Cerros de Úbeda

El origen de esta frase es incierto, aunque parece ser que fue acuñada en tiempos de la conquista cristiana de la ciudad de Úbeda y ha dado origen a una de las leyendas más conocidas.

Cuentan las crónicas que, en el año 1233,  tras la victoria cristiana en la batalla de Las Navas de Tolosa, el rey castellano Fernando III el Santo se dirigió a Úbeda para conquistar la ciudad del dominio almohade. Para ello ordenó a sus caudillos a situarse sobre los cerros que rodean la ciudad y esperar la orden de ataque. Todos ellos formaban parte de lsa órdenes de  Santiago y Calatrava. Uno de esos caudillos, el más valeroso, era Alvar Fáñez que se había destacado en cada una de las batallas contra los árabes. Este caballero aparece en el Cantar del Mio Cid y es ensalzado por el propio Rodrigo Díaz de Vivar por su valor, del que era sobrino. Las tropas cristianas llevaban casi medio año de asedio y Alvar esperaba impaciente la orden del rey para atacar.  Mientras tanto se entretenía paseando junto a un arroyo. Fue entonces cuando a una bellísima muchacha bañándose en las cristalinas aguas. El caballero quedado prendado de la hermosura de la joven, una princesa árabe, y esta también se enamoró al instante del caudillo cristiano.  Tras hablar y mostrarse su amor, ambos quedaron para encontrarse la noche del día siguiente en una almunia cercana y dar rienda suelta a sus deseos amorosos.  

La noche citada, el rey da la orden de atacar la ciudad. Alvar Fáñez duda entre obedecerla o seguir el deseo de su corazón y acudir a la cita con la princesa. Rendido a la tentación de su enamorada, el caballero decide ignorar el ataque.

La historia nos recuerda que aquella batalla fue recordada por su dureza y los cristianos conquistaron la ciudad. Pero el rey  el rey Alfonso VIII estaba enfurecido al no ver a su fiel caudillo durante la batalla, ignorando donde se encontraba. Nada más entrar en la ciudad, el monarca lo llamó a su presencia y le preguntó los motivos de su ausencia y donde se encontraba la noche del asalto. Alvar, aún bajo el embrujo de su enamorada, le contestó: “Me perdí por los cerros de Úbeda, mi señor …”.

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