Virgen de la Almudena

En el año 712 los generales árabes Muza y Tarik derrotan a Don Rodrigo en la Batalla de Guadalete, la antigua Matrice era apenas una pequeña villa formada por dos colinas separadas por un arroyo. Tras la conquista árabe de Toledo, a finales del siglo IX, durante la época del emirato omeya de Al-Andalus, el emir Muhammad I levanta un alcázar en un promontorio en la colina situada sobre el río Manzanares, en el lugar que hoy ocupa el Palacio Real con el fin de controlar el paso por la sierra de Guadarrama y defender Toledo. Alrededor de este alcázar se construye un asentamiento protegido por una muralla.

La virgen de la Almudena ya hacía varios siglos que era vecina del Magerit cristiano. Concretamente, en el año 38 de nuestra era, cuando el Apóstol Santiago, viniendo a predicar a España, la trajo desde Jerusalén, y uno de sus discípulos la depositó en la llamada iglesia de Santa María, situada en la Cuesta de la Vega, junto a la nueva fortaleza árabe. La nueva imagen fue muy venerada desde entonces al ser la única imagen de la virgen  existente en la villa. Tanto que uno de sus vecinos, de profesión herrero, ocultó la imagen de la Virgen María para protegerla de cualquier profanación y no cayera en manos de los invasores árabes en un nicho situado en la recién construida muralla árabe, en el cual colocó la talla de la virgen junto con dos velas encendidas, tapándolo después y dejándola oculta. No tuvo en cuenta el buen herrero que las velas se apagarían al no tener oxígeno aquel lugar. En el año 916 la iglesia fue convertida en mezquita hasta la liberación de la ciudad en el año 1085 por parte del rey Alfonso VI, el Bravo. Durante todo ese tiempo, más de trescientos años, la imagen de la Virgen seguía oculta sin que nadie supiera el lugar exacto donde estaba escondida.

Existe sin embargo una variante de esta leyenda en la que será el propio Rey Alfonso VI el que descubra la rompe la imagen de la Virgen. Tras más de tres siglos de dominación árabe, el rey  Alfonso se dirige a Toledo para su conquista. Pero en el camino llegará a un pequeño enclave musulmán situado en un promontorio llamado Magerit. Alfonso VI quiere conquistarlo de modo sigiloso y rápido, pues su objetivo principal es Toledo. No puede perder el tiempo sometiéndola a un asedio que podría retrasar la llegada a Toledo. Para Alfonso VI, las altas murallas que protegían aquel enclave no debían de ser un gran problema porque el número de defensores no era demasiado.

 

 Aprovechando el silencio de la noche, las tropas de Alfonso se aproximaron sin hacer ruido, aprovechando que los árabes no esperaban ataque alguno y tendrían descuidado el alcázar. Cruzaron la Puerta de la Vega, situada en la cuesta del mismo nombre y llegaron hasta la muralla, donde buscaron un lugar por donde penetrar al interior. Fue entonces cuando uno de los soldados saltó de su caballo con el cuchillo en la boca y comenzó a trepar por la muralla clavando el cuchillo entre las uniones de los sillares de piedra de la muralla, llegando hasta el final de la misma. Después se dirigió al lugar donde ondeaba la bandera árabe y la sustituyó por la cristiana. Aquello parecía fácil, e inmediatamente, otros soldados hicieron lo mismo que el primero, y así todos los demás penetraron en el interior de la muralla y atacaron a los sorprendidos árabes.

Mientras tanto, el rey observaba el ataque y admirado por la destreza con que sus hombres trepaban la muralla exclamó: “Parecen gatos”, razón por la cual a los madrileños se les conoce por ese animal. Era mayo de 1085 cuando, sin apenas resistencia los cristianos toman aquella pequeña villa a la que bautizan con el nombre de Magerit. Tras su rápida conquista, el Rey conocerá   la historia de aquella Virgen escondida y que aún no habían encontrado.

Tanto le interesó al rey el relato de los habitantes de Magerit  que, de rodillas, hizo un voto solemne: “Si conquistamos Toledo, prometo buscar la imagen de Santa María, hasta que consiga encontrarla”. Mientras aparecía la  escondida imagen, ordenó  pintar la figura de la Virgen María sobre los muros de la antigua mezquita, ya convertida en iglesia cristiana. Después partió camino de Toledo camino de su conquista.  En el mes de noviembre, el rey regresa a Magerit  para cumplir su promesa. Lo hace acompañado por el rey Sancho Ramírez I de Aragón, el infante don Fernando y  Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.

 

 

Actual imagen en piedra

Pero la imagen no aparece. Finalmente, tras una intensa búsqueda y  nueve de días de plegarias, Alfonso VI organiza una solemne procesión tras la misa en la iglesia de Santa María encabezada por él mismo, acompañado de autoridades eclesiásticas, nobleza, ejército y vecinos. La procesión discurre alrededor de la llamada Almudayna, la fortaleza amurallada de Madrid. Era el atardecer del día 9 de noviembre, y el silencio de la villa se llena de  los cánticos y rezos de la comitiva. Cuando llegan  al cubo de la muralla, junto a la Cuesta de la Vega piedras se derrumban. El sol acaba de ponerse, y en la oscuridad de la noche se observa un hueco iluminado. La imagen de la virgen María está ahí. Junto a ella, permanecen a su lado dos velas encendidas, aún sin consumirse que habían colocado hacía 373 años el carpintero para mantener iluminado el sagrado hueco. La Virgen aparecida es trasladada y colocada en el altar mayor de la recién cristianizada iglesia de Santa María, la cual será llamada a partir de entonces Santa María la Real de la Almudena.

 

Existe otra leyenda nos cuenta que una mañana don Rodrigo Díaz de Vivar partió desde el  ya conquistado Toledo a Madrid acompañado de algunos caballeros para encontrar aquella virgen que había sido escondida para protegerla de los musulmanes y de la que había oído hablar en el camino que hicieron las tropas cristianas encabezadas por el rey Alfonso VI a la ciudad castellana. En un alto del camino, el Cid, acompañado de algunos caballeros, se encuentra con un leproso que se había caído en una zanja y pedía ayuda. Cuando el Cid liberó al leproso de la zanja, observó como éste se convertía en una figura femenina, que dijo ser la Virgen de la Almudena. Esta reveló  entonces al caballero algunas de sus posteriores hazañas y le indicó el lugar donde se encontraba. Después  desapareció milagrosamente.  El Cid, al regresar junto a los caballeros comprobó cómo éstos habían caído en un profundo sueño coincidiendo con la aparición de la Virgen. Al día siguiente, 9 de noviembre, las huestes del rey llegan a Madrid. Rodrigo Díaz de Vivar, acompañado por sus caballeros,  se dirige al lugar indicado por la milagrosa aparición, frente a la muralla. De pronto, observaron con asombro como una parte de esta  se derrumba de repente y permite la entrada de los caballeros a la ciudad, al tiempo que dejaba al descubierto la figura desaparecida de la Virgen junto con los dos cirios encendidos que habían sido escondidos junto a ella. La virgen fue llevada a la nuevamente cristianizada iglesia de Santa María y puesta en su altar mayor. Sea como fuere, ambas leyendas relacionan la virgen de la Almudena con la conquista de Madrid a manos cristianas.

La historia nos dice que la imagen de la Virgen María fue trasladada hasta la parroquia de Santa María, que fue demolida en 1868 para ampliar la calle Bailén. Desde entonces se llamó Virgen de la Almudena, por haber estado oculta en un almudín o depósito del trigo. En 1707 se derribó el cubo de la Virgen y se colocó una imagen de piedra en su lugar en recuerdo de los acontecimientos. Hoy esta imagen venerada por los madrileños y devotos de la virgen esta imagen en piedra de Nuestra Señora de la Almudena situada en los muros de la Catedral de la Almudena, junto a la entrada al nuevo claustro. De la antigua imagen encontrada parece ser que ardió en un incendio en la Iglesia de Santa María durante el reinado de Felipe II, siendo la actual de finales del siglo XVI, aunque la cabeza de la Virgen y sus manos así como la cabeza del Niño, pudieran ser las de la primitiva imagen.

 

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