San Sebastián: de paseo por La Concha

San Sebastián, desde el monte Igueldo. Foto: J.A. Padilla
San Sebastián, desde el monte Igueldo. Foto: J.A. Padilla

Tal vez el elemento más característico de San Sebastián sea su funicular, situado a los pies del Monte Igueldo, que cierra la bahía por el lado oeste. Este artilugio es el más antiguo de España, habiendo sido inaugurado el 25 de agosto de 1912. Todo aquel que visite la ciudad ha de subir a lo más lo del monte, hacia la atalaya que lo corona. En apenas tres minutos llegaremos al final del recorrido. Arriba llegaremos a un mirador desde el que podemos contemplar la bahía en toda su extensión. También podemos aprovechar para montarnos en alguna de las atracciones que aún existen del antiguo parque.

La fotografía desde aquí constituye la imagen característica de la ciudad de San Sebastián. A vista de pájaro, contemplamos toda la extensión de la Playa de La Concha, en realidad la única que se divisa desde este punto, puesto que la vegetación del monte nos impide ver la totalidad del paseo.

Un paseo que hemos iniciado desde la plaza del Ayuntamiento, inicio de la playa de La Concha. Un paseo de un kilómetro y medio de longitud que nos llevará hasta el llamado Pico del Loro, donde se inicia la playa de Ondarreta, de unos seiscientos metros de longitud, cuyo final se encuentra en el Peine del Viento.

Farolas. Foto. J.A. Padilla
Farolas. Foto. J.A. Padilla

No nos asustemos por la distancia, porque el trayecto será ameno. En primer lugar, hemos de fijarnos en la barandilla que separa el paseo de la playa. En segundo lugar, las farolas blancas que encontramos durante todo el camino. Un icono de la ciudad hasta el punto de servir de premio en el Festival de Cine. Pronto llegamos a la zona de “los relojes”, que nos marcan la hora, como no, pero también la temperatura y presión atmosférica. Su ubicación se debe a que esta es el acceso principal a la playa. Es importante que nos bañemos y disfrutemos del mar sabiendo de antemano el tiempo, el cronológico y el meteorológico.

Relojes. Foto: J.A. Padilla
Relojes. Foto: J.A. Padilla

En nuestro paseo vamos haciendo frecuentes paradas, para descansar y disfrutar del paisaje y para tomar alguna fotografía. Desde este lugar observamos la bahía, protegida por los dos montes situados al principio y final; el monte Urgull, con su característico Sagrado Corazón en lo más alto; y el monte Igueldo, al que accederemos más tarde por el funicular.

Playa de La Concha. Foto: J.A. Padilla
Playa de La Concha. Foto: J.A. Padilla

Frente a nosotros se eleva la Isla de Santa Clara, que desde aquí no parece isla, sino una prolongación del inicio de la bahía, conectado con Urgull. Santa Clara es una isla que cuenta con una pequeña playa que aparece y desaparece, dependiendo de las mareas. A la isla se puede llegar en barca, aunque se dice que con las mareas vivas se puede llegar a pie con la bajamar desde el Peine del Viento. También se puede llegar nadando, especialmente porque esta isla protege la bahía y evita el oleaje de sus aguas. Seguimos nuestro paseo y llegamos a la llamada zona de La Perla, con su característico edificio art-decó de color blanco. Estamos en una zona de ocio y restauración.

Pico del Loro y Playa Ondarreta. Foto: J.A. Padilla
Pico del Loro y Playa Ondarreta. Foto: J.A. Padilla

Llegamos al Pico del Loro, en realidad un promontorio rocoso que divide la bahía. Aquí comienza la Playa de Ondarreta. Su principal característica es que aquí están situadas las casetas de playa. Detengámonos en este pico, cuyo nombre se debe a un error de traducción. Su nombre correcto es peña de Loretopea (pie de Loreto), llamada sí porque en este lugar existió una ermita dedicada a la Virgen de Loreto. Tras la desaparición de la ermita quedó el nombre, que fue cambiando a “pico del Loro”.

Playa Ondarreta. Foto: J.A. Padilla
Playa Ondarreta. Foto: J.A. Padilla

Seguimos caminando y llegamos al final de la Playa. Aquí podemos optar por dirigirnos al monte Igueldo, a través del ya mencionado funicular, o completar nuestro paseo hasta el final, situado unos doscientos metros más allá, por el paseo de Eduardo Chillida autor del conjunto escultórico llamado Peine del Viento formado por tres esculturas de acero incrustadas en una rocas azotadas por las olas del mar Cantábrico. Su autor tenía la intención de que el viento se peinara antes de entrar en la ciudad; de ahí su nombre. Las tres son similares, pero no idénticas. Cada escultura está formada por cuatro gruesas barras de acero de sección cuadrada que emergen de un tronco común anclado en la roca. Una de las barras marca una curva en el aire y traza una paralela con el tronco común, antes de volver a incrustarse en la roca. Los otros tres brazos se retuercen y curvan a modo de garfios atrapando el espacio en su interior, sin llegar a cerrarse nunca.

Peine del Viento. Foto: J.A. Padilla
Peine del Viento. Foto: J.A. Padilla

Se trata de esculturas vivas, azotadas por las olas del mar y el viento hasta que ambos consigan derribarlas y caer el mar. En los días de mar embravecido, el viento sopla con fuerza y el mar genera grandes olas, penetrando entre los oxidados brazos del peine. El sonido del viento y la espuma de las olas generan un espectáculo inigualable.

Nuestro paseo ha concluido.

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