PUEBLOS DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA

INTRODUCCIÓN

Al analizar los pueblos y ciudades relacionados con la inmortal obra de Cervantes, existen, como en toda su vida y obra, muchas dificultades para establecer con rigor una completa relación de las distintas rutas seguidas por el caballero andante. Evidentemente, Cervantes no pretendía en su obra establecer una especie de mapa turístico ni algo similar al “Viaje a la Alcarria” de Camilo José Cela. Por si fuera poco, las incógnitas que envolvieron la vida y obra de Cervantes formaron parte también de su inmortal obra. Pese a todo, se han hecho investigaciones que han permitido crear varios itinerarios y rutas quijotescas que nos permiten, con bastante exactitud, seguir los pasos de Rocinante a través de La Mancha.

Ya hemos visto que los problemas para conocer en profundidad la biografía de Cervantes surgen desde el propio lugar de nacimiento. Alcalá de Henares y Alcázar de San Juan siguen disputándose hoy en día la legítima cuna del autor de El Quijote, casi medio milenio después de su nacimiento, aunque está bastante más y mejor documentada la opción madrileña.

En cuanto a los lugares donde tuvieron lugar las extraordinarias aventuras del caballero, la cuestión principal sigue afectando al inicio mismo de la novela, esto es, el lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse nuestro protagonista, lo que ha provocado que muchos pueblos y villas se autoproclamen cuna de Don Quijote, o que quieran incluirse en el mítico camino. La novela es, en esto, voluntariamente imprecisa.

La mayoría de las investigaciones especulan en profundidad sobre las posibles rutas que don Quijote y Sancho siguieron en sus aventuras se inician desde el comienzo mismo de ellas, y a partir de aquí se localizan ventas, molinos y caminos que justifiquen las hipótesis que se plantean, especialmente porque los hechos descritos en el libro corresponden a mapas del siglo XVI y XVII, lo que dificulta su localización. Apenas en la novela aparecen unos cuantos lugares descritos con total precisión y definidos, tales como Tembleque, Puerto Lápice, Quintanar, El Toboso, las Lagunas de Ruidera y los versos de los académicos de la Argamasilla. Empecemos por el inicio mismo, por el lugar del inicio de la novela, aquel que nuestro hidalgo no quiso acordarse.

Recientemente, a la lista de estas localidades se ha sumado Villanueva de los Infantes, gracias a un estudio publicado en 2005 por un equipo de la Universidad Complutense de Madrid. Estos se basan en que el personaje conocido en la obra como el Caballero del Verde Gabán (cap. del 16 al 18 de la Segunda Parte), corresponde a Rodrigo de Miranda, vecino de Villanueva de los Infantes. Además, Cervantes describe el Campo de Montiel en varios momentos de la novela, muy cercano a Villanueva. Así en el Capítulo II de la Primera Parte, Don Quijote “comenzó a caminar por el antiguo y conocido Campo de Montiel y era verdad que por él caminaba”, o en el Capítulo VII, también de la primera parte, donde leemos “acertó don Quijote a tomar la misma derrota, y camino, que él había tomado en su primer viaje, que fue por el Campo de Montiel”. Los detractores de esta teoría dicen, con bastante lógica, que el Campo de Montiel hace alusión a una comarca relacionada con los territorios de la Orden de Santiago situados al sur del Tajo en aquella época. Así, cuando Don Quijote se mueve “por el antiguo y conocido Campo de Montiel y era verdad que por él caminaba” se refiere a que caminaba, por La Mancha.

Pero sigamos nuestro camino. La toledana Esquivias, situada en la comarca de La Sagra, y limítrofe con Madrid, también reivindica ser punto de partida de las andanzas de Don Quijote. Sus argumentos son diversos. Por un lado, la relación del propio Miguel de Cervantes con esta localidad al llegar a Esquivias en 1584 para entrevistarse con Juana Gaitán, viuda de su amigo el poeta Pedro Laínez y donde conoció a la que sería su esposa Catalina de Salazar y Palacios, con la que se casaría unos meses después en la Iglesia Parroquial de esta localidad. Aquí Cervantes conoció a distintos vecinos que luego le sirvieron como modelo para reflejar algunos personajes del Quijote, personas de carne y hueso como Diego Ricote, el bachiller Sansón Carrasco, el Vizcaíno, Juana Gutiérrez, Mari Gutiérrez y Teresa Cascajo, los cuales aparecen en los libros parroquiales. Además, en los siglos XII y XIII, en la documentación donde se hace referencia a Esquivias, en la mayoría de las veces se le denomina como Lugar de Esquivias o como Lugar simplemente, lo que corroboraría los de “Lugar de la Mancha”.

Pero sigamos. La toledana Urda, cercana a Consuegra, también pide para si el lugar de inicio. Veamos sus argumentos. Dicen que a don Quijote le daba el sol en la cara en su primera salida en un día de los calurosos del mes de julio dirigiéndose a Puerto Lapice, eso indica una procedencia del oeste y a una distancia de unos 40 Km., justo donde está Urda. En la segunda salida, esta vez con Sancho Panza, recorre el mismo camino, se encuentra con unos molinos de viento, los de la mencionada Consuegra, a unos 10 o 15 Km. del lugar de partida. Esto en cuanto a los argumentos geográficos. En los literarios, el libro hace referencia a la maga Urganda. Cuando don Quijote llega molido a palos a su aldea tras su primera aventura pide al ama que mande llamar a la maga Urganda, que con sus famoso ungüentos curaba cualquier mal, y poco después el ama le dice que no se necesita a esa Urgada, jugando con el nombre de la maga: —Ténganse todos, que vengo malferido, por la culpa de mi caballo. Llévenme a mi lecho, y llámese, si fuere posible, a la sabia Urganda, que cure y cate de mis feridas. —¡Mirá, en hora maza—dijo a este punto el ama—, si me decía a mí bien mi corazón del pie que cojeaba mi señor! Suba vuestra merced en buen hora, que, sin que venga esa hurgada, le sabremos aquí curar. ¡Malditos, digo, sean otra vez y otras ciento estos libros de caballerías, que tal han parado a vuestra merced!”.

Llegamos a Quintanar de la Orden, cuya teoría sobre el inicio del libro se basa en que la venta donde fue nombrado caballero Don Quijote sería la Venta de Manjavacas, Esta venta existente en el siglo XVI se encontraba a unos 30 km de Quintanar de la Orden, y estaba situada dentro del término de la villa de Mota del Cuervo. Además, a lo largo de la novela hace mención de un personaje natural de esta localidad “que es Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar” (I P, Cap IV). Por otra parte, la proximidad de los molinos de Campo de Criptana, la corta distancia a El Toboso, la cuna de Dulcinea, y que Quintanar sea uno de los pocos lugares citados con precisión en la obra son argumentos para la defensa de la teoría de que esta localidad fuese la cuna de Alonso Quijano.

El origen de la teoría que considera a Argamasilla como cuna del Quijote es un estudio elaborado hacia 1765 apenas transcurrido 149 años desde la muerte de Cervantes, o 160 desde la primera edición del “Quijote”. Dicho estudio se consideró tan profundo y válido que la propia Real Academia Española de la Lengua, incluyó dicha Ruta en su edición corregida del Quijote, de 1780. Y en ella, se establecía que el “lugar de La Mancha” donde vivía Don Quijote era Argamasilla de Alba. Los argumentos en los que se basaba era que, en primer lugar, no hay que olvidar el hecho de que Cervantes comenzara a escribir en esta localidad su obra inmortal, en concreto en la denominada Cueva de Medrano. En segundo lugar, Fernández de Avellaneda, dedicó su Quijote apócrifo a los habitantes de Argamasilla, por ser la patria del caballero andante. Pese al intento de Cervantes de deslegitimar al Quijote de Avellaneda, nunca negó el origen que Avellaneda detalla. A estos argumentos se añade que el personaje en el que se basó Cervantes podría ser Rodríguez Pacheco, del cual podemos contemplar un cuadro exvoto donado por él en la Iglesia Parroquia de la localidad. Todo ello sin olvidar los versos que en la propia obra del Quijote, dedica Miguel de Cervantes a los académicos de la Argamasilla, lugar de la Mancha, en vida y muerte del valeroso don Quijote de la Mancha”, dándonos el nombre de algunos de ellos: El Paniaguado, el Caprichoso discretísimo, el Burlador, el Cachidiablo, el Tiquitoc. A comienzos del siglo XX, con motivo del III Centenario de la Primera Edición del Quijote, el famoso escritor José Ruiz, Azorín, dio por supuesto que el origen de dicha ruta es Argamasilla de Alba: “¿Qué hay en el ambiente de este pueblo –inquiría- que haya hecho posible el nacimiento y desarrollo, precisamente aquí, de esta extraña, amada y dolorosa figura?”.

Con La ruta de Don Quijote Azorín nos dejó un retrato de los pueblos y lugares manchegos que visitó: Argamasilla de Alba, Puerto Lápice, Ruidera, la cueva de Montesinos, Campo de Criptana, El Toboso y Alcázar de San Juan. La elección de Argamasilla de Alba como punto de partida, localidad a la que dedicó la mayor parte de sus crónicas no era casual y hay que comprenderla en el contexto de la época. Algunos veían en esta población el lugar de La Mancha del que Cervantes no quería acordarse en el inicio de su obra, debido a que la tradición oral sostenía que estuvo preso allí, en la llamada Cueva de Medrano. Se apostaba, incluso, a que fue entre aquellas paredes donde comenzó a escribir el Quijote. El escritor Juan Eugenio Hartzenbusch era uno de los que mantenían esta teoría, llegando a escribir que: “En este tenebroso encierro, en este angustioso cofre de cal y canto, concibió la fecunda mente de Cervantes la idea vastísima, triste alguna vez, regocijada siempre, de su Don Quijote. Desde aquí, rompiendo su imaginación portentosa las gruesas y toscas paredes que le aprisionaban, se espació por las dilatadas llanuras de la Mancha”.

Alcázar de San Juan reivindica el lugar de nacimiento de Miguel de Cervantes. Pues bien, algunos estudios también sitúan aquí la patria de Don Quijote. En primer lugar, la ya señalada en el caso de Villanueva de los Infantes. Alcázar pertenece al Campo de Montiel. La famosa Venta donde fue armado caballero se hallaría en la Venta de las Motillas de Pero Alonso (a unos 28 kilómetros de Alcázar de San Juan). El episodio de los molinos, sería en la vecina Campo de Criptana (como la tradición manifiesta), aunque saliendo de Alcázar de San Juan (en el inicio de la segunda salida), desde el punto de “Altomira” se podrían divisar los molinos de Alcázar, Herencia y la citada Criptana; “en esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en el campo”. Además se han encontrado referencias a personajes citados en la obra literaria, de los cuales se ha encontrado su partida de bautismos o documentos que los vinculan con la localidad alcazareña, como son el caso del Pedro Barba, Maritormes, Juan Palomeque “El Zurdo”, Ricote “El Morisco”, etc.

Una vez vistas las diferentes teorías sobre la cuna de Don Quijote y origen de sus aventuras, veamos ahora los diferentes pueblos y villas por las que el hidalgo caballero y su escudero pasearon en busca de sus aventuras.

Si nuestro hidalgo partiese de Alcázar, sería nombrado caballero en la Venta de las Motillas, cerca de Cinco Casas, y muy cerca de este lugar se desarrollaría la aventura de Andresillo y la aventura de los rebaños. En las denominadas Casas de Camacho, pertenecientes al término alcazareño, tendrían lugar las famosas bodas de Camacho, y la aventura del cuerpo muerto. En el camino viejo de Manzanares ocurriría la aventura de los yangüeses. La aventura del “carro cortes de la muerte” en el camino de Alcázar a Campo de Criptana. La aventura de los mercaderes toledanos, en el camino real media legua, entre Alcázar y Herencia. y la aparición de Clavileño sería en Alameda de Cervera.

Por el contrario, si partimos de que Don Quijote partió de Argamasilla, Puerto Lápice sería el lugar donde acudió el caballero para ser nombrado caballero en una venta de este lugar. En su segunda salida, tras el descabellado desenlace de la aventura de los molinos en Campo de Criptana nuestros personajes “ hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero” (I P, Cap VIII).

Tras recuperarse de las magulladuras que el caballero sufrió en la aventura e iniciar el camino, al poco Sancho avisó de que era hora de comer y así lo hicieron. Posteriormente siguieron la lenta marcha hasta que al llegar a unos árboles decidieron pasar la noche y, como Don Quijote rompió su lanza en el choque con los molinos, decidió aprovechar la presencia de esos árboles para restañar su arma. “En resolución, aquella noche la pasaron entre unos árboles, y del uno de ellos desgajó Don Quijote un ramo seco, que casi le podía servir de lanza, y puso en él el hierro que quitó de la que se le había quebrado”. Pasada la noche siguieron su camino a Puerto Lápice “y a hora de las tres del día le descubrieron”. Es decir, recorrieron los 35 kilómetros que separan las dos localidades en dos etapas. La primera duró una tarde y la segunda desde que se levantaron hasta las tres de la tarde. Viendo esto es fácil calcular que el grupo de árboles en los que pasaron la noche se encontraba a medio camino de la ruta que estaban realizando. Herencia se encuentra de los Molinos de Criptana a una distancia de 21 kilómetros y en la época donde suceden los hechos que narra Cervantes, la localidad herenciana se encontraba flanqueada en su salida hacia Alcázar por el paraje de la “Serna”, que en aquella época era un paraje en el que predominaban principalmente los álamos, Por esto, la tradición nos cuenta que en La Serna de Herencia, Don Quijote, se hiciese con la rama para confeccionarse una nueva lanza y que aprovechando su cobijo no durmiera Don Quijote “pensando en su señora Dulcinea, por acomodarse a lo que había leído en sus libros, cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados, entretenidos en las memorias de sus señoras” Al día siguiente, poco más tarde de medio día llegan a divisarlo y es donde se produce en sus inmediaciones, en el camino, la aventura de Puerto Lápice, con dos frailes de la orden de San Benito, que junto a una señora vizcaína y sus sirvientes viajaban a Sevilla, capítulos VIII y IX de la Primera Parte.

La Mancha que conoció y vivió Cervantes estaba formada principalmente por jornaleros agrícolas, e incluso Sancho Panza se dedicó a estas labores teniéndose que desplazar de un pueblo a otro. Así nos lo describe Cervantes cuando en el relato de un cuento que Sancho estaba narrando a la duquesa, dice: “Y así digo, que llegando el tal labrador a casa del dicho Hidalgo convidador, que buen poso haya su ánima, que ya es muerto, y por más señas dicen que hizo una muerte de un Ángel, que yo no me hallé presente que había ido por aquel tiempo a segar a Tembleque. Por vida vuestra hijo que volváis presto de Tembleque, y que, sin enterrar al Hidalgo (si no queréis hacer más exequias) acabéis vuestro cuento” (II P, Cap XXXI). Tembleque, otro lugar nombrado por Cervantes, no muy lejos del pueblo de Sancho Panza, fue donde acudió el fiel escudero a segar antes de ser convencido por don Quijote para acompañarle en sus aventuras.

La venta donde es armado caballero don Quijote, se encuentra junto a un encinar, donde un vecino de Quintanar azota a Andrés, el  pastorcillo de su ganado, y ante la solicitud de don Quijote, dice marchar con él  para pagarle: “…y hacedme placer de veniros conmigo; que yo juro por todas las órdenes que de caballerías hay en el mundo de pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun sahumados” (I P, Cap IV). Don Quijote después de creer liberado y pagado Andrés por su amo, Juan Haldudo el vecino de Quintanar, sigue su camino a su casa, y llegado a un cruce de caminos “soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza”.

“Y habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia” (I P, Cap IV)”. Don Quijote se dirigía a su casa por el mismo camino, pero en dirección contraria, que desde Toledo llevaban los mercaderes a Murcia, un camino que en el siglo XVI no pasaba por Villanueva de los Infantes.

Y el lugar de don Quijote estaba en el camino de Toledo a Murcia, porque, para hacer que don Quijote regresara a casa, desde Sierra Morena, el cura y el barbero, con la ayuda de Dorotea, le convencen para que se comprometa a ayudar a la fingida princesa Micomicona, y después de pasar por su lugar, desde allí dirigirse hacia el puerto de Cartagena para embarcarse a tan lejano reino: “-¿Hacia qué reino quiere guiar vuestra señoría? ¿Es, por ventura, hacia el de Micomicón? Que sí debe de ser, o yo sé poco de reinos.  Ella, que estaba bien en todo, entendió que había de responder que sí, y así, dijo: -Sí, señor: hacia ese reino es mi camino. -Si así es –dijo el cura-, por la mitad de mi pueblo hemos de pasar y de allí tomará vuestra merced la derrota de Cartagena, donde se podrá embarcar con buena ventura;…” (Primera Parte, Cap XXIX). 

Tembleque y Quintanar son dos lugares nombrados literalmente por Cervantes. Como hemos dicho antes, a Tembleque va Sancho Panza desde su lugar a segar como jornalero, como así le dice a la duquesa durante el relato de un cuento: “que yo no me hallé presente que había ido por aquel tiempo a segar a Tembleque” (II P, Cap XXXI). Y Quintanar, que además de ser el lugar de Juan Haldudo, es a donde el bachiller Sansón Carrasco va a comprar dos perros pastores para que hicieran compañía a don Quijote y Sancho en su nuevo oficio de pastores, a su regreso de Barcelona: “… y que ya tenía comprados de su propio dinero dos famosos perros para guardar el ganado, el uno llamado Barcino, y el otro Butrón, que se los había vendido un ganadero del Quintanar” (II P, Cap LXXIV). Dos lugares muy concretos, y que debían de estar cerca del lugar de don Quijote y Sancho, pero que era difícil justificar su relación geográfica con Villanueva de los Infantes. 

También Puerto Lápice, aparece descrito por Cervantes, como el lugar donde estaba la venta donde es manteado Sancho.  Así nos describe Cervantes en la segunda salida de don Quijote, ahora ya acompañado por Sancho Panza, como escudero, entre los capítulos VII y VIII de la primera parte:

“…una noche se salieron del lugar sin que persona los viese; en la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque los buscasen. Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había prometido. Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo, los rayos del sol no les fatigaban…

…En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo…

… Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba. Y, hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero; …

…Díjole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondióle su amo que por entonces no le hacía menester; que comiese él cuando se le antojase. …

… En resolución, aquella noche la pasaron entre unos árboles

…Tornaron a su comenzado camino del Puerto Lápice, y a obra de las tres del día le descubrieron. 

Poco después se produce el encuentro con los dos frailes de San Benito que iban de viaje a Sevilla junto a una señora vizcaína, aventura de la que salen amo y escudero mal parados. Don Quijote y Sancho abandonan el camino que llevaban hacia Puerto Lápice, entrando en un bosque: “Agradecióselo mucho Sancho,y, besándole otra vez la mano y la falda de la loriga, le ayudó a subir sobre Rocinante; y él subió sobre su asno y comenzó a seguir a su señor, que, a paso tirado, sin despedirse ni hablar más con las del coche, se entró por un bosque que allí junto estaba.” (I P, Cap X) 

Comen de lo poco que llevaban en las alforjas y al final del día llegan a una choza de cabreros, donde pasan la noche. La dirección que siguen don Quijote y Sancho después de esta aventura con los frailes y el vizcaíno, hasta llegar la noche nos la oculta Cervantes, pero no están en ningún camino, sino que siguen por el bosque, ya que después de haber cenado con los pastores, llegó a la majada un mozo que sabía tocar el rabel: “…De esa manera, Antonio, bien podrás hacernos placer de cantar un poco, porque vea este señor huésped que tenemos quien también por los montes y selvas hay quien sepa de música”. 

Según lo escrito por Cervantes, don Quijote y Sancho salen de su pueblo en medio de la noche, al ser verano en aquella época, esperarían a que todos sus vecinos durmieran para así no ser vistos, y salen del pueblo en la misma dirección que en la primera salida de don Quijote, “…Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje…”, pero no hacia Puerto Lápice, sino hacia la venta donde es armado caballero. Hay Autores hay que dicen que la primera aventura que fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero parece que don Quijote anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y hambrientos, buscando algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta,..” 

Y como nos indica Cervantes, la venta donde es armado caballero don Quijote no está muy lejos de Quintanar. Pero al amanecer “descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo…”, contra los que creyendo que eran gigantes don Quijote les arremete con su lanza, cayendo al suelo junto a Rocinante. Y es aquí, cuando don Quijote toma la decisión de ir a Puerto Lápice: “Y, hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero; …”  Este lugar con tantos molinos de viento en aquella época, no es otro que Campo de Criptana. Aunque, no es nombrado por Cervantes, de los lugares de La Mancha que en aquella época tenían molinos, solo, Campo de Criptana cumple con las condiciones de disponer en sus cerros muchos molinos.

Otro punto cardinal de El Quijote es el lugar de penitencia de don Quijote en Sierra Morena y la venta donde es manteado Sancho, llamada “Venta Maritornes”, situada al sur de entre Solana del Pino y San Lorenzo de Calatrava (Ciudad Real), muy posiblemente no lejos de la cabecera del embalse del río Jándula. Después de la primera noche pasada en la venta, donde recordemos, fueron nuevamente molidos a golpes por el arriero, el ventero, el cuadrillero de la Santa Hermandad, y también inconscientemente por Maritornes, don Quijote y Sancho siguen su camino. Después de la aventura con los ganados de ovejas, y por el mismo camino, ya de noche, se encuentran con un cortejo fúnebre que trasladaba el cuerpo de un difunto a Segovia, y después de malherir don Quijote a uno de los integrantes del cortejo, saliendo corriendo los demás por miedo a verse en el mismo estado que su compañero, se hacen con parte de la comida de aquellos “encamisados” y se internan por la sierra donde cenan y en busca de agua llegan a unos batanes, que confundidos por su ruido y por la oscuridad, hacen pasar a amo y escudero en vela toda la noche. Por la mañana, descubierto cuál era el origen de aquellos golpes fantasmagóricos, no sin cierta sonrisa de ambos, continuarán por el mismo camino real para encontrarse con el barbero al que don Quijote arrebata su bacía, convirtiéndola desde entonces en el más famoso yelmo jamás escrito, el yelmo de Mambrino.

Tras la liberación de los doce galeotes, y por miedo a que poco después de saberse el hecho fueran perseguidos por la Santa Hermandad, abandonan el Camino Real y se internan en una zona de Sierra Morena, donde encuentran a Cardenio “El Roto”, y a un cabrero. Cervantes describe de una manera concreta el punto en que se encuentran en ese momento: Almodóvar del Campo. El cabrero en conversación con don Quijote y Sancho, les cuenta cómo querían ayudar a Cardenio, en su extraña enfermedad: “Y en verdad os digo, señores –prosiguió el cabrero-, que ayer determinamos yo y cuatro zagales, los dos criados y los dos amigos míos, de buscarle hasta tanto que le hallemos, y, después de hallado, ya por fuerza, ya por grado, le hemos de llevar a la villa de Almodóvar, que está de aquí ocho leguas,…” (I p, Cap XXIII). Ocho leguas de distancia, separa el lugar de encuentro con el cabrero y El Roto. Y poco más adentro, se encuentra el lugar de penitencia de don Quijote. Este lugar de penitencia se encontraba a menos de tres cuartos de legua, del Camino Real.

Y también Cervantes nos da la distancia entre el Camino Real y el punto de penitencia pasando por el lugar de encuentro con Cardenio y el cabrero. Es cuando Dorotea, en el papel de princesa Micomicona y el barbero disfrazado para no ser reconocido por don Quijote, vuelven a adentrarse en la sierra en busca de don Quijote, guiados por Sancho. El cura y Cardenio se quedan junto al camino a la espera. Entre todos habían urdido un engaño para hacer a don Quijote desistir de su penitencia, y así, poder llevarlo de vuelta a casa: “ Tres cuartos de legua habrían andado, cuando descubrieron a don Quijote entre unas intrincadas peñas,” (I P, Cap XXIX). 

Otro punto esencial de la obra y descrito sin la menor duda es El Toboso, la patria de doña Dulcinea: “… y fue a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo, había una moza labradora de muy buen parecer…” “Y en lo que dudaba algo, era en creer aquello de la linda Dulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre, ni tal Princesa, había llegado jamás a su noticia, aunque vivía tan cerca del Toboso”.

“Ta, ta, dijo Sancho, qué la hija de Lorenzo Corchuelo, es la señora Dulcinea del Toboso, llamada por otro nombre, Aldonza Lorenzo? Esa es, dijo don Quijote, y es la que merece ser señora de todo el Universo”.  También Cervantes nos detalla en la tercera salida de don Quijote de su lugar, precisamente en dirección a El Toboso, el tiempo en llegar a él: “En resolución, aquellos tres días don Quijote, y Sancho se acomodaron de los que les pareció convenirles; y habiendo aplacado Sancho a su mujer, y don Quijote a su sobrina y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo viese, sino el Bachiller, que quiso acompañarles media legua del lugar, se pusieron camino del Toboso…

… dio Sansón la vuelta a su lugar, y los dos tomaron la de la gran ciudad del Toboso.

…Solos quedaron don Quijote y Sancho, y apenas se hubo apartado Sansón, cuando comenzó a relinchar Rocinante y a suspirar el rucio…

…Sancho amigo, la noche se nos va entrando a más andar, y con más escuridad de la que habíamos menester para alcanzar a ver con el día al Toboso” 

Don Quijote tenía la intención y el cálculo de llegar desde su pueblo a El Toboso en una noche, y es así pues Sancho no le corrige. Don Quijote se queja de la oscuridad de la noche para no poder llegar al amanecer a El Toboso. Cervantes nos describe como llegan a El Toboso al día siguiente por la tarde:

“En estas y otras semejantes pláticas se les pasó aquella noche y el día siguiente sin acontecerles cosa que de contar fuese, de que no poco le pesó a don Quijote. En fin, otro día al anochecer descubrieron la gran ciudad del Toboso…” (Cap VII, 2ª parte). Calculando el tiempo que tardan en llegar al Toboso, parece tenerse por cierto que la distancia entre esta villa y el pueblo de don Quijote debe ser de unos 30 kilómetros: “Y en lo que dudaba algo, era en creer aquello de la linda Dulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre, ni tal Princesa, había llegado jamás a su noticia, aunque vivía tan cerca del Toboso”.

En su tercer y último regreso de don Quijote a su pueblo de origen, derrotado en las playas de Barcelona, nuestro caballero y su fiel escudero en la parte final de su camino llegan a un lugar que contaba con mesón donde se alojan, y al que también llega don Alvaro Tarfe. Cervantes, además de aprovechar este encuentro para hacer su particular crítica al Quijote de Avellaneda, publicado poco antes, nos da referencias geográficas de este lugar con respecto al de don Quijote. En la conversación entre ambos caballeros antes de comer, don Quijote declara su destino igual que don Alvaro: “Yo señor, respondió el caballero, voy a Granada, que es mi patria”. Todos juntos, después de comer y dormir la siesta, salen de ese lugar por el mismo camino: “Llegó la tarde, partieron de aquel lugar, y a obra de media legua se apartaban dos caminos diferentes, el uno que guiaba a la aldea de don Quijote, y el otro el que había de llevar don Alvaro”.

Pasan la noche don Quijote y Sancho, entre unos árboles, donde el bueno de Sancho, casi termina con la penitencia que arrastraba por el desencanto de Dulcinea: “el cual abrazando a don Quijote y a Sancho, siguió su camino, y don Quijote el suyo, que aquella noche la pasó entre otros árboles, por dar lugar a Sancho, de cumplir su penitencia…”. Caminan otra nueva jornada y la noche siguiente, parando solo para que Sancho pudiese terminar su penitencia: “Aquel día y aquella noche caminaron sin acontecerles cosa digna de contarse, si no fue que en ella acabó Sancho su tarea…”, llegando al amanecer a su pueblo. Así, la distancia que separa el lugar del mesón de reunión con don Alvaro Tarfe y el pueblo de don Quijote, es de dos jornadas y media. Media jornada, desde que se separan de don Alvaro hasta que paran a pasar la noche, la jornada del día siguiente, y la noche última, también tomada como una jornada completa. Lo que no cabe duda es que el campo de operaciones de nuestro héroe es La MancHa: “Puesto nombre, y tan a su gusto a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días: y al cabo se vino a llamar don Quijote;…

…así quiso como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya, y llamarse don Quijote de la Mancha, con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.” (I P, Cap I). 

Y que son muchos los pueblos que quedaron, unos con más claridad que otros, que fueron escenario de los distintos viajes de don Quijote y Sancho en busca de aventuras.

El presente trabajo recorrerá un buen número de pueblos pertenecientes a la Ruta del Quijote, lugares descritos o aludidos en la inmortal obra de Miguel de Cervantes, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Algunos de ellos están descritos en la obra, otros de ello forman parte de la ruta seguida por el caballero durante su largo periplo por tierras manchegas. Entre ellos, aquellos lugares que aseguran, cada uno de ellos, ser el lugar de donde Don Quijote inicia sus aventuras, aquel “lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme….”

Iniciemos, pues, nuestro viaje por cada uno de los pueblos….

LOS PUEBLOS DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino.

Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad”.

El comienzo de la novela es bien conocido: “En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo vivía un hidalgo……“. Con estas palabras Cervantes destaca que los hechos que va a contar no ocurrieron en tierras lejanas, como las historias de la caballería andante, sino muy cerca, en La Mancha, ni tampoco en tiempos remotos, sino ayer mismo. Se han dado muchas explicaciones a este comienzo de la novela: un octosílabo de un romance anónimo, negativa a decir el nombre del pueblo natal de don Quijote por deseo de incluir a toda La Mancha (como hemos visto, algunas teorías señalan a Alcázar de San Juan como lugar de nacimiento de Cervantes), comienzo característico de los cuentos populares, rechazo del autor al pueblo donde supuestamente estuvo preso y comenzó la novela (Argamasilla de Alba) o negativa a mencionar al pueblo donde se casó (Esquivias). Sin negar estas razones Leo Spitzer y Avalle-Arce explican el comienzo del Quijote como una defensa de la libertad del creador y del personaje con repercusiones fundamentales en la evolución literaria. La literatura anterior a Cervantes se regía por unas convenciones restrictivas. En aquellos modelos tradicionales la cuna del héroe determinaba su vida futura. Amadís era hijo de reyes, nació en Gaula y estaba llamado a ser héroe. Lazarillo nació en el Tormes, era hijo de padres viles y será un antihéroe. En cambio Cervantes no especifica la cuna, ni la genealogía, ni el nombre exacto de don Quijote para que pueda caminar libre de todo determinismo, creando su propia realidad. Por eso a partir del Quijote la vida del personaje literario será más libre. Porque, como señala Carlos Fuentes, Cervantes ha puesto a dialogar a Amadís de Gaula con Lazarillo de Tormes y en el proceso ha disuelto para siempre la interpretación unívoca del mundo.

 

ESQUIVIAS

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

“Del donoso y grande escrutinio que el Cura y el Barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo, el cual aún todavía dormía. Pidió las llaves, a la Sobrina, del aposento donde estaban los libros autores del daño, y ella se las dio de muy buena gana; entraron dentro todos, y la Ama con ellos, y hallaron más de cien cuerpos de libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños; y así como el Ama los vio, volvióse a salir del aposento con gran priesa, y tornó luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo, y dijo:

-Tome vuestra merced, señor licenciado; rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en pena de la que les queremos dar echándolos del mundo. Causó risa al Licenciado la simplicidad del Ama, y mandó al Barbero que le fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego. -No -dijo la Sobrina-, no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores: mejor será arrojallos por las ventanas al patio, y hacer un rimero dellos y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo.

Lo mismo dijo el Ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de aquellos inocentes; mas el Cura no vino en ello sin primero leer siquiera los títulos. Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el Cura:

-Parece cosa de misterio ésta; porque, según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen déste; y así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos, sin excusa alguna, condenar al fuego.

-No, señor -dijo el Barbero-, que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar. -Así es verdad -dijo el Cura-, y por esa razón se le otorga la vida por ahora. Veamos esotro que está junto a él.

-Es -dijo el Barbero- las Sergas de Esplandián, hijo legítimo de Amadís de Gaula.

-Pues, en verdad -dijo el Cura- que no le ha de valer al hijo la bondad del padre. Tomad, señora Ama: abrid esa ventana y echadle al corral, y dé principio al montón de la hoguera que se ha de hacer.Hízolo así el Ama con mucho contento, y el bueno de Esplandián fue volando al corral, esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba.

-Adelante -dijo el Cura. -Éste que viene -dijo el Barbero- es Amadís de Grecia; y aun todos los deste lado, a lo que creo, son del mesmo linaje de Amadís.

-Pues vayan todos al corral -dijo el Cura-; que a trueco de quemar a la reina Pintiquiniestra, y al pastor Darinel, y a sus églogas, y a las endiabladas y revueltas razones de su autor, quemara con ellos al padre que me engendró, si anduviera en figura de caballero andante”.

Iniciamos nuestro viaje cervantino por la localidad manchega que pudo ser el lugar donde Miguel de Cervantes se inspiró para los personajes de su inmortal obra. Tras su cautiverio en Argel, Cervantes regresa a Madrid, con treinta y tres años, en busca de una nueva vida, sin dinero, sin cartas de recomendación y con una familia vieja que no puede ayudarle y arruinada. Inválido y sin el reconocimiento oficial de su vida militar, Miguel de Cervantes quiere iniciar su vida de dramaturgo. La parálisis de su brazo le obliga a superar la angustiosa situación en la que se encuentra. Intenta ganarse la vida como dramaturgo, pero solo encuentra dificultades. Durante tres años, Cervantes irá de un sitio a otro sin encontrar un trabajo que le permita superar su situación. Tendrá una hija, Isabel, fruto de su relación con una mujer casada, aunque algunos dicen que en realidad era hija de su hermana Magdalena, reconociéndola él para preservar su honor.  Finalmente, acude a ver a su amigo y antiguo profesor, Pedro Laínez, a quien acude en busca de ayuda. Pero Laínez ha muerto hace dos años. Uno de los mejores poetas castellanos del Siglo de Oro español, pero que en su biografía solo figurará su amistad con Cervantes. Laínez muere sin poder publicar varios manuscritos, que su esposa se ha llevado a Esquivias, a donde ido a vivir tras el fallecimiento de su esposo.

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Casa de Cervantes. Foto: J.A. Padilla

Esquivias. Cervantes se acuerda de que en esa localidad toledana vive su primo Juan, un importante funcionario real. Cervantes encuentra dos motivos para abandonar Madrid e ir a Esquivias: buscar ayuda en su primo y visitar a Juana Gaitán, la viuda de Laínez, para publicar los manuscritos de su fallecido amigo. Cervantes, como su inmortal personaje, inicia una nueva aventura en tierras de La Mancha, que le inspirará para alcanzar su inmortalidad literaria a través de su gran obra. Y con 37 años, Cervantes llega a Esquivias, alojándose en la casa de su primo. Es entonces cuando conoce a su futura esposa, Catalina de Salazar, una hidalga campesina de 19 años, de clase acomodada, cuyo padre había fallecido hacía poco. La joven había sido educada por su tío, Juan de Palacios, hermano de su madre y párroco de Esquivias, siendo él mismo el que casó a la pareja. Será Juana Gaitán la que le presentará a Catalina, comenzando la relación entre ambos, pese a la diferencia de edad que existía entre ellos. Tras seis meses de noviazgo la pareja se casa el 12 de diciembre de 1584, viviendo en casa del tío de Catalina, Alonso Quijada. Esta unión no cayó bien en la familia de ella, no acudiendo siquiera a la boda. Consideraban al novio un soldado viejo y un escritor sin oficio ni beneficio, dispuesto a vivir de los bienes de su esposa. Lo de escritor era cierto, pues un año más tarde se publica en Alcalá de Henares su primer libro: La Galatea. Lo cierto es que Cervantes estuvo negociando las deudas que había dejado el fallecido padre de su esposa, muerto un año antes, pudiendo salir adelante la familia gracias a la protección del tío Juan.

Cuevas de la Casa de Cervantes: J.A. Padilla
Cuevas de la Casa de Cervantes: J.A. Padilla

Esta estancia en Esquivias es considerada esencial en la posterior redacción de El Quijote. Tras casarse, Cervantes empieza a trabajar como recaudador de impuestos por toda aquella comarca, gracias a su primo. Lo hacía montado en un caballo flaco (rocín) y sus salidas duraban cuatro o cinco días. Pernoctaba en posadas y mesones junto con los arrieros y gente de todas clases, que pasaban las veladas contando chistes, cuentos, e historias que posteriormente ha recogido en sus obras.  Los domingos siempre le gustaba estar en Esquivias, charlando con sus amigos, el sacristán, el cura y el escribano, que también le contaban historias de personajes que Cervantes iba recogiendo. Hasta el punto que una criada le contó un día a  Doña Catalina que había visto unos papeles que hablaban de su tío Sancho, con quién Cervantes pasaba mucho tiempo conversando y discutiendo sobre cosas. Otros personajes esquivianos aparecen reflejados en el Quijote, entre ellos el propio tío de Catalina y dueño de la casa donde viven, Alonso Quijada, personaje en quien se pudo basar Cervantes para el protagonista de su obra. Su propia esposa y la madre de esta, eran la sobrina y el ama del cura, y pudieron inspirar a los personajes que aparecen en el libro. Alonso Quijada era una persona obsesionada con los libros de caballería. Se dice que llegaron a dominarle tanto, que abandonó sus quehaceres en el campo y su afición a la caza, llegando incluso a vender  alguna finca, para comprar todas las novelas de la caballería andante que se publicaban por aquel entonces. Se pasaba el día leyendo, incluso por las noches, a la luz de un candil.  Es auténtica la escena en la que el cura Pero Pérez y el barbero tiraron muchas de las novelas al corral por la ventana, pues estaba enfermo y medio loco de tanto leer.

Cervantes conoció a distintos vecinos de Esquivias que luego le sirvieron como modelo (por lo menos sus nombres o apellidos) para escribir algunos personajes del Quijote, personas de carne y hueso como el morisco Diego Ricote, el bachiller Sansón Carrasco, el Vizcaíno, Juana Gutiérrez, Mari Gutiérrez y Teresa Cascajo, cuyas partidas de defunción, matrimonio o bautismo aparecen en los libros parroquiales.

Foto: J. A. Padilla
Foto: J. A. Padilla

En Esquivias podemos visitar lugares que nos recuerdan constantemente a Cervantes y a sus personales. La Casa Cervantes, donde vivió el escritor tras casarse con doña Catalina, es una típica casona de labradores del siglo XVI, construida en dos plantas con patio o corral al que se accede por un portalón. Conserva perfectamente la estructura de los techos, de vigas vistas, así como las puertas de los herrajes, rejas de ventana, etc., y dependencias como el lagar, la cuadra, la bodega, la cueva y los patios empedrados. Esta casa perteneció, como consta en el escudo de su fachada principal, al Hidalgo Don Alonso Quijada Salazar, miembro de la familia de los Quijadas, ricos terratenientes esquivianos. Don Alonso era una persona muy dada a la lectura de libros de caballerías, y un tanto enloquecido por ellas, que terminó profesando como fraile en el convento de San Agustín de Toledo.

Casa de Catalina. Foto J.A. Padilla
Casa de Catalina. Foto J.A. Padilla

La Casa de Catalina,  una casa palacial del siglo XVI que perteneció a los padres de Catalina y el lugar donde vivió ella hasta los 19 años de edad, cuando se casó con Cervantes. Desde ella salió vestida de novia hacia la iglesia parroquial donde la esperaba su futuro marido.

Iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción. Foto: J.A. Padilla
Iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción. Foto: J.A. Padilla

La Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción,  construida sobre el mismo solar que ocupaba la primitiva iglesia de Santa María de la Asunción, que existió hasta 1786, donde Cervantes y Catalina contrajeron matrimonio y donde estaban enterrados, entre otros, los padres de Catalina.

 En la Plaza Mayor encontramos una  fuente pública,  obra de Carlos IV, construida piedra blanca de Colmenar. Fue levantada “en beneficio de la salud pública”, y aunque ahora presente un cartel de “agua no potable”, los vecinos de Esquivias siguen utilizándola. En la Segunda parte de El Quijote Cervantes cuenta que, entrando un paje de la Duquesa al pueblo para buscar a la mujer de Sancho y entregarle una carta donde le comunica que su marido es el Gobernador de la Ínsula Barataría, se dirigió a las mujeres que estaban lavando aquí en la fuente grande y les preguntó si en este lugar, vivía una mujer llamada Teresa Panza, mujer de Sancho, escudero del Caballero D. Quijote. Entonces se levantó una muchacha que estaba lavando y dijo: “Esa Teresa Panza es mi madre y ese Sancho es mi padre y el Caballero D. Quijote, nuestro amo”. En ese mismo capitulo Teresa Panza le escribe  una carta a su marido Sancho muy contenta porque ya es gobernador de la ínsula y contándole todos los chismes del pueblo. Le dice que le envía unas bellotas a la Duquesa, que seguramente recogería en cerro ya que en esa época sabemos que estaba plagado de encinas. También aprovecha para decirle que la fuente se secó y un rayo cayó en la picota, así lo cuenta textualmente en el Quijote. Ambos son hechos que ocurrieron en Esquivias y Cervantes los dio a conocer al mundo entero en esta carta de Teresa Panza, ya que tenemos constancia de la  sequía que causo la antigua fuente grande cuando se desprendió el paredón y tapó la teja por donde corría el agua.

Fuente de Carlos IV. Foto: J.A. Padilla
Fuente de Carlos IV. Foto: J.A. Padilla

Hoy, la localidad de Esquivias presume de ser aquel “lugar de La Mancha…..” que Cervantes no quiso recordar. En efecto, Esquivias pudo ser la inspiradora de aquellas aventuras de un loco hidalgo que cabalgó por estas tierras. Desde el propio protagonista, a muchos de sus personajes, pudieron haber sido vecinos de Esquivias. Tal vez no sea Esquivias el lugar donde inició Don Quijote sus aventuras, pero si pudo Esquivias el lugar de donde Cervantes inició su inmortal obra.

ARGAMASILLA DE ALBA

 

Iglesia de San Juan Bautista. Foto: . A. Padilla
Iglesia de San Juan Bautista. Foto: . A. Padilla

 “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.”

Estamos en Argamasilla de Alba, o “en la Argamasilla”,  como la nombra Cervantes en femenino, cuando habla de los académicos al final de la Primera Parte, que según las palabras primeras que había escritas en el pergamino que se halló en la caja de plomo: LOS ACADÉMICOS DE LA ARGAMASILLA, LUGAR DE LA MANCHA EN VIDA Y MUERTE DEL VALEROSO DON QUIJOTE DE LA MANCHA. Cervantes dará a cada uno de ellos nombres jocosos en los cuatro sonetos y dos pares de tercetos laudatorios dedicados a los personajes del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha: el Monicongo, el Paniaguado, el Caprichoso, el Burlados, el Cachidiablo y el Tiquitoc.

Tal y como pensó Cervantes, su primo de Esquivias le consiguió un trabajo, gracias a sus conocimientos de letras y cuentas.   Por ello, Cervantes se vio obligado a viajar por toda la Mancha con el fin de recaudar los impuestos de la Orden del Priorato de San Juan a algunos vecinos morosos de Argamasilla de Alba, en el corazón de Ciudad Real. Evidentemente, el oficio de Cervantes no era muy popular tampoco en aquellos días. El caso es que durante su estancia en este pueblo manchego, Cervantes fue encarcelado, sin que se sepa exactamente la causa de ello. Existen varias teorías. La primera, en venganza por su afán recaudador. Poco probable. La segunda, porque utilizó el agua del río Guadiana para beneficio de la fábrica de pólvora que existía allí, cuyo uso estaba limitado para agricultores. La tercera, por el escándalo producido por sus requiebros una joven, Magdalena de Pacheco, sobrina de un importante hidalgo de Argamasilla llamado Rodrigo Pacheco de Quijana, el cual padecía algún tipo de trastorno mental, y cuyo resentimiento le llevó a encarcelar a Cervantes. De tal Rodrigo Pacheco de Quijana existe un cuadro, que hoy se conserva en la iglesia de San Juan Bautista de Argamasilla, fechado en 1601, cuatro años antes de la publicación de la Primera Parte de Don Quijote, que el hidalgo ofreció a la Virgen para que le sanara de su enfermedad cerebral. En el mismo retrato aparece su sobrina, la presunta culpable, o víctima, de los hechos. Ambos en actitud de orar y, al fondo del cuadro, la Virgen con el Niño en brazos.

Cuadro ex-voto de Argamasilla. Foto: Juan A. Padilla
Foto: Juan A. Padilla

 Sin que se sepa si la muchacha respondió a los deseos de Cervantes, este fue conducido a un sótano propiedad de la familia Medrano,  llamado por ello  Cueva de Medrano, en la antigua calle Empedrada núm. 7, hoy calle de Cervantes,  utilizado como  calabozo por  la Inquisición. Por cierto, don Rodrigo, al parecer, tenía una hermana llamada, como no, Aldonza, de que también se dice puedo enamorarse el escritor. En esta prisión estuvo encerrado durante largo tiempo y en una situación tan miserable, que se vio obligado a recurrir la ayuda de un primo suyo, Juan Bernabé de Saavedra, vecino de Alcázar de San Juan para que mediase para su liberación.

Cueva de Medrano.Foto: J. A. Padilla
Foto: J. A. Padilla

Para ello escribió un documento que decía: “Luengos días y menguadas noches me fatigan en esta cárcel, o mejor diré caverna”. Lo más importante de todo esto es que, según esas mismas teorías y estudios cervantinos, fue en este lugar, en esta cueva o cárcel, donde realmente Cervantes comenzó a escribir Don Quijote, y no en la prisión de Sevilla. Aquellos apuntes que había anotado Cervantes durante sus viajes por la Mancha pudo empezar a darse forma en la oscura cueva. Y también pudo ser este el lugar del “que no quiso acordarse” Cervantes, ya que razones para obviar su nombre fueron muchas. Hoy, Argamasilla de Alba presume de ser el lugar desde Don Quijote inicia sus inmortales aventuras. No le faltan razones.

Entrada a la Cueva Medrano. Foto: J. A. Padilla
Entrada a la Cueva Medrano. Foto: J. A. Padilla

En el siglo XVIII, a petición del uno de los hijos de Carlos III, el infante don Gabriel,  que por entonces era prior de la orden de San Juan, se construyó el Gran Canal de Priorato de San Juan. Este canal transcurre por el centro de la villa y en estos años del 2004 todavía sigue en funcionamiento y está perfectamente cuidado.

Canal del Gran Prior. Foto: J. A. Padilla
Canal del Gran Prior. Foto: J. A. Padilla

Cercano a Argamasilla se encuentra el Castillo de Peñarroya, fortaleza medieval del siglo XIII situada en la carretera que se dirige a Ruidera y a Ossa de Montiel, donde se encuentra la Cueva de Montesinos, que visitaremos más tarde. Fue castillo musulmán, conquistado después por las órdenes militares de Santiago y San Juan. Se conservan las ruinas del castillo, algo de su muralla y la capilla, que sirve como ermita o santuario de Nuestra Señora de Peñarroya, patrona de Argamasilla de Alba y de La Solana.

Foto: J. A. Padilla
Foto: J. A. Padilla

VILLANUEVA DE LOS INFANTES

“Halló don Quijote ser la casa de don Diego de Miranda ancha como de aldea; las armas, empero, aunque de piedra tosca, encima de la puerta de la calle; la bodega en el patio; la cueva, en el portal; y muchas tinajas a la redonda que, por ser del Toboso, le renovaron las memorias de su encantada y transformada Dulcinea…”.

Casa del Caballero de Verde Gabán- Foto: J.A. Padilla
Casa del Caballero de Verde Gabán- Foto: J.A. Padilla

En la calle de Cervantes de la localidad de Villanueva de los Infantes se encuentra un típico palacio manchego, que en su día perteneció a don Diego de Miranda. Sin embargo, la fama de la misma viene dada porque esta casa perteneció al Caballero del Verde Gabán, siendo descrita, con todo detalle, en el capítulo XVIII de la segunda parte del Quijote. Esta casa, que posteriormente fue Cuartel General de la Orden de Santiago, es de mediados o finales del siglo XVI, y tiene un balcón corrido en la esquina con reja de forja. También fue casa de la Compañía de Jesús, como atestigua la cruz existente sobre su puerta. En su interior existe un bello patio al estilo castellano, con pórticos sobre columnas toscanas. No falta el típico pozo y la entrada a la cueva.

Plaza Mayor e Iglesia de San Andrés. Foto: J.A. Padilla
Plaza Mayor e Iglesia de San Andrés. Foto: J.A. Padilla

Villanueva de los Infantes es, sin duda alguna, uno de los pueblos más bellos de toda la Mancha. Declarado Conjunto Histórico-Artístico en 1974, está situado en pleno corazón de la quijotesca comarca del Campo de Montiel, cuna de Don Quijote. Siguiendo hasta el inicio de la calle Cervantes, llegaremos al elemento arquitectónico más importante de la localidad: La Plaza Mayor. Una de las más bellas plazas mayores de la Mancha y de España. Compuesta por sólidos edificios con balconadas de madera y soportales, que muestran varios estilos artísticos, desde el gótico hasta el Barroco. En uno de los lados de la plaza se levanta la  Iglesia Parroquial de San Andrés, lugar en que durante algún tiempo estuvo enterrado Francisco de Quevedo.

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

Desde la plaza parten sus céntricas calles ejemplos arquitectónicos tan relevantes como la Alhóndiga, que fue un pósito del siglo XVI y cárcel comarcal en el siglo XVIII, un antiguo Colegio Menor conocido como Casa de los Estudios, el Convento de dominicos donde muere en una de sus celdas el ilustre escritor D. Francisco de Quevedo, la Casa del Arco y el Tribunal de la Inquisición. Recorrer las estrechas calles de Villanueva es descubrir casas solariegas y pequeños palacios que muestran el carácter noble de la villa.

Iglesia y Pósito. Foto: J.A. Padilla
Iglesia y Pósito. Foto: J.A. Padilla

Detrás de la iglesia de San Andrés, se encuentra la calle General Ballesteros, que parte de la plaza, donde se encuentra la Alhóndiga o casa pública destinada para la venta y compra de trigo. Es renacentista, del segundo tercio del siglo XVI. Fue Casa de Contratación y en 1715 pasa a ser cárcel.

Casa del Arco. Foto: J.A. Padilla
Casa del Arco. Foto: J.A. Padilla

Por la calle de Ramón Herrera, encontramos la Casa del Arco,  del siglo XVII, la cual destaca por su majestuoso arco de honda cimbra, de pilastras laterales toscanas, que alberga un pórtico en dos cuerpos. Perteneció a Juan Ortega Montañés, arzobispo y virrey de México, pariente de Santo Tomás de Villanueva.

Cercana a la anterior, se encuentra el Tribunal de la Inquisición, del que sólo se conserva la portada de sillería adintelada con el escudo del Santo Oficio, fácilmente reconocible por la cruz, las tibias cruzadas y la calavera. Fue cárcel, lo que demuestra el esplendor de Villanueva de los Infantes en los siglos XVI, XVII y XVIII.

Tribunal de la Inquisición. Foto: J.A. Padilla
Tribunal de la Inquisición. Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

La calle Cervantes termina en la plaza de Santo Domingo, donde se alza un monumento a don Francisco de Quevedo, y se encuentra el con el convento de Santo Domingo. Este fue fundado en 1556; la Desamortización de 1844 afectó a la parte del convento que desaparece, quedando sólo como parroquia. En este convento murió Quevedo el 8 de septiembre de 1645.

Convento de Santo Domingo. Foto: J.A. Padilla
Convento de Santo Domingo. Foto: J.A. Padilla

 

LA PUEBLA DE ALMURADIEL

“—No puedo yo negar, señor don Quijote, que no sea verdad algo de lo que vuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballeros andantes españoles, y asimesmo quiero conceder que hubo Doce Pares de Francia, pero no quiero creer que hicieron todas aquellas cosas que el arzobispo Turpín dellos escribe, porque la verdad dello es que fueron caballeros escogidos por los reyes de Francia, a quien llamaron pares por ser todos iguales en valor, en calidad y en valentía: a lo menos, si no lo eran, era razón que lo fuesen, y era como una religión de las que ahora se usan de Santiago o de Calatrava, que se presupone que los que la profesan han de ser o deben ser caballeros valerosos, valientes y bien nacidos; y como ahora dicen «caballero de San Juan» o “de Alcántara”, decían en aquel tiempo «caballero de los Doce Pares», porque lo fueron doce iguales los que para esta religión militar se escogieron. En lo de que hubo Cid no hay duda, ni menos Bernardo del Carpio; pero de que hicieron las hazañas que dicen creo que la hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestra merced dice del conde Pierres, y que está junto a la silla de Babieca en la armería de los reyes, confieso mi pecado, que soy tan ignorante o tan corto de vista que, aunque he visto la silla, no he echado de ver la clavija, y más siendo tan grande como vuestra merced ha dicho.

—Pues allí está, sin duda alguna —replicó don Quijote—, y, por más señas, dicen que está metida en una funda de vaqueta, porque no se tome de moho.

—Todo puede ser —respondió el canónigo—, pero por las órdenes que recebí que no me acuerdo haberla visto. Mas puesto que conceda que está allí, no por eso me obligo a creer las historias de tantos Amadises, ni las de tanta turbamulta de caballeros como por ahí nos cuentan, ni es razón que un hombre como vuestra merced, tan honrado y de tan buenas partes y dotado de tan buen entendimiento, se dé a entender que son verdaderas tantas y tan estrañas locuras como las que están escritas en los disparatados libros de caballerías.

—¡Bueno está eso! —respondió don Quijote—. Los libros que están impresos con licencia de los reyes y con aprobación de aquellos a quien se remitieron, y que con gusto general son leídos y celebrados de los grandes y de los chicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados e ignorantes, de los plebeyos y caballeros…, finalmente, de todo género de personas de cualquier estado y condición que sean, ¿habían de ser mentira, y más llevando tanta apariencia de verdad, pues nos cuentan el padre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el lugar y las hazañas, punto por punto y día por día, que el tal caballero hizo, o caballeros hicieron?”. (Capítulos IL y L de la Primera Parte).

Iglesia San Juan Bautista. Foto: J. A. Padilla
Iglesia San Juan Bautista. Foto: J. A. Padilla

A seis kilómetros de Quintanar de la Órden, el lugar donde llegan los peregrinos del Persiles, se encuentra La Puebla de Almuradiel, lo que demuestra que Cervantes era buen conocedor de la comarca. La Puebla de Almuradiel presume, por lo tanto., de ser un lugar, no solo quijotesco, sino cervantino. Y no solo eso. También reivindica ser la patria del hidalgo. Con datos que podemos considerar más o menos objetivos, pero basado en un exhaustivo trabajo que quiere demostrarlo. Como hemos visto, la intención de Cervantes al escribir la novela era parodiar a los libros de caballerías, por lo que presenta los elementos que caracterizan a estas de forma burlesca: desde su propio nombre, el rocín flaco, la bacía que conforma su yelmo, su escudero, su dama y, como no, su procedencia. Cervantes nos oculta incluso su auténtico nombre hasta el último capítulo, hasta su lugar de nacimiento, que lo mantendrá en secreto, algo que se demuestra en el capítulo L de la Primera Parte, cuando dice: finalmente, de todo género de personas de cualquier estado y condición que sean, ¿habían de ser mentira, y más llevando tanta apariencia de verdad, pues nos cuentan el padre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el lugar y las hazañas, punto por punto y día por día, que el tal caballero hizo, o caballeros hicieron?”.

Foto: M.A. Jiménez
Foto: M.A. Jiménez

Ya hemos visto que tal incógnita sobre el lugar de procedencia de don Quijote ha abierto de par en par la puerta de la especulación, pudiendo ser cualquier pueblo o villa del Campo de Montiel ser la patria del hidalgo caballero. Y La Puebla de Almuradiel forma parte de ello.

La Puebla de Almoradiel es un municipio que se encuentra situado en pleno corazón de La Mancha toledana, cuyas tierras arcillosas son regadas por el río Gigüela, convirtiéndola en una fértil campiña apta para los cereales, la vid y excelente para el olivo, además de favorecer una importante industria de alfarería.

Ermita Ntra. Sra. del Egido. Foto: J.A. Padilla
Ermita Ntra. Sra. del Egido. Foto: J.A. Padilla

Además de sus huellas cervantinas, esta villa posee un importante patrimonio arquitectónico, como la Iglesia parroquial de San Juan Bautista, situada junto al Ayuntamiento. Su pórtico de entrada, un arco de medio punto, en la cual se aprecia la Cruz de la Orden Militar de Santiago. La ermita de Nuestra Señora del Egido, que ocupa parte de un paraje que en antiguamente fue egido. Construida en el siglo XVI, por orden de Juan López Cañizares, hombre muy principal de esta villa. Presenta una sola nave con planta rectangular, en cuyo ábside se encuentra Nuestra Señora del Egido, patrona y alcaldesa honoraria perpetua de este pueblo. La Ermita del Santísimo Cristo de la Salud, antiguo humilladero, construida en el siglo XVI y dedicada a la adoración de las llagas de Jesús Crucificado. La Ermita de Santa Ana es una fábrica sencilla de procedencia renacentista-barroca, cuya antigüedad se desconoce. También podemos encontrar la Ermita de San Isidro y la Ermita de la Virgen de Palomares

Ermita de Santa Ana. Foto: J.A. Padilla
Ermita de Santa Ana. Foto: J.A. Padilla

PUERTO LÁPICE

Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la de Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los anales de la Mancha, es que él anduvo todo aquel día, y al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre; y que mirando a todas partes, por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse, y adonde pudiese remediar su mucha necesidad, vio no lejos del camino por donde iba una venta, que fue como si viera una estrella, que a los portales, si no a los alcázares de su redención, le encaminaba. Dióse priesa a caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecía. Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, de estas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros, que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada; y como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba, le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído, luego que vió la venta se le representó que era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadizo y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan.”

Venta de Don Quijote y Parroquia de Ntra. Sra. del Buen Consejo. Foto: J.A. Padilla
Venta de Don Quijote y Parroquia de Ntra. Sra. del Buen Consejo. Foto: J.A. Padilla

Puerto Lápice es el punto donde se dirige Rocinante, su caballo, en busca de aventuras “por ser lugar muy pasajero”. En su primera salida en solitario, D. Alonso Quijano nos permite imaginarnos su casa, su pueblo, y el paisaje de La Mancha. Y esa imagen universal se encuentra en el camino que va “desde un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme” hasta Puerto Lápice, su primera aventura. Así, Puerto Lápice será uno de los cinco municipios que Cervantes menciona en su Quijote y es el segundo que refiere tras El Toboso, donde vive su amada Dulcinea.

 

Patio de la Venta. Foto J.A. Padilla
Patio de la Venta. Foto J.A. Padilla

Y es allí donde encuentra la venta donde será armado caballero, donde Alonso Quijano se convierte en Don Quijote. Cervantes narra todo ese episodio extraordinario en los capítulos II, III y IV de la Primera Parte. Toda la ceremonia para convertirse en caballero andante destaca por el carácter burlesco con la que el autor las escribe, en la que destaca los diálogos entre el posadero y las mozas de partido con Don Quijote (“nunca fuera caballero de damas también servido…”).

Lo que inquietaba más a don Quijote era no ser caballero armado. Por eso pidió al ventero que le nombrara caballero, dándole sus razones de por qué este nombramiento era necesario. El ventero, que era un hombre burlón, aceptó este extraño oficio pensando que Don Quijote estaba loco. Para que este nombramiento fuese válido un caballero debería «velar» sus armas antes. Por eso Don Quijote trajo sus armas al patio de la venta, las puso junto a un pozo y permaneció allí durante todo el día para que no se las robaran. Pero tuvo que enfrentarse con dos hombres que querían dar agua a sus animales. Cuando uno de ellos quería quitar las armas de Don Quijote del pozo, Don Quijote se enfadó mucho y le dio un golpe con su lanza al pobre hombre. Lo mismo le sucedió al otro hombre. Los demás arrieros (hombre que trabaja con animales de carga y los conduce de un lugar a otro) le tiraron piedras para que parara. Finalmente apareció el ventero y puso paz ofreciendo a Don Quijote armarle caballero enseguida. Así Don Quijote fue nombrado caballero a la vieja usanza: El ventero le dio al hidalgo dos toques con la espada en sus hombros. Una vez acabado el nombramiento las dos «doncellas», que se burlaban mucho del caballero, le ayudaron a ponerse su espada y sus espuelas. Y don Quijote contó a todos que ahora quería buscar aventuras. El ventero quería que este cliente raro se fuera por fin y le despidió muy de prisa, sin pedirle dinero por la comida”. La Venta donde fue armado caballero aún existe en Puerto Lápice. En su segunda salida el ya armado Caballero irá acompañado por su fiel Sancho Panza quién le acompaña en todas sus aventuras. Y de nuevo  será Rocinante quien conduzca a Don Quijote “el comenzado camino del Puerto Lápice” una vez más. Y de aquí marcharán al Campo de Montiel.

 Así, pues, la importancia de Puerto Lápice en El Quijote es doble.

Ntra. Sra. del Buen Consejo. Foto: J.A. Padilla
Ntra. Sra. del Buen Consejo. Foto: J.A. Padilla

 Hoy, Puerto Lápice es un interesante ejemplo de arquitectura tradicional manchega. Hasta cuatro ventas existen en esta localidad, las cuales se construían entorno a un patio central, con soportales, establos, mesón y habitaciones donde pernoctar. Otros lugares a visitar son La Parroquia de Nuestra Señora del Buen Consejo, de estilo renacentista con elementos neorrománicos.

 

Plaza Mayor. Foto: J.A. Padilla
Plaza Mayor. Foto: J.A. Padilla

Y su Plaza Mayor. La Plaza Mayor de Puerto Lápice es una bella plaza manchega, con dos alturas de soportales de maderas pintadas de color almagre. En ella se celebran las fiestas, bailes y teatros al tener forma de corral de comedias. En su parte oeste desemboca en la antigua posada del Rincón. Al atravesar su arco de entrada nos encontraremos en un patio de vecinos rodeados de viviendas, tal y como estaban concebidas las antiguas ventas (habitaciones en torno a un patio central común). A la derecha de la entrada se encuentra un antiguo pozo sobre el que se sitúa un viejo tronco de olivo del que tiempos atrás colgaban la polea, el cubo y la soga, junto con un pequeño pilón. En la parte sur de la plaza frente al Ayuntamiento hay unos pequeños jardines en torno a una antigua noria.

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

CAMPO DE CRIPTANA

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

“En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como Don Quijote los vio, dijo a su escudero: la ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla, y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer: que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra. ¿Qué gigantes? dijo Sancho Panza.

Aquellos que allí ves, respondió su amo, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas. Mire vuestra merced, respondió Sancho, que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento hacen andar la piedra del molino. Bien parece, respondió Don Quijote, que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla. Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas: non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete. Levantóse en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por Don Quijote, dijo: pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.

Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante, y embistió con el primer molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo”.

Sin duda alguna, uno de los episodios más famosos de El Quijote es la aventura de los molinos de viento, en la que hidalgo acomete su desigual batalla con aquellos, a los que confunde con gigantes. Y si hay una construcción típica en La Mancha, esos son los molinos de viento.

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

Estos son construcciones hechas de piedra y enlucidas con mortero de cal y arena, con unas dimensiones de aproximadamente once metros de altura por cinco de diámetro. El molino se cubre con una cubierta cónica construida en madera o zinc, del mismo diámetro que la torre sobre la que podía girar mediante un carril de madera de encina. De esta forma se podían girar las aspas una vez conocida la dirección del viento y aprovechar así su energía.  El molino se componía de tres partes: la planta baja, llamada también silo, donde se almacenaba el grano y los utensilios del molinero; por encima de esta se encuentra  camareta, el lugar donde se limpiaba el grano;  el moledero, en la parte más alta, donde se alojaba la maquinaría y se ubicaban los ventanillos, por donde el molinero podía ver la dirección del viento.

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

En la localidad manchega de Campo de Criptana podemos observar el mayor conjunto de molinos de viento que se conservan en España. Situados en la denominada Sierra de los Molinos,  hoy podemos contemplar 10 de ellos, de un total de 32 que hubo en total.  Los más representativos son: el Burleta, el Infanto y el Sardinero, que conservan la maquinaria original del siglo XVI y funcionan perfectamente. Y es en este campo de molinos donde se sitúa la famosa aventura de don Quijote.

Iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción. Foto: J.A. Padilla
Iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción. Foto: J.A. Padilla

Además, Campo de Criptana tiene otros monumentos dignos de visitar, como la Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora, el Pósito Real, el Convento de Carmelitas Descalzos, o las Ermitas de la Virgen de la Paz, de la Veracruz o de Santa Ana y el Pozo de Nieve. La Iglesia de la Asunción se levanta sobre los restos de la original, la cual fue incendiada en agosto de 1936, durante la Guerra Civil, de la que destaca su elevada torre.  Cercana a ella, se encuentra el Pósito, edificio donde se guardaba el grano. En su día vivía el llamado “maestro harinas “ y su familia. Hoy es una sala de exposiciones.

Pósito. Foto: J.A. Padilla
Pósito. Foto: J.A. Padilla

En este episodio, Cervantes quiere burlarse de las novelas de caballerías. Don Quijote representa el espíritu idealista que le hace confundir la realidad y entabla la batalla contra aquellos a los que no puede vencer, en desigual pelea, encomendándose a Dios y a Dulcinea. Frente a él, el personaje de Sancho Panza muestra el sentido común. Sueña con gobernar una ínsula y sigue a su señor hasta donde sea necesario, pero la cordura le impide participar en la batalla y le grita a su amo el error que va a cometer. Luego acudirá a ayudar a levantar al caballero repitiendo sus consejos.

CONSUEGRA

“Acudió Sancho Panza a socorrerle a todo el correr de su asno, y cuando llegó, halló que no se podía menear, tal fue el golpe que dio con él Rocinante. ¡Válame Dios! dijo Sancho; ¿no le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no los podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza? Calla, amigo Sancho, respondió Don Quijote, que las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza, cuanto más que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón, que me robó el aposento y los libros, ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo al cabo han de poder poco sus malas artes contra la voluntad de mi espada. Dios lo haga como puede, respondió Sancho Panza. Y ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba; y hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del puerto Lápice, porque allí decía Don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras,…”

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

Si los molinos de Campo de Criptana fueron los gigantes que derrotaron y tiraron por tierra a Don Quijote, bien podrían haber hecho otro tanto los que se encuentran en la cercana localidad de Consuegra. Sobre el Cerro Calderico y custodiados por el Castillo de la Muela, la silueta inconfundible que se aprecia desde el horizonte nos recuerda el carácter manchego de la villa.

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

Doce molinos, de los trece que hubo en su día, se conservan en buenas condiciones, cuatro de ellos con su maquinaria intacta: el Sancho, el Rucio, el Bolero y el Espartero. Nombres quijotescos que reivindican su victoria sobre el hidalgo caballero. El resto de los molinos también tienen nombres quijotescos: Chispas, el Caballero del Verde Gabán, Mambrino, Clavileño, Alcancía, Cardeño, Mochilas y Vista Alegre.

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

El cercano Castillo de la Muela tiene una interesante historia. Algunos historiadores piensan que el castillo se construyó en la época del emperador Trajano pero no hay ningún resto que lo pueda demostrar. En 1083 el rey Alfonso VI se hace con el castillo para preparar la conquista a Toledo pero lo pierde enseguida. En 1097, Diego RodrÍguez, hijo del Cid, muere aquí luchando contra los moros. Un año después las tropas árabes conquistan el castillo y se convierte en su cuartel general, hasta que cien años después el castillo es conquistado por la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén que lo remodela y lo amplia. Durante la Guerra de la Independencia las tropas de Napoleón lo ocuparon hasta que su derrota les obligó a abandonarlo, no sin antes destruir el castillo y los molinos, quedando prácticamente destrozados. Sería a partir de 1960 cuando el castillo es remodelando gracias a la vecinos de Consuegra que, a través de una escuela taller han ido rehabilitándolo, consiguiendo también reconstruir los doce molinos.

Plaza de España. Foto: J.A. Padilla
Plaza de España. Foto: J.A. Padilla

Consuegra es una ciudad agradable para el paseante. Su centro neurálgico es la Plaza de España, antiguo Foro Romano donde se reunía la población. En ella se encuentra el Ayuntamiento, de estilo renacentista, fue construido en 1670, como pósito. Junto a él  se encuentra la Torre del Reloj, a cuyos pies se encuentra el pasaje del Arco.

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

También puede contemplarse el edificio de “Los Corredores” siglo XVII,  con la balconada de madera, típicamente manchega, y que ha servido de silo, alhóndiga y ayuntamiento. Actualmente aloja el Museo arqueológico municipal, con piezas que abarcan desde el neolítico hasta el siglo XIX. Al este, se encuentra el edificio de la Fundación Díaz Cordobés, que albergó el Colegio de San Gumersindo, regentado por los Hermanos de las Escuelas Cristianas, de estilo historicista mudéjar toledano.

EL TOBOSO

“Sancho amigo, la noche se nos va entrando a más andar, y con más escuridad de la que habíamos menester para alcanzar a ver con el día al Toboso, adonde tengo determinado de ir antes que en otra aventura me ponga, y allí tomaré la bendición y buena licencia de la sin par Dulcinea; con la cual licencia pienso y tengo por cierto de acabar y dar felice cima a toda peligrosa aventura, porque ninguna cosa desta vida hace más valientes a los caballeros andantes que verse favorecidos de sus damas.  –Yo así lo creo –respondió Sancho–; pero tengo por dificultoso que vuesa merced pueda hablarla, ni verse con ella, en parte, a lo menos, que pueda recebir su bendición, si ya no se la echa desde las bardas del corral, por donde yo la vi la vez primera, cuando le llevé la carta donde iban las nuevas de las sandeces y locuras que vuesa merced quedaba haciendo en el corazón de Sierra Morena.
–¿Bardas de corral se te antojaron aquéllas, Sancho –dijo don Quijote–, adonde o por donde viste aquella jamás bastantemente alabada gentileza y hermosura? No debían de ser sino galerías, o corredores, o lonjas o como las llaman, de ricos y reales palacios.
–Todo pudo ser –respondió Sancho–; pero a mí bardas me parecieron, si no es que soy falto de memoria. –Con todo eso, vamos allá, Sancho –replicó don Quijote–: que como yo vea, eso se me da que sea por bardas que por ventanas, o por resquicios, o verjas de jardines; que cualquier rayo que del sol de su belleza llegue a mis ojos alumbrará mi entendimiento y fortalecerá mi corazón, de modo, que quede único y sin igual en la discreción y en la valentía
.”

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

Tras el episodio de los molinos de viento, Don Quijote  quiere dirigirse hacia El Toboso, un pueblo situado en La Mancha  que debe buena parte de su fama a la obra cervantina. Y sin embargo, El Toboso merece por si mismo una sosegada visita, ya que  entre sus calles y plazas guarda  monumentos de interés histórico-artístico y numerosos rincones llenos de encanto típicos de las pequeñas villas manchegas, con su tradicional edificación de mampostería y tapial, y el blanqueado de sus muros.

Convento de las Trinitarias. Foto: J.A. Padilla
Convento de las Trinitarias. Foto: J.A. Padilla

La  Iglesia Parroquial de San Antonio Abad, el Convento de las Religiosas Madres Trinitarias y el Convento de las Madres Franciscanas Clarisas son sus monumentos más importantes.  Pero El Toboso exhibe orgulloso su fama cervantina, como lo demuestra la existencia de frases del inmortal libro en muchas de sus calles, como si de un callejero literario se tratara. Y su monumento más representativo es, sin duda alguna, la Casa Museo de Dulcinea. Es aquí donde vivió doña Ana Martínez Zarco de Morales, la famosa Dulcinea de Toboso (“Dulce Ana”)  de la que al parecer anduvo enamorado el mismísimo Miguel de Cervantes  y en la que se inspiró Cervantes, razón por la cual la vivienda fue comprada por el Estado e inaugurada como museo en el año 1967.

Casa de Dulcinea. Foto: J.A. Padilla
Casa de Dulcinea. Foto: J.A. Padilla

La casa es de planta rectangular, con una portada de piedra rematada en cornisa y dos escudos. En su parte central, ocupando todo el ancho de la portada, muestra una tercera altura que los vecinos consideraban un torreón, motivo por el cual la vivienda era llamada “la casa de la torrecilla”.

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

En su interior presenta la estructura tradicional con cocina y dependencias para realizar las labores cotidianas y dormitorios en el segundo piso. Pero aprovechemos la visita a El Toboso para introducirnos en el personaje de Dulcinea.

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

Don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías. Esta necesidad de poseer una musa que inspire sus aventuras ya lo manifiesta el hidalgo caballero en el primer capítulo, en el inicio de sus aventuras: “Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma”.

Dulcinea del Tobos es una idealización de la hidalga Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se explica en este otro pasaje del libro:

“¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla “Dulcinea del Toboso” porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.”

Don Quijote, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, bautiza también a Aldonza y la convierte en Dulcinea, cuyo significado viene a ser el de dulzura. A partir de este momento, su señora será el destino de su idealismo y de sus aventuras, no dudando en pedir a aquellos con los que se cruza en su camino su encomienda de contarle a ella sus hazañas, tal y como hace con los galeotes a los que él supone haber liberado: “luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura”.

Pero la simpar Dulcinea, la dama no aparece físicamente en el libro y todo lo que acontece de ella forma parte de la imaginación de don Quijote. Todo lo que sabemos de ella es la imagen que el caballero andante ha forjado en su delirante pensamiento: “Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad.

En la Primera Parte de la Obra, Dulcinea es, pues, la dama imaginada por el caballero, la simpar y hermosa señora, aunque cuando Sancho se dirige a El Tobos a entregarle la carta escrita por don Quijote, este describe a la dama como una mujer fea “con un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa”.  Incluso en la aventura de la cueva de Montesinos, don Quijote ya no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que describe a Dulcinea de una manera mucho más acorde con el linaje al que pertenece, aunque, eso sí, responsabiliza de ello a los encantadores que confunden su mente: “—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado”

Pese a todo, don Quijote no renunciará al idea de su amada. Tras ser vencido por el Caballero de la Blanca Luna, no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que “Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad”.

Convento de las Franciscanas. Foto: J.A. Padilla
Convento de las Franciscanas. Foto: J.A. Padilla

El Toboso, el lugar de la Mancha del que Cervantes sí quiso acordarse, el lugar que se nos presenta con su rico patrimonio, y que ofrece al visitante un  encantador paseo entre casas señoriales, patios esmeradamente conservados, conventos y una iglesia de alta torre que en su día ya sirvió de faro guía al propio Don Quijote, cuando don Quijote le dice a su escudero. “Cuidado Sancho, con la iglesia hemos topado”.

Plaza de la Constitución. Foto: J.A. Padilla
Plaza de la Constitución. Foto: J.A. Padilla

No es será difícil identificar cada uno de los lugares descritos por Cervantes: la Plaza de la Iglesia, el Ayuntamiento y el monumento al amor del caballero a su dulce dama; la Plaza de la Constitución;  el Centro Cultural Cervantes y el  Convento de las Trinitarias, llamado  “el  Escorial de La Mancha”.  El Toboso es ese lugar en el que se funden la historia y la fantasía. El arte y la literatura.

TEMBLEQUE

“—Digo, pues, señores míos —prosiguió Sancho—, que este tal hidalgo, que yo conozco como a mis manos, porque no hay de mi casa a la suya un tiro de ballesta, convidó un labrador pobre, pero honrado.

—Adelante, hermano —dijo a esta sazón el religioso—, que camino lleváis de no parar con vuestro cuento hasta el otro mundo.

—A menos de la mitad pararé, si Dios fuere servido —respondió Sancho—. Y, así, digo que llegando el tal labrador a casa del dicho hidalgo convidador, que buen poso haya su ánima, que ya es muerto, y por más señas dicen que hizo una muerte de un ángel, que yo no me hallé presente, que había ido por aquel tiempo a segar a Tembleque…

—Por vida vuestra, hijo, que volváis presto de Tembleque, y que sin enterrar al hidalgo, si no queréis hacer más exequias, acabéis vuestro cuento (…)”.

Foto: J. A. Padilla
Foto: J. A. Padilla

Otra de las plazas importantes cervantinas es Tembleque, donde Miguel de Cervantes situó las andanzas de Alonso Quijano y su fiel escudero, Sancho Panza. Sin duda, Cervantes debió de conocer bien la población de Tembleque, tan sólo situada a 69 kilómetros de Esquivias, donde el escritor vivió tras su casamiento y donde, según han demostrado los historiadores, encontró inspiración para desarrollar los personajes de El Quijote.

Mientras reside en Esquivias, Miguel de Cervantes trabaja como recaudador de contribuciones por los pueblos de La Mancha y Ciudad Real, lo que llevó a recorrer la Mancha en viajes de dos o tres días, a lomos de un caballo flaco y durmiendo en las ventas y posadas del camino, lo que le inspiró muchos de los episodios de El Quijote. La población de Tembleque aparece citada en el Capítulo XXXI de la segunda parte, en el que caballero y escudero son huéspedes de unos duques que los han acogido para divertirse con sus locuras. A cuento de una larga anécdota que el escudero cuenta de forma enrevesada, Sancho Panza declara no haber estado presente en la muerte y funeral de un paisano por haber estado segando en Tembleque.

En aquella Mancha que conoció Cervantes, la población estaba compuesta por jornaleros agrícolas, cuyos jornales o días de trabajo en las faenas que el campo eran necesarios principalmente en la siega y trilla de la espiga. Una labor ejercida por el escudero de Don Quijote, Sancho Panza, tal y como nos lo describe Cervantes en el relato de un cuento que Sancho estaba narrando a la duquesa:

“Y así digo, que llegando el tal labrador a casa del dicho Hidalgo convidador, que buen poso haya su ánima, que ya es muerto, y por más señas dicen que hizo una muerte de un Angel, que yo no me hallé presente que había ido por aquel tiempo a segar a Tembleque.

Por vida vuestra hijo que volváis presto de Tembleque, y que, sin enterrar al Hidalgo (si no queréis hacer más exequias) acabéis vuestro cuento” (II P, Cap XXXI).

Tembleque no debía estar muy lejos del pueblo de Sancho Panza donde acudió el fiel escudero a segar antes de ser convencido por Don Quijote para acompañarle en sus aventuras. Tan cerca como la parte de La Mancha donde se encuentra el lugar de salida don Quijote y desde donde comienza sus aventuras hacia la venta de Manjavacas, los molinos de Campo de Criptana o para dirigirse a El Toboso no cabe duda alguna.

La huella cervantina en Tembleque es notoria cuando paseamos por sus calles y plazas. Nos imaginamos al hidalgo caballero paseando por sus calles. Pese a estar situado junto a la autovía de Andalucía, la tranquilidad del pueblo es absoluta. Tembleque cuenta con una de las plazas mayores más hermosas y originales, no solo en La Mancha, sino de toda España. La plaza es el centro de la vida del pueblo, así como de los festejos, muy abundante en la época cervantina, donde correr los toros era uno de los festejos importantes. Así, la plaza se construyó con ese fin, poder ver los espectáculos taurinos.

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Plaza Mayor: J. A. Padilla

La plaza, típicamente machega, está porticada en tres de sus lados, sustentada por columnas de granito de orden toscano. Los corredores son dobles, con el fin de permitir un mayor número de espectadores en los diversos festejos que se celebrasen. La ornamentación de los balcones en yeso se basa en la cruz de la Orden de San Juan de Jerusalén, la orden militar a la que perteneció la villa durante la Edad Media. En el lado norte se abre el Ayuntamiento, construída en granito, con el escudo con las armas de la villa. Al lado, en lo que fuera la cárcel, se ha reconstruido una típica casona manchega, con un patio central con un pozo, y donde se ha instalado un pequeño museo de carácter etnológico, La plaza cuenta con tres accesos, cubiertos por unos voladizos, coronados por un mirador a cuatro aguas.

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El principal y centrado, está en la fachada oriental, dando a la calle que significativamente se denomina del Toril. Si se sale por la entrada norte, por la calle de la Sagra, se llega a la curiosa ermita de la Veracruz, del siglo XVIII, de planta octogonal. El principal edificio religioso es la iglesia parroquial de la Asunción, iniciada a comienzos del siglo XVI, en estilo tardo gótico, por impulso del cardenal Cisneros. Es un templo de una sola y majestuosa nave, con la cabecera ochavada.

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ORGÁZ

.“-¿Qué les parece a vuestras mercedes, señores -dijo el barbero-, de lo que afirman estos gentiles hombres, pues aún porfían que ésta no es bacía, sino yelmo? -Y quien lo contrario dijere -dijo don Quijote-, le haré yo conocer que miente, si fuere caballero, y si escudero, que remiente mil veces.

Nuestro barbero, que a todo estaba presente, como tenía tan bien conocido el humor de don Quijote, quiso esforzar su desatino y llevar adelante la burla para que todos riesen, y dijo, hablando con el otro barbero: -Señor barbero, o quien sois, sabed que yo también soy de vuestro oficio y tengo más ha de veinte años carta de examen, y conozco muy bien de todos los instrumentos de la barbería, sin que le falte uno; y ni más ni menos fui un tiempo en mi mocedad soldado, y sé también qué es yelmo y qué es morrión, y celada de encaje, y otras cosas tocantes a la milicia, digo, a los géneros de armas de los soldados; y digo, salvo mejor parecer, remitiéndome siempre al mejor entendimiento, que esta pieza que está aquí delante y que este buen señor tiene en las manos, no sólo no es bacía de barbero, pero está tan lejos de serlo como está lejos lo blanco de lo negro y la verdad de la mentira; también digo que éste, aunque es yelmo, no es yelmo entero. -No por cierto -dijo don Quijote-, porque le falta la mitad, que es la barbera. -Así es -dijo el cura, que ya había entendido la intención de su amigo el barbero.”

Sabido es que desde Toledo, Don Quijote se dirigió a Tembleque, población que, como hemos visto conoció Miguel de Cervantes en su vida. Lo lógico es que el caballero andante atravesara en su viaje por la villa de Orgáz, situada a mitad de camino entre ambas. Sin embargo, esta villa no aparece nombrada en el Quijote, aunque si en una de sus novelas ejemplares, La ilustre fregona, cuando uno de sus personajes, Avendaño, intenta convencer al huésped del sevillano de que este se ha dirigido desde Madrid a Orgáz cruzando el río Tajo por Azeca, por lo que le recomienda a Avendaño madrugar y dirigirse a Orgáz “antes de que entre el calor“. Pero este, enamorado de Constanza, prefiere quedarse en Toledo junto a ella.

El entierro del Conde de Orgáz, de El Greco. Foto: J.A. Padilla

Pero además, Orgáz es importante por otra curiosa cuestión. Orgaz era una población que había pertenecido a don Gonzalo Ruiz de Toledo, Conde Orgaz, quien fue inmortalizado por El Greco en uno de sus cuadros mas famosos: El entierro del Conde de Orgáz. Este cuadro fue encargado por el párroco de Santo Tome, Andrés Núñez de Madrid, cuya sobrina se había casado con el sobrino político de Miguel de Cervantes, lo que ha llevado a algunos investigadores en la posibilidad de que uno de los personajes que aparecen en el cuadro es el propio Miguel de Cervantes, quien en aquella época vivía en Toledo. Su cabeza aparece casi justo en el centro de la parte terrenal, la parte inferior, del cuadro.

Arco de Belén. Foto: J.A. Padilla

Curiosidades al margen, la villa de Orgáz, hoy declarada Conjunto Histórico, está situada en el antiguo camino que unía Córdoba y Toledo. En esta villa nació Doña Jimena, esposa del Cid Campeador, siendo este su primer señor de Orgáz. Su trama urbana es típicamente manchega o, por mejor decir, cervantina, que aún conserva restos de la antigua muralla árabe que cerraba la ciudad, así como dos de sus puertas: El Arco de San José y el Arco de Belén. Dentro de la ciudad se encuentra el  castillo construido en el siglo XII, edificado por el Conde de Orgáz.

Castillo del Conde de Orgáz. Foto: J.A. Padilla

La Playa Mayor es el típico ejemplo de plaza con soportales de los pueblos manchegos. En ella encontramos el antiguo Hospital de San Lorenzo, del siglo XVIII. En la misma plaza encontramos la Iglesia Parroquial de Santo Tomás Apóstol, de estilo Barroco churrigueresco, construida por Alberto de Churriguera, uno de los más grandes genios del barroco español. El Pósito, el puente de los Cinco Ojos, construido por Carlos III, Las Ermitas del Socorro y de la Concepción, y algunas otras casas señoriales demuestran el esplendor que llegó a tener Orgáz.

Iglesia de Santo Tomás Apóstol. Foto: .A. Padilla

CUEVA DE MONTESINOS

“Llegó la noche y se albergaron en una aldea. Al día siguiente, después de comprar cien brazas de soga, se dirigieron a la cueva a la que llegaron a las dos de la tarde. La boca de la cueva era espaciosa, pero estaba llena de arbustos, zarzas y malezas. Sancho sintió miedo por don Quijote. Don Quijote mandó que lo atasen a la soga.  El primo le pidió que averigüe bien lo que hay dentro, pues algunas de las cosas que hallare las podría poner en un  nuevo libro que pensaba escribir, llamado de las  Transformaciones. A esto respondió Sancho que En manos está el pandero que le sabrá bien tañer (Ya sabe lo que tiene que hacer). Después de encomendarse a Dios y a Dulcinea descendió.

Soltaron las cien brazas de soga que tenían. A la media hora empezaron a recoger la soga. Como no pesaba, creían que don Quijote se había quedado dentro. A las ochenta brazas, sintieron peso. Don Quijote salió dormido. Consiguieron despertarlo, pero renegó, porque “le habían quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto y ha pasado”, añadiendo a continuación que “ahora acabo de conocer que todos los contentos de esta vida pasan como sombra y sueño o se marchitan como flor del campo”.

Se sorprendieron de sus palabras y le dijeron que les contase lo que en aquel infierno había visto. Les dijo que se sorprenderían. Pidió de comer: se sentaron, merendaron y cenaron. Después les comunicó que estuviesen atentos a lo que les iba a contar.”

Foto. J.A. Padilla
Foto. J.A. Padilla

Uno  de los episodios más extravagantes y enigmáticos de “El Quijote” es el correspondiente a la “Cueva de Montesinos”, a la cual el caballero desciende, no sin antes invocar  siempre a su amada Dulcinea del Toboso a la que pide su amparo, “… porque ella es su señora y por ella se fortalecen las  virtudes del caballero…”.  Iluminado con una antorcha su espada se adentra en la cueva,  atado a una soga con cien brazas de longitud. En el interior de la misma, descubre, aunque un mundo maravilloso donde  contempla las maravillas que la cueva encierra y de las que tanto  hablan en esos contornos.

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

Aquella cueva de la que oyó hablar el hidalgo caballero y despertó su curiosidad se encuentra en la carretera que une Ruidera con Ossa de Montiel, y es una cavidad que se encuentra a ras de tierra. A la cueva se accede a través de unos escalones excavados en la entrada. Tan solo una linterna y el calzado adecuado son necesarios para su visita. Allí dentro, con la ayuda de la linterna, imitaremos al caballero y llegaremos a  una espaciosa  sala, y las muchas maravillas que esta cueva encierra, siendo además  lugar de muchos murciélagos, que Cervantes llamaba “pájaros del  infierno”. Allí, intentaremos imaginar el mundo que descubrió don Quijote:

 “Serían las cuatro de la tarde cuando don Quijote empezó a contarles a Sancho y al primo lo que había visto en la Cueva de Montesinos. Empezó diciéndoles que a los doce estados de profundidad se abre un espacio grande. Como no sabía la profundidad total de la cueva, decidió quedarse allí. Al poco tiempo sintió sueño. Se despertó y se halló en un sitio memorable por su belleza: era el mejor prado que puede criar la naturaleza. No se creía lo que estaba viendo: un hermoso castillo de paredes transparentes.  Montesinos en persona, con la apariencia de un viejo venerable lo recibió. Tenía una barba muy larga e iba vestido con una larga capa que arrastraba por el suelo. Llevaba por los hombros una beca de colegial. Lo primero que le dio fue la bienvenida, diciéndole que llevaba muchos años esperándolo para que le dijera al mundo las muchas bellezas que encierra la cueva. Guiado por Montesinos, fue llevado a una gran sala de alabastro.

En un sepulcro estaba el cuerpo de Durandarte. La mano derecha estaba puesta sobre el lado del corazón. Como Montesinos vio que don Quijote estaba sorprendido, retomó la conversación y le dijo que se encontraban allí encantados por obra del mago Merlín. Nadie sabe por qué los encantó. Don Quijote le preguntó a Montesinos que cómo estando muerto Durandarte, algunas veces se quejaba como si estuviera vivo. En ese momento, Durandarte dijo parte de un romance en el que le recordaba a su primo Montesinos que cuando muriera su corazón se le debería llevar a Belerma.”

Al poco  de descender al fondo de la cueva, a don Quijote le asalta un profundo  sueño, despertando ante un verde y florido prado,  frente a un  castillo de cristal. Es aquí donde el caballero Montesinos, cumpliendo una promesa, arrancó el corazón a Durandarte muerto, para entregárselo a su amada Belerma Montesinos lleva a don Quijote ante Durandarte, héroe de Roncesvalles.  Y allí contempla una procesión de lindas doncellas y la señora Belerma  con el corazón de su amado entre sus manos. Muchas son las extrañas  situaciones que allí le ocurren a Don quijote, y que merece la pena  descubrir en este capítulo.  Al regresar el caballero es izado por  Sancho y el estudiante. Trae los ojos cerrados, pues con dolor,  comprueba que el mundo de la caballería es tan sólo una fábula, (en alusión a la caverna de Platón donde se observan siluetas y  signos por develar). El metafórico texto de la cueva de Montesinos  lleva a su máxima expresión la estética de Cervantes, donde lo irreal y mágico llega a su máxima expresión.

Foto: J.A. Padilla
Foto: J.A. Padilla

Pero en la cueva en la que nos encontramos, es difícil imaginar palacios de cristal y alabastros. El único valor que podemos encontrar en la misma es puramente literario. A partir de la mitad de la cavidad aparece la zona más amplia conocida como la Gran Sala, en cuyo techo se encuentra una multitud de murciélagos. Dentro de la cueva se han hallado restos de útiles, que manifiestan la actividad humana desde tiempos remotos, como cuchillos y puntas de flechas de sílex y trozos de hachas pulimentadas, lo que demuestra la existencia humana en la cueva, probablemente del final del Neolítico e inicio de la Edad de los Metales.

Algo menos de una hora durará nuestra visita a la cueva, el tiempo que estuvo don Quijote en el interior de la misma, pese a que él creyó haber estado tres días: “ –Yo no sé, señor don Quijote, cómo vuestra merced en tan poco espacio de tiempo como ha que está allá bajo, haya visto tantas cosas y hablado y respondido tanto. -¿Cuánto ha que bajé? -preguntó don Quijote. -Poco más de una hora -respondió Sancho. -Eso no puede ser -replicó don Quijote-, porque allá me anocheció y amaneció, y tornó a anochecer y amanecer tres veces; de modo que, a mi cuenta, tres días he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la vista nuestra.
-Verdad debe de decir mi señor -dijo Sancho-, que, como todas las cosas que le han sucedido son por encantamento, quizá lo que a nosotros nos parece un hora, debe de parecer allá tres días con sus noche
s”,

Miguel de Cervantes en su genial obra el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha situó en las profundidades de esta cueva el más famoso encantamiento de la historia de la literatura, convirtiendo a distintos personajes literarios, como la dama Ruidera y sus hijas, en río y lagunas.

LAGUNAS DE RUIDERA

“…. Se quería ir a cumplir con su oficio, buscando las aventuras, de quien tenía noticia que aquella tierra abundaba, donde esperaba entretener el tiempo hasta que llegase el día de las justas de Zaragoza, que era el de su derecha derrota; y que primero había de entrar en la cueva de Montesinos, de quien tantas y tan admirables cosas en aquellos contornos se contaban, sabiendo e inquiriendo asimismo el nacimiento y verdaderos manantiales de las siete lagunas llamadas comúnmente de Ruidera.”  (Capítulo XVIII, parte II).

“Finalmente, tres días estuvieron con los novios, donde fueron regalados y servidos como cuerpos de rey. Pidió don Quijote al diestro licenciado le diese una guía que le encaminase a la cueva de Montesinos, porque tenía gran deseo de entrar en ella y ver a ojos vistas si eran verdaderas las maravillas que de ella se decían por todos aquellos contornos. El licenciado le dijo que le daría a un primo suyo, famoso estudiante y muy aficionado a leer libros de caballerías, el cual con mucha voluntad le pondría a la boca de la misma cueva, y le enseñaría las lagunas de Ruidera, famosas asimismo en toda la Mancha, y aun en toda España.”   (Capítulo XXII, parte II).

Foto: J. A. Padilla
Foto: J. A. Padilla

En pleno corazón de La Mancha se encuentran las lagunas de Ruidera, un paisaje que embrujó a Miguel de Cervantes, que llegó a considerarlas como “creadas como por  encanto del mago Merlín“. Y este mágico lugar, como es lógico, lo incluyó en algunos pasajes de su genial obra Don Quijote  de la Mancha.  Ruidera es en la actualidad el enclave natural cervantino por  excelencia y escenario de las aventuras de Don  Quijote y Sancho.

“Dios os perdone, amigos; que me habéis quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. En efecto, ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombra y seño, o se marchitan como la flor del campo. ¡Oh, desdichado Montesinos! ¡Oh, mal ferido Durandarte! ¡Oh sin ventura Belerma! ¡Oh lloroso Guadiana, y vosotras sin dicha hijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las que lloraron vuestros hermosos ojos!”   (Capítulo XXII, parte II).

En pleno corazón de La Mancha se encuentran las Lagunas de Ruidera, un espectacular paisaje que embrujó a Miguel de Cervantes, que llegó a considerarlas como “creadas como por  encanto del mago Merlín”. Y este mágico lugar, como es lógico, lo incluyó en algunos pasajes de su genial obra Don Quijote  de la Mancha.  Ruidera es en la actualidad el enclave natural cervantino por  excelencia y escenario de las aventuras de Don  Quijote y Sancho.

Foto: J. A. Padilla
Foto: J. A. Padilla

Cascadas, torrentes y manantiales de aguas azules y turquesas o rojizas forman parte de este paisaje difícilmente imaginable en La Mancha. Todo ello forma un conjunto lagunar único en España, que se encuentra delimitando las provincias de Ciudad Real y Albacete y en medio del extenso Campo de Montiel. Un conjunto de15 lagunas y un pantano, el de Peñarroya. Su sobrecogedora belleza

La sobrecogedora belleza del Parque Natural de las Lagunas de Ruidera nos cautivará como inspiró a Miguel de Cervantes, cuando por boca de hidalgo caballero lo definió como un “mágico sistema lagunar” que, en uno de sus episodios, llega incluso a comparar con el mar Mediterráneo: “!Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera, que en la Mancha habían visto…”.

Foto: J. A. Padilla
Foto: J. A. Padilla

Las lagunas de Ruidera surgen a partir del desbordamiento de las aguas del río Guadiana, que fluyen formando cascadas entre las lagunas que se encuentran en los niveles más altos y los más bajos. Este paisaje manchego es aún más sobrecogedor tras los intensos periodos de lluvias invernales, cuando el nivel del agua es aún mayor y los torrentes corren con toda la fuerza del agua.

Cada una de las lagunas que forman este Parque Natural es diferente. De todas ellas, la Colgada es la mayor, con 2.400 metros de longitud y 400 de ancho. Situada en el cruce que enlaza la carretera de Albacete y Manzanares, es sin lugar a dudas una de las paradas obligadas dentro del parque. La laguna Santo Morcillo, una de las más propicias para disfrutar de un refrescante baño. La del Rey es otra de las más visitadas, que junto a la Colgada, simula ser una sola. Al cruzar el puente que hay al final de este lago, llegamos a El Hundimiento, uno de los saltos de agua más impactantes del complejo lagunar.

Foto: J. A. Padilla
Foto: J. A. Padilla

Junto a un tranquilo pinar se enclava la laguna Batana, un idílico lugar que merece la pena descubrir debido a sus bellos cierres tobáceos. En época de lluvias suele recibir agua de la Santo Morcillo, formando cascadas de unos 10 metros de altura. La Salvadora es una de las preferidas por los bañistas. Rodeada de abundante arbolado que sirve de cobijo para muchas aves y proporciona agradables sombras en verano, tiene varias playas de arena.

La de San Pedro o San Pedra, como la apodan los lugareños, es otro de los emplazamientos más espectaculares del parque. Este lago nace en las proximidades de Ossa de Montiel y cuenta con agradables playas. Además, posee un núcleo rural con una ermita en honor a San Pedro de Verona. A muy poca distancia encontramos los restos arqueológicos del Castillo de Rochafrida, construído por los musulmanes en el siglo XII.

El ruido que hacen las aguas al caer acompaña la tranquilidad del entorno y ha dado nombre a la principal localidad del Parque, Ruidera.  Pero el suministro de agua le llega a las lagunas también desde la lluvia recogida en las laderas circundantes hasta pequeños arroyos y riachuelos que nacen en el entorno. Podremos ir recorriendo una a una las lagunas recorriendo la carretera asfaltada que transcurre junto a ellas.

 El paseo y la contemplación de las lagunas es la principal actividad a realizar, pero se pueden disfrutar de otras, desde la observación de aves como patos, aguiluchos o avutardas; el baño sólo en las zonas permitidas o la navegación en barcas de pedales o vela  y senderismo por las rutas preparadas y ofrecidas desde la oficina de información en la entrada de Ruidera.

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Foto: J. A. Padilla

Desde aquí recorreremos el camino de Don Quijote, como la cueva de Montesinos, el castillo de Rochafrida o la cueva de Medrano. Imaginaremos como el caballero Montesinos se casó con Rosaflorida, señora del castillo de Rochafrida. Pero el mago Merlín los tenía encantados en la cueva y sólo se salvaron un escudero llamado Guadiana, que se convirtió en río, y la dueña Ruidera, sus hijas y sobrinas, que se transformaron en lagunas.

Toda la magia es posible imaginarle en este paradisiaco paisaje.

Foto: J. A. Padilla
Foto: J. A. Padilla

“Y con Guadiana vuestro escudero, y con la dueña Ruidera, y sus siete hijas y dos sobrinas y con muchos de vuestros conocidos y amigos nos tiene aquí encantados el sabio Merlín a muchos años; y aunque pasan de quinientos no se ha muerto ninguno de nosotros, solamente falta Ruidera y sus hijas, y sobrinas, las cuales lloran, por compasión que debió tener Merlin de ellas, las convirtió en otras tantas lagunas, que ahora en el mundo de los vivos y en la provincia de La Mancha las llaman Las lagunas de Ruidera. Las siete son de los Reyes de España, y las dos sobrinas de la orden de los caballeros de Guadina vuestro escudero, plañendo asimismo sus desgracias, fue convertido en un río. Llamado del mismo nombre, el cual cuando llego a la superficie de la tierra y vio el sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sintió de ver que os dejaba, que se sumergió en las entrañas de la tierra; pero como no es posible dejar de acudir a su natural corriente, de cuando en cuando sale y se muestra donde el sol y las gentes le vean: vanle administrando de agua las referidas lagunas…”  Quijote de Cervantes, Capítulo XXIII, parte II.

“Yo, señor don Quijote de la Mancha, doy por bien empleadísima la jornada que con vuestra merced he hecho, porque en ella he granjeado cuatro cosas. La primera, haber conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad. La segunda, haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos, con las mutaciones de Guadiana y de las lagunas de Ruidera…”   (Capítulo XXIV, parte II).

ALMAGRO

“—Mira, Sancho —dijo don Quijote—: dondequiera que está la virtud en eminente grado, es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos varones que pasaron dejó de ser calumniado de la malicia. Julio César, animosísimo, prudentísimo y valentísimo capitán, fue notado de ambicioso y algún tanto no limpio, ni en sus vestidos ni en sus costumbres. Alejandro, a quien sus hazañas le alcanzaron el renombre de Magno, dicen dél que tuvo sus ciertos puntos de borracho. De Hércules, el de los muchos trabajos, se cuenta que fue lascivo y muelle. De don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, se murmura que fue más que demasiadamente rijoso; y de su hermano, que fue llorón. Así que, ¡oh Sancho!, entre las tantas calumnias de buenos bien pueden pasar las mías, como no sean más de las que has dicho.

—¡Ahí está el toque, cuerpo de mi padre! —replicó Sancho.

—Pues ¿hay más? —preguntó don Quijote.

—Aún la cola falta por desollar —dijo Sancho—: lo de hasta aquí son tortas y pan pintado; mas si vuestra merced quiere saber todo lo que hay acerca de las caloñas que le ponen, yo le traeré aquí luego al momento quien se las diga todas, sin que les falte una meaja, que anoche llegó el hijo de Bartolomé Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y yéndole yo a dar la bienvenida me dijo que andaba ya en libros la historia de vuestra merced, con nombre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha; y dice que me mientan a mí en ella con mi mesmo nombre de Sancho Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el historiador que las escribió.

—Yo te aseguro, Sancho —dijo don Quijote—, que debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia, que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir.

—¡Y cómo —dijo Sancho— si era sabio y encantador, pues, según dice el bachiller Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho tengo, que el autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena!

—Ese nombre es de moro —respondió don Quijote.

—Así será —respondió Sancho—, porque por la mayor parte he oído decir que los moros son amigos de berenjenas.

—Tú debes, Sancho —dijo don Quijote—, errarte en el sobrenombre de ese Cide, que en arábigo quiere decir ‘señor’.

—Bien podría ser —replicó Sancho—; mas si vuestra merced gusta que yo le haga venir aquí, iré por él en volandas.

—Harásme mucho placer, amigo —dijo don Quijote—, que me tiene suspenso lo que me has dicho y no comeré bocado que bien me sepa hasta ser informado de todo.

—Pues yo voy por él —respondió Sancho.”

almagro

En el capítulo II  se hace alusión a un personaje llamado Cide Hamete Benengeli, a quien Cervantes atribuye la autoría de la inmortal obra desde el capítulo IX en adelante, de tal manera que la novela es descrita como la traducción de un texto más antiguo escrito en árabe que relataría unos hechos supuestamente verídicos, al ser este personaje un historiador árabe. Con este juego literario, Cervantes quiere dar más credibilidad al texto, haciendo creer que don Quijote fue un personaje real avalado por la historia. En un momento de este capítulo, Sancho le llama Cide Hamete Berenjena. Y cuando Don Quijote le dice que ese nombre es moro, Sancho le responde que los moros son amigos de las berenjenas. Es importante saber que el término Benengeli significa “aberenjeneado” o “berenjenero”. Es evidente que Sancho no sabe árabe pero traduce perfectamente el significado de la palabra.

No cabe duda alguna que, cuando hablamos de berenjenas, es preciso hablar de Almagro, la monumental villa ubicada en pleno Campo de Calatrava manchega. Pero además de su manjar culinario, Almagro tiene una Plaza Mayor sin parangón alguno en el mundo. Caracterizada por su armónico conjunto de viviendas acristaladas que se disponen sobre soportales en dos alturas, sostenidas por ochenta y cinco columnas de piedra toscanas, sobre las que descansan las gruesas zapatas y vigas de madera pintadas de almagre o azul. Esta plaza es todo un homenaje al descanso del cansado viajero, donde no faltan las terrazas donde disfrutar de unas tapas o de un delicioso plato manchego, además de lugares donde degustar la extraordinarias berenjenas, de la que toma su nombre el historiador cervantino.

Corral de Comedias
Corral de Comedias

Pero además de las casas soportaladas, aquí se encuentra otra auténtica joya que ha convertido además a esta villa en la ciudad del teatro. Su rehabilitado Corral de Comedias, descubierto en el año 1950, se conserva en su forma original, cuando fue construido allá por el año 1628. Un grupo de actores hacen de guías durante una visita dramatizada en la que una voz en off cuenta la historia del edificio y nos introduce en la Almagro de la época.

Interior del Corral
Interior del Corral

La original plaza medieval sufrió una notable transformación a lo largo del siglo XVI, coincidiendo con la llegada a Almagro de los Fugger, castellanizada como Fúcares, una familia alemana de banqueros súbditos del emperador Carlos V, a quienes se les había arrendado las minas de Almadén como premio por su apoyo económico durante las guerras de Europa. Gracias a ellos se levantaron nuevos edificios en la plaza y las galerías acristaladas que ennoblecen y embellecen los dos lados mayores de esta plaza.

Ayuntamiento
Ayuntamiento

En el lado este se levanta el Ayuntamiento, edificio que ha sufrido numerosas transformaciones. Que presenta una elegante fachada de piedra sillar, con tres puertas y ventanas enrejadas en la planta baja y en la principal balcón corrido con cinco vanos adintelados, coronado el central por un gran escudo de la ciudad. En el ángulo izquierdo del edificio destaca una pequeña torre en la que se encuentra un reloj de forja y de la que sobresale una singular estructura metálica, también de forja, que sostiene la campana, fechada en 1798 y que proviene del antiguo convento de Santa Catalina, de frailes franciscanos.

Calle del Toril
Calle del Toril

En el lado norte de la plaza, a la derecha desde el Ayuntamiento, se abre el callejón del Villar, donde puede observarse la estructura de las viviendas. En el lado sur se encuentra la antigua calle del Toril, donde se encuentra la casa de Diego de Molina el Viejo. La portada enmarcada de piedra es de finales del siglo XVI y presenta un escudo con las armas de Molina, Dávila y Fajardo. Otras edificaciones mantienen algún tipo de interés, como dos casas con dinteles de piedra o la casa de los Rosales, con fachada de fines del siglo XVII.

San Agustín
San Agustín

La iglesia de San Agustín puede considerarse la obra cumbre del barroco triunfante en la provincia de Ciudad Real. Fue fundada por María Figueroa que, como última heredera, quiso cumplir la voluntad testamentaria de sus hermanos de fundar un convento de monjes Agustinos Recoletos, fundación que pasó por múltiples problemas al interponerse los intereses de los jesuitas que deseaban impedir a toda costa la fundación. El convento, del que solo se mantiene la iglesia, es hoy un interesante museo y se distingue por la decoración pictórica mural que la cubre por completo y cuya temática se centra en la exaltación de San Agustín, la Eucaristía y la Virgen. En su interior, además, se encuentran algunas pinturas murales, cuyo autor se desconoce y cuyo significado es un enigma.

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La plaza de Santo Domingo constituye uno de los espacios urbanos más emblemáticos de la ciudad de Almagro. Aquí se encuentran edificios civiles, como el Palacio de los Torremejía, el Palacio de Valdeparaiso o la casa del Prior del Campo de Calatrava, y edificios religiosos, como la Iglesia de las Bernardas. En esta plaza se realizan en verano las actividades de teatro de calle, música, talleres e incluso albergó los primeros años de actuación de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en Almagro, antes de su traslado al Hospital de San Juan de Dios.

Plaza de Santo Domingo
Plaza de Santo Domingo

 

 

3 comentarios sobre “PUEBLOS DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA

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  1. Deberías añadir un pueblo a tu colección y no un pueblo cualquiera. En este año en el que se ponen en manifiesto varios pueblos con el aniversario de la seguanda parte de don Quijote ha aparecido un libro, titulado lo que Cervantes calló, en el que el autor intenta explicar que el lugar del que no quiere acordarse es Mota del Cuervo. Los argumentos son tan válidos como otros cualquiera. El autor ha participado en varias conferencias y programas de radio, puedes buscarlo y verás. Se llama José Manuel González Mujeriego.

  2. Muchas gracias Miguel por sugerir la inclusión de MOTA DEL CUERVO en esta web. Un pueblo con fundadas razones para ser ese lugar del que Cervantes no quiso acordarse, tal y como detallo en mi libro “Lo que Cervantes calló” http://www.cultivalibros.com/Lo-que-Cervantes-callo.htm
    Cervantes se repite en su obra. En el Persiles habla también de ese lugar del que no se acuerda, cuando sitúa a unos peregrinos en Quintanar de la Orden y los hace ir en dirección a Valencia, por el Camino Real, y cuando llegan al siguiente pueblo, vuelve a decir aquello de que: “llegan a un pueblo no muy grande, ni muy pequeño, de cuyo nombre no me acuerdo”… Es posible que Cervantes no se acuerde, o no quiera acordarse, pero la geografía se obstina en llamar al siguiente pueblo, saliendo desde Quintanar, en dirección a Valencia, como MOTA DEL CUERVO. Si despejamos esa incógnita en el Quijote, vemos que TODO cuadra. Un lugar, “Tan cerca del Toboso”. En mi libro detallo también las razones por las que otros lugares candidatos no pueden, desde mi punto de vista, ser ese “Lugar de la Mancha”.

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