Casas Colgadas

Sin duda alguna, las Casas Colgadas de Cuenca constituyen unos de los conjuntos monumentales más conocidos y más espectaculares de España. Una bella construcción con vigas y balconadas de madera, con rejas de la época en el que se construyeron, en el siglo XV, que hoy es ocupada por un museo, las denominadas Casas del Rey, y un restaurante, que se encuentra en la Casa de la Sirena. Tan espectacular es su vista desde el exterior, sea cual sea nuestro punto de observación, como desde su interior, contemplando la hoz del río Huecar desde la impresionante altura.

Conocida como leyenda de “La Sirena”, esta leyenda corresponde a los tiempos de Pedro I el Cruel y la guerra contra y su hermano bastardo, el príncipe Enrique de Trastámara, entre los años 1366 y 1369. La historia se inicia con llegada a Cuenca del príncipe Enrique  para agradecer a la ciudad su apoyo en la guerra contra su hermanastro.

Enrique II de Castilla fue primer rey de Castilla de la dinastía Trastámara, llamado el Fratricida. Fue el cuarto de los diez hijos bastardos de Alfonso XI el Justiciero Su padre le concedió condado de Trastámara. Mientras vivió Alfonso XI, su amante Leonor madre de Enrique consiguió títulos y privilegios para todos los hijos tenidos con el rey, lo que provocó el descontento del infante heredero Pedro, más tarde conocido como Pedro I el Cruel  que heredó el trono cuando Alfonso XI murió inesperadamente de peste en marzo de 1350. En estas disputas entre Pedro y Enrique la ciudad de Cuenca apoyó a Enrique, que se dirigió a la ciudad a agradecerle su apoyo.

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La ciudad también se había preparado para recibir a “su” rey. Las calles engalanadas y todo el pueblo había acudido a vitorearle. Enrique, acompañado de su comitiva, avanzaba despacio y saludaba a todos. De repente, repara en una joven que se encuentra entre la multitud. Sus ojos y su belleza atraen al rey que detiene su marcha. La joven, viendo al rey fija en ella, desaparece inmediatamente entre el gentío, asustada. Enrique intenta seguir con su mirada a la muchacha. Ordena entonces a uno de sus soldados que la busquen y la lleven a su presencia. No tardarán en dar con su casa y uno de sus criados se dirigirá a ella para informarle del deseo del rey. La joven, de nombre Catalina, se niega a acceder a los deseos del príncipe, pero su padre la obliga a ello. Teme que el príncipe les castigue si se niegan a sus pretensiones. Así, Catalina es llevada ante Enrique y este la aloja en sus habitaciones anexas al Palacio Episcopal, convirtiéndose en su amante, ya que estaba casado con Juana de Villena.

Cuando Enrique tiene que partir de Cuenca al encuentro contra su hermanastro, deja bajo el cuidado y vigilancia de las mujeres de palacio a Catalina y al hijo que espera con la orden de que ninguno de los dos puedan abandonar la casa. El 14 de marzo de 1369 las tropas de Enrique se encuentran con las de Pedro I el Cruel, infringiéndole una severa derrota en Montiel. Enrique es proclamado rey de Castilla, mientras, Catalina da a luz a un niño llamado Gonzalo Enríquez.

A Enrique le preocupa este nuevo vástago, ilegítimo como él y las consecuencias futuras. Disfrazado de labriego, visita a un hechicero y le pregunta sobre su futuro. El le augura que aquel niño, hijo de Catalina, se convertirá en el mayor enemigo de su hijo legítimo y heredero, el príncipe Juan, al que le disputará la corona.  Enrique envía soldados a Cuenca para capturar al niño, que vive con su madre en la que hoy se llama Casa de la Sirena. Es la madrugada de una noche fría y oscura cuando algunos hombres armados caminan por las solitarias calles de Cuenca. Cuando llegan a la casa, llaman a la puerta. Cuando Catalina abre la puerta, los soldados ordenan que les entregue a su hijo. Ella entonces les pide la lleven a ella también, pero los soldados se lo arrancan de los brazos y se lo llevan, desapareciendo en la negrura de la noche mientras Catalina llora desconsoladamente la pérdida de su niño. Sin noticias del rey, ni del niño y presintiendo el trágico fin de su hijo, lloraba y se lamentaba por su perdida. A partir de este día, la locura se apodera de Catalina, que pasa las noches enteras gritando que no maten a su hijo. Sus tristísimos lamentos recuerdan el canto de una sirena, de donde toma nombre la leyenda y la casa donde vive.

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Una noche, en su locura, creyó Catalina escuchar que su hijo la llamaba desde el otro lado del río Huécar. Se levanta resuelta corriendo hacia el balcón y se lanza hacia el vacío de donde cree haber oído la voz de su hijo, en el fondo de la hoz, siguiendo el camino más corto para llegar hasta donde creía estaba el niño. Un grito desgarrador resonó entre las montañas y las rocas. Aún hoy sus lamentos se escuchan durante las noches de tormenta. Algunos lo atribuyen a la fuerza del viento al chocar sobre las paredes de piedra y  las hojas de los árboles que crecen junto al río.

 

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