Cruz del Diablo

La tradición sitúa esta leyenda en el siglo XVIII, siendo su protagonista un joven apuesto y galán llamado Don Diego, hijo de una e ilustre familia de Cuenca, amigo de las juegas y un gran conquistador al que se le conocían  aventuras con varias mujeres a las que luego había abandonado. Un libertino comportamiento que avergonzaba a sus padres y que alimentaba los rumores de escándalos sobre su persona.   

Santuario de las Angustias

La noche era fría y tenebrosa. Los truenos y relámpagos aconsejaban quedarse en casa. Además, era la noche de difuntos y aquella Cuenca del siglo XVII era supersticiosa. Muy supersticiosa. Pero don Diego estaba dispuesto a desafiar a los malos augurios y a los consejos de sus amigos que le aconsejaban prudencia. No era hombre fácil de amedrentar. Pero además estaba la carta. Aquella carta que su amada Diana le había entregado el día anterior que decía: “Te espero en la puerta de las Angustias. Seré tuya en la Noche de los Difuntos”. Aquella carta había emocionado de tal manera al muchacho, que estaba dispuesto a desafiar cualquier peligro por poseer a la dama.  Y nada iba a hacerle cambiar de opinión.

Don Diego estaba obsesionado con la belleza de Diana desde el mismo día que la conoció. Desde entonces, su mente estaba ocupada siempre con ella. Aquel joven, conocido en Cuenca por su carácter mujeriego y libertino, amigo de las juegas y del que se le conocían  aventuras con varias mujeres a las que luego había abandonado era ahora otro hombre. Ella había aparecido un día en Cuenca, acompañada de su familia, de la que nadie sabía nada, llegando desde otras tierras lejanas atraída por el clima y la fama de las aguas de esta ciudad. Sus veinte años y su extraordinaria belleza habían enamorado perdidamente a Diego. Sus padres recelaban de aquella relación y de la actitud provocadora de la joven. Tampoco era del gusto aquella familia de ella tan extraña y que parecían esconder algún secreto. Nada de esto le preocupaba a Diego. Como tampoco le preocupaba desafiar la costumbre de guardarse en casa la noche de difuntos en la que tradicionalmente todos se recogían en sus hogares para rezar por el alma de los fallecidos, en la creencia de que el espectro de estos vagaba por las calles de la ciudad.

Diego esperaba con emoción la llegada de la noche. El sol empezó a esconderse por el horizonte y todos se disponían a guardarse en sus casas. Diego se burlaba de aquellas supersticiones y se apostó con sus amigos que a las doce de la noche él estaría en la calle y acudiría al lugar más solitario de la ciudad, como era el santuario de la Virgen de las Angustias, al final de la empinada cuesta de la calle Pilar. Nadie le dio valor a la fanfarronería del joven y poco a poco se fueron marchando hacia sus casas. Y poco a poco también las calles de Cuenca fueron dueños de la soledad más absoluta.

Cuando la campana de la campana de la catedral tocó las 12 de la noche, una figura atravesó la plaza desafiando la fría y tétrica noche. Raudo y veloz, con el corazón palpitando con gran fuerza, por amor y la emoción contenida, bajó la empinada cuesta para dirigirse a la puerta de las Angustias al encuentro con su amada. Allí estaba, toda vestida de blanco, con el cabello al viento, resplandeciente por la luz de los relámpagos. Se veía misteriosa, pero sensual. Diego llegó junto a ella. Cuando estaban uno enfrente del otro, Diego vaciló por un momento. Algo no le gustaba. Pero la muchacha le pidió que la poseyera, allí mismo, en aquel lugar y en aquel momento. La prudencia sucumbió ante el deseo del muchacho.

Ambos se abrazaron con todas sus fuerzas y se besaron con ardorosa pasión. El, fuera de si por su deseo, intensificó sus caricias hasta que sus manos comenzaron a levantar su vestido. Mientras, los rayos y truenos caían a su alrededor sin que ambos se preocuparan por ello. La muchacha se dejó hacer y ayudó al joven a que consiguiera su propósito.  Pero de repente, algo extraño notó el muchacho. Bajo aquel vestido no sintió una piel suave y sedosa sino una piel áspera y peluda. Fue entonces cuando un rayo iluminó la escena y el joven vio, horrorizado que sus manos no tocaban una pierna, sino una pata y que aquellos no eran pies, sino pezuñas.  No era una mujer lo que tenía en sus brazos, sino un ser maligno.

Aterrorizado, el joven salió corriendo dando gritos de terror. A su vez el diablo, con una voz profunda, cavernosa y estrepitosamente desgarrada, lanzaba carcajadas que resonaban entre las antiguas piedras del santuario. El joven, presa del pánico, se abrazó a la Cruz de los Descalzos que había en la puerta de las Angustias rogando a Dios que le perdonara, implorando su ayuda. El diablo se abalanzó sobre él, lanzándole un zarpazo al tiempo que sonaba un trueno inmenso. Pero el zarpazo solo le había rozado el hombro y había dejado una marca en la piedra, todavía humeante. El muchacho huyó despavorido subiendo la cuesta y nunca más se supo de él. En realidad, se dice que ingresó en el santuario de las Angustias y nunca más volvió a salir de allí.

Y en la cruz de piedra, donde el joven se agarró  para protegerse del diablo, se puede ver la huella del zarpazo y puede verse hoy en día, como prueba de lo que allí aconteció. Aunque la leyenda también dice que tal huella es la mano del  propio joven, que quedó marcada en la cruz por la intensidad y su deseo de perdón.

 

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