Lago Enol

El lago Enol está situado en el macizo occidental de los Picos de Europa o del Cornión, a 11 kilómetros por la carretera que parte desde el Santuario de Covadonga y a una altitud de 1150 metros sobre el nivel del mar. El lago tiene una extensión de 80.000 m2, y una profundidad de casi 24 metros, con 750 metros de longitud y 415 de anchura máxima, que se alimenta de los manantiales sumergidos en su lecho y de los que caes desde las montañas próximas. Llama la atención su característico su color verde esmeralda, y la ausencia de vegetación pantanosa. En sus aguas podemos encontrar la trucha arcoiris y el cangrejo de río. No cabe duda que el entorno en el que se encuentra el lago Enol y, apenas dos kilómetros más allá, el de La Ercina constituye uno de los más hermosos paisajes de la Península Ibérica. Ambos lagos forman el conjunto de los Lagos de Covadonga. Un lugar de leyenda. Como la que nos habla del tiempo en el que en este hermoso valle no existía lago alguno, sino un extraordinario valle donde se encontraban las casas de los pastores y al que acudían con su ganado.

Era natural que desde primeras horas de la tarde, aquellas inmensas praderas quedaran ocultas por la niebla. Pero aquella tarde de otoño, el sol de repente quedó oculto por unos espesos y negros nubarrones que presagiaban una fuerte tormenta. Al fondo, en las montañas que cierran el horizonte del lago de La Ercina, se podían ver los relámpagos y pronto el ruido de los truenos anunciaba la rápida llegada de la tormenta. El ganado se mostraba inquieto. Parecía que la noche se hubiera adelantado y el cielo tenía un aspecto sobrecogedor. Los pastores se apresuraron a recoger el ganado para resguardarlo en los establos. Apenas las últimas vacas habían entrado en su cobijo, cuando un tremendo estruendo resonó en todo el valle, al tiempo que las primeras gotas de lluvia empezaban a caer.

Todo el mundo se había resguardado de la lluvia. Acostumbrado a sufrir las inclemencias del tiempo y las fuertes lluvias en aquel lugar, aquella tormenta, aunque fuerte y violenta, no sorprendía a los pastores. Una a una, todas las familias de pastores se fueron resguardando y reuniendo en torno al calor de la chimenea, y las mujeres preparaban la cenar.

La noche ya era cerrada y la lluvia arreciaba. En una de las chozas, se atizaba el fuego porque el frío empezaba a notarse. Todos hablaban en voz alta, cuando de repente, unos golpes resonaron en la puerta. El silencio se hizo dueño de la cabaña. Los pastores se miraron unos a otros, sorprendidos. En aquel lugar inhóspito, alejado de todo y de todos, donde los únicos habitantes eran ellos, no era lógico recibir visita alguna. Pero en aquella noche y con aquella tormenta, aún era más raro. Pero nadie reaccionó. Pensaron que tal vez era algún ruido producido por el fuerte viento. Pero los golpes volvieron a sonar. Y no era el viento. Ni ningún animal que hubiera quedado suelto y diera golpes. Eran llamadas. Y era una mano humana la que lo hacía. Tal vez algún pastor se había quedado perdido. El pastor entonces preguntó: “-¿Quién va?” –“Me he perdido en el monte y les pido, por Dios, que me dejen entrar y me den cobijo”.

El pastor abrió la puerta. Boquiabiertos, él y su esposa, vieron a una muchacha, empapada en agua y temblando de frío. Estaba bien vestida, bastante bien para un lugar como aquel. Y era blanca, muy blanca. Sus ojos tenían un extraño brillo. Estaba claro que aquella muchacha no era de allí. Bien por miedo a que aquella muchacha fuera en realidad algún espíritu, o bien porque era una forastera, la echaron de allí, cerrando la puerta ante ella. Idéntica suerte fue encontrando la muchacha en todas las chozas a las que acudió y en todas las puertas a las que llamó. Nadie respondió a sus súplicas de cobijo. Empezaban a flaquearle las fuerzas cuando, en lo alto del monte, algo alejada de las demás cabañas, quedaba la última de las casas de aquel poblado. La muchacha volvió a intentarlo aunque sin muchas esperanzas. Llamó a la puerta y de nuevo la devolvió la casa la misma pregunta: “¿Quién va?” –“Me he perdido en el monte y les pido, por Dios, que me dejen entrar y me den cobijo”.

Dentro de la cabaña, una pastora rezaba ante una pequeña figura de la Virgen pidiéndola que cesara la lluvia. Ante el ruego, se levantó y abrió la puerta a la desconocida, invitándola a entrar. Ya dentro, viendo que la muchacha estaba empapada y aterida le dio ropa seca para que se cambiara. Después le ofreció un trozo de pan y leche caliente. Luego, la pastora compartió su lecho con la muchacha. De inmediato, se quedaron dormidas y el fuerte ruido de la lluvia y de los truenos no fue obstáculo para el descanso de sus cansados cuerpos.

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Al otro día, con los primeros rayos de sol, todos en la cabaña se despertaron para empezar un nuevo día de trabajo. El sol anunciaba su luminoso reinado y ninguna nube amenazaba su presencia. Salieron para ver el amanecer. Entonces vieron lo que había sucedido durante la noche. Ante ellas, veían un extenso lago que cubría todo el valle. Y no se veía cabaña alguna porque debían estar sumergidas bajo las aguas. Nada ni nadie. Solo ellas, en lo alto de la colina y su ganado, junto a la cabaña. La pastora vio a la muchacha llorando y como las lágrimas, al caer, se convertían en margaritas. Asombrada por aquel prodigio, miró a la muchacha. Pero esta fue caminando hacia las aguas del lago, sumergiéndose en las mismas envuelta en una luz cegadora. La buscó por todas partes con la mirada, pero ya no estaba. Comprendió que aquella muchacha era la Virgen.

Actualmente, cada 8 de septiembre tiene lugar una peculiar celebración en el lago Enol, ya que desde los años setenta existe sumergida en las aguas de este lago una talla de la virgen de Covadonga, que en ese día se saca en procesión y después se vuelve a sumergir hasta el año siguiente.

 

 

 

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