Cuatro postes

 

Los Cuatro Postes es un humilladero, un monumento religioso situado a las afueras de la ciudad de Ávila, ]formado por cuatro columnas dóricas de cinco metros de altura sobre cuyos capiteles se asientan otros tantos arquitrabes con las armas de la ciudad; en el centro del cuadrado formado por las columnas, sobre una peana, se erige una cruz de granito. Sobre este monumento se desarrollan dos leyendas.

La primera de ellas tiene lugar en el año 1157, cuando los abulenses organizan una romería a la ermita de San Leonardo para agradecerle al santo el final de la epidemia de peste que había azotado la comarca. Aprovechando la ausencia de la mayor parte de la población, los musulmanes atacan la ciudad y expolian todo aquello de valor que encuentran, huyendo después. Cuando los cristianos regresan a la ciudad se encuentran el saqueo. Entonces se organizan dos partidas de jinetes para perseguirles y recuperar lo robado. Uno de los grupos, sin embargo, regresa a la ciudad y se atrinchera en ella con la excusa de protegerla de nuevos ataques. El otro grupo se encuentra a los musulmanes y les derrota, recuperando lo robado. Regresan a Ávila y entonces se  encuentran que las puertas de la muralla habían sido cerradas y no podían entrar en la ciudad. Cuando piden que les abran, los que estaban dentro les exigen entonces una parte del botín para poder volver a entrar. Cuando el rey Sancho III de Castilla conoce los acontecimientos, acudió a Ávila y expulsa a los de dentro, condenándoles a vivir extramuros, sin títulos de nobleza ni privilegios. A partir de entonces, la romería repitió cada año y se construyó el humilladero para el descanso de los romeros.

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Otra leyenda relaciona a Santa Teresa de Jesús, la cual esta, con apenas 7 años y con su hermano Rodrigo fueron alcanzados por su tío en este mismo lugar tras haber descubierto su desaparición. Cuando les preguntó hacia donde se dirigían ambos, Teresa contestó que iban a Tierra Santa a luchar contra los infieles, dispuestos a dar su vida en defensa de la fe cristiana si era necesario. Su tío les convención para que regresaran a la ciudad. Años más tarde, la Santa se disponía a abandonar Avila cansada de sus enfrentamientos religiosos en su convento cuando, deteniéndose en este mismo lugar, quitándose las sandalias, las sacudió mientras pronunciaba su famosa frase: “De Ávila, ni el polvo”.

 

 

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