Virgen de la Hoz

Entre la espesura del bosque se abre de repente ante nosotros unos inmensos farallones de piedra que el agua del río Gallo ha ido modelando durante millones de años. Y entre aquel paisaje espectacular aparece la ermita de Nuestra Señora de la Hoz, cobijada al abrigo de las grandes rocas. El conjunto asemeja a una inmensa catedral natural al aire libre, con las inmensa y altas cúpulas de piedra que desafían la ley de la gravedad y la lógica.

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Bajo la roca, y excavada en ella se encuentra el templo. Junto a la entrada podemos ver el escudo de un águila con las alas extendidas, símbolo del Cabildo de Molina y, junto a él,  podemos leer en unos azulejos uno hermosos sonetos, obra de Suárez de Puga: “Con qué dulce volar la rama espesa /de tu parral ¡oh, Virgen en clausura!” “Promete, ¡oh tierno tallo de esperanza!, / un día darte la cosecha entera / de su primer racimo transparente / enseñándotela, pues no te alcanza, dentro de la sagrada vinajera / de algún misacantano adolescente”. Dentro de la ermita podemos contemplar la figura tallada de Nuestra Señora de la Hoz, la que protagoniza la leyenda sobre este lugar. La talla es una pieza de gran antigüedad y valor, de la época visigoda. La leyenda nos cuenta cómo llegó hasta aquí.

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En el año 1129, Alfonso I de Aragón, “El Batallador” conquista el señorío de Molina y crea un Estado independiente. Fue entonces cuando un  día de primavera, un vaquero de Ventosa se apercibe que ha desaparecido de su rebaño una de sus vacas. Sale de inmediato en su búsqueda introduciéndose en el espesor del bosque, donde le sorprende la llegada de la noche entre aquel paisaje donde las inmensas rocas apenas deja caer los rayos del sol. El fantasmagórico paisaje formado por aquellos gigantes de piedra que se elevan al cielo y sus extrañas formas lleva el temor al vaquero, perdido entre aquel laberinto de rocas. De repente, en aquella oscuridad, entre unas enormes rocas rojizas surge una luz que deslumbra al vaquero e ilumina aquel mágico lugar. El muchacho se acerca hacia esa luz cegadora y descubre entonces a su vaca y, sobre ella, en una especie de altar natural excavada en la roca la imagen de una Virgen.

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Allí esperará el vaquero la llegada del alba y, con los primeros rayos de sol, regresará a Ventosa para narrar lo sucedido. Como ya en la comarca se conocía otros relatos de pastores que había visto una luz cegadora entre el bosque de piedra, todos quisieron para si la imagen. La talla de la imagen fue llevada al su antiguo templo de San Martín, en Molina, donde permaneció aquella noche.  Al día siguiente, con gran asombro, todos observaron que ya no se encontraba allí.  Comprobaron que, milagrosamente, la Virgen se hallaba de nuevo en el lugar de la aparición. Regresaron con ella por segunda vez y fue colocada en la misma iglesia, siendo vigilada durante aquella noche.  Pero de nuevo desapareció para regresar a su pétreo lugar.  Entonces, abrieron una vereda entre aquel camino de rocas  y construyeron allí una ermita en lugar donde fue encontrada, que se llamó entonces de Santa Maria de Molina, convirtiéndose en un santuario consistente en una ermita y un monasterio.

El obispo de Sigüenza adquirió el santuario cediendo al Señorío de Molina la mitad de la villa de Beteta, pero el santuario creció siempre bajo la protección de Molina. A finales del siglo XIII y principios del XIV serían los templarios los que guardaron el santuario hasta que, tras la desaparición de estos,  pasó al cuidado de los monjes Cistercienses. Estos, descuidaron su cuidado debido a  la peste y las guerras intestinas y la ermita quedó en ruinas. En el siglo XV, se reedificó el santuario y se construyó una casa para ermitaños, lo que favoreció  las romerías hacia este lugar.

Hoy, cuando a este impresionante y mágico lugar, nos encontramos con el templo, obra del siglo XV, excavado bajo la enorme roca que lo protege. Su interior es de  una sola nave, en el que sobresale el altar donde se encuentra la imagen de la Virgen, una talla románica del siglo XIII, hoy revestida de brocados, sedas y coronas.

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Fuera podemos hacer el camino conocido como Vía Crucis, una senda iniciática labrada en la roca, cuyos escalones nos llevan hasta la cima misma de las rocas que forman el barranco. Un camino que atraviesa, además, algunas cuevas labradas por el río Gallo a través de las rocas. No olvidemos que en la comarca existen castos celtibéricos y que los templarios hicieron de este lugar un punto de encuentro. Incluso el propio nombre del río, Gallo, tienen reminiscencias religiosas, animal utilizado como símbolo esotérico en muchas culturas y religiones. En la Hoz del río Gallo se encuentran los símbolos que simbolizan la Madre Tierra, donde se encuentra excavada la propia ermita, el camino iniciático que lleva a los lugares donde se realizan los ritos y ceremonias iniciáticas, al punto más alto de la roca o a las etapas del mismo, en las cuevas excavadas. El río, el Camino de la Vida. El agua, la Purificación del hombre. El laberinto pétreo formado por las inmensas rocas, donde la imaginación y la iconografía les han dado nombres diversos. Llama la atención el menhir de piedra que sirva como entrada al  parque, llamado El Huso, una especie de entrada al laberinto.

 

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