Doña Blanca de Albarracín

La hermosa ubicación de Albarracín, en que el muchas de sus casas desafían la ley de la gravedad, asomada al abismo del rio Guadalaviar, nos induce a pensar que esta ciudad esconde entre sus estrechas calles muchas historias y leyendas. Pasear de noche entre ellas, con los tenues y amarillentos faroles acrecienta, aún más, esta sensación.

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Albarracín está asentada sobre un gran peñón, coronado por su castillo árabe. Al final de este castillo, en el lado sur de la ciudad existe un torreón destinado a vigilancia, tal y como se ve en la foto, al fondo de esta y que es conocida como “Torre de Doña Blanca”, hoy destinada a museo.

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La comitiva se disponía a partir de Albarracín. Habían llegado unos días antes con la infanta doña Blanca y se había alojado en el palacio de los Azagra. Doña Blanca había tenido que abandonar la Corte de Aragón para huir de su cuñada, la esposa del rey. Había podido vivir en Aragón mientras gobernada su padre, pero cuando este murió la envidia y el odio de su cuñada aconsejaba huir de allí. Tras unos días allí continuarían su camino a Castilla, destino final de todos ellos. En los días que estuvo en Albarracín los Azagra la habían tratado con la hospitalidad y atenciones que merecía aquella muchacha bondadosa y de gran corazón.

Los albarricenses se aprestaron a ver partir a la infanta. La comitiva se puso en marcha. Pero doña Blanca no iba con ella. Partió en silencio y de forma lóbrega. Quizá la infanta había decidido seguir con los Azagra.

Pero los días pasaban y no se advertía presencia alguna de la princesa en la ciudad. El silencio parecía cubrir las paredes de aquel palacio vestido de azul y que contrastaba con el anaranjado del resto de la villa. Pronto, aquel silencio fue el caldo de cultivo de los rumores. Estaba claro que la princesa no había partido, pero también estaba claro que no estaba con los Azagra y estos guardaban con u silencio algún secreto. Alguien dijo entonces que la noche anterior a la marcha de la comitiva, un grupo de personas habían salido de noche desde el palacio y habían subido hasta una de las torres del castillo, en la parte más alta de la villa, con un bulto y luego habían regresado sin él. Tal vez aquel bulto era el cuerpo de la muchacha, que había muerto a causa de la tristeza y melancolía que padecía por tener que abandonar su Aragón natal. O tal vez la había ocurrido algo. Por supuesto que nadie se atrevía a preguntar nada. Los Azagra eran muy poderosos desde que el llamado Rey Lobo de Murcia había cedido esta taifa al primer señor de Azagra en el siglo XII.

Aquellos rumores dieron origen a la leyenda. Fue entonces cuando durante el solsticio de verano, un joven pastor cuidaba de su rebaño de ovejas junto al río mientras contemplaba la ciudad bañada por la luz de la luna llena, cuyas casas formaban extrañas y misteriosas sombras sobre el abismo que el pastor jugaba a identificar. En lo más alto se erguía la Torre del castillo, como un vigía en la tranquila noche. A media noche sonaron las campanadas de la catedral. Fue entonces cuando el pastor identificó entre aquellas sombras, la figura blanca de una mujer, que bajaba desde la torre y hasta las aguas del río donde se lavaba el cabello para después por el mismo camino hasta la torre, donde desaparecía. Cuando contó a todos su visión, concluyeron que aquella figura fantasmal debía ser, sin duda, el espíritu la infanta doña Blanca, que vagaba errante de pena. Aquella escena no volvió a repetirse hasta el año siguiente, cuando volvieron a ver a aquel espíritu repetir la misma escena. Todos concluyeron que aquel era, sin duda, el espíritu de Doña Blanca, que vagaba errante de pena. Sín duda estaba enterrada bajo aquella torre, la cual fue conocida desde entonces como Torre de doña Blanca. Y así nacía aquella leyenda que se repite año tras año desde entonces en el solsticio de verano.

Sin embargo, la leyenda tiene una variante interesante. Pasado un tiempo, un joven hijo del alcalde de la ciudad, quiso ver por si mismo aquel espectro al que todos identificaban como la infanta desaparecida y enterrada. Una noche de luna llena, se situó en las mismas rocas desde donde el pastor había visto la misteriosa aparición, contemplando idéntico paisaje de la luz de la luna bañando la ciudad y el juego se sombras que bajaba hasta el río mismo. Sonaron las doce en la campana y, de repente, surgió entre las sombras la figura de la muchacha bajando desde la torre hasta llegar a las aguas del río para bañarse. El joven descendió desde donde estaba y, sigilosamente, se dirigió al lugar donde estaba la muchacha. Sin embargo, ella escuchó sus pasos y sacando un pequeño cántaro del agua se dispuso a escapar de allí. Él entonces apareció desde los matorrales que le ocultaban y la preguntó quién era. “La sombra de doña Blanca”, contestó ella, y comenzó a subir el empinado sendero cargada con el cántaro. Mientras, abajo se quedaba el muchacho, paralizado y sorprendido por lo que había visto: un espíritu en forma de hermosa mujer, cuyos ojos brillaban con reflejo de la luna. Al día siguiente informó a su padre de lo que había visto.

Se ordenó vigilar aquel camino y unos días más tarde, la guardia nocturna apresaba a una joven cuando se disponía, a la medianoche, a atravesar la muralla y bajar al río. La joven fue llevada al día siguiente ante el padre del joven. Él le preguntó quién era y que hacía a aquellas horas de la noche. La joven, con los ojos bañados en lágrimas, fue contando su triste historia. Ella era huérfana, de padres judíos, y al decretarse la expulsión de estos, todos los judíos que vivían en el barrio junto al castillo habían abandonado Albarracín. Sin embargo, ella no había querido abandonar la casa en la que había nacido, ni aquella ciudad, ni el río en que lavaba sus ropas o cogía agua en tiempos más felices. Se había quedado allí y vivía entre las casas abandonadas, viviendo de lo que robaba en los huertos. Por la noche, bajaba al río para bañarse y recoger agua. Aquella muchacha era la extraña visión del río. La joven judía aceptó ser bautizada y se casó con aquel joven que la vio aquella noche de plenilunio llenando su cántaro en las orillas del río, bajo el peñón en el que se asienta “La Torre de Doña Blanca”.

 

 

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