Medinaceli

Plaza Mayor. Foto: J.A. Padilla

Nos acercamos por la carretera y, de repente, nos sorprende, en la lejanía, un monumento que se asemeja a un arco, en la parte más alta de la colina que tenemos enfrente. Y, en efecto, es un arco. Romano, para más señas. Y aunque tuviéramos intención de pasar de largo, nos prometemos subir la montaña y ver ese pueblo a cuya entrada hay un arco romano. Cuando no tengamos prisa.

Arco romano. Foto: J.A. Padilla

En efecto, para visitar la villa de Medinaceli la prisa hay que dejarla en el aparcamiento que hay a la entrada, casi junto al arco. Allí veremos que estamos en un cerro que se asoma al valle del Jalón. Nos dirigiremos al punto de partida que, como no, será el arco, mudo testigo y prueba de que este lugar ha sido cincelado a través del tiempo desde muy antiguo. Un arco de tres puertas. La puerta central servía para el paso de carruajes, personas a caballo y ganado, mientras que las laterales, mucho más reducidas, servían para la gente que deseaba entrar o salir por su propio pie.

Foto: J.A. Padilla

En efecto, Medinaceli ha sido lugar de celtíberos, romanos, árabes y cristianos. Su arco de tres puertas también sirvió de puerta de entrada en tiempos del Emperador Domiciano, en el siglo I d.C, cuando la ciudad estaba situada en la calzada romana que comunicaba Emerita Augusta (Mérida) con Caesar Augusta (Zaragoza).

Foto: J.A. Padilla

Luego, Medinaceli aparece mencionada como el lugar donde Rodrígo Díaz de Vivar, el Cid, ordena escoltar a su mujer y a sus hijas hasta Valencia.

De parte de Mío Cid os queremos saludar,
cien caballeros de escolta os manda el Cid preparar,
que su mujer y sus hijas en Medinaceli están,
quiere que vayáis por ellas y se las traigáis acá,
y que hasta Valencia de ellas no os queráis separar.

Si bien en el Cantar aparece como plaza castellana ya conquistada, es probable que entonces aún estuviese en manos árabes. También se cuenta que el poderoso y temido Califa Almanzor llegó herido desde la cercana Calatañazor para morir en una alcazaba de la cual se conserva una parte.

Foto: J.A. Padilla

Con todo esto, la visita a Medinaceli se nos antoja muy interesante. A primera vista parece un pueblo pequeño, pero no nos dejemos llevar por esta impresión porque entre sus estrechas callejuelas se descubren sus encantos, su luminosidad en distintas horas del día y, sobre todo, la gastronomía local, conceptos poco compatibles con las prisas. Y no olvidemos que nos prometimos visitarla cuando no la tuviéramos.

Puerta árabe. Foto: J.A. Padilla

Medinaceli también tiene muralla o, por mejor decir, restos de ella. De la época romana es el arco de acceso a la misma, no confundir con el arco de la entrada. Luego la muralla fue ampliada para proteger la alcazaba árabe. Una vez Medinaceli fue cristianizada, fueron nuevamente restauradas. La puerta que hemos llamado “árabe” es un arco apuntado gótico mudéjar, posterior a la reconquista de la villa, en el que se aprecian los distintos periodos que vivió la muralla de la localidad. Lamentablemente sólo quedan algunas partes en lo que antiguamente rodeó por completo Medinaceli.

Plaza Mayor. Foto: J.A. Padilla

En el extremo oeste del cerro surge solitaria una edificación cuadrangular en la que sobresale una torre circular y otra de planta rectangular. Esta última sirvió como torre del homenaje, de lo que fue la antigua alcazaba árabe, aunque la construcción del castillo se hizo a posteriori con el objeto de albergar en él la residencia de los Duques de Medinaceli, que más tarde se construirían un palacio en la Plaza Mayor.

Iglesia-Colegiata. Foto: J.A. Padilla

Dejando a nuestra espalda el arco romano tomamos la calle Portillo del Baño. Desde aquí se divisa el torreón de una iglesia. Por el camino contemplamos las calles empedradas con sus casas empedradas, en una especie de túnel del tiempo. Ahora sí que estamos seguros de estar en uno de los pueblos más bellos de España.

Y en este pensamiento estamos cuando llegamos a la plaza de la iglesia, que una iglesia es una colegiata. Fueron los Duques de Mecinaceli quienes dotaron a esta villa con diversos edificios civiles y religiosos de gran valor artístico. Ordenaron la demolición de cerca de una decena de iglesias anteriores al siglo XV, y construyeron una colegiata digna de la villa. Así nació la Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción, con un estilo en el que se vieron mezclados estilos tardogóticos y renacentistas. Se hizo sobre el lugar en el que había una iglesia románica y siglos atrás una mezquita.

Panorámica de la Plaza Mayor. Foto: J.A. Padilla

La Plaza Mayor el corazón de la villa. Ya durante la época romana estuvo aquí el foro. En un lateral se encuentra el Palacio Ducal, cuyo arquitecto fue Juan Gómez de Mora, quien diseñó la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor de Madrid y la cárcel de la Corte en el Palacio de Santa Cruz, entre otros. Hoy es un museo que cuenta con diez salas y un enorme patio en el que se celebran ocasionalmente conciertos  de opera.

Palacio. Foto: J.A. Padilla

También encontramos en la plaza la Alhóndiga, la cual ha sido durante siglos el punto de reunión más importante de Medinaceli. En las alhóndigas se almacenaba y vendía el grano. La plaza tiene unos 5 mil metros cuadrados y tiene la estructura típica castellana con sus casas soportaladas.

Plaza Mayor, con la Iglesia y la Alhóndiga. Foto: J.A. Padilla

Desde aquí salimos de nuevo en dirección a la iglesia caminando como por un laberinto de piedra. Un excelente aroma comienza a acompañarnos. Es el producto de los manjares que se adivinan tras los abundantes restaurantes. Definitivamente, como dijimos al principio, no hay prisa.

Foto: J.A. Padilla

 

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