Ibiza, una de piratas

Ibiza, conocida como la “isla blanca” por las níveo “skyline” formado por las casas e iglesias encaladas, ha sido un enclave estratégico en las rutas comerciales de la antigüedad. Destino de piratas y corsarios, ha sido tierra de conquista y desembarcos a lo largo de su historia, pero especialmente a partir de la conquista cristiana, cuando  cristianos del Reino de Aragón, a las órdenes de Jaime I el Conquistador, expulsan a los musulmanes de Madina Yabisa.

Puerto de Ibiza. Foto: Juan A. Padilla
Puerto de Ibiza. Foto: Juan A. Padilla

A partir de entonces, la perla del Mediterráneo, como también era conocida Ibiza, se convierte en objetivo para los piratas árabes, que aprovechaban la escasa o capacidad defensiva de los nativos, obligados a ocultarse hasta que aquellos abandonaban la isla tras saquearla. Los pitiusos eran un pueblo atemorizado y  en permanente sensación de peligro, lo que les obligó a la construcción de murallas defensivas y de vigilancia que no impedían los saqueos, aunque  servían para alertar a la población con tiempo suficiente para ponerse a salvo. Buena parte de los monumentos que hoy podemos admirar en la isla están relacionados con los tiempos de los piratas. El mejor ejemplo de ello es el obelisco dedicado a los corsarios ibicencos, obra del arquitecto catalán Augusto Font que se levanta en el puerto de Ibiza. Levantado en el año 1906, coincidiendo con el centenario de la captura del buque con bandera gibraltareña Felicity por parte de la goleta ibicenca San Antonio y Santa Isabel, comandada por Antoni Riquer, a pesar de que la nave extranjera, bajo pabellón británico, era muy superior en armas y hombres. Conviene matizar que, aunque solemos relacionar la palabra “corsario” con “pirata”, ambas palabras no tienen el mismo significado. En realidad, “corsario” era aquel que tenía “patente de corso”, es decir, un permiso de la Corona para atacar a todo aquel barco que navegara bajo bandera enemiga, debiendo entregar a cambio a la Hacienda Real la quinta parte del botín obtenido. Por tanto nada tenían que ver con los piratas. Eso sí, no podían atacar a las embarcaciones cristianas, fueran del país que fueran.

Obelisco. Foto: Juan A. Padilla
Obelisco. Foto: Juan A. Padilla

El monumento recuerda a todos los marineros que, especialmente en la Edad Media, defendieron a la isla con escasas armas, pero con un arma de gran efectividad: los “frascos de fuego”, vasijas que llenaban de pólvora y lanzaban a los buques enemigos, consiguiendo derrotar a navíos mucho más grandes y con artillería de superior calibre. En aquella época, el puerto de Ibiza representaba un punto estratégico en el comercio del Mediterráneo y las embarcaciones pitiusas comerciaban con los principales puertos mediterráneos, tanto de la Península Ibérica como de la costa francesa e italiana e incluso hasta tierras gallegas. Los piratas no sólo arrasaban aldeas y campos, sino que abordaban en el mar a las embarcaciones que partían de Ibiza cargadas con los productos con los que comerciaban: aceite de oliva, sal, higos y almendras. Para evitarlo, en el siglo XIV las naves ibicencas, financiadas por los comerciantes locales, protegían las rutas comerciales y atacaban las embarcaciones piratas. Las naves pitiusas navegaban con la autorización de la Corona y tenían derecho a atacar cualquier embarcación y puerto enemigo. De esa manera, las naves ibicencas se hicieron respetar en todo el Mediterráneo. Los corsarios ibicencos navegaban en pequeñas embarcaciones, llamadas jabeques, y eran famosos por su temeridad. Cuando se encontraban con una nave pirata enemiga, arrojaban las vasijas de fuego rellenas de pólvora y se hacían con su carga. Daba lo mismo si era una nave británica, turca o berberisca. Así, los ibicencos pasaron de ser esclavos a capturar a los náufragos de las embarcaciones enemigas a los que utilizaban en las salinas.

En la mañana del 1 de junio de 1806, el bergantín Felicity, bajo bandera del Reino Unido, apareció en el horizonte ibicenco a toda vela y se puso amenazadoramente ante su costa, con la proa apuntando hacia las murallas de la ciudad. De inmediato, las campanas de la iglesia de Santa María, en el punto más alto de la Dalt Vila, suenan llamando a socorro. Todos acuden a su llamada y contemplan como aquel buque se acerca amenazando a las murallas de la ciudad. Su capitán, llamado “El Papa” era temido por su ferocidad. La bandera roja de combate que lucía dejaba a las claras sus intenciones: atacar la isla.

Mientras, en el puerto se encontraba el jabeque San Antonio y Santa Isabel, propiedad del corsario local Antonio Riquer. Era una mañana con total ausencia de viento, por lo que Riquer llamó inmediatamente a sus hombres y prepararon una buena cantidad de “frascos de fuego”, armas de fuego y ganchos de abordaje.  De inmediato, se dirigieron  remando hacia el navío atacante, más grande y dotado de artillería muy superior. Para un navío de esas dimensiones, la ausencia de viento era un problema muy importante por su escasa capacidad de maniobra. Le fue imposible ponerse en posición para poder disparar al jabeque. Desde este, se lanzaron los “frascos de fuego” provocando un incendio en la Felicity. Sus tripulantes se lanzaron al mar para ponerse a salvo del fuego, por lo que los ibicencos abordaron el bergantín y se enfrentaron a los escasos hombres que se habían quedado para apagarlo. Desde las murallas, la asombrada población local contemplaba como aquel grupo de marineros locales conquistaba aquel enorme barco y lo remolcaba hasta el puerto.

La triunfal entrada del “San Antonio y Santa Isabel” se hizo en medio de una indescriptible emoción y júbilo por la victoria. Primero se desembarcó a los heridos graves y luego a los corsarios muertos, entre ellos el propio padre de Antonio Riquer. Los tripulantes de la fragata “Felicity” fueron condenados a trabajos forzados en la ciudad de Palma durante el tiempo que duró la guerra con Inglaterra, bajo el delito de piratería y de acuerdo con las leyes entonces vigentes.

Aquella hazaña hizo que Antonio Riquer fuera nombrado capitán de fragata de la Real Armada Española. Apenas quince días después, Riquer puso en fuga a otro bergantín inglés en las aguas de la Isla de Tabarca, frente a la costa de Santa Pola. A los cuarenta años de su más famosa hazaña, y a los setenta de su edad, falleció en Ibiza olvidado y pobre. Hoy, el monumento recuerda a aquellos hombres que con su bravura defendieron la isla y se hicieron respetar en todo el Mediterráneo.

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