. A su alrededor, personajes que deambulan o descansan a su alrededor. Se observa el solar hoy ocupado por los Jardines de Sabatini, completamente vacío.

Paseo de las Delicias. Francisco Bayeu

Francisco Bayeu nos muestra en su cuadro el ambiente popular de finales del siglo XVIII de este paseo que unía el río Manzanares con la puerta de Atocha. El Paseo de las Delicias se convertiría en uno de los más frecuentados de la ciudad. Su ambiente era más popular que el del Salón del Prado, que era visitado por los nobles y clases más altas, pero similar en cuanto a la relación que había en él.

Según la descripción de la época, el camino se iniciaba desde la puerta de Atocha, donde existían dos fuentes para que el ganado abrevara, y continuaba hasta llegar a una plazuela que se bifurcaba en tres direcciones: el mencionado paseo de las Delicias que llevaba hasta puente de Santa Isabel sobre el Canal del Manzanares; el de Santa María de la Cabeza, que llevaba hasta el Embarcadero. Ambos paseos estaban adornados con varias filas de árboles; y la Ronda de la Cerca iba desde la Puerta de Atocha hasta la Puerta de Toledo.

Bayeu pinto este cuadro como un boceto preparatorio para el rey, para un tapiz destinado al cuarto de los príncipes de Asturias, en el Palacio de El Pardo, que pintó su hermano Ramón Bayeu.

Teodora Lamadrid. Federico de Madrazo

Teodora Hervella Cano, cuyo nombre artístico fue Teodora Lamadrid, nació en Zaragoza el 26 de noviembre de 1820 y falleció en Madrid el 21 de abril de 1896, alcanza una gran fama como actriz de teatro romántico de su época. Su carrera artística fue larga y fecunda e interpretó importantes obras, tanto de teatro clásico, en prosa y en verso, como en teatro lírico, en zarzuelas e incluso en óperas. Teodora comenzó su carrera de actriz a la edad de ocho años. Con doce años se traslada a Madrid contratada, junto a su hermana, para trabajar en el teatro Príncipe.

Su papel más importante fue la interpretación de Adriana Lecouvreur, con cuyo vestido aparece en el cuadro, y supuso su consagración definitiva como actriz. Locura de amor, Don Juan Tenorio, La villana de Vallecas, Los Amantes de Teruel, El desdén con el desdén, etc. fueron otros grandes éxitos de su carrera.

El cuadro de Federico de Madrazo es una copia, cuyo original, pintado por él mismo, se conserva en Nueva York. Teodora Lamadrid aparece sobre el escenario de cuerpo tras interpretar a Adriana Lecouvreur, mientras saluda al público. Existe otro cuadro, copia de este, pintado por Manuel Cabral y Aguado Bejarano, que se encuentra en el Museo Romántico. Curiosamente, esta copia incluye las flores que el público le está arrojando en reconocimiento por su actuación. En este cuadro de Madrazo, sin embargo, no aparecen las mencionadas flores.

El jardín público llamado “El Paraíso” en noche de baile. Rafael Botella

El Madrid de Isabel II se caracterizó por dos circunstancias: la crisis económica y la gran afición por el ocio y  la diversión, siendo compatibles ambas. La antigua villa era ya una gran urbe que contaba con jardines públicos donde el ocio corría desenfrenado. Los teatros se convirtieron el el principal foco de atracción: el Tívoli, situado donde el actual hotel Ritz; el Jardín de las Delicias, en Recoletos, cerca de donde se construyó después el Circo Price; y el Apolo, en la calle Fuencarral, en Malasaña. Pero no era suficiente y las noches estivales parecían invitar a nuevas formas de entretenimiento para la sociedad madrileña.

Mediado el siglo XIX se elaboró un proyecto de unos jardines de recreo, cuyo nombre sería los Campos Elíseos. El Ayuntamiento de Madrid autorizó la obra, a pesar de que el proyecto se situaba en una zona en la que estaba previsto en nuevo ensanche de la ciudad y promovida por el marqués de Salamanca.

Finalmente, se construyeron los Campos Elíseos, cuyos límites eran las actuales calles Alcalá, Velázquez, Goya y Castelló. Su inauguración, el 18 de junio de 1864, fue todo un acontecimiento en Madrid. Todo había transcurrido muy deprisa y eso se notaba en las instalaciones, pero era un sitio agradable, suficiente para las calurosas noches de estío.

Para la inauguración, se eligió el estreno de la obra “Giselle”, de Gautier, en el teatro construido para tal fin, al que se le dio el nombre de Rossini. Unos días después se estrenó “Guillermo Tell”, de Rossini. El teatro era espectacular, con un patio amplio y con cuatro pisos de altura. Este teatro llegó a competir, tanto en precio como en espectáculos con el  Teatro Real, al que sustituía en la temporada de verano. Pero no solo de opera vivía el ocio de los Campos Elíseos. El parque contaba con otras atracciones, como una plaza de toros, una montaña rusa construida de mampostería y maderos, y que rodeaba el coso. También tenía una casa de baños, atracciones de tiro de pistola, sala de billar, columpios, fonda, café y ría, por donde navegaba un vapor y cinco falúas. La entrada a los jardines costaba 2 reales hasta las cinco de la tarde y 4 desde esta hora en adelante. Para llegar allí existía un ómnibus que salía desde la Puerta del Sol, a real por asiento.

Según cuentan, en la primavera de 1865 la empresa llevó al parque un elefante que, en la plaza de toros, se enfrentó a dos toros de lidia. Un día, el elefante se escapó del recinto y salió hacia la carretera de Alcalá, provocando el desconcierto y pánico de todos. Finalmente pudo de ser sosegado por el domador, quien logró sujetarlo y llevarlo de vuelta al parque.

Poco a poco, la actividad del parque fue decayendo y siguió funcionando hasta finales de 1880, fecha en la que expiraba el periodo de contrato de 15 años, y con la ampliación de la ciudad ya preparada.

Antes de la construcción de los Campos Elíseos, existió en ese mismo lugar un baile al aire libre, conocido como “El Paraíso”, entre la calle de Alcalá y la de Hermosilla. El cuadro de Rafael Botella muestra el baile abarrotado por la gente que charlan, pasean y bailan entre los arcos y banderolas que lo adornaban, iluminado por la luz de los faroles y de la luna, que asoma entre nubes. Al fondo, bajo un árbol, está situado el quiosco donde toca la orquesta.

San Isidro en oración. Bartolomé González

Terminamos esta colección con este cuadro del Patrón de Madrid. El pintor vallisoletano, Bartolomé González y Serrano fue un pintor barroco español, especializado en retratos. Una vez llegado a Madrid, desde 1617 ocupó el cargo de pintor de Felipe III, sustituyendo a Fabricio Castelo, padre de Félix Castelo. Hasta la muerte del rey pintó noventa y un retratos de la familia real. Muchos de ellos copias de obras ajenas. Aquí nos muestra a un santo en pleno éxtasis de la oración en el huerto de su amor, ya que en el horizonte se identifica el viejo alcázar de Madrid.  También aparece uno de sus milagros, en el que unos ángeles hacen su trabajo mientras él ora.

La leyenda sobre el santo dice que San Isidro nació en Madrid en torno a 1082 y murió, también en Madrid, en 1172. Tuvo. Su nombre real era Isidro de Merlo y Quintana y nació en el seno de una familia muy humilde, estando al servicio de varios amos como labrador hasta que tuvo que huir debido a la llegada de los musulmanes, refugiándose en la villa madrileña de Torrelaguna, donde contraería matrimonio con María, natural de Uceda, quien será conocida como Santa María de la Cabeza. Tras el matrimonio, Isidro y María se trasladan a vivir a Talamanca del Jarama, donde él se dedicará a administrar la hacienda de don Juan de Vargas, un noble de Madrid. Pasado un tiempo, vuelven a Madrid. El matrimonio decide evitar todo contacto carnal y vivir en santidad, por lo que él se queda en Madrid y ella se marcha a Carazquiz.  Una despedida definitiva, pues sólo se volvieron a encontrar cuando el santo estaba próximo la muerte. Un ángel alertó a María, quien corrió a encontrarse con su marido en el lecho de muerte. San Isidro fue enterrado en el cementerio de la parroquia de san Andrés y, varias décadas después de su fallecimiento, por insistencia del pueblo, que seguía hablando de sus milagros, se decidió exhumar el cadáver, que se encontraba incorrupto y así se conserva hoy día. La beatificación del santo tuvo lugar en 1619 y su canonización en 1622, coincidiendo con la de Ignacio de Loyola, Felipe Neri y Teresa de Jesús. 

La vida de San isidro fue muy sencilla, pero no así su leyenda, plagada de varios milagros que le hicieron merecedor de todo lo que ha acontecido en torno a su figura. El primero de ellos es el que cuenta que san Isidro era ayudado en sus tareas de labrador por unos ángeles que empujaban el arado mientras él se dedicaba a la oración, tal y como aparece en el cuadro. El segundo de los milagros es que cuenta que si hijo, Illán cayó en un pozo mientras su madre se dedicaba a las tareas de su casa. Cuando San Isidro regresó de su trabajo en el campo, rezó a la Virgen de la Almudena pidiendo ayuda y las aguas del pozo comenzaron a subir hasta que el niño pudo ser rescatado. Otro de los milagros es el que cuenta como, ante una pertinaz sequía que se sufría en Madrid y estando los campos de su amo totalmente secos, golpeó con su vara el suelo y, de inmediato, empezó a manar agua en abundancia. Sobre ese lugar, hoy existe la boca del manantial que san Isidro abrió y, junto a ella, la ermita de San isidro.