Acueducto de Segovia

El Acueducto de Segovia es, sin duda alguna, una de las mejores obras de ingeniería civil romana en España. Su construcción data del siglo I, probablemente de la época del emperador Trajano.  Está formado por 167 arcos de piedra granítica del Guadarrama, constituidos por sillares unidos sin ningún tipo de argamasa mediante un ingenioso equilibrio de fuerzas.  Su construcción permitió conducir el agua de la sierra de Guadarrama hasta Segovia, y durante sus más de dos mil años de historia apenas ha sufrido modificación alguna.  Hasta su construcción, los segovianos tenían que hasta unas fuentes que había a las afueras de la ciudad y trasladar ellos mismos el agua, recorriendo para ello los diecisiete kilómetros que tiene de longitud el acueducto. Pero su construcción está relacionada con una de las leyendas más famosas de España. La que cuenta que tal obra fue construida por el diablo.

 

Hacía un intenso calor y la muchacha, exhausta por la pesada carga de aquel cántaro que diariamente tenía que acarrear en busca del agua para sus amos, buscó un lugar donde sentarse y descansar. Mientras lamentaba su mala suerte dijo para sí que haría cualquier cosa por evitar aquel fatigoso trabajo. Entonces oyó a su espalda una risa extraña. Volvió la cabeza y vio a un hombre tan extraño como su risa. Apuesto y bien vestido, veía su recortada figura tras la luz cegadora del sol que ocultaba su rostro a contraluz. “¿Cualquier cosa?”, preguntó él. Ella se estremeció ante aquella voz que sonaba como un susurro. “Menos dinero, porque no tengo”, contestó ella. “¿Darías tu alma por evitarte este trabajo?”, volvió a preguntar el extraño. La muchacha no sabía leer ni escribir y mucho menos lo que era el alma y, por lo que se veía, no le estaba sirviendo de mucho. Cubriéndose la frente para evitar el sol y ver con más claridad al extraño, contestó que sí. Pudo ver entonces como la sonrisa de aquel hombre se tornó entonces en una extraña mueca de satisfacción. La muchacha sintió entonces un extraño escalofrío. Él le ofreció construir a la caída del sol un gran puente para que llevara el agua hasta la misma puerta de sus amos y así evitar sus diarias y pesadas caminatas. A cambio, ella le daría el alma. “¿Cuándo?”, preguntó ella. “Mañana estará construido”. La muchacha, cansada y desorientada, pensaba que aquel extraño, en realidad, se estaba burlando de ella. No quiso perder más tiempo y se dispuso a proseguir su marcha. Él le ofreció su mano a modo de pacto entre los dos y ella se la dio. Entonces, la muchacha le puso una condición: el puente debería estar terminado antes de que el gallo cantase al amanecer. Él asintió. Ella prosiguió su camino con su pesada carga. Miro hacia atrás, pero el extraño ya no estaba.

Llegó la noche y el ennegrecido cielo amenazaba tormenta. La muchacha miraba a través de su ventana un escalofrío recorrió su menudo cuerpo. Apenas se había acostado cuando se inició la fuerte lluvia y los truenos y relámpagos empezaron a caer con violencia. La muchacha se despertó, sobresaltada y asustada. Se asomó a la ventana. Entonces vio a aquel hombre. Reconoció su esbelta figura envuelta en llamas. Él también miró hacia el lugar donde estaba ella y lanzó una siniestra carcajada.

La muchacha reconoció entonces que aquel extraño ser era el mismísimo diablo, que gritaba y ordenaba a miles de diablos que se afanaban yendo y trayendo piedras que iban colocando en lo que empezaba a ser un extraño y enorme puente. La muchacha, aterrorizada, comenzó a rezar. Se dio cuenta de lo que era el alma y se encomendó a Dios. Miró hacia el horizonte y vio que faltaba mucho tiempo para que el gallo cantara el nuevo día y se sintió perdida. Pero entonces tuvo una idea. Encendió una vela y desde la ventana comenzó a agitarla y a moverla frenéticamente de un lado a otro para despertar al gallo que se encontraba en el gallinero. Y este se despertó. Con voz sonora y potente, el gallo comenzó a cantar engañado por la astucia de la muchacha, pensando que la luz de la vela era el sol que anunciaba el nuevo día.  Aquel canto sorprendió al diablo que no entendía lo que pasaba. Apenas quedaba una piedra por colocar, y era de noche, pero el canto del callo le hacía perder la apuesta, con lo que el desconcertado diablo perdió el alma de la muchacha. Finalmente, los primeros rayos de sol iluminaron el horizonte y la joven, arrepentida, corrió hacia la iglesia para confesar al sacerdote lo que había ocurrido. Este, convencido de que todo había sido un milagro, ordenó colocar una imagen de la Virgen de la Fuencisla y de San Esteban en el hueco de la piedra, que se pueden contemplar hoy en día. Hay quien dice que los agujeros que se ven en las piedras del Acueducto son las huellas de los dedos de los demonios.

Y es curioso que el acueducto, obra de los romanos en el siglo I y que permanece en pie desde hace más de dos mil años, atravesando la ciudad de este a oeste y dividiéndola en dos se siga atribuyendo al mismísimo diablo. En su tramo más alto, el que atraviesa la Plaza del Azoguejo, donde la doble arquería llega a alcanzar los veintiocho metros se supone que figuraba el nombre del arquitecto romano que lo construyó, junto a la fecha de construcción.

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